Las Entrevistas de El Gráfico

2004. Burrito de carga

Por Redacción EG · 24 de marzo de 2020

Ariel Ortega atravesaba un conflicto con el Fenerbahçe que le impedía hacer lo que más le gusta, jugar al fútbol. A corazón abierto, habla con El Gráfico y le cuenta todo lo que vivió y sus ganas de volver a jugar.

Se ba­ja de su Peu­geot 307 y sa­lu­da ama­ble­men­te. A juz­gar por su fí­si­co, pa­re­cie­ra que es­tá más ac­ti­vo que nun­ca. “No só­lo que no en­gor­dé, si­no que es­toy dos ki­los más fla­co”, di­rá más tar­de. Pe­lo lar­go has­ta los hom­bros, za­pa­ti­llas blan­cas con abro­jo, jeans azu­les, re­me­ra blan­ca de man­gas lar­gas, y so­bre és­ta una de man­gas cor­tas con un gé­ne­ro mi­li­tar, en dis­tin­tos to­nos de ver­de, que en la sel­va po­dría ser­vir pa­ra ca­mu­flar­se, pe­ro no en la ciu­dad. Igual­men­te, siem­pre lo re­co­no­cen por la ca­lle. Y to­dos, o ca­si to­dos, le ha­cen la mis­ma pre­gun­ta. Esa que no pue­de con­tes­tar: “Bu­rri­to, ¿cuán­do vol­vés a ju­gar?”.

Una vez sen­ta­do a una de las có­mo­das y lu­jo­sas me­sas de Kan­sas, un res­tau­ran­te que fre­cuen­ta, pi­de un li­cua­do, in­vi­ta unos ca­fés y co­mien­za a ha­blar. Du­ran­te la no­ta son­ríe, ha­ce un par de chis­tes y con­tes­ta to­das las pre­gun­tas con bue­na on­da. Sin em­bar­go, no es fe­liz. Y se le no­ta en la mi­ra­da. De sus ojos no sa­len lá­gri­mas en nin­gún mo­men­to, pe­ro sí un bri­llo me­lan­có­li­co, so­bre to­do cuan­do re­me­mo­ra los bue­nos vie­jos tiem­pos.

Des­de que na­ció, ha­ce 30 años, en Le­des­ma, ese pue­bli­to ju­je­ño tan co­no­ci­do por el in­ge­nio azucarero co­mo por ser su pue­blo na­tal, Ariel Or­te­ga siem­pre vi­vió con la pe­lo­ta en los pies. Es lo que me­jor ha­ce, lo que más le gus­ta, lo que le dio un nom­bre y lo hi­zo fa­mo­so. Pe­ro hoy no pue­de ju­gar al fút­bol pro­fe­sio­nal­men­te, lo tie­ne pro­hi­bi­do.

–¿Có­mo vi­vís sin el fút­bol?

–La rea­li­dad es que se me ha­ce di­fí­cil, por­que me gus­ta ju­gar al fút­bol y no lo pue­do ha­cer. Es du­ro, tra­to de no pen­sar mu­cho por­que eso es lo que ma­ta. Pe­ro no pue­do. Siem­pre hay al­go, al­guien te pre­gun­ta. Pren­dés la te­le y jus­to di­cen al­go so­bre el te­ma. Pien­so en el fút­bol las 24 ho­ras del día.

–¿Qué ha­cés con tan­to tiem­po li­bre?

–Se com­pli­ca, por­que no existe una obli­ga­ción de na­da, ¿vis­te? Por ahí un día te­nés que ir a co­rrer, es­tás en la ca­ma y de­cís “bue­no, no voy”, por­que no hay nin­gu­na obli­ga­ción. Hay que te­ner mu­cha fuer­za de vo­lun­tad, es­tar un po­co mo­ti­va­do. Y lo peor es que no de­pen­de de mí. De­pen­do del Fe­ner­bah­çe. Tra­to de es­tar en mi ca­sa, con los chi­cos, pe­ro se me ha­ce muy lar­go el día, muy lar­go.

–¿Y có­mo te man­te­nés bien fí­si­ca­men­te? ¿Ha­cés al­gu­na ac­ti­vi­dad, sa­lís a co­rrer to­dos los días?

–Fi­jo, fi­jo, no ha­go na­da. Voy de vez en cuan­do a co­rrer. Lo que sí, siem­pre jue­go a la pe­lo­ta. Por lo me­nos dos ve­ces por se­ma­na. Me in­vi­tan a ju­gar fút­bol-cin­co, y tra­to de ir. Así me di­vier­to un po­co, me dis­trai­go.

–¿A qué edad te ima­gi­na­bas re­ti­rán­do­te?

–Nun­ca me pu­se a pen­sar en eso. Si lo que uno pien­sa es que al­gún día va a te­ner que de­jar por­que el fí­si­co no le da o por otras co­sas. Pe­ro yo siem­pre di­je que iba a ju­gar mu­cho tiem­po. To­da­vía ten­go la es­pe­ran­za de que voy a so­lu­cio­nar lo mío y voy a ju­gar has­ta los 38, 39 años.

–¿Mi­rás fút­bol por la te­le?

–No, nun­ca fui de ver mu­cho. Y aho­ra me­nos, por­que me dan mu­chas más ga­nas de ju­gar. Y si voy a la can­cha, peor. Veo po­co. Los re­sú­me­nes, los go­les, al­gún pro­gra­ma de­por­ti­vo, pe­ro no mi­ro un par­ti­do en­te­ro.

–¿Quié­nes te lla­ma­ron pa­ra ver có­mo es­ta­bas o pa­ra dar­te una ma­no?

–No re­ci­bí mu­chos lla­ma­dos. Me ha lla­ma­do la mis­ma gen­te con la que ha­bla­ba cuan­do es­ta­ba en ac­ti­vi­dad. Biel­sa me in­vi­tó a en­tre­narme con la Se­lec­ción, Leo (As­tra­da), en Ri­ver, y Go­ro­si­to, que me ha in­vi­ta­do cuan­do es­tu­vo en Chi­ca­go y aho­ra en San Lo­ren­zo. Des­de ya, siem­pre les voy a agra­de­cer. Son ges­tos muy lin­dos. Son pe­que­ñas co­sas que me ha­cen sen­tir muy bien.

Las horas son interminables para el Burrito Ortega. Viaja de Ledesma a Buenos Aires, de Buenos Aires a Ledesma.

Las horas son interminables para el Burrito Ortega. Viaja de Ledesma a Buenos Aires, de Buenos Aires a Ledesma.

–¿Y por qué no acep­tas­te esas pro­pues­tas?

–Las ana­li­cé, pe­ro no que­ría ir por­que pa­ra mí no es lo mis­mo per­te­ne­cer al gru­po que ve­nir de afue­ra. Sien­to que no los de­jo tra­ba­jar tran­qui­los. Y no quie­ro que la otra per­so­na se vea en el com­pro­mi­so de ha­cer­me sen­tir bien. Por ahí no es así, pe­ro bue­no, uno lo pien­sa.

–En es­tos me­ses sin fút­bol, ¿cuál fue el mo­men­to más di­fí­cil?

–El año pa­sa­do. A los tres me­ses de la sus­pen­sión es­ta­ba mal, muy mal. En otro mun­do es­ta­ba. Fue du­rí­si­mo.

–¿Qué quie­re de­cir “en otro mun­do”? ¿Te ca­yó la fi­cha y te aga­rró la de­pre­sión?

–No, no soy una per­so­na de de­cir me ti­ro en la ca­ma y me de­pri­mo. Pe­ro no es­ta­ba bien. Y aho­ra pien­so y me doy cuen­ta de que te­nía ac­ti­tu­des ma­las. Es­ta­ba agre­si­vo.

–¿Con quién te la aga­rra­bas?

–Con to­dos. Era co­mo otra per­so­na. Yo sé có­mo soy de ver­dad, mis ami­gos tam­bién. Soy un ti­po tran­qui­lo, de jo­der, di­ver­ti­do. Pe­ro no es­ta­ba así y pen­sa­ba mil mi­llo­nes de co­sas y no en­con­tra­ba una ex­pli­ca­ción. De­cía: ¿có­mo pue­de ser que no jue­gue? Sen­tía mu­cha im­po­ten­cia. Pa­ra peor, de­cían que se iba a lle­gar a un acuer­do, que se arre­gla­ba lo mío. En­ton­ces me en­tu­sias­ma­ba y pum, no se arre­gla­ba na­da. Eso me ma­ta­ba. Me acuer­do de que una vez llo­ré mu­chí­si­mo, y mi­rá que yo no soy de llo­rar, eh. Pe­ro llo­ra­ba, llo­ra­ba so­lo. Apar­te, no soy de ha­blar mu­cho tam­po­co. No ha­cía na­da, me iba a Ju­juy un tiem­po, vol­vía. Fue pa­san­do el tiem­po y me fui sin­tien­do un po­co me­jor. No es que es­toy bien, pe­ro, gra­cias a Dios, aho­ra es­toy más tran­qui­lo. Ese ba­jón du­ró bas­tan­te, fue­ron más de cua­tro me­ses, en la épo­ca que sa­lió lo de la sus­pen­sión.

–Psi­có­lo­go ni ahí, ¿no?

–No, no. Me di­je­ron que va­ya, pe­ro di­je que no. No les cuen­to las co­sas ni a mis ami­gos. O sea: res­pe­to el tra­ba­jo del psi­có­lo­go, pe­ro no me da co­mo pa­ra ir ha­blar­le a una per­so­na que no co­noz­co.

–¿Te po­nés a mi­rar vi­deos de par­ti­dos tu­yos?

–Un día me aga­rró la lo­cu­ra y me pu­se a ver un cas­ete que me re­ga­la­ron en Ita­lia, con go­les que ha­bía he­cho y que ni me acor­da­ba. Fue es­pon­tá­neo, lo vi un po­co, me le­van­té, apa­gué la te­le y me fui. Mi­ra­ba y de­cía “có­mo co­rría, có­mo ju­ga­ba” y to­das co­sas así. Pe­ro no aguan­té más, lo apa­gué y me fui a la mier­da.

–¿Te ima­gi­nás vol­vien­do a ju­gar? ¿So­ñás con eso se­gui­do?

–To­do el tiem­po pien­so eso, me ima­gi­no en­tran­do en el Mo­nu­men­tal. Es más, has­ta gra­tis ju­ga­ría en Ri­ver. Ha­cien­do una bue­na pre­tem­po­ra­da pue­do vol­ver a ju­gar. No es que en­gor­dé ni na­da, es­toy fí­si­ca­men­te igual que cuan­do de­jé de ju­gar. Es­pe­ro vol­ver, ése es mi sue­ño.

–Co­mo vie­nen las co­sas, ¿lo ves po­si­ble?

–Es­tá di­fí­cil por­que de­pen­de de los di­ri­gen­tes del Fe­ner­bah­çe. El te­ma tam­bién es la im­po­ten­cia de no po­der ha­blar con los ti­pos, por el idio­ma. No es lo mis­mo ha­blar ca­ra a ca­ra que con un tra­duc­tor. Se bus­ca­ron mil for­mas de lle­gar a un arre­glo y no la con­se­gui­mos. Ri­ver hi­zo un in­ten­to, y el pre­si­den­te Agui­lar ofre­ció mu­chí­si­mas co­sas, pe­ro no se lle­gó a un acuer­do. Yo no quie­ro per­ju­di­car tam­po­co al club, aunque creo que la úni­ca for­ma de so­lu­cio­nar el pro­ble­ma eco­nó­mi­co es que yo volviera a ju­gar. Si no, es im­po­si­ble. Ha­ce mu­cho tiem­po que no jue­go, ten­go 30 años y es com­pli­ca­do por las ci­fras que se es­tán ma­ne­jan­do aho­ra. El fút­bol no es co­mo cin­co años atrás y es muy du­ra la san­ción que me pu­so la FI­FA. Ni por un pi­be de 20 años se pa­ga esa ci­fra.

–¿Creés que al­guien po­dría ha­ber mo­vi­do más fi­chas y hu­bie­ra lo­gra­do que te sa­ca­ran la san­ción?

–Uno pien­sa mi­les de co­sas. Y ellos tam­po­co te dan al­go ac­ce­si­ble co­mo pa­ra po­der ne­go­ciar. Es al­go im­po­si­ble, y a Ri­ver, por su­pues­to, lo en­tien­do. Es un club im­por­tan­te y eco­nó­mi­ca­men­te tam­po­co es­tá bien co­mo pa­ra po­ner la pla­ta. Pe­ro yo es­toy se­gu­ro de que se po­dría ha­ber he­cho al­go más. Es la sen­sa­ción mía.

–¿Quié­nes po­drían ha­ber he­cho al­go más?

–No sé, es co­mo en la vi­da, no es que to­do el mun­do te quie­re. Cuan­do an­dás bien sos Ma­ra­do­na, y cuan­do las co­sas van mal los pri­me­ros que te sa­can la ma­no son los di­ri­gen­tes. No sé quié­nes fue­ron. Si su­pie­ra te lo di­ría, pe­ro no sé. Por suer­te el hin­cha de Ri­ver me ha­ce sen­tir que quie­re que vuel­va. Peor se­ría que me di­je­ran “que­da­te en tu ca­sa”.

–¿No le pe­dis­te a Gron­do­na que te die­ra una ma­no?

–Di­jo que es­ta­ba com­pli­ca­do. Me pu­so con­ten­to que me ha­ya ha­bla­do y le agra­dez­co, des­de ya. Lo que pa­sa es que uno pien­sa un mon­tón de co­sas, y nun­ca sa­be las pa­la­bras que se ha­blan, las co­sas que se di­cen. Creo que el tiem­po te en­se­ña mu­chas co­sas. Cuan­do sos un pi­be de 20, 22 años no te im­por­ta na­da. Te im­por­ta ju­gar y na­da más. Pen­sás que nun­ca te va a pa­sar na­da. Y las co­sas pa­san. Es co­mo que la vi­da me en­se­ñó. Co­no­cés más a la gen­te.

–¿Sen­tís que al­guien te de­frau­dó?

–De­frau­da­do no, pe­ro hay gen­te que cam­bió com­ple­ta­men­te el tra­to que te­nía con­mi­go com­pa­ra­do con cuan­do ju­ga­ba. No te voy a dar nom­bres. Son po­cas per­so­nas, pe­ro hay. No es que era ami­go de esas per­so­nas, aunque… A mí nun­ca me gus­tó que me vi­nie­ran a fra­ne­lear, siem­pre fui un va­go re­ser­va­do. No soy ami­go de esas per­so­nas, aunque el cam­bio fue mu­cho. Por ejem­plo, uno que me sor­pren­dió pa­ra bien fue Agui­lar. No lo co­no­cía de­ma­sia­do, pe­ro tu­vo ac­ti­tu­des de ami­go, co­mo si fue­ra uno de los de Le­des­ma. No es que lo vea to­dos los días, pe­ro las po­cas ve­ces que ha­blé o nos jun­ta­mos lo sen­tí así. No lo di­go por ti­rar­le flo­res ni na­da de eso. Te lo di­go por­que Agui­lar es­tu­vo. Tam­bién es­tá la gen­te de siem­pre, co­mo Leo, Her­nán y la ma­yo­ría de los pi­bes de Ri­ver. Por ahí ha­blo una vez ca­da seis me­ses con ellos, pe­ro yo sé que es­tán.

 

River, el sueño que lo mantenía vivo.

River, el sueño que lo mantenía vivo.

 

En Ri­ver, su se­gun­do ho­gar, es­ta­ba có­mo­do y fe­liz. Has­ta que lle­gó una ofer­ta de­ma­sia­do ten­ta­do­ra co­mo pa­ra re­cha­zar. Con 28 años, a Or­te­ga no le con­ven­cía de­ma­sia­do de­jar su país y sus ami­gos, pe­ro sa­bía que acep­tar el ofre­ci­mien­to del Fe­ner­bah­çe sig­ni­fi­ca­ba po­co me­nos que ase­gu­rar el fu­tu­ro de sus hi­jos y, por qué no, has­ta el de sus nie­tos. Sin embargo no era só­lo la pla­ta lo que lo atraía, si­no tam­bién el he­cho de vol­ver a Eu­ro­pa. Ade­más, por có­mo se la ha­bían pin­ta­do los tur­cos, ima­gi­na­ba una es­ta­día con to­dos los lu­jos que, en ge­ne­ral, go­za un ju­ga­dor que lle­ga co­mo es­tre­lla a un club. Sin em­bar­go, las co­sas no se die­ron así y, al po­co tiem­po de lle­gar a Tur­quía, Ariel no veía la ho­ra de ha­cer las va­li­jas y pe­gar la vuel­ta pa­ra Ar­gen­ti­na. En un país com­ple­ta­men­te di­fe­ren­te, con otra cul­tu­ra y otro idio­ma, la per­ma­nen­cia ca­si pa­sa­ba a ser su­per­vi­ven­cia. Su fa­mi­lia vol­vió y él se sen­tía ca­da vez más so­lo, pe­ro su con­tra­to re­cién fi­na­li­za­ba en 2006. Por eso, sin pen­sar en las con­se­cuen­cias, el 13 de fe­bre­ro de 2003 aban­do­nó Tur­quía. Ahí em­pe­zó otra pe­sa­di­lla, por­que a los cua­tro me­ses la FI­FA lo sus­pen­dió y le im­pu­so una du­ra san­ción eco­nó­mi­ca: 11 mi­llo­nes de dó­la­res.

–¿Por qué te vol­vis­te de Tur­quía?

–El idio­ma, el ex­tra­ñar mu­cho, el vi­vir el fút­bol de otra for­ma. Pa­ra mí, el fút­bol es lo más lin­do que me ha pa­sa­do en la vi­da. Ju­gar, dis­fru­tar, ir al en­tre­na­mien­to, es­tar en un ves­tua­rio y es­tar ale­gre, con­ten­to. Y es­tan­do allá no era fe­liz, no te­nía ga­nas de en­tre­narme, me es­ta­ban sa­can­do las ga­nas de to­do. Lo bá­si­co es eso: no dis­fru­ta­ba el fút­bol.

En Fenerbahçe sólo la pasó bien adentro de la cancha: “Jugué bien, y la gente me quería.”

En Fenerbahçe sólo la pasó bien adentro de la cancha: “Jugué bien, y la gente me quería.”

–¿Qué era lo más ina­guan­ta­ble?

–Mu­chas co­sas. El día a día me cos­ta­ba. Pen­sa­ba “ma­ña­na ten­go que ir a en­tre­narme” y no que­ría ni ir. Ya se me ha­bían pa­sa­do las ganas.  Me sentía muy mal, es­ta­ba ais­la­do, so­lo. To­do es­to que me pa­sa­ba se lo iba co­men­tan­do a una per­so­na del club que ha­bla­ba con­mi­go y que se lo iba co­mu­ni­can­do al pre­si­den­te y a to­dos los di­ri­gen­tes. Y ellos en nin­gún mo­men­to bus­ca­ron la for­ma pa­ra que yo me sin­tie­ra bien. Eran pe­que­ñas co­sas, co­mo po­ner­me un tra­duc­tor o com­prar un ju­ga­dor ar­gen­ti­no. Pe­ro no hi­cie­ron na­da.

–¿Có­mo te ma­ne­ja­bas con el idio­ma? ¿En­ten­días al téc­ni­co y a tus com­pa­ñe­ros?

–Ha­bía un tra­duc­tor, pe­ro ha­bla­ba en por­tu­gués. Yo no ha­bla­ba con na­die, no te­nía tra­duc­tor pro­pio, es­ta­ba in­co­mu­ni­ca­do. Iba al club, me en­tre­na­ba, me ba­ña­ba, me cam­bia­ba y me iba. Eso fue du­ro. Por ahí mu­cha gen­te ha­bla y no sa­be lo que es. Al­gu­nos di­cen “te­nía un con­tra­to de mu­cha pla­ta”, pe­ro pa­ra mí no es así. Uno bus­ca es­tar bien eco­nó­mi­ca­men­te y de­ci­de ir­ a Eu­ro­pa pen­san­do en es­tar más tran­qui­lo cuan­do de­je el fút­bol. Pe­ro pa­ra mí no es to­do. Lo más lin­do que hay es ju­gar a la pe­lo­ta. Eso es lo que más dis­fru­to.

–¿Y en la con­cen­tra­ción, con tan­to tiem­po li­bre y sin po­der ha­blar, qué ha­cías?

–Cinco mil dó­la­res de te­lé­fo­no por mes. Te ca­gás de la ri­sa, pe­ro es así. Lla­ma­ba a Bue­nos Ai­res, a Ju­juy, a cual­quie­ra. Es­ta­ba de­ses­pe­ra­do por ma­tar el tiem­po. Fue du­ro. Los en­tre­na­mien­tos ca­si to­dos los días eran do­ble tur­no y me la pa­sa­ba en la con­cen­tra­ción. Ellos profesan otra re­li­gión, que es la mu­sul­ma­na, y re­zan mu­cho. Tie­nen mez­qui­tas, y tres o cua­tro ve­ces al día to­do el país se po­ne a re­zar. Yo es­ta­ba co­mo cie­go. No me mo­vía na­da, no me in­te­re­sa­ba na­da. Lo úni­co que pen­sa­ba era en es­tar acá, en la Ar­gen­ti­na.

–¿Por qué de­ci­dis­te ir a Tur­quía? ¿No te ima­gi­na­bas có­mo po­dían ser las co­sas?

–Fue un con­tra­to muy bue­no. Apar­te, cuan­do un club com­pra una fi­gu­ra y gas­ta tan­to di­ne­ro, es pa­ra te­ner­lo bien, pa­ra dar­le lo me­jor. Más allá de que no sea fi­gu­ra. Yo pen­sé que iba a te­ner otro tra­to. Pe­ro fue to­do lo con­tra­rio.

–¿Y có­mo se lo to­ma­ron los di­ri­gen­tes cuan­do les di­jis­te que te vol­vías?

–Creo que tam­bién ellos bus­ca­ron que me fue­ra. No es que un día me aga­rró la lo­cu­ra y di­je me voy. Yo les de­cía que bus­ca­ran al­go pa­ra que yo me sin­tie­ra me­jor. Ellos no ve­nían a pre­gun­tar­me có­mo me sen­tía. Di­rec­ta­men­te ni me ha­bla­ban. No me con­sul­ta­ban na­da. Lle­gó un mo­men­to que no po­día vi­vir por­que es­ta­ba so­lo. No ha­bla­ba con na­die. Só­lo me sen­tía bien cuan­do ju­ga­ba. Ju­ga­ba bien. Y eso que no me en­tre­na­ba, por­que no te­nía ga­nas, pe­ro fut­bo­lís­ti­ca­men­te an­da­ba re-bien. Vo­la­ba y ha­cía go­les.

–Y a los hin­chas tam­po­co les ha­brá gus­ta­do que te fue­ras…

–No, la gen­te im­pre­sio­nan­te, se por­tó re-bien. Me recon­traque­rían. Me quie­ren, bah. Es más: cuan­do se dio la po­si­bi­li­dad de vol­ver, me con­tó un pe­rio­dis­ta que la gen­te es­ta­ba en­tu­sias­ma­da, que em­pe­za­ron a ven­der las ca­mi­se­tas mías de nue­vo. Yo allá no po­día an­dar por la ca­lle. Sa­can­do las dis­tan­cias, era co­mo Ma­ra­do­na en Ná­po­les, así. No só­lo los del Fe­ner­bah­çe. To­dos, en to­dos la­dos. Fue im­pre­sio­nan­te. En­ci­ma el te­ma de la pren­sa es com­pli­ca­do, el do­ble que acá. Un día fui a un res­tau­ran­te y en un mo­men­to mi­ré por la ven­ta­na y pre­gun­té si ha­bía al­gún fa­mo­so, por­que ha­bía mu­chos pe­rio­dis­tas. Era al­go así co­mo la puer­ta de la clí­ni­ca don­de es­ta­ba Ma­ra­do­na. Y me con­tes­ta­ron “no, es por vos”. Cuan­do sa­lí, to­dos se vi­nie­ron en­ci­ma de la ca­mio­ne­ta, no po­día sa­lir. Te ju­ro, al­go in­creí­ble. Yo no en­ten­día na­da, pe­ro to­dos los días sa­lían imá­ge­nes mías en la te­le­vi­sión y en los dia­rios.

Alejado del fútbol, el Burrito no veía la hora de volver. Él no lo sabía, pero en poco tiempo arribaría a Newell's, donde sería campeón del Apertura 04.

Alejado del fútbol, el Burrito no veía la hora de volver. Él no lo sabía, pero en poco tiempo arribaría a Newell's, donde sería campeón del Apertura 04.

–¿No pen­sas­te en de­vol­ver al­go de la pla­ta que co­bras­te pa­ra que se so­lu­cio­ne el con­flic­to?

–No ten­go que de­vol­ver na­da, por­que co­bré lo que ju­gué, na­da más. No es que co­bré por ade­lan­ta­do, co­mo mu­chos pe­rio­dis­tas di­cen. Na­da que ver. No co­bré un pe­so de más. Co­bré los me­ses que es­tu­ve ahí. Eso só­lo. Por eso no me co­rres­pon­de de­vol­ver na­da ni lo ha­ría, por­que no es así.

–Ariel, te cam­bio de te­ma. Ju­gas­te tres mun­dia­les, ¿la úl­ti­ma eli­mi­na­ción fue la peor?

–Fue com­pli­ca­do por­que te­nía­mos una ilu­sión, ha­bía un equi­pa­zo. Es­tá­ba­mos en­chu­fa­dos y nos to­có que­dar afue­ra en un par­ti­do que lo po­dría­mos ha­ber ga­na­do 5-0. Y eso es lo que tie­ne el Mun­dial. Por ahí aga­rrás 15 días que los ju­ga­do­res es­tán ilu­mi­na­dos y lo ga­nás, pe­ro por ahí te to­ca an­dar mal en un par­ti­do y chau. A las tres eli­mi­na­cio­nes las su­frí mu­chí­si­mo, fue­ron las co­sas que más me do­lie­ron en el fút­bol. No hay otro cam­peo­na­to, otra co­pa me­jor que un Mun­dial. La sen­sa­ción que vi­vís, el en­tu­sias­mo que hay, la ilu­sión que te­nés. En los tres es­ta­ba es­pe­ran­za­do con ga­nar el cam­peo­na­to. Que­dar afue­ra es un va­cío tan gran­de que no lo po­dés creer.

–In­di­vi­dual­men­te tam­po­co fue bue­no pa­ra vos.

–Fí­si­ca­men­te es­ta­ba me­jor que en el 98, pe­ro no tan bien fut­bo­lís­ti­ca­men­te. Y en el 2002 vo­la­ba, pe­ro me to­ca­ron unos días que no es­ta­ba bien con la pe­lo­ta.

–¿Te jo­de que se di­ga que la Se­lec­ción fra­ca­só?

–Pa­ra mí no exis­te esa pa­la­bra. So­mos ju­ga­do­res de fút­bol y bus­ca­mos lo me­jor. No es que va­mos al Mun­dial con mie­do y di­cien­do “és­tos nos van a ga­nar”. Al con­tra­rio, fui­mos al fren­te, pu­si­mos el pe­cho y ju­ga­mos al fút­bol. ¿Fra­ca­sar? Esa pa­la­bra no exis­te. No la en­tien­do, no hay jus­ti­fi­ca­ti­vo pa­ra que te pon­gan un ró­tu­lo de ésos.

–¿Ya ju­gas­te tu úl­ti­mo par­ti­do en la Se­lec­ción o to­da­vía te ves con la ca­mi­se­ta ar­gen­ti­na?

–Te ju­ro por Dios que pien­so que voy a ju­gar en la Se­lec­ción. Quizá no, pe­ro Dios me va a ilu­mi­nar y me va a dar al­go más pa­ra que pue­da vol­ver a ju­gar al fút­bol. Si vuel­vo a ju­gar, por su­pues­to que ten­go que an­dar bien y to­do. Pe­ro,  sin­ce­ra­men­te, me ima­gi­no en Ale­ma­nia.

 

Por Maxi Goldschmidt (2004).

Fotos: Alejandro Del Bosco.

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