Las Crónicas de El Gráfico

1996. Boca vs Independiente, Bilardo vs Menotti

Por Redacción EG · 09 de marzo de 2020

Y volvieron a enfrentarse en una cancha, por fin. El Flaco y el Narigón, con Diego de testigo. Le tocó perder a Bilardo en un partido que duró mucho más de noventa minutos. VIDEO

 

El final. Son las 20:18 de un domingo que se eternizará en la memoria. La Bombonera recibe en sus brazos ese universo tan particular que agrupa sensaciones tan opuestas como la felicidad en estado puro y la desilusión que nunca alcanza. Un partido singular y atípico, por todos los condimentos que se sumaron durante la semana previa al choque, también proyectó su influencia sobre los verdaderos protagonistas: los jugadores. César Luis Menotti y Carlos Salvador Bilardo acababan de cerrar una jornada inolvidable, histórica, en la que cada uno de ellos —con su estilo, su filosofía de juego y de vida— interpretó un modelo reconocido, creíble y, sobre todo, fiel a sus convicciones. Ganó Independiente y ganó Menotti. Perdió Boca y también perdió Bilardo. En el medio del color con que se pintó un partido jugado a corazón abierto, los técnicos dibujaron, en una tela imaginable, un mundo que los contiene y los apasiona.

 

Bilardo Carlos camina entre los jugadores de Independiente

Bilardo Carlos camina entre los jugadores de Independiente

 

—Teníamos que ganar y ganamos —señaló el Flaco— porque, si dejábamos un par de puntos en el camino, la punta iba a estar demasiado lejos. En esta fecha, todos los que pelean por un lugar importante se llevaron una victoria. A nosotros no nos quedaba otra alternativa. ¡Y por supuesto que estamos contentos!

Ahora, en el triunfo, también quiero decir que era importante no dramatizar el espectáculo ni sobrecargar de presiones a los jugadores. Nos vamos de acá con una victoria que nos llena de satisfacción a todos, pero nada más. Mi felicidad no pasa por la desdicha del rival. Sé que en el otro vestuario debe haber jugadores tristes. Y esto no me hace feliz, aunque así es el fútbol. No hay que levantar ninguna bandera ni decir cosas que no corresponden. Todas las ideas merecen respeto. Hay que creer a muerte en lo de uno, pero sin descalificar al otro... Menotti se iba contento. Y se le notaba. A la salida de un vestuario que parecía estar envuelto por un microclima de una alegría sin desborde pero desnuda de velos, el hombre alto y flaco vivía una noche para atrapar las estrellas.

 —En este momento no me quiero olvidar de hacer una dedicación especial: es para el Pato Fillol y para Mario Alberto Kempes. Dos tipos que todavía no fueron reconocidos en su real dimensión, aunque hicieron mucho por el fútbol argentino y fueron grandes protagonistas de la Copa del Mundo que conquistamos en el '78. ¿El partido? Manejamos bien la pelota, mejor que Boca. En general, tuvimos el control del juego. Me voy satisfecho con mis jugadores. A ellos les agradezco lo que hicieron. Porque está muy claro que nosotros, los técnicos, tenemos muy poquito que ver en la actuación de un equipo... Unas gotas de transpiración corrían por la cara de ese hombre que a los 58 años había dejado en el camino un compromiso vital para la marcha de Independiente. A cuarenta metros de distancia, en el otro rincón de las pasiones, Carlos Salvador Bilardo miraba el suelo, tentaba a su loca corbata con mil tics y tan sólo repetía: "Me cabeceó uno solo... No puede ser. Me cabeceó uno solo, es increíble..."

El Narigón se auto flagelaba por el cabezazo de Arzeno, previo al gol de Panchito Guerrero. Es que para los códigos del técnico de Boca, justo un equipo conducido por su archienemigo número uno, le sacó los tres puntos con una jugada de pelota parada. Justo a él, un verdadero abanderado de la lógica futbolera, un tic-tac elaborado lo dejaba fuera de circulación en lo que resta de 1996, nada menos que a nueve fechas del cierre del campeonato, con todo lo que esto significa para la economía y el sentimiento que late en Boca. Un capítulo esencial de una batalla jugada con alma y vida había quedado atrás. El folklore que alimenta y nutre al fútbol dio sus primeros pasos con la llegada de los técnicos a una Bombonera trepidante y emotiva. A las 16:20 arribó Independiente y la recepción de los hinchas de Boca a Menotti no fue precisamente cálida. Lo insultaron, le recordaron su paso por el club, mientras su larga figura se perdía en el pasillo que desemboca en los vestuarios. En una mano, el bolso; en la otra, el Movicom. Bilardo y Boca habían arribado seis minutos antes —por aquello de las cábalas, ¿vio?—, con el aliento en la nuca y el entusiasmo en la piel. Pero esa recepción no se pudo comparar con la grande, la que se vivió a la vista de todos. Cuando a las 18:11, Bilardo pisó el césped de La Bombonera y, a paso vivo, cruzó el ancho de la cancha sin mirar a los costados. Sólo atinó a ocultarse detrás de un asistente para evitar que los fotógrafos lo incluyeran en un cuadro con Menotti.

 

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Arriba, en la popular, el choque también se palpaba. "¡Menotti, h... de p..., la p... que te parió...!", gritaban los de Boca. Los Rojos respondieron con idéntica melodía y letra, apuntándole al Narigón.

La entrada del Flaco a la cancha fue toda una postal. Figura espigada, andar bamboleante, pelo largo y gris al viento y la nube de fotógrafos rodeándolo en su camino hacia el banco... Los insultos parecían pasar por arriba suyo. El verdadero partido caminaba cerca. El otro encuentro, el de las declaraciones cruzadas, ya se había disputado durante seis días intensos. De esos que suelen escribir historias...

En Ezeiza, allá por el martes, las apariencias estaban a la orden del día. Contrariamente a lo esperado, un Carlos Salvador Bilardo relajado, suelto, locuaz y de muy buen talante, le ponía el pecho a las balas y las convertía en balines de fogueo. No quiso entrar en la lucha dialéctica con su archienemigo se siempre.

— ¿De qué duelo me hablan? Acá van a jugar Boca e Independiente. Ahora, si para ustedes se juega otra cosa, titulen de otra forma. Pero para mí, el domingo, a las 18:10, juegan dos clubes grandes de la Argentina. Nada más.

—Bueno, Carlos, pero no va a decir que no es un partido especial.

—Es especial para nosotros, porque tenemos que ganar sí o sí para que no se nos escape demasiado River.

—Enfrente estará Menotti...

—¿Y..., qué hay con eso?

—Que toda la vida se estuvieron lanzando con misiles, Carlos. ¡¿Cómo no va a ser un choque distinto para usted?!

—Yo nunca tiré misiles. Siempre conteste, jamás la empecé.

—Pensemos una utopía, ¿si Menotti lo saluda, usted le extiende la mano?

—No, no, no... Acá pasaron cosas muy feas, declaraciones fuertes, ataques terribles... No se puede pensar en eso. Yo debo concentrarme en cómo debe hacer mi equipo para ganar.

—¿Y si no gana?

—No pienso en perder. Yo tengo que hacer como los médicos, que tratan de salvar al enfermo.

—¿Epa! ¿Boca está enfermo?

—No, no, pará, pará... Ustedes me quieren mandar la cochería antes de que el paciente muera. Quiero decir... esteee... que Boca debe mejorar. Nada más.

—¿Si gana festejará especialmente? Después de tantas polémicas en el medio con Menotti, no sería una victoria más...

—Para mí, sí. Apenas termine el partido, ya estaré pensando en el próximo. ¿Por qué voy a festejar diferente? Nunca festejé demasiado. No sé... Me habrá quedado algún trauma de chiquito. Inclusive, cuando ganamos la Copa del Mundo en México, no disfruté mucho porque los alemanes nos hicieron dos goles de pelota parada. En lugar de festejar, yo pateaba las paredes...

 

El Clásico se vivió con la particularidad del enfrentamiento entre Bilardo y Menotti

El Clásico se vivió con la particularidad del enfrentamiento entre Bilardo y Menotti

 

En Avellaneda, en el estadio de Independiente, César Luis Menotti no quería tomar por un camino diferente. "De Bilardo no hablo. Por más vueltas que le den, no hablo", se atajó en la entrada al vestuario, cuando grabó una nota para el programa "Orsai, la leyenda continúa".

Pasó el entrenamiento en Villa Domínico, el regreso a Avellaneda y la misma postura. Con una frase que —i oh casualidad!— marcó la primera diferencia de la semana, al menos en cuanto a declaraciones encontradas. "Ahora veo periodistas por todos lados. Y siempre preguntan las mismas boludeces con esta historia del partido con Boca y Bilardo. Ya me cansé, la voy a cortar ¿A quién le importa esto? Es más importante la disputa Menem—Cavallo o Chacho Alvarez—Duhalde, que la de Menotti—Bilardo", despotricó el Flaco, achacándole al periodismo la promoción del choque. A cuarenta kilómetros de allí, el Narigón daba dos pasos atrás y se cruzaba a la vereda de enfrente, diferenciándose de Menotti: "Esta polémica no es un invento del periodismo. Con él me separan un montón de cosas desde hace muchos años. Yo entiendo que a los medios les interese el choque, pero hay que ser claros: el periodismo no inventó nada. Si estamos enfrentados, es por motivos reales..." Las posturas, aquel martes, ya eran claras. Ninguno quería profundizar en el duelo aunque, cuándo no, también dividían las aguas: para Menotti, el choque era un juego para el periodismo; para Bilardo, no.

 

Menotti, entrenador de Independiente

Menotti, entrenador de Independiente

 

El miércoles la historia siguió su rumbo. Y ambos cayeron en otra coincidencia: las prácticas fueron a puertas cerradas. Boca en Ezeiza; Independiente en el Hindú Club de Don Torcuato. Esa mañana, Bilardo hizo su primer trabajo táctico con respecto al partido del domingo. Juntó a Toresani, Dollberg, Pompei, Latorre y Guerra en una cancha, y les ordenó que hicieran correr la pelota por el medio. "Cuando yo les grito, zás, Pompei y Toresani salen disparados para adelante". El movimiento era claro: Bilardo trabajaba para contrarrestar una de las banderas que alzó siempre Menotti —el achique—, aunque ahora la tiene a media asta ya que lo dosifica mucho más que en otras etapas anteriores. Y el Narigón quería quebrarlo con el despegue de los volantes, especialmente por el lado del Huevo y Tito. Algunos jugadores que observaban a un costado, susurraban: "Si lo llega a abrochar al Flaco quebrándole el achique, al Narigón no se lo banca nadie". Antes de que los futbolistas se retiraran a sus casas para almorzar, Bilardo dejó caer un consejo: "Hablen todo lo que quieran con la prensa, pero no se metan en la polémica mía con Menotti. Los necesito bien concentrados en el partido del domingo. A mí me importan ustedes y no Menotti..." En Don Torcuato, Menotti también pensaba en Boca, dando por tierra con aquel concepto que le cuelgan de que "el rival no importa". Mentira. Al César siempre le importaron los rivales, aunque nunca se subordinó a los planteos de los contrarios de turno. Por eso, en el trabajo táctico probó cómo contrarrestar los cabezazos de Hugo Romeo Guerra. Justamente, el uruguayo jugando para Gimnasia La Plata y Huracán, había enfrentado ocho veces a Independiente. ¡Y en todas las ocasiones le convirtió goles! Cuando Bilardo se enteró de tamaña efectividad, se le iluminaron los ojos: "¡Acá juegan Guerra y diez más!", dijo con una sonrisa, mientras se frotaba las manos. Menotti, por su parte, no miraba para otro lado.

—¿Cómo no me van a preocupar los cabezazos de Guerra? Seguro, son muy peligrosos. A mí me preocupa tanto Guerra como a Boca lo que pueden hacer nuestros delanteros...

—Bilardo dijo que a Boca nadie lo sale a atacar en La Bombonera.

—Está bien, es su opinión y hay que respetarla. Parecía el mundo al revés. Menotti admitiendo que le preocupaba el rival; Bilardo asegurando que en lo primero que pensaba era en Boca y no tanto en Independiente. Los dos disfrazaban con un poco de cosmética una realidad distinta. Porque, en la intimidad, ambos seguían marcando diferencias. El Flaco, más metafórico; el Narigón, más pragmático.

"Quieren hacernos creer que emocionarse es una debilidad de perdedores. El objetivo es hacer tipos duros, sin solidaridad, egoístas... Pero no van a poder", disparaba Menotti, trascendiendo la circunstancia del partido. "Cuando yo pierdo, sufro, sufro mucho. Y no me gusta que a un jugador le dé lo mismo perder que ganar...", sostenía Bilardo. La historia, la filosofía de cada uno, ya empezaba a tomar cuerpo. También había espacios para los puntos en común que, aunque usted no lo crea, los tienen. ¿Un ejemplo? Diego Armando Maradona.

 

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En la tarde del miércoles 30 de octubre, sorpresivamente, Maradona se quiso hacer un auto regalo de cumpleaños y fue a entrenarse con el plantel de Boca. No estaban convocados, pero todos los jugadores del plantel —con excepción de Basualdo, cuya esposa también cumplía años— se dieron una vuelta por el Sindicato de Empleados de Comercio para compartir una tarde de fútbol con Diego. Cuarenta y cinco minutos de un picado, algunos pincelazos de su magia, varios kilos de más de evidencia y una duda que se insertó en la sociedad boquense. ¿Jugaría el domingo?

"Yo lo vi muy bien, con la magia de siempre. Si él quiere, tiene un lugar en el equipo", afirmó Bilardo. La versión llegó a oídos de Menotti: "Que Maradona salga a una cancha me hace muy feliz. Es su hábitat natural, su aire, su medio. A mí me alegra todo lo que a él lo haga feliz. Si eso incluye jugar, mejor, porque la sensibilidad que tiene con la pelota es única", respondió. iAlbriciasi: la imagen de Diego es tan fuerte —vaya novedad— que suele unificar el criterio de dos técnicos que están en las antípodas desde hace más de veinte años. ¿Y Diego qué dijo? A dos aguas, no se jugó por ninguno. Aún hay lazos que lo unen a ambos en su historia y en su mente: "Las diferencias entre Bilardo y Menotti existen. A Carlos le gustaban Los Wawancó y a Menotti, Mercedes Sosa. Bilardo prefiere líbero y stoppers y el Flaco la zona. Pero a los dos les importa el jugador, los caños, un sombrero. Tienen muchas cosas en común, aunque no se note..." Una buena observación de Diego, quien se autoexcluyó inmediatamente del partido del domingo.

También la palabrita "zona" pasaba a formar parte de la polémica subliminal que ambos mantuvieron en la semana. "Jugar con cuatro en el fondo es más fácil, pero a mí no me gusta. Todos lo saben. Lo que pasa es que ahora lo hago en Boca porque no tenemos tiempo para trabajar con líbero y stoppers. Estoy jugando como treinta años atrás. Y eso me vuelve loco...". Eso y decirle antiguo a Menotti era lo mismo. Aunque el entrenador de Boca se encargó muy bien de no mencionar a su archienemigo. Inclusive, algo extrañísimo en él, negó haber estudiado a Independiente. "No lo vi nunca. Sólo una vez por televisión y no puedo abrir un juicio por eso". La verdad, la nariz le crecía cada vez más... El Flaco, sin embargo, agarraba por otro camino. Y no esquivó el bulto cuando le preguntaron por Boca.

—Tiene excelente jugadores. Está en la búsqueda de algo, pero no lo vi jugar bien. Es un equipo que puede ganar aún jugando mal, porque cuenta con un par de variantes. Tiene potencia, individualidades, juego aéreo... Algunas cosas que lo pueden acercar a los resultados. Lo que no le vi es una búsqueda de funcionamiento. Un día juega de una manera, otro día de otra... Puede jugar bien, pero no sé si quiere ju-gar bien. Jugadores le sobran. En aquella Selección de Bilardo yo había dicho que podía ganar, empatar o perder, pero nunca jugar bien. Este equipo de Boca, en cambio, tiene jugadores de técnica: Pompei sabe jugar, Cagna lo mismo, igual que Toresani. Y también están Latorre, Carrario y Rambert. Ahora hay que ver si a Bilardo le interesa jugar bien o apresurar el camino del éxito de cualquier manera, que no significa de manera tramposa...

—¿Qué sería ganar de "cualquier manera"?

—No es haciendo trampa ni apelando a la droga, o escondiendo la pelota y haciendo cosas fuera de la ley. Ganar de cualquier manera es poner dos grandotes y tirarles catorce mil centros, porque hay una gran dependencia del azar. Se acierta con un cabezazo y, por ahí, está el premio de un triunfo. Ganar de cualquier nutriera es apostar a sacar a dos delanteros, y poner tres defensores grandotes para que saquen la diferencia de cabeza. Eso es, para mí, ganar de cualquier manera. Como no hay una idea de cómo arribar al lugar de definición, sólo meten pelotazos y bochazos para adelante...

 

1996. Bilardo vs. Menotti: el duelo que paralizó al país

 

 

En la intimidad de ambos bandos —si se permite el término— se trataba un tema que merece un párrafo aparte: la suerte histórica de Bilardo. En el círculo de Menotti no había dudas: "Boca le puede ganar a Independiente de una sola forma: que aparezca el c... tradicional de Bilardo", comentó un allegado al Flaco. "Aunque me parece que la cuota de suerte la gastaron contra River, con el nucazo de Guerra", remataban. En las lides boquenses, mientras tanto, asumían esa virtud esotérica del Narigón con humor e... ironía.

Como cuando en un diálogo con Mauricio Macri, Bilardo se quejaba de su fortuna: "Es increíble, desde que agarré a Boca no ligo una. Los penales errados en el campeonato pasado, la definición de la Supercopa, el partido con Vélez..." El presidente de Boca, con una sonrisa, no dejó pasar la oportunidad: "Pero Carlos, lo que pasa es que se gastó toda su suerte en el Mundial de Italia '90, no se guardó nada para ahora..." En el medio, un mundo que navegaba alrededor de la polémica. Desde Jorge Luis Burruchaga

—"¡Basta con este tema! Ni Bilardo ni Menotti marcaron la historia del fútbol argentino. Hubo y habrá técnicos más exitosos y capaces que ellos"— hasta la aparición en escena de nombres ajenos al medio como Arrigo Sacchi y Giovanni Trapattoni, pero que entraron en escena a través de analogías. "¿Saben cómo le dicen a Bianchi en Italia? 'El nuevo Trap'... Trapattoni es un técnico sensacional, que siempre tuvo muy en claro sus objetivos y los medios para alcanzarlos", aclaró Bilardo, subiendo a uno de sus referentes históricos a un pedestal. "A mí me parece más interesante, para hablar de fútbol, sentarme con Sacchi. Con Beckenbauer quizás no me sentaría ni diez minutos para charlar de técnico a técnico", retrucó el Flaco, refrescando aquella frase de Bilardo —"Yo sólo me sentaría a discutir de fútbol con Beckenbauer"—, en referencia a la reciente Polémica del Narigón con Ramón Díaz. El choque se acercaba. Los dos, disimuladamente, estaban en guardia. Con la imagen de hombre herido y golpeado de Bilardo; con la habitual expresividad de Menotti. "Yo de él no hablo más. Me cansé de que me atacara sin sentido. No le contesto más, no le contesto más...",cortaba cualquier posibilidad de respuesta el Narigón. "Que Bilardo y yo dirijamos acá —decía Menotti—, para lo único que va a servir será para multiplicar el conventillo. Me calienta que cada vez se hable menos del fútbol juego. Esto que pasa es un reflejo de la sociedad argentina. Los medios venden con los éxitos y los fracasos. Y la sociedad espera análisis, pero también consume porque la ametrallan todos los días. Igual hay gente a la que no le pueden robar nada. A Norma Aleandro, por ejemplo, no le van a robar las cosas que le interesan. ¡Ni las presta! Pero hay muchos tipos, en el fútbol y fuera de él, que no se dejan robar las cosas: valores, sensibilidad...

  

¿Pero cuándo nacieron en realidad las diferencias irreconciliables entre el Narigón y el Flaco? Según Bilardo: "Habría que escribir un libro porque los periodistas y jugadores más jóvenes no tienen ni idea de todo esto".

Según Menotti: "Las diferencias ideológicas con Bilardo fueron de toda la vida": Y explicó, en detalle, los pormenores de una crisis terminal que agotó páginas y adjetivos: "El primer enfrentamiento que yo tuve con un estilo fue con Zubeldía, pero teníamos otra relación. Nuestras discrepancias estaban ligadas al fútbol. A tal punto que en el '78, por una gestión de Poletti, hicimos una nota de dos horas. Y cuando terminó, me dijo: la verdad que no te puedo entender. Yo, si voy ganando 1-0, quiero que el partido terminé ya”. Osvaldo era más frontal. Nos separaban cosas del fútbol; en cambio, con Bilardo, nos separa todo. Porque yo no voy a enemistarme con alguien porque juega con líbero y stopper. Eso es una ridiculez que inventaron ustedes, los periodistas. Si repasan la historia, se darán cuenta de que esto no pasa por el líbero y el stopper..."

El 1-0 iluminó muchas caras y opacó muchas otras. La ley del deporte, esa que habla de vencedores y vencidos, ya había dictado su fallo. Para Menotti, ésta fue una victoria más —sumamente valiosa por lo que representa—, pero que no inclina la balanza en la lucha ideológica. Su palabra, al menos, afirmaba eso. Por más que su expresión y su incipiente sonrisa dijera otra cosa... En Boca, el shock no dejaba lugar para la reacción. Ni las amenazas sobre el árbitro Roberto Rubén Ruscio tuvieron el énfasis de la rabia. El pueblo de Boca, el estoico, se retiraba con los brazos bajos. Lo mismo que Bilardo, quien ni aun en su peor momento dejó de lado sus obsesiones. Como cuando después del partido, Dollberg estaba por cambiar la camiseta a Cascini: el Narigón tomó de un brazo al lungo volante y lo llevó para el vestuario. La cara de Chiquito no podía ocultar su fastidio. Cascini, impertérrito y con la camiseta en la mano, lo insultó al técnico de arriba a abajo: "¡Pero qué te pasa, pedazo de b... ¡Esto es un partido de fútbol, nada más!" Ahora empezarán a tallar otras cosas por La Ribera. Como la encuesta que mandó a realizar Mauricio Macri entre los socios de Boca, antes del choque con los Rojos. Entre las preguntas figuraba si Bilardo debería irse, qué jugadores no tendrían que estar en Boca, qué credibilidad tiene el presidente... En fin, se vienen tiempos duros por La Boca. El año futbolístico ya finalizó. ¿Heridas? Seguro que las hay. Aunque sólo el transcurrir del tiempo develará la gravedad de las mismas. Mientras tanto, en Avellaneda, soplan vientos de esperanza. El equipo volteó a Boca, reencontró parte de su fútbol, se iluminó con el gol del pibe Guerrero y le ofreció en bandeja a Menotti una victoria que tiene un sabor especial. El viejo sabor de los grandes goces.

MIGUEL ANGEL RUBIO y EDUARDO VERONA

Notas: DANIEL GALOTO y MATIAS ALDAO

Fotos: NORBERTO MOSTEIRIN, ALEJANDRO DEL BOSCO, MARIO PAGANETTI y CARLOS LORENZ

 

 
La columna de Víctor Hugo
A, igual que los episodios más emocionantes de la vida, el partido transcurrió como una metáfora de las grandezas y las miserias, el amor propio y el miedo, la suerte y la injusticia, las mentiras aceptadas y las verdades jamás encontradas.
Un árbitro de vergüenza, un par de líneas considerables honestos porque sus errores no son compensados por dinero, un imperdonable chambón como Fabbri, un gran arquero llamado Mondragón y el recurrente toque más para defender que para atacar de Independiente sumaron las desgracias cosechadas por Boca para irse en medio de las discusiones a las que empujó el resultado. Ese 1-0 que a la hora de los balances todo lo modifica, porque se concreta en el gol de Panchito en una jugada donde Boca está aún acomodándose a la ausencia de Fabbri, y no en aquellas acciones de Toresani, Saya, Guerra y Tchami. O se les niega los penales en los momentos más expresivos y tácticamente más valientes de Boca. El partido osciló como un péndulo entre las frustraciones y las esperanzas. De todo eso, los dos rivales fueron alimentando el partido. Muchas veces parecieron quebrarse sin que Roberto Rubén Ruscio tuviera que decidir —como ocurrió— el destino del esperado choque. Boca asomó más de una vez con fútbol más pujante y dotado. Independiente metió cuanto pelotazo necesitó para defender, pero si no era apurado se venía ese toque que le da la confianza y los aplausos, con el que progresa incisivamente si es Guerrero o Matute, si comanda Burru, que es nada, un tener la pelota y punto en períodos que exasperan a su gente, cuando se estaciona entre el círculo y su área. Independiente obtuvo el triunfo, entre otras cosas, porque fue capaz de vencerse a sí mismo, que tanto les cuesta a los hombres. Le ganó a sus flaquezas, a sus miedos y sólo perdió hacia el final cuando se precisaba un contador como el de los niños, para anotar los goles, y los regaló, resignó o dilapidó quitándole algunas patas a la mentira que hubiera empujado un resultado que pudo ser lapidario. Jugaron mucho más los imponderables, el arbitraje y las derivaciones de asuntos que nadie puede programar, como la tonta mano de Fabbri, sabiendo con qué se venía Ruscio... Los hinchas de Boca subían de a tres los escalones para terminar rebotando con sus narices e insultos contra la cabina de radio pidiendo el cadalso para el juez. Se olvidaron de que ha sido Boca el promotor de quedarse sin el único árbitro capaz de administrar justicia en serio, en medio de un clima como el de este partido. Condenaron a Castrilli por un accidente y aceptaron, a cambio, la parodia de justicia que implica Ruscio en una cancha. Los de Independiente no tenían muchas ganas de perdonar id inconsciencia de sus jugadores de cuando estaban once contra nueve: dejaron pasar el tiempo de una humillación... Boca estaba expuesto a una cachetada feroz de un destino que parecía escrito. El Diablo le perdonó la vida y lo dejó en la puerta del infierno de un triunfo más insultante para las flaquezas de Boca.
El choque sin sutilezas, el partido lleno de miedos, encontró otras vías para ser igualmente un espectáculo disfrutable. No hubo un instante en el alguien pudiera desprenderse excitación y la angustia genera por el despliegue trabado, balbuceante, sin poder mantener nadie una mínima cuota de elegancia en la vorágine de marcas impiadosas, de rechazos urgentes para evitar que la presión se produjera en la garganta de los equipos.
Un ballet de hombres cayéndose, trabados, enojados, impotentes. Una escultura enmarañada donde resulta imposible determinar de quién es tal pierna o tal brazo. Un espectáculo fantástico por otros caminos a los que el fútbol sueña. Un pedazo de historia irrepetible devorado por una tarde que no podía compararse con nada, aun antes de jugarse el clásico que definieron u cierto mandato estadístico, el oportunismo de Guerrero, la debilidad espiritual de Ruscio, la zonzera de Fabbri y la cruz que arrastra Bilardo.
VICTOR HUGO MORALES
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