Las Crónicas de El Gráfico

1973. ¨Les cuento mi verdad de mi pelea con Firpo¨

Por Redacción EG · 22 de octubre de 2019

Por Jack Dempsey, a 50 años de la emblemática pelea que marcó al boxeo, uno de los protagonistas cuenta su versión de los hechos. Para la historia quedará como una de las injusticias más grandes del boxeo.

Cuando era chiquito mi madre me decía que la vida, mientras fuese jugosa y apasionante, no se debía contar en años, meses o días sino en segundos. Y debe ser por eso que el match del siglo entre Luis Angel Firpo y yo, en el Polo Grounds de Estados Unidos el 14 de septiembre de 1923, estará siempre en segundos en el reloj de mi vida. Ya sé que en la cuenta de ustedes hace exactamente cincuenta años que tuvo lugar el match, ya lo sé, no hace falta que me lo repitan. Pero para mí eso no cuenta, salvo esos enloquecidos, delirantes y jugosos segundos en los que la vida del "Toro de las Pampas" y la mía se cruzaron en el ring del Polo Grounds. Para todo el mundo, sin exceptuar inclusive a mi promotor Tex Richard, la pelea duró cuatro minutos; pero para mí —y para Luis Angel Firpo también, según me lo confesaría mucho después en Buenos Aires— fueron 240 segundos delirantes, excitantes, quizás los mejores de la historia del boxeo mundial. Pero mentiría si me limitara a esos 240 segundos que compartí con Luis Angel en el ring; la cosa empezó muchos segundos antes, como un chiste, cuando Tex me dijo después de mi exitosa pelea con Tommy Gibbons por el título: "Ahora al boxeo le hace falta una pelea del siglo, y nadie mejor que Firpo como rival. Es un muchacho argentino fortachón, buen pegador, que viene de ganar 9 peleas consecutivas por KO en Estados Unidos". En ese momento me reí; siempre había considerado a Firpo nada más que un muchacho fuerte. Recordé que una vez vino a verme cuando era un boxeador desconocido para decirme que algún día me sacaría el título; admito que admiré sus agallas y su sinceridad, pero muy dentro de mí estaba pensando que lo iba a dormir en el primer round. Por eso me reí tanto cuando noté que Tex estaba hablando en serio. E internamente también me estaba riendo cuando subí al ring del Polo Grounds en la noche del 14 de setiembre de 1923. Pero me duró poco porque enseguida vi que la cosa era seria, mucho más de lo que mostraba la cara de Tex Richard en mi rincón... En una fracción de segundo vi una multitud de 90 mil personas hambrientas de sudor, empeño y acción. Recordé que tenía 28 años, 45 peleas ganadas por nocaut y 7 por puntos hasta ese momento; que venía de propinarle tremendas palizas a adversarios potentes como Tommy Gibbons, George Carpentier, Bill Brennan, Bill Miske. Además de haberle sacado el título a Jess Willard el 4 de julio de 1919, también por nocaut, en el tercer round. Creo que sentí la necesidad de repasar rápidamente los éxitos de mi vida boxística en el ring del Polo Grounds porque había estado subestimando demasiado a mi rival argentino. Ahora lo tenía frente a mí, mascando rabia y potencia en su rincón y seguramente repasando su carrera también para sentirse más seguro. "Concéntrate, Jack, por favor", me dijo Tex Richard segundos antes del comienzo del combate. Nunca me explicó por qué me había dicho aquella frase esa noche, pero seguramente sabía que la presencia real de Firpo en el ring, más una serie de datos que hasta ese momento había pasado por alto, estaban borrando de un codazo las risas que se me habían acumulado en mi cabeza sobre Firpo: venía de ganar 9 peleas consecutivas por nocaut, barriendo inclusive con su temible fuerza al ex campeón mundial Jess Willard. En ese momento Firpo tenía dos años menos que yo y me superaba en 16 kilos. Sí, me di cuenta al sonar el gong del primer round que las papas iban a quemar en el Polo Grounds aquella memorable noche.

El campeón arrollador. El ¨matador de Manassa¨, que llegó a la cumbre. El arquetipo que se prendió al gran recuerdo. Aquí está Dempsey de la historia grande, aquel de Firpo.

El campeón arrollador. El ¨matador de Manassa¨, que llegó a la cumbre. El arquetipo que se prendió al gran recuerdo. Aquí está Dempsey de la historia grande, aquel de Firpo.

 

BRAZOS DE ORO

Tan pronto nos encontramos en el medio del ring yo tiré una potente izquierda que no dio en el blanco. Esto es lo único que recuerdo con cierta claridad hasta que terminó la vuelta, porque aprovechando el impulso de mi cuerpo al errar el golpe, Firpo aterrizó su potente derecha en mi mentón. En ese momento me sentí como un barrilete en el aire... Muchos espectadores pensaron que apenas había sido un resbalón mío, pero el hecho es que la trompada de Firpo me había mareado. Por primera y última vez en mi vida mis ojos me fallaron en poner foco adecuadamente.

Mientras trataba de recobrarme de los efectos del golpe, veía una docena de Firpos bailando en medio de las luces del ring. De vez en cuando yo disparaba un golpe, pero siempre al Firpo que no era el real. Desde un punto de vista estrictamente profesional yo la estaba pasando mal. No quiero que esto sea mal interpretado, sin embargo. Nunca sentí dolor; un golpe de esa índole adormece el equipo físico del contrincante y le pone una almohada temporaria al cerebro, pero no lo mata. Sin embargo, los boxeadores estamos acostumbrados a tener que capear estos adormecimientos y a esa lucha me dediqué de allí en más. El hecho es que para mí era como si Firpo hubiera instalado los Andes en el medio del ring y los hubiera dotado de movimiento, con él saltando de una cima a la otra.

1923. Firpo llevado en andas tras ganar una pelea previa a la de Jack Dempsey.

1923. Firpo llevado en andas tras ganar una pelea previa a la de Jack Dempsey.

Mi instinto de conservación me pegaba a las sogas, donde trataba de ganar tiempo y esquivar los golpes del que yo creía era el Firpo real. En una de las tantas imágenes de Firpo que bailoteaban en mi cabeza choqué finalmente mi izquierda. Lo vi caer, pero para mí eran tres o cuatro los Firpos apilados a mis pies. Lo vi levantarse y para mí seguía siendo un cuarteto de Firpos. Allí Luis Angel cometió un error: en vez de alejarse para complicar mi ataque, comenzó a acercárseme; me resbale dentro de sus manos y me pegué a él como a un hermano que uno busca toda la vida y termina por encontrarlo de casualidad en la calle. Mi gloria era única. Todo ese tiempo yo había estado sacudiendo mi cabeza para borrar de ella la niebla que no me dejaba ver. Esa niebla tampoco era permanente, sino que iba y volvía, pero sin darme nunca tiempo a recuperarme del todo. Lo que yo hacía en esos momentos era puramente instintivo: sabía que no me podía despegar de mi Firpo real, y ésa era mi verdadera y única justificación para poder seguir en pie. En ese momento me olvidé de la gloria y del dinero: todo lo que quería era subsistir y sabía que para hacerlo tenía que pelear.

Recuerdo haber tirado a Firpo por segunda vez, y enseguida tropezar con su cuerpo caído mientras buscaba el rincón neutral. Cuando esto ocurría la niebla desapareció por un par de segundos y eso me dio tiempo a apoyar mi mano derecha sobre la soga superior. Mucha gente me preguntó después por qué no salí hacia el costado de Firpo en vez de pasar por arriba de él, pero la verdad es que si no me hubiera agarrado de esa soga—¡yo hubiera caído arriba de Firpo!

Más tarde, aún durante el primer round, recuerdo vagamente haber sido apretado contra las cuerdas por ese ejército de Firpos. Estaba desesperado porque no sabía a cuál pegarle cuando volví a ver claramente por otro par de segundos. Aterricé otro golpe en el mentón de Firpo y volvió a caer. Así tres veces más, según me dijo mi entrenador Jack Kearns después, porque yo ni me las acordaba. Sin embargo, tengo bien claro la trompada de Firpo que pasó zumbando mi oreja y que me re-costó en las sogas; y recuerdo a la perfección el pechazo involuntario de Luis Angel con ese envión, que ms sacó afuera del ring, y que luego convertirían a esta p-lea en una leyenda del boxeo. Esos segundos fueron una odisea para mí: caí planchado sobre la máquina de escribir del periodista Jack Lawrence, y me lastimé la espalda en la caída. Un golpe que tuvo bastantes malos efectos en mi vida posterior y que todavía siento en la columna durante los días fríos. De cualquier manera, el golpe de la máquina de Lawrence me despertó lo necesario para gritar a los periodistas de esa hilera: "Métanme dentro del ring, por favor... Métanme allí que lo mato a ese desgraciado..." Unas manos anónimas, entre las cuales seguro que estaban las de mi amigo Jack Lawrence, me volvieron a meter dentro del ring, salvando así sin querer la corona mundial para los Estados Unidos. No puedo decir si el referí contó nueve o más de nueve, o si realmente cabía descalificarme al caer fuera del ring. Estaba muy groggy para establecerlo en ese momento. Pero sí puedo decir que una oleada de furia roja me invadió la cara cuando el referí nos volvió a juntar al centro del ring. Firpo se me tiró descontroladamente pensando que yo todavía estaba mareado, pero lo paré con la derecha y le entré con la izquierda, dejándolo chato como un panqueque en su séptima caída del primer round. Volví a ver un regimiento de Firpos en la lona y en mis oídos resonaban los gritos y vitoreos de una multitud que parecían rebotar desde algún eco lejano.

 

Firpo tiró a Dempsey del ring.

Firpo tiró a Dempsey del ring.

 

 

LAS HUELLAS DEL PASADO

No recuerdo cómo hice para llegar a mi rincón cual da sonó la campana del primer round. Me despertaron los cachetazos de mi entrenador Jack Kearns y los gritos de su ayudante Jerry Greek, quien maldecía por no poder encontrar las sales para reanimarme, que al final aparecieron en el bolsillo de Jack.

—¿Qué pasó? —le pregunté atolondrado a Jack.

—Mucho, pero en el fondo nada, muchacho; ahora a salir y a matar —contestó Jack.

Cuando me quise acordar estaba en el centro del ring otra vez frente a Firpo. Las palabras de Jack y de Tex Richard me estimularon mucho: me habían dicho que si yo había podido tirarlo siete veces a Firpo estando completamente groggy, razón de más para bajado de un nocaut ahora que la niebla se había disipado. Ya despierto me di cuenta que Firpo carecía de la experiencia básica y de los conocimientos técnicos fundamentales del boxea. Seguía tirando golpes en remolino, descontroladamente. E insistió en pelear de cerca, lo que me facilitó la tarea: la primera vez le entré una izquierda que lo tumbó por dos segundos; la segunda aterricé otra izquierda que lo dejó cuatro segundos en la lona, y la tercera llegué a él con una potente derecha de la que no se pudo levantar. Exactamente 240 segundos que quedarán grabados en la historia del boxeo, no porque la recaudación fuera de 1.200.000 dólares, ni mi parte de 470 mil; sino porque los 90 mil espectadores habían pagado a razón de 2.000 dólares el segundo y tanto Luis como yo les brindamos el espectáculo, el sudor, el empeño y la acción que todos buscaban.

En julio de 1919 se consagró campeón del mundo de los pesos pesados al derrotar a su compatriota Jess Williard.

En julio de 1919 se consagró campeón del mundo de los pesos pesados al derrotar a su compatriota Jess Williard.

Cuando la prensa y los admiradores se concentraron en mi rincón para obtener detalles y anécdotas de la pelea, mi cabeza estaba en otra cosa. Estaba en el camarín de Luis Angel, un gran boxeador que al principio subestimé y luego aprendí a respetar y admirar... Antes de ducharme golpeé su camarín para abrazarlo, pero no me quiso recibir. Luego, al pasar de los años supe a través de amigos argentinos que Luis Angel nunca había querido hablar a la prensa sobre mi famosa caída fuera del ring y sobre si el título le correspondía a él o a mí; era demasiado responsable para hablar mal de mí. De allí en adelante sólo supe indirectamente de él, a través de amigos. Para colmo yo me separé de mi promotor Tex Richard por cuestiones de dinero y como era él quien tenía los contactos con Firpo y su gente, nunca me atreví a llamarlo por teléfono a Tex y rebajarme ante él. Pero el 12 de setiembre de 1948, dos días antes del 25' aniversario de nuestra pelea, Firpo me llamó por teléfono. ¡Estuvimos hablando 240 segundos, el mismo tiempo que había durado la pelea!... Quería felicitarme por el triunfo y pedirme un peso pesado para su film sobre nuestro match. Dos años más tarde, tras una invitación mía, y como cortesía del embajador de USA en Buenos Aires, Mr. Stanton Griffith, Firpo vino a Nueva York para presenciar la pelea Joe Luis-Ezzard Charles. Nos sentamos juntos, nos abrazamos, me comentó que quería meterse en el cine y que debía bajar de 108 kilos a 98, que era feliz y que seguía criando vaquitas en su estancia. Pero fue después, tras unas copas, que me atreví a preguntarle lo que opinaba sobre nuestro combate del siglo: "Mirá, Jack; si querés que sea sincero, te lo digo. Hubo cuatro momentos en los que yo debí haber sido declarado campeón porque vos violaste las reglas: me pegaste dos veces después de haber tocado la campana; una tercera vez me diste una trompada mientras me estaba levantando y una cuarta me pegaste mientras yo hablaba con el referí, Y por si todo eso fuera poco, cuando vi la película caí en la cuenta de que estuviste 16 segundos fuera del ring, y no nueve como marcó el referí. Lo sé porque le pedí al cameraman que calculara la cantidad de cuadritos que él filmó durante tu caída, y aI dividirlos por la cantidad que la cámara toma por segundo tuve los 16 segundos que te mencioné..." Le dije que no se lo podía rebatir porque yo estaba muy groggy durante los primeros 180 segundos, pero que al ver la pelea, y dejando de lado la caída fuera del ring, el combate claramente me pertenecía porque yo había peleado mejor que él. La risa nos surgió casi simultáneamente. Era como si ambos nos estuviéramos preguntando: ¡Y a quién le importa todo esto ahora que nuestro combate está en el escalón más alto de la historia del boxeo y que ya dejó de ser un match para ser una leyenda?

El nacido en el Estado de Colorado tiene un récord de 83 peleas con 65 victorias, 6 derrotas y 11 empates.

El nacido en el Estado de Colorado tiene un récord de 83 peleas con 65 victorias, 6 derrotas y 11 empates.

Esa misma amistad, alegría y respeto mutuo se mantuvieron durante mi ida a la Argentina, especialmente invitado por el general Perón y Luis Angel Firpo: el 13 de septiembre de 1954 Perón nos hizo entrega pública en el Luna Park de dos medallas de oro recordando el match, y luego asistí especialmente invitado a un asado en la casa de Firpo, en medio de una gente formidable, mucho vino y unas tres mil cabezas de Aberdeen Angus, los mejores que haya visto en mi vida. Para mí el "Toro de las Pampas" seguía siéndolo. ¡Y cada año que pasaba, más todavía!

Cuando Luis Angel murió mi pena fue honda. A pesar de que tengo prohibido el alcohol por mi arteriosclerosis, esa noche me encontré con Jerry Greek (el viejo ayudante de Jack Kearns, el mismo que maldecía por no encontrar las sales para despertarme durante el combate) y tomamos hasta el amanecer, recordando a toda esa linda gente que aquella noche del 14 de setiembre de 1923 me hizo vivir los 240 segundos más fabulosos y excitantes de mi vida. Pero Luis Angel no está muerto; está vivo en mi alma y en la del boxeo mundial. Lo pienso todas las mañanas, cuando al levantarme de mi cama veo la foto de nuestra pelea sobre mi vieja cómoda. Muchos años han pasado; sí, años donde rebotaron la pérdida de mí corona mundial frente a Gene Tunney, la muerte de mi íntimo amigo y entrenador Jack Kearns, el casamiento de mis dos hijas —Joan y Bárbara—, el retorno a la felicidad junto a mi actual mujer Hanna Williams tras tres divorcios previos, una fortuna valuada en 4 millones de dólares, un restorán en Broadway y hasta el cine, donde hice de ayudante del locutor que transmite la pelea Zale-Graziano en el 47: "El estigma del arroyo", con Paul Newman, Pero poco importan los años y los meses y los días en esta historia mía. A los 77 años he aprendido que mi madre tenía razón al decir que en un segundo caben más que mil siglos juntos".

 

 

Por Jack Dempsey (1973).

 

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