Memoria emotiva

Gastón Gaudio, un campeón inesperado

El 6 de junio de 2004, 18 años atrás, el Gato concretaba la conquista de Roland Garros tras la única final de Grand Slam entre dos argentinos.

Por Pablo Amalfitano ·

06 de junio de 2022

AQUEL DÍA SERÍA HISTÓRICO. Dejaría una huella indeleble en los anales del tenis nacional. Por primera vez, el domingo 6 de junio de 2004, dos argentinos se enfrentaban en una final de Grand Slam. Nada menos. Y en Roland Garros, el torneo predilecto para los tenistas surgidos y formados por estas latitudes.

“Todo lo que pasó fue de ciencia ficción", contó alguna vez Gastón Gaudio, el hombre que se llevó la gloria aquel domingo en París, en el mítico estadio Philippe Chatrier, quizá contra todos los pronósticos. Porque enfrente estaba Guillermo Coria, el jugador más destacado sobre polvo de ladrillo hasta la irrupción de Rafael Nadal. El rival a vencer. Un prototipo destinado a convertirse en el número uno. Un genio con raqueta que jugaba en patines, hacía maravillas con su revés y desquiciaba a cada rival que se le oponía en una cancha de color naranja.

Hasta ese recordado domingo Gaudio, por entonces número 44 del mundo, había jugado el torneo de su vida y sabía que era el momento de escribir su nombre en la historia grande. Sin ser preclasificado se abrió camino mientras explotaba lo mejor de su repertorio sobre el polvo de ladrillo parisino. En la primera ronda venció en cinco sets a Guillermo Cañas, en un partido que se suspendió por falta de luz; luego eliminó de forma sucesiva al checo Jiri Novak (14°), al sueco Thomas Enqvist (65°) y al joven ruso Igor Andreev (77°) para avanzar a los cuartos de final.

Quizá haya jugado el mejor tenis de toda su carrera en los dos partidos posteriores: sólido y aplastante triunfo por 6-3, 6-2 y 6-2 ante Lleyton Hewitt (12°) y una exhibición de canchas lentas frente a David Nalbandian (8°) para ganarle por 6-3, 7-6 (5) y 6-0 en un choque cuyo tie break del segundo parcial desató el enojo del cordobés porque Gaudio sirvió dos veces seguidas del mismo lado.

Gaudio y Coria tenían un historial lleno de peleas y chicanas. El Mago se había quedado con el primer enfrentamiento, en la final de Viña del Mar 2001, triunfo tras el cual celebró, como buen hincha de River, al estilo Marcelo Salas. El Gato se tomaría revancha cinco días más tarde en Buenos Aires y festejaría con un provocador bailecito, envuelto en una bandera de Independiente.

 

Imagen Gaudio y el saludo en la red tras derrotar a Coria
Gaudio y el saludo en la red tras derrotar a Coria
 

La guerra ya estaba declarada y, dos años más tarde, Coria ganaría en Buenos Aires y devolvería gentilezas con otra pieza de ritmo incitador. Las semifinales del Mastes Series de Hamburgo, sin embargo, llevarían la antinomia y la rivalidad al límite: el Mago ganó 6-3, 6-7 y 6-0 antes de desplomarse en el ladrillo y acercarse a la red, con un claro rengueo, para saludar al Gato. “¿Qué te pasa? Si mirás mal te cago a trompadas, gil”, escupió Gaudio sin pelos en la lengua. Bien al modo Gaudio.

El capítulo final de la novela tendría tintes épicos, dramáticos y hasta fantásticos. "Si Spielberg hacía una película tal como fue el partido le iban a decir que era demasiado irreal", confesó Gaudio, tiempo después, con la ocurrencia que lo caracteriza. Aquel domingo por la mañana el país se paralizó para ver un partido de tenis, nada menos que la primera y única final de Grand Slam entre dos argentinos.

Por un lado Coria, el mejor de todos en canchas lentas y el claro favorito para ganar la Copa de los Mosqueteros; por el otro Gaudio, el descarado que desbordaba talento y solía atravesar vaivenes emocionales. Un verdadero clásico entre dos jugadores que no se querían. En los clásicos, se sabe, puede pasar cualquier cosa. Aquella final, no obstante, superaría con creces a la ficción.

Fueron tres horas y media que lo tuvieron todo y mucho más. Nadie pudo haber imaginado todo lo que sucedió durante el desarrollo del partido: drama, suspenso, los calambres de Coria, un tenis de alto vuelo, jugadas de otro planeta, un quinto set que quedaría grabado en el imaginario colectivo y, como si fuera poco, los dos match points que tuvo el Mago con dos pelotas que no tocaron las líneas sólo porque el destino no lo tenía planeado.

Gaudio se consagró 0-6, 3-6, 6-4, 6-1 y 8-6 en un partido que generaría un giro total en la vida de ambos para siempre. El triunfo del Gato, que tras aquellas dos semanas se recibiría de top 10, todavía deambula en la mente de los dos protagonistas. Gaudio grabó su nombre como el campeón más inesperado de Roland Garros, quizá a la altura de aquella sorpresiva conquista de Guga Kuerten en 1997.

Coria se llevó una espina clavada en el corazón, un llanto con enojo en la rueda de prensa en la que prometió que volvería para ganar el título. Fue una daga permanente que jamás le devolvería a su avasallante mejor nivel, ni siquiera con el recuerdo de partidos posteriores como la épica definición de Roma 2005 que perdiera ante Nadal. Porque hay partidos, en definitiva, que escriben la historia. Diecisiete años después, una final para la posteridad.