Las Crónicas de El Gráfico

1999. A Tyson se le fue la mano

Por Redacción EG · 30 de marzo de 2020

Víctima de un destino trágico, todo lo que toca es escándalo. No hay regresos pletóricos para Iron Mike. Golpeó a Norris después de la campana y la pelea quedó sin definición.

“Lo único que quiero es irme a casa”.
Se le notaba el desconsuelo en el rostro. Vestido con un traje gris que dejaba ver la negra camiseta de algodón –salió una línea de ropa deportiva con su nombre– Mike Tyson enfrentó a los periodistas. ¿Cuántos éramos? El enorme salón cobijó a más de ciento cincuenta, tal vez más. Sobre el enorme escenario, plantado en el medio tras un atril que recordaba a Foster Kane en la película El ciudadano, estaba Dan Goosen, el titular de America Presents, la misma que le adelantó cinco millones de dólares a Tyson para su regreso.

A la izquierda, en la larga mesa preparada para Tyson, estaba el ex campeón y algunos colaboradores, incluyendo a su manager Shelly Finkel. El otro lado, que debería haber ocupado Orlin Norris, estaba totalmente vacío.

“Pongamos en claro esto: yo vine a pelear, a hacer una buena pelea, un buen show. Y este hombre no quiso pelear, esa es la verdad”, dijo Tyson. “Cuando uno quiere pelear, pelea. Yo me comí varias palizas, una con Buster Douglas y dos con Evander Holyfield y no me fui del ring, me aguanté todos los golpes. Si Norris dice que se lesionó la rodilla, puede ser; cuando se sentó a lo mejor se golpeó con el banquito, porque hasta su rincón fue caminando tranquilamente”.

Cuando le preguntaron si iba a tener problemas con el dinero, o sea con la bolsa, Tyson, también resignadamente, expresó:

“Seguramente me la van a retener de nuevo”.

La última vez, cuando mordió a Holyfield, lo sancionaron con tres millones de dólares de multa.

Según Marc Ratner, presidente de la Comisión Atlética, Norris percibirá sus 800.000 dólares.

 Cuando la conferencia de prensa terminó y lentamente empezamos a retirarnos por los pasillos del ahora desolado estadio –un silencio atónito fue el último manto para la pelea– pensamos que llegaba la hora de irnos rearmando para contar todo aquello que la tele no había mostrado.

Y, antes de la cena, con Ernesto Cherquis Bialo (con quien compartimos la transmisión de Azul Televisión) llegamos a la conclusión inicial: todo lo que rodea a Tyson parece estar signado por un destino trágico, complicado y que augura un mal final...

Una de las primeras complicaciones nació con la pelea misma.

El encuentro iba a ser a 12 asaltos y por el Campeonato Internacional del Consejo Mundial de Boxeo. Para allanar el camino, el Consejo no encontró mejor modo que quitarle la corona a Ross Purity. De ahí en más se dieron dos cosas: una, que cuando Tyson se enteró, se negó a pelear por esa corona, enojado por la injusticia de que fue objeto Purity (quien, de hecho, comenzó con una demanda defendiendo su corona). Otra, también muy creíble, es que ni Tyson ni sus representantes quisieron hacerla por el título para ahorrarse los 300.000 dólares que el Consejo cobra por sancionar el combate. Después de todo, ¿hay alguna diferencia?

El árbitro Steele reprendiendo a Tyson por el golpe fuera de tiempo.

El árbitro Steele reprendiendo a Tyson por el golpe fuera de tiempo.

La gran diferencia de posibilidades fue uno de los temas de la noche. De la misma manera que el encuentro soportó la presión de otro deporte que no sólo apasiona a los norteamericanos, si no que también tuvo que ver con la televisión. Sucede que el sábado comenzó la denominada Serie Mundial de Béisbol. Es una manera de decir, ya que esta actividad sólo interesa a los Estados Unidos: el sábado comenzó la serie de partidos por la final entre los Yankees de Nueva York –no hace falta decirlo, uno de los equipos más populares de todo el país– y los Braves de Atlanta, Georgia. Tal es la exposición mediática aquí que la pelea Tyson–Norris debió pasar a un segundo plano. Por eso Showtime, la cadena que transmitió el combate de boxeo, eliminó el pay–per–view (o sea pagar, para ver el encuentro)  pero le agregó un novísimo sistema por Internet que consiste en que, pulsando botones, uno podía ver la pelea entre cinco ángulos diferentes a elegir. Y, para no perder audiencia, decidieron esperar a que terminara el partido de béisbol para luego empezar con la pelea. Situación extraña, que no se dio antes y que fue motivada sencillamente porque Showtime –un canal pago– lo transmitió gratis para enganchar nuevos abonados. ¿Tyson esperando que termine otro programa para no perder audiencia? Sí, afirmativo. Así fue.

Con este panorama se dio la vuelta de Tyson, una vuelta más. ¿Estaría realmente en estado físico y anímico para superar la prueba.

Tyson arrancó la pelea decidido, con golpes curvos y enérgicos ante un Norris que se le plantó. En lugar de retroceder, Orlin, de brazos cortos y musculosos, similares a los del propio Tyson, prefirió combatir el fuego con el fuego mismo, dando un corto paso adelante cuando Tyson avanzaba. Así hizo Holyfield primero y Botha después, ambos con diferentes resultados. Un paso adelante, zambullir la derecha y luego el amarre.

Claro que este Tyson, con imprecisiones, ya no inspira el temor de antes. Aunque sus golpes duelan. De todas maneras, el asalto inicial no dejaba demasiadas conclusiones, puesto qe Iron Mike, partiendo a veces a destiempo con la derecha y lanzado un durísimo gancho de izquierda al cuerpo, fue quien conectó los mejores golpes. Los tres jurados lo vieron ganador.

Entonces vino el desenlace, inesperado, frío, complicado, polémico y abrumador pues la mayoría nos dijimos: “¡OTRA VEZ!”.

Sí, otra vez la polémica. El referí, Richard Steele, que se interpone cuando suena la campana, marcando el final. Y, casi al mismo tiempo pero efectivamente un poco después, Tyson que mete la zurda al mentón, Norris que se desploma de espaldas, con los brazos en cruz. Y el comienzo del conflictivo final.

El referí mira a Norris, éste se levanta, y marcha a su esquina. El médico, Flip Komansky, sube al ring para revisarlo. Empiezan los abucheos. Una legión de policías invade el ring por completo. Y, en el medio del caos, el referí le descuenta dos puntos a Tyson por golpear después de la campana.

No sería ese el final, precisamente, de esta noche en el MGM.

Uno de los temas de la pelea fue el kilaje de Tyson y, como mencionábamos más arriba, su real estado físico. Cuando salió de la cárcel, lo hizo con unos 130 kilos. Un periodista le comentó el exceso y su respuesta fue tajante: “Lo quisiera ver a usted encerrado como estuve yo. Lo único que se hace es comer y dormir”. Y aunque en la cárcel muchos, para evitar la depresión y la locura se aferran al entrenamiento (en nuestro medio Cesar “La Bestia” Romero y Jorge “El Karateca” Medina), Tyson optó por la lectura y la comida.

Así que haber bajado a 101,242  kilos que registró para esta pelea fue un síntoma de un gran trabajo físico, aun cuando es el más alto que marcó en toda su carrera profesional. Durante un mes y medio se puso a las órdenes del preparador Keith Kleven, considerado uno de los mejores del país. “Sólo fueron seis semanas de trabajo e hice lo mejor que pude, pero lo importante es que Tyson hizo todo de la mejor manera posible”, expresó Kleven. Otra campana, en cambio, denunció que se lo había visto al ex campeón mundial pasando largas noches en un club nocturno. Pero Cliff Houser, un hombre que se parece mucho al boxeador, dice que en realidad fue él quien anduvo de excursiones nocturnas.

 

El aliento contenido de la multitud, Orlin Norris despatarrado.

El aliento contenido de la multitud, Orlin Norris despatarrado.

 

“Mike sólo faltó al gimnasio una sola tarde en todo este tiempo”, afirmó Kleven. Y luego aseguró que Iron Mike efectuó trabajos de esfuerzo cardiovascular entre 35 y 45 minutos cada mañana. Y que por las tardes efectuó sesiones de gimnasia, de 90 minutos por vez y un tercer turno con sobrecargas. “Su dieta fue de cereales, pescado, pavo y muchos vegetales: conmigo hizo todo lo que debía y no tengo queja alguna”, aseguró el hombre. Con ese estado físico subió Tyson al ring. De hecho, lo tuvo por el suelo al veterano Everett Martin –lo sentó de un golpe– y un día más tarde noqueó a Stan Allen.

El resto lo tendría que demostrar con los guantes puestos.

El otro tema era el anímico. Y uno se pregunta ahora qué tormentas pueden estar desatándose en la cabeza y el corazón de este hombre.

Mientras seguían las quejas, le pusieron una venda con una bolsa de hielo en la rodilla a Norris, mientras el video tape dejaba ver cómo, al sufrir la caída, el boxeador aterrizaba sobre la rodilla derecha. Algo le quedaría en claro a la mayoría y es que en la esquina de Norris, alentados seguramente por la posibilidad de una victoria, decidieron esperar a que descalificaran a Tyson. Pero Steele ya lo había sancionado y el tema era ahora la lesión en la rodilla. Entonces optaron por un “Sin decisión” ante una lesión. Y a esperar al lunes para revisar el tape de la pelea. “No podemos saber si Tyson escuchó la campana o no, pero el encuentro no fue detenido por eso, sino por la lesión en la rodilla”, volvió a decir Ratner. A su vez, el médico Flip Homansky, aseguró que al hombre le dolía la rodilla y que “Yo no podía hacer otra cosa, por lo que habrá que esperar un dictamen oficial”. Así que a Norris se lo llevaron al Valley Hospital. Un poco más de 12.000 personas asistieron al estadio, incluyendo a Magic Johnson y Pierce Brosnam, el nuevo 007. Se fueron –nos fuimos– todos desencantados pues una vez más, el boxeo pareció sufrir una maldición.De hecho transita por una etapa con más problemas que soluciones (el domingo nos enteramos de que el gran Teófilo Stevenson, cubano modelo y ejemplo del deporte de ese país, fue detenido en Miami por pegarle un cabezazo a un empleado de United Airlines: pagó una multa de 12.500 dólares y luego pudo seguir viaje a Cuba). El tema Norris se redondea así: aparentemente, según nos contó Miguel Díaz, existe una grabación de ESPN, en donde Stanley McPearson, en la esquina de Norris, le dice a éste que se quede sentado y diga que no puede seguir peleando. De comprobarse esto, el peso de la ley caería sobre Norris, pues habría fingido una lesión.

Tyson expectante. Norris desplomado, Steele que interviene. La confusión.

Tyson expectante. Norris desplomado, Steele que interviene. La confusión.

Tyson decidió ir al cementerio de Las Vegas para visitar la tumba de Sonny Liston. “Será fácil de encontrar”, le dijo al periodista John Saraceno, de USA Today: “Debe ser la única que no tiene flores”. En realidad, la tumba tiene flores, pero de plástico. Y la lápida dice: “Charles Sonny Liston. 1932–1970. Un hombre”. Tyson, que alguna vez se encargó de ir a limpiar las lápidas de Joe Louis y Joe Gans, se quedó pensando en la edad en la que Liston encontró la muerte: “Treinta y ocho años”, dicen que dijo, reflexivamente. Liston, un asesino con guantes, era reservado, amenazante y hosco como Tyson. Y así como alguna vez Mike perdió ante un rival que estaba abajo en las apuestas como Buster Douglas, algo parecido le ocurrió a Sonny. Era el favorito cuando peleó con Cassius Clay la primera vez y debió abandonar por una misteriosa lesión en un hombro. En la revancha, un golpe fantasma que pocos vieron acabó con sus ilusiones. Murió solo, encerrado en su casa de Las Vegas, por una aparente sobredosis de drogas. Nunca se supo si fue suicidio, asesinato o exceso. Se fue en medio del misterio.

“Campeón mundial, pero pasó gran parte de la vida entre las rejas, me recuerda a mí de alguna manera”, dijo. “Si algo pasa a mi alrededor, la culpa es mía, siempre es mía. Nunca nadie dijo nada agradable de Liston hasta que se murió. La gente cree que soy malo, pero soy alguien que intenta protegerse de todo lo malo que vivió, que es otra cosa. No creo haber nacido malo, pero a veces cometemos errores que nos acompañan toda la vida.”

Tyson, quien manifestó hace poco que sigue peleando por la plata, no puede dejar de mostrar su perfil depresivo, golpeado y hasta cansado. Una vieja frase de los tiempos de la intolerancia afirma que cuando hay una duda “el negro lo hizo”. Linchamientos, injusticias y marginación marcaron una línea de intemperancia racial en este país, dejando cicatrices que no cierran fácilmente. Y Tyson, sin disimularlo, muestra sus llagas todavía sangrantes, sintiéndose perseguido y acosado.

¿Podrá salir de esa situación a través de la actividad que le dio la posibilidad de cambiar de vida y que, al mismo tiempo, lo expuso públicamente hasta en sus más mínimos errores?

Como el torturado personaje de Scarface en la película interpretada por Al Pacino, todo lo que emprende sale mal, hace sufrir a sus seres queridos, no tiene paz.

 

Norris se va del estadio. Se lesionó una rodilla.

Norris se va del estadio. Se lesionó una rodilla.

 

Tras la pelea, dijo: “No quiero boxear más. Estoy cansado de todo. Sólo quiero irme a casa”.

El boxeo, con Hamed el viernes y con esta pelea el sábado, sumó dos nuevos golpes en contra, volvió a perder rounds, pero siempre tendrá una chance de mejorar y de purgarse.

Tyson, en cambio, cada día parece tener menos salidas, menos posibilidades. Un alma torturada que, en medio de la noche, busca un rayo de luz de esperanza. Apenas eso, nada más que eso.

Una vida trágica, un trágico destino que parece no dejarlo nunca en paz.

 

Naseem es el titán

Si él quiso demostrar que era fuerte, yo a mi vez demostré que soy más que él, por eso lo tiré, él no vino a ganar, si no a luchar y a meterme la cabeza. Es fuerte, pero nada más.” Con una sonrisa algo amarga, Naseem Hamed empezó así una evaluación inicial de su victoria por puntos sobre César Soto, que le sirvió para sumar la corona del Consejo Mundial de Boxeo a la que ya tenía, la de la Organización Mundial.

Primero llegó al ring el mexicano Soto con su cinturón de campeón del Consejo Mundial, junto a su entrenador, el argentino Miguel Díaz. Fue justamente con Miguel con quien tuvimos una larguísima charla antes de volver a Buenos Aires tras la pelea Trinidad-De La Hoya. Aquel día, lunes 20 de septiembre, asistimos al gimnasio de Top Rank, donde entrena Díaz a sus pugilistas: dos rings de combate, limpieza exagerada, iluminación perfecta, alfombras de pared a pared, punching balls ajustables a la altura de los boxeadores. En uno de los rings, Díaz adiestraba a su pupilo para la pelea con Hamed. “Es el boxeador más raro del mundo, pero de algo podés estar seguro: no lo vamos a dejar armar, La Cobrita está preparado para complicarle la noche”. En ese terreno, podría decirse que Soto y Díaz cumplieron. Y punto.

Porque la pelea fue enredada, mala, luchada, forcejeada y hasta grotesca.

Hamed, que tuvo en la esquina a Emanuel Steward como un invitado de lujo (da la sensación de que, a esta altura, El Príncipe ya no escucha a nadie salvo a aquellos que le palmean la espalda y le dicen que es el mejor), ascendió al cuadrilátero con una parafernalia única. Decir que se superó a sí mismo ya es mucho, pero lo logró. No sólo fue marcando con las manos, como un director de orquesta, los estallidos de luces y humo, si no que hasta se permitió cantar con un micrófono de mano. Y eso mientras bailaba sacudiendo ostentosamente las caderas, un Elvis en miniatura, feo, narigón, pelado y con pantalones de boxeo.

Y este cronista confiesa con una cuota grande de resignación que después de todo, tanta fantochada pareció ser parte de este mundo de hoy. Después de todo, ¿por qué negarle el derecho a divertirse a Hamed, quien sube al ring más distendido que un niño de cuatro años jugando con un chiche nuevo? Alegre, despreocupado, sonriente y feliz, Hamed transmite una sensación: sube al ring con la alegría de pelear, contento de lo que va a hacer, alejado de aquellos rostros torvos, amenazantes y cavernarios de los Tyson, Hearns o el propio Monzón. En cambio, como Locche en su momento, o Holyfield antes de Tyson en las dos peleas, o el propio De La Hoya, este Príncipe del boxeo va hacia el escenario del combate con una carga distinta, en la que hasta podría decirse que predomina el deseo de competir.

Y es así, pues él mismo lo definió alguna vez: “A mí me gusta pelear, siempre fui peleador, pero jamás se me pasó por la cabeza herir, destruir o dañar a mi rival, el boxeo es una competencia y si puedo, gano por nocaut. Pero no podría gozar mandando a nadie al hospital”.

Así subió Hamed, tras una campaña publicitaria que lo incrustó en la rica historia de Detroit, en donde además de Joe Louis –uno de los más exquisitos campeones pesados de la historia y el primer negro campeón de esa categoría después de Jack Johnson–, también nació el mejor pugilista de todos los tiempos, Ray Sugar Robinson.

Ambos se habrán revuelto en sus tumbas si se animaron a ver desde el cielo este encuentro, uno de los más grotescos de los últimos tiempos.

La Cobrita Soto pasa por arriba. Rodolfo Di Sarli lo hubiera relatado como una capuela.

La Cobrita Soto pasa por arriba. Rodolfo Di Sarli lo hubiera relatado como una capuela.

Soto salió desde el primer round a llevarse por delante a Hamed. Este, como se sabe, es el boxeador más impredecible del mundo. Y sin embargo, el mexicano le ganó los anticipos metiendo una zurda cruzada a la cabeza y tirándole golpes al pecho para no errar. Hasta ahí bien. Pero progresivamente el mexicano, con la cabeza adelantada, empezó a trabar cada vez que los cuerpos se estrechaban. Y Hamed, sin respuestas técnicas, cayó en la trampa del amarre, cuidándose además de no recibir ningún cabezazo. Consecuencia, en el 4° round le descontaron un punto a Hamed por amarrar. Y en el 5°, tras quedar enrededados y al mejor estilo de Titanes en el Ring, lo tomó Hamed, lo alzó y lo tiró a Soto, quien cayó de espaldas. Hubiera hecho falta un referí de la talla de William Boo para golpear en el suelo tres veces y proclamar la victoria del inglés. Pero esto es boxeo y no lucha libre. Y, aunque un árbitro normal debería haber descalificado a Hamed por este truco de catch, contrario al boxeo, la pelea siguió.

Fue, seguramente, la bronca y la impotencia. Pero, ¿tiene derecho un boxeador y más aún un campeón, a utilizar una toma de lucha libre? Si es así, seguiremos dañando y desvirtuando al boxeo. Recordemos, al pasar, que Tyson fue descalificado recién después del segundo mordiscón, y no en el primero...

Después vinieron más caídas, todas de Soto, todas sin cuenta, todas por empellones: sexto, octavo y noveno. En el octavo, además, el pésimo referí le bajó un punto a Soto quien, en una de sus mejores combinaciones de la noche, acertó con un cabezazo primero y un gancho por debajo de la línea del cinturón, casi al mismo tiempo.

Hubo tijeras invertidas, puestas de espalda, candados. A Hamed sólo le faltó hacer la doble Nelson.

Hubo tijeras invertidas, puestas de espalda, candados. A Hamed sólo le faltó hacer la doble Nelson.

En el noveno, Hamed le provocó una hemorragia nasal a Soto.

Y únicamente al final, cuando se plantó como derecho, y empezó a trabajar con ganchos, logró darle Hamed un poco de claridad a su trabajo.

Nada quedó para el final, salvo una cosa clara como el agua: una vez más, el show previo –el de las luces, el humo, el color y todo el carnaval– fue mejor que la pelea. Hamed, quien empezó a mandarse solo, ya no noquea con los golpes fulminantes de un tiempo atrás. Y, teniendo en cuenta que Soto subió a complicarlo más que a ganarle, a uno le queda la sensación de que sólo viéndolo ante un Erik Morales o un Marco Antonio Barrera, digamos, veríamos hasta dónde llega el Príncipe Hamed.

Porque el viernes a la noche estuvo más cerca de Karadagián que del boxeo.

 

 

Por CARLOS IRUSTA (1999).

Fotos: Allsport y AP.

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