Las Crónicas de El Gráfico

1999. El cielo en las manos

Por Redacción EG · 25 de febrero de 2020

River cortó la racha, le ganó a Boca claramente por 2 a 0 con golazos de Pablo Aimar y Juan Pablo Ángel. El grito contenido de tantos años, pudo salir de las gargantas riverplatenses.

Cuando aparece un Payaso...

Pablo Aimar, el toque suave de derecha que viaja hacia la red de Córdoba. El mejor juego de River empezaba a concretarse, camino a la revancha esperada.

Seguro que hay alegría, y ahí está la pelota, en el fondo del arco, escenario ideal para la felicidad. Por fin pudo River frente a Boca, por fin se acabó la humillación, por fin terminó el dolor.

 

Aimar ya le pegó, Arruabarrena no puede hacer nada.

Aimar ya le pegó, Arruabarrena no puede hacer nada.

 

Se le mete a Córdoba, el estallido de los hinchas es monumental.

Se le mete a Córdoba, el estallido de los hinchas es monumental.

 

Se acabó

La frase retumbó en Núñez con la fuerza de la bronca y estuvo en el puño apretado de cada hincha. Se acabó al fin la malaria, los cinco años de pálidas clásicas, los nueve sin festejar en casa. River volvió a sonreír frente a Boca, cuando el siglo se despide, para legitimar su chapa de gran campeón.

Chau. Se terminó. Concluyó la noche más negra de las noches, cicatrizó la herida más absurda y que más duele, resurge enhiesto nuevamente el honor mancillado en tantos naufragios.

Chau. Se terminó al fin la década infame.

Flamea una bandera en el Monumental, se desgarra de emoción un niño que descubre nuevas sensaciones, hay mil gritos que son un grito. Y Angelito, el más grande, el más símbolo, el más todo, que sonríe desde un “trapo” de la Almirante Brown.

Y le dice chau, Angelito y todo River, a la racha más funesta registrada jamás en el historial del superclásico, a los 5 años paridos desde aquella tarde de 1994 en la Bombonera que fue baile por 3-0. Nunca se había demorado tanto tiempo un festejo, ni en Núñez ni en la Boca, ni para un bando ni para el otro, nunca. Ni cinco años ni nueve partidos oficiales. Esta insoportable carga jamás, apenas una racha de seis partidos entre 1958 y 1961 que disfrutaron los primos, apenas eso hasta esta década.

Y le dice chau, también, a los 9 años de agasajos propinados a un anfitrión que visitaba lo que siempre fue un Monumento al fútbol como si se tratara del potrero de la esquina y se iba altivo y sonriente, feliz por el convite, por tanta generosidad en el trato. Nunca, ni en Núñez ni en la Boca, ni para un bando ni para el otro, uno de los grandes permaneció nueve años sin ganar en su cancha. Nunca, jamás. Hoy ya está, no habrá que recordar más aquella tarde de 1990, la del 2-0, la del Pipa Higuaín y el Polillita Da Silva, tan amargamente recurrente en estos años. No habrá que evocarla más. A partir de aquí el nuevo hito se fijará en esta tarde dominical de Día de la Madre, la de Aimar y Angel, con un gol en cada tiempo como aquella del ’90, y un gol en cada uno de los mismos arcos: el primero frente a la tribuna enemiga, el segundo de cara al pueblo millonario, para gozar con furia. El ruego es que no haya que volver sobre esta tarde durante mucho tiempo, como con la otra.

Que se renueve la victoria.

Chau.

Se terminó para Ramón Angel Díaz la pesadilla que más taladra el alma de un gallina de ley. Fueron 18 años, sí, 18 años sin saborear una victoria oficial frente al enemigo burlón, 18 años desde aquel 3-2 del Nacional ’81 disputado una mañana en la Bombonera, aquel de los goles de Maradona, Passarella, Kempes y Jorge García, 18 años de retiradas humillantes como integrante del equipo (incluyendo su segunda etapa en el club, entre 1991 y 1993) y también como conductor. Ya era hora, Pelado, de romper el maleficio.

El colombiano Juan Pablo Angel está a punto de definir el clásico con su derechazo esquinado. Fue a los 21 minutos del complemento, sirvió para establecer el resultado definitivo: 2-0.

El colombiano Juan Pablo Angel está a punto de definir el clásico con su derechazo esquinado. Fue a los 21 minutos del complemento, sirvió para establecer el resultado definitivo: 2-0.

Chau, son muchos chau.

Ahora que el cuerpo recobra las sensaciones más gratas, ahora que el dolor ha cedido un poquito y hasta se puede comenzar a distinguir la realidad de los fantasmas, ahora que nadie puede robarle al hincha de River la certeza de que sí, que se terminó todo, que el partido concluyó 2-0, pues habrá que despedir a unos cuantos tortuosos recuerdos.

Será adiós, entonces, para la consagración de estrellas fugaces como la del arquero Cristian Muñoz, que ingresa de urgencia a los cinco minutos de juego para reemplazar al titular y se ataja la vida en su segunda presentación oficial (Clausura ’99, 1-2). O las de Hugo Romeo Guerra, en cuyos legajos se lee “un torneo disputado en Boca, 12 partidos, 5 goles”, pero justamente uno de esos cinco es contra River, de nuca y en tiempo de descuento (Apertura ’96, 2-3). O las de Blas Giunta y Víctor Marchesini, que entre los dos apenas suman 10 goles en Boca, y se les ocurre meter uno cada uno y en la misma noche para celebrar una de las remontadas más épicas (Copa Libertadores, 3-4).

Martín Palermo salta seguido de cerca por el implacable Roberto Trotta. El Cabezón cumplió una buena tarea en la anulación de la principal carta ofensiva de Boca. Esta vez el goleador no pudo.

Martín Palermo salta seguido de cerca por el implacable Roberto Trotta. El Cabezón cumplió una buena tarea en la anulación de la principal carta ofensiva de Boca. Esta vez el goleador no pudo.

Y será adiós, también, al sufrimiento previsible de los penales errados por un símbolo como Hernán Díaz, que asume la responsabilidad porque el ejecutante natural (Ramón Díaz) ha salido del campo cinco minutos antes. Si hasta en ese detalle se palpaba la malaria (Apertura ’92, 0-1). Y también de un virtuoso del gol como Marcelo Salas que tiene a su enemigo en el pabellón de fusilamiento, listo para ampliar la victoria parcial, y dispara por elevación (Clausura ’98, 2-3). Y hasta de otro especialista de la pegada como Marcelo Gallardo que se manca a la hora menos precisa y deja su disparo en las manos de Córdoba (Apertura ’98, 0-0). Si hasta en la única definición de la década, la que debía consagrar un ganador, los penales volvieron a darle la espalda (Supercopa ’94, 4-5 en la Bombonera).

Y será adiós, también, a la inusual capacidad de Julio César Toresani para meter un gol “tres dedos” (¡Toresani, tres dedos!) y volcar un nuevo desarrollo (Apertura ’97, 1-2). Adiós a la efímera felicidad del técnico menos querido y más vilipendiado por el hincha de Boca en la década (Jorge Habegger) que también se da el gusto de pasar por el Monumental y ganar (Apertura ’93, 0-1). Adiós al zapatazo de Diego Latorre a 15 minutos del final, la tarde en que ni siquiera alcanzó que José Miguel le contuviera un penal a un cañonero de la estirpe de Gabriel Omar Batistuta (Clausura ’91, 0-1). Adiós a la traición de un hijo de la casa que por primera y única vez en su historia convierte tres goles en un encuentro (Claudio Caniggia) y elige hacerlos en el clásico, nada menos (Clausura ’96, 1-4). Adiós a la remontada más impresionante de la historia, al 3-3 increíble después de la derrota parcial por 0-3, pero que también deja un sabor amargo porque es Francescoli primero de cabeza y después Gancedo desde el área quienes en tiempo de descuento impiden que la fiesta sea total y se pueda delirar con un triunfo (Clausura ’97, 3-3).

 

Saviola cae cerca del área, lo marcan Samuel y Bermúdez.

Saviola cae cerca del área, lo marcan Samuel y Bermúdez.

 

Y es adiós, también, al embrujo de ese animal indomable que estuvo a un pasito de fichar en Núñez y terminó arruinando todas y cada una de las citas. Martín Palermo, claro.

Son muchos chau los de este domingo. Demasiados para comprender semejante liberación.

En el club ya no sabían con qué probar, ya habían atacado con todo. Pero con todo de verdad. Y si no cree, preste atención a lo que sigue, para comprender hasta dónde taladraba la angustia...

El último viernes el que probó con una nueva receta fue el secretario del club, el doctor José María Aguilar. Convocó de urgencia al padre Boris, cura de la Iglesia Nuestra Señora del Carmen (sita en Triunvirato y Cullen, barrio porteño de Villa Urquiza) y que adquirió cierta notoriedad hace algunos años por ser el hombre que cerraba las transmisiones de Telefé con su oración. Fueron al vestuario local del Monumental donde se encontraba apilada la ropa de los jugadores y lo bendijeron con agua bendita. Rezaron un Padrenuestro y elevaron una oración de paz y felicidad para sus habitantes. Después salieron al campo de juego, dieron una vuelta por el verde césped y efectuaron una ceremonia particular en cada uno de los arcos. Todo esto en un estadio absolutamente vacío, en paz, sin jugadores, técnicos ni utileros. Valía apelar a los recursos más insólitos. Y aunque en pleno festejo por el triunfo, el padre Boris disimulara desde la platea San Martín con un “no tuvo nada que ver lo que hicimos nosotros con la victoria”, su sangre gallinácea ebullía por doble vía: el triunfo en la cancha y en el espíritu. El también ganó 2-0.

Se lesionó Astrada y sus colegas de Boca lo ¨ayudan¨ a salir de la cancha.

Se lesionó Astrada y sus colegas de Boca lo ¨ayudan¨ a salir de la cancha.

Se les dice “chau” a muchas cosas con este triunfo gestado en la frescura insolente de Pablo Aimar y Javier Saviola, juntos por primera vez en el clásico (en el pasado faltó Aimar porque Gallardo ocupaba su lugar). No es casual la elección: son ellos dos símbolos de la escuela millonaria, chiquititos, talentosos, atrevidos, cortados por el mismo cuchillo.

“La venganza será terrible” anuncian ahora desde Núñez parafraseando a un boquense como Alejandro Dolina. Ya están en el taller dos afiches en preparación, mientras un tercero comenzaba a inundar las calles porteñas, con el siguiente detalle: 1) Una fotografía del Monumental repleto con la siguiente inscripción “¿Y quién pensaban que iba a ganar el último clásico del siglo? River Plate, el campeón del siglo”; 2) Uno azul y amarillo con otra pregunta “¿Y las porristas?”; 3) Un electrocardiograma en azul y amarillo que concluye en la derecha sin oscilaciones, como si se tratara de paciente en estado terminal. Y está firmado con un escudo rojo y blanco en el pie.

Chau. Se terminó.

Hay un hincha de River que no puede festejar en su retirada. Hay otro que lo sigue en el gesto. Llora el hincha, llora de bronca, llora de angustia. No puede comprender que haya sufrido tanto.

 

El gesto de preocupación en el rostro de Carlos Bianchi tiene su lógica.

El gesto de preocupación en el rostro de Carlos Bianchi tiene su lógica.

 

Un verano a todo fútbol

Este fue el último River-Boca del siglo. ¿Cuándo y dónde se jugará el primero del año 2000? Será en Mar del Plata o en Córdoba, pero de ninguna manera en Mendoza, que iniciará el milenio sin su tradicional Torneo de Verano. No hubo acuerdo con los organizadores, quienes decidieron la realización de certámenes de gran interés en tres ciudades. Mar del Plata verá, como siempre, a los dos grandes, más Racing, Independiente, San Lorenzo y Vélez. En Córdoba se jugará un cuadrangular excepcional con Talleres, Belgrano, River y Boca. En Rosario, además de Central y Newell’s seguramente jugarán San Lorenzo e Independiente. Una pena para los mendocinos, una alegría para cordobeses y rosarinos.

 

 

LA VIEJA RELIGIÓN

Por EDUARDO VERONA

 

Eduardo Verona.Eduardo Verona.

 

“Para cortar a River por el medio hay que marcar a Aimar”. La frase de autor anónimo viene rebotando en el fútbol argentino como si fuese una lógica inexorable. Tomado Aimar, chau River. Así viene la ruta del facilismo conceptual. ¿Y Saviola sólo juega y desequilibra con la compañía del Payaso? ¿Y Astrada mueve al equipo apenas con fervor y entrega y sin una pizca de criterio? ¿Y el colombiano Angel nunca acierta si no lo acompaña el volante que llega desde atrás?

Hay algo que no es realidad virtual. Está, se deja ver, existe. Recortado el poder de desequilibrio de Aimar, River resigna circulación ofensiva y potencial llegada. Pero el fútbol no es tan lineal. Por eso es fútbol. Mariano Andrés Herron fue sobre el Payaso en la octava fecha del Torneo Apertura y River cayó sin atenuantes ante Argentinos Juniors por 2-0. De ahí, la simplificación con algún contenido. Pero aquella tarde, de máxima, todos jugaron para 5 puntos. Por supuesto, incluido Aimar.

Boca no le destinó al enganche una persecución individual. No forma parte del libreto de Carlos Bianchi. Entonces, el mecanismo teórico fue la presión, la marca en zona, la reducción de los espacios. Eso, en los papeles. En la cancha se tejieron otras historias. Y se arremolinaron otros vientos. Siempre bajo la estrella del pibe de River.

No jugó como Diego Maradona, pero fue determinante. Tampoco ganó él solito el partido, pero fue decisivo. ¿Cómo se entiende? Tuvo la medida de la precisión. De la calidad. De la categoría que se adivina en ese regate veloz que deja a los rivales caricaturizados como hombres que quieren atrapar lo inasible. Porque cuando se da vuelta y encara con la velocidad de un rayo certero, o hay que bajarlo como hizo varias veces el Chino Pereda o cualquier otro que vistiera la camiseta de Boca, o hay que dejarlo partir rezándole a todos los santos.

Boca lo sufrió. No lo localizó nunca. Ni en el medio ni en tres cuartos. Porque Aimar conserva la sabiduría de los talentos genuinos. Sabe ubicar los mínimos espacios como lo hacia Valderrama, olfatea como un catador futbolero las parcelas de césped por donde va a deslizarse la pelota y allí, precisamente allí, comienza a elaborar su exquisita visión del juego. Porque lastima en serio cuando parte. Porque les apunta al pecho a los que salen a cruzarlo. Y porque repentiza como en el golazo que le clavó a Oscar Córdoba, robando un nuevo asombro por el toque preciso con reminiscencias del Beto Alonso o nostalgias maradonianas.

Ese Aimar incontrolable –en especial, en el primer tiempo– fue la individualidad más rica del partido. Porque interpretó el partido, en ese religioso concepto de entender el juego. Hasta en la picaresca de aguantar la pelota en algunos pasajes comprometidos del complemento y provocar el adelantamiento de su equipo. Esto no se lo dijo nadie: ni sus compañeros ni el Pelado Díaz. Lo sabe desde que nació y comenzó a correr detrás de una pelota de fútbol.

Detrás de la influencia del Payaso se construyeron otras buenas respuestas: Bonano con pocas intervenciones pero rotundas, la solvencia de Trotta y Yepes para establecerles los límites de acción a un Palermo muy poco activo, la firmeza y la subida picante de Placente por el lateral izquierdo, el equilibrio y el control táctico de Astrada, el atrevimiento de Saviola para ir con convicción y el pie sensible de Angel para sorprender y martirizar con un derechazo celestial, porque pareció que la pierna no tenía recorrido para conjugar potencia y precisión.

 

Delira el Monumental.

Delira el Monumental.

 

Entonces, River. Desde lo individual hasta el perfil colectivo. Desde la inspiración hasta el concepto de equipo. La frescura de Aimar para hacer simple todo lo complejo del juego. Y aunque el superprofesionalismo indique que en estas circunstancias no hay lugar para la diversión porque se lo sindica como un pecado irremediable, la diversión encontró a su intérprete.

Esta vez fue de La Banda. Y nadie quedó en banda, más allá del sentimiento xeneize herido en el corazón. 

 

 

Por DIEGO BORINSKY (1999).

Notas: RODOLFO CEDEIRA.

Fotos: DEL BOSCO, PAGNI, RAMOS, FARRE, SOLARI, BRUZZA, CAVALLO,  MABROMATA, RAGGIO, JAYO, DIAZ, GARCIA MARTINO y FIORE.

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