Las Crónicas de El Gráfico

1991. Remontada Argentina en Wembley

Por Redacción EG · 13 de noviembre de 2019

Argentina perdía 2 a 0 en Inglaterra frente al local, pero lo empató 2 a 2 y dejó un sabor a hazaña. La Selección de Basile crecía amistoso tras amistoso y generaba ilusión en los hinchas.

El ticket de prensa dice "Row A-Seat 77". Pero la fila y el asiento parecen abrir una válvula de emoción. Mirar Wembley impone una pregunta: ¿en qué arco habrá metido Mario Boyé aquel gol que relató Fioravanti el 9 de mayo de 1951? Enseguida otra secuencia que une la historia. Aquí mismo, el 13 de mayo de 1980, Diego Armando Maradona hizo un ensayo general del que después sería el gol más hermoso de todas las épocas, en otro marco y otro continente: México, Mundial '86. Wembley es un nudo en la garganta. El periodista ha llegado por primera vez a este templo del fútbol y está rezando una oración que ahora comparte con los lectores. Nunca es una intimidad. Es abrir el corazón y contar.

 

La Selección ya está en Inglaterra.

La Selección ya está en Inglaterra.

 

Ahora —se sabe— pasaron noventa minutos y un marcador imprimió definitivamente la palabra empate. La cara de don Julio (ya parece innecesario decir Grondona) expresa una enorme felicidad. La de Juan De Stéfano, también. Y la del Coco Basile, fundamentalmente. El pibe Franco está guardando minuciosamente una mata de césped que se llevó de recuerdo. Y ese hombre diáfano que es Ricardo Echevarría reparte una caricia en cada rostro de los jugadores, que lo aman. El Cabezón Ruggeri, después de tantas batallas, tiene en los ojos el brillo de un debutante; ahora es el capitán recién ascendido. No se jugó ni bien ni muy bien, pero tampoco regular o mal. Fue un partido extraño que se perdía 0-2 y que en una reacción imprevista para argentinos e ingleses (otra paradoja) terminó siendo un 2-2 con sabor a milagro, y, si usted quiere, con una pizca de hazaña. Y si prefiere una doble ración de hazaña, se puede compartir un secreto: los ingleses terminaron pidiendo la hora con más ansiedad que los muchachos de Basile, lo que ya es mucho decir.

La entrada en suelo inglés se produjo en Manchester, el martes 21 de mayo de 1991, después de subir a cuatro aviones y viajar 20 horas desde San Francisco. Hay que dejar sentado el itinerario, quizá algún día integre la historia del disparate. San Francisco-Milwaukee (Northwest 1231), Milwaukee-Toronto (Northwest 1208), Toronto-Londres (British 0092) y Londres-Manchester (British 4432). También hay que dejar testimonio de una frase mitad en broma y mitad en serio que, en dirección de los jugadores, lanzó en el aeropuerto Ricardo Echevarría, como para que no quedaran dudas y lo escucharan dirigentes, periodistas y operador de viaje: "Muchachos, rajemos enseguida a ver si nos meten en otro avión". La voz de Echevarría reflejaba el pensamiento del cuerpo técnico, y especialmente de Basile. Este enviado no lo supone, se lo escuchó decir al mismo Coco: "Esta no me la hacen otra vez; el próximo viaje lo quiero conversar yo personalmente. ¿Viste cuando hablo de experiencia? Bueno, este amasijo no me lo morfo nunca más..." El DT, se sabe, no es un exquisito del idioma, pero es muy frontal, claro, contundente, sincero. ¿Qué pasó para juntar esta nueva bronca itinerante a aquella relatada hace una semana, la de Buenos Aires-Miami-Detroit-San Francisco? La tesis más comentada y que comulga con el espíritu que impera en Viamonte 1366 aclara que se trató de una elección económica. Al decir de Ricardo Schlieper, empresario de fútbol y de viajes y turismo, seguidor de la gira en su primera condición, "el ahorro por el itinerario elegido puede andar en los 18.000 dólares". Es el tema que Basile piensa elevar a Grondona, analizar si ese monto justifica desgastar así a los jugadores. El argumento de Roberto Peti, tour-operator de la AFA, un hombre íntegro, adujo en descargo que los vuelos directos de San Francisco a Manchester o Londres estaban tomados desde hace seis meses. Hay otro argumento de Basile también interesante: "Cuando yo me hice cargo de la Selección, en enero de 1991, esta gira ya estaba firmada". Algo que no cierra entre una opinión y otra.

Se ganó en Estados Unidos, se empató con la Unión Soviética e Inglaterra, en tierras de la Reina Isabel. Deportivamente tienen más valor estos puntos compartidos que aquella opaca victoria. Todavía se puede ir más lejos, en Manchester: frente a un rival que dos días antes había perdido con Inglaterra por 3-1 se jugó la mejor media hora desde que Basile está al comando de la Selección. En la noche de Old Trafford, otro estadio legendario para el mundo del fútbol, dominio del Manchester United, el Cabezón Ruggeri dejó una frase simple y analítica: "Si un equipo es capaz de jugar bien 25 o 30 minutos, como Argentina esta noche, quiere decir que estamos en el buen camino. Un partido, vamos a decir la verdad, tiene a lo sumo 70 minutos; a nosotros nos estaría faltando una mitad para jugarle de igual a igual a cualquiera".

Unos intrusos invaden el campo de juego de Wembley. Mohamed mira desconcertado.

Unos intrusos invaden el campo de juego de Wembley. Mohamed mira desconcertado.

Se impone una serie de respuestas para una sola pregunta: ¿Por qué Argentina tiene esa limitación? 1) Para el caso específico, el de esta gira, cabe esgrimir con peso de verdad el desgaste físico del viaje. 2) Hay jugadores de actuación realmente llamativa. Bisconti juega diez minutos como Maradona, otros diez como Bisconti, y setenta como Juan Nadie (se habla de la Selección). Y cuando se pierde en la cancha no retorna nunca más al partido. 3) Otros, en esa línea de irregularidad, pero sin el extremo de Bisconti, se llaman Alfaro Moreno, Astrada, y hasta los mismos Simeone y Basualdo, que fueron figuras frente a Unión Soviética y Estados Unidos, respectivamente. Existe un detalle que no puede pasar por alto. Alfaro Moreno, Berti y Bisconti salieron de la formación en Wembley y tampoco estuvieron entre los suplentes. Quizá se trate de una información anticipada. 4) Lo positivo que dejó el empate ante la Unión Soviética fue una sensación de orden aun en los momentos en que el rival dominaba el juego. Ya cunde y se desarrolla un concepto de Basile: "Quiero que mi equipo juegue en 40 metros, que no ande desparramado por la cancha". Quedó visto. Y también un gran espíritu de lucha cuando el trámite rozó la violencia. Nadie quiso aflojar un centímetro.

Para este partido en Manchester se, esperaba a Claudio Caniggia, según su propia promesa, el permiso pedido por la AFA y otorgado por el Atalanta, y los planes que manejaba el técnico desde su conversación con Caniggia en el hotel Sheraton de Buenos Aires. Pero las horas fueron pasando y el jugador no llegó. Basile lo esperó hasta la víspera del compromiso; en realidad ansiaba ese refuerzo, quería probar la dupla ofensiva Claudio García-Caniggia. Pero no fue. En la medianoche inglesa del martes 22 de mayo un llamado originado en Buenos Aires, en la oficina del empresario Settimio Aloisio, comunicaba a la delegación que Caniggia no estaría disponible para ninguno de los dos partidos por una lesión que lo viene afectando. El DT no abrió juicio, pero su rostro denunció el desencanto. Hay quienes suponen que la lesión es apenas una cortina de humo, que el jugador no asistió a la cita porque su interés estaba fija-do en su conversada transferencia a la Fiorentina. Lo que no estaría mal, siempre y cuando hubiese obrado correctamente, él o su representante, dando noticias de sus pasos. La anécdota no termina aquí. El gerente administrativo de la AFA, Hugo Cots, un hombre eficiente, voluntarioso, llamaba a Buenos Aires para inferir noticias. Pero no se le ocurrió, a él ni a nadie de la delegación, hacer lo más simple: contactarse directamente con el Atalanta. Está claro que la Selección está pidiendo a gritos un manager profesional. Para un tema como éste, que no debe rozar ni preocupar al técnico, para elaborar viajes, para que los jugadores hagan la dieta deportiva, así sea en un aeropuerto, cosa de no apelar al hotdog y la cerveza, y para que de una vez por todas una formación representativa del fútbol bicampeón del mundo, como lucen orgullosamente esas dos fotografías expuestas en la antesala presidencial de la AFA, se parezca a una embajada de alto nivel competitivo. El atuendo que usaron los jugadores para volver de Wembley a Buenos Aires no es serio. Algunos llevaban puestas camisetas argentinas (de fútbol), otros promocionaban paraísos turísticos en sus remeras, y un grupo lucía distintos colores de la remera oficial que tiene un contrato con la AFA, esto es Adidas. ¿Quién le pone fin a estas historias desagradables? Posiblemente ese manager tan deseado, o una voz sensata, como la de don Julio.

 

Claudio García traslada la pelota.

Claudio García traslada la pelota.

 

Partido extraño el de Wembley. El primer gol de Inglaterra es difícil verlo en este fútbol de hoy, por lo menos entre Selecciones de jerarquía. El tiro libre de Pearce, desde la mitad de la cancha , lo cabeceó Lineker entrando como Mime padre, mientras Ruggeri pedía off-side, Enrique no seguía a Lineker, Vázquez se quedaba parado y Goycochea no se hacía cargo de la situación. Ese es el orden de culpas en la defensa argentina. Había hablado tanto Basile de los centros, de los recaudos a tomar, que buena razón tuvo para agarrare la cabeza ante la ingrata nueva: su equipó perdía 0-1 con el centro más tonto que se pueda imaginar. Argentina no tenía la pelota y, cuando lograba desarrollar una jugada, tampoco ponía en práctica aquello que Basile (y el asesoramiento de Osvaldo Ardiles) había indicado: jugarla corta, esconderla, que los ingleses perdieran el ritmo. Nada de esto ocurría. El pelotazo le devolvía el juego al cuadro de Graham Taylor (otro invicto en su proceso pos Mundial '90, como Basile) y vuelta a empezar, en el talento del negro Barnes, ahora en su nueva versión, jugador de toda la cancha. No se trataba de un baile, pero sí de un paseo futbolístico, muy fácil para Inglaterra, casi a voluntad, como si no hubiera tanto en juego. En verdad, esta Copa Challenger no interesó mucho en Londres, apenas 44.497 personas pagaron la entrada en Wembley.

El 2-0 pareció un prenuncio funesto, la sombra de una goleada, pero ocurrieron dos cosas en favor de Argentina. 1) Se fue lesionado Barnes, y quien lo reemplazó, Clough, pareció de un nivel menor. 2) En Argentina salió Martellotto, quien no había jugado mal, pero estaba fundido, y apareció el Turco Mohamed para darle un poco de circulación a la pelota, para juntarse con el otro Turco, Claudio García.

García gana en lo alto y pone el 1-2, detrás aparece Mark Wright.

García gana en lo alto y pone el 1-2, detrás aparece Mark Wright.

En ese marco extraño llegaron los goles argentinos. En el primero, los ingleses dejaron absolutamente solo a García en un córner. Pero todavía faltaba la gran sorpresa, otro comer de Mohamed (ahora desde la derecha) y desde el punto penal el frentazo de Franco se metió en el ángulo izquierdo de Seaman, bien arriba, como para que no llegara la defensa de Pearce. Un golazo, porque el golpe de cabeza tuvo la potencia de una volea difícil de ver. Los ingleses, los jugadores, se miraron entre sí, no entendían nada. Faltaban jugar 18 minutos y ninguno de los dos quiso hacer mucho por la victoria. Inglaterra se quedaba con la Copa que había organizado, y Argentina con un buen resultado en Wembley. Eso alcanzó para festejar, para irse de la cancha haciendo flamear las camisetas, como si se hubiera ganado. Esto por el lado de los jugadores.

 

El gol de Darío Franco que desató la locura Argentina.

El gol de Darío Franco que desató la locura Argentina.

 

 

Franco girta su gol, el que enmudeció a todo Wembley.

Franco girta su gol, el que enmudeció a todo Wembley.

 

Ahora es tiempo de balance. La gira marca un triunfo y dos empates. Pero más allá de las matemáticas, del aliciente que significa dividir puntos contra Selecciones de primer nivel, no en las mejores condiciones físicas por los viajes, y sin los refuerzos, por ejemplo de un Latorre y un Caniggia, quedan temas que estimulan pensando en el futuro inminente, la Copa América, y el mediato, las eliminatorias del Mundial '94. Frente a Estados Unidos, aun ganando, el equipo tuvo un segundo tiempo pésimo, fue la imagen de la desorganización, cosa que no ocurrió en los empates posteriores. Esto y la fuerza anímica, ir a buscar la victoria en los últimos minutos frente a la Unión Soviética, no bajar los brazos aun ante el dominio inglés, y no esconder la pierna cuando se trataba de pelota dividida, quiere decir que el mensaje de Basile empieza a llegar. Ya se sabe cuál es el ideario del técnico, por dónde pasa, por el orden y por eso que él, desde su idioma simple, llama "meter". Lo demás lo tienen que hacer los jugadores desde su talento y la manera de jugar que existe en esta tierra. En esta gira apareció una muestra. Lo que hay que desear es que crezca, se desarrolle y no se quede en buenos deseos.

Argentina se va de Wembley. Los gritos de la tribuna son hostiles, pero los jugadores cantan su alegría. Primer plano de Boldrini y Ruggeri. Más atrás, Basualdo, Vázquez y el Turco García.

Argentina se va de Wembley. Los gritos de la tribuna son hostiles, pero los jugadores cantan su alegría. Primer plano de Boldrini y Ruggeri. Más atrás, Basualdo, Vázquez y el Turco García.

Es lindo y gratificante para los jugadores salir de Wembley haciendo flamear sus camisetas. No es grato para el observador cuando se besa esa camiseta en actitud provocativa frente a un público que abuchea verja por medio. En eso cayeron algunos integrantes del equipo argentino. Es bueno testimoniar el nacimiento de un proceso que va entrando en el público. En este país, el de todos, la gente sabe de fútbol. Y hay buena onda con la Selección.

 

 

NATALIO GORIN (1991).

Fotos: ALDO ABACA.

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