Las Crónicas de El Gráfico

1994. Perdieron las marcas afuera de la cancha

Por Redacción EG · 06 de junio de 2018

Hasta que saltó el doping de Maradona, Argentina se perfilaba para campeón. El efecto dominó de aquella noticia devastó anímicamente a un equipo que jugaba como le gusta a la gente.

Pocas Selecciones despertaron tanta adhesión popular como la de Alfio Basile. Respetando el perfil genético del fútbol argentino, el Coco moldeó un equipo que fusionó dos ingredientes básicos para acercarse al ideal del hincha; belleza y eficacia.

Aunque contó con Maradona, que deambulaba por una de las etapas más turbulentas de su carrera, amalgamó un equipazo sustentado, entre otras cosas, en la jerarquía de Fernando Redondo, el fuego goleador de Gabriel Batistuta, el despliegue del Cholo Simeone, la personalidad ganadora del Cabezón Ruggeri, el panorama de Leo Rodríguez y las corridas de Claudio Caniggia. Un equipo fantástico que levantó dos veces la Copa América –Chile 91 y Ecuador 93- y eslabonó un impresionante invicto de 33 partidos. Pero un día tropezó. Tropezó feo…

Alfio Basile le dio rodaje a una delantera envidiable.

Alfio Basile le dio rodaje a una delantera envidiable.



En la última fecha de las eliminatorias, un Monumental eufórico fue virando lentamente hacia el asombro, y terminó envuelto en una angustia inimaginable, obra y gracia de Colombia, que goleó 5 – 0 y condenó a aquella Argentina fantástica a jugarse el pasaporte a USA 94 en un repechaje con Australia.

Era una instancia límite y nadie dudó en recurrir a Maradona, por entonces ensayando una de sus tantas resurrecciones en Newell’s. Al empate en Australia (1-1) le sobrevino la victoria en el Monumental (1-0). Y cuando la proa enfiló hacia USA 94, aquella ultraofensiva, lejos de devaluarse, se vitalizó con la reinserción de Diego y los primeros palotes de un talento jujeño: el Burrito Ortega.

El Diez, que durante varios meses se había sentido ignorado por la Selección, recobró el espíritu albiceleste que siempre tuvo e inició una preparación especial. Quería llegar a su cuarto Mundial lo más afilado posible. Y tanto la AFA como el cuerpo técnico se encolumnaron en ese esfuerzo de Diego, al punto que se pusieron claramente de su lado cuando el gobierno japonés le negó la visa por sus antecedentes vinculados a las drogas. De hecho, suspendió la gira por Japón y reprogramó la gira previa por Ecuador (0-1), Israel (3-0) y Croacia (0-0).

Mientras el equipo recobraba la confianza, a Maradona lo molestaba una piedra en el zapato. Se notaba lento, sin el pique corto que devastaba a los contrarios, sin frescura en el arranque. Y entonces decidió volver a trabajar con Daniel Cerrini, el hombre que lo había puesto delgado como una varilla antes de su debut en Newell’s. Una decisión que, paradójicamente, tendría su peso… 

Con el Coco Basile no hubo drama. Pero sí una charla ante la inminencia del debut, cuando todo el país futbolero participaba activamente de la polémica. “Veo que se está inclinando por Islas. Y yo prefiero que ataje Goyco, igual que los muchachos…”

El Coco no se fastidió por la observación, pero nadie lo movió de su convicción. Aunque el Vasco era ídolo tras las hazañas de Italia 90 y había ratificado sus pergaminos en los años siguientes, estaba más que conforme con el rendimiento de Islas en la recta final. Y le confió el arco para enfrentar a Grecia en el Foxboro, de Boston.

Vestida de azul, la Selección desintegró a un rival que, amén de sus limitaciones, pretendió neutralizar a los argentinos con elementales e inútiles marcas personales. Tsalouchidis –un verdadero mastodonte en pantalones cortos– casi se quebró la cintura tratando de contener a un Maradona angelical, picante como en sus mejores días.

Gabriel Batistuta marcó tres goles frente a Grecia en el debut.

Gabriel Batistuta marcó tres goles frente a Grecia en el debut.



Le cambiaron el carcelero para el complemento, pero Marangos corrió la misma suerte que el grandulón. Al ritmo de Diego, tocaron todos, empezando por un Redondo fantástico. Y Batistuta se encargó de ponerle la rúbrica a la mayoría de los intentos ofensivos. De hecho, hizo tres de los cuatro goles. ¿El otro? Merece un párrafo aparte.

Minuto 60. Argentina ya estaba arriba por dos. Maradona se juntó con Redondo, Balbo y Caniggia, toquetearon fenómeno, quedó perfilado en el umbral del área y despachó un zurdazo misilístico al ángulo superior derecho. Golazo infernal. Salió corriendo como poseído, con un objetivo claro: la cámara de piso ubicada a un costado, a la altura de la línea del área grande. Entonces hundió la cara en la lente, los ojos abiertos al máximo, las venas hinchadas, la boca hecha un grito. “¡Gol! ¡Goooolll! ¡Acá estoy!”, se desahogó Diego, recordando el sacrificio que había hecho para ponerse a punto y el escepticismo general sobre su posible rendimiento. Al ratito, cuando Basile lo reemplazó por Ortega, Maradona enfrentó los micrófonos sin rencores, sólo para agradecer: “Les doy las gracias a todos, pero especialmente al Barba, al de arriba, porque me ayudó muchísimo para llegar a este momento.”

Entre los cientos de elogios que se escucharon tras el debut, sorprendió el del alemán Bernd Schuster, ex compañero suyo en Barcelona: “Si Diego fuera alemán, no jugaría este Mundial. Sólo alguien con la mentalidad de un argentino y la genialidad de Maradona es capaz de intentar esta locura a su edad, después de tantas batallas.”

Diego brillaba y el mundo estaba a sus pies.

Diego brillaba y el mundo estaba a sus pies.



La euforia dominó el clima en la concentración del Babson College, el manso claustro elegido para amasar el sueño de campeón. Íntimamente, el cuerpo técnico había detectado que el grupo respondía a nivel superlativo en todos los aspectos. Estaban dadas las condiciones para obtener el premio mayor.

La peligrosa Nigeria sería testigo de la segunda victoria y del segundo milagro de Maradona. Esta vez, Diego jugó los noventa minutos completos y fue el dueño de un partido. La manija futbolística y temperamental de un partido durísimo, que arrancó en desventaja y terminó de la mejor forma por su protagonismo en las jugadas clave y por su sabiduría para adormecer el ritmo cuando los nigerianos cascoteaban el rancho.

 

Porque Maradona fue actor protagónico en los goles del Pájaro Caniggia. Y ni hablar en la cuenta regresiva. La puso bajo la suela y la guardó hasta el segundo final, hasta que una enfermera de la organización –acción más que sugestiva– le interrumpió el festejo para llevarlo de la manito...

Tras una avivada de Maradona, Caniggia define para el 2-1.

Tras una avivada de Maradona, Caniggia define para el 2-1.



Diego se fue de la cancha como si esa joven regordeta fuera su novia. A paso lento, saludando a la tribuna que bramaba su apellido, sonriendo con una tranquilidad que invitaba a soñar con otro título, con otro campeonato, porque esa Selección plagada de talentos había dejado la sensación térmica de tener pasta de campeón del mundo… Y no era una exageración argentina, lo decía el ambiente generalizado del fútbol.

Diego estaba feliz con ese planteo, con esa idea. Estaba feliz porque en la cancha se había plasmado lo que el Coco les había anticipado antes del torneo: “Yo me la juego por ustedes, muchachos. Los pongo a todos juntos, por más que me digan que estoy loco. Si nos ordenamos, si tenemos el mínimo de sacrificio para que uno sea sombra del otro cuando perdemos la pelota, si somos un cachito solidarios, yo creo que podemos hacer la diferencia. Tenemos un equipazo.”

Pero el cielo se desplomó un par de mañanas después, cuando Joseph Blatter, por entonces secretario general de la FIFA, llamó por teléfono al presidente de la AFA, Julio Grondona, para anoticiarlo de una agria novedad: “Lo siento mucho, Julio, pero tengo que darle una información muy triste para todos: el análisis de Maradona dio positivo. Mañana se hace la contrapueba.”

“¡¿Cómo me puede pasar esto a mí?! Si yo me rompí el alma entrenando. ¡¿Por qué a mí, Dios?!”, fue lo que alcanzó a decir Maradona al enterarse, antes de hundir sus lágrimas en una almohada que le sirvió de pañuelo.

Golpeado en las vísceras, todo el plantel –incluido Diego– se trasladaba a Dallas para afrontar el partido contra Bulgaria. El ánimo ya era otro. El sueño se había vestido de pesadilla y nadie encontraba consuelo. Quedó clarísimo durante el reconocimiento al estadio Cotton Bowl. El grupo, atomizado, caminó por la cancha con la vista perdida, cuchicheando, arrastrando un lamento. Diego estaba con ellos. Le sonrió a la platea principal, tiró algún beso, pero no era el mismo. Estaba herido de muerte. Literalmente sin el alma...

Mientras la Selección cumplía con el reconocimiento, la FIFA le comunicaba al mundo que un futbolista de Argentina-Nigeria había dado positivo. No mencionaba ningún apellido por una cuestión de discreción, pero los cronistas recordaban perfectamente quienes habían concurrido al control por Argentina aquel fatídico día: el zaguero Sergió Vázquez y Diego Armando Maradona.

Al rato, apelando a su cintura política, Julio Grondona enfrentó a los periodistas y terminó con esa incertidumbre inútil. El jugador era Maradona. Y la sustancia, efedrina.

Cuando Diego se recluyó en su habitación del Sheraton Central Park, se barajaba una endeble hipótesis de salvación, aquella del español Calderé, castigado por una fecha por consumir efedrina en México 86. Pero la posibilidad era endeble porque el médico de España había proclamado su culpabilidad al no incluir un medicamento en la planilla.

Esta vez, en cambio, el doctor Ernesto Ugalde se desligó de cualquier responsabilidad: “Los médicos de la Selección argentina desconocíamos por completo que Diego Maradona estaba tomando medicación alguna. Si lo hizo, fue por su cuenta, no por prescripción del cuerpo médico.”

A la mañana siguiente, procedente de Boston, llegó a Dallas el hombre más buscado y acusado del planeta: Daniel Cerrini. “Yo me hago responsable de lo que sea. No quiero que Diego pague por algo que no le corresponde”, alcanzó a decir, nervioso y apesadumbrado. Pero Cerrini, el preparador personal del Diez, no pertenecía a la lista oficial argentina que obraba en poder de la FIFA. No existía como integrante de la delegación. Era un fantasma.

En medio del temporal, el objetivo de los dirigentes fue evitar que la Selección fuera descalificada de la competencia. Por eso el dirigente riverplatense David Pintado, en nombre de la AFA, convocó a la prensa y leyó un comunicado donde trazaba la estrategia global.

La AFA retiraba a Maradona del torneo “para permitir el más cómodo trabajo de la FIFA en la resolución del caso.” Y con esa jugada minimizaba los alcances de la sanción.

Diego quedaba totalmente out, fuera de juego. Pero el equipo proseguía su marcha. Conservaba los puntos ganados ante Nigeria, se aseguraba la clasificación para la fase siguiente y mantenía encendida la llama del título como si nada hubiera pasado.

Aunque Diego entendía que ése era un camino posible, no pudo evitar que el dolor le partiera el alma. “Me cortaron las piernas”, dijo ante la prensa, abatido y con los ojos rojos por el llanto. “No sé qué pasó, pero juro que no me drogué, no me drogué…”

Maradona es llevado al control antidopaje tras jugar ante Nigeria.

Maradona es llevado al control antidopaje tras jugar ante Nigeria.



Sus compañeros fueron desfilando uno a uno por la pieza del Diez como si se tratara de una sala velatoria. En medio de esa amargura profunda, alguien llamó para devolverlos a la realidad. Era la hora de ir hacia el estadio...

Diego se quedó en la habitación acompañado de sus afectos más próximos. Acomodó el cuerpo en un sillón y, por primera vez en dieciséis años, se dispuso a ver por televisión un partido de la Selección en una Copa del Mundo.

Durante ese lapso siempre había estado en ese césped que ahora le parecía hostil, que le causaba una inédita repulsión. Y cuando arrancó el juego soltó cientos de lágrimas. El aguante le duró hasta los 25 minutos del primer tiempo. Ahí tiró la toalla, no pudo más. La bronca lo cegaba, no lo dejaba ver.

Hecho una caricatura, agobiado por la desazón, el equipo cayó sin atenuantes ante Stoichkov y compañía. Y como las desgracias no vienen solas, se sumó la segunda: la tempranera lesión de Caniggia, pieza determinante para el desequilibrio ofensivo.

¿Qué había pasado realmente mientras Diego llevaba adelante su entrenamiento personalizado? En una tienda americana habían comprado un suplemento vitamínico equivocado. En vez de Ripped Fast adquirieron Ripped Fuel, integrado por otros componentes, como diuréticos varios y efedrina. Un error letal que, obviamente, el reglamento no podía contemplar bajo ningún punto de vista. Un error letal que, a modo de consuelo, ratificaba los dichos de Maradona en el hervor de la desazón: “Yo no me drogué.”

Pese a una pérdida tan notable, la chance argentina se mantenía potencialmente intacta para los octavos de final. El fixture marcó Rumania en el estadio Rose Bowl, de Los Ángeles. Y no faltó talento y presencia ofensiva, porque Basile redobló la apuesta y tiró en la cancha a “nenes” como Redondo, Ortega, Batistuta y Balbo. Audacia pura. Enfrente también lucían abanderados del buen fútbol, figuras de temer. Hagi y Dumitrescu, sin ir más lejos.

Fue un partido abierto, de ida y vuelta, con Argentina volcado totalmente al ataque. Desperdiciando un buen porcentaje de las situaciones que generaba, pero transmitiendo la sensación de que en cualquier instante se reconciliaba con la precisión y pasaba por ventanilla.

La virtud de Rumania fue que siempre pegó primero, incluso cuando no controlaba el desarrollo del juego. Y eso le permitió administrar los espacios para lastimar de contraataque.

Para colmo, Islas no tuvo una tarde feliz, no transmitió seguridad. Le hicieron un par de goles evitables y eso, aunado a la desesperanza general provocada por el nocaut a Maradona, liquidaron a una muy buena Selección.

Con el resultado puesto, se tejieron innumerables conjeturas: que la FIFA se confabuló en contra de Diego, que USA 94 era el último Mundial bajo la presidencia de Joao Havelange y que Brasil debía ganarlo sí o sí.

Brasil se coronó como campeón al derrotar a Italia.

Brasil se coronó como campeón al derrotar a Italia.



Conjeturas, apenas eso. Lo cierto es que a Argentina se le escapó una linda chance de progresar, de hacer un poco más de historia. Por capricho del destino, por mala fortuna y por la propia incapacidad para resolver un partido de trámite favorable, como fue el último.

Pero así es el fútbol. Apasionante e indomable…

La primera fase completa.

 

La dolorosa eliminación frente a Rumania


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