Las Crónicas de El Gráfico

1982. El sueño del bicampeonato, apenas una pompa de jabón

Por Redacción EG · 27 de mayo de 2018

La selección choca en la segunda fase con Italia y Brasil. Argentina intentó el bicampeonato con un equipo potencialmente más fuerte que el del Mundial 78, pero no encontró el camino.

El triangular de la segunda fase reunió a Brasil, Italia y Argentina. Tres grandes de la historia del fútbol, que ya conocían la sensación orgásmica de levantar una Copa del Mundo. Para clasificar había que rendir al máximo, cerrar filas, pelar toda la chapa.

El 29 de junio, en Barcelona, el italiano Claudio Gentile se transformó en la estampilla mal intencionada de Maradona. Enzo Bearzot, el veterano técnico de aquel equipo azzurro que terminaría en lo más alto, había diseñado una estrategia sin resquicio para los rubores. La orden para Gentile era tan clara como abominable: “Maradona no se tiene que dar vuelta. Hay que anticiparlo cada vez que los compañeros le den la pelota. Y si la recibe primero, hay que incomodar lo para que no gire, porque si gira, se va y no lo alcanzamos más”.

Frente a Italia Maradona sufriendo al tano Gentile que lo cosió a patadas, con la complacencia del árbitro.

Frente a Italia Maradona sufriendo al tano Gentile que lo cosió a patadas, con la complacencia del árbitro.



Incomodarlo era pegarle. Y Gentile le pegó, nomás. Su obediencia fue total, absoluta. Cuando la pelota iba hacia Diego, le entraba con todo. Si ganaba, bien. Si no, le daba duro en los gemelos. Sin pausa, sin respiro. El árbitro Rainea fue cómplice de semejante atropello. Una amarilla fue todo el castigo para esa cacería sistemática que Maradona soportó con estoicismo, pidiendo la pelota, mordiéndose los labios para no reaccionar. Al final, Italia ganó 2-1 porque fue más.  Tuvo el espíritu solidario que le faltó a Argentina en varios pasajes del partido. Ejerció supremacía en las dos áreas. Pegó en los momentos justos. Pero aquella persecución impune opacó su conquista.

Luego fue el turno de un Brasil lujoso y seductor: Sócrates, Falcão, Junior, Toninho Cerezo, Eder, el genio de Zico… Un Brasil digno de su historia, que tocaba la pelota que daba gusto. Y también facturó ante Argentina, aunque el 1-3 final suena más lapidario de lo que fue el ver dadero trámite del partido.

El conjunto dirigido por el sabio de Telé Santana siempre impresionó mejor, pero la Selección nunca se entregó y desperdició oportunidades para convertir. Y el último acto de Maradona terminó por erigirse en un símbolo de la impotencia de aquel equipo…

El partido era cosa juzgada. No había vuelta que darle. Y Diego estaba calentísimo. El Mundial se le iba de las manos y no podía remediarlo. No le habían cobrado un penal claro y venía aguantando patadas arteras desde el partido con los salvadoreños. Desde las tribunas, mayoritariamente brasileñas, se escuchaba el “¡ooole!” de la gastada a cada toque del Scratch.

Chau Mundial. El árbitro le muestra la tarjeta roja a Maradona frente a Brasil. Diego iba a tener revancha.

Chau Mundial. El árbitro le muestra la tarjeta roja a Maradona frente a Brasil. Diego iba a tener revancha.



Faltaba poco, casi nada, y los volantes brasileños se floreaban, guiados por Falcão. Diego quedó circunstancialmente en medio de la calesita y sintió que lo estaban cargando. Que se le reían en la cara. Que no lo respetaban. Sobre todo Falcão, que hablaba por lo bajo. Enceguecido, le tiró una patada injustificable y la ligó el pobrecito de Batista, que se cruzó en el camino. Esta vez, el árbitro acertó con el fallo: roja directa. Para Diego, y para una Argentina desteñida.

El Gráfico fue clarísimo en su balance editorial: “Acaso por primera vez en su historia moderna, el fútbol argentino no puede encontrar ni en la AFA ni en sus capas dirigentes a los culpables. Organización, planificación, respaldo… Todo estuvo al servicio de la Selección, al servicio de los planes elaborados por el cuerpo técnico. Por eso el cerco que limita el terreno de las explicaciones no va más allá de César Luis Menotti y sus dirigidos.”

Aunque se criticaba el clima festivo de la concentración, poblada de parientes y amigos de los jugadores, y se remarcaban cuestiones referentes al funcionamiento futbolístico, también se destacaba que era imperioso no olvidar “que Menotti y muchos de los que hoy son protagonistas de un fracaso fueron quienes conquistaron la Copa del Mundo de 1978, quienes instauraron un modo de vida para el fútbol argentino, que lo condujo hacia su definitiva madurez.”

Y se remarcaba, además de los innegables logros en el plano deportivo, que la actividad de la Selección debía continuar “sobre los fundamentos de sus principios filosóficos, aunque los hombres deban ser otros.”

Al mismo tiempo que se tecleaba el apasionado editorial anterior, un Maradona fastidioso, todavía inconsolable en el corazón de un vestuario luctuoso e impotente, dibujaba su próxima meta con la convicción de un felino hambriento: “Quiero borrar este Mundial de mi cabeza lo más rápido posible, ahora mismo, y pensar en el del 86.”

Sin saberlo, Diego y Argentina empezaban a ser campeones del mundo.


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