Las Entrevistas de El Gráfico

2002. Verón: “Quiero cerrar una herida que está abierta”

Por Redacción EG · 15 de octubre de 2019

En la previa del Mundial de Corea – Japón, Verón se entrevista con El Gráfico, cuenta de la frustración de Francia 98. Finalmente ese Mundial lo marcaría injustamente para el resto de su carrera.

Has­ta el ba­rrio re­si­den­cial de Ha­le no lle­ga el ru­mor caó­ti­co de la gran ciu­dad. A me­dia ho­ra del cen­tro de Man­ches­ter, la ca­sa de Juan Se­bas­tián Ve­rón es aca­ri­cia­da por un en­vol­to­rio de som­bras y si­len­cios. Fal­ta po­co pa­ra la ce­na y la ca­li­dez del li­ving se ro­ba el cen­tro de la es­ce­na.

Ia­ra tie­ne dos años y me­dio y una cam­pe­ri­ta pla­tea­da que ma­má Flo­ren­cia le pu­so cuan­do sa­lió a co­rre­tear por un jar­dín tan am­plio co­mo el de la can­ción de Mon­ta­ner, ese don­de “las vio­le­tas abren co­mo a las diez”. Se pu­so a ju­gar con las mu­ñe­cas y no se la quie­re sa­car aun­que aden­tro ha­ga de­ma­sia­do ca­lor. Deian tie­ne un año me­nos y una pe­lo­ta de fút­bol ad­he­ri­da día y no­che por un in­vi­si­ble cor­dón um­bi­li­cal, ob­vio re­fle­jo ge­né­ti­co pa­ra un nie­to de crack, pa­ra un hi­jo de es­tre­lla...

Mien­tras es­pe­ra la co­mu­ni­ca­ción con El Grá­fi­co, la Bru­ji­ta se aco­mo­da en el si­llón prin­ci­pal y de­ja fluir al­gu­nas sen­sa­cio­nes edul­co­ra­das. Mi­ra ju­gar a los chi­cos y se pro­du­ce un click que lo emo­cio­na. Dios se los en­vió en los cua­tro años que se­pa­ran el Mun­dial que pa­só del que es­tá por ve­nir. Y le cam­bia­ron la vi­da dul­ce y  drás­ti­ca­men­te. Del mo­do con que pre­ten­de zur­cir  una cuen­ta per­so­nal con la his­to­ria.

En ese ins­tan­te se pro­du­jo el con­tac­to. Y en­ton­ces la char­la em­pe­zó mi­ran­do ha­cia atrás...      

-¿Cuál fue tu pri­me­ra sen­sa­ción en aquel par­ti­do con Ho­lan­da, cuan­do Ar­gen­ti­na que­dó afue­ra de Fran­cia 98?

-Hay va­rias sen­sa­cio­nes que to­da­vía lle­vo guar­da­das muy aden­tro. La pri­me­ra ima­gen, la­men­ta­ble­men­te, es el gol de Berg­kamp. Ver en­trar esa pe­lo­ta fue un pu­ñal tre­men­do, di­fí­cil de di­ge­rir. Des­pués de aquel par­ti­do no vol­ví a ver imá­ge­nes del Mun­dial. Más allá de que es una de las ex­pe­rien­cias más lin­das a las que pue­de as­pi­rar un ju­ga­dor, mi quí­mi­ca es la de ga­nar y yo sa­lí per­dien­do. En­ton­ces no qui­se ver ni sa­ber na­da más.

-To­dos re­cuer­dan una ima­gen tu­ya. Es­tás sen­ta­do en el pi­so, los ho­lan­de­ses te pa­sa­ban por al la­do, al­gu­nos que­rían le­van­tar­te, dar­te áni­mo...

-En ese ins­tan­te se me vi­no to­do a la ca­be­za: la fa­mi­lia, la gen­te en Ar­gen­ti­na, los que via­ja­ron has­ta Fran­cia, los com­pa­ñe­ros, la im­po­ten­cia de no ha­ber po­di­do dar un po­co más...  Fue un gol­pe muy du­ro pa­ra mí. To­da­vía me due­le, to­da­vía lo lle­vo aden­tro.

-¿Cuán­to tar­das­te en rear­mar­te?

-Tar­dé, tar­dé bas­tan­te. Bah, ya les di­go: aún me da vuel­tas por la ca­be­za, así que to­da­vía no me re­pu­se. Es­tos días me vol­vie­ron al­gu­nas imá­ge­nes de aque­llo. Cuan­do se acer­ca un Mun­dial, uno mi­ra un po­co pa­ra atrás y ana­li­za el an­te­rior. Y el do­lor sal­ta otra vez. Si to­do va bien y Biel­sa me lle­va a Ja­pón, voy a te­ner una linda chan­ce. Quiero cerrar una herida que está abier­ta. Es­pe­ro curar el alma y lle­gar mucho más le­jos que en Fran­cia.

-O sea que las eli­mi­na­to­rias tan bien ga­na­das, el re­co­no­ci­mien­to de la gen­te, los tí­tu­los en la La­zio y el pa­se al Man­ches­ter no al­can­za­ron pa­ra cu­rar el do­lor.

-No, pa­ra na­da. To­do eso que us­te­des me nom­bra­ron fue­ron pa­sos muy lin­dos pa­ra el gran mo­men­to, que es el Mun­dial. Ob­vio que vi­ví esas ale­grías muy in­ten­sa­men­te. Pe­ro el gran ob­je­ti­vo de un ju­ga­dor es el Mun­dial. Es la ce­re­za arri­ba de la tor­ta. Se­ría muy lin­do po­ner esa ce­re­za aho­ra. Al­go así co­mo la co­ro­na­ción tras tan­tos sa­cri­fi­cios y tan­tos via­jes. El Mun­dial es el gran exa­men y sé que to­da­vía es­toy en deu­da.

-Re­cién de­cías que cuan­do se acer­ca un Mun­dial se ana­li­za el an­te­rior. ¿Qué co­sas de Fran­cia 98 que­rés que se re­pi­tan y cuá­les no?

-Que se re­pi­tan los triun­fos. Y, en lo po­si­ble, que sean un par más... Des­pués hu­bo co­sas que no de­bie­ron su­ce­der, co­mo la re­la­ción con la pren­sa. Esa rup­tu­ra no le hi­zo bien a na­die, ni a us­te­des ni a no­so­tros. Creó un cli­ma de ten­sión que de­bió evi­tar­se. Más allá de eso, lle­ga­mos a Fran­cia en otro mo­men­to de nues­tras ca­rre­ras, no tan bien co­mo aho­ra. Y to­da­vía no ha­bía­mos pu­li­do al­gu­nas co­si­tas que aho­ra ya es­tán bien acei­ta­das.

-¿Fut­bo­lís­ti­cas o de otro ti­po?

-De to­do un po­co. Es­te gru­po se hi­zo fuer­te tan­to aden­tro co­mo afue­ra de la can­cha. Eso es muy im­por­tan­te pa­ra en­ca­rar un tor­neo co­mo és­te.

-Eso se no­ta. Trans­mi­ten una sen­sa­ción de uni­dad, co­mo si en al­gún mo­men­to se hu­bie­ran ju­ra­men­ta­do que és­te tie­ne que ser el Mun­dial de Ar­gen­ti­na.

-Es lo que trans­mi­te el téc­ni­co. Biel­sa es una per­so­na con mu­cha pa­sión, que le de­di­ca el día en­te­ro al tra­ba­jo. Esa pa­sión, esa de­di­ca­ción y esa mo­ti­va­ción se trans­mi­ten al equi­po y el equi­po se la trans­mi­te a la gen­te, más allá de que jue­gue bien, re­gu­lar o mal. Mar­ce­lo nos dio una iden­ti­dad co­mo equi­po. Eso es im­por­tan­te pa­ra no­so­tros y pa­ra el fút­bol ar­gen­ti­no. Pa­ra no­so­tros y pa­ra los ju­ga­do­res que ven­gan en los proó­xi­mos años. Más que un ju­ra­men­to, lo que te­ne­mos son ga­nas de ser pro­ta­go­nis­tas. Ga­nas de de­mos­trar­les a to­dos que es­ta Se­lec­ción te­nía y tie­ne al­go en su in­te­rior co­mo pa­ra ga­nar co­sas im­por­tan­tes. Yo re­cuer­do que el pe­rio­dis­mo nos ma­tó des­pués del par­ti­do con In­gla­te­rra, acá en Lon­dres. Pe­ro no­so­tros ya es­tá­ba­mos con­ven­ci­dos de lo que es­ta­mos por ha­cer. To­do lle­va un pro­ce­so y no­so­tros fui­mos dan­do los pa­sos ha­cia ade­lan­te tal co­mo nos lo ha­bía an­ti­ci­pa­do Biel­sa.

-Lo de la iden­ti­dad es to­do un te­ma.

-Con­ven­ga­mos que Mar­ce­lo tie­ne una for­ma de tra­ba­jar no muy ló­gi­ca pa­ra el fút­bol ar­gen­ti­no. Es un en­tre­na­dor con mu­chas ideas del fút­bol eu­ro­peo, co­sa que yo y otros mu­cha­chos po­de­mos cons­ta­tar a dia­rio. Tie­ne ideas que, pa­ra mu­chos, no iban con la su­pues­ta iden­ti­dad del fút­bol ar­gen­ti­no, iden­ti­fi­ca­da con la lí­nea de Me­not­ti y cier­ta ma­ne­ra de en­ca­rar el jue­go. No­so­tros, mo­des­ta­men­te, tra­ta­mos de agre­gar­le la di­ná­mi­ca y la pre­sión del fút­bol eu­ro­peo a esa idea ma­dre. Yo di­go que hoy, más allá de lo que pue­da ocu­rrir en el Mun­dial, Ar­gen­ti­na es una Se­lec­ción muy res­pe­ta­da. Es muy di­fí­cil que le ga­nen. Tie­nen que ju­gar de­ma­sia­do bien pa­ra que­brar­nos.

Veron en la Selección contra Venezuela, por las eliminatorias para el Mundial del 2002.

Veron en la Selección contra Venezuela, por las eliminatorias para el Mundial del 2002.

Cer­ca del equi­po de mú­si­ca duer­me una mon­ta­ña de com­pacts. La plu­ra­li­dad es asom­bro­sa: de los Ro­lling a Rá­fa­ga, de AC/DC a Som­bras. “A ve­ces que­rés es­cu­char un rock, pe­ro al ra­to te pue­de ca­ber más una cum­bia, co­mo cuan­do nos po­ne­mos a bai­lar con los chi­cos. Lo que ha­ce bue­na a la mú­si­ca no só­lo son los acor­des, si­no tam­bién los mo­men­tos”, ar­gu­men­ta la Bru­ji­ta. La com­pu­ta­do­ra es otra com­pa­ñe­ra in­sos­la­ya­ble. Ya se acos­tum­bró a en­gan­char­se en la red du­ran­te una pro­lon­ga­da se­sión dia­ria. Lo usual pa­ra cual­quier ar­gen­ti­no en el exi­lio: che­quear mails, re­vi­sar los dia­rios, es­cu­char al­gu­na ra­dio y na­ve­gar en bus­ca de sor­pre­sas...

“La pu­bli­ci­dad que hi­zo mi ma­má pa­ra McDo­nald’s –cuen­ta en to­no iró­ni­co– la vi con el Pio­jo Ló­pez por In­ter­net. Bas­tan­te buena ac­triz la vie­ja, ¿eh? Me pa­re­ce que voy a te­ner que ha­blar con Adrián Suar pa­ra que le con­si­ga un pa­pe­li­to en una no­ve­la.” 

En el co­mer­cial de la fir­ma de co­mi­da rá­pi­da apa­re­cen las ma­dres de los prin­ci­pa­les ju­ga­do­res ar­gen­ti­nos con­tan­do anéc­do­tas in­fan­ti­les de los fut­bo­lis­tas. Pe­ro el spot fi­na­li­za con un slo­gan de­di­ca­do a ellas: “Gra­cias por es­te equi­po.” Es un au­gu­rio que da por des­con­ta­da la fe­li­ci­dad, pe­se a que to­da­vía fal­ta pa­ra que la pe­lo­ta rue­de en Co­rea y Ja­pón.

-¿Cuál es el lí­mi­te en­tre éxi­to y fra­ca­so en un Mun­dial? ¿Sa­lir cam­peón, lle­gar en­tre los cua­tro?

-Je... En es­te mo­men­to sir­ve pa­sar a oc­ta­vos de fi­nal... Pe­ro no: uno apun­ta a lo má­xi­mo. Pa­ra eso tra­ba­ja­mos, con eso so­ña­mos, ésas son las am­bi­cio­nes. Pe­ro sue­ños y am­bi­cio­nes te­ne­mos los ju­ga­do­res de los 32 equi­pos, el gran te­ma es con­fir­mar­los en el Mun­dial. Por el pe­so de la his­to­ria del fút­bol ar­gen­ti­no, siem­pre hay que ga­nar sí o sí, o co­mo mí­ni­mo es­tar ahí. Pe­ro es un pe­so que lle­va­mos con mu­cho gus­to, no nos in­co­mo­da pa­ra na­da. Po­cos tie­nen la opor­tu­ni­dad de in­te­grar una Se­lec­ción de pres­ti­gio co­mo Ar­gen­ti­na. No­so­tros pri­me­ro te­ne­mos que de­mos­trar que es­ta­mos a la al­tu­ra. Ser cons­cien­tes de la his­to­ria que lle­va­mos en los hom­bros, pe­ro lle­var­la con ale­gría. Esa pre­sión tie­ne que ser no­ci­va pa­ra quie­nes en­fren­ten a Ar­gen­ti­na, no pa­ra no­so­tros.

-¿Y en lo per­so­nal? Mu­chos te con­si­de­ran can­di­da­to a fi­gu­ra del tor­neo.

-Esa mo­chi­la no la sien­to ni me preo­cu­pa. Siem­pre tra­té de de­mos­trar un ni­vel com­pe­ti­ti­vo, des­de Es­tu­dian­tes has­ta aho­ra. El Mun­dial es una opor­tu­ni­dad pa­ra con­fir­mar lo que se es­pe­ra de uno. Tra­ta­ré de apro­ve­char­la, pe­ro sin en­lo­que­cer­me. Sé que en­tre el éxi­to y el fra­ca­so hay un tre­cho muy cor­to, ape­nas un pa­si­to. Pe­ro es­toy se­gu­ro de que si al equi­po le va bien, no só­lo me voy a des­ta­car yo. La va a rom­per más de uno.

-¿Cuál es la di­fe­ren­cia fut­bo­lís­ti­ca en­tre es­te Ve­rón y el que fue a Fran­cia?

-Mu­cha. Qué di­go mu­cha: mu­chí­si­ma. Las ga­nas son las mis­mas, por­que las ga­nas no se pier­den nun­ca. Pe­ro ten­go un mon­tón más de ex­pe­rien­cia. Pro­gre­sé men­tal y téc­ni­ca­men­te, le agre­gué más co­sas a mi jue­go. No creo ha­ber lle­ga­do a mi te­cho. Es­toy con­ven­ci­do de que el Ve­rón del Mun­dial pue­de ser me­jor que el de las eli­mi­na­to­rias.  

-To­dos –la pren­sa, los ri­va­les, us­te­des mis­mos– di­cen que la ex­pe­rien­cia de un Mun­dial pre­vio es fun­da­men­tal. ¿Eso có­mo se tra­du­ce en la prác­ti­ca, den­tro de la can­cha?

-Ma­ne­jás un po­co los ner­vios, las sen­sa­cio­nes, las an­sias, el fac­tor emo­ti­vo. Uno lo sien­te igual, pe­ro lo controla me­jor. Pue­de abs­traer­se y man­te­ner la con­cen­tra­ción. Con esa ex­pe­rien­cia ma­ne­jás me­jor los par­ti­dos. Qui­zás evi­tás el des­gas­te de un su­ple­men­ta­rio por­que ese aplo­mo te sir­ve pa­ra no co­me­ter un error. Son pe­que­ñas gran­des co­sas. Le pa­só a Fran­cia en el Mun­dial pa­sa­do, con gen­te de 27, 28 años. Ellos mis­mos te lo di­cen.

-¿Es im­por­tan­te in­te­grar un equi­po con ami­gos?

-Se­gu­ro. La ba­se de es­te gru­po vi­vió to­do el pro­ce­so del 98 y ca­pi­ta­li­zó esa vi­ven­cias en es­tos cua­tro años. Son pi­bes ge­ne­ro­sos, so­li­da­rios, que no se guar­dan na­da a la ho­ra de dar una ma­no. Es un gru­po que se me­re­ce ser re­co­no­ci­do. Nos fal­ta­ría ha­cer un buen Mun­dial pa­ra ce­rrar el cír­cu­lo.

-Pa­ra­fra­sean­do a un slo­gan de otra épo­ca, ¿sen­tís que es “la Se­lec­ción de to­dos”?

-Eso ten­drían que pre­gun­tár­se­lo a la gen­te, aun­que no ten­go du­das de que se ga­nó un lu­gar y un res­pe­to. No de to­dos, pe­ro sí de la ma­yo­ría.

-¿Có­mo fue la in­ser­ción de Ca­nig­gia?

-Bár­ba­ra. Un ti­po co­mo Ca­ni no ne­ce­si­ta tiem­po pa­ra me­ter­se en un gru­po. Es ca­ris­má­ti­co y sen­ci­llo a la vez. Se en­gan­cha en las jo­das, le gus­ta ha­blar y es muy la­bu­ran­te, por­que, de lo con­tra­rio, a su edad no es­ta­ría don­de es­tá. A mí no me sor­pren­dió por­que lo co­no­cía de Bo­ca, pe­ro a los de­más chi­cos los des­lum­bró. Se me­tió en­se­gui­da.

 

Disputó los Mundiales 1998, 2002 y 2010.

Disputó los Mundiales 1998, 2002 y 2010.

 

El per­so­na­je ya tie­ne ras­gos in­di­vi­si­bles. Bar­bi­ta can­da­do, ca­be­za ra­pa­da, un ari­to en ca­da ore­ja y dos ta­tua­jes en el bra­zo de­re­cho: la ima­gen del Che Gue­va­ra y la pa­la­bra Flor, por su mu­jer, Ma­ría Flo­ren­cia Vi­nac­cia. Só­lo le fal­ta un de­ta­lle cuan­do se po­ne la nue­va ce­les­te y blan­ca de Adi­das pa­ra la pro­duc­ción fo­to­grá­fi­ca: la cin­ta ad­he­si­va de­ba­jo de la ro­di­lla, su cá­ba­la de ca­be­ce­ra. Una ma­nía que lo vin­cu­la a otro crack que fue sím­bo­lo de la Se­lec­ción, Ma­rio Al­ber­to Kem­pes. “La em­pe­cé a usar en la Samp­do­ria. Te­nía un gol­pe y con la cin­ti­ta me mo­les­ta­ba me­nos. Me la ha­bré pues­to en cin­co par­ti­dos, me sa­lie­ron to­das y me la de­jé pa­ra siem­pre. Oja­lá que aho­ra me trai­ga la mis­ma suer­te que le tra­jo a Kem­pes en un Mun­dial...”, im­plo­ra Se­bas­tián.

-¿Qué ima­gen de Biel­sa te­nías el día que lo co­no­cis­te y cuál te­nés aho­ra?

-Je, lin­da pre­gun­ti­ta... La evo­lu­ción fue di­fí­cil. Di­fí­cil pa­ra to­dos. No­so­tros ve­nía­mos acos­tum­bra­dos al ri­gor de los en­tre­na­mien­tos eu­ro­peos, pe­ro igual lo sen­ti­mos. Los pri­me­ros en­tre­na­mien­tos con Mar­ce­lo fue­ron tre­men­dos. En Ho­lan­da pa­sa­mos diez días bra­ví­si­mos. Nos ti­ró con to­do el ca­mión de con­cep­tos. Y hu­bo que asi­mi­lar las dos co­sas: las ideas y tam­bién nues­tras for­mas de ser.

-Es un mu­cha­cho com­pli­ca­do, ¿no?

-Mar­ce­lo es un ti­po que va de fren­te. No es­con­de na­da. Si al­go no le gus­ta, te lo di­ce al to­que, por más que sea muy cru­do. Pe­ro su in­ten­ción es ayu­dar­te a cre­cer. Es di­fí­cil co­no­cer a las per­so­nas y a no­so­tros nos pa­só con él. Pe­ro cuan­do le en­gan­cha­mos la on­da, cuan­do nos di­mos cuen­ta que era su mo­do de tra­ba­jar y que to­do lo que de­cía se cum­plía, que to­do lo que pro­po­nía nos ha­cía bien co­mo equi­po y co­mo gru­po, ter­mi­na­mos de apre­ciar sus va­lo­res.

-¿Se ríe en la in­ti­mi­dad? Por­que no­so­tros só­lo lo vi­mos reír­se en Qui­to, contra Ecua­dor.

-Cla­ro, por­que ese día nos cla­si­fi­ca­mos... Pe­ro se ríe, se ríe bas­tan­te. No es de esos en­tre­na­do­res me­lo­sos, que se la pa­san to­do el día arri­ba del ju­ga­dor. Pe­ro se acer­ca, ha­bla, com­par­te co­sas. Te con­sul­ta, es­tá abier­to pa­ra in­ter­cam­biar opi­nio­nes, no se cie­rra si uno le ha­ce ver al­go de un mo­do dis­tin­to al su­yo. Eso es im­por­tan­tí­si­mo en un gru­po.

-¿Le cam­bió al­go a tu jue­go?

-No. Me da la li­ber­tad que ne­ce­si­to pa­ra sen­tir­me va­lio­so. Jue­go don­de siem­pre, don­de me gus­ta, más allá de al­gún cam­bio cir­cuns­tan­cial.

-O sea que el Cho­lo Si­meo­ne se pue­de que­dar tran­qui­lo: en el Mun­dial no vas a ju­gar de cin­co.

-Noooo... Ha­bría que pre­gun­tar­le a Biel­sa, pe­ro su­pon­go que no. Que se que­de tran­qui­lo.

 

La Brujita en la concentración del Manchester.

La Brujita en la concentración del Manchester.

 

A me­dia cua­dra de su ca­sa vi­ve Roy Kea­ne, el ir­lan­dés de po­cas pul­gas que ca­pi­ta­nea al Man­ches­ter. Los dos se tie­nen bue­na on­da y am­bas fa­mi­lias ya se reu­nie­ron va­rias ve­ces pa­ra ce­nar. No de­be­ría con­si­de­rar­se una ra­re­za. Due­ño de un equi­po de con­for­ma­ción cos­mo­po­li­ta, al pun­to que tie­ne 13 ex­tran­je­ros en su plan­ti­lla ofi­cial, el club más po­de­ro­so del mun­do fo­men­ta un am­bien­te de cons­tan­te ca­ma­ra­de­ría. Es ha­bi­tual que se or­ga­ni­cen sa­li­das gru­pa­les, apun­tan­do a la in­te­gra­ción de aque­llos que tie­nen muy le­jos a sus afec­tos.  El asun­to es di­ver­tir­se y for­ti­fi­car­se en la con­vi­ven­cia.

El ves­tua­rio de Old Traf­ford es lo más pa­re­ci­do a una con­ven­ción de las Na­cio­nes Uni­das. Se es­cu­chan fra­ses en va­rios idio­mas, aun­que la len­gua ofi­cial es una mez­cla de to­das ellas... Pe­se a que su mu­jer es pro­fe­so­ra, la Bru­ji­ta es­tá bas­tan­te le­jos de ser una luz con el in­glés. Pe­ro se de­fien­de con “diez fra­ses fun­da­men­ta­les”, un po­co de ita­lia­no y los co­no­ci­mien­tos de cas­te­lla­no bá­si­co de va­rios com­pa­ñe­ros.

-A me­nos de un mes del Mun­dial, ¿preo­cu­pan más los ri­va­les o la ra­cha de le­sio­nes? En Ar­gen­ti­na la gen­te es­tá cru­zan­do los de­dos...

-No só­lo la gen­te... Las le­sio­nes preo­cu­pan, es la pu­ra ver­dad. Y no hay mo­do de pre­ve­nir­se. ¿Qué vas a ha­cer, sa­car la pier­na? Es peor. Nun­ca te po­dés guar­dar na­da. Y me­nos en es­te mo­men­to, don­de se es­tán de­fi­nien­do los cam­peo­na­tos más im­por­tan­tes y en to­dos los equi­pos hay ju­ga­do­res ar­gen­ti­nos que jue­gan en la Se­lec­ción. Hay que po­ner con to­do y en­co­men­dar­se a Dios.

-¿Y el Gru­po no preo­cu­pa?

-¿Y qué po­de­mos ha­cer con el Gru­po, cam­biar­lo? Son esos tres y chau. Ya es­tá. No po­de­mos ce­rrar los ojos y pre­ten­der que al abrir­los nos to­quen de vuel­ta Ja­mai­ca y Ja­pón. Son esos y nos va­mos a te­ner que des­lo­mar pa­ra pa­sar de ron­da.

-¿Qué fue lo pri­me­ro que pen­sas­te cuan­do te en­te­ras­te de los ri­va­les?

-Me acuer­do bien. Es­ta­ba ro­dea­do de in­gle­ses, en me­dio del ves­tua­rio del Man­ches­ter. Yo al­gún pre­sen­ti­mien­to te­nía, me lo pal­pi­ta­ba. Lo pri­me­ro que pen­sé es “Uy, qué ca­ga­da, nos po­dría ha­ber to­ca­do al­go más fá­cil”. Pe­ro des­pués te po­nés las pi­las y lis­to. Si no­so­tros so­mos Ar­gen­ti­na...

-¿Quién pu­so más ca­ra de sus­to: los in­gle­ses o vos?

-Yo no, me man­tu­ve bien, con ca­ra de pie­dra. Ellos me­dio que fes­te­ja­ban, pe­ro des­pués les en­tró el pá­ni­co, co­mo a to­dos...

-¿Con tus com­pa­ñe­ros in­gle­ses del Man­ches­ter ya hay apues­tas pa­ra el par­ti­do de Sap­po­ro?

-To­da­vía no. Su­pon­go que van a em­pe­zar la se­ma­na que vie­ne, cuan­do los tor­neos es­tén me­dio de­fi­ni­dos. To­da­vía no se ha­bla en pro­fun­di­dad del Mun­dial, pe­ro nos tie­nen un gran res­pe­to. Nos dan co­mo can­di­da­tos se­gu­ros pa­ra pa­sar y creen que ellos se tie­nen que ju­gar la vi­da con Sue­cia y Ni­ge­ria.

-¿Có­mo es ser un ar­gen­ti­no en In­gla­te­rra des­pués del sor­teo y des­pués de la le­sión de Beck­ham?

-A mí me tra­tan bár­ba­ro. No me pue­do que­jar ni en lo pro­fe­sio­nal ni en lo hu­ma­no. To­do ha si­do diez pun­tos. Siem­pre me hi­cie­ron sen­tir uno más y eso es muy im­por­tan­te. Y lo de Beck­ham, bue... La­men­ta­ble­men­te lo las­ti­mó un ar­gen­ti­no, pe­ro el ba­ti­fon­do lo ar­ma­ron más los dia­rios sen­sa­cio­na­lis­tas que la gen­te o el me­dio fut­bo­lís­ti­co in­glés. Los dia­rios que bus­can una po­lé­mi­ca ine­xis­ten­te, me­tien­do la ban­de­ra don­de só­lo hay es­pa­cio pa­ra una pe­lo­ta de fút­bol. Ojo, yo creo que a Dus­cher se le fue un po­co la pier­na. Fue una en­tra­da muy du­ra. Pe­ro de ahí a con­je­tu­rar que fue man­da­do por el cuer­po téc­ni­co ar­gen­ti­no hay una dis­tan­cia abis­mal e ina­cep­ta­ble. No­so­tros sa­be­mos que no fue con ma­la le­che. En­con­tró la pe­lo­ta y tam­bién la pier­na.

-¿Có­mo an­da Beck­ham por es­tos días?

-Bien, tran­qui­lo. Ten­go una gran re­la­ción con él. Por su­pues­to que ha­bla­mos del te­ma. Da­vid no le guar­da nin­gún ren­cor a Dus­cher. No me di­jo “Ar­gen­ti­no te­nía que ser ese bo­lu­do” o co­sas por el es­ti­lo. Lo to­mó co­mo un ac­ci­den­te de tra­ba­jo, no co­mo un ac­to pre­me­di­ta­do pa­ra per­ju­di­car­lo. Pe­ro tie­ne una gran tris­te­za. Tris­te­za que yo com­par­to por­que es una gran per­so­na. To­dos los fut­bo­le­ros que­re­mos ver a un crack co­mo Beck­ham en el Mun­dial. Oja­lá lle­gue.

-Al to­que de la ju­ga­da se vio que te eno­jas­te con Dus­cher, que le dis­te un em­pu­jón pa­ra sa­car­lo.

-Sí, sí... Por más que sea ar­gen­ti­no, yo soy com­pa­ñe­ro de Beck­ham y pa­ra mí le en­tró mal. Le di­je “Cal­ma­te, guar­da con la pier­na”. Na­da más.

La Bruja jugó un total de 73 partidos en la Selección, convirtiendo 9 goles y brindando 10 asistencias.

La Bruja jugó un total de 73 partidos en la Selección, convirtiendo 9 goles y brindando 10 asistencias.

Ca­mi­no a la con­cen­tra­cion de­fi­ni­ti­va en el Na­tio­nal Trai­ning Cen­ter Vi­lla­ge, en Ut­su­kus­hi­mo­ri, la Se­lec­ción ha­rá una es­ca­la de tra­ba­jo en un lu­gar fa­mi­liar pa­ra la Bru­ji­ta: el com­ple­jo que la La­zio tie­ne en For­me­llo. No es se­cre­to. Ro­ma lo se­du­ce y en­can­di­lla. Allí com­pró una ca­sa, allí via­ja ca­da vez que tie­ne un par de días li­bres, lis­to para com­par­tir al­gu­nas ho­ras con la fa­mi­lia del Pio­jo y con Her­nán Cres­po, to­da­vía fi­gu­ras en el club al que tal vez re­gre­se a me­dia­no pla­zo. El ai­re ro­ma­no le car­ga­rá los pul­mo­nes an­tes del asal­to de­fi­ni­ti­vo a Orien­te.

-¿Te ima­gi­nás un Mun­dial do­mi­na­do por la tác­ti­ca o de­fi­ni­do por las in­di­vi­dua­li­da­des?

-An­tes que na­da, creo que el as­pec­to fí­si­co ju­ga­rá un rol fun­da­men­tal. Va­mos a lle­gar con las li­gas re­cién ter­mi­na­das, sin una pre­pa­ra­ción ade­cua­da pa­ra un tor­neo tan im­por­tan­te. Y a eso de­be su­már­se­le el des­gas­te emo­cio­nal, que tam­bién in­ci­de. No creo que un equi­po sor­pren­da con al­gu­na cues­tión tác­ti­ca. Pe­ro me ima­gi­no un lin­do tor­neo por­que es­pe­cu­lar en un Mun­dial es di­fí­cil, muy di­fí­cil. Te la te­nés que ju­gar siem­pre. No di­go que se­rá un Mun­dial de los me­jo­res a ni­vel jue­go, pe­ro sí in­te­re­san­te.

-¿Y los ju­ga­do­res? ¿Hay al­gún ta­pa­do del que la pren­sa no se ocu­pa y te pa­re­ce que la va a rom­per?

-La­men­ta­ble­men­te, va a ju­gar con­tra no­so­tros. Acá, en el Man­ches­ter, te­ne­mos un co­lo­ra­di­to que es un fe­nó­me­no, Paul Scho­les. Pa­sa por un mo­men­to im­pre­sio­nan­te: va, vie­ne, mar­ca, jue­ga... Es­tá pa­ra ha­cer un gran Mun­dial y no no­to que se lo con­si­de­re de­ma­sia­do. Só­lo se ha­bla de los que la gen­te ima­gi­na: Zi­da­ne, Raúl, Fi­go... Y yo te su­mo otro que tam­bién la va rom­per: Pa­bli­to Ai­mar Me encanta.

-En es­te pro­ce­so pu­die­ron tan­tear­se con ca­si to­dos los can­di­da­tos –Bra­sil, Ita­lia, In­gla­te­rra, Ale­ma­nia– me­nos con Fran­cia. ¿Esa du­da los car­co­me?

-Noooo... Si Dios quie­re, nos va­mos a sa­car las du­das en el Mun­dial. Ya ju­ga­mos par­ti­dos con­tra se­lec­cio­nes im­por­tan­tes y, por suer­te, en la ma­yo­ría de los ca­sos nos fue muy bien. Es­ta­ría pio­la cru­zar­los en el Mun­dial por­que es un lin­do par­ti­do pa­ra ju­gar, pe­ro no es una cuen­ta pen­dien­te. Ya di­go: oja­lá se dé en el Mun­dial. Me­jor mo­men­to, im­po­si­ble.

-¿No le te­nés mie­do? Es el cam­peón del mun­do.

-¿Mie­do? No. Ar­gen­ti­na res­pe­ta a to­dos, pe­ro no le te­me a na­die.

-El año pa­sa­do de­cla­ras­te que te gus­ta­ría que la gen­te te qui­sie­ra más. ¿Hoy có­mo te sen­tís?

-No creo ser un ído­lo na­cio­nal, pe­ro a fuer­za de tra­ba­jar, me pa­re­ce que to­do el gru­po -no só­lo yo- se ga­nó un lu­gar en el co­ra­zón de la gen­te. Por ahí no so­mos una Se­lec­ción que­ri­da o ama­da co­mo pu­do ha­ber si­do la de Ba­si­le en el 94, que te­nía a Ma­ra­do­na, Ba­ti, Ca­nig­gia, Re­don­do, el Cho­lo. Ti­pos con ca­ris­ma que ade­más ha­bían ga­na­do dos Co­pas Amé­ri­ca. Es­ta Se­lec­ción no es tan ama­da, pe­ro lo­gró gran­des co­sas. Por ejem­plo, que la ma­yor par­te del pe­rio­dis­mo ha­ble bien de ella, al­go di­fi­ci­lí­si­mo en la Ar­gen­ti­na. Ese pre­mio, ese re­co­no­ci­mien­to al tra­ba­jo sí lo sen­ti­mos. No yo, si­no to­dos los chi­cos.

-¿Ya te­nés sue­ños con el Mun­dial?

-So­ñar, so­ña­mos to­dos los ar­gen­ti­nos. Me­jor di­cho: to­dos los ju­ga­do­res, por­que es­toy se­gu­ro de que el pue­blo ar­gen­ti­no hoy sue­ña con co­sas más im­pres­cin­di­bles e im­por­tan­tes que el fút­bol. Pe­ro los ju­ga­do­res sí so­ña­mos.

-¿So­ñás li­te­ral­men­te con los partidos de Japón, pa­tean­do a tu mu­jer en la ca­ma?

-No, no... Mi lo­cu­ra to­da­vía no lle­gó a tan­to. Pe­ro no des­car­to que ocu­rra des­de la se­ma­na que vie­ne.

-¿Qué el país es­té co­mo es­tá es una mo­ti­va­ción ex­tra pa­ra us­te­des?

-Sí, per­so­nal­men­te lo sien­to así. Quie­ro dar­le una ale­gría a la gen­te, aun­que du­re dos o tres días na­da más. Oja­lá se pue­da. Sa­be­mos que van a es­tar muy pen­dien­tes de no­so­tros.

-¿Y qué le di­rías a ca­da uno de ellos?

-Que es­te equi­po no va a cam­biar na­da de lo que han vis­to. Que es­ta Se­lec­ción ape­nas le va a agre­gar co­sas a lo que ya mos­tró y que a sus in­te­gran­tes les va a en­can­tar que la apo­yen por te­le­vi­sión. Que se­pan que no los va­mos a de­cep­cio­nar, pa­se lo que pa­se. Es­ta Se­lec­ción tie­ne las co­sas cla­ras des­de un pri­mer mo­men­to. Sa­be­mos que te­ne­mos la gran opor­tu­ni­dad de que­dar en la his­to­ria y va­mos a tra­tar de ha­cer­lo. Por no­so­tros y por la gen­te.

 


Los referentes y su evolucion

Mario Kempes / Argentina 78

Edad: 24 años

Así llegó

En ple­ni­tud fí­si­ca y fut­bo­lís­ti­ca. Fi­gu­ra del Va­len­cia y del tor­neo es­pa­ñol. Tenía un envidiable roce internacional, elemento que no poseían todos los integrantes del plantel de Menotti.

 

Mario Kempes.

Mario Kempes.

 

Antecedentes en mundiales: 1

Así le fue

El Ma­ta­dor fue una de las cla­ves del equi­po. Lue­go de una pri­me­ra fa­se de ren­di­mien­to in­ter­mi­ten­te, de­se­qui­li­bró a pu­ra po­ten­cia y se trans­for­mó en el go­lea­dor del equi­po y del tor­neo.

 

Diego Maradona / España 82

Edad: 21 años

Asi llegó

Aní­mi­ca­men­te, im­pe­ca­ble. Ve­nía de ser cam­peón con Bo­ca Juniors y de con­cre­tar­se su pa­se al Bar­ce­lo­na. Fí­si­ca­men­te, muy bien. Pe­ro te­nía po­co ro­ce in­ter­na­cio­nal.

 

Diego Maradona en España 1982.

Diego Maradona en España 1982.

 

Antecedentes en mundiales: 0

Así le fue

De­rra­mó su ma­gia con cuen­ta­go­tas. Pa­de­ció una vio­len­cia atroz, des­pro­te­gi­do por los ár­bi­tros. Y lo ex­pul­sa­ron por pe­gar una pa­ta­da an­te Bra­sil, des­bor­da­do por la im­po­ten­cia.

 

Diego Maradona / México 86

Edad: 25 años

Asi llegó

Mo­ti­va­dí­si­mo. De su ma­no Na­po­li co­pa­ba Ita­lia, arrodillando a los poderosos del norte peninsular. No te­nía nin­gún pro­ble­ma fí­si­co. Y ya acu­mu­la­ba 46 par­ti­dos in­ter­na­cio­na­les.

 

Diego Maradona en México 1986.

Diego Maradona en México 1986.

 

Antecedentes en mundiales: 1

Así le fue

La gran fi­gu­ra del tor­neo. Lle­vó a Ar­gen­ti­na al tí­tu­lo y se con­sa­gró co­mo nue­vo rey del fút­bol mun­dial. Com­bi­nó ta­len­to con ca­pa­ci­dad de li­de­raz­go, tan­to fue­ra co­mo den­tro de la can­cha.

 

Diego Maradona / Italia 90

Edad: 29 años

Asi llegó

Con la mo­ti­va­ción en al­za, tras ga­nar su se­gun­do scu­det­to con Na­po­li, pe­ro con el fí­si­co mal­tre­cho. Se le en­car­nó la uña del de­do gor­do y su­frió un se­ve­ro trau­ma­tis­mo en el to­bi­llo iz­quier­do. Debió infiltrarse para cada partido.

 

Diego Maradona en Italia 1990.

Diego Maradona en Italia 1990.

 

Antecedentes en mundiales: 2

Así le fue

Ero­sio­na­do en su ca­pa­ci­dad fí­si­ca ape­ló al co­ra­zón e igual lo­gró bor­dar al­gu­nas ge­nia­li­da­des, co­mo la ju­ga­da pre­via al gol con Bra­sil, definido por Caniggia. Su amor pro­pio con­ta­gió al equi­po, que lle­gó mi­la­gro­sa­men­te a la fi­nal.

 

Diego Maradona / EEUU 94

Edad: 33 años

Asi llegó

For­zó la má­qui­na dos ve­ces. Pa­ra vol­ver a la ac­ti­vi­dad y ju­gar el re­pe­cha­je con Aus­tra­lia, tras el mítico 0-5 con Co­lom­bia. Y pa­ra afi­nar la pre­pa­ra­ción de cara al Mun­dial.

 

Diego Maradona en Estados Unidos 1994.

Diego Maradona en Estados Unidos 1994.

 

Antecedentes en mundiales: 3

Así le fue

Lue­go de ju­gar en gran ni­vel fren­te a Gre­cia y Ni­ge­ria se le de­tec­tó efe­dri­na en la ori­na. El equi­po nun­ca se so­bre­pu­so al gol­pe aní­mi­co y que­dó eli­mi­na­do en oc­ta­vos de fi­nal.

 

Gabriel Batistuta / Francia 98

Edad: 29 años

Asi llegó

Fi­gu­ra cla­ve del fút­bol ita­lia­no. Go­lea­dor his­tó­ri­co de la Se­lec­ción, aun­que sin on­da con la ma­yo­ría de sus com­pa­ñe­ros y de­ses­ti­ma­do por el téc­ni­co Pas­sa­re­lla, que lo pu­so de ti­tu­lar por la pre­sión po­pu­lar y por la le­sión de Cres­po.

 

Gabriel Batistuta.

Gabriel Batistuta.

 

Antecedentes en mundiales: 1

Así le fue

Cum­plió con su cuo­ta de gol pe­ro no con­si­guió de­se­qui­li­brar en par­ti­dos de­ci­si­vos. Hi­zo cin­co y es­tu­vo a pun­to de eli­mi­nar a Ho­lan­da con un mi­sil im­pre­sio­nan­te, pe­ro un pa­lo le di­jo que no y la ilusión se esfumó.

 

Juan Sebastián Verón / Corea-Japón 2002

Edad: 27 años

Asi llegó

Bri­lla en su primera temporada en Man­ches­ter Uni­ted. En ple­na ma­du­ra­ción per­so­nal y pro­fe­sio­nal. Due­ño y se­ñor de los tiem­pos del equi­po de Bielsa. Lle­ga con la ex­pe­rien­cia y madurez de un Mun­dial y dos extensos pro­ce­sos eli­mi­na­to­rios.

 

Antecedentes en mundiales: 1

 

 

Por Elias Perugino y Diego Borinsky (2002).

 

 

 

 

Este puede ser “su” mundial

Para el ex técnico de la Selección, la Brujita es el mejor jugador del planeta, incluso por encima del francés Zidane.

 

A Se­bas­tian le vi gran­des con­di­cio­nes des­de su épo­ca de Es­tu­dian­tes. Yo se­guí mu­cho al equi­po que ju­gó el Na­cio­nal B en la tem­po­ra­da 1994/95 y ahí ya se no­ta­ba que el chi­co le pe­ga­ba bien a la pe­lo­ta, gam­be­tea­ba co­mo po­cos, no te­nía pro­ble­mas pa­ra pe­gar­le de de­re­cha y de iz­quier­da, tam­po­co pa­ra ju­gar de es­pal­das al ar­co y ade­más lle­ga­ba al gol. Te­nía to­das las con­di­cio­nes.

Ape­nas lle­gó a Bo­ca una de las pri­me­ras co­sas que hi­ce fue jun­tar­me con él y con Kily Gon­zá­lez en el Ho­tel No­ga­ró. Aga­rré un pa­pel y les em­pe­cé a mos­trar lo que iba a que­rer de ellos: uno por la de­re­cha y el otro por la iz­quier­da, co­mo lo que ha­cen hoy Za­net­ti y So­rin en la Se­lec­ción. Así em­pe­za­mos, pe­ro des­pués me di cuen­ta de que Ve­rón era de­ma­sia­do ju­ga­dor pa­ra te­ner­lo ahí, lo es­ta­ba des­per­di­cian­do. En­ton­ces le di­je: “Aho­ra vas a ju­gar li­bre, de­lan­te de Fa­bián Ca­rrizo, or­ga­ni­zan­do el jue­go”. Y lo hi­zo muy bien.

Se­bas­tián es co­mo el vie­jo: a los dos les gus­ta mu­cho ju­gar, ma­ne­jar la pe­lo­ta, aun­que Se­ba tie­ne más con­ti­nui­dad por la po­si­ción que ocu­pa en la can­cha. Ade­más, con el tiem­po se apli­có a la tác­ti­ca y apren­dió mu­chí­si­mo. A él le gus­tan esas co­sas, te es­cu­cha cuan­do le ha­blás. Pa­ra mí, Se­bas­tián es hoy el me­jor ju­ga­dor del mun­do, por en­ci­ma de Zi­da­ne y de cual­quie­ra. Por su mo­vi­li­dad, su an­dar, su tran­co lar­go, por có­mo le pe­ga a la pe­lo­ta y has­ta por el ca­be­za­zo. Yo siem­pre lo po­nía co­mo re­cep­tor de nues­tro ar­que­ro pa­ra que la pei­na­ra y tam­bién en la zo­na que caía el pe­lo­ta­zo del ar­que­ro con­tra­rio pa­ra que la re­cha­za­ra de fren­te.

Creo que és­te pue­de ser “su” Mun­dial. Tan­to de él co­mo de otros mu­cha­chos. No creo que re­pi­tan la ex­pe­rien­cia del mun­dial pa­sa­do, cuan­do se pe­lea­ron con el pe­rio­dis­mo: eso fue una lo­cu­ra, inad­mi­si­ble en una Co­pa del Mun­do. Du­ran­te un Mun­dial só­lo hay que pe­lear­se por ga­nar, no se pue­de an­dar gas­tan­do ener­gía en otras co­sas.

Por otro la­do, hay va­rios ju­ga­do­res que lle­gan con un Mun­dial de ex­pe­rien­cia, con tí­tu­los con­se­gui­dos en sus clu­bes en Eu­ro­pa, con mu­cha pla­ta y só­lo les fal­ta la glo­ria. Creo que la pue­den lograr.

 

Por Carlos Bilardo

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