¡Habla memoria!

1934. El terror de los valientes

Por Redacción EG · 15 de octubre de 2019

Por Frascara. Los deportistas más intrépidos y que enfrentan con valerosidad peligros o situaciones que espantarían a la mayoría, tienen como contraparte, temores insólitos.

Si es cierto que hasta la laucha más floja hace su agujero en el queso, también es verdad que ni la máquina mejor montada está exenta de que le falle una tuerca... Guapos de verdad hay muchos; valientes capaces de jugarse la vida en una carta. Pero el contraste surge, casi irremediablemente, como una confirmación a la ley de compensaciones. La diferencia está en que unos confiesan dónde les aprieta el zapato, y otros no...

Ante todo corresponde afirmar — y va de refranes — que lo cortés no quita lo valiente. Y lo terrorífico tampoco. Un hombre de coraje podrá sentir miedo ante la insignificante presencia de una laucha, sin que por eso deje de ser corajudo. Son fallas humanas, impuestas por la naturaleza, de las que no se salvaba ni el propio Napoleón. En efecto, según aseguran quienes lo conocieron de cerca, el glorioso guerrero contaba siempre con la influencia que en sus triunfos ejercía una estrella determinada, hacia la que iba, en vísperas de toda batalla, la mirada firme del gran estratega. Y cuando las pupilas de Napoleón no encontraban en la esfera celeste a la buena aliada, dícese que un frío de intranquilidad corría por la médula del conquistador de imperios. Si esa concesión se acordaba al más grande de todos los generales de la historia, ¿cómo va a empequeñecerse por una falla más o menos la valentía de un boxeador, de un automovilista, de un futboler o un acróbata? El terror que en determinados momentos pueda sentir el más guapo de los hombres es algo tan natural como el coraje que a veces surge del pecho de los cobardes. Que ni éstos, por eso, llegarán a ser valientes, ni aquéllos dejarán de serlo.

 

Luis Galtieri recibiendo un masaje. Cuando estaba por derribar a Osturni, el referee lo amonestó a causa de sus golpes de cabeza, esto provocó la irrespetuosa protesta de sus segundos y con ella la descalificación automática del pugilista.

Luis Galtieri recibiendo un masaje. Cuando estaba por derribar a Osturni, el referee lo amonestó a causa de sus golpes de cabeza, esto provocó la irrespetuosa protesta de sus segundos y con ella la descalificación automática del pugilista.

 

EMPIEZAN LOS EJEMPLOS

Voy a iniciar la serie con el relato de un caso extraordinario, que no pierde su significación por el solo hecho de que el protagonista no haya llegado a hacerse popular. Media mi palabra eso sea bastante, para que no se dude un momento de la veracidad de la anécdota.

Era éste un amigo nuestro, buen jugador de fútbol, pero, sobre todo, valeroso peleador de calle. Muchacho joven y de físico bueno pero no extraordinario, jamás acostumbró a observar las proporciones del adversario antes de entrar a repartir trompadas. Llevaba en la sangre, en el espíritu, esa indiferencia reforzada con su valentía. Le agradaba ponerse a prueba: cuando no se veía obligado a la riña por una provocación, era él quien provocaba. Y no lo detenían los impactos certeros y destructores del enemigo. Tampoco le asustaba el número que se le pusiera enfrente. Nunca preguntó cuántos había, sino que fueran saliendo... Ese era lo que se llama un valiente. Y sin embargo... Este amigo nuestro vivía en un barrio algo apartado, de escasa iluminación, y en una amplia finca, de altos, con muchas habitaciones, en proporción con el número de hermanos que formaban la familia. No era posible hacer tantas llaves como hermanos eran. Para salvar ese inconveniente, cada uno llevaba la llave de su pieza y la puerta de calle la abrían accionando un piolín secreto que ellos mismos habían instalado. Pues bien: cada vez que el muchacho llegaba a su casa de noche, lo invadía un terror invencible. Cautelosamente tiraba del piolín, se abría la puerta de calle, franqueaba el umbral con miles de precauciones y subía en puntas de pie, hasta el primer rellano de la escalera, donde ésta hacía un "viraje" cerrado. Ese era el momento trágico. Ahí colocaba al criminal la terrorífica imaginación del Turquito. Tenía miedo, pero hacía un llamado a su valentía: con todo sigilo alargaba una pierna, agarrado a la baranda con las dos manos, y con la punta de la alpargata ejecutaba un rápido movimiento, haciéndola tocar en el escalón superior y retirándola de inmediato. Dos o tres veces repetía la acción hasta que, seguro de que ahí acurrucado no había nadie, soltaba las manos de la baranda y, valerosamente, ascendía repartiendo al aire un remolino de swings, uppercuts y directos, por las dudas... Después, seguro de haber matado al asaltante, se acostaba tranquilamente. Así todas las noches. Quizá lo siga haciendo.

NOMBRES CONOCIDOS

¿Alguien puede dudar del coraje de Luis Galtieri, del "Chiquito" Galtieri, tantas veces puesto a prueba? ¡Nadie, absolutamente nadie!

Para el temple extraordinario de ese peleador nato no podían existir adversarios que lo atemorizaran. Lo hemos visto guapear frente a los más guapos. Solamente la cara de Galtieri, rostro sin perfil, era y es una patente de valentía. Para medirse con él había que ponerle hombres. No quería muñecos. Y cuando le tocó perder, cuando los golpes minaban su fortaleza, surgía su coraje indómito para certificar aquello de que no está muerto quien pelea. Este hombre, que siempre se agrandó, encarnando la estampa del valiente, ese físico hecho para soportar todos los castigos, tenía y tiene la más incomprensible, la más femenina de las debilidades: ¡Galtieri no puede ver una laucha, ni una rata, ni un ratón! Estará escuchando, complacido, un elogio a su bravura, evocando sus épocas de triunfo, sintiendo que sus músculos y su cuerpo todo es siempre de acero, pero basta que al bajar la vista descubra la vecindad de cualquiera de esos animalitos para que busque el refugio de una silla o de una mesa. Y lo confiesa él mismo:

— ¡Ah, sí! No sé qué me pasa, pero les tengo miedo a esos bichos.

Ya que hablamos de ratones, voy a recordar un hecho sucedido en el viejo Luna Park de la calle Corrientes al 1000. Entre los que concurrían a entrenarse todas las tardes figuraban el negro John Walter y el italiano Viotti, recios y guapos los dos. En cierta oportunidad se le ocurrió a uno de los presentes irritar los nervios del negro. Encontró en el suelo un ratón sin vida y con él se dirigió hasta el vestuario, guardándolo en un bolsillo del saco de Walter. Cuando éste terminó de vestirse, echó mano a ese bolsillo para sacar unas monedas. Los demás que, enterados del asunto habían ido a balconearla, vieron que al negro le daba un ataque de epilepsia. Por todo el cuerpo le zigzagueó una corriente eléctrica, tomaron sus cabellos la vertical más pura y su rostro se contrajo en mueca de terror. No se animaba a sacar la mano que seguía apresando al ratón.

Repuesto al cabo de un rato, pensó de inmediato en buscar otra víctima- Dando media vuelta, colocó al bicho en el saco de Viotti. Si el primer acto había sido drama, este otro fue tempestad. Viotti, apenas sintió el contacto del ratón y lo sacó para mirarlo bien, explotó en una inacabable serie de insultos contra todos los que le rodeaban.

— ¡Me tengo que pelear con alguien! ¡Ustedes saben que no aguanto los ratones!...

Desde entonces, le llamaron "el tano Aspamento"

 

Ramón Mutis y Ángel Segundo Médici. Dos baluartes defensores del Boca Juniors.

Ramón Mutis y Ángel Segundo Médici. Dos baluartes defensores del Boca Juniors.

 

MÁS BOXEADORES

El gremio del ring se presta para que resulte más extraña la  existencia del terror. Hombres que se arriesgan a que les desfiguren el rostro, que suben al cuadrado sin saber en qué condiciones descenderán de él, parecería que han cumplido ya la última condición para desterrar, no ya el miedo, sino el más leve temor por nada. Queda dicho, sin embargo, que la ley de las compensaciones es una realidad irrebatible. No serían hombres si no hubiera en ellos ese contraste. 

Quien lo haya visto pelear a Rayito con Justo Suárez no habrá dudado un instante de que el hispano-criollo era un valiente. Su enorme amor propio, su noción de la responsabilidad y su deseo de vencer siempre le hicieron ignorar la cobardía. Consecuencia de ese sentido del deber era uno de sus temores: lo torturaba la idea de que una mala performance suya provocara una reacción del público en su contra. Un solo silbido, una voz que escuchara, lo trastornaba íntimamente, amargándolo por mucho tiempo. Fuera del box, tuvo dos grandes obsesiones: la preocupación de que no se murieran sus padres, y la soledad. La primera pareció confirmarse, infortunadamente, cuando —seis meses después de fallecer su padre — Rayito moría en España. La segunda, la soledad, era su mayor y constante obsesión. Le gustaba aislarse, retraerse, pero sabiendo siempre que alguien quedaba cerca de él. En cambio, jamás hubiera pasado una noche solo en una casa de campo. Lo aterrorizaba la soledad, lo aniquilaba, lo consumía. Si por cualquier circunstancia debía quedarse solo en su casa, aunque fuera en la ciudad, en seguida llamaba a un amigo para que lo acompañara. Puede decirse, entonces, que los dos extremos inspiraban temor en Rayito: la multitud y la soledad.

De Justo Suárez, cuya valentía iba implícitamente en su propio estilo de pelea, puesto a prueba como nunca la noche en que cayó frente a Petrolle, sabemos nosotros que en contraste con su pujanza avasalladora, lo asustaba la más remota posibilidad de encontrarse enfermo. A menudo hablaba de su salud y requería la opinión de quienes le rodeaban:

—¿Cómo me encuentran? ¿Pálido, no es cierto? Me duele un poco la cabeza. ¿Cómo viene la gripe?

Y nosotros lo veíamos mejor que nunca. Algo por el estilo le pasa a Eduardo Vargas, ese fuerte peleador, amigo de ir siempre hacia adelante. Basta que haga un poco de frío para que se sienta propenso a constiparse. El mismo hace los cálculos:

—Estoy bien, pero me parece que voy a resfriarme.

Si en realidad se resfría, entonces nadie lo para. Ayudado por su propia sugestión, se enferma de veras.

 

Hay una figura, dentro de nuestro automovilismo, que goza de una merecida popularidad. Es la de Raúl Riganti. En la difusión lograda por su nombre, Raúl debe encontrar el mejor premio a su extraordinaria valentía.

Hay una figura, dentro de nuestro automovilismo, que goza de una merecida popularidad. Es la de Raúl Riganti. En la difusión lograda por su nombre, Raúl debe encontrar el mejor premio a su extraordinaria valentía.

 

TRES CASOS INTERESANTES

Juan Carlos Alanis, el extraño noqueador platense, ejemplo de serenidad en el ring, tiene una preocupación: los perros. Permite que se le arrimen y hasta se anima a pasarles la mano por encima nada más que para evitar el "qué dirán". Pero no lo hace muy a gusto... Cierto que a Alanis le asiste una razón poderosa para proceder así. Como se sabe, tiene dificultad al hablar; es algo "tarta".

Me explicó el porqué: siendo chico, lo asaltó un perro, lo mordió y de la fuerte impresión recibida nunca pudo reponerse enteramente. Quedó en él esa huella. Desde entonces, experimenta un explicable temor hacia todo representante de la raza canina. Otros ejemplares del reino animal, en cambio, gozan de la simpatía de Alanis. Este muchacho, que con gesto indiferente le quita el sentido a un adversario, se confiesa incapaz de matar una gallina.

Otro as de La Plata, José Caráttoli, es la antítesis del que cité anteriormente.

El peso pesado siente un entrañable cariño por los perros. Aparentemente, Caráttoli no le tiene miedo a nada. Estaba a punto de salvarse, pero como no hay regla sin excepción, encontré el contraste que por lógica tenía que existir.

Al campeón sin título le gustan los viajes, ha hecho uno a Sud África, y lo volvería a hacer. Pero, a pesar de eso, hay algo en él que le dice que si alguna vez le pasa algo será en una de esas travesías transatlánticas. Allá, escondido íntimamente, sin confesarlo, Caráttoli tiene ese temor, que raramente sale a flote. También Suárez Franco, el flaco que hizo derroche de coraje frente al Chileno Guerra, tiene su punto débil, o sus puntos, mejor dicho. Uno de ellos es muy común y, por lo tanto, de menor importancia. Me refiero a la nerviosidad que lo domina en la proximidad de sus peleas. Fruto de esto es su segundo temor: el miedo al primer round. Está seguro de que esos tres minutos iniciales son los de mayor peligro. No consigue desechar la idea de que lo puedan plantar knock out en la primera vuelta. Y lo más curioso es que no se explica el porqué de tal idea, pues hasta la fecha no le ha pasado nada.

DE AUTOMOVILISMO

Hay una figura, dentro de nuestro automovilismo, que goza de una merecida popularidad. Es la de Raúl Riganti. En la difusión lograda por su nombre, Raúl debe encontrar el mejor premio a su extraordinaria valentía. Frente al peligro de muerte, se agranda en serenidad y en desprecio por esa asechanza que, insolentemente, pretende cortarle el paso. Son innumerables las anécdotas que presentan al audaz volante sonriéndose en los momentos más trágicos. Riganti respira valentía; está hecho para sortear los mayores obstáculos. Hay en su silueta, en su andar, en su voz, un desafío impresionante.

Y bien. Quienes lo conocen de cerca aseguran que Riganti le teme a todo menos a la muerte. En esa frase queda definida su personalidad. A él no le vayan con minucias. Le interesa la valentía cuando hay que jugarse la vida, pero no está dispuesto a perder ésta en cuestiones sin importancia. Una gripe, un dolor cualquiera, el contratiempo de un mal negocio o el incidente con un amigo, lo preocupan al extremo, lo llevan a las mayores exageraciones. Su temperamento está hecho para eso: para ampliar toda sensación. Por todos lados ve la muerte, menos cuando la muerte está cerca. Sea este su mejor elogio.

 

Cuando Luis Rayo, a quien vemos sentado en el rincón, peleó contra Luis Vicentini, éste venía de disputar el campeonato del mundo y nadie creía en el triunfo del hispano-argentino. Sin embargo, aquella fue la noche de Rayo. Y hasta hubo centellas…

Cuando Luis Rayo, a quien vemos sentado en el rincón, peleó contra Luis Vicentini, éste venía de disputar el campeonato del mundo y nadie creía en el triunfo del hispano-argentino. Sin embargo, aquella fue la noche de Rayo. Y hasta hubo centellas…

 

LOS FUTBOLERS

Piernas recias, voluntad indomable, desaprensión por el peligro. Todas estas virtudes, y otras más, exhibe Francisco Varallo en la cancha. Va hacia el área penal adversaria, hacia la leña, donde le esperan los botines de los rivales para detener su avance, con un empuje que no sabe de flojedades ni de renunciamientos. Varallo se juega su integridad física todos los domingos. Pero hay que verlo antes del match... En esos momentos, mientras se prepara en el vestuario, Panchito es, muchas veces, una verdadera calamidad. Le duele todo, desde la cabeza hasta los pies, se siente abatido, le parece que va a hacer un partido muy malo.

—Che, dame un masaje aquí, que me duele... Y otro acá... Estos botines me molestan... Me parece que estoy descompuesto...

Todas son complicaciones antes de salir al field. Va a él con la cabeza gacha, pensando en sus nanas... Así, hasta que suena el silbato inicial. Ese es el remedio mágico. Desde que oye el pito, Varallo se cura. Tenemos otros casos, por el contrario, ejemplos de coraje como Bernabé Ferreyra o Arturo Scarcella, valientes de verdad, a quienes no se les puede encontrar el punto flojo. De Scarcella dicen sus compañeros que le tiene miedo a las diversiones. Por eso se acuesta a las diez. El mismo puesto que Scarcella ocupa en Racing, y con estilo semejante, lo desempeñó en Boca — durante muchos años y con grandes méritos — una figura popular: Mutis, o sea Ramón "el fuerte". El "gallego" Ramón era una garantía para su valla; todo lo que Bidoglio no se animaba a hacer, lo realizaba Mutis... Por eso lo querían tanto en las otras canchas, sin que a él le preocupara en absoluto.

Donde hacía falta una pierna recia, decidida, y un cuerpo inconmovible para derribar adversarios, ahí estaban la pierna y el cuerpo de Ramón Mutis. Este valiente también tenía su terror: el goal. No quería saber nada de responsabilidades. Que no se le echara la culpa a él de haber molestado al arquero en un tiro libre, o de haber hecho un foul penal. Cuando daba un golpe prohibido, se fijaba bien, previamente, dónde terminaba el área. Y al ejecutarse el shot, se alejaba del arco todo lo posible. La culpa de un goal: ese era el terror que le quitaba fuerzas.

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