Las Crónicas de El Gráfico

1975. La noche de los grandes.

Por Redacción EG · 18 de abril de 2019

En una época de oro del box nacional, en el Madison se enfrentaron por el titulo del mundo los argentinos Galíndez y Ahumada, y Carlos Monzón frente a Licata. Crónica, videos y fotos inéditas

La noche de los grandes

La lluvia de la mañana se transformó en sol. Y a las siete, todavía de día, salí del hotel. Preferí ir caminando hasta el Madison. Choqué a cada paso con esta ciudad sin freno. Y mientras transitaba la Sexta Avenida me preguntaba todos los porqués. El olor a aceite parecía descomponerme el estómago, mientras veía el desprejuicio de la gente, su mañana sin sentido, su hoy desorientado.

Yo había visto dos o tres veces la pelea Galíndez-Ahumada. Eran las noches de los miércoles o sábados en un Luna con pocos habitantes. ¿Por qué iba al Madison a verlos otra vez? ¿Y por qué en esta Nueva York agresiva, impersonal, casi cruel...? Ayer, 10.000 homosexuales desfilaron por la Sexta Avenida custodiados por la policía para reclamar "derechos". Al frente iban algunos padres portando carteles que decían: "Soy el padre —o la madre— y estoy orgulloso de mi hijo".

Ayer, también, los musulmanes negros se reunieron en este mismo estadio para reclamar "derechos". Antes de ayer, aquí en el Madison, Los Rolling Stones llenaron 19.000 butacas viciando la atmósfera de marihuana, mientras histéricos instrumentos y voces ofrecían un show detestable... ¿Qué tienen que ver Ahumada y Galíndez con todo esto? Sigo caminando, sigo recordando. Aquellas peleas ponían frente a frente a dos jóvenes del interior. Galíndez, de Vedia, criado en Luján, lustrabotas, changarín... Ahumada, de Mendoza, ordenanza de la casa de gobierno. Uno llegó sacando pecho, con los pómulos inflados de prepotencia para disimular la tristeza, y es campeón del mundo.

 

Galíndez y la llamada desde Buenos Aires: el deseo de buena suerte para un campeón.

Galíndez y la llamada desde Buenos Aires: el deseo de buena suerte para un campeón.

 

 

Monzón era transportado por la empresa del argentino, ex peso completo, Alexis Miteff.

Monzón era transportado por la empresa del argentino, ex peso completo, Alexis Miteff.

 

Del otro evocaba sus días del Mocoroa cuando llegaba en bicicleta para entrenarse esperando que lo llamaran de Buenos Aires. Trescientos mil para cada uno: la bolsa máxima de aquel romanticismo que murió en Nueva York. Hoy ya son dos hombres. Con familia, ambiciones, especulaciones, ganas, obligaciones.

De Monzón no pensé ternas cosas. París, Roma, Copenhague... Para mi Monzón estaba bien encuadrado en el show. Era —o me parecía— un hombre para el Madison, para la sofisticación de Nueva York. Tenía algo que ver con este mundo. Con el color, el medio y ese aroma tan especial que llena los estadios de memorables noches de boxeo.

 

Monzón y Galíndez se cruzaban en los entrenamientos en un buen clima.

Monzón y Galíndez se cruzaban en los entrenamientos en un buen clima.

 

 

Carlos Monzón haciendo guantes y pensando en Licata a pocos días del combate.

Carlos Monzón haciendo guantes y pensando en Licata a pocos días del combate.

 

 

Galíndez observa con detenimiento los movimientos del Campeón de peso mediano.

Galíndez observa con detenimiento los movimientos del Campeón de peso mediano.

  

 

Dos campeones criollos en New York

Dos campeones criollos en New York

 

Esa extraña sensación al pisar el Madison

Cuando llegué al Madison con Maffuche, Luján Gutiérrez --enviado de "Gente"— y Casabal —"La Razón"— comencé a sentir las palpitaciones que siempre se sienten cuando uno entra al Garden. Los discursos habían muerto. Aquello de que dos argentinos disputarían una corona y eso era un privilegio son mentiras. Viví con Galíndez cuatro días previos. Estuve con Ahumada contando cuentos, anécdotas y emborrachándome de Argentina la noche anterior como hasta las doce, la hora en que lo dejé en el departamento 998 del Statler Hilton Hotel. Llegar al Madison sabiendo que uno perderla era compartir la tristeza de alguna manera. Y aunque trate de acomodarme haciendo de cuenta que uno era de Zaire y otro de Uganda, dentro mío sabía que nada ni nadie me ofrecería una alegría total. Sobre el triunfo de uno estaría la derrota del otro. Todo parecía igual a aquellas noches. Sólo algunos contrastes. Por ejemplo, ver subir a Ahumada con una banderita norteamericana debajo de la bandera argentina. Y observar cómo Galíndez parecía sentir el diferente ámbito. Pero los gritos a la Argentina —"dale tal" o "matalo fulano"—, las caras del ring side, el ambiente en general, nos trasladaban a Buenos Aires. Cuando pensaba en aquello de una noche sin alegría total estaba lejos de sospechar lo que realmente ocurriría luego sobre el ring. Galíndez y Ahumada no cambiaron le historia de sus duelos, pero le dieron brillo a la noche del Garden. Cada cual con lo suyo: para Galíndez la fuerza desbordante y por momentos arrolladora de su potencia. Para Ahumada, la inteligencia del planteo y su mayor caudal de ciencia.

Totalmente descolocado, Ahumada pierde una izquierda larga mientras la derecha de Galíndez tampoco llega a destino. Aunque su poderío físico fue mucho mayor, el campeón no pudo definir categóricamente.

Totalmente descolocado, Ahumada pierde una izquierda larga mientras la derecha de Galíndez tampoco llega a destino. Aunque su poderío físico fue mucho mayor, el campeón no pudo definir categóricamente.

  Entre la necesidad de Galíndez por poner una buena mano y la cautela de Ahumada por no equivocarse ni un milímetro sus coberturas se generó una pelea con todos los matices. Hubo emoción, suspenso, expectativas, tensiones. Todo pareció conformarse de tal forma que hasta debió esperarse hasta el último round para desequilibrar la tarjeta. Para tener la pauta correcta sobre la cual opinar. Y mientras la pelea transcurría me iba asimilando también yo —y todos—al ambiente del Garden. Ver frente a frente a ellos era estar, literalmente, en el Luna o en la Asociación Mendocina, de ellos venía una corriente visual que nos retrotraía. Eran los mismos boxeadores, aunque los hombres —por sus alternativas de vida— hayan cambiado la perspectiva humana. En las horas previas, Galíndez me confesaba que iría sin subestimaciones ni superioridad. Ahumada, junto a su concuñado Jorge Leyes y una radio a transistores que llenaba su habitación, se había hecho este planteo: "No tengo nada que perder, ahora él es el campeón, él tiene la responsabilidad total".

Ataque esporádico del campeón, en el comienzo del combate. Al igual que frente a Ray Elson, Galíndez comenzó en forma cautelosa, dejando hacer a Jorge Ahumada y esperando en las sogas para sorprender con su contragolpe.

Ataque esporádico del campeón, en el comienzo del combate. Al igual que frente a Ray Elson, Galíndez comenzó en forma cautelosa, dejando hacer a Jorge Ahumada y esperando en las sogas para sorprender con su contragolpe.

  

Sobre el ring se confirmó todo

Galíndez, tal como lo había ensayado ante Fourie y desarrollado frente a Elson, asumió la pelea con calma. Sin ocupar un plano dominante, pero seguro en su fórmula de contragolpe. Estaba claro, desde el comienzo, que la tesis del campeón era esperar cualquier instancia, cualquier error de cálculo desde donde proyectar su temible gancho. Con esa mano había puesto nocaut a Ahumada en la tercera pelea y también con un gancho corto de izquierda había encontrado el triunfo en la última. La diferencia entre aquel Galíndez y éste fue que en el pasado los ganchos eran una consecuencia ofensiva. Ahora, en cambio, trataría de conectarlo en posición de contragolpe. Siempre los pegadores tienen el tiempo a su favor: una mano llega en una décima de segundos. Y la pelea tiene una du-ración de quince asaltos. Galíndez era consciente de que tenía para él 45 minutos a favor contra una elaboración sacrificada, pensada y atenta de Ahumada. Cuando digo que la pelea tuvo todo, pienso en los momentos más importantes y definidores, Por ejemplo: el tercer round. Pudo ser el final si el directo con el cual Galíndez derribó espectacularmente —cayó de frente a la lona luego de desplazar su cuerpo unos dos metros— al mendocino llegaba antes. El golpe estaba en el aire en el momento en que sonaba la campana. No era válido. Así lo entendimos todos y, fundamentalmente, el referí, Bill Recht, que se limitó a ayudar a Ahumada para llevarlo al rincón. Que el golpe no haya sido válido para el valor nominal del match no significa que no haya gravitado en el destino de la pelea. Haber encontrado esa mano fue un alivio para el campeón y un nuevo y definitivo toque de atención para Ahumada. Todo el respeto de la primera vuelta, todas las expectativas de las dos rondas sucesivas, quedaron cortadas por esta circunstancia. Mientras la gente abucheaba a Galíndez por el golpe fuera de término —para mí sin intención y sin tiempo de detenerlo en el aire—, Ahumada se reencontraba con un fantasma del que pretendió olvidarse antes y durante los tres primeros asaltos: La potencia del campeón. El cuarto, sería según creí, un round de despegue total para Galíndez, se suponía que saldría de su pasividad ofensiva para atacar abiertamente, que es por otra parte, lo mejor, y único, que realmente sabe hacer. No fue así. Continuó con su esquema conservador y Ahumada, de a poco, fue respirando y agigantando su imagen hasta llevarlo a su terreno: la pelea por línea interna. Esto significa que mientras Galíndez buscaba espacio desde donde reiterar una mano definitiva, Ahumada dio el paso adelante, le achicó la distancia y se quedó pegado a él. Planteada la pelea en el terreno científico, mejor Ahumada. Más preciso, más lúcido, más suelto y, sobre todo, mucho más inteligente. Del nocaut que todos esperaban se pasó a la pelea en la que nadie creía. Es más, el mendocino no sólo se adueñó de la distancia, también pasó a mandar en el ring con su izquierda bien volcada y un impecable cross de derecha que llegó muchas veces a los planos superiores del campeón. Uno de ellos —swing largo de izquierda— abrió levemente el arco superciliar izquierdo de Galíndez. Me acordé, entonces, de Johannesburgo. Cuando Fourie lo lastimó, apareció el campeón desbordante, enérgico, terminante. Aquí quiso hacer lo mismo. Pero hubo una notable diferencia: Ahumada es más que Fourie y el desorden de Galíndez fue frenado con el anticipo de la izquierda en jab.  

Caída espectacular de Ahumada, al final del tercer round, cuando Galíndez conectó su izquierda en el mismo momento que sonaba el gong. Si bien el golpe no fue puntable sirvió para variar el trámite de la pelea.

Caída espectacular de Ahumada, al final del tercer round, cuando Galíndez conectó su izquierda en el mismo momento que sonaba el gong. Si bien el golpe no fue puntable sirvió para variar el trámite de la pelea.

 

Los dos, con los papeles cambiados

Cada intento desenfrenado tenía su respuesta. Y a instancia de Tito Lectoure, y contra la opinión de Pradeiro, Galíndez volvía a ser contragolpeador. Una cosa resultaba totalmente clara: un peleador —Galíndez— que quería "boxear"; un boxeador —Ahumada— que no tenía más remedio que pelear. Entre los errores que podían deslizarse de uno y otro, perdía Ahumada. La explicación es simple: Si Galíndez quedaba con los pies cruzados en ataque o una mano se perdía en el vacío no pasaba nada grave para él. Si Ahumada al pelear descubría un milímetro cualquiera de sus palancas o erraba en un barrido o llegaba tarde a taparse, sería definitivo en su contra. No era el único contraste: Ahumada caminaba permanentemente sobre el filo del nocaut. Y esta situación era percibida por la mayoría del público. Es muy difícil para un hombre no tener derecho a equivocarse. Ahumada no lo tenía. En cambio Galíndez podría seguir equivocado tácticamente, podría continuar errando manos o quedar en posiciones poco ortodoxas. Al final —él lo sabía— su fuerza sería desequilibrante en el momento de conectar o chocar algún golpe.

 

Final, la fuerza del campeón

En el 7° asalto la pelea sólo tenía una definición potencial. Era pareja en su desarrollo y sin mayores suspensos en su final. Ahumada ganó el 7°, acaso su mejor vuelta—, el 8° y el 10°. Pero en el 8° se produce otra situación que pudo haber gravitado. Ahumada chocó su cabeza —cosa que hizo dos veces más después— yle abrió una profunda herida a Galíndez. Una herida en forma de cruz que, de acuerdo con el primer diagnóstico del doctor Paladino, demandaría unos 30 días de recuperación. Un centímetro más abajo habría provocado la deserción de Galíndez. No fue así, pero en cambio produjo un vacío mental del campeón que le duró hasta el final del 11° round. Recién entonces pudo Galíndez replantear el combate y reencontrarse consigo mismo. Dejó al boxeador imperfecto y vacilante —más que eso, desorientado— en el rincón y pasó a ser el "fierrero" o el "fajador" o el desbordante. Con una izquierda sin prolijidad pero vigorosa, enganchó otra vez a Ahumada, que veía perdido todo cuanto había elaborado en los cuatro rounds anteriores. El final de la vuelta —la 12°—lo sorprendió tomándose de Galíndez. Y un minuto después, en el 13°, Galíndez reencontró el camino y, se diría, el legítimo triunfo. Otra vez Ahumada vacilante. Otra vez Galíndez dominador. Otra vez el Madison de pie. Otra vez la gente acompañando con sus gritos. Otra vez la pauta uno que precedió al encuentro. Ya Ahumada no tenía más elementos que su guapeza y su experiencia para llegar hasta el final. Y las figuras contrastadas que daban la clara imagen del combate: uno que quería —y aún podía— contra otro, Ahumada— que ya no podía ni quería. Entre el mejor boxeador entre ambos y el más vigoroso de los dos, surgía sobre el final el desequilibrio que hizo indiscutible la decisión del referí y de los dos jurados. Se vio con claridad que en los últimos asaltos la diferencia de presencia física era notable. Y creo que allí estuvo la explicación de este triunfo.

 

 

En la hora del balance sereno

Quedan, naturalmente, algunos elementos para evaluar. Galíndez aun ganando, fue menos de lo esperado. Ahumada, el perdedor, nos sorprendió a todos. Esto parecería un contrasentido si no recordáramos que uno es el campeón del mundo, cuatro años más joven, menos peleas y en el momento espiritual más elevado. Del otro lado un Ahumada que buscaba por tercera vez su chance para coronarse campeón, que hacía nueve meses que no peleaba y que venía, como última

performance, de una categórica derrota ante John Conteh, el campeón que reconoce el Consejo Mundial. No tuve tiempo de seguir preguntándome por qué. Cuando le levantaron el brazo a Galíndez miré hacia atrás. Vi caras argentinas, gestos argentinos, actitudes argentinas. Vaya a saber por qué —aunque lo sepamos— el lustrabotas de Luján y el ordenanza de Mendoza tuvieron que enfrentarse aquí, en esta Nueva York distinta y única. Pero yo los vi en el ring del Madison Square Garden. Juro que los vi...

Dijo Ahumada: "Galíndez me ganó bien. No sé si podría asegurar que está progresando, pero se ve duro, cada vez más fuerte. Creo que la piña que me dio después de la campana —3er. asalto— me perjudicó. Pero vamos a dejarlo así... Ahora voy a descansar y luego veré qué hago. Mi hijo mayor estudia en un colegio privado, mi casa ya está casi paga, he podido traer a mis padres a que pasaran dos meses de vacaciones y llevamos una vida llena de satisfacciones. Por eso subí con banderita americana. Este país me dio muchas cosas y nadie me quitará mi condición de argentino. Eso se lleva en el alma. Pero quiero que se pongan en mi lugar, ¿dónde estaría yo si no hubiera venido aquí? ¿En qué otro país, fuera del mío, me habrían dado estas ventajas?" "Volviendo a la pelea, no hubo grandes diferencias, sólo las justas a favor de Galíndez. Ojalá que le vaya bien y que tenga suerte. Es un tipo de abajo, como yo, y el boxeo nos permitió salir del pozo."Dijo Galíndez: "Se me rompió la mano izquierda. No la sentía después del 6° round. Además, las heridas en los arcos superciliares. Creo que el cabezazo fue con mala intención. Ahumada está muy bien. Antes yo lo embocaba y se quedaba como un zonzo esperando el remate. En cambio ahora está atento, sale bien hacia atrás o a los costados y responde siempre. Creo que fue superior a todo lo esperado. Menos mal que no le hicimos caso a los que nos decían que era fácil... Fue bien difícil, y tuve que trabajar para ganarle. Ahora creo que voy a Sudáfrica, a la revancha con Fourier, y luego a Dinamarca. Están por arreglar una pelea allí con un danés ranqueado. Mientras haya pelea y dólares, vamos...".

  

El pesaje previo al duelo Monzón-Licata con algunas chicanas del argentino.

El pesaje previo al duelo Monzón-Licata con algunas chicanas del argentino.

 

Fuera del ring, otro Monzón

Qué distinto a otras veces. Lo sentí más lejos que nunca. Y creo que no me pasó sólo a mí. Fue una reflexión que hicieron casi todos los enviados especiales. Pero de ninguna manera es una crítica. Decir que sentí lejos a Monzón es decir que este Monzón de Nueva York fue distinto, acaso más amable. Tal vez más identificado con obligaciones que antes no sentía. Pero menos afectuoso en el trato de adentro. Cambiando aquella religión del silencio que lo sumergía nada más que en la pelea y su oficio de campeón por esta actitud a veces hostil detrás de una sonrisa. Si hasta pareció que su figura era diferente. El domingo, en el gimnasio de Bobby Gleason su cuerpo lustroso por la vaselina dejaba ver las formas internas de su aparato digestivo, de sus costillas, de sus bíceps sin un trazo de más. Y absorbido por mucha gente que no había visto antes en ninguna parte y que parece constituir un mundo nuevo. El de los negocios, las palabras lindas, las actitudes facilitadoras. Ese día me dijo: "Estoy mejor que nunca, ¿vos sabes? Es como si hubiera peleado hace un mes, estoy a punto". Y con esa premisa llegó esta noche en que por primera vez se exponía al gran mundo del boxeo que es los Estados Unidos. Antes, cuando subía al ring, levantaba los brazos, apretaba los dientes, evitaba observar al rival y se mostraba ansioso. Hoy lo vi más suelto que aquella tarde en el Luna Park, cuando peleó con Mundine. Se diría que por primera vez la pelea para Monzón era una cuestión ordinaria, de rutina. Enfrente, Licata. Un rival de poca reputación. De discutido prestigio. La gente, de cualquier manera, "no fue a ver la pelea": fue a ver a Monzón. Incluso estaba en el Madison Ray Sugar Robinson, que llegó desde Los Ángeles para ver de cerca al hombre que batió el record. El resultado se sabía. Nadie daba nada por Licata. Ni siquiera, pensamos respetuosamente, el propio Licata. Se trataba de ver en acción al gran campeón. Que lo sigue siendo... Y hubo hacia él una actitud, al principio, de admiración. La misma que se advirtió en las calles de Nueva York. Ser famoso en Nueva York es la cosa más difícil del mundo. No todos los campeones podrían transitar por sus calles y ser reconocidos. Ahora que uno lo va pensando mejor, cuántas cosas han pasado en la vida de Monzón. Todo está a su disposición: lo alcanzable y lo imaginable. Todo parece reducido ante su figura: los hombres y las cosas. Será tal vez por esto que lo noté —o lo notamos— distinto. Será tal vez por esto que cuando hablemos de Monzón no lo emparentemos con "el muchacho de Santa Fe". Tal vez a usted le parezca ilógico. A mí me parece lo más lógico del mundo. Lo que ocurre es que ante la misma cara cuesta trabajo ver a otro hombre. Lo importante, en todo caso, es saber si el campeonísimo existe. Y aunque usted ponga ciertos reparos —por lo que vio por televisión— le diría que sí, que existe.

 

Por las calles de New York

Por las calles de New York

 

 

Carlos Monzón

Carlos Monzón

 

 

De compras

De compras

 

Por qué Carlos no ganó antes

Cuando pelean un hombre alto y un hombre bajo, el alto corre el riesgo de no lucir. Si se agacha para ponerse a la altura de su rival, arriesga mucho que le peguen. Le está dando una chance táctica a su adversario. ¿Qué debía hacer Monzón ante Licata? Lo que hizo, pero a un ritmo diferente. Después de nueve meses de no pelear es bastante lógico que a un boxeador le falte sentido de la distancia y del tiempo. Esto no lo da el gimnasio, lo dan las peleas. A Monzón le faltó ese sentido de la distancia, lo que motivó tantos golpes sin destino. Pero éste no fue su error. Digamos que si lo hubo fue otro: el de no respetarse el ritmo. Monzón no es un hombre para acelerar el trámite de una pelea porque es naturalmente lento y su capacidad de aire no le permite ciertos lujos. No tiene nada para regalar. En el segundo round, cuando vio que era fácil pegarle, aceleró y repitió aquello que vimos ante Bouttier en París —primera pelea—: se ahogó. Por eso la tercera vuelta fue de transición, y la cuarta, al fin, la que marcó el camino.

 

La derecha que abrió el camino. Lo tiró a Licata en el octavo round, y cada vez que Monzón la conectó produjo deterioro físico en el desafiante.

La derecha que abrió el camino. Lo tiró a Licata en el octavo round, y cada vez que Monzón la conectó produjo deterioro físico en el desafiante.

 

Cuando se paró puso las manos sin excesos en sus descargas y comenzó a funcionar con esa izquierda —un puñal—: la pelea quedaba asegurada. Licata, un rival que sólo expuso guapeza y tesón —hasta lo inhumano—, no tenía alternativas tácticas o estratégicas. Una variante que encontró Willie Pepp, su segundo principal, aquel gran campeón, fue el giro sobre la izquierda de Monzón. Consiguió algo: que el campeón se cansara y Brusa tuviera que replantear la cosa dejando que la pelea se vaya realizando por gravitación. Cuanto más giraba Licata, más se cansaba. Y como sólo se trata de pararlo para poderle pegar, lo dejaba. Todos los rounds, hasta el 8°, fueron una copia. Monzón avanzando "lentamente", Licata intentando defenderse con el uno-dos, y punto. Una pelea mala, aburrida. Casi sin jerarquía.

 

El desafiante recibe un directo de derecha de Monzón. Los brazos bajos y sin la movilidad de los primeros asaltos. Licata ya está prácticamente vencido.

El desafiante recibe un directo de derecha de Monzón. Los brazos bajos y sin la movilidad de los primeros asaltos. Licata ya está prácticamente vencido.

 

 

El final se acerca inexorablemente. Todo termino en el décimo round.

El final se acerca inexorablemente. Todo termino en el décimo round.

 

 

El trabajo de Monzón a punto de culminar. Nueva caída de Licata. La pelea había dejado de ser tal.

El trabajo de Monzón a punto de culminar. Nueva caída de Licata. La pelea había dejado de ser tal.

 

En el 8°, el primer —y definitivo, aunque el combate continuó— síntoma de definición: derecha en cross del campeón, caída, cuenta. A esa altura el retador era una absurda humanidad expuesta a la ridiculez de un boxeo criminal. Monzón lo tiró en ese round, y eso no fue nada, le dio una paliza terrible en el 9° sin que el referí Tony Pérez, ni nadie, dijera nada. El final estaba tan cantado que la sensación de nocaut se transformaba de una actitud eufórica, en una ruidosa manifestación de piedad.

Y definió en el décimo. Primero fue un cross de derecha que provocó la segunda caída. Después, de contra, en forma ascendente y perfecta, un gancho que lo sentó. Y aunque Licata se repuso de inmediato estaba totalmente dormido, vencido y destruido. El referí no se animó a contar: hizo visibles gestos que allí se acababa la pelea. Después la sonrisa de Monzón y el salto de los muchachos al ring. El brazo en alto siguiendo con esta tradición ganadora que la historia del boxeo deberá imponer en su lugar más preferencial.

 

El fin de la demolición. Licata recibió otra combinación de Monzón y cae por última vez, El árbitro declaró ganador al campeón, dominador absoluto.

El fin de la demolición. Licata recibió otra combinación de Monzón y cae por última vez, El árbitro declaró ganador al campeón, dominador absoluto.

 

Lo que queda de esta actuación en los Estados Unidos

Licata fue un rival simple, pero incómodo para trabajarlo con serenidad. Y aunque esto de por sí no alcanza como explicación, Monzón nunca se sintió tan sereno y tan seguro para una pelea como para ésta. Cuando hablé de aquel cambio advertido en su comportamiento no aporté otros cambios en su función de boxeador. Monzón en el 3er. round hizo algo que nunca había hecho: llamar a su rival a pelear. Y en el 9' algo mucho más "grave" —que se entienda bien—: permitió que Licata se repusiera de un resbalón. Dos años atrás, lo hubiera puesto nocaut. Si esta frase lo explica el campeón ha dejado de ver a sus adversarios como "enemigos"; ahora los ve como adversarios. Es como sí se le hubiera escapado la fiereza que lo distinguió o la agresividad que lo impuso. Ya puede considerarse un boxeador igual a los demás, o, por lo menos, a la mayoría. Es cierto que no lució, pero no fue exigido para eso. Y si recibió algunos golpes de Licata es porque le convenía el negocio de dejarlo entrar para poder conectar los suyos. Ahora el ring queda desierto. Se apagan las luces. Desde Kuala Lumpur, Malasia, vendrán en color las imágenes de la pelea Alí-Bugner. Ese ring se ha prestigiado. Le ha dejado, para siempre, las huellas un gran campeón: que pase el que sigue...

 

 

 

El vestuario del campeón que sigue siéndolo

Los policías abrieron el pasillo. La cara tumefacta de Tony Licata era un cachetazo a la sensibilidad. Su hermano mayor pasó junto a él abrazándolo y arrastrándose con un llanto que estremecía. Si hubiera sido su hermano hubiera llorado como él... Detrás Monzón y su séquito. Gonzalito, Brusa, el profe Russo, Rosales, todos. "¡Qué guapo que es!" Fue lo primero que dijo mientras se desajustaba las botas. Luego, quitándose la ropa, comenzó a hablar en voz alta: "Me ahogué en el 5°, por eso no quise hacerme el loco. Me quedé piola esperando el momento de ponerlo. Además, ¿qué querés?, nueve meses sin pelear se sienten. Por eso me faltaba distancia y algunos golpes fueron al aire. Pero lo importante es que me sentí bien. Eso sí, es una barbaridad eso que hacen aquí de dejar pelear a un tipo. Vos sabes que cuando le metí el cortito ése, el último, el de la caída que se levantó en seguida, no lo quería creer. Cómo puede ser, digo yo, que después de las piñas que le di a este tipo se levante. Y antes, cuando le había puesto el cross en el rincón, en la primera caída, te juro que creí que no se levantaba más... Es una lástima, porque si a ese tipo hoy lo hubieran sacado en el quinto o sexto round, el año que viene es campeón del mundo. ¿Sabés qué bien boxeó?, y qué guapo es... Y otra cosa: es rapidísimo el loco..."

 

Brusa y Monzón. Con ellos, un grande de nuestro boxeo: Alexis Miteff.

Brusa y Monzón. Con ellos, un grande de nuestro boxeo: Alexis Miteff.

 

 

Aparece Bouttier en escena

Después se fue a la ducha, Entró Bouttier para saludarlo. Escuchamos este diálogo: Bouttier: "Muy bien, Carlos, sos un bárbaro. ¿Cómo hacés para que los años te den fuerza? Monzón: "Soy feliz, es la mejor forma de ser fuerte y ganador". Lo dejamos allí. En medio de la invasión de fotógrafos. Entre las súplicas de Rodolfo Queeblen, jefe de prensa del Madison, que invitaba a Monzón y los periodistas a que pasaran a una sala contigua para una conferencia de prensa. En el fondo, en un banco, Galíndez y la frente emparchada. Y Tito con su interminable cigarrillo: "Esto que vimos hoy aquí fue un crimen organizado."

Coincidimos con Tito. Conferencia de prensa. Declaraciones convencionales:

▪ "Voy a pelear con Rodrigo Valdez, si Valdez quiere."

• "Me cansé un poco, pero me duró dos rounds, después me recuperé."

• "Mañana salgo para Buenos Aires."

• "No, perdóneme, hágame preguntas sobre mí y sobre la pelea, de mis cosas personales no hablo, son mías."

• "Licata me pareció un rival guapo, pero el referí debió haber parado antes la pelea."

• "Descansaré dos semanas y seguiré trabajando."

 

La intimidad del campeón.

La intimidad del campeón.

 

Final de la noche. Consulado argentino. Con la presencia del embajador Orfila y todos los ministros del cuerpo diplomático. Empanadas y vino. Y después Monzón que sale para ir a descansar. Brusa que está feliz por el triunfo aunque con algunas preocupaciones. Y la noche. Y Nueva York. Y este télex que me esperó para contar todo. La historia sigue...

 

DOS REYES EN NUEVA YORK

 Por las mañanas el trabajo de Galíndez y de Monzón fue realizado bajo diferentes métodos. Primero Monzón, que hizo un promedio de media hora de footing, diez minutos de gimnasia y un breve picado de fútbol junto a Rosales, Gonzalito, el profesor Russo y, naturalmente, Brusa. Cuando Monzón promediaba su trabajo llegaba Galíndez con Lectoure, Pradeiro, Roberto Galíndez y Aguirrezabala. El footing duró una hora diaria, luego una sesión de gimnasia dirigida por Tito y una recreación de diez minutos. Cuando ambos grupos se encontraban, se intercambiaban saludos y nada más. Por las tardes, en el Felt Forum, gimnasio que utilizaron hasta el sábado, en que se trasladaron al de Bobby Cleason. Galíndez llegaba una hora antes que Monzón y allí se encontraban sin alternar demasiado. Se cambiaron en diferentes vestuarios y regresaban al hotel en diferentes vehículos de una misma empresa, la de Alexis Miteff, aquel formidable peso completo argentino que se radicó aquí hace unos quince años.

* * *

Monzón no fue al aeropuerto a buscar a Susana Giménez. "Cuando me concentro —dijo el campeón—sólo pienso en mi trabajo y en la pelea. A Susana la veré después de la pelea; antes, nunca." (Y fue cierto).

 

Monzón apunta. Lectoure observa. La puntería volvió a ser exacta.

Monzón apunta. Lectoure observa. La puntería volvió a ser exacta.

 

***

Para Ahumada no había complejos antes del combate. Cuando le preguntamos sobre las derrotas anteriores y su influencia sicológica, respondió: "Es cierto, pero esta vez el campeón es él, el que arriesga es él y el que asume el mayor compromiso es él... Yo soy un simple retador que no tiene nada que perder." A esta altura sabemos que aquello era cierto. Porque el resultado no tiene nada el pasado...

***

Cuando llegaron los jurados argentinos Albin y Amadeo fueron sometidos a un examen médico comparado solamente con el de un soldado que va a la guerra. Chequeo médico completo, electrocardiograma, electroencefalograma, revisión de piel, de vista y de oídos. Luego, vino el examen teórico. Mil preguntas... Al final les dieron el pase como jurados internacionales habilitados para actuar en el Estado de Nueva York. Fue tan exhaustivo el examen que el señor Amadeo —del aeropuerto a la Comisión— reflexionó en un momento: "Yo vengo de jurado, no soy el que pelea..."

  

Dos reyes en Nueva York.

Dos reyes en Nueva York.

  

La delegación se alojó en el hotel Barbizon Plaza. La elección obedeció a su proximidad con el Central Park —enfrente del hotel—, lugar del footing. Monzón fue alojado en una suite y Galíndez en otra. Al segundo día se lo quiso pasar a Carlos de la suite a una habitación doble, pero común. Monzón se enojó mucho y Lectoure intercedió ante Don King para que fuera alojado en la suite que se le había asignado originariamente. Cuando Héctor Maffuche, nuestro fotógrafo, se metió en la suite de Monzón, éste le preguntó si la de él era mejor que la de Galíndez... Curiosamente, cuando fue a la de Víctor, éste le preguntó si la de él era mejor que la de Monzón... En veinte días, como se ve, Monzón no fue a la habitación de Galíndez ni Galíndez a la de Monzón...

No obstante, tanto Monzón como Galíndez se preocuparon mucho por desmentir cierta tirantez en sus relaciones. Es cierto: no había problemas entre ellos en forma visible, pero tampoco un gran diálogo. Y es bastante lógico que así fuera. Como dice Lectoure: "Es muy difícil tener dos vedettes en el mismo teatro.

La delegación argentina comió, todos los días, en el restaurante "La Milonga", del amigo Talanga. Comida argentina y bifes a punto, pedidos una hora antes por teléfono. El domingo, Talanga invitó a todos a comer a su restaurante de la 9° avenida. Y notamos que el agregado que Monzón había hecho a su menú de todos los días denunciaba una condición física tan excepcional como nunca: dos huevos fritos. Todos los días Monzón acompañó su bife o su medio pollo con dos huevos fritos. Esto nunca había ocurrido antes.

Galíndez, en cambio, era más austero para comer, aunque más sediento. Con una variante: fue el único en la mesa —integrada siempre por una docena de personas— que nunca tomó vino u otra bebida alcohólica.

 

Ambos boxeadores retuvieron sus Títulos en el Madison Square Garden.

Ambos boxeadores retuvieron sus Títulos en el Madison Square Garden.

Uno de los espectadores famosos con quien chocamos al ingresar al Madison fue Jean Claude Bouttier. Declaró que no boxeaba más, se dedicaría a las carreras de motos y pretendía ser promotor de boxeo en París.

Al comenzar la pelea de Galíndez-Ahumada el estadio estaba al treinta por ciento. Sobre las presentaciones, ambos fueron aclamados con igual estridencia. Se diría que la colonia argentina, a la vez, le brindó el mismo recibimiento a los peleadores compatriotas que a Susana Giménez, que ingresó a las ocho con un largo vestido negro, peluca pelirroja y paso distinguido.

 

Ya todo terminó. Monzón fue rey en Nueva York y recibe, en compañía de Susana Giménez, las felicitaciones del embajador argentino Alejandro Orfila.

Ya todo terminó. Monzón fue rey en Nueva York y recibe, en compañía de Susana Giménez, las felicitaciones del embajador argentino Alejandro Orfila.

 

Luego de las presentaciones Monzón buscó a Susana Giménez, le lanzó un beso y con el protector —de Aguirrezabal, pues el suyo se lo robaron junto con las botitas y el protector genital— le murmuró desde lejos: "Esta te la dedico a vos".

No fue la mujer más descollante: también estaba Laura Antonelli, que dijo ser admiradora de Monzón, y declaró: "Me gustaría filmar con él...".

No fueron las únicas figuras del jetset. No faltó tampoco Jean Paul Belmondo, quien, como siempre, se disponía a presenciar una pelea de Monzón. Se lo pasó filmando y sacando fotos.

No actuó, como se había anunciado, Horacio Deval. Nadie supo explicar por qué. En cambio actuaron "Los Gauchos", dirigidos por Juvenal Barboza, que en la noche argentina, con el gran show argentino, comenzaron su actuación con una guarania paraguaya.

A I terminar la pelea de Monzón, Palito Ortega —que viajó especialmente—dijo: "Me tuve que ir un cacho antes porque  me pareció ser testigo de un crimen". Se refería, obviamente, a la paliza que recibió Licata. En cuanto a Galíndez-Ahumada: "Nadie creía en Ahumada, qué buen boxeador. Entre su inteligencia y la potencia de Galíndez saldría un campeón imbatible".

EI consulado de la Argentina en Nueva York hizo una demostración a la delegación el viernes pasado. Uno a uno fueron desfilando los integrantes del staff consular. Y cada vez que alguno le daba la mano a Monzón era presentado como "ministro tal". Al quinto funcionario, Monzón, en voz alta y cara a cara exclamó: "Pero aquí son todos ministros..." No fue todo. Uno de los ministros, con tono doctoral, le preguntó al campeón: "Y, dígame. che, ¿cuándo pelea usted?" A lo que Monzón respondió: "Dígame, ¿usted no lee los diarios?"

 

Primero, titubeos; después, sonrisas. Monzón y Valdez.

Primero, titubeos; después, sonrisas. Monzón y Valdez.

 

El encuentro entre Monzón y Rodrigo Valdez fue sorpresivo. Nadie sospechaba que una tarde —la del jueves—iba a caer Valdez por el Felt Forum en el momento en que Monzón se entrenaba. El colombiano llegó acompañado por Melanio Porto Ariza, su manager, y Gil Clancy, su entrenador. Al principio hubo titubeos de ambas partes. Estaban a diez metros y ninguno se animaba a acercarse. Por fin Rodrigo avanzó unos pasos, se paró ante Monzón cuando éste realizaba saltos a la soga y se quedó allí, expectante, sin que Carlos cambiara su ritmo. Todos nos mirábamos y nadie sabía qué hacer. Por fin una casualidad hizo la presentación. El mango de la soga se cortó y a Monzón se le ocurrió un chiste: "Mirá la fuerza que tengo..." Tras el aflojamiento de las tensiones, sobrevinieron las sonrisas, el apretón de manos y los chistes mutuos. Al día siguiente Monzón diría de Valdez: "¡Qué chiquito es! ¡Cómo lo voy a reventar!".

Y la pelea parece que se hará. Monzón firmó un contrato en las oficinas de Don King en pleno corazón del Rockefeller Center por 250.000 dólares libres. Pidió, además, los derechos de radio y televisión y le fueron negados. Pidió, también, la publicidad de la ropa y le fue negada. Hubo una pequeña discusión entre Don King y Monzón y al final quedaron en estudiar el asunto de la publicidad. El combate se haría en Nueva York, Montecarlo o París. Y la fecha estaría alrededor del 15 de octubre próximo. "Esta sí que será mí última pelea —declaró el campeón —, pues tengo que filmar «El hombre de a caballo», en México, para fines de octubre y a partir de allí —continuó diciendo— no más boxeo para mí; cine y televisión."

Por Robinson. Fotos: Maffuche. (1975)

 

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