Las Entrevistas de El Gráfico

1971. El hombre que siempre lo dio todo… Y ahora a los pibes

Por Redacción EG · 02 de mayo de 2019

Ernesto Grillo, la gloria de Independiente, Milan y Boca decide dedicarse, una vez retirado, a la formación de los juveniles. Su pasión por el fútbol se ve reflejada en esta maravillosa nota de Ardizzone.

Y en una de ésas es fácil encontrarle por qué a la vida. En una de ésas no es tan insoluble el problema de la comunicación. Y en una de ésas no es tampoco muy difícil encontrar el talismán de la felicidad... Y ocurre que todas estas reflexiones me nacen cada vez que me encuentro con Ernesto. Cada vez que lo visito, allá, en el retiro de su casa de Sarandí. En el sosiego de su jardín. En el paisaje de su calle apacible... Cada vez que intercambio con él esas pocas palabras que están metidas en su esencia de silencioso incurable. Y es mentira la hosquedad de Grillo. Y es mentira la rebeldía de Ernesto. Como es mentira el irascible y toda esa leyenda atribuida a su intemperancia. Ernesto es nada más que lo que es. Eso que fue toda la vida. Nada más que un tipo enfermo de sinceridad, de esa verdadera. De esa que no necesita ningún postizo para exteriorizarla. Ernesto es el sabio que le encontró la elocuencia al silencio. Es el filósofo que descubrió la austeridad, la sencillez, el recato... Por eso no necesita nada espectacular en sus actitudes. Por eso le alcanza PARA DARSE en un apretón de manos. Por eso le alcanza para darse en un simple "chau", dicho así, sencillamente... ¿Reglas de urbanidad? No, ¿para qué? Si valen las que le dicta su cálida cordialidad. ¿Prospectos de la cortesía? Menos.

 

La policia intenta separarlo de los hinchas, que invadieron el campo para saludarlo tras su partido consagratorio ante Inglaterra en 1953.

La policia intenta separarlo de los hinchas, que invadieron el campo para saludarlo tras su partido consagratorio ante Inglaterra en 1953.

 

El Coco —como lo llamaba el Beto Menéndez en sus largos coloquios del silencio— es el tipo que PUEDE ESTAR SOLO. Que siente el enorme placer de vivir lejos de la otra gran "civilización". De esa de la dinámica, del bullicio, de las fiestas, de la formalidad... Los largos crepúsculos sentado en la puerta de calle, contemplando distraídamente la calle, la gente o tal vez nada... La máquina para segar el jardín. Las tijeras para podar las plantas y los árboles. El encanto placentero de la vida doméstica. Su mujer. La novia que fue de siempre. La primera, la que conoció allá en el barrio natal de La Boca. Esa novia que ya estaba de antes, que había nacido allí, a pocos metros de la casa de Ernesto para que Ernesto la supiera ya novia desde la primera adolescencia... Y ahora el pibe. Ahora, después de casi catorce años de matrimonio con Norma. Siempre esperando lo que quería Ernesto. Porque, al cabo, después de tantas broncas, la vida también da. Y ahora esa misma vida se le hizo redonda. Bien redonda. Por eso ahora el semblante inexpresivo, tallado en la seriedad impasible del gesto, se hace más blando en el placer de esa paternidad todavía incipiente... Ahora el juego con Ernesto Pablo. Ahora los juguetes que antes no estaban. La pelota, la media docena de pelotas de colores El auto de carrera, el avión, el gnomo que decora el jardín... Ahora todo lo que quiera el capricho halagador de Ernesto Pablo. Hasta llevarle la cuchara a la boca para que no deje la sopa. Hasta recurrir a toda clase de subterfugios pueriles para que el pequeño concluya con el plato...

16 de Mayo de 1954. Partido disputado entre Independiente y Ferro (Foto: Polzimetti).

16 de Mayo de 1954. Partido disputado entre Independiente y Ferro (Foto: Polzimetti).

LOS PIBES

Estoy sentado frente a Ernesto, aquí, en el living de esta casa que siempre está reluciente. Que cuenta, quizá, entre las más extrañas coqueterías de Ernesto. Ese confort del que el austero propietario apenas si disfruta. Pero es el hombre cuidadoso, buen amigo del orden, aun cuando ese confort que se advierte en todas partes no participe de sus hábitos espartanos. Hasta ese brillante y lustroso Falcon que se me antoja siempre nuevo denuncia la preocupación del Coco por todos los objetos que forman parte de su vida... "Aquí puse mucho de lo que gané, y la única manera de conservarlo es cuidándolo... Y aquí todo lo hacemos nosotros... Pero ahora tengo menos tiempo que antes por este trabajo en La Candela... Pero me gusta... Tenemos más de cien pibes, y le damos todos los días desde las dos de la tarde hasta las ocho... Mire, estoy haciendo lo que quise siempre desde que dejé de jugar... El Nano Gandulla, que es quien dirige todo, es una gran persona y me siento cómodo, porque trabajo con gusto... Mire cómo estoy —y me muestra el abdomen—Más fino que cuando jugaba y con un par de kilos menos... ¿Se acuerda que antes lo hacía con los pibes del barrio? Pero ahora, desde que yo no corto el pasto, el baldío de la esquina está a la miseria..."

Grillo fue campeón de la Seria A con el Milan en la temporada 58/59 y ganó 3 Campeonatos de Primera División con Boca (62, 64 y 65).

Grillo fue campeón de la Seria A con el Milan en la temporada 58/59 y ganó 3 Campeonatos de Primera División con Boca (62, 64 y 65).

Y en seguida Ernesto recurre a la aclaración... "Pero no se crea que yo enseño a jugar... Porque ya se lo dije más de una vez, que para mí a jugar no enseña nadie... Pero me gusta el trato con los pibes, ¿se da cuenta? Orientarlos., corregirlos y más que nada ubicarlos en la vida... ¿Me entiende? Hablar mucho con ellos, porque escuchan, porque se entregan a uno... Tiene que ver qué bien andan... Y yo creo que respetándolos a los chicos ellos también respetan sin necesidad de imponer órdenes... Yo le digo "señor" a todos —me aclara seriamente—. Es que ahora todo es distinto a los tiempos míos, a cuando yo empecé..., ¿se da cuenta? Antes jugábamos y nada más. Potrero, la calle, el club que nos hacía firmar... Sí, queríamos más la pelota, tal vez porque era nuestra única distracción. Y le estoy hablando del caso mío, que era más o menos como el de todos..."

LA HISTORIA

La infancia de Ernesto... La Boca. Allá por el mil novecientos cuarenta. La calle Coronel Salvadores y la cortada Parker. Las vías del tren y el baldío. La chapa y la madera, los inquilinatos frondosos. Todo el cielo arriba. Todo el sol en los patios poblados de purretes. La esquina y el bodegón. El tano inmigrante. Aquella familia "tipo" de ocho o diez hilos. Aquella otra vida. Aquellas otras costumbres. Aquella otra gente. Y Ernesto fue como toda esa gente. El tano inmigrante. El inquilinato. Ocho hermanos. La calle, toda la calle... Y apenas el guardapolvo escolar se iba haciendo corto a fuerza de alargarse las piernas, el primer trabajo... Cualquiera. Cualquier trabajo era bueno con tal de cooperar con el salario paterno... Siempre había un carnicero que necesitaba un mocoso para el reparto. O un verdulero. O un panadero. Y los seis varones a la calle a traer lo que puedan. "Diez pesos y la carne", marcaba "el convenio" laboral de entonces... Y con los "diez y la verdura" del otro hermano y los "quince y el pan", del otro, las ollas cantaban en las hornallas y la mesa se hacía alegre y próspera... La máquina de coser y el remiendo que decoraba artísticamente todos los fondillos. Las alpargatas y el potrero. Y la pelota que siempre alguien proveía, con ese misterioso don de los pibes de antes para proveerse... El Coco "paraba" en la esquina de la farmacia Cané. Porque entonces siempre había una esquina. Y siempre había el delegado filántropo que formaba el equipo, que conseguía la pelota, que proveía al menos de la camiseta... Y a jugar por ahí. A jugar en serio en las canchas pobres de la Isla Maciel. En los potreros de Barracas... Pero, a jugar. Porque lo que importaba era jugar. Porque en casa quedaban la carne y también los diez pesos del salario... Entonces... ¿bailes? No. Por aquel entonces, no. Porque además, la pinta... ¿Cine? No. A veces ganándole la espalda al celo del portero. O consiguiendo el acceso con la maniobra de la contraseña. O repartiendo los programas que anunciaban la película de Tom Mix o Buck iones o Chaplin... Pero al Coco le importaba más la pelota. Y las broncas que traían los partidos en los que siempre afloraba su dignidad para salir al frente... La gambeta. Su gran placer era la gambeta. Pero aquella gambeta que siempre fue de Ernesto. Esa para ir siempre para adelante. Porque ya había potencia en los músculos inmaduros. Ya había vigor en el cuerpo todavía adolescente. Y ganaba. Ganaba en el concepto. Ganaba en ese torneo de la fama que ya circulaba por las esquinas donde se escribía la leyenda del desafío de cada domingo... Y así, del equipo de la farmacia Cané, pasó a uno de mayor prosapia que se llamaba El Rubí, de la calle Olavarría, un club que estaba a pocas cuadras del estadio de Boca...

En el Clásico de Avellaneda, momento del segundo gol del Rojo. El partido terminó 2 a 2. (Foto Alfieri).

En el Clásico de Avellaneda, momento del segundo gol del Rojo. El partido terminó 2 a 2. (Foto Alfieri).

Llegó el año cuarenta y seis. Ernesto cumplía los 17 años. Un día, alguien, ese alguien que nunca falta, lo llevó a River... Y después de la prueba, firmó. Entonces estaba Carlos Peucelle. "Y jugué casi un año —recuerda el Coco—. Pero don Carlos me ponía de wing derecho, porque a él le parecía que ése era mi puesto... Pero la verdad que a mí no me gustaba... Prefería más andar por el medio... Y me fui. Cuando terminó el año le pedí el pase y don Carlos me lo dio... Y otro señor me llevó a la cuarta de Independiente... Me pusieron de número diez, como yo quería... Y, ¡bueno!... Ahí fue donde empezó todo..."

Y Ernesto dice sencillamente, "y, ¡bueno!... Ahí fue donde empezó todo..." ¡TODO! Todo fue pasar a la reserva en el año cuarenta y ocho. Y simplemente, ¡TODO! fue llegar a la primera, cuando recién cumplía los veinte años... Y, como ya se cobraban algunos pocos pesos, se malogró aquel fino encuadernador que pudo llegar a ser Ernesto, cuando después de "los 10 pesos y la carne", había entrado a trabajar en la imprenta Botto, de la calle Perú. Cuando en la casa habían comenzado a preocuparse para que adquiriera un oficio serio".

Y, simplemente, TODO, fue TODO lo que llegó después... Y en el relato sumario de Ernesto no entran los pormenores del detalle, de la anécdota... Le cuesta sentirse protagonista... "¿Independiente? Llegamos a andar bastante bien, pero —y se sonríe—, nunca pudimos salir campeones... A veces nos gritaban: "¡Al Colón!", pero lo más que pudimos fue salir terceros... Y era bueno el ataque. Allí el que laburaba era Cecconato... No sé cómo hacía Carlitos para ir y venir, y todavía le sobraba para llegar arriba... Teníamos dos maneras de jugar, ¿vio? Con el Mono Bonelli había más toque, porque era hábil el Mono. Con el Lelo Lacassia había más profundidad, porque era inteligente para meter la pelota desde atrás... Yo siempre jugué a media agua, de tres cuartos de cancha para adelante... ¿Que era gambeteador? Y, ¡bueno!, entonces se podía. Y a mí me gustaba. Pero, para adelante, ¿vio? Para los costados no me gustó nunca... No fui un jugador muy veloz, porque me costaba arrancar, pero una vez en el pique finalizaba bien... Y además tenía la ventaja que era fuerte y entonces llegaba... Mire… por ahí se dijeron algunas cosas... Que yo me paraba, que jugaba cuando quería... ¿Sabe lo que digo siempre yo? Que no hay jugador en el mundo que juegue cuando se le da la gana... Todos mis problemas de entonces fueron porque yo no quería viajar... Siempre, y todavía ahora, después de haber andado tanto en Europa, le sigo teniendo recelo al avión... ¡Qué le voy a hacer!

ITALIA, EL MILAN

Y aquella novia, la primera, aquella Norma, la que vivía a pocas cuadras de la casa, fue la mujer. Se casaron en el año cincuenta y tres. Y se fueron a vivir a Sarandí. La fama seguía creciendo. La selección. "Con la selección no perdí nunca", aclara Ernesto. Los partidos en Portugal, en España. Después en Italia. El Sudamericano del cincuenta y cinco. Aquel legendario gol frente a los ingleses, que todavía siguen "investigando" los ingleses... Después el Milan. La otra vida de Ernesto. La otra gran etapa. Pero otra vez tropiezo con su modestia. Con su silencio. Sólo se detiene para elogiar la organización de allá. El trato que le dispensaron. El trabajo de la semana. Ese "señor" en el trato de todos los días. Pero, ¿cómo jugador? "Y..., más o menos bien. Allá anduvieron muy bien Sivori, Angelillo y el Bocha; Alfredo, en España. Pero lo que gané allá, aparte de si triunfé en el fútbol, fue cambiar mi mentalidad como profesional, fue progresar hasta en mi manera de vivir, ¿se da cuenta? Encontré disciplina, pero lo más importante fue el respeto del dirigente que a su vez obligaba a respetar. Se preocupan por los problemas del jugador y siempre procuran resolvérselos, no sólo en dinero sino en atenciones..., ¿se da cuenta? Eso es lo más importante que me dio el Milan, lo que más valoro, fuera del dinero que pude ganar... Al principio extrañé la exigencia del entrenamiento que me dejaba muerto, pero cuando le agarré la mano, cuando me acostumbré, andaba como un tiro... También extrañé la marca arriba, en toda la cancha, pero al final uno se acostumbra y se adapta y se obliga a desmarcarse para poder recibir... ¿Usted me decía antes que yo era gambeteador? Y era porque encontraba la ventaja para hacerlo. Pero allá no puede, porque no se lo permiten... Y si quiere agarrarla hay que tener ritmo para moverse. Y para eso es necesario entrenarse como ellos lo hacían y lo hacen allá. Y como ahora lo hacemos nosotros aquí. Allá en el Milan me encontré como compañero con uno de los jugadores que más admiré: el uruguayo Schiafino. ¿Y sabe cómo jugaba ése? Con la cabecita siempre arriba y tocando. Siempre tocando. Y corriendo. Y marcando. Y llegando. Pero, ¿sabe el ritmo que tenía? Mire..., yo creo que allá me cambiaron. Me hicieron ver el fútbol de otra manera, con otra responsabilidad. Y por eso también creo que pude jugar seis años más en Boca... ¿Qué quiere que le diga? A mí deme jugadores habilidosos, pero responsables... De lo contrario entre uno que sabe más y no se mueve y otro que sabe menos y se mueve, me quedo con el que sabe menos... A mí, para mi equipo, deme defensores como el Cholo Simeone, como Silvero...

En su etapa de formador. Transmitiéndole a los pibes los conceptos para ser jugador profesional.

En su etapa de formador. Transmitiéndole a los pibes los conceptos para ser jugador profesional.

LA ÚLTIMA GRAN ETAPA...

Y Boca está entre los grandes afectos de Ernesto. Como si le agradeciera a Boca esa última gran etapa de su trayectoria... Allí en Boca fue "El Viejo", en el afecto y en la simpatía de todos... "¿Quiere que le confiese una opinión? Ese Boca del sesenta y dos, sesenta y tres para adelante, el de los tres campeonatos, fue el mejor equipo que conocí y el mejor que integré... Tenía todo. Fuerza, peso, seguridad defensiva, potencia ofensiva... Hacíamos un gol y no nos ganaban más..., ¿se acuerda? Y además, había personalidad. Y buena gente. Muy buena gente. Y Boca me dio la satisfacción de salir tres veces campeón... Yo le di todo lo que pude. Jugué en el puesto que me necesitaron... Y hasta jugué en la reserva el último año... ¿Usted cree que a mí me disminuía? No... Si a mí me gustaba y me sigue gustando el fútbol... Y en serio, siempre en serio... Ahora estoy en lo que siento. Darle a los pibes lo que yo pienso que puede serles útil... ¿Trabajar con los grandes? No, por ahora no. No lo siento. A los pibes se les puede dar mucho más y lo necesitan más... Ya le dije... No es por escaparle a la mayor responsabilidad, como pueden creer algunos. Es porque me siento cómodo haciendo lo que me gusta... Y salen pibes. Trabajando salen.

La carrera profesional de Ernesto Grillo comenzó en 1949 y finalizó en 1965. Jugó 397 partidos y convirtió 140 goles. Con la Selección Argentina ganó la Copa América de 1955.

La carrera profesional de Ernesto Grillo comenzó en 1949 y finalizó en 1965. Jugó 397 partidos y convirtió 140 goles. Con la Selección Argentina ganó la Copa América de 1955.

Así, con esa sencilla filosofía, es como Ernesto le encontró por qué a la vida... Siempre la sinceridad como principal fundamento. "Porque me siento cómodo haciendo lo que me gusta". "Dándole a los pibes lo que yo creo que puede serles útil..." Tal vez no sea muy difícil encontrar el talismán de la felicidad... Tal vez con sólo mirar de frente... Tal vez con sólo estar en paz con uno mismo. O tal vez con sólo saber elaborarse el mundo que uno quiere... Una casa, allá, en Sarandí. Una calle apacible. La mujer. La vida de adentro. Y dar. Dar siempre aunque se reciba poco a cambio. Además, ahora está también la sonrisa de Ernesto Pablo para que la casa se llene de juguetes... La vida redonda, Ernesto. La felicidad redonda. Esa que la misma vida a veces nos da a pesar de tantas broncas...

 

Por Osvaldo Ardizzone

Fotos: Alfieri

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