¡Habla memoria!

Epopeya Roja

Por Redacción EG · 01 de octubre de 2019

En 2008, a 35 años del logro de la Intercontinental de 1973 frente a Juventus, un hito del Independiente copero, El Gráfico reunió a varios protagonistas de la hazaña.

DIABLOS, QUE COPA AQUELLA

De la Doble Visera ya no queda nada. El sueño de un estadio modelo 08 derribó los escalones desde donde los hinchas se maravillaron durante casi ochenta años. La cancha de Independiente ahora es una obra en construcción, un escenario en pleno proceso de montaje. La música también es otra: hay grúas, camiones que entran y salen, y trescientos obreros con cascos blancos y amarillos que le descuentan al tiempo el plazo para terminar la cancha. Desde estas tribunas todavía vírgenes, no es un despropósito añorar los gritos, los goles, los brazos en alto, la mística. Porque acá, en Bochini y Cordero, el Rojo se hizo grande. Porque hoy, en este monumento al futuro que es el nuevo estadio Libertadores de América (si es que se mantiene este nombre), la historia pide permiso y se abre paso entre el cemento: los campeones de la Copa Intercontinental del 73 se reúnen para recordar esa hazaña que este 28 de noviembre cumple 35 años.

El reencuentro de los protagonistas del partido que Independiente le ganó uno a cero a la Juventus, en el Olímpico de Roma, es revelador: los ex compañeros se tratan como viejos amigos. Extrañamente, Bochini es de los primeros en llegar, y recibe abrazos como si todavía jugara. Pepé Santoro se acerca apurado desde el predio de Villa Domínico, donde entrena a la Primera. Eduardo Comisso viene desde Mar del Plata: “¡Ni loco me la iba a perder!”, se presenta. El Mencho Balbuena y el Negro Galván aparecen abrazados, a paso lento. Eduardo Maglioni pone las carcajadas. Y Pipo Ferreiro, todavía en el rol de DT, intenta las únicas pinceladas de cordura. No es difícil imaginar, acaso, por qué este plantel ganó todo.

Se mira y se toca. Pavoni de un lado, Bertoni del otro, Maglioni en el medio. Copante.

Se mira y se toca. Pavoni de un lado, Bertoni del otro, Maglioni en el medio. Copante.

Estos son los jugadores que alimentaron al Rey de Copas. Entre el 72 y el 75 ganaron ocho títulos: cuatro Libertadores, tres Interamericanas y la Intercontinental, allá en Italia. Llevaron a Independiente a la cima del mundo. Los recuerdos, obvio, se enciman. Cada uno aporta el suyo. Y, a la distancia, buscan explicaciones. “Eramos un grupo de hombres”, sentencia Galván. “El equipo estaba bien equilibrado, teníamos pibes jóvenes y jugadores experimentados”, aporta Ferreiro. “Salíamos a buscar los partidos siempre de la misma manera, de local y de visitante”, suma Santoro. “Jugábamos por la gloria”, coinciden todos. Esa es, tal vez, la palabra clave: “Gloria”. ¿Cómo explicar, si no, que el plantel viajó a Italia para jugar la final del mundo, sabiendo que de premios solo cobrarían trescientos dólares cada uno? Ahí está: “Jugábamos por la gloria”.

Independiente obtuvo el derecho a disputar la Copa Intercontinental, al ganarle la final de la Libertadores del 73 al Colo Colo. Pero los jugadores del Ajax, que habían salido campeones de Europa, se negaron a viajar a Sudamérica. Entonces, el subcampeón Juventus tomó el lugar que dejaron vacante los holandeses, aunque pusieron condiciones: se jugaría un solo partido, y en Italia. “Era eso o nada –explica Ferreiro–. La Comisión Directiva, entonces, nos pidió a nosotros que decidiéramos qué queríamos hacer. Ni dudamos en aceptar”. Hasta ese año, el Rojo había perdido tres finales, y la Intercontinental era la única copa que faltaba en las vitrinas de la sede de Avellaneda.

La oportunidad de entrar en la historia del club estaba a más de diez mil kilómetros. Y los jugadores tuvieron la lucidez de asumir el desafío. Hasta entonces, el plantel había llegado a un acuerdo con los dirigentes para los partidos internacionales: del dinero que entraba, descontaban los gastos, y el resto se repartía en partes iguales entre el club y el plantel. “Era una cooperativa”, grafica Pancho Sa. Pero, claro, como esa final se jugaba en Italia y no había recaudación, tampoco iba a haber nada para repartir. De todos modos, allá fueron. Y ganaron. Y cobraron esos pobres trescientos dólares, la misma cifra que les pagaban acá por ganar encuentros en los torneos locales.

–Fue el partido que menos cobramos. ¡Y era la final del mundo! –se escandaliza Maglioni.

–Estaba la gloria de por medio. Si nos decían que teníamos que poner mil pesos para los pasajes, los poníamos –agrega Balbuena.

–Lo que pasa es que a este equipo le faltaba sólo eso. Ya había ganado todo. Y estaba muy mentalizado –insiste Ferreiro.

 

Bien cancheros

El césped está recién sembrado. Hay grifos que, cada tanto, se encienden para regar el verde que tendrá que llegar maduro al 25 de noviembre, cuando les abran las puertas a los hinchas para que participen en una fiesta, con un show artístico y algo de fútbol. Desde el campo de juego, el estadio es imponente. Las glorias del 73 caminan por el pasto, la cabeza levantada, asombrados. Comisso nunca lo había visto: “Es hermoso”, titula. Galván tampoco lo conocía: “Ahora se debe ver bien de todos lados”, intuye. Para Maglioni también es la primera vez: “¿Cuánta gente entrará?”, pregunta. Bochini, en cambio, que prácticamente siguió el paso a paso de la obra desde los cimientos, vuelve al 28 de noviembre del 73.

–Cuando nos fuimos, nadie confiaba en nosotros. Si a Ezeiza nos vinieron a despedir sólo nuestros familiares. Creo que el único periodista que viajó fue el Gordo Muñoz –recuerda el Bocha.

–Y los de la Fragata Libertad, ¿se acuerdan? Estaban recorriendo el mundo; justo cayeron en Italia y fueron a la cancha. Eran unos doscientos, los únicos que nos alentaban –aporta Balbuena–. Pero cuando volvimos...

–Ahí sí, la terraza de Ezeiza se venía abajo –completa el Bocha.

Aparece la copa: es una pelota dorada, lustrada, apoyada sobre cuatro pilares que descansan en la base. Va de mano en mano. Algunos no la volvieron a ver desde entonces. Tiene pequeñas chapitas, fondo negro, letras doradas, con los nombres de los equipos que la ganaron. Santoro se asombra: “¡Mirá, Real Madrid-1960!”. Comisso lo sigue: “¡Y esta! ¡Milan-1969!”. La búsqueda se detiene: la placa más linda, más brillante, la que los llena de orgullo dice, simplemente, “Independiente-1973”.

Y todo por el gol del Bocha. Porque nada de esto hubiera sido posible sin esa joyita que terminó en los pies del Maestro cuando todavía era un pibe.

–Era un pibe, porque ahora está por cumplir sesenta –chicanea Maglioni.

–¡Nooo! –se asusta el Bocha–. Si cuando jugamos tenía 19. ¡Hacé cuentas...!

Año más, año menos; lo cierto es que, aunque Bochini tenía encima apenas un par de partidos internacionales, se animó a tirar una doble pared con Bertoni en plena final del mundo, y cuando el gran arquero Dino Zoff salió a achicar, se la picó por encima de la cabeza. Fue el primer gran acto del mayor ídolo de la historia del club.

Camiseta símbolo. Maglioni con la casaca de Francesco Morini, el jugador de la Juve que, viéndolo acalambrado, lo ayudó a levantarse al final del partido para que diera la vuelta olímpica con sus compañeros. Un gesto inolvidable.

Camiseta símbolo. Maglioni con la casaca de Francesco Morini, el jugador de la Juve que, viéndolo acalambrado, lo ayudó a levantarse al final del partido para que diera la vuelta olímpica con sus compañeros. Un gesto inolvidable.

–Bochini y Bertoni aparecen en ese partido con Juventus, ¿no? –duda Maglioni.

–No, ya habían debutado en la final con Colo Colo. La rompieron los dos. Al poco tiempo, también apareció Galván. Igual, siempre lo dije: los pibes podían ganar partidos, pero sin el trabajo de los más experimentados las finales se complican –expone Ferreiro.

Hay consenso, nadie cuestiona a Pipo: por algo era el DT. Pero eso de ser un pibe entre veteranos también tenía su costado ingrato. “Yo todavía vivía en la pensión del club. ¡Había unas cucarachas así de grandes! –se ríe el Bocha–. Y cuando regresamos de Italia, tuve que volver ahí, ¿qué iba a hacer? Había salido campeón del mundo, y seguía en la pensión...”.

Aquel partido con la Juventus no fue, cómo decirlo, una de esas finales con un Independiente protagonista, que ganó de manera categórica, que arrinconó a su rival hasta someterlo. En realidad, fue casi al revés. Si hasta los propios jugadores lo asumen. “El partido prácticamente se jugó en nuestro campo –reconoce Santoro–. El Zurdo López y Pancho se cansaron de sacar pelotas del área”. Y, como todo campeón, el equipo tuvo una cuota de suerte.

–Ellos pegaron dos pelotas en los palos –se lamenta Ferreiro.

–¡Y la que te quedó entre las piernas! ¿Te acordás, Pepé? –propone Maglioni.

–Sí, cómo no me voy a acordar. Estaba arrodillado, la pelota me pasó entre las piernas y la frené con los talones. En las tribunas gritaron gol, pensaban que había entrado, y en la cancha todos buscaban dentro del arco para ver dónde estaba.

–¡Y el penal, el penal...! –sacude Comisso.

Fue al principio del segundo tiempo. Todavía iban cero a cero, y una infracción dudosa de Galván dentro del área fue la excusa. De acuerdo como venía el partido, si Juventus lo convertía por Avellaneda todavía lo estarían lamentando. Antonello Cuccureddu se hizo cargo: mandó la pelota a la tribuna por arriba del travesaño. Pasaron 35 años, y aun con la copa en la mano, el Negro jura que no lo tocó: “Yo era un pibe, un enfermo del club, por eso cuando me cobraron el penal me quería matar. Hoy, con 56 años, te puedo confirmar que no fue. Antes de que se pateara, me fui caminando hasta la mitad de cancha y me puse de espaldas, no quería ver. En eso noté que los de la Fragata empezaron a festejar y me volvió el alma al cuerpo. Hubiera sido catastrófico para mí”.

Mientras Galván iniciaba esa angustiosa caminata por la cornisa de la gloria, de espaldas a esa noche que se venía y estaba por dejar en penumbras a Independiente, sucedió algo de lo que el Negro se enteró después: sus compañeros intentaban poner nervioso a Cuccurreddu por todos los medios. Lo insultaban, bah. “¡Entramos a putearlo a lo loco, para que lo tirara afuera! –se exalta Comisso–. Nos paramos cerquita de él y le decíamos barbaridades. Y el tipo entendía bien, eh, porque nos miraba con una cara de susto... Cuando lo tiró por arriba, dije chau, no nos ganan más”.

Y así fue: con el penal errado, Juventus se deprimió y el Rojo se motivó. Entonces, llegaron el gol del Bocha, la vuelta olímpica y la euforia de los doscientos marineros. Y la gloria. Y el festejo. Modesto, pero festejo al fin.

 

Traigan copas...

Hay un recuerdo que gana por unanimidad: el frío que hacía en Roma ese 28 de noviembre de 1973. “Me enteré después, que fue el día con más frío de Roma en los últimos cien años”, rememora Sa. “En pleno partido, estábamos en el banco con frazada y todo. Era tremendo”, agrega Carlos Gay. La baja temperatura alertó a aquellos que, desde antes de jugar, ya pensaban cómo podían festejar en caso de ganar la copa “El día previo al partido compramos un montón de botellas de vino tinto –saborea Maglioni–. Llenamos el bidet y el lavatorio del baño de una habitación. Por una razón o por otra, lo íbamos a tomar: si salíamos campeones, para festejar; y si perdíamos, para ahogar las penas”. Dentro de los festejos también estaba prevista una guitarreada con Pancho Sa. “Era parte de nuestra costumbre: encerrarnos en una pieza a cantar con Pancho o jugar al truco”, explica Ferreiro. Mientras, los flamantes campeones del mundo empezaban a sentir el gustito de la gloria, Italia todavía estaba asombrada con Bochini, ese pequeño atrevido que había ridiculizado nada menos que al legendario Zoff. Los medios locales repararon en el apellido y lo presentaron en sociedad como descendiente de sicilianos: el abuelo del Bocha, Antonio, había nacido en Palermo.

Cuando bajó la euforia por el festejo, en la Embajada argentina invitaron al plantel a un agasajo, al que también asistieron los marineros, a esta altura tan protagonistas de la hazaña como los jugadores. Después, hicieron una breve recorrida por la ciudad y regresaron, urgente: tres días después, tenían que jugar por el torneo local nada menos que contra Racing, en el Cilindro.

Hoy como ayer. Ferreiro, Santoro, Maglioni, Balbuena, Eduardo Comisso, Galván, Bochini y Pancho Sá, recordando con sumo placer, en el nuevo estadio.

Hoy como ayer. Ferreiro, Santoro, Maglioni, Balbuena, Eduardo Comisso, Galván, Bochini y Pancho Sá, recordando con sumo placer, en el nuevo estadio.

Ese domingo, Santoro asomó desde el tunel visitante con la copa Intercontinental en alto y dieron la vuelta olímpica, ante la aprobación de propios y extraños. “La gente nos aplaudió, como nosotros habíamos aplaudido a los campeones de Racing del 67 cuando vinieron a jugar acá. Hoy, algo así no podría suceder. Hasta se tomaría como una provocación”, reconoce Ferreiro. El clásico lo ganó Independiente 3 a 1, con goles de Bertoni, Maglioni y Sa.

El reencuentro de los campeones del 73 se juega en tres tiempos: el pasado, repleto de copas y de gloria; el futuro, donde se fantasea con nuevos títulos en este estadio modelo y, claro, el presente, bien distinto al que cualquiera hubiera imaginado hace 35 años.

–Independiente decayó mucho a nivel internacional. Hubo un proceso de deterioro desde lo dirigencial que prácticamente arruinó al club. Trajeron jugadores que no sentían la camiseta como la sentíamos nosotros. Te lo digo como hincha... –se preocupa Galván.

–Lo que pasa es que el nuestro era un equipo estable. Yo jugué siete temporadas en Independiente, y ganando todo. Ahora están un año en Primera y se van. ¡Y jugábamos siempre, eh, no faltábamos nunca! –opina Comisso.

–Se perdió la identidad y el estilo de Independiente como club. Las inferiores, por ejemplo, se ignoraron durante muchos años; y recién ahora nos estamos recuperando –explica Ferreiro.

–La dirigencia de hoy trabaja, vos te das cuenta, el tema en realidad viene de antes. Necesitamos un título urgente para arrancar una buena racha –sentencia Sa.

Los héroes de Roma todavía recorren los escalones del estadio. Lo estudian, tratan de descubrir dónde estarán los palcos, preguntan si los hinchas estarán todos sentados. La reunión también está por ser parte del pasado. Algunos albañiles desprevenidos todavía se sorprenden con los invitados a la obra. “¡Grande, Bocha!”, grita uno a lo lejos. “¡Pepé, no te vayas nunca!”, arenga otro. La respuesta de Santoro es sutil: sonríe, arquea las cejas, levanta la cabeza. Alguien le comenta al entrenador que cuando el estadio se inaugure el año que viene, él va a estar sentado en el banco con su clásico camperón blanco. “Es un orgullo, una manera de quedar en la historia del club”, dice, como si todavía no lo estuviera.

Pancho Sá baja los últimos escalones y contempla el césped.

–¿El campo de juego es más grande? –pregunta.

–Está igual. No es que sea más grande, es que nosotros estamos más viejos –bromea el Bocha.

El chiste cierra el reencuentro. Hay abrazos, deseos de suerte, el aviso de que nadie falte a la cena del 28 de noviembre. Estos hombres que hace 35 años fueron los mejores del mundo, se despiden con sonrisas. Como debe ser, cuando se juntan viejos amigos.

 

Opiniones Jugadas

Ricardo Bertoni

Lo que me acuerdo de ese partido es que se jugó en Roma, a pesar de que Juventus en realidad es de Turín. Por eso la gente que fue a la cancha no terminaba de inclinarse a favor de ellos, ni tampoco los alentaba demasiado cuando iban perdiendo. Nosotros, con la Fragata, en cambio, sí teníamos aguante. Fue un partido muy difícil, ellos tenían siete u ocho jugadores en la selección italiana, eran un verdadero equipazo, pero Independiente también lo era. Teníamos equilibrio y nos agrandábamos en la adversidad. Fue a partir de ese triunfo que con el Bocha nos fuimos haciendo nuestro lugar entre los titulares. Del triunfo y de la famosa doble pared previa al gol, en realidad.  Recuerdo que unos años después, en el 82, cuando yo ya estaba en la Fiorentina, compartí equipo con Cuccureddu y siempre lo gastaba con que aquel día había pinchado una nube, por lo mal que había pateado el penal.

 

Ricardo Pavoni

Honor al mérito. El Chivo Pavoni se aferra a un trofeo para el que mucho tuvo que ver.

Honor al mérito. El Chivo Pavoni se aferra a un trofeo para el que mucho tuvo que ver.

Era la última chance para algunos de nosotros, de ganar este título; por eso aceptamos la propuesta de ir a jugar allá a un solo partido. Recuerdo que Juventus nos atacaba por todos lados y, bueno, tuvimos que meter algunos garrotazos para bajar línea. Después nos acomodamos, ellos se cayeron tras errar el penal y ahí me di cuenta de que tenía que ser nuestra la victoria. Nosotros teníamos la virtud de saber cuándo atacar, cuándo defender, manejábamos el control emocional de los partidos. Si hacíamos un gol, no nos empataban nunca. Ese Independiente tenía personalidad y sabía lo que quería.

De los festejos, lo que más me acuerdo es que los de la Fragata nos regalaron una bandera y que después fuimos a la embajada argentina y prácticamente no entrábamos, de lo chiquita que era. Ya en el regreso al país, sí fue todo más descontrolado; yo no podía encontrar ni a mi familia.

 

Síntesis inmortal

Juventus                               0

Independiente                   1

Juventus: Zoff, Spinosi, Marchetti, Gentile, Morini, Salvadore, Causio, Cuccureddu, Anastasi, Altafini y Bettega.

Independiente: Santoro, López, Pavón, Comisso, Raimondo, Sá, Balbuena, Galván, Maglioni, Bochini y Bertoni.

Gol: 79’ Bochini (I). Detalle: 50’ Cuccureddu (J) desvió un penal. Estadio: Olímpico (Roma). Juez: Alfred Delcourt (Bélgica). Espectadores: 22.489.

 

 

Por Ramón Zapico (2008).

Fotos: Jorge Dominelli.

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