Las Crónicas de El Gráfico

2014. La prueba

Por Redacción EG · 01 de marzo de 2019

Una periodista encontró un aviso en facebook e intentó cumplir uno de sus sueños: ser futbolista profesional y se presentó en Platense. Desde adentro, cuenta lo que pasó después.

Nota publicada en la edición de febrero de 2014 de El Gráfico

ENTRENAMIENTO del plantel de Platense. La protagonista, de short verde, debía superar tres días de trabajos intensos para quedar.

ENTRENAMIENTO del plantel de Platense. La protagonista, de short verde, debía superar tres días de trabajos intensos para quedar.

Juego al fútbol. O jugué, en realidad, hasta que la mirada de los demás sobre una chica que hacía bien una actividad de hombres me empezó a perturbar. Las razones son más largas y vendrán después. Lo que importa es que ahora, a los 30, ya periodista deportiva, veo en mi muro de facebook un aviso que parece señalarme:

Seguimos incorporando jugadoras...
Vení a participar del fútbol femenino calamar...
Hay lugar en la escuelita y también ya comenzaron las pruebas para el equipo de Primera que compite en AFA...

Ya me aburrí de mirar fútbol por el trabajo, pero la idea de practicarlo me entusiasma: es una de las pocas cosas que siento que hago con relativa destreza. Tengo 30 años y estoy en otra: estudio Trabajo Social, soy docente, bailo candombe, hago pilates y ando en bicicleta. Ese es todo el ejercicio que tengo encima.

Entro a internet otra vez. Estoy en mi casa, sola, son las 2 de la mañana. Desde que vi aquel aviso recordé los elogios que recibía por cómo jugaba, la vez que los padres de mis amigos del barrio me hicieron jugar en su equipo (y me rodearon para festejar un gol mío) y una ocasión en la que un chico de mi escuela a quien no conocía por su nombre me reconoció en la calle y le dijo a su mamá: “Esa nena es Maradona”.

Pienso, en mi versión más relajada, por qué oculto eso que me apasionó desde chica. Pienso: yo jugaba a la pelota porque era feliz haciéndolo.

Vuelvo a aquel mensaje, como quien mira el perfil de un ex novio para ver si rescata algún dato de su vida actual. Y escribo para decir que quiero presentarme a la prueba.

El lugar de entrenamiento del equipo femenino de Platense queda en el barrio de Saavedra. Me contestaron que tenía que venir acá, este lunes 4 de marzo, a las 18.30, y preguntar por Mariela Viola, la entrenadora. No me pusieron si tenía que traer algo, pero vine decidida. Antes de salir guardé en la mochila un short que me había quedado de mi breve paso por un equipo de papi fútbol hace cuatro años, una remera que me regalaron en una maratón y un par de botines de hóckey que me prestó una amiga para que me disfrazara de Leona en una fiesta que tuve el fin de semana. Yo siempre creí que un buen jugador –una buena jugadora– no necesita mostrar la elegancia en la vestimenta.

Me mandaron a buscar a Mariela a una de las canchas del fondo del predio. Es una metáfora del lugar que ocupa el fútbol femenino: las chicas se entrenan en una que es puro polvo y donde la gente ni se acerca a mirar. Un partido de chicas aburre a la mayoría. Incluso si se trata de uno profesional. En el país, por ejemplo, las canchas están vacías cuando las mujeres juegan el torneo que organiza la AFA. Y ellas lo hacen sin cobrar un peso (sólo en algunos casos perciben viático), viajando muchas veces por su cuenta a los partidos, que están lejos de participar del negocio de la televisión.

La entrenadora está con un silbato y una pelota en la mano hablándole a un grupo de chicas que tienen puesta la ropa del club. Es grandota y tiene un cuerpo macizo. Está vestida con un pantalón y una campera deportiva que le quedan sueltos: imagino que como jugadora debe haber sido una defensora rústica tipo Mauro Laspada. Mariela es morocha y tiene el pelo lacio, atado, con el flequillo estilo emo hacia el costado, y un arito en la ceja izquierda.

Me presento y le digo que vine a probarme, que ya tengo algo de experiencia y que no hace falta que me mande con las de la escuelita que aprenden a patear en un grupo aparte. Me cree: “Acá se suman las que están para dar el salto a Primera o las que vienen de otros lados, algunas que ya conocemos y sabemos que juegan bien. ¿Trajiste ropa para cambiarte? Bueno, sumate. La prueba va a durar tres prácticas. Ahí vemos. Si no te aguantás el ritmo, avisame y salís”. La última frase la siento como una provocación. Ella se va, yo me quedé mirándola. Mariela me está prejuzgando. Su subestimación es un desafío. Si tenía dudas, ya no: me voy a tomar esta prueba como una competencia.

No me acuerdo cuándo pateé una pelota por primera vez, pero debe haber sido a los 6 o 7 años, y vaya a saber por qué. En mi casa, mi papá no era futbolero. Y yo soy su hija mayor. Mi hermano, Andrés, dos años menor, me seguía a mí.

Juntos íbamos a los partidos del barrio, en Monte Grande. Era la única nena entre todos los varones. Para mi hermano y para mí, el fútbol era el núcleo de nuestra vida: nos levantábamos y nos íbamos a jugar, volvíamos de la escuela y nos íbamos a jugar, pateábamos en la vereda antes de la cena, mirábamos fútbol por televisión, leíamos en el diario las noticias de deportes. Y nos íbamos a jugar.
Tengo recuerdos particulares: mientras mis amiguitas juntaban las figuritas de Sarah Kay, yo intentaba llenar el álbum del Mundial Italia 90. Y cuando mi prima tenía en su habitación imágenes de Frutillitas, en la mía había un poster de Boca campeón del Apertura 1992.

Las chicas del barrio hablaban de lo lindo que era Luis Miguel. Mi ídolo era el Beto Márcico: y lo tenía tan estudiado que predecía qué pase iba a dar cada vez que recibía la pelota. No me gustaba por lo estético. Para mí, era el mejor futbolista del mundo y trataba de copiarlo.

En esa época ya había elegido a Boca como mi equipo, en oposición a mi padre –que era de River– y en favor de mi madre. Y lo obligué a mi hermano a ser del mismo club.

Andrés no debe haberla pasado bien. Porque yo era buena. Y en el pan y queso me elegían antes. Entre mis 8 y 14 años jugábamos en contra y nos matábamos a patadas. Si a él le dolía, lo trataba de llorón.
Además, le marcaba todo el tiempo que lo superaba en talento. Si estábamos jugando solos en la calle y pasaba alguien, yo hacía jueguitos y él se enfurecía: decía que era una canchera y que lo hacía para que me miraran. Era cierto.

Una vez, hubo un torneo en la escuela primaria. Yo jugué con mis compañeras (guardo trofeos de campeona y de goleadora de 5º, 6º y 7º grado) y después me quedé a ver a mi hermano. Estaba detrás del alambrado y el técnico de su equipo me llamó para que entrara: me puso en lugar del mejor amigo de mi hermano e hice un gol de tiro libre. Hoy, Adrián, el amigo de Andrés que salió, lo cuenta como algo triste.

En esa época, dejé escritos mis sueños en la caja de madera de un dominó que tenía y que está en la casa de mis padres. A los 11 años, garabateé lo que esperaba de mi vida: jugar en la Primera de Boca y en la Selección. De todo eso me acuerdo ahora, en mi primera práctica.

El ejercicio ya empezó. Somos 12 chicas y usamos la mitad de la cancha, recorriendo un circuito que incluye trote, saltos sobre conitos, piques en velocidad, zancadas, más trote, sentadillas, lagartijas y abdominales. Hago la serie una vez: mi cuerpo la tolera.

La hago una vez más y empiezo a incomodarme. Le comento a la que tengo al lado: “Es fuerte esto, eh”. Y paramos a elongar.

Estiro mucho porque pienso en el dolor que voy a sentir mañana. Me miro las piernas y noto que son piernitas alrededor de las del resto, que tienen los gemelos gruesos y duros, los muslos anchos, grandotes. Me siento Angel Di María ante el José Luis Chilavert de ahora.

Alguien menciona a Rocío y entonces empiezan a escucharse voces enojadas por lo que se dijo sobre Rocío. Antes de arrancar el circuito otra vez me doy cuenta de que hablan de Rocío Oliva, la novia de Diego Maradona. Y me entero: la novia del Diez jugó acá, en esta misma cancha en la que no paro de transpirar la camiseta.

Parece que en el club no querían que ese dato se supiera y la paranoia de algunas es tal que en un momento se alteran porque ven a alguien sacando fotos. Salgo a correr otra vez y pregunto qué fue lo que se dijo sobre Rocío.

–Lo que dicen todos. Que a las chicas que jugamos al fútbol nos gustan las chicas.

–¿Y eso molesta? –pregunto.

–Y… Es una cagada. Porque hay gente que lo escucha y no viene. Hay padres que por ahí no traen a sus hijas a jugar por eso –responde una.

–No entiendo cuál es el problema. Como si se fueran a contagiar, viste. En todo caso, la heterosexualidad también podría contagiarse –agrega otra.

El principal prejuicio que recae sobre las mujeres que practican fútbol es el de la masculinidad. De adolescente, yo dejé de jugar en el barrio porque me hacía mal que me dijeran “machona”. Era una agresión que me angustiaba.

A los 13 años le pedí a mi mamá que me llevara a jugar a un club. Lo hizo, aunque me acompañaba siempre y evitaba dejarme sola con mis compañeras, que eran más grandes. La tenía cerca de mí en cada entrenamiento y me acompañaba a todos los partidos, algo que no hacía cuando yo jugaba al básquet o hacía atletismo. Nunca me lo dijo, pero yo sabía que tenía miedo de que me volviera lesbiana.

Nunca vi una escena sexual entre mujeres en un vestuario, pero en ese club al que fui a los 13 años me parecía que era claro que a la figura del equipo, Alejandra, le gustaban las chicas. Yo sentía que ella estaba de novia con la número 6 por algunas miradas que se cruzaban, pero no se lo preguntaba a mi mamá porque temía que no me dejara ir más.

No sería la única vez que percibiría eso de alguna compañera o rival. A veces me basaba en cuestiones físicas o estéticas, y otras en chistes sexuales que escuchaba y que me incomodaban.

Tal vez por eso cuando volví a jugar, ya más grande e intentando enfrentar aquel rótulo de “machona” que me había alejado del fútbol, elegiría no tener salidas sociales con las chicas del equipo. Una vez, una compañera que había ido al cumpleaños de otra me comentó que algunas eran pareja y que le había chocado que se besaran delante de todas. Yo elegía quedarme al margen. Y lo cierto es que con las que mejor relación tenía era con las heterosexuales que tenían novio o marido e hijos.

Ahora, en la práctica, me veo nadando otra vez en este prejuicio: justo se habla de Rocío, la sexualidad, los mitos y los tabúes cuando estoy contando cuántas tenemos las uñas pintadas.

Tomo aire. Elongo, pateo al aire buscando relajar mis piernas. Ya dimos seis vueltas a la cancha y todavía queda una hora de entrenamiento. Empieza a haber poca luz y no veo bien. Lo lamento, porque justo llega la parte en la que más me puedo lucir: nos toca un ejercicio con pelota. Lo hacemos en grupos de tres. Tengo que dar el pase inicial a una chica que me devolverá la pelota para que yo –después de correr en velocidad por la banda derecha– tire el centro desde cerquita del córner.

Primera complicación: soy zurda. No sé bien por qué. Escribo con mi mano derecha, pero desde que pateé una pelota por primera vez lo hice con la izquierda. En el fútbol, ser zurdo es una buena carta de presentación. Los zurdos son garantía de talento.

Tengo el perfil cambiado y entonces debo enganchar antes para mandar el envío al área. La potencia me alcanza. Pero empieza a traicionarme el cansancio. Al rato me tiran una pelota larga y no llego. En mis mejores épocas esto no me hubiera pasado.

LA VENTAJA de Ayelén es ser zurda. Tal como le explicó Mariela, la entrenadora, son muy pocas las futbolistas zurdas en la Argentina.

LA VENTAJA de Ayelén es ser zurda. Tal como le explicó Mariela, la entrenadora, son muy pocas las futbolistas zurdas en la Argentina.

Ahí empiezo a notar que Mariela está enojada. Una chica acaba de dar un pase suave y la otra devolvió displicente. La DT para todo. Y grita: “Si esto pasa en un partido no está mal: ¡es una porquería! Hay que darle realidad a esto. Así no sirve. Vamos”.

Pasamos al costado izquierdo. Es mi momento. Pero estoy muerta. Así y todo, llamo la atención de la entrenadora.

–Che, sos zurda...
–Sí.

Punto para mí, que no me aguanto y después del final, la alcanzo a Mariela para sacarle algo de información sobre cómo me vio.

–Y... Va. Vas. Hay que meterle a lo físico.

Es martes después de mi primer lunes como posible futbolista de Platense. Recién me levanto. Dormí muy mal: y eso que anoche me di un baño de inmersión y tomé un Ibuprofeno para intentar relajarme. Pero no, casi no puedo caminar. Siento dolores musculares en sitios que desconocía.

Voy a pilates y pido compasión. Le cuento a Aleema, la profesora, que ayer jugué al fútbol, y se ríe. Mi intriga pasa por conocer por qué las futbolistas trabajan tanto los muslos. Alee me explica que ellas necesitan piernas fuertes para resistir mucho tiempo corriendo. Que por eso tienen cadera ancha y piernas gordas. En cambio las bailarinas, eso que ahora yo quiero ser, trabajan la línea de los aductores.

Alee –la reina que corrió de mi vida cualquier contractura– me cuenta de una entrevista que les hicieron a Maradona y a Julio Bocca juntos: cada uno admiraba las piernas del otro. Diego quería saltar como Julio y ser así de liviano; Julio soñaba piernas macizas.

Hubo un momento en el que yo no quise tener las piernas del Negro Ibarra. Fue cuando me empecé a traumar al escuchar términos como varonera, machona, marimacho: esos a los que refieren algunos de mis compañeros de trabajo cuando hablan de una mina que juega al fútbol.

Básico. Los hombres mencionan esos adjetivos –y les dan sentido– sólo porque les duele la herida: que una mujer pueda apropiarse de una cancha y una pelota es como una tocada de culo. Ay, que ella les use su quintita, que les invada su espacio.

Trabajo con cinco hombres en la sección Deportes de un diario. Nunca les dije que yo había jugado al fútbol porque las veces que los tanteé escuché frases que me chocaron:

–¿Una mina que juega al fútbol? Ufff, resta.

–Imaginate, tus botines y los de ella. Tus camisetas y las de ella. No, ni en pedo.

–Sería como vivir con un amigo.

Mis compañeros coinciden en que una mujer tiene que ser femenina. Y yo me indigno.
Pienso en el término futbolista: en que termina con a. Ese ya es un triunfo del género.

Faltan algunos días para mi segunda práctica y hay novedades. Ya soy amiga en facebook de Platense Fútbol Femenino y cambié un ensayo de candombe por ir a pelotear con mi hermano.

Andrés, que ahora tiene 28, no guarda ningún rencor de aquella época. Mientras peloteamos en el patio de su casa, me recuerda que a mi primer novio le había gustado que yo jugara al fútbol.

Es cierto. Yo tenía 17 años y estaba enamorada del amigo de una amiga que no me daba bola. Logré llamar su atención en su cumpleaños, cuando se armó un picado mixto. Compartimos equipo, hicimos una dupla letal –le serví tres goles– y, cuando me estaba yendo, me propuso ir a tomar algo. Salimos durante casi un año: si íbamos a pasar un fin de semana a algún lado, llevábamos la pelota y jugábamos. Solos. Los dos.

Con otro novio que tuve tampoco hubo problemas por el fútbol. Definíamos discusiones sobre qué película ver o en qué restaurante comer con una competencia de jueguitos. El era un defensor rústico y yo la habilidosa de la pareja: lo iba a ver jugar con sus amigos y después le daba indicaciones sobre qué corregir. Y nos divertíamos discutiendo qué característica futbolera heredaría un futuro hijo nuestro. En unas vacaciones, hasta jugamos un partido en Angastaco, Salta, nuestro primer duelo en la altura.

Mi última pareja fue la que marcó mi alejamiento de la actividad. Lo conocí justo después de que había decidido a volver a jugar, hace cuatro años, cuando me sumé a un grupo de chicas que alquilaban una cancha de fútbol 5 en Almagro para divertirse. Había diferentes niveles y yo era de las que se destacaban. Me paraba en el medio de la cancha y distribuía el juego desde ahí. Esa fue, siempre, la posición que más me gustó.

Con estas chicas nos anotamos en un torneo, justo antes de empezar a tener citas con mi ex. Jugaba dos veces por semana: en el entrenamiento y los domingos, en los partidos. Mi cuerpo empezó a cambiar –a ensancharse– y los domingos recibía algunas patadas. Pero además, el problemita era que yo no quería que él supiera de todo esto.

En YouTube había un par de videos en los que se me veía haciendo goles y hasta metiendo un caño. En la tercera cita, noté que mi –ahora– ex buscaba hablar todo el tiempo de fútbol. Hasta que me lo preguntó directamente. Google me mandó al frente: después de buscarme, él me había visto dar un puntinazo en el borde del área y salir corriendo gritando mi gol. Cuando lo mencionó, huí a mi casa. Pensé en no salir más con él y lo primero que hice fue llamar al club y pedir que borraran esos videos.

En el partido siguiente, una jugada marcó mi retiro. Había llevado a mis padres a que me vieran, a una canchita en Villa Lugano. Las rivales asustaban: su estructura corporal se asemejaba en la mayoría de los casos a camiones Scania.

En la primera pelota que recibí, el camión Scania más grande se me vino encima. Me pegó una patada en la rodilla que me hizo caer al piso desmayada de dolor. En el impacto, por poco no me rompí el mentón al chocar contra las baldosas.

Me levanté rápido porque imaginé la cara de horror de mis padres, que miraban todo desde una tribuna. Tuve que salir un rato para que me pusieran aerosol en la rodilla. Ya había determinado internamente que iba a dejar de jugar, pero le rogué al entrenador que me dejara entrar. Ingresé y acusé a Scania de violenta, mala leche y antifútbol. Y al árbitro, de ser cómplice de un atentado físico.

Al otro día tenía que ver a mi ex. Y estaba con un moretón en la pierna. Le mentí: inventé una caída de la escalera. Unas salidas más tarde, con la relación oficializada, blanqueé la situación. Hablé de mi pasado de futbolista. Y de ahí en más llevamos a su sobrino a jugar al parque.

Pateamos algunas veces, los tres. Y proyecté: si alguna vez formábamos una familia y teníamos tres hijos o hijas, podríamos armar un equipito en casa.

Por segundo lunes llego a la sede de Platense. No hay vestuarios para chicas –los que hay, los usan los varones de las inferiores–, así que me cambio en un baño. No sé si pasaré la prueba o no, pero algún día podré contarles a mis nietos el olor nauseabundo de este bañito de un metro por un metro, que debe hacer años que no recibe una gota de lavandina.

Cuando salgo, algunas de mis compañeras conversan sobre el partido que perdieron el fin de semana contra Estudiantes por 3 a 0. Están enojadas, pero no por la derrota: en Platense, perder es la normalidad. En el anterior, cayeron ante UAI Urquiza 11–0 (con la prueba ya finalizada, terminarían el Apertura 2012 que completaron en 2013 en el puesto nueve entre 13 equipos, con tres victorias, un empate y ocho derrotas).

Lo que jodió fue la actitud de las rivales. La entrenadora de Estudiantes insultó a las chicas y las trató de “muertas”. Y, ahora, enojadas y todo, reconocen que eso les sirvió. Están contentas pese a que perdieron: se elogian por la actitud, el fair play y por la unidad ante el agravio ajeno.
Me gustaría ser parte de este equipo.

Acá, ahora, somos un grupo variado. Natalia tiene 31 años, es cajera de un supermercado y juega donde le pidan: enganche, lateral izquierdo, arquera. A ella todas la llaman por su apellido: Carrizo. Nancy, de 23, trabajaba hasta hace poco en una fábrica de galletitas y como fue la última en sumarse todavía no tiene puesto determinado. Angela, de 23 y empleada de un centro de copiado, es central.

Noelia, de 22 años, estudiante de Trabajo Social y tutora educativa en una escuela, también es defensora, al igual que Marilin, de 23, que cursa la misma carrera. Guillermina, de 22, juega de 5 y estudia Educación Física. Sabrina, de 34, también juega abajo: estudió Periodismo, pero trabaja en el área comercial de una empresa de bebidas alcohólicas. Yemima, la 8 del equipo, es la mayor: tiene 36 años, estudia Recursos Humanos y trabaja como administrativa. La más joven es Jimena, que con 17 es arquera. Florencia, otra 5, de 23 años, trabaja en Recursos Humanos. Olga, de 33, juega de 2 y se dedica a cuidar a sus dos hijos. Giselle, de 23, es la 6: es profesora de Educación Física y estudia para ser DT. Y Estefanía, de 25, es volante: estudia Radiología y trabaja en una casa de comidas.

Hago el repaso rápido, las miro, me caen bien: ninguna ocupa el puesto que yo pretendo. Mi objetivo ahora es ser la número 10 de este plantel.

Arranca la práctica: hay que correr. Al rato, Mariela propone fútbol en espacios reducidos. Me toca con las de pechera naranja. Me ubico en el medio y arranco con la confianza en alto: en la primera jugada eludo a tres, pero después pierdo la pelota.

Como jugadora, yo tenía altibajos. Sufría mis problemas de autoestima. Si me la creía, era la figura del partido. Y si no estaba bien, desaparecía. Ahora no me caigo.

En este espacio reducido de esta cancha de tierra, en el atardecer de este 18 de marzo, con 13 grados de temperatura y un viento frío que incomoda, toco hacia la izquierda, me devuelven la pared y me voy hacia el arco en velocidad.

De reojo, miro cómo las que me siguen no me alcanzan. Y no hay arquera. Pelota al pie, espero estar cerca para no fallar. Pienso que no me voy a olvidar nunca este momento. Y pateo. La empujo suave: gol. Gol, carajo. “Gol, la puta madre”, pienso, pero no digo ni mu. Agacho la cabeza, relojeo que Mariela me esté mirando y vuelvo a mi lugar.

¿Confianza? Me siento Lionel Messi, así que, agotada y todo, hago una rebeldía y meto un caño. Al instante me doy cuenta de la osadía, pero nadie me dice nada. Así que voy por más: recibo de espaldas y cuando Carrizo me viene a marcar busco hacer otro túnel. Ella cierra las piernas justo y empieza a gritar: “Che, acá hay una notera que se hace la viva y quiere meter un cañito”.

El gol había sido demasiado reconfortante, así que les escribí a mis amigos contándoles mi logro. Todos me festejaron:

“Jajaja, sos lo más. ¿Quedaste?” (Ariana).

“¡Gro-ssa! ¡Excelente! Yo creo que te encomendaste al Supremo de la Iglesia Maradoniana. Cuando hagamos un picadito, te elijo para mi equipo, de frente mantecol” (Tami).

“Un orgullo para mí, un fan de tus piernas” (Tomás).

“Pujol rima con gol! No es casualidad” (Nico).

Mis amigos siguen ansiosos mis pasos en la prueba. En el pasado también tuve hinchada. A los 13, el papá de una chica de la escuela me fue a buscar a mi casa para llevarme a una prueba en San Martín de Burzaco, un club que también disputa el torneo de AFA.

Mi mamá no quería, pero le gané por insistencia. Ahí, me dijeron que era buena, pero que todavía era muy joven. Que volviera al año siguiente. Y ya no volví: el trauma fue más fuerte.

¿VESTUARIO? En Platense las chicas se cambiaban en un baño chiquito.

¿VESTUARIO? En Platense las chicas se cambiaban en un baño chiquito.

En la adolescencia, sólo recuerdo haber jugado una vez en un torneo en la secundaria, en quinto año. Fueron todos mis compañeros a vernos. No nos dieron bola hasta que hice una bicicleta para desmarcarme de una, gambeteé a otra y puse el 1-0. Ahí empezaron a alentar. Y a escupir a las rivales. El partido se definió por penales: hice el mío, me puse de arquera, atajé uno y salimos campeonas.

Anoche les contaba esto a mis amigos de ahora, después de hablarles del chico que me gusta y de descubrir que ese chico me gusta porque lo veo parecido al Beto Márcico. Hoy, les mando la imagen que me sacó el fotógrafo en la cancha de Platense. Les pongo que para mí es un retrato de una ilusión: una ilusión de gol.

“¡Pero qué gambas, mamita! Nótese la sutileza: de la cintura para arriba, pose de candombera. Tenés que mandarle esta foto a tu Beto Márcico y listo. Se muere muerto” (Lore).

“¡Pero qué jugadora, mamadera! Tenés por encima de la cabeza, como pintadita en el aire, el aura del Supremo señor de la iglesia maradoniana” (Tami).

“Mirada en la pelota. Pie derecho contra el piso. La zurda preparada para el latigazo. Talento. Puro talento. Yo, si fuera Platense... No te dejo escapar. El día del debut ahí estaremos” (Tincho).

“Canta la hinchada calamar: ‘Este equipo tiene toqueee / este equipo tiene goool / Este equipo tiene todo / Gracias a la zurda / de Ayelén Pujoool” (Nico).

Me junto a charlar con Mariela en el buffet de la sede de Platense, antes de mi tercera y última práctica. La chica que determinará mi futuro como futbolista de Primera División es apenas tres años más grande que yo. Trabaja como empleada en AySA y es periodista deportiva (meses después de la prueba, Mariela se iría de Platense a dirigir a Defensores de Florida, un equipo de futsal de chicas).

Mariela empezó a jugar al fútbol desde chica con su hermano, en este mismo barrio, hasta que cuando tenía 11 o 12 años su mamá se lo prohibió: le decía que las nenas no jugaban a la pelota y que no le gustaba que jugara con varones en la calle.

Hoy cuenta que, con el desengaño en el alma, pasó a jugar al básquet. Hasta que a los 16 una señora la fue a buscar para invitarla a un equipo que estaban armando con las madres de unos nenes del club. Fue.

En ese tiempo, River –algo así como la NBA del fútbol femenino– abrió una escuela de fútbol para chicas. Mariela también se anotó, así que jugaba en Platense y en River a la vez. En un momento tuvo que decidir.

–Yo soy hincha de Platense, enferma. En River era un nivel completamente distinto. Pero yo me quedé acá… Empezamos a jugar y perdíamos todos los partidos. El primero fue contra River. Imaginate. 30 a 0 perdimos.

–¿30 a 0?

–No sabés lo que lloré. Me fui a mi casa y lloré, lloré, lloré. Y decía: yo podría haber estado del otro lado, ¿entendés? Me quedó esa espina ahí. Jugué acá seis años más. Todas las fechas perdíamos: 6-0, 8-0, 10-0, 15-0. Casi todos los partidos volvía puteando y reputeando. Lloraba de bronca, de impotencia.
Como DT, eligió volver al mismo lugar. Ahora no llora, pero reniega ante cada derrota. Con un bolso lleno de pelotas que usará en la práctica y el rostro cansado por una gripe, me cuenta que hubo un tiempo en el que se corrió del club para cumplir su meta. Fue a River para ser campeona una vez en la vida: lo consiguió en dos ocasiones. Y se fue de ahí porque, dice, tuvo un problema.

–Yo jugaba de 3. Era una de las más grandes del plantel. Un día vino una de las más chiquitas y nos dijo a las referentes que no sabía si el médico del plantel había querido abusar de ella. Que había tenido tratos medio raros. Nosotras fuimos a hablar, nos dijeron que no nos preocupáramos. Pero nos terminaron echando. Nos fuimos todas. El médico siguió y al año siguiente lo pasaron a otra área del club. Fuimos a pedir explicaciones. La excusa que pusieron fue que estábamos en libertad de acción, que no íbamos a ser tenidas en cuenta. Pero la mitad de las que echaron éramos titulares, era una estupidez.

–¿Fue la única vez que te pasó algo así o es algo habitual en el ambiente?

–La única. Pero lo del ambiente está. Es terrible el prejuicio que hay.

–¿Cuál es el prejuicio?

–El de la promiscuidad entre mujeres. Por eso, por ejemplo, es tan difícil tener una escuelita para más chiquitas. Mirá, yo trabajo con Evelina, que es la coordinadora de la escuelita. Ella salió la otra vez en la tele y contó que jugaba al fútbol. Tiene una imagen de mujer más social y la siguen todos. Yo le dije: “Hija de puta, hace un año que estás en el fútbol y te siguen todos, y yo hace 14 años que estoy y no me sigue nadie”. Porque me ven así, ¿entendés? Ella es socialmente femenina, más coqueta. Y las madres están maravilladas, le llevan a sus hijas de 10 años con confianza, sólo por la estética. Y yo digo: ‘Pero la concha de la lora, ¿cómo puede ser?’. Ella me abre puertas que yo no podría abrir.

Evelina es una morocha de pelo largo y lacio que tiene una sonrisa fresca. Es de esas chicas que son lindas hasta vestidas de jogging, buzo de la Selección Argentina y zapatillas deportivas. Evelina, que ahora se sienta en el buffet con nosotras, cambió la forma que Mariela tenía de trabajar: la ayudó a ser más pedagógica y menos rígida. Evelina acepta que su estética genera confianza y define la apariencia de Mariela como “una belleza rústica”.

Mariela la mira, sonríe y cuenta que el buen clima se vio en el viaje a La Plata para jugar contra Estudiantes. Ella llevó un CD de cumbia y lo puso en el micro para ver cómo reaccionaban las chicas. Todas se pusieron a bailar. Le pregunto qué haría ahora si tuviera una denuncia de abuso.

–Si llego a ver una situación incorrecta, no sólo en el aspecto del tabú, de la promiscuidad que la gente piensa, sino en el aspecto de agresividad a una compañera, automáticamente lo corto y hablo. No me molesta. Porque sé lo que quiero, sé adónde quiero apuntar con el grupo, con el proyecto que tengo.

–Y cuando te llama una madre y te pregunta por estas cuestiones, ¿cómo manejás el tema?

–Ahora ya no me molesta. Como trato que vengan, les explico que no es así. Acá venimos a trabajar y a hacer un deporte. Cuando nos vamos, cada una hace lo que tiene ganas de hacer. Es problema de cada una.

Es miércoles y estoy nerviosa. La última y definitiva prueba iba a ser el lunes, pero la práctica se suspendió por lluvia. Mis amigos me llamaron para ver si había quedado. Hoy, cuando termine el entrenamiento, tengo que mandar una cadena de mensajes de texto para avisar si quedé o no en Platense.

Mis compañeras saben que hoy se juega mi verdad. Carrizo me carga: me pregunta si voy a comprarme botines si llego a quedar. Los que me prestó mi amiga tienen un agujero en el pie izquierdo.

Hay que correr. ¿Por qué hay que correr siempre? ¿No se puede jugar directamente? Tengo que dejar todo, pero no puedo disimular más que lo único que me divierte es patear una pelota. Se lo comento a Noelia, con quien voy al final de la fila. Ella se está recuperando de un esguince, así que por ahora lo único que puede hacer es trotar y trotar y trotar. Se lesionó por una patada que recibió y de la que ahora se ríe. “Lo peor ya pasó”, dice y se va, con su short cortito, su pelo rubio atado que se mueve al compás del viento y los auriculares puestos.

Mariela toca el silbato y nos da pecheras. Antes hicimos ejercicios con pelota para trabajar la precisión. Empiezo a tener miedo. Necesito charlarlo con alguien. Nancy, la primera con la que me crucé la vez que me acerqué al club, está al lado mío. Es una chica de pocas palabras. Me contó que vivía en Saavedra, que es paraguaya y que se sumó a Plantense hace muy poquito. Llegó para ser la 9. Todo me lo explicó hablándome bajito y mirando al piso.

Recibo pechera. La miro a Nancy. Me mira. “Nancy, yo siempre fui pecho frío”, le comento. Silencio. Sigo: “Siempre, Nancy. Las veces que tuve que ser fuerte en una situación importante, me cagué, ¿entendés?”. Cuando creí que ella, con sus rulos recogidos e inmutables, no iba a regalarme más que su mirada y su silencio, la escuché decir: “Jugá. Nada más”.

Mariela ordena que hagamos un partido en la mitad de la cancha. Mi equipo es el que tiene que atacar y por eso juega sin arquera. La indicación de la DT es que la jugada tiene que construirse desde abajo.

“Ubicate en el lateral izquierdo, atrás de Romina”, me pide Mariela. Me desoriento un poco porque no me lo esperaba. Pero ahí voy. Ya es de noche. Romina no es de mis más “amigas”: nunca hablamos. Tiene rulos, un lunar negro en un cachete y lo que sé de ella es que es titular en el equipo de Platense en el torneo de AFA. Juega de defensora, pero ahora la DT le dijo que se ubicara de volante.

La indicación es llegar al arco contrario tratando de que la pelota pase por todas. Nancy espera en el centro del área para definir. En la defensa somos tres, en el medio otras tres. El equipo contrario tiene una defensa de cuatro chicas y dos volantes. Lo único que tienen que hacer es impedir que lleguemos al gol.

Intentamos salir una vez de abajo. Perdemos la pelota. Falla 1. Ahora la central toca para mí, que intento avanzar y tocar al medio. Pésimo pase que se va a cualquier lado. Falla 2. Y primer enojo.

–Ey, che, ¿cómo era tu nombre?

–Ayelén.

–Cuchá, no te vengas tan pegada a mí, vos sos la 3, quedate abajo.

Romina me corrige. Mariela da indicaciones. Insistimos. La jugada nace desde la derecha, viene a este costado, toco al medio y le llega a Nancy, que define mal. Una más: recibo y decido salir de mi lugar. Avanzo con la pelota al pie, me vienen a marcar. Intento un amague para escapar, pero la pierdo. Falla 3.

–Ey, che, piba. Vos jugás de 3. Quedate ahí. Seguime a mí. Me tenés que mirar la espalda siempre.
Romina me colmó la paciencia, así que ni la miro cuando me habla. Y nos sigue yendo mal: hay falla 4, 5 y 6, la última mía, otra vez.

–Flaca. Ey, flaca. Vos, la 3.

–...

–Che, cuchame.

–Mirá, ya te dije que me llamo Ayelén. Y ya sé lo que me vas a decir. No me rompas más las pelotas.
Al final, hay charla técnica. Hablan del próximo partido. Elongo al margen del grupo, hasta que la entrenadora pone punto final y me llama: “Vamos a sentarnos a charlar en el buffet”.

El camino –unos 50 metros de tierra– se hace largo. Pienso a qué se parece eso que me corre por dentro. A cuando das un examen y esperás la nota. A cuando nace un sobrino. A cuando te preparás para una entrevista laboral. A cuando tenés que hacerle una nota a una estrella. Al primer día de clases.
Habla Mariela.

–En el ambiente femenino no abundan las jugadoras zurdas. Que venga una jugadora zurda ya es algo bueno. Desde ese punto de vista estarías aceptada. Hay que trabajar mucho en la parte física. Mucho. Hay que trabajar mucho en la parte del cuerpo. En resistencia, velocidad, fuerza. Y en poner el cuerpo para quedar bien parada. Hoy hubo un par de situaciones en que perdías la pelota pero por una cuestión nada más de postura de cuerpo, hay que protegerla mejor. Pero no es nada grave.

–¡¿Entonces quedé?!

–Sí. Hay cosas que trabajar. Pero podés ser la 3 de este equipo.

La miro, sonrío y me cuelgo: pensé que una noche de miércoles cualquiera me estaban diciendo que era futbolista profesional. Me temblaron las piernas. Hasta que me imaginé con la 3 de Platense y sentí que ese número no me representaba futbolísticamente. La saludé a Mariela con afecto y le dije que lo iba a pensar, que en unos días la llamaba.

No volví nunca más.

Por: Ayelen Pujol / Fotos: Sergio Rivera

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