Las Crónicas de El Gráfico

1966. Wehbe: El Sheik de Vélez…

Por Redacción EG · 04 de febrero de 2019

Queremos recordar al querido Omar Wehbe, fallecido hace unos días, con un entrañable reportaje de Osvaldo Ardizzone cuando este hijo de libaneses tenía 22 años y estaba camino a ser un crack eterno en Vélez.

Asunción al cinco mil trescientos, allá donde Lope de Vega se junta con la General Paz... Una casa de piso bajo, de antiguo y deteriorado revoque, con pretensión de negocio a la calle. La tarde ya insinúa el gris de un ocaso que apenas permite descifrar la inscripción de la vidriera: "Se zurcen medias en el acto". Una sombra inclinada sobre una máquina de coser se mueve con un balanceo de autómata...

El Turco y doña Matilde, su madre libanesa, en la puerta el  taller de los Wehbe… El ruido de las máquinas de ojales acunó la infancia de Omar...

El Turco y doña Matilde, su madre libanesa, en la puerta el taller de los Wehbe… El ruido de las máquinas de ojales acunó la infancia de Omar...



Es doña Matilde. La madre de Omar Wehbe. Una mujer de unos 60 años, de facciones vigorosas, con esas marcas que deja una vida de obligación y de trabajo... Está vestida de negro y en la cabeza lleva un rebozo del mismo color a manera de turbante que acentúa sus rasgos orientales. Nació en el Líbano, en Beirut, ¨sin envidiar a nadie, la mejor ciudad del mundo¨, dice con voz de nostalgia...

En la pequeña habitación se confunden las telas, los vestidos, toda la costura que la maquina va devorando al compás de su ruido acompasado. Doña Matilde hace ojales. Diez, doce horas diarias confeccionando ojales. Treinta años confeccionando ojales, siempre inclinada detrás de esa vidriera que mira a la General Paz.

Llegó a Buenos Aires a los diecisiete años, ya casada. Y ancló allí en Villa Devoto. Allí nacieron sus cinco hijos. El último es Omar, el único que ahora la acompaña en su viudez, el único soltero.

—Sí... Muy buenos todos los muchachos... Trabajadores todos... Omar también, ¡tiene que ver cómo hace ojales en la máquina! A los 8 años ya me ayudaba, pero toda su vida tuvo la locura del fútbol... Lo que me duele es que me haya dejado los estudios. Esa es una lástima. Estaba en el cuarto año industrial cuando no quiso saber más nada...

Pero a pesar de la contrariedad que trae el recuerdo, doña Matilde no deja de sonreír, como si quisiera extremar esa hospitalidad y la cortesía...

Foto: Humberto Speranza.Foto: Humberto Speranza.



—Para una mujer que tuvo tres casas como yo es un poco triste vivir aquí adentro ahora. Pero nunca quise que mis hijos trabajaran para mí. El único loco fue este Omar, que iba a vender Coca Cola a las canchas, pero lo que ganaba no le alcanzaba ni para las zapatillas que gastaba. Vamos a ver ahora si progresa con este fútbol. A usted ¿qué le parece? ¿Sabe qué me dice? ¡Que fue el único que hizo salir el apellido en los diarios!

Una pareja llega de la calle. Es Omar y su novia. Y en la figura, en los rasgos, están las características inconfundible es de su ascendencia. Delgado, flexible, casi quebradizo, el pelo negro y apretado.

Los ojos oscuros y la piel mate contrastan con la línea brillante de la dentadura. La nariz recta y afilada se destaca en la cara enjuta, dibujando la nobleza de un perfil de sheik oriental. Tiene la expresión alegre, respetuosamente atrevida, que se manifiesta en una locuacidad llena de chispeante simpatía...

— ¿Qué haces, Gorda?

 Gorda es doña Matilde. Gorda es la madre. Y todo el diálogo que inician sorprende porque siempre mantiene ese tono casi infantil, de bromas recíprocas, de reproche afectuoso.

—La Gorda todavía no se dio cuenta que vine grande. Por la mañana me viene a buscar Mario Rodríguez con el auto para ir a Vélez y delante de todo el mundo me cruza la General Paz, ¿a usted le parece? Pero, Gorda, ¿no ves que después los muchachos me cargan?

Pero a doña Matilde ese detalle no la preocupa.

— ¿Qué quiere? Yo no me quedo tranquila hasta que no veo que subió al auto. Recién entonces me siento a la máquina a trabajar. ¡Total! Eso lo hice toda la vida, desde chiquito. Siempre me parece que le va a pasar algo.

La novia de Omar es Mariel. Una belleza también oriental, porteña, pero con lejanas reminiscencias del Líbano en los ojos renegridos y una cascada de pelo largo y azabache. Nació allí, en la misma esquina donde su familia instaló un negocio de panadería. La amistad empezó en la infancia. El noviazgo hace apenas dos años.

El Turco convierte el segundo gol de Vélez en el partido que definió el campeonato Nacional 1968. Cejas mira resignado.

El Turco convierte el segundo gol de Vélez en el partido que definió el campeonato Nacional 1968. Cejas mira resignado.



EL JUGADOR

Una discreta cortina nos separa del negocio. Un ambiente reducido modestamente amueblado. Un viejo aparador. Una vitrina con algunas copas. Una mesa. Algunas sillas y el testimonio de la única gira que realizó Omar. Una cajita de música que trajo de Panamá para doña Matilde, que parece como un detalle insólito en la modestia del decorado...

Omar construye su biografía. No hay pasado. Una historia breve que empezó allí, en los terrenos de la General Paz. El primer equipo fue el Devoto Oeste, cuando apenas tenía 12 años. Después fue a Glorias Argentinas. Y en el 58 pasó al Ciclón de Jonte. Fue siempre simpatizante de Ríver y una vez, a los trece años, fue a intentar una prueba, pero no lo tomaron en cuenta. Y siguió jugando en los equipos del barrio, hasta que en el 60 fue a Vélez, cuando cumplía 16 años. Desde allí recorrió todo el proceso. Pasó por todas las divisiones del club y fue casi siempre goleador. Y siempre quiso ser delantero porque el fútbol le gusta para eso: para marcar goles. Le gustan los jugadores hábiles, los que "la tocan bien", pero...

—La mayor satisfacción del fútbol es el gol. Me gusta jugar allá adentro y aunque para muchos es difícil a mí se me hace fácil. Será porque me gusta. Vea, cuando estaba el señor Arauz de D.T. me quiso poner de wing derecho porque yo tengo buen tranco... Me decía... "usted se mete por adentro y llega bien al remate". Pero para mí no es lo mismo. Me es más cómodo entrar con el 9 y tirarme a los laterales. Yo entro bien por los dos lados y todavía mejor por la izquierda. Y allá arriba con Carone nos desmarcamos bien, nos cruzamos...

Otra imagen del partido de la vida de Wehbe, en el alambrado con los hinchas forrtineros. Ese día Omar convirtió tres de los 4 goles de Vélez frente a Racing

Otra imagen del partido de la vida de Wehbe, en el alambrado con los hinchas forrtineros. Ese día Omar convirtió tres de los 4 goles de Vélez frente a Racing



Llega un sobrino de Omar, un muchacho de unos veinte años, que se agrega a la rueda. Llega otro sobrino, más o menos de la misma edad. El reducido saloncito parece ahora más pequeño. Doña Matilde silenció su máquina para colaborar en la charla. Mariel escucha moviendo pesadamente sus largas pestañas y Omar es el rey. Es la imagen del sheik oriental que centraliza la admiración de todos. El único miembro célebre de la familia, cuya fama ya llegó a los lejanos parientes que se quedaron fieles al Líbano...

—Yo mando todos los recortes allá... —dice con orgullo doña Matilde. Y Omar se sonríe comentando la última broma de Carone...

— ¿Sabes qué dice el Pichino? Que en la última conscripción de socios de Vélez entraron 8 mil con turbante. Que sí sigo haciendo goles va a ir toda la colectividad. Del interior del aparador saca una carpeta.

—Mire... léala, aquí está toda mi historia... Claro que recién empieza. Las fotos las compro, porque todavía no me sacaron ninguna grande...

En la primera página hay un prólogo escrito con tinta roja. "Carpeta del crack Omar Wehbe." Y dice más abajo. "Si esta carpeta se llega a extraviar se ruega devolverla a..." Y finaliza asegurando una buena recompensa. En las páginas anteriores no hay nada destacado. Sólo las tablas de goleadores donde su nombre está registrado. En 1965, en la reserva, 20 goles, y ahora, en primera, en 14 partidos, 8 goles.

En el club de Liners tuvo un destacado promedio de gol convirtiendo 56 en 95 partidos. Se retiró en Chacarita después de disputar solo cuatro partidos a los 27 años.En el club de Liners tuvo un destacado promedio de gol convirtiendo 56 en 95 partidos. Se retiró en Chacarita después de disputar solo cuatro partidos a los 27 años.



—Claro que con dos penales, porque ahora don Victorio (Spinetto) me los hace patear a mí... Dice que porque soy sereno... Pero ¿quiere que le diga una cosa? Recién ahora me estoy tranquilizando. Será porque recién ahora la hinchada de Vélez me acepta. ¡Es que se hace difícil reemplazar a un jugador como Willington! Y yo sé que tuve que luchar mucho contra eso. Me tocó reemplazar al ídolo del club, ¿se da cuenta? Pero le puedo asegurar una cosa. Alguna gente cree que yo estoy nada más que para el gol. ¿Sabe por qué? Porque yo juego con mucha responsabilidad, casi ni quiero la pelota. Trato de tocarla apenas me llega. A veces Mario Rodríguez me dice: "¿Por qué no hacés un túnel, Turco? ¿Por qué no mareas? ¡Si vos sabes!" Pero por ahora me conformo con esto que estoy haciendo, aunque creo que todavía no demostré todo lo que puedo. Tengo más juego, tengo más recursos con la pelota que lo que mostré hasta ahora. Ya lo va a ver... Y vuelve a dirigirse a doña Matilde, que sigue el relato con la sonrisa eterna en los labios.

—Vas a ver, Gorda, la plata que te voy a traer.

—Sí, pero vas a tener que ir otra vez a la escuela, a seguir los estudios, como dice tu hermano. ¿Dónde va a ir con fútbol sólo? Pero el Turco no volverá más a los estudios. Está en la fiebre de la gran vocación. Está empezando a saborear los primeros halagos del triunfo. Todavía no hay prosperidad económica, pero de todos modos ya se gana mucho más que con los ojales, mucho más que con la  venta de bebidas heladas por las canchas. Aunque según doña Matilde ¨el Omar es muy buen muchacho, muy trabajador, aunque haya abandonado la carrera del Industrial por el fútbol¨

—Ya compré un terreno a medias con Mariel. Aunque ella al lado mío es rica, pero por algo me persiguió toda la vida desde chiquito... ¿No es cierto?

Las largas pestañas de Mariel ensayan un parpadeo intencionado... Su elegancia contrasta con el austero tocado de doña Matilde. Se advierte la distinta extracción social. Es más próspera la panadería que la fábrica de ojales. Pero ahora está el Turco Omar de por medio. Allí se concilia todo. Es el centro de todo. Su perfil aguileño, su aire alegre, chispeante, su afectuosa cordialidad y esa fama que empieza, que ya circula por Villa Devoto, que trasciende en el comentario del barrio.

—Gorda, yo te voy a hacer famoso el apellido. Vas a verlo escrito en todos los diarios. Pero ¡no hay nada que hacer! Vos igual vas a seguir haciendo ojales sentada diez horas en la máquina y me vas a seguir cruzando la calle de una mano. ¡Sos un fenómeno!

Omar Whebe en una foto de 1969, poco más de 2 años después de esta nota. Falleció a los 74 añosOmar Whebe en una foto de 1969, poco más de 2 años después de esta nota. Falleció a los 74 años



GANAR A FUERZA DE GOLES

En el pequeño salón, Omar parece un repartidor de felicidad. Una broma a doña Matilde, una broma para la novia, otra frase intencionada para el sobrino, otra para el otro sobrino... Allí se estrecha su reducido círculo, su gran corte de admiradores, su refugio de afectos. Es el cacique, como dice doña Matilde... El mismo cacique del barrio que siempre vivía trepado en los árboles, el mismo que pedía zapatillas "al fiado" al zapatero de la vuelta, el mismo que empezó a coquetear con "la hija del panadero" cuando despuntaba la adolescencia... Uno de esos chiquilines del barrio que están en la simpatía de todos los vecinos, entrador, chispeante, lleno de vida para afuera.

—Y esto no es nada —dice doña Matilde—. Hay días que la casa está más llena, que no cabemos aquí adentro... Vienen todos mis hijos y los vecinos...

Del interior de la vitrina, Omar toma una botella de caña. Mientras sirve en las copas, doña Matilde no puede reprimir su contrariedad…

— ¡Qué lástima ese botella! ¿Por qué la abriste,  Omar? ¡Disculpe, señor! No se lo tome a mal ¿sabe? Es que yo quería guardarla como recuerdo. Es el primer premio que ganó mi chico jugando al fútbol...

Omar aclara sonriendo...

—Sí. Me la dieron por último gol que le marqué a Independiente. La Gorda no la quería abrir... Pasamos otra vez entre la confusión de telas, vestidos, botones, entre toda la costura que recibe doña Matilde. La máquina duerme su fatiga de treinta años. Mañana otra vez ojales, más ojales, más zurcidos de medias "en el acto", y el balanceo acompasado de doña Matilde detrás de la vidriera.

Mañana otra vez la familiar imagen de los dos cruzando la General Paz cuando llegue el auto de Mario Rodríguez, cuando Omar Wehbe vaya a seguir peleando la desconocida fama de su "W" contra la célebre "W" de Daniel Willington, el ídolo que tapaba el número 9 de Vélez...

Y Omar lo tendrá que ganar a fuerza de goles, con esa vocación de goleador que ya le viene de las inferiores, con esa facilidad para ir a buscarla arriba en el cabezazo. Una vocación que ya Daniel había postergado con su vicio de recorrer los laterales.

Quizá con el triunfo doña Matilde se decida a silenciar la máquina para siempre...

 

Por OSVALDO ARDIZZONE (1966)

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