Las Entrevistas de El Gráfico

2008. Todo lo que le pasa es Real

Por Redacción EG · 17 de febrero de 2020

Ya asentado en el Real Madrid, Gonzalo Higuaín le concedió una entrevista a El Gráfico donde pasó por todos los temas, las concentraciones, los que lo ayudaron a integrarse, River y la Selección.

Jor­ge Ni­co­lás Hi­guaín nun­ca fue ami­go de las su­ti­le­zas den­tro del cam­po de jue­go. Due­ño de una per­so­na­li­dad ava­sa­llan­te, el Pi­pa no se en­co­lum­na­ba en el gremio de los ar­tis­tas. Sus bo­ti­nes no eran lo que se di­ce un par de pin­ce­les ca­pa­ces de alum­brar la crea­ción ex­qui­si­ta si­no más bien una co­lec­ción de bro­chas gor­das que ce­pi­lla­ban de pies a ca­be­za sin re­pa­rar en na­cio­na­li­da­des ni ra­zas.

En Ma­drid, sin em­bar­go, cual­quier tu­ris­ta que se pre­cie no pue­de de­jar de vi­si­tar el Mu­seo del Pra­do. Go­ya, Ve­láz­quez y Mu­ri­llo po­drían ha­ber si­do pa­ra el Pi­pa los integrantes de una de­lan­te­ra de en­sue­ño, pe­ro pa­ra Nancy Za­ca­rías, que de­bió so­por­tar es­toi­ca­men­te a un ma­ri­do y cua­tro hi­jos fut­bo­le­ros que le rom­pie­ran cuan­to cua­dro y ador­no decoraba su ho­gar, sig­ni­fi­ca­ba un mo­men­to lar­ga­men­te es­pe­ra­do, el de apre­ciar en vi­vo y en di­rec­to las obras de es­tos ar­tis­tas que con­for­man al­go así co­mo la co­lum­na ver­te­bral de la pin­tu­ra es­pa­ño­la: el 1, el 5 y el 9.

Se acer­ca­ba el ve­ra­no eu­ro­peo del 2006 y mien­tras Fe­de­ri­co izaba la ban­de­ra del mi­la­gro con Chi­ca­go, y Gon­za­lo co­men­za­ba a ga­nar­se la ti­tu­la­ri­dad en el Ri­ver de Pas­sa­re­lla, pa­pá Pi­pa le cum­plía la pro­me­sa pos­ter­ga­da a su es­po­sa: el via­je a Es­pa­ña, don­de nun­ca ha­bían es­ta­do. Le cum­plía la pro­me­sa, pe­ro tam­po­co iba a es­tar re­par­tien­do son­ri­sas. La acom­pa­ñó cua­dro por cua­dro, to­le­ró las ex­pli­ca­cio­nes que el guía por au­ri­cu­lar le de­di­ca­ba a ca­da obra, pe­ro ape­nas pi­só la ca­lle, le sal­tó con los ta­po­nes de pun­ta.

-No te preo­cu­pes, ma­ña­na va­mos a ir a otro mu­seo.

-¿A qué mu­seo me vas a lle­var, gor­do?

-Al Ber­na­béu, ma­ña­na te lle­vo al Santiago Ber­na­béu, el es­ta­dio del Real Ma­drid.

-¡Vos es­tás lo­co! Me tu­vis­te 40 años con el fút­bol y aho­ra me que­rés lle­var a una can­cha. No.

-Ha­cé lo que quie­ras, yo voy a ir igual.

Una familia muy normal la de los Higuaín. Desde la izquierda: Nicolás, representante; Gonzalo y Federico, futbolistas; Lautaro, el más chico.

Una familia muy normal la de los Higuaín. Desde la izquierda: Nicolás, representante; Gonzalo y Federico, futbolistas; Lautaro, el más chico.

Aho­ra si, la cá­ma­ra sal­ta al pre­sen­te, mar­zo del 2008, y en­fo­ca a Jor­ge Hi­guaín en un có­mo­do si­llón, del ho­gar al­qui­la­do pa­ra el hi­jo que ja­más re­sis­ti­ría un ge­né­ti­co fut­bo­le­ro, en el ba­rrio re­si­den­cial de Mi­ra­sie­rras, periferia de Ma­drid. Las pa­la­bras le per­te­ne­cen.

“Ahí es­tá­ba­mos al otro día, pe­leán­do­nos en la puer­ta. Que an­dá vos, que yo me voy a ca­mi­nar, que ve­ní a co­no­cer es­to, que ni lo­ca, que no te lo pier­das. Al fi­nal fui­mos los dos. Pa­ga­mos la en­tra­da y cuan­do me aso­mé a se­me­jan­te es­ta­dio me aga­rró un... la ver­dad, el Ber­na­béu es im­po­nen­te. Vacío es imponente. Y lleno, también. Aga­rré mi ca­ma­ri­ta y me pu­se a fil­mar. Iba ca­mi­nan­do, ha­cien­do el re­co­rri­do tí­pi­co del tu­ris­ta, y em­pe­cé a jo­der. Mien­tras fil­ma­ba, me acer­qué al ves­tua­rio, al loc­ker donde ha­bía una gi­gan­to­gra­fía de Beck­ham y em­pe­cé a ha­blar­le a la cá­ma­ra: 'Gon­za, acá tie­nen que ve­nir a ju­gar us­te­des, es­te club es pa­ra us­te­des. ¿Có­mo va a es­tar Beck­ham y no van a es­tar us­te­des?'. Así, bo­lu­de­ces de ese ti­po de­cía.  Eso fue en ma­yo del 2006. En oc­tu­bre, sie­te me­ses des­pués, el Di­rec­tor De­por­ti­vo del Real Ma­drid, Ped­ja Mi­ja­to­vic, me es­ta­ba lla­man­do pa­ra in­vi­tar­me a ha­blar por Gon­za­lo. Es de no­ve­la, ¿no?”.

De no­ve­la, cla­ro que sí. Gon­za­lo Ge­rar­do Hi­guaín aún no com­ple­tó 18 me­ses con la ca­mi­se­ta más pres­ti­gio­sa del mun­do, un tor­neo y me­dio, y se apres­ta a ce­le­brar su bi­cam­peo­na­to, cir­cuns­tan­cia que se di­ce y se pien­sa fá­cil pe­ro que el Real Ma­drid no con­quis­ta des­de ha­ce 18 temporadas. Y to­do con 20 años.

“Ve­ní a las cin­co de la tar­de, que el Fla­co te va a es­tar es­pe­ran­do”, ha­bía an­ti­ci­pa­do pa­pá Pi­pa, que en Ma­drid le ma­ne­ja un po­co la agen­da a su ter­cer hi­jo, y tam­bién le or­ga­ni­za las co­mi­das y le man­tie­ne la ca­sa en or­den y bus­ca re­crear el am­bien­te fa­mi­liar, mien­tras Fe­de­ri­co -el se­gun­do- via­ja de Tur­quía a Mé­xi­co pa­ra fir­mar por el Amé­ri­ca acom­pa­ña­do por Ni­co­lás -el ma­yor, hoy re­pre­sen­tan­te-, y Lau­ta­ro -el más chi­qui­to- cha­tea con ami­gas en la sa­la con­ti­gua. Ma­má Nancy se co­me las uñas allá le­jos, en Saa­ve­dra.

Pa­ra el Pi­pa, Gon­za­lo es “el Fla­co”, o “Gon­zi”, o “Fla­co Lon­ga­ni­za” o “Lon­ga­no”, aun­que pa­ra el mun­do del fút­bol son to­dos Pi­pas y Pi­pi­tas. “Me cho­rea­ron el apo­do, aho­ra to­dos son Pi­pas, mis hi­jos, mis her­ma­nos, to­dos”, se que­ja el pa­dre de las cria­tu­ras, co­mo si les hu­bie­se he­cho un gran fa­vor ado­sán­do­les el ape­la­ti­vo de la gran na­riz.

Son las 5 y 5, y Gon­za­lo aso­ma con el pe­lo mo­ja­do, cam­pe­ri­ta de­por­ti­va Adi­das y la ele­gan­cia al an­dar que lo dis­tin­gue en los cam­pos de jue­go.

“Siem­pre es­toy ro­dea­do de gen­te, si no me mue­ro“, ad­mi­te el 20 del Ma­drid, cer­ti­fi­can­do la sen­sa­ción de que aún es un ve­te­ra­no jo­ven ne­ce­si­ta­do del afec­to fa­mi­liar“, so­lo no po­dría es­tar acá. Por abu­rri­mien­to, por es­tar le­jos, por­que ex­tra­ño. Aho­ra es­tán mi vie­jo y Lau­ta­ro; en otro mo­men­to ven­drá mi vie­ja, con Fe­de ha­blo se­gui­do. Tam­bién me vi­si­tan Ni­co­lás, los ami­gos míos de la vi­da, mi no­via; nun­ca me que­do so­lo, eso es una fi­ja. La ca­sa es gran­de: hay tres ha­bi­ta­cio­nes y otra de ser­vi­cio.

-¿Al en­tre­namiento te lle­va tu vie­jo?

-No, voy yo en el au­to, él se que­da or­ga­ni­zan­do el te­ma de la co­mi­da. Igual, nos en­tre­na­mos acá cer­ca, son 10 mi­nu­tos a la ciu­dad de­por­ti­va.

-¿Pa­pá co­ci­na bien?

-Or­ga­ni­zar no es lo mismo que cocinar. Hay una chi­ca que tra­ba­ja y ha­ce co­mi­da bue­na, lo pri­mor­dial: car­ne, pas­tas, ver­du­ras, po­llos. La car­ne no es co­mo la de Ar­gen­ti­na pe­ro se de­ja co­mer. Acá es muy ri­co el ja­món ibé­ri­co, des­pués to­do pa­re­ci­do.

-¿Y qué más ha­ce tu vie­jo?

-Se en­car­ga de los con­tra­tos, de ma­ne­jar la ima­gen, esas co­sas. Si apa­re­ce al­gu­na mar­ca pa­ra es­pon­so­rear­te, él se ocupa de to­do eso, yo me que­do li­bre y me pue­do de­di­car a ju­gar.

-Es­tá bue­no, sa­bés que no te van a estafar.

-Sí, es lo más im­por­tan­te, por suer­te es­toy bien ase­sora­do. Igual que cuan­do Fe­de fue con Ni­co­ a fir­mar por el Amé­ri­ca. ¿Qué más po­dés pe­dir?

-¿En qué au­to te mo­vés?

-El que nos da el club, un Au­di q7, es una ca­mio­ne­ta to­do te­rre­no. Ca­si to­dos van con eso, des­pués tie­nen sus au­tos apar­te, ló­gi­co.

-Me ima­gi­no lo que de­be ser esa pla­ya de es­ta­cio­na­mien­to...

-Tre­men­da, igual la ma­yo­ría va con la q7 y no de­sen­to­no. Es­ta­mos ha­blan­do de un au­to de pri­mer ni­vel, te­rri­ble au­to, no me pue­do que­jar.

-¿Con quién con­cen­trás?

-So­lo, en el Ma­drid se con­cen­tra so­lo. Pa­re­ce que ha­ce unos años un par se que­ja­ron, que es­te tie­ne mal olor, que es­te se acues­ta tar­de; y por pe­di­do del ca­pi­tán se pa­só a con­cen­trar so­lo.

-¿Quién era el “ma­lo­lien­te”?

-No sé, no sé quién fue, por­que yo no es­ta­ba to­da­vía en el club. Ojo, tie­ne sus co­sas a fa­vor y sus co­sas en con­tra. A mí me gus­ta más con­cen­trar de a dos, po­dés char­lar, reir­te, com­par­tir co­sas con tus com­pa­ñe­ros, pe­ro me es­toy acos­tum­bran­do a es­tar so­lo y tam­bién es­tá bue­no te­ner tu pri­va­ci­dad, ma­ne­jar los ho­ra­rios, es­cu­char la mú­si­ca que vos que­rés. Tal vez fo­men­te un po­co el in­di­vi­dua­lis­mo, pe­ro tam­po­co es tan gra­ve por­que con­cen­tra­mos po­co, lo ha­ce­mos el día del par­ti­do si ju­ga­mos de lo­cal: nos jun­ta­mos al me­dio­día, al­mor­za­mos, sies­ta y a ju­gar.

-Es­to des­mi­ti­fi­ca un po­co la im­por­tan­cia de las con­cen­tra­cio­nes: el Real Ma­drid se jun­ta el mis­mo día del par­ti­do.

-Sí, pa­ra mí es mu­cho me­jor con­cen­trar el mis­mo día; si no, te abu­rrís de­ma­sia­do. En Ri­ver, a ve­ces, con­cen­trá­ba­mos el vier­nes a la no­che pa­ra ju­gar el do­min­go y el tiem­po no pa­sa­ba más.

La sonrisa habla por sí misma: la camiseta del Madrid y, detrás, el majestuoso Santiago Bernabéu.

La sonrisa habla por sí misma: la camiseta del Madrid y, detrás, el majestuoso Santiago Bernabéu.

El tiem­po, pa­ra Gon­za­lo, pa­só a ve­lo­ci­dad de un ra­yo co­mo una pe­lí­cu­la so­ña­da, re­pro­du­ci­da con las te­clas “play-fwd” apre­ta­das al mis­mo tiem­po. De ma­yo 06 es la anéc­do­ta en el Ber­na­beú, en oc­tu­bre se reunía papá Pipa -ya sin fil­ma­do­ra, pa­ra que no lo to­ma­ran de cho­lu­lo- con Mi­ja­to­vic y el 14 de ene­ro del 2007 Gon­za­lo de­bu­ta­ba con la ca­mi­se­ta me­ren­gue fren­te al Za­ra­go­za, con vic­to­ria por 1-0.

El Ma­drid de Fa­bio Ca­pe­llo era un pol­vo­rín a punto de estallar: ha­bía ce­rra­do el 2006, an­tes de las fies­tas, con un 0-3 en ca­sa an­te el Re­crea­ti­vo, ubi­cán­do­se ter­ce­ro y avi­zo­ran­do una nue­va tem­po­ra­da -la cuar­ta- con de­sen­la­ce de ma­nos va­cías. Por eso el S.O.S. envia­do a la Ar­gen­ti­na con­clu­yó con Hi­guaín y Ga­go via­jan­do de urgencia en la bo­te­lla pa­ra so­co­rrer al Ma­drid.

Gon­za­lo fue una pie­za cla­ve pa­ra cor­tar la ma­la­ria: ju­gó 19 de los 22 par­ti­dos y aun­que so­lo con­vir­tió 2 go­les, re­sul­ta­ron de­ci­si­vos. El pri­me­ro, pa­ra em­pa­tar­le el clá­si­co 1-1 al Atlé­ti­co. El se­gun­do, pa­ra co­ro­nar una le­van­ta­da me­mo­ra­ble del Ma­drid an­te el Es­pañ­yol en ca­sa: per­día 0-1 y 1-3 y en el úl­ti­mo mi­nu­to Gon­za­lo me­tió el 4-3. Esa no­che del 12 de ma­yo, a cin­co jor­na­das del fi­nal, al Bar­ce­lo­na le em­pa­ta­ron so­bre la ho­ra y el Ma­drid se ubi­có por pri­me­ra vez en la tem­po­ra­da en la ci­ma de la ta­bla. Ja­más la aban­do­na­ría.

En el ho­gar de los Hi­guaín, un de­par­ta­men­to es­ti­lo con­do­mi­nio con jue­gos, pi­le­ta y jar­di­nes en la plan­ta ba­ja, la se­cuen­cia de aquel gol an­te el Es­pañ­yol se adue­ña de bue­na par­te de la pa­red prin­ci­pal. Allí, Gon­za­lo se ro­bó el co­ra­zón de los ma­dri­dis­tas. En la ac­tual tem­po­ra­da, con Schus­ter en lu­gar de Ca­pe­llo, y la du­pla Raúl-Van Nis­tel­rooy ca­si in­fal­ta­ble, con Ro­bin­ho, Sa­vio­la y Robben co­mo al­ter­na­ti­vas, al Pi­pi­ta se le com­pli­có un po­co, pe­ro igual ter­mi­nó con­so­li­dán­do­se con una bue­na can­ti­dad de mi­nu­tos en can­cha (ver re­cua­dro). Se pue­de de­cir que el de­sa­fío se le plan­teó al re­vés: pri­me­ro lo ti­ra­ron a la jau­la de los leo­nes, y lue­go lo fue­ron lle­van­do de a po­co, co­mo pa­ra que se adap­tara.

El Fla­co Lon­ga­ni­za cuen­ta que en Ma­drid se en­tre­na a me­dia ma­ña­na, que a las 2 de la tar­de es­tá en su ca­sa pa­ra al­mor­zar, que a ve­ces duer­me la sies­ta, que ve par­ti­dos y di­fe­ren­tes programas de Ar­gen­ti­na en la com­pu­ta­do­ra, que sa­le a ce­nar de vez en cuan­do con ami­gos pe­ro ca­si nun­ca con sus com­pa­ñe­ros de equi­po por­que “vi­ven le­jos y no se da”. Y con­fie­sa que si bien hay bue­na on­da con los ar­gen­ti­nos del Atlé­ti­co de Ma­drid, “cuan­do lle­ga el par­ti­do, siem­pre hay al­gu­na car­ga­da”.

Buena alquimia hay entre Gonzalo y la afición del Madrid desde aquel gol al Espanyol.

Buena alquimia hay entre Gonzalo y la afición del Madrid desde aquel gol al Espanyol.

-¿Qué fue lo que más te sor­pren­dió del club?

-La se­rie­dad con que se ma­ne­ja, la lim­pie­za, el or­den, la hu­mil­dad de los ju­ga­do­res.

-¿Quién fue el que más te acon­se­jó?

-Raúl, Ruud, Ro­ber­to Car­los, el pu­ma Emer­son, bien, lo nor­mal. Des­pués, al­gu­nos se fue­ron. Es­te año me ha­bla­ron bas­tan­te, so­bre to­do cuan­do me to­ca­ba no ju­gar: se acer­ca­ban, me de­cían que lu­che, que soy jo­ven, que si bien me po­día to­car no en­trar, acá to­dos so­mos im­por­tan­tes, que la tem­po­ra­da es lar­ga, que ellos tam­bién tu­vie­ron mo­men­tos ma­los, que pue­de pa­sar y hay que me­ter­le el pe­cho por­que es­to te ha­ce cre­cer co­mo ju­ga­dor y co­mo per­so­na. Sa­ber que no siem­pre las co­sas se­rán co­lor de ro­sa es una en­se­ñan­za im­por­tan­te.

(Acla­ra­ción ne­ce­sa­ria: es­ta fra­se, Gon­za­lo la lar­gó de un ti­rón. Ex­tra­ño en él, que sue­le res­pon­der cor­ti­to y al pie. Sin du­das, es una má­xi­ma que tie­ne bien in­cor­po­ra­da).

-A vos se te dio al re­vés: fuis­te ti­tu­lar de en­tra­da y aho­ra es­tás en una si­tua­ción más ló­gi­ca. ¿Có­mo lo to­mas­te?

-Bue­no, es que ten­go 20 años (lo di­ce un po­co a la de­fen­si­va). Yo vi­ne aquí, en­tré a ju­gar con dos días de en­tre­na­mien­to, ca­si sin co­no­cer a mis com­pa­ñe­ros; con el Ma­drid vi­vien­do una muy  ma­la si­tua­ción. Por suer­te en­tré bien, ju­gué bas­tan­te y ter­mi­na­mos sien­do cam­peo­nes. Aho­ra me to­ca es­pe­rar, es así, ten­go ade­lan­te a dos cracks co­mo Raúl y Van Nis­tel­rooy, y de­bo se­guir tra­ba­jan­do. Soy jo­ven, me que­dan cin­co años de con­tra­to...

-¿No te ba­jo­neas­te por pa­sar de ti­tu­lar con Ca­pe­llo a su­plen­te con Schus­ter?

-No, así es el fút­bol, cuan­do no ju­gás hay que te­ner la ca­be­za fuer­te, se­guir pe­lean­do, por­que sé que es­toy en el me­jor equi­po del mun­do y po­cos tie­ne el pri­vi­le­gio de ha­cer­lo a los 20 años.

-¿En al­gún mo­men­to pen­sas­te ir a otro club pa­ra ju­gar más?

-No, no, pa­ra na­da, del Ma­drid te­nés que ir­te só­lo cuan­do te lo pi­den, cuan­do te di­cen “no te va­mos a te­ner en cuen­ta, bus­ca­te otro club”. Si no, del Ma­drid no hay que ir­se nun­ca. Yo, por lo me­nos, ja­más me iría.

-¿Schus­ter y Ca­pe­llo son muy dis­tin­tos?

-Son dis­tin­tas ideas de jue­go. Ca­pe­llo sa­lió cam­peón y hay que res­pe­tar­lo, Schus­ter tie­ne otra idea y es­tá de­mos­tran­do que las co­sas tam­bién las ha­ce bien. Ca­pe­llo es más tác­ti­co, Schus­ter más de ju­gar, pe­ro no quie­ro ha­cer di­fe­ren­cias pa­ra no en­trar en po­lé­mi­cas.

-¿A Ri­ver lo se­guís?

-Sí, cla­ro, si me de­jan mis par­ti­dos tra­to de ver los de Ri­ver por la com­pu. Es­pe­re­mos que es­ta tem­po­ra­da ha­gan bien las co­sas y le pue­dan re­ga­lar una ale­gría a la gen­te. Cuan­do me cru­zo con al­gún ex com­pa­ñe­ro, co­mo me pa­só con Au­gus­to en la Se­lec­ción, ha­bla­mos de Ri­ver.

-A vos se te dio to­do de gol­pe: ex­plo­tas­te en Ri­ver, el dilema de ju­gar pa­ra Fran­cia o Ar­gen­ti­na, la ofer­ta del Ma­drid, ¿di­ge­riste to­do bien o en­tras­te en cri­sis?

-No, pa­ra na­da, no en­tré en cri­sis en nin­gún mo­men­to. Al con­tra­rio, es­toy tran­qui­lo, dis­fru­tan­do de es­to que es al­go úni­co, agra­de­ci­do de ju­gar en el Ma­drid. Siem­pre tu­ve una gran fa­mi­lia que me ayu­dó y me res­pal­dó, y así se me ha­ce to­do más fá­cil.

La no­ta la abrió Don Pi­pa, y el cie­rre le vuel­ve a per­te­ne­cer al padre de la criatura, lue­go de des­pe­dir a Gon­za­lo que se va a pa­sear por Ma­drid con su no­via Ca­ro­li­na.

“De ese via­je a Eu­ro­pa tam­bién hay otras anéc­do­tas. Es­tá­ba­mos en In­gla­te­rra, y lla­ma­mos a Bue­nos Ai­res pa­ra ver có­mo es­ta­ban los chi­cos. Ri­ver ha­bía ju­ga­do con el Co­rint­hians en Bra­sil, mar­có Nancy y aten­dió Lau­ta­ro. '¿Có­mo es­tá Gon­za­lo?', le pre­gun­tó. 'Le die­ron 10 pun­tos', con­tes­tó Lau­ti. Ahí mi mu­jer em­pe­zó a gri­tar, de­ses­pe­ra­da: '¡Le die­ron 10 pun­tos, le die­ron 10 pun­tos a Gon­za­lo! ¿Qué le pa­só a Gon­za­lo, po­bre­ci­to? ¿En dón­de le die­ron 10 pun­tos? ¿Por qué le pe­ga­ron?'. En­ton­ces le sa­qué el te­lé­fo­no pa­ra ha­blar con Lau­ta­ro. '¡Nancy, 10 pun­tos le die­ron to­dos los dia­rios, metió dos goles y ganó River. Gon­za­lo ju­gó pa­ra 10 pun­tos en Bra­sil!'. To­da­vía lo cuen­to y me río”.

Producción para el Diario AS: Gonzalo en la Fuente de Cibeles, el punto neurálgico en el que celebran los hinchas del Real Madrid.

Producción para el Diario AS: Gonzalo en la Fuente de Cibeles, el punto neurálgico en el que celebran los hinchas del Real Madrid.

 

“Bien argentino“

Des­pués de una y mil vuel­tas que in­clu­ye­ron un “no” a la se­lec­ción ju­ve­nil ar­gen­ti­na y otra ne­ga­ti­va a la ma­yor de Fran­cia, fi­nal­men­te es­te año el Pi­pi­ta se cal­zó por pri­me­ra vez la Ce­les­te y Blan­ca y se­pul­tó cual­quier du­da al res­pec­to. Y va­ya si lo hi­zo con en­tu­sias­mo con­te­ni­do: a los 25 mi­nu­tos de estrenarla ya se ha­bía des­pa­cha­do con dos go­les pa­ra ini­ciar el 5-0 so­bre Gua­te­ma­la, en un amis­to­so pre­pa­ra­to­rio a los Jue­gos Olím­pi­cos de Bei­jing. “Pa­ra mí fue al­go mag­ní­fi­co, ves­tir la ca­mi­se­ta de mis sue­ños fue al­go in­creí­ble y en­ci­ma me­ter dos go­les, más no se po­día pe­dir. No sien­to ha­ber­me sa­ca­do un pe­so de en­ci­ma, pa­ra na­da, des­de el pri­mer mo­men­to sa­bía con qué se­lec­ción iba a ju­gar, nun­ca tu­ve du­das”, afir­ma Gon­za­lo. De su ti­ro­neo con Ray­mond Do­me­nech, DT de Fran­cia, re­cuer­da: “Vi­no al en­tre­na­mien­to del Ma­drid y char­la­mos en es­pa­ñol. Yo ce­ro de fran­cés; de fran­cés so­lo ten­go el lu­gar de na­ci­mien­to. El in­sis­tió con que que­ría que ju­ga­ra pa­ra su país. Le di­je lo que sen­tía, lo que pen­sa­ba, que yo me sen­tía bien ar­gen­ti­no. Lo en­ten­dió por­que le ha­blé con res­pe­to”. En re­la­ción al de­sa­fío olím­pi­co que se ave­ci­na, el Pi­pi­ta no se au­to­pos­tu­la co­mo nú­me­ro pues­to, pe­ro se ilu­sio­na: “Oja­lá pue­da ir, pe­ro aho­ra so­lo pien­so en ga­nar el tí­tu­lo con el Ma­drid. Con Ro­bin­ho to­da­vía no se ha­bla del te­ma, pe­ro es­tá cla­ro que ellos tie­nen mu­chos de­seos de ga­nar­la”.

 

 

Por Diego Borinsky (2008).

Fotos: Diario AS.

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