Las Entrevistas de El Gráfico

2009. Siempre listo

Por Redacción EG · 19 de agosto de 2019

Rodrigo Braña estuvo a punto de dejar el fútbol porque no jugaba en inferiores. Padeció la peor racha de Quilmes, pero ascendió y luego se convirtió en símbolo del Pincha campeón.

En los ilustres anaqueles del fútbol argentino descansa, autografiada por José María Minella –múltiple campeón como DT con River– una fantástica definición sobre el mediocampista central: “El 'centrojás' es como un operador telefónico. Cuando el equipo se hace largo, se vuelve indispensable para comunicar defensa con ataque. Y cuando el adversario dialoga mejor con la pelota, su labor es interrumpir esas conversaciones…”.

Rodrigo Braña, 29 años, figura de corte y confección de este Estudiantes que busca más gloria internacional, da con el talle exacto de la metáfora. Y no sólo porque respeta el mandato histórico; también por una caprichosa efeméride: Chapu nació un 7 de marzo, el mismo día que –en 1876– se le concedió al escocés Graham Bell la patente del teléfono.

Se sabe que en el sendero hacia la élite, los jugadores suelen padecer metamorfosis posicionales. En el caso de Braña, los límites esquivaron lo convencional. “Modestamente, era un delantero rápido y habilidoso. A los siete años, ya jugaba sobre pasto y once contra once en un club que quedaba cerca de casa, en Berazategui”, puntualiza Rodrigo. (NdR: Ese club es el Ducilo, dónde Braña era una de las figuras del equipo de… hockey).

Esa herencia familiar –el mismo deporte practicaban sus hermanos Javier y Silvana– competía con el sueño de Chapu de ser arquero de fútbol. “Me acuerdo de que le decía a mi viejo que quería ser como Gatti. Todo el tiempo con eso: atajar, atajar, atajar. Entonces, me llevó al club Los Amigos, pero como había un montón de chicos en el puesto, empecé a jugar en el medio”, informa este admirador de Thierry Henry.

Mientras el físico y los horarios le ofrecieron moratorias, Rodrigo combinó ambos deportes con la escuela. “El hockey me gustaba mucho. Soy de ver partidos de vez en cuando. Además, hubo cosas que me sirvieron para el fútbol, como saber pararme en una cancha de once, conceptos tácticos y la formación física”, remarca.

Braña se presta para la producción fotográfica de El Gráfico en el country que tiene Estudiantes en City Bell.

Braña se presta para la producción fotográfica de El Gráfico en el country que tiene Estudiantes en City Bell.

Cuando Braña se decidió por la disciplina más popular, Independiente se convirtió en su destino. Durante cinco años, el pibito alegre de las infantiles del Rojo chocaba contra el rebelde alumno de las escuelas primarias Martín Güemes y La Placita. “De chico, era vago para todo, y el colegio no fue la excepción. Trataba de zafar cuando la cosa ya era irremontable. A veces, me iba a los videojuegos, pero casi siempre daba el presente, eh (risas). Hoy me arrepiento. Hay días en que me agarra la locura y pienso en hacer cursos de noche”, se confiesa.

Sin embargo, entre las licencias que Rodrigo sabía punguearles a mamá Roxana –ama de casa– y a papá Enrique –canillita–, apareció la primera decepción. “Cuando Independiente me dejó libre en novena, me puse muy triste. Más que en lo deportivo, en lo humano. Todavía era chico y me dolía saber que no iba a estar más con mis compañeros. Era como dejar de ver a parte de la familia”, rememora.

 

AMIGOS SON LOS AMIGOS

Con el pase en las manos y la ilusión en los botines, Chapu no tardó en aceptar la propuesta de su compinche Adrián Giampietri y se probó en Quilmes. Rodrigo confiaba en sus condiciones. Sin embargo, para quedar en las inferiores del Cervecero, necesitó que el enganche y amigo le metiera un pase gol de los que quedan en el alma; de esos que se definen en las enciclopedias callejeras como si fueran fechas patrias del potrero.

“No me olvido más que la prueba fue en La Candela, en un amistoso contra Boca. Adrián ya estaba consolidado, era un crack, un atorrante. Yo estaba de suplente, el tiempo pasaba y el técnico no me ponía. Ni me miraba. Adrián estaba jugando. Yo veía que él me miraba y estaba sufriendo porque yo no entraba. Entonces, cuando terminó el primer tiempo, y el DT tampoco me puso, Adrián se sacó la camiseta, me la tiró a mí y le dijo al tipo: “Profe, entra el Chapu, salgo yo”. Así empecé a jugar en Quilmes. Quizás, sin ese gesto de Adrián, la historia hubiera sido otra”.

Conseguir la titularidad en las inferiores fue, para Rodrigo, más difícil que cruzar un pantano en bicicleta. Se probó todas las camisetas: lateral derecho, cuarto volante, enganche y nueve. Hasta que llegaron Fito Salinas y Jorge Gáspari, justo cuando la idea de largar todo torturaba a la de seguir. “Si no fuera por gente como ellos, Angelito Valdesarre, Tito Di Fulvio y especialmente mi viejo, yo no hubiera llegado. Mil veces estuve a punto de dejar. Durante un año y medio fui suplente y gracias que iba al banco. Por eso digo que, además del talento y la confianza, tenés que tener la suerte de encontrarte en el momento indicado con las personas indicadas. A mí me pasó con Salinas y Gáspari sino, hubiera sido parte de esas historias de taxistas que no llegaron”, recapitula.

Con el deseo encarrilado sobre el rendimiento, la cuestión pasaba por no dormirse. Algo que, en algunos casos, para Rodrigo era inevitable. “Cuando tenía 16, 17 años, iba a bailar a Project, un boliche de la zona; pero sabía que a las cuatro me tenía que rajar para pasar a buscar a mi vieja y llevarla al puesto de diarios. Ojo, las cuatro de antes eran una hora importante; no como las cuatro de ahora, cuando los pibes recién arrancan, ja. Yo abría el quiosco. Bah, en realidad la ayudaba a abrirlo y al toque me tiraba a dormir en el auto. Conclusión: me despertaba a las nueve; el camión con los diarios ya había pasado y la que acomodaba todo era mi vieja, ja”.

En Estudiantes en ídolo. Ganó títulos y además representa el estilo de la filosofía pincharrata.

En Estudiantes en ídolo. Ganó títulos y además representa el estilo de la filosofía pincharrata.

–¿Cómo es prepararse para debutar en la Primera, pero de un equipo que está jugando en el ascenso?

–La pasión es la misma, son Primeras. Nunca me di máquina con eso. Es lógico que uno quiera jugar en los grandes, pero son pasos. Yo sabía que, para llegar lejos, antes debía jugar en la Primera de Quilmes. Además, mi viejo se desvivía por que yo jugara. El quiso ser jugador y veía su sueño reflejado en mí. Eso lo entendí de grande, pero siempre actuó de una manera positiva, sin presionarme, no como pasa ahora con muchos padres que buscan salvarse económicamente con sus hijos.

El debut llegó en 1998 de la mano de Alberto Fanesi; y la consolidación, desde la tiza y los consejos de Carlos Trullet. De la mano de Giampietri –cuándo no–, Rodrigo superó sin obstáculos la adaptación a un plantel con caudillos como Chicha Velásquez o Mauricio López. Con un ramillete de partidos en Primera, seducía como un volante por derecha con despliegue y llegada al arco rival. El empresario Gustavo Mascardi, su ex representante, le ofreció la posibilidad de emigrar a la filial del Mallorca. Y Chapu se embarcó en la aventura.

“Fue una experiencia que me sirvió a nivel humano y deportivo. Al principio, me costaba mucho; yo soy muy familiero y nunca me había ido de mi casa. Siempre decía: “¿Cómo van a extrañar estos tipos, si se van a jugar y encima, a lugares hermosos?!” Bueno, a la semana y media ya me quería volver, je. Entendí eso de extrañar hasta a la verdulera. Afortunadamente, me tocó estar en la época que Cúper dirigía la Primera; e hice una linda relación con Ariel López, Ibagaza, Leo Franco, Potenzoni y Fernando Ortiz”.

De regreso a Quilmes, una saga de terror envolvió a ese plantel de amigos. Las chances de ascenso se esfumaban como espejismos, a segundos de ser realidades. La confianza se derrumbaba y no había ninguna vacuna contra el virus del “deja vu”.

 “No existe el jugador que haya ganado todo lo que jugó. Esto es fútbol. Punto. Además, la mayoría de esas derrotas fueron en Promociones; y, en esas circunstancias, los equipos del ascenso llevan las de perder. Después, queda en uno sobreponerse a esos momentos y seguir luchándola”, sentencia uno de los ídolos de la hinchada Pincharrata.

Una pasantía en Unión de Santa Fe se pensó como el cambio de aire ideal. Sin embargo, Chapu apenas jugó en el “Tatengue” y volvió a Quilmes, en lo que parecía un zigzag sin sentido para un jugador de su jerarquía. Afortunadamente, Gustavo Alfaro se cruzó en su carrera, lo transformó en un volante central que roba pelotas con ritmo de piraña, Quilmes ascendió, y Rodrigo recaló en La Plata.

“Recuerdo que mis amigos me decían que estaba loco si venía a Estudiantes. Acá había un montón de volantes, pero yo lo tomé como un desafío. Y mal no me salió, ¿no?”, resume el flamante padre de Ignacio, el primer fruto del amor con su esposa, Jimena.

No es solo una pose. Rodrigo también es capaz de pararla de pechito y ponerla en un rincón. Un todo terreno que jamás se rinde.

No es solo una pose. Rodrigo también es capaz de pararla de pechito y ponerla en un rincón. Un todo terreno que jamás se rinde.

 

LA CONSAGRACIÓN

La supuesta maniobra kamikaze derivó en un atajo al éxito y al reconocimiento que le eran esquivos a Rodrigo. Con la llegada de Diego Simeone, sumó un par de posdatas defensivas a su bagaje y se erigió en el equilibrio perfecto del equipo que le extirpó el título a Boca en 2006.

–¿Cuál es la verdad de la mística: se hace o se nace con ella?

–La mística la hace el equipo, los jugadores de ese momento. Si no tenés buenos jugadores, no vas a ganar. Igualmente, en Estudiantes hay un plus, sobre todo con la Libertadores. La gente la vive de una manera diferente. Yo creo que la clave de Estudiantes pasa porque todos los ídolos del club están trabajando cerca de nosotros. Uno camina por el country y se encuentra con Juan Ramón Verón, con Malbernat, verdaderas glorias de la institución que te reciben con una humildad terrible, un abrazo, un consejo. Siempre tiran para adelante, mientras que en otros equipos vos ves que los ídolos lo único que hacen es salir a hablar en los malos momentos y nunca tiran una buena.

–¿Cuánto molesta que se hable de Verón dependencia?

–Nada, porque sabemos lo que piensa Sebastián de nosotros. No te voy a negar que él le da al equipo el salto de calidad o la pausa, pero él sabe que nosotros hacemos nuestro trabajito para que pueda hacer esas cosas. También dijeron que el título, más lo perdió Boca que lo ganamos nosotros. Y el plantel sabe que eso no es cierto. Ganamos 13 partidos seguidos y una final, en la que demostramos quién era el mejor.

–Tenés 29 años, ¿te desespera una venta?

–Mi objetivo ahora pasa por hacer un gran semestre con Estudiantes y lograr una transferencia. Estuve a punto de irme al Lorient de Francia y, dos veces, al Atlas de México. Hoy no pensaría tanto en el destino, más con la llegada de mi hijo. De chico quería pasar por un grande antes de irme a Europa, pero esa alternativa ya no me seduce tanto.

–¿Te favorece que haya tan pocos enganches?

–Para un volante central, es bueno tener una referencia de marca. Ahora, si me ponés a Riquelme o a alguno que te encare con la pelota de frente, no es nada lindo. En eso ayuda jugar con un doble cinco, porque jugando solamente tenés que ser muy ordenado si no, al equipo lo matás, ya que gran parte de la historia pasa a tus espaldas.

–Se dijo que en el club, muchos no vieron redituable volver a jugar Copa y campeonato…

–(interrumpe) Pero lo que pasa es que ese “alguien” nunca aparece. Esto es un trabajo, por prestigio y por plata. Y nada te da más chapa que ganar una Libertadores. Yo creo que tenemos plantel para afrontar los dos torneos. Que nadie dude de que vamos a dar pelea.

La gente de Estudiantes está tranquila. Sabe que si el partido llama a Rodrigo Braña, nunca se escuchará que su número “no corresponde a un abonado en servicio” .

 

Juguemos al ping-pong

–¿Cual fue el rival que más te complicó?

–Jadilson, del Goiás. Me pegó un baile de aquellos. Le tiré diez patadas en cuarenta segundos. También el Pescadito Paz, cuando jugaba en All Boys.

–¿En qué cancha la pasaste mal?

–La de Rafaela es complicada, ligás escupitajos, de todo. Otra es la de San Martín, a veces volaban naranjazos, je.

–¿Quién es el mejor en tu puesto?

–Mascherano. También me gusta Battaglia.

–¿Te considerás líder?

–No. Hago las mismas boludeces que los más jóvenes. Y creo que esa es una forma de integrarlos. Después, si en la cancha hay que putear, puteamos.

–El mejor DT que tuviste...

–Trullet, Alfaro y todo el cuerpo técnico del Cholo, especialmente Nelson Vivas, un ayudante que siempre tenía las palabras justas.

–¿Qué es lo mejor del fútbol?

–Los amigos que me van a quedar cuando deje de jugar: Giampietri, Desábato, el Chino Benítez, Alayes, que dice que soy el hijo que no tiene, porque ordena mi desorden, je.

–¿Te ves ligado al ambiente, cuando te retires?

–Sí, seguramente seré DT. Ojalá fuera en Primera, pero no descarto entrenar inferiores.

–Definí a Messi.

–Juega a otra velocidad. A veces pienso cómo lo marcaría y llego a la conclusión de que me rompería el ciático. Igualmente, la selección debe ser un equipo, no girar en base a un jugador.

 

Por Matias Muzio (2009).

Fotos: Maxi Didari.

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