Las Entrevistas de El Gráfico

Galíndez: “Soy un payaso triste”

Por Redacción EG · 18 de agosto de 2019

En 2003, Miguel Di Lorenzo -Galíndez- cuenta su historia. Sus momentos con Menotti, Bilardo, Basile. Su cariño entrañable por Maradona y Ruggeri. Todo un personaje.

¿Dónde está el sur?, pre­gun­ta­ba el pi­be de vein­te años. Es­ta­ba me­ti­do en el Re­gi­mien­to de Pa­ler­mo des­de las sie­te de la ma­ña­na. Pa­sa­ba el tiem­po y no sa­bía qué iban a ha­cer con él. Al­go le di­je­ron de ir al sur, na­da más. “Yo te­nía la Li­bre­ta de En­ro­la­mien­to en la ma­no y por un mo­men­to pen­sé en ra­jar­me –cuen­ta aho­ra, mien­tras pi­ta a fon­do un Marl­bo­ro–, pe­ro sen­tía a Dios que me de­cía al oí­do que no, que eso es­ta­ba mal.” Des­pués del me­dio­día vi­nie­ron a dis­tri­buir­los. Azul, Ola­var­ría, Ba­hía, Neu­quén, Za­pa­la, Co­vun­co, San Mar­tín de los An­des... “Nos me­tie­ron en el tren. Fue­ron lla­man­do en or­den, has­ta que di­je­ron Co­vun­co. Me to­ca­ba a mí. No sa­bía qué era eso. Nos die­ron una bol­sa con ro­pa, pla­tos de la­ta, cu­chi­llos, te­ne­do­res... y nos me­tie­ron en el tren. El tren sa­lió des­pa­cio y en eso... Pa­sa­mos por la can­cha de Bo­ca. Me aso­mé y mi­rán­do­la le di­je: ‘Que­da­te tran­qui­la que ya ven­go’. Fue un via­je lar­go, muy lar­go. Me acuer­do que me tre­pé al por­taequi­pa­je y ahí me pu­se a dor­mir.”

Aque­llos que hi­cie­ron el ser­vi­cio mi­li­tar sa­ben que la pa­la­bra Co­vun­co era la más pa­re­ci­da po­si­ble a cas­ti­go. Que­da bien al sur. Allí fue a pa­rar Mi­guel Di Lo­ren­zo, quien esa épo­ca ni so­ña­ba en que se­ría fa­mo­so co­mo Ga­lín­dez a se­cas.

 

Asador: Junto a Gabriel Omar Batistuta.

Asador: Junto a Gabriel Omar Batistuta.

 

“Mon­ta­ba guar­dia por la no­che de 2 a 4 o de 4 a 6, ha­cía co­mo 18 gra­dos ba­jo ce­ro. Me gus­ta­ba ha­cer guar­dia, que­dar­me so­lo por las no­ches. En cuan­to apa­re­cía al­guien iba y le gri­ta­ba: ‘¡Al­to! ¿Quién vi­ve?’ (se po­se­sio­na y pe­ga el gri­to co­mo si to­da­vía tu­vie­ra el uni­for­me pues­to) y en­se­gui­da ya lo es­ta­ba apun­tan­do. ‘Tran­qui­lo, tran­qui­lo –me de­cían–, tran­qui­lo...’ Me lo to­ma­ba en se­rio, pe­ro la ver­dad es que a ve­ces me po­nía a llo­rar. Te­nía vein­te años y es­ta­ba le­jos de mi fa­mi­lia, es­ta­ba so­lo... Mi fa­mi­lia... Yo tu­ve una ni­ñez muy du­ra, ¿sa­be?”

Sen­ta­do a la me­sa de la des­car­na­da pie­za mal ilu­mi­na­da, au­reo­la­do por el hu­mo per­ma­nen­te del ci­ga­rri­llo, y mi­ran­do ha­cia el cie­lo, co­mo en éx­ta­sis, el hom­bre se po­se­sio­na. No tu­tea. Ofre­ce be­bi­das ca­da quin­ce mi­nu­tos. Cuan­do lle­ga­mos, tras ha­cer­nos pa­sar, se pu­so un buen ra­to a re­gar las plan­tas en el pa­tie­ci­to del fon­do. “Ne­ce­si­tan agua, po­bre­ci­tas”, di­jo lue­go en to­no de dis­cul­pa. La ha­bi­ta­ción es gran­de, con pa­re­des des­nu­das. En la me­sa cam­pean una bo­le­ta de la luz, as­pi­ri­nas y el pa­que­te de Marl­bo­ro. Ga­lín­dez –uno de los per­so­na­jes más cu­rio­sos del fút­bol ar­gen­ti­no de las úl­ti­mas dos dé­ca­das– vuel­ve a mi­rar al cie­lo y en­ton­ces evo­ca su vi­da.

“Mi ma­má se lla­ma­ba El­vi­ra Evan­ge­lis­ta y mu­rió a los 27 años, yo te­nía tres. Sin em­bar­go me acuer­do muy bien de ella. Mu­rió in­ter­na­da en el Hos­pi­tal San­toja­nni. Es­ta­ba tu­ber­cu­lo­sa. Era­mos cin­co her­ma­nos. Mi pa­pá, don An­to­nio Di Lo­ren­zo, era un ca­la­brés anal­fa­be­to que abría zan­jas en la CADE, que des­pués fue SEGBA. Vi­vía­mos por Lo­pe de Ve­ga y Mar­cos Sas­tre. Cuan­do mi ma­dre mu­rió, mi her­ma­no Mi­guel y yo que­da­mos en­ce­rra­dos en el Ho­gar In­fan­til de la CADE. Ahí es­tu­ve has­ta los diez años. Mi pa­pá nos ve­nía a sa­car los vier­nes a la tar­de y nos que­dá­ba­mos sá­ba­do y do­min­go con él. Po­bre An­to­nio, mi vie­jo, al­guien lo es­ta­fó y se le que­dó con to­do lo que te­nía: se mu­rió a los 65. Cuan­do sa­li­mos, mi her­ma­no se que­dó en Seg­ba y yo em­pe­cé a la­bu­rar en un mon­tón de co­sas, en una pa­ja­re­ría, en una es­ta­ción de ser­vi­cio, en la fá­bri­ca de ja­bón Gue­re­ño... y en una de cha­ci­na­dos, ahí du­ré bas­tan­te. Cuan­do te­nía... no sé, 16, 17 años, yo es­ta­ba en sex­to gra­do creo que era, es­tu­dié has­ta el ter­cer año y des­pués di­je no sir­vo  más pa­ra el es­tu­dio. Y en­ton­ces un se­ñor So­te­lo me cam­bió la vi­da pa­ra siem­pre...”

 

De rodillas en el Nuevo Gasómetro.

De rodillas en el Nuevo Gasómetro.

 

Sotelo lo llevó a Boca. Era el uti­le­ro, y el pi­be su apren­diz, su ayu­dan­te. “Yo era muy des­pier­to, muy há­bil, así que mu­chas ve­ces que­da­ba a car­go de to­do. Yo era hin­cha de Bo­ca, ima­gí­ne­se, pe­ro te­nía –y ten­go– mi co­ra­zón pues­to en Chi­ca­go, aun­que aho­ra soy hin­cha de la Se­lec­ción... Bue­no, cuan­do en­tré a Bo­ca me qui­se mo­rir, es­ta­ban Gan­du­lla, Gri­llo y Da­mia­ni y des­pués me hi­ce ami­go de Fe­rre­ro, Po­ten­te, Ta­ran­ti­ni, Trob­bia­ni...”

–¿Fuis­te un ju­ga­dor frus­tra­do?

–No, pa­ra ser ju­ga­dor hay que na­cer, co­mo us­ted na­ció pa­ra pe­rio­dis­ta o uno na­ce pa­ra uti­le­ro. Dios te guía ha­cia lo que va a ser tu mi­sión, tu tra­ba­jo. Yo creo mu­cho en Dios y le re­zo to­das las ma­ña­nas por la gen­te que es­tá en los hos­pi­ta­les, por los que su­fren, los que no tie­nen un va­so de le­che, los que no pue­den dis­fru­tar. Yo soy un ti­po sim­ple al que le vi­da le dio un tra­ba­jo ma­ra­vi­llo­so. ¿En­tien­de?

–¿Sos de­vo­to de al­gu­na Vir­gen en es­pe­cial o...?

–Soy de­vo­to de la Vir­gen de Lu­ján, de la Me­da­lla Mi­la­gro­sa, de la Vir­gen de Fá­ti­ma, de san Ca­ye­ta­no, de san Pan­ta­león, de la Ro­sa Mís­ti­ca, de la Vir­gen De­sa­ta­nu­dos, de san Ni­co­lás, de la Vir­gen Ma­ría, que abrió to­das las puer­tas. Y de Je­sús, claro.

Trabajando en San Lorenzo, siempre con la Vírgen acompañándolo.

Trabajando en San Lorenzo, siempre con la Vírgen acompañándolo.

Cuan­do se ha­bla de fút­bol apa­re­cen nom­bres en ca­ta­ra­tas. Es ami­go de to­dos, de to­dos: “Yo sa­lí cam­peón con San Lorenzo, con Bo­ca, con Mas­trán­ge­lo, Su­ñé, Ve­glio, Ri­bol­zi, que me dio su ca­sa. Con el Ri­ver del Be­to Alon­so, de Ca­chi­to Bo­re­lli, que tam­bién me dio su ca­sa, lo mis­mo que el Ca­be­zón Rug­ge­ri, que me ayu­dó mu­cho, que es mi her­ma­no, que siem­pre me re­ci­be en su ca­sa de Co­rral de Bus­tos. La ma­má del Ca­be­zón, do­ña Hil­da, me to­ma de la ma­no, me tra­ta tan bien...”.

Recuerda que se casó “el año en que Ra­cing sa­lió cam­peón”. Y cuan­do el fo­tó­gra­fo Gre­co le di­ce si fue en el 66, aña­de: “Sí, exac­to, el 66”. Ya tie­ne sie­te nie­tos de sus dos hi­jos va­ro­nes. Ma­ria­no Ja­vier (25), con quien con­vi­ve des­de ha­ce un año y me­dio, le dio dos: Lean­dro (6) y Emi­lia­no (3). Mi­guel An­gel (35) es ofi­cial ins­pec­tor en Aya­cu­cho: te­nía tres –Sol, Flor y Alan– y aho­ra es pa­dre de me­lli­zos: “La se­ño­ra com­pró me­lli­zos el 22 de di­ciem­bre, son una ne­na y una va­rón, Flor de An­ge­les y Dy­lan. Es­toy or­gu­llo­so de los es­tu­dios que tie­nen mis hi­jos. Yo aho­ra vi­vo con Ma­ria­no, es­ta par­te es mía, ¿ve?”

 

Vestido formal, neceser incluido.

Vestido formal, neceser incluido.

 

Es el fon­do de una ca­sa ti­po cho­ri­zo. Tie­ne su pa­tio, sus plan­tas, su co­ci­na, su ba­ño, sus cua­dros –to­da­vía sin col­gar–, su ma­te, sus Vír­ge­nes. Eso sí, no tie­ne ca­na­rios. “Me da­ría pe­na te­ner a al­guien en­ce­rra­do, ellos na­cie­ron pa­ra ser li­bres”, di­ce abrien­do bien los bra­zos, ex­po­nien­do pal­mas y mi­ra­da ha­cia el cie­lo.

Su vi­da con­yu­gal su­frió al­gu­na tor­men­ta. “Yo a Die­go (Ma­ra­do­na, cla­ro) lo co­no­cí en Ar­gen­ti­nos cuan­do él te­nía 17 años. Me ofre­ció via­jar con él a Eu­ro­pa y yo di­je que sí, pe­ro a mi mu­jer no le gus­tó. Así que es­tu­ve con Die­go dos años en Bar­ce­lo­na y dos años en Ná­po­les. Die­go que­ría un pro­fe­sor de edu­ca­ción fí­si­ca, y lo pu­so a Sig­no­ri­ni, y a un fi­sio­te­ra­peu­ta, y fui yo.  Es­tu­dié allá, ha­blo muy bien el ita­lia­no. Cuan­do lo que­bra­ron a Die­go en el Bar­ce­lo­na lo aten­dí yo jun­to con el doc­tor Oli­va, que es un mé­di­co muy bue­no que vi­ve en Mi­lán. El asun­to es que, cuan­do al fi­nal vol­ví a Bue­nos Ai­res, me ha­bía se­pa­ra­do y no te­nía dón­de vi­vir. Me ha­bían sa­ca­do el de­par­ta­men­to. Os­car (Rug­ge­ri) vi­vía en Ra­mos Mejía y Bo­re­lli a tres cua­dras. Me die­ron su ca­sa y con el tiem­po pu­de com­prar un de­par­ta­men­to, que ha­brá cos­ta­do 9.000 dó­la­res, y ahí vi­ví has­ta ha­ce un año y me­dio. Aho­ra es­toy aquí...”

Conferencia de prensa con Diego Maradona, Mostaza Merlo y Coco Basile.

Conferencia de prensa con Diego Maradona, Mostaza Merlo y Coco Basile.

Aquí también es Ra­mos Me­jía. Ba­rrio tran­qui­lo con chi­cos ju­gan­do a la pe­lo­ta en la ve­re­da.

¿Fue Diego quien lo bau­ti­zó Ga­lín­dez? Pren­de un nue­vo ci­ga­rri­llo. “¿No to­man na­da, de ve­ras, ni una Co­ca-Co­la? Bue­no, lo que pa­sa es que Ga­lín­dez, el bo­xea­dor (Víc­tor, el que fue cam­peón mun­dial  me­dio pe­sa­do) era de Bo­ca y muy ami­go de Mou­zo. Te­nía­mos la mis­ma ca­ra con el fi­na­do, y él iba y me car­ga­ba y a ve­ces me da­ba ca­da gan­cho al hí­ga­do que me de­ja­ba do­bla­do. ‘No me pe­gués más’, le de­cía y Mou­zo se ca­ga­ba de la ri­sa. Así que Ma­ra­do­na me pu­so Ga­lín­dez, pe­ro ya me lla­ma­ban así de an­tes, yo era muy ami­go del fi­na­do. Y hoy soy Ga­lín­dez, a se­cas ”.

Hoy, se sa­be, es­tá en el plan­tel de San Lo­ren­zo. A la ho­ra de dar de­fi­ni­cio­nes, di­ce que “el ju­ga­dor es co­mo la mu­jer, hay que mi­mar­lo”. Le pe­di­mos un ran­king de ju­ga­do­res mi­mo­sos. “¿En qué sen­ti­do?”, pre­gun­ta. Bue­no, en el sen­ti­do de que son más con­sen­ti­dos, que los atien­dan en to­do. “¡Ah! –di­ce y pren­de un ci­ga­rri­llo– a ver... el Heber Mas­trán­ge­lo, el Ta­no Per­nía y el Cha­pa Su­ñé. ¡Ha­bía que es­tar­les en­ci­ma!” ¿Y los más cui­da­do­sos? “Los más or­de­na­di­tos fue­ron Alon­so, Rug­ge­ri y Bo­rre­lli”.

Una década en San Lorenzo. ¿Qué tramará mientras salen los árbitros?

Una década en San Lorenzo. ¿Qué tramará mientras salen los árbitros?

–Tra­ba­jas­te con Bi­lar­do y con Me­not­ti. ¿En qué se di­fe­ren­cian, en qué se pa­re­cen?

–Yo con Me­not­ti la­bu­ré po­co, por­que en el Bar­ce­lo­na es­ta­ba mu­cho más con el Die­go que con él. Bi­lar­do me vol­vía lo­co pa­ra que de­ja­ra de fu­mar. Bi­lar­do, co­mo téc­ni­co, es muy exi­gen­te, es un ex­qui­si­to que es ca­paz de que­dar­se dos ho­ras con un ju­ga­dor prac­ti­can­do una ju­ga­da, es muy tác­ti­co. Y si ha­cías al­go que él pen­sa­ba que da­ba suer­te, ¡chau!, que­da­bas en­gan­cha­do en la cá­ba­la… Me­not­ti en cam­bio es más téc­ni­co. ¿Ves? Ba­si­le es un gran téc­ni­co, a él le gus­ta mu­cho lo tác­ti­co, mereció más suer­te.

–¿Có­mo vi­vis­te el úl­ti­mo Mun­dial?

–Có­mo me voy a sen­tir, si me man­da­ron a ca­sa en la pri­me­ra vuel­ta! ¡Có­mo no voy a su­frir! Ni vi los par­ti­dos por cá­ba­la...

–¿Te­nés cá­ba­las?

–Al­gu­nas, pe­ro no se di­cen.

–¿Pen­sás vol­ver a la Se­lec­ción?

–Y... sal­vo que aga­rre Os­car (Rug­ge­ri), mi her­ma­no. El tiem­po pa­sa... Ya ten­go 56...

 

La gloria máxima, en el Mundial de México 86.

La gloria máxima, en el Mundial de México 86.

 

Confiesa que le duele la se­pa­ra­ción del ma­tri­mo­nio Ma­ra­do­na: “Clau­dia es una ex­ce­len­te per­so­na”. Ad­mi­te que, des­pués de un par­ti­do, es ca­paz de pa­sar­se dos días sin dor­mir. Cree que ya lle­nó cua­tro pa­sa­por­tes, aun­que no es­tá se­gu­ro. “Ima­gí­ne­se, un hom­bre re­li­gio­so y sim­ple co­mo yo ha­ber pi­sa­do Je­ru­sa­lén gra­cias al fút­bol.” Re­co­no­ce que le due­le la so­le­dad. No es­tá en pa­re­ja. Y en su pie­ci­ta del fon­do se que­da has­ta tar­de, ma­tean­do y fu­man­do. “Sí, ce­no con mi hi­jo y la se­ño­ra, nos lle­va­mos muy bien, pe­ro cuan­do lle­ga la ho­ra de dor­mir... La no­che a ve­ces se ha­ce lar­ga. Yo es­cu­cho mú­si­ca. Me gus­tan El Pu­ma, Ma­no­lo Ote­ro Faus­to Pa­pet­ti, Ray Con­niff, Luis Mi­guel... Y es­cu­cho ra­dio, es­cu­cho La Red to­do el día.” Y, sin que se lo pi­da­mos, re­ci­ta to­dos los ho­ra­rios y to­dos los pro­gra­mas, uno por uno, pa­ra de­mos­trar que es cier­to. Con los años le due­le el ner­vio ciá­ti­co: una ca­ja de antiinflamatorios en la mesa lo cer­ti­fi­ca. Y es el úni­co que ha­ce llo­rar a los ju­ga­do­res a vo­lun­tad. “Cuan­do vie­nen mal les di­go: mi­rá que vas a llo­rar. Y les me­to los de­dos en el nu­do. Y llo­ran, y a mí no me im­por­ta, por­que sé que les ha­ce bien. Los ma­sa­jeo con agua y ja­bón. Y llo­ran.”

 

Galíndez fue muy querido siempre por los planteles que integró.

Galíndez fue muy querido siempre por los planteles que integró.

 

Se en­te­ró del do­ping po­si­ti­vo de Die­go a tra­vés de Goy­co­chea a eso de las diez de la no­che. “Yo es­ta­ba co­mien­do so­lo, no lo po­día creer. ¡Al otro día te­nía­mos que ju­gar! Se fue­ron to­dos a mi pie­za: Rug­ge­ri, Bo­re­lli, El Cho­lo, Die­go… A las dos de la ma­ña­na, a pe­di­do de Die­go, le fui a bus­car un sán­gu­che de ja­món y que­so con to­ma­te. Yo llo­ré de ale­gría cuan­do de­jé a Bra­sil afue­ra, y Dios me di­jo cuan­do lo de Die­go: aho­ra vos te que­das­te afue­ra. To­dos que­da­mos muy mal… Me acuer­do de don Ju­lio (por Gron­do­na) que es muy ami­go mío, qué ca­ra de ve­lo­rio que te­nía”.

Cuan­do se en­te­ró –jus­ta­men­te por bo­ca de Gron­do­na– de que ya no es­ta­ba más en la Se­lec­ción sin­tió que era tam­bién el mo­men­to de mo­rir­se. “Y es­tu­ve a pun­to de ti­rar­me por el bal­cón des­de el sép­ti­mo pi­so. Sí, pen­sé en ma­tar­me, por­que la Se­lec­ción es el sue­ño má­xi­mo, yo amo mis co­lo­res, nues­tros co­lo­res, nues­tra que­ri­da Ban­de­ra. Sí, se­ñor, es­tu­ve a pun­to de ma­tar­me.”

 

Las promesas se cumplen.

Las promesas se cumplen.

 

Di­ce que cual­quier co­mi­da le vie­ne bien, por­que tie­ne es­tó­ma­go de po­bre. Ja­más to­mó vi­no. Eso sí, no se priva del ci­ga­rri­llo. Mien­tras pren­de uno y pita hon­do, se des­car­ga: “Soy un pa­ya­so tris­te. Ten­go más tris­te­zas que ale­grías, es­toy bas­tan­te so­lo, se van los años... Pe­ro, ¿sa­be qué? Cuan­do pa­so el por­tón de la can­cha, de­jo atrás to­das mis pe­nas. Ten­go que ha­cer reír a mis ju­ga­do­res, quie­ro que es­tén bien. Yo lo car­go al Be­to Acos­ta, le di­go que es feí­si­mo, más feo que yo to­da­vía, y él va y se ríe. Ellos no tie­nen que sa­ber si es­toy mal. Sí, soy un pa­ya­so tris­te que ha­ce lo que Dios le in­di­có”.

 

 

Por Carlos Irusta (2003).

Fotos: Aníbal Greco y Archivo El Gráfico.

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Las Entrevistas de El Gráfico

2013. Pedro Monzón 100x100

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