Las Entrevistas de El Gráfico

Ramón Maddoni, el ojo clínico

Por Redacción EG · 09 de mayo de 2019

En el club Social Parque, de la calle Marcos Sastre, descubrió a talentos como Tévez, Redondo, Sorín y Cambiasso. En 2007 Ramón Maddoni, le contaba a El Gráfico como detectar en un pibe a un futuro crack.

Hay un mur­mu­llo es­pe­cial, hay un des­plie­gue que só­lo pue­de ser apre­cia­do ca­bal­men­te por aque­llos que al­gu­na vez alen­ta­ron el sue­ño de ju­gar en Pri­me­ra. Pa­ra­fra­sean­do las es­tro­fas de la pe­ga­di­za mar­cha de San Lo­ren­zo po­dría de­cir­se que “rui­dos de pe­lo­ta oír se de­jan”. Pe­ro no hay “ba­ta­llas” pre­vis­tas, sen­ci­lla­men­te se tra­ta de con­cu­rrir a la con­vo­ca­to­ria dia­ria de un hom­bre ca­no­so y bo­na­chón que re­ci­be el be­so de ca­da uno de sus “sol­da­dos” an­tes de em­pe­zar el en­tre­na­mien­to dia­rio. Ra­món Mad­do­ni, 65 años, con vein­te de ex­pe­rien­cia en la di­fí­cil, pe­ro al mis­mo tiem­po gra­ti­fi­can­te ta­rea de des­cu­brir el ta­len­to de un pi­be pa­ra pro­yec­tar­lo –en un tiem­po ca­da día me­nos le­ja­no–, al pri­vi­le­gia­do cír­cu­lo de los gran­des. El rui­do de pe­lo­ta tie­ne el eco ideal por­que se re­pro­du­ce a tra­vés de pa­re­des que mu­cho pue­den ha­blar de sue­ños y rea­li­da­des. So­cial Par­que es, sin du­da, una fá­bri­ca de cracks. Du­ran­te mu­cho tiem­po el so­lar de la ca­lle Mar­cos Sas­tre 3268, en­tre Cam­pa­na y Cuen­ca, en ple­no ba­rrio por­te­ño de Vi­lla del Par­que, fue el cri­sol de Ar­gen­ti­nos Ju­niors. Aho­ra, ya con más de una dé­ca­da de re­la­ción flui­da, el club es el cor­dón um­bi­li­cal pa­ra las di­vi­sio­nes ju­ve­ni­les de otro ju­niors, pe­ro en es­te ca­so Bo­ca. Na­da me­nos.

En su salsa. Maddoni supervisa cada uno de los movimientos de sus pollitos. “Precisión, por sobre todas las cosas”, aconseja.

En su salsa. Maddoni supervisa cada uno de los movimientos de sus pollitos. “Precisión, por sobre todas las cosas”, aconseja.

Dos­cien­tos cin­cuen­ta es na­da más que una ci­fra que no al­te­ra­ría mu­cho una ecua­ción ma­te­má­ti­ca, pe­ro si se apli­ca al mo­vi­mien­to de to­dos los días de chi­cos que en mu­chos ca­sos ape­nas le­van­tan cin­cuen­ta cen­tí­me­tros del sue­lo, se cae­rá en el asom­bro y se com­pren­de­rá me­jor lo que Ra­món Mad­do­ni a fuer­za de in­ge­nio y tem­pe­ra­men­to fue mo­de­lan­do has­ta con­ver­tir­se en un au­tén­ti­co de­tec­tor de cracks. ¿Có­mo se ha­ce? Lea­mos...

“No hay mu­chos se­cre­tos, se tra­ta de mi­rar mu­cho, ana­li­zar, co­men­tar, com­pa­rar. Con el tiem­po, si a uno le gus­ta –y a mí me en­can­ta– se de­sa­rro­lla un ol­fa­to es­pe­cial pa­ra se­lec­cio­nar chi­cos que pue­den lle­gar a Pri­me­ra. ¿El ojo clí­ni­co? Sí, pue­de ser. Di­fí­cil­men­te, des­pués de tan­tos años de tra­ba­jo, uno pue­da equi­vo­car­se. Aho­ra, va­le acla­rar­lo, el pi­be que des­lum­bra pue­de no lle­gar por mu­chí­si­mos mo­ti­vos aje­nos a sus pro­pias con­di­cio­nes. De­pen­de de mu­chas otras cir­cuns­tan­cias.”

–¿El crack na­ce o se ha­ce?

–Na­ce pe­ro tam­bién se ha­ce. Es­toy con­ven­ci­do. Acá les en­se­ña­mos a pa­tear con las dos pier­nas, a pa­rar­se co­rrec­ta­men­te, a po­ner bien el cuer­po, a ca­be­cear con los dos pa­rie­ta­les. Ves, de esa hor­ca que con­tro­la mi her­ma­no Raúl cuel­ga una pe­lo­ta que los pi­bes ca­be­cean de ida y vuel­ta. Eso les da a los chi­cos se­gu­ri­dad a la ho­ra de de­fen­der y tam­bién en el mo­men­to de ata­car si son de­lan­te­ros. Ese es só­lo uno de los mo­vi­mien­tos que pro­po­ne­mos en ca­da jor­na­da de en­tre­na­mien­to.

–¿Hay al­gún Ma­ra­do­na?

–To­da­vía no. Siem­pre los que es­ta­mos en la ta­rea del fút­bol in­fan­til que­re­mos te­ner la sa­tis­fac­ción de pro­yec­tar un ju­ga­dor ex­traor­di­na­rio co­mo Die­go, pe­ro por aho­ra no lo ve­mos. Ma­ra­do­na fue al­go de otro pla­ne­ta.

El maestro y sus alumnos. La clases no se suspenden nunca, y los pibes trabajan y juegan soñando con llegar a la Primera de Boca.

El maestro y sus alumnos. La clases no se suspenden nunca, y los pibes trabajan y juegan soñando con llegar a la Primera de Boca.

Lle­ga Pa­bli­to y lo be­sa, se acer­ca Da­niel y lo abra­za. De le­jos otros dos pi­bes lo sa­lu­dan con afec­to mien­tras aca­tan la or­den de em­pe­zar a drib­blear co­nos de plás­ti­co. De pron­to apa­re­ce otro lo­co ba­ji­to y cuan­do de­ja de aca­ri­ciar­le la ca­be­za y con­tem­pla con una son­ri­sa có­mo se va ha­cia el cen­tro de la can­cha, Ra­món aco­ta ca­si co­mo una sen­ten­cia: “Un fe­nó­me­no, Leo, no sa­bés lo que jue­ga. Es cla­se 96, pe­ro no te pue­do de­cir el nom­bre por­que si no te lo ro­ban. ¿Te reís? Ape­nas apa­re­ce uno dis­tin­to –y acá te­ne­mos va­rios– hay que cui­dar­se por­que en­se­gui­da te lo quie­ren lle­var a otro club o al ex­te­rior”.

–¿Có­mo te fue en Ar­gen­ti­nos?

–Yo soy un agra­de­ci­do. A mí es­ta ac­ti­vi­dad me sal­vó la vi­da por­que yo pa­sé mo­men­tos muy di­fí­ci­les por un gra­ve pro­ble­ma fa­mi­liar y con es­to en­con­tré un re­me­dio fa­bu­lo­so. Y ten­go que agra­de­cer­le es­pe­cial­men­te a Jo­sé Ba­tis­ta, un ti­po bár­ba­ro, to­do un em­ble­ma de So­cial Par­que, y que me dio un im­pul­so ex­traor­di­na­rio allá por el 80–81, días que hoy pa­re­cen le­ja­nos pe­ro que a mí me mar­ca­ron gra­ta­men­te y pa­ra siem­pre. En Ar­gen­ti­nos hi­ce la pri­ma­ria por de­cir­lo de al­gu­na ma­ne­ra. De aque­lla épo­ca no pue­do ol­vi­dar­me de la cla­se 73 in­te­gra­da por chi­cos co­mo Fer­nan­do Ló­pez, del que soy com­pa­dre, Man­ri­que, Ta­ric­co, el Pes­ca­di­to Paz. Y es im­po­si­ble no nom­brar a la 76 del To­ma­ti­to Pe­na, So­rín o An­driz­zi, o a la 77, con Ni­co Diez co­mo aban­de­ra­do de un plan­tel fan­tás­ti­co don­de él era el me­jor. Lo que pa­sa es que en Ar­gen­ti­nos creo que no hu­bo ver­da­de­ra con­cien­cia de lo que sig­ni­fi­ca­ba Par­que co­mo abas­te­ce­dor de jó­ve­nes ta­len­tos. No hu­bo in­te­rés de ar­mar un pro­yec­to de lar­go al­can­ce.

–¿En Bo­ca sí?

–Se­gu­ro. Yo lle­gué a Bo­ca en el 96, por la de­ci­sión de ti­pos co­mo Ma­cri, Zi­dar, y mu­chos otros di­ri­gen­tes de gran vi­sión. Ellos en­ten­die­ron bien có­mo era el tra­ba­jo en las di­vi­sio­nes for­ma­ti­vas. Jor­ge Grif­fa se hi­zo car­go de los ju­ve­ni­les y yo arran­qué con los in­fan­ti­les. La ex­pe­rien­cia que ha­bía ad­qui­ri­do en Ar­gen­ti­nos fue muy útil en un lu­gar en don­de se preo­cu­pa­ban por  de­sa­rro­llar lo que en de­fi­ni­ti­va era el fút­bol del fu­tu­ro y el pro­gre­so de la ins­ti­tu­ción.

–Sa­lie­ron muy bue­nos ju­ga­do­res.

–Sin du­da. El me­jor, pa­ra mí, Car­li­tos Te­vez, el más pa­re­ci­do a Ma­ra­do­na de to­dos los que tu­ve des­de que es­toy en es­ta ac­ti­vi­dad. Ese sí que es dis­tin­to, por más que aho­ra es­té en un club in­glés de es­ca­so re­nom­bre, él siem­pre se las in­ge­nia pa­ra ha­cer al­go di­fe­ren­te. Sil­ves­tre es otro buen ejem­plo.

–¿Y Ga­go?

–No me ol­vi­da­ba, te lo iba a nom­brar al to­que. No, Fer­nan­do tie­ne to­do pa­ra ser crack, crack. Lo que pa­sa es que aho­ra es­tá en un mo­men­to no muy bue­no del Real Ma­drid y él to­da­vía es jo­ven, de­be ad­qui­rir ex­pe­rien­cia en un me­dio que es du­ra­men­te com­pe­ti­ti­vo. To­das las se­ma­nas ha­blo por te­lé­fo­no con él, sé que le cues­ta adap­tar­se, pe­ro va a ser fi­gu­ra sin nin­gu­na du­da y un ju­ga­dor con ni­vel de Se­lec­ción co­mo pa­ra te­ner­lo en cuen­ta pa­ra el pró­xi­mo Mun­dial.

Unidos por el futbol. Maddoni, sus eficaces ayudantes –incluyendo a su hermano Raúl– y algunos de los chicos en el crisol parquense.

Unidos por el futbol. Maddoni, sus eficaces ayudantes –incluyendo a su hermano Raúl– y algunos de los chicos en el crisol parquense.

Los pi­bes ya le die­ron du­ro a los co­nos, a la hor­ca y a la prác­ti­ca con los ar­que­ros. Aho­ra vie­ne el tiem­po del jue­go, del par­ti­do. Hay más gen­te en tor­no de la can­cha. No son hin­chas cual­quie­ra, son va­rios de los pa­dres de los pro­ta­go­nis­tas. Pe­ro no se los es­cu­cha, só­lo mi­ran.

–¿Có­mo lo­grás que los pa­dres no ha­blen, al­go tan co­mún en el fút­bol in­fan­til?

–Es un có­di­go que se res­pe­ta. Lo sa­ben des­de el pri­mer día que los chi­cos vie­nen acá a tra­ba­jar. Y, ojo, que acá te­ne­mos de to­dos los lu­ga­res, de cer­ca y de muy le­jos. To­do lo que de­be­mos de­cir­nos lo ha­ce­mos al prin­ci­pio. Des­pués, ló­gi­co, res­pon­do cual­quier in­quie­tud, pe­ro en los en­tre­na­mien­tos y en los par­ti­dos, si­len­cio. Es me­jor pa­ra to­dos, pa­ra no­so­tros, pa­ra ellos y es­pe­cial­men­te pa­ra los pi­bes.

–¿De quién apren­dis­te?

–A ju­gar, de na­die; no an­da­ba mal, pe­ro era me­dio va­go, por eso les in­cul­co el sa­cri­fi­cio a los pi­bes. El crack era mi her­ma­no me­nor, Ta­tín, ése sí que la rom­pía. Pe­ro no quie­ro ha­blar de él, to­da­vía no pue­do en­ten­der que no es­té con no­so­tros. En cuan­to a re­ci­bir con­se­jos o ex­pe­rien­cias, soy de es­cu­char a to­dos. Un día, Er­nes­to Du­chi­ni me di­jo al­go que me sir­vió mu­chí­si­mo: “Si ar­más una bue­na No­ve­na, vas a te­ner unas di­vi­sio­nes bár­ba­ras”. Te­nía ra­zón. Sa­ber re­no­var la ba­se y man­te­ner­la de ma­ne­ra com­pe­ti­ti­va es un tram­po­lín pa­ra que las di­vi­sio­nes gran­des an­den muy bien.

–Te lle­vás bien con Me­not­ti y con Bi­lar­do.

–Sí, cla­ro, de los dos sa­co co­sas va­lio­sas. Del Na­ri­gón, el tra­ba­jo, la cons­tan­cia y el sa­cri­fi­cio. Del Fla­co, la téc­ni­ca y la pre­ci­sión. Con los dos ten­go muy bue­na re­la­ción. Con Me­not­ti es­pe­ro te­ner una ce­na un lu­nes de és­tos. Soy de reu­nir­me siem­pre en la mis­ma me­sa –y se­ña­la ha­cia una que da a la ca­lle con vis­ta a la pla­za–. Es lin­do ha­blar de fút­bol y tam­bién de la vi­da.

Un tesoro. Maddoni enmarcado por camisetas donadas por los jugadores que él entrenó.

Un tesoro. Maddoni enmarcado por camisetas donadas por los jugadores que él entrenó.

–Có­mo es un día de Mad­do­ni.

–Do­ble tur­no acá, en La Bo­ca, en Ezei­za, en Pin­ti­tas –Pe­ri­to Mo­re­no y Ma­ria­no Acos­ta–. Son 250 pi­bes que hay que ver y aten­der, más los que vie­nen pi­dien­do pis­ta. ¿Can­sa­do? No, pa­ra na­da, si me cau­sa pla­cer. Y co­mo siem­pre hay un pi­be que la rom­pe y te ge­ne­ra es­pe­ran­zas, ése es el me­jor in­cen­ti­vo pa­ra se­guir tra­ba­jan­do. Ade­más, no hay na­da más lin­do que el fút­bol. Y no tie­ne edad.

 

EL QUE DESCUBRIÓ A ROMÁN

Mientras Ramon baraja y da de nuevo sobre jugadores, figuras y promesas, reconoce que el Leche La Paglia fue –junto con Nico Diez– de lo mejor que tuvo, tanto que se lo pagó más que a Riquelme cuando Boca decidió la doble compra al club de La Paternal. Su amigo y colega Jorge Rodríguez  asiente con una sonrisa. El fue quien le acercó a Román, primero a Parque y después a Argentinos Juniors. Rodríguez trabaja en los potreros de El Tropezón, en el Gran Buenos Aires, su orgullo es el equipo La Carpita y apunta que Sergio Agüero, a quien entrenó, es un pibe bárbaro y muy agradecido, y que Ismael Sosa puede tener el mismo destino europeo del Kun. Viejos conocidos, Maddoni y Rodríguez podrían verse a diario si Boca finalmente logra incorporar a sus divisiones juveniles al descubridor de Juan Román Riquelme.

 

DE SORIN, EL MEJOR RECUERDO

Por la mayoria de los jugadores que tuvo bajo su tutela futbolera, Ramón Maddoni conserva un cariño muy especial. Pero cuando habla de Juan Pablo Sorín, el hombre se emociona de una manera especial. “Un gran jugador y una persona extraordinaria. Tuvo un gesto que nunca voy a olvidar como fue el de invitarme a ver el último Mundial en Alemania. Juampi es un tipo muy querible, de mucha sensibilidad. Con respecto a los cambios de puesto en las inferiores o en las preinfantiles, el suyo es un claro ejemplo. Igual que Placente, él era un volante por izquierda muy ofensivo. Yo lo llevé a la posición de ‘3’. Por eso, a mí no me extraña verlo llegar como un centrodelantero a posiciones de gol”.

 

Por Carlos Poggi (2007). Fotos: Emiliano Lasalvia

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