Las Entrevistas de El Gráfico

2001. Cuando 10 años no es nada

Por Redacción EG · 15 de abril de 2019

El uruguayo Guillermo Sanguinetti llegó en el 91 a Gimnasia y se quedó para siempre. Cuando cumplió 10 años en el Lobo, “El Topo” charló con El Gráfico para recorrer su historia.

¿Te di­cen To­po por el joc­key Vil­mar San­gui­net­ti? –Sí, exac­to. Él es To­po pa­ra to­do el mun­do y a mí me lo ti­ra­ron y me que­dó. La ver­dad, no me jo­de el apo­do. Ya lo ten­go in­cor­po­ra­do, aun­que en Uru­guay un téc­ni­co de fút­bol in­fan­til me bau­ti­zó con el so­bre­nom­bre de Pu­che­ro. Y fui Pu­che­ro pa­ra mu­chos.

El Pu­che­ro de an­tes y el To­po de aho­ra es Gui­ller­mo Os­car San­gui­net­ti, un his­tó­ri­co del Lo­bo. El he­cho de que el 1° de sep­tiem­bre ha­ya cum­pli­do 10 años de­fen­dien­do la ca­mi­se­ta de Gim­na­sia y Es­gri­ma La Pla­ta es una mag­ní­fi­ca ex­cu­sa pa­ra abor­dar a un per­so­na­je aus­te­ro, sim­ple y más abo­na­do a los si­len­cios que a los to­nos al­tos. Na­ci­do ha­ce 35 años en Mon­te­vi­deo, es­po­so de Ri­ta y pa­dre de Ni­co­lás (9 años) y Ji­me­na (7), el To­po va re­co­rrien­do su his­to­ria co­bi­ja­do por la se­re­ni­dad. Y cuen­ta.

–Des­de chi­qui­to que­ría ser ju­ga­dor de fút­bol. Lo sen­tía. Lo de­sea­ba. Es que vi­ví en una ca­sa con olor a fút­bol.

 

Con la camiseta de Nacional, con apenas 18 años. Allí arrancó.

Con la camiseta de Nacional, con apenas 18 años. Allí arrancó.

 

-¿Tu vie­jo ju­ga­ba? –Mi vie­jo no ac­tuó en Pri­me­ra, pe­ro ju­gó al fút­bol de tres y sa­be bien de qué se tra­ta. Tan­to mi vie­jo co­mo mi vie­ja son hin­chas de Na­cio­nal. Mien­tras que mi her­ma­no Fla­vio es de Pe­ña­rol. To­dos íba­mos a la can­cha. Era lin­do ir al Cen­te­na­rio. No sé si se­rá por la nos­tal­gia o por otra co­sa, pe­ro es­ta­ba bue­no. Has­ta me acuer­do del pri­mer clá­si­co que vi co­mo hin­cha, cer­ca de la ba­rra. La ver­dad, fue te­rri­ble. Ga­nó Pe­ña­rol 5-1. Fue una pa­li­za im­pre­sio­nan­te. Pa­ra Na­cio­nal ju­ga­ba Juan Ra­món Ca­rras­co. Y ellos te­nían a Fer­nan­do Mo­re­na. Años des­pués me cru­cé con Mo­re­na en una can­cha. Fue en el 84. Yo, con la ca­mi­se­ta de Na­cio­nal di­ri­gi­do por Luis Ga­ris­to; él con la de siem­pre. Em­pa­ta­mos 0–0. Pen­sar que Mo­re­na fue el ju­ga­dor que en la épo­ca de hin­cha siem­pre me ha­bía he­cho llo­rar por to­dos los go­les que nos me­tió.

–¿Y des­pués? –Es­tu­ve en va­rios clu­bes más: Cen­tral Es­pa­ñol, Su­da­mé­ri­ca, Wan­de­rers, Ra­cing. En Na­cio­nal me hu­bie­ra gus­ta­do te­ner más con­ti­nui­dad, pe­ro... Has­ta que apa­re­ció Gim­na­sia con una ofer­ta, cuan­do es­ta­ba con la se­lec­ción en la Co­pa Amé­ri­ca del 91, en Chi­le. Y lo pen­sé. Ahí no­más lle­gué a una es­pe­cie de an­ti­ci­po. Por­que ha­bía en puer­ta otra po­si­bi­li­dad pro­fe­sio­nal en el ex­te­rior. Pe­ro ele­gí Gim­na­sia, por­que, en­tre otras co­sas, el téc­ni­co era Gre­go­rio Pé­rez. Y mi­ran­do el fu­tu­ro ima­gi­né que en el Lo­bo iba a ju­gar por lo me­nos diez años. Di­cho y he­cho. Ya van diez tem­po­ra­das. Y si­go ju­gan­do. Mi vie­jo tam­bién tu­vo que ver. Por­que me re­cor­dó a la­te­ra­les que tu­vie­ron una gran vi­gen­cia en la Ar­gen­ti­na. Es­ta­ban los ca­sos del Sa­po Vi­llar, del Chi­vo Pa­vo­ni, de Jor­ge Gon­zá­lez, Lu­cho Mal­vá­rez, Jo­sé Ba­tis­ta, el Ne­gro Ro­lán y Da­voi­ne, quien ju­gó en Gim­na­sia. En de­fi­ni­ti­va, fue­ron mu­chos los uru­gua­yos que hi­cie­ron un apor­te im­por­tan­te en los clu­bes ar­gen­ti­nos. Yo los co­no­cía a to­dos por­que mi pa­pá era un co­lec­cio­nis­ta ra­bio­so de El Grá­fi­co y un gran ad­mi­ra­dor del fút­bol ar­gen­ti­no. Y me lle­gó ese men­sa­je.

–El otro men­sa­je es el que dio Car­los Bi­lar­do en los fi­na­les de los 80, cuan­do di­jo que los mar­ca­do­res de pun­ta ya no tie­nen vi­gen­cia.  –Yo es­tu­ve de acuer­do con Bi­lar­do, a pe­sar de ju­gar en esa fun­ción.

–El tu­yo es un re­co­no­ci­mien­to ex­tra­ño. To­da tu vi­da mar­can­do la pun­ta y afir­más que a los la­te­ra­les los su­pe­ró el tiem­po. Es al­go así co­mo aten­tar con­tra tu pro­pia fuen­te de tra­ba­jo. –No, tan así no. Lo que di­go es que la fun­ción cam­bió mu­cho. Creo que ya no van más los que se de­di­can só­lo a mar­car ese sec­tor; sim­ple­men­te por­que des­de ha­ce va­rios años los equi­pos no jue­gan con pun­te­ros. Y en­ton­ces, ¿mar­car a quién? Es co­mo que el pues­to que­dó de­sac­tua­li­za­do. Y cuan­do Bi­lar­do lar­gó eso, pa­re­ció que nos que­rían echar a to­dos. Aho­ra el que jue­ga por ahí tie­ne que sa­ber más co­sas. No al­can­za con ser un pe­rro de pre­sa. Hay que ser sa­li­da, ma­ne­jar la pe­lo­ta, apa­re­cer co­mo un vo­lan­te más.

-¿Có­mo es eso de que no hay equi­po con pun­te­ros? La Se­lec­ción Na­cio­nal ocu­pa las pun­tas. Or­te­ga va por de­re­cha, el Pio­jo por iz­quier­da. Se su­po­ne que los tie­nen que to­mar gen­te con ca­pa­ci­dad de mar­ca y ofi­cio. –Sí, se­gu­ro. Des­de es­ta rea­li­dad, que­da en evi­den­cia que Bi­lar­do se equi­vo­có. Pe­ro tam­bién es in­dis­cu­ti­ble que en el fút­bol de hoy en día es ne­ce­sa­rio ser un ju­ga­dor más in­te­gral. Por eso no me gus­ta la de­fi­ni­ción “mar­ca­dor de pun­ta”. Es­to es an­ti­guo. La­te­ral es lo más ade­cua­do. Por ejem­plo, So­rin no es un mar­ca­dor de pun­ta. Es un la­te­ral. Za­net­ti lo mis­mo. La prin­ci­pal vir­tud del Pu­pi es la pro­yec­ción. Ellos re­cu­pe­ran la pe­lo­ta y par­ti­ci­pan del ar­ma­do del jue­go. Es­to es lo que cam­bió. El ma­yor com­pro­mi­so con el equi­po. No ocu­par una quin­ti­ta y de­sen­ten­der­se de lo que pa­sa más allá de ese sec­tor.

–Ha­blas­te de So­rin y Za­net­ti, pe­ro no lo men­cio­nas­te a Vi­vas. –Es un muy buen mar­ca­dor. Rin­de siem­pre. Sa­be la fun­ción.

-¿Y el Ne­gro Iba­rra? –Por le­jos es el me­jor. Tie­ne un ma­ne­jo y una po­ten­cia ex­traor­di­na­rios. Ha­ce to­do con mu­cha na­tu­ra­li­dad, co­mo si las co­sas no le cos­ta­ran un gran es­fuer­zo. Y su­ma mar­ca y ca­pa­ci­dad ofen­si­va. Pe­ro el nú­me­ro uno fue y es el bra­si­le­ño Ju­nior, aquel que ju­gó en el Fla­men­go con Lean­dro y Zi­co y que tam­bién in­te­gró la se­lec­ción en los mun­dia­les del 82 y 86. Pa­ra de­fi­nir­lo, só­lo ha­bría que de­cir que fue un ju­ga­do­ra­zo im­pre­sio­nan­te, con una enor­me ri­que­za téc­ni­ca. Te­nía tan­ta ca­te­go­ría que so­bra­ba la fun­ción. Y en­ton­ces era un cla­ro vo­lan­te por iz­quier­da. Pe­ro un vo­lan­te con vi­sión de jue­go, con pa­no­ra­ma y con ro­llo pa­ra ti­rar una pa­red, bus­car la des­car­ga y de­fi­nir. Pe­ro, aun­que Ju­nior la rom­pía, en Bra­sil no es­ta­ba so­li­to. Ellos siem­pre tu­vie­ron gran­des la­te­ra­les. Des­de Nil­ton San­tos, Car­los Al­ber­to, Bran­co, Jor­gin­ho, pa­san­do aho­ra por Ca­fú y Ro­ber­to Car­los. Mu­chos de ellos no se es­pe­cia­li­za­ban en mar­car, pe­ro lo reem­pla­za­ban con la téc­ni­ca y la vo­ca­ción ofen­si­va has­ta pa­ra con­ver­tir­se en ju­ga­do­res con un fuer­te de­se­qui­li­brio en ata­que.

-¿A Ca­fú y Ro­ber­to Car­los los po­nés en esa lis­ta? –Ca­fú me gus­ta­ba, aun­que más de una vez va con la plan­cha arri­ba, qui­zá por mie­do. A Ro­ber­to Car­los le ad­mi­ro el ida y vuel­ta y la pe­ga­da que tie­ne. Pe­ro a la ho­ra de me­ter la pier­na es un ma­la le­che.

 

El Topo Sanguinetti acompañado por Mou, un boxer al que le sobra energía.

El Topo Sanguinetti acompañado por Mou, un boxer al que le sobra energía.

 

El pe­rro bo­xer Mou, pro­pie­dad de la fa­mi­lia San­gui­net­ti, pa­re­ce que­rer par­ti­ci­par. “Es gran­do­te y me­te mie­do, pe­ro es muy ca­ri­ño­so”, di­ce el To­po. Y ya se sa­be que hay ca­ri­ños que ma­tan. En el am­plio pa­tio de su ca­sa, Mou in­ti­mi­da des­de su ener­gía y sus la­dri­dos. Ape­nas le dan es­pa­cio a su de­seo de co­rrer, po­ne sus dos pa­tas en­ci­ma del pe­cho del fo­tó­gra­fo. Y lo ho­me­na­jea a su ma­ne­ra.

Ri­ta va a bus­car a sus dos hi­jos al co­le­gio. La char­la con­ti­núa. “La Pla­ta tie­ne al­go de Mon­te­vi­deo, en su tran­qui­li­dad, en ese rit­mo de la gen­te, de la ciu­dad. Y por eso me gus­ta tan­to”,  con­fie­sa. El ayer y el hoy se jun­tan y se bi­fur­can. Pe­ro el fút­bol ter­mi­na por unir to­do.

 

–Con una ca­rre­ra tan pro­lon­ga­da, te ha­brás cru­za­do con téc­ni­cos de va­rios es­ti­los y con po­co o mu­cho co­no­ci­mien­to. –Sí, de to­do. Pe­ro no ten­go du­das de que los me­jo­res fue­ron Gre­go­rio Pé­rez y Car­los Gri­guol. Los dos sa­ben mu­cho de fút­bol.

-¿Qué se­ría sa­ber de fút­bol? –Te­ner teo­ría por­que se tu­vo prác­ti­ca, pe­ro ade­más ha­cer­se en­ten­der. Por­que lo más im­por­tan­te de un téc­ni­co es sa­ber trans­mi­tir y que eso que trans­mi­te des­pués pue­da plas­mar­se en la can­cha. Es cier­to, me he cru­za­do con en­tre­na­do­res que no se ha­cían en­ten­der. Y así no pue­de de­sa­rro­llar­se na­da.

-¿Pa­ra quié­nes va el pa­la­zo? –Pre­fie­ro guar­dár­me­lo.

-¿Los ju­ga­do­res en­tien­den el jue­go? ¿O com­par­tís lo que di­jo Me­not­ti acerca de que son muy po­cos los que lo in­ter­pre­tan? –Yo creo que exis­te un pre­con­cep­to que afir­ma que los ju­ga­do­res no sa­ben mu­cho. Pe­ro es una idea equi­vo­ca­da. Los ju­ga­do­res ca­zan al vue­lo a un téc­ni­co ape­nas és­te da su pri­me­ra char­la. Lo mi­den, lo es­tu­dian, lo ana­li­zan. Y lo mis­mo pa­sa cuan­do un pe­rio­dis­ta se po­ne en­fren­te. No es que se les to­ma exa­men, pe­ro se ad­vier­te en­se­gui­da si uno tie­ne co­no­ci­mien­to o to­ca de oí­do. 

 

Frente a Estudiantes y con Pompei detrás.

Frente a Estudiantes y con Pompei detrás.

 

–¿Gri­guol cam­bió las ex­pec­ta­ti­vas de Gim­na­sia?   –Exac­to. Con él em­pe­zó el pro­ce­so de pe­lear bien arri­ba. Y lo hi­ci­mos. Ape­nas lle­gó ins­ta­ló una mo­ti­va­ción nue­va. Y to­dos par­ti­ci­pa­mos. De ahí sa­lió aquel Gim­na­sia que lu­chó por los cam­peo­na­tos.

–Y que siem­pre se aho­gó en la ori­lla. –La frus­tra­ción más gran­de ocu­rrió en el Clau­su­ra del 95 cuan­do per­di­mos con In­de­pen­dien­te, de lo­cal, y San Lo­ren­zo le ga­nó a Cen­tral, en Ro­sa­rio. Ese gol­pe que re­ci­bi­mos fue du­rí­si­mo.

–La le­yen­da di­ce que aque­lla no­che de bru­jas el plan­tel de In­de­pen­dien­te ju­gó in­cen­ti­va­do por San Lo­ren­zo. –Más allá de eso, los res­pon­sa­bles de no ha­ber sa­li­do cam­peo­nes fui­mos no­so­tros. Ésa fue la cla­ve. Por ahí to­da la li­ga que ha­bía­mos te­ni­do en los par­ti­dos an­te­rio­res se nos fue de gol­pe cuan­do más la ne­ce­si­tá­ba­mos. Tu­vi­mos unas cuan­tas chan­ces, pe­ro la pe­lo­ta no que­ría en­trar y no en­tró. Es­to por un la­do.

-¿Y por el otro la­do? –Ló­gi­ca­men­te que In­de­pen­dien­te es­ta­ba in­cen­ti­va­do. Pe­ro re­pi­to que el cam­peo­na­to de­pen­día de no­so­tros. Y no lo su­pi­mos re­sol­ver. El em­pa­te no nos ser­vía. Y per­di­mos con to­do el do­lor del al­ma. Va a ser di­fí­cil que esa he­ri­da al­gún día ci­ca­tri­ce. Los que lo vivi­mos lo sa­be­mos muy bien. La úni­ca for­ma de aca­bar con ese do­lor es sa­lien­do cam­peón. Y por su­pues­to que sue­ño con eso.

–¿A aquel Gim­na­sia del 95 lo re­co­no­cés co­mo un gran equi­po? –No. Ese Gim­na­sia no fue un gran equi­po. To­do nos cos­ta­ba un te­rri­ble es­fuer­zo. Fue me­jor el que sa­lió sub­cam­peón en el Clau­su­ra del 96, con el Be­to Már­ci­co. ¡Qué ju­ga­dor que era el Be­to! Un ver­da­de­ro fe­nó­me­no. Lle­gó de gran­de y ju­gó unos par­ti­dos a un ni­vel al­tí­si­mo. Lás­ti­ma que no nos pu­do acom­pa­ñar más por las le­sio­nes que su­frió.

–Pa­ra esa épo­ca fue el bai­le que te pe­gó el Pio­jo Ló­pez.  –No es que me ha­ya bai­la­do. Pe­ro es muy com­pli­ca­do mar­car­ al Pio­jo. Tie­ne una ve­lo­ci­dad in­creí­ble. Y cuan­do pa­só, no lo aga­rras más. No te da po­si­bi­li­da­des de re­cu­pe­ra­ción. Si se fue la úni­ca que te que­da es mi­rar­le el nú­me­ro en la es­pal­da.

-¿Quién fue el au­tor del ca­ño más gro­se­ro que te co­mis­te? –Er­vit­i. Fue con­tra la ra­ya la­te­ral, en un 0-3, en can­cha de ellos. Le sa­lió lim­pi­to. La pe­lo­ta pa­só, pe­ro él no. No es el ca­so, pe­ro hay ju­ga­do­res que pien­san que un ca­ño tie­ne el mis­mo va­lor que un gol. Y se equi­vo­can. Si le sir­ve al equi­po, es­tá to­do bien. Pe­ro si es só­lo pa­ra lu­ci­mien­to per­so­nal, no es po­si­ti­vo. El fút­bol es co­lec­ti­vo. Y es­to va pa­ra to­dos los ni­ve­les: clu­bes de ba­rrio, Pri­me­ra Di­vi­sión, se­lec­ción...

con la Celeste, en el 97, ante Argentina, superando a Almeyda.

con la Celeste, en el 97, ante Argentina, superando a Almeyda.

 –Me­tis­te el de­do en la lla­ga: la se­lec­ción uru­gua­ya, de la que for­mas­te par­te, hoy es­tá re­zan­do pa­ra lle­gar al pró­xi­mo Mun­dial. –Es que es una se­lec­ción irre­gu­lar. Ga­na afue­ra, em­pa­ta aden­tro. Le ga­na a Bra­sil y des­pués pier­de con Ve­ne­zue­la. En fin. Ade­más el cam­bio de téc­ni­co en me­dio de la eli­mi­na­to­ria no fa­vo­re­ce a na­die. Y Uru­guay se vio obli­ga­do a cam­biar cuan­do se fue Pas­sa­re­lla. Por­que, por otra par­te, no es úni­ca­men­te la sa­li­da de un en­tre­na­dor y la lle­ga­da de otro, si­no la apli­ca­ción de un sis­te­ma tác­ti­co dis­tin­to. Y la adap­ta­ción no es in­me­dia­ta. Lle­va su tiem­po. El pro­ble­ma es que no hay tiem­po.

-¿El Chi­no Re­co­ba es un gran ju­ga­dor o es­tá in­fla­do?  –Es muy bue­no. Pe­ro le pa­sa lo mis­mo que a Fran­ces­co­li. Sien­do un fe­nó­me­no, en Uru­guay es re­sis­ti­do. En­zo igual. Allá es muy di­fí­cil ser ído­lo.

-¿Y acá? –Acá hay más re­co­no­ci­mien­to. 

-¿Es­tás se­gu­ro? –Muy se­gu­ro

Eduardo Verona (2001) . Colaboró Héctor Collivadino

 

En las dos orillas - Un Topo de primera
Gui­ller­mo Os­car San­gui­net­ti na­ció en Mon­te­vi­deo el 21 de ju­nio de 1966. An­tes de lle­gar a Gim­na­sia, San­gui­net­ti ac­tuó en Na­cio­nal, Cen­tro Es­pa­ñol, Wan­de­rers, Su­da­mé­ri­ca y Ra­cing de su país y tam­bién in­te­gró en 20 par­ti­dos (mar­can­do un gol) la se­lec­ción de Uru­guay, ju­gan­do su úl­ti­mo en­cuen­tro el 16 de no­viem­bre de 1997 an­te Ecua­dor por las eli­mi­na­to­rias pa­ra Fran­cia 98. Tam­bién par­ti­ci­pó de la Co­pa Amé­ri­ca del 91, con­vo­ca­do por el téc­ni­co Luis Cu­bi­lla.
El 1° de se­tiem­bre de 2001 el To­po cum­plió 10 años en la Pri­me­ra de Gim­na­sia y Es­gri­ma La Pla­ta, don­de de­bu­tó an­te Man­di­yú de Co­rrien­tes (0-0) en un par­ti­do por la primera fe­cha del Aper­tu­ra 91. En el Lo­bo disputó en total 383 par­ti­dos por tor­neos lo­ca­les, siendo el segundo jugador con más presencias en la historia del club  detrás de Jorge San Esteban (462 partidos). El Topo Se retiró en 2003.

 

Una marca registrada

Vi­nie­ron ca­si en pun­tas de pie y lo­gra­ron un gran re­co­no­ci­mien­to por su ni­vel de jue­go y per­so­na­li­dad. Los la­te­ra­les uru­gua­yos se ins­ta­la­ron co­mo re­fe­ren­tes e ídolos.

 

Sergio Villar (San Lorenzo)

Sergio Villar (San Lorenzo)

 

La tra­di­ción de mar­ca­do­res de pun­ta uru­gua­yos en el fút­bol ar­gen­ti­no se ins­ta­ló con gran fuer­za en la dé­ca­da del 60. En ese pe­río­do cru­za­ron la ori­lla la­te­ra­les histó­ri­cos, ta­les los ca­sos de Ser­gio Vi­llar (San Lo­ren­zo), Ri­car­do El­vio Pa­vo­ni (In­de­pen­dien­te), Jor­ge Gon­zá­lez (Ro­sa­rio Cen­tral), To­más Ro­lán (In­de­pen­dien­te) y Wal­ter Da­voi­ne (Bo­ca y Gim­na­sia). En los 70 se su­ma­ron Luis Mal­vá­rez (San Lo­ren­zo) y Jo­sé Ba­tis­ta (De­por­ti­vo Es­pa­ñol). En los 90 lle­gó, des­de Mon­te­vi­deo, Gui­ller­mo San­gui­net­ti, con­ti­nuan­do con la vie­ja pe­lí­cu­la.

A to­dos ellos los dis­tin­guió una par­ti­cu­la­ri­dad: rin­die­ron en al­to ni­vel. Y go­za­ron de una con­ti­nui­dad es­pec­ta­cu­lar a par­tir de la efi­ca­cia de­mos­tra­da y de una iden­ti­fi­ca­ción ple­na con la ca­mi­se­ta que vis­tie­ron. No fue­ron aves de pa­so. No jugaron sin de­jar una mar­ca, una se­ñal y una hue­lla pro­fun­da en el sen­ti­mien­to de los hinchas. Y, a su vez, es­cri­bie­ron un tes­ti­mo­nio fut­bo­le­ro muy con­tun­den­te.

 

Jorge González (Rosario Central)

Jorge González (Rosario Central)

 
Al­gu­nos has­ta ce­rra­ron el cír­cu­lo y que­da­ron en el ima­gi­na­rio co­lec­ti­vo po­si­cio­na­dos co­mo ído­los: el Chi­vo Pa­vo­ni, el Sa­po Vi­llar y el Ne­gro Gon­zá­lez en­tran en esa ca­te­go­ría. Con más o me­nos mar­ca, con ma­yor o me­nor pro­yec­ción, con más ver­sa­ti­li­dad o con un re­gis­tro in­fe­rior, to­dos fue­ron ca­pa­ces de me­ter­se en la ri­ca his­to­ria del fút­bol ar­gen­ti­no por re­cur­sos, ga­rra, tem­pe­ra­men­to y una per­so­na­li­dad ga­na­do­ra.

Con­quis­ta­ron tí­tu­los na­cio­na­les e in­ter­na­cio­na­les y, aun­que des­de el re­sul­ta­dis­mo pa­rez­ca lo más im­por­tan­te, en rea­li­dad es una cues­tión ac­ce­so­ria. Lo tras­cen­den­te es que aún se los re­cuer­da con mu­cho afec­to. San­gui­net­ti, co­mo ban­de­ra de es­te tiem­po, su­po re­cons­truir aque­lla ma­gia. Y fue fiel a la de­man­da his­tó­ri­ca. A 26 años de la sa­li­da de Da­voi­ne (ju­gó en Gim­na­sia 128 en­cuen­tros en­tre el 61 y el 65), el To­po fue a cu­brir ese es­pa­cio. Y ga­nó. Co­mo tam­bién ga­na­ron sus pre­de­ce­so­res.

 

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