Las Entrevistas de El Gráfico

2001. El mundo de Román

Por Redacción EG · 23 de marzo de 2019

Riquelme la estaba rompiendo en Boca, ya tenía las cosas muy claras. En esta entrevista habla de todo, el Xeneize, la Selección y su posible partida a Europa, que se concretaría al año siguiente.

Cada vez queda menos tiempo para verlo en la argentina. “después de junio, por la misma guita, me voy a jugar con mis amigos a don torcuato”, responde sobre el futuro. La fantasía indica que  puede ser un caso como el de  Ortega y él la alimenta diciendo que si se va a europa va a “sacar pasaportes” para los amigos.

Se pue­de de­cir sin te­mor que Juan Ro­mán Ri­quel­me es la más pre­cia­da de las jo­yas de la abue­la del fút­bol ar­gen­ti­no. Y que co­mo tal, en po­co tiem­po más, ya no se­rá pa­tri­mo­nio co­ti­dia­no nues­tro. Con un po­co de suer­te, no se­rá tan mal­ven­di­do co­mo ocu­rrió con las otras. Fal­ta po­qui­to pa­ra eso. De­ma­sia­do po­co, di­cen, nos que­da pa­ra go­zar de su fút­bol an­ti­gua­men­te con­tem­po­rá­neo, ca­paz de uni­fi­car opi­nio­nes a su al­re­de­dor co­mo po­cos ju­ga­do­res. Y que­da cla­ro que, con un pu­ra san­gre co­mo él, no nos ca­be só­lo eso de mi­rar­lo por la te­le.

Us­ted, que tan fá­cil­men­te en­tien­de el jue­go del diez de Bo­ca, sa­be al­gu­nas co­sas de la vi­da del crack. Has­ta el har­taz­go es­cu­chó ha­blar de sus nue­ve her­ma­nos me­no­res, de su re­cien­te pa­ter­ni­dad, de que él so­lo es el for­mi­da­ble sus­ten­to de la hu­mil­de fa­mi­lia de Don Tor­cua­to, de la fi­de­li­dad a sus ami­gos y de lo po­co que quie­re de­jar al­go de to­do es­to que con­ta­mos por mu­chos que sean los dó­la­res que ven­gan de Es­pa­ña –ca­si se­gu­ra­men­te-, de Ita­lia o de In­gla­te­rra.

Es pro­ba­ble que us­ted no se­pa que los que lo co­no­cen muy bien sos­tie­nen que Ri­quel­me, en­tre su gen­te o ro­dea­do de los com­pa­ñe­ros de equi­po, es de ha­blar has­ta por los co­dos. Eso es al­go que no po­dre­mos co­rro­bo­rar: aun sin cá­ma­ras o mi­cró­fo­nos y ape­nas ro­dea­do por un par de ami­go­s/a­sis­ten­tes de Mar­cos Fran­chi, Ro­mán no ago­tó más re­cur­sos ver­ba­les que los que le su­gie­re la cor­te­sía de su bue­na on­da. El pi­be no se mue­ve de ma­ne­ra con­for­ta­ble an­te los pe­rio­dis­tas.

 

El diez deja en el camino a Grana, de Belgrano.

El diez deja en el camino a Grana, de Belgrano.

 

–¿Có­mo te sen­tís con es­to de ser pa­dre jo­ven en un país bra­vo co­mo la Ar­gen­ti­na?

–Lo­co de la vi­da. Flor (2 años y 7 me­ses) aca­ba de em­pe­zar el jar­dín. Ha­ce ape­nas dos días que va y la tie­nen que echar pa­ra que vuel­va a la ca­sa. Por suer­te, es­ta­mos to­dos bien cui­da­dos.

–¿Qué on­da con tus her­ma­nos? ¿Son fut­bo­le­ros? Qui­zás has­ta hay al­gu­no que jue­ga me­jor que vos...

–Die­gui­to (9 años) es el más fut­bo­le­ro de to­dos. Jue­ga fe­nó­me­no al baby, pe­ro for­ma de dos. Di­ce que de cen­tral tie­ne más es­pa­cio pa­ra mo­ver­se que ade­lan­te. Bue­no, to­da la fa­mi­lia mi­ra los par­ti­dos por la te­le­vi­sión, pe­ro só­lo Die­gui­to pre­gun­ta co­sas. ¿Por qué no hi­cis­te tal co­sa? ¿Por qué Fu­la­no no te pa­só la pe­lo­ta? To­do bien por­que es un ra­to. Por suer­te, no es­ta­mos to­do el día dan­do vuel­tas al­re­de­dor de es­to.

–¿Y los ami­gos?

–Siem­pre en Don Tor­cua­to. Son los mis­mos que de la in­fan­cia. Ellos me pro­te­gen... En rea­li­dad, en Don Tor­cua­to me pro­te­gen. Y vi­vo cer­ca de don­de lo hi­ce siem­pre. Ellos es­tán ahí no­más, la­bu­ran­do y ha­cien­do lo ne­ce­sa­rio pa­ra ali­men­tar a la fa­mi­lia. No du­da­ría en ayu­dar­los si lo ne­ce­si­ta­ran, pe­ro ellos se la ban­can con su tra­ba­jo.,

–¿Qué es lo que más dis­fru­tás de la amis­tad con ellos?

–Que me si­guen tra­tan­do co­mo siem­pre más allá de que jue­gue en la Pri­me­ra de Bo­ca.

–Es­to de ser un ti­po tan po­pu­lar sue­le traer a la ras­tra ami­gos de la fa­ma. ¿Apa­re­cen mu­chos pe­sa­dos así? ¿Los te­nés ca­la­dos?

–¿Sa­bés qué pa­sa? De­be ser que Don Tor­cua­to que­da muy le­jos pa­ra ellos. Sé que hay mu­cho plo­mo dan­do vuel­ta, pe­ro no se me acer­can. Eso de­be ser por­que les que­da le­jos mi ba­rrio.

–¿Y las mu­je­res?

–(Se sor­pren­de con la pre­gun­ta pe­ro son­ríe.) To­do bien. No me mo­les­tan pa­ra na­da. Pe­ro tam­bién, su­pon­go, pa­ra ellas, Don Tor­cua­to de­be que­dar de­ma­sia­do le­jos.

–¿Có­mo te lle­vás con la pla­ta?

–Has­ta aho­ra me al­can­za. Va­mos a ver qué pa­sa des­pués de ju­nio.

–Se po­ne me­dio den­so el asun­to de la re­no­va­ción, pa­re­ce...

–Ya lo ven­go di­cien­do des­de ha­ce bas­tan­te tiem­po. El pro­ble­ma no es tan­to la trans­fe­ren­cia si­no que me cues­ta mu­cho ima­gi­nar có­mo po­dría arre­glar cua­tro o cin­co años más de con­tra­to con Bo­ca cuan­do ca­si no pu­de fir­mar por uno. En to­do ca­so, lo que úni­co que me im­por­ta aho­ra es que Bo­ca lle­gue lo mas le­jos po­si­ble en los dos tor­neos. Des­pués ve­mos qué pa­sa.

Román no jugó bien contra Belgrano pero metió un pase gol fantástico. En un par de ocasiones se enojó porque sus compañeros jugaban apurados.

Román no jugó bien contra Belgrano pero metió un pase gol fantástico. En un par de ocasiones se enojó porque sus compañeros jugaban apurados.

–¿Si hu­bie­ra pla­ta ele­gi­rías que­dar­te?

–Por la mis­ma gui­ta... (Pien­sa un mo­men­to.) ...Me voy a ju­gar con mis ami­gos a Don Tor­cua­to. Aun­que por ahí es más ba­ra­to lle­var­los a to­dos a ju­gar a Eu­ro­pa con­mi­go.

–Es­ta­ría bue­no que pu­dié­ra­mos pen­sar en lo po­si­ble, Ro­mán

–Mi­rá, si me voy, ya sé que ten­dre­mos que sa­car va­rios pa­sa­por­tes. Pe­ro de­já, no pue­do me­ter mas ener­gías en es­te te­ma. Si hay una bue­na ofer­ta de Eu­ro­pa, se­gu­ra­men­te se­rá muy di­fí­cil que­dar­se. Pe­ro no por­que no quie­ra, si­no por­que la úl­ti­ma vez, de tan­to lío, es­tu­ve 40 días sin ju­gar y, ade­más, tu­ve que aflo­jar mis exi­gen­cias.

–¿Qué pen­sás de los di­ri­gen­tes del fút­bol ar­gen­ti­no?

–Que los ju­ga­do­res pe­di­mos lo que cree­mos que me­re­ce­mos ga­nar. Y que, a par­tir de ahí, los que man­dan y de­ci­den son ellos. Yo, por lo pron­to, pi­do lo que creo que me­rez­co. Ni un pe­so más ni me­nos.

–Ma­cri pien­sa vol­car­se a la po­lí­ti­ca. ¿Lo vo­ta­rías?

–No en­tien­do na­da del te­ma. En la úl­ti­ma elec­ción, de­ci­dí el vo­to den­tro del cuar­to os­cu­ro. Ten­dría que ver có­mo me sien­to en ese mo­men­to. No ten­go una opi­nión for­ma­da.

–¿Qué res­ca­tás es­pe­cial­men­te de Bian­chi?

–Pri­me­ro, que fue el que me con­ven­ció pa­ra que vol­vie­se a ju­gar. Se­gun­do, sien­to que me quie­re mu­cho. Y ter­ce­ro, es­pe­ro no de­frau­dar­lo ja­más.

–¿Y de Pe­ker­man?

–Es el téc­ni­co que me lle­vó a la Se­lec­ción. Pa­sa­mos mo­men­tos lin­dos con él. Pe­ro se lo tra­tó muy mal por lo del preo­lím­pi­co. Siem­pre es así de du­ro. En Bo­ca pa­sa lo mis­mo. La me­mo­ria de to­dos fa­lla muy pron­to.

–¿Creés que vie­ne com­pli­ca­do el mo­men­to pa­ra Bo­ca?

–Te­ne­mos me­nos plan­tel que ha­ce un año. Igual yo si­go con­fian­do en mis com­pa­ñe­ros y en las co­sas que po­de­mos ha­cer pa­ra no ba­jar de ni­vel.

–¿Les das bo­la a los que di­cen que sos el me­jor del mun­do?

–Me en­can­ta que lo di­gan. Pe­ro ten­go en cla­ro que no po­dés sa­lir a la can­cha y es­pe­rar que to­dos te aplau­dan. Oja­lá al­gu­na vez pu­die­se con­ven­cer a to­dos.

–¿Y la Se­lec­ción?

–Es­tá ju­gan­do bien. An­da fe­nó­me­no en las eli­mi­na­to­rias.

–No, te pre­gun­to por tu re­la­ción con el se­lec­cio­na­do. ¿Te ex­tra­ña no es­tar en el equi­po ni de su­plen­te?

–Ya te di­je: no tie­ne por­ qué gus­tar­le a to­dos có­mo jue­go.

–¿Pen­sás que a Biel­sa no le gus­ta tu for­ma de ju­gar?

–No sé. Nun­ca le pre­gun­té si le gus­ta­ba co­mo jue­go...

En Boca, el club de sus amores, jugó 597 partidos y convirtió 166 goles.

En Boca, el club de sus amores, jugó 597 partidos y convirtió 166 goles.

Es to­da una ex­pe­rien­cia es­to de char­lar se­mi­for­mal­men­te con Ri­quel­me. Uno lo ve ahí, tan có­mo­do den­tro de la can­cha, tan ca­paz de su­bli­mar la ama­sa­da an­te el me­jor y más du­ro de­fen­sor del mun­do y, de pron­to, sen­ta­do en un si­llón de esos bien am­plios y abu­llo­na­dos, se lo ve co­mo un fa­quir de­bu­tan­te. De­fi­ni­ti­va­men­te, no le va es­to de las no­tas. Y con sin­ce­ri­dad, hay que ad­mi­tir que, a quie­nes dis­fru­ta­mos tan­to con su fút­bol, no nos ca­be otra po­si­bi­li­dad que can­jear con su­mo pla­cer que si­ga ju­gan­do así si, a cam­bio, nos que­da­mos sin mu­cho más que fra­ses de ri­gor.

De­be ser una bue­na re­ce­ta pa­ra la gen­te fa­mo­sa és­ta de de­tes­tar la al­ta ex­po­si­ción. Lo cu­rio­so es que, en el mun­do de la al­ta com­pe­ten­cia, el per­fil de un Fu­la­no co­mo Ro­mán se­ría el del per­so­na­je lle­no de mis­te­rio. Al­go así co­mo el In­dio So­la­ri del fút­bol. Sin em­bar­go, no hay tal mis­te­rio. No exis­te cer­ca su­yo –tam­po­co en tor­neo al lí­der de los Re­don­dos– nin­gún se­cre­to de di­vo. Es­tá cla­ro que su fút­bol ha­bla lo su­fi­cien­te. Al­re­de­dor del jue­go de Ri­quel­me no gi­ra una po­lé­mi­ca ge­ne­ra­cio­nal. El só­lo he­cho de ha­cer ju­gar a to­dos –pro­pios y aje­nos– a su rit­mo, ha­bi­tual­men­te dis­tan­te del vér­ti­go des­ce­re­bra­do de mu­chos su­pues­tos mo­der­nos de la pe­lo­ta, lo dis­tin­gue co­mo me­re­ce­dor de elo­gios equi­va­len­tes en­tre el pi­be de 15, el pa­pá fa­na del Bo­cha y el abue­lo que ex­tra­ña ya un po­co me­nos a Co­co Ros­si. ¿No se fi­ja­ron que pa­re­ce es­tar nue­va­men­te de mo­da eso de an­dar ama­san­do y pi­san­do la pe­lo­ta co­mo ha­ce 30 años? Co­mo di­jo Án­gel Cap­pa me­ses atrás, “una de las más agra­da­bles sor­pre­sas de la fi­nal In­ter­con­ti­nen­tal fue la enor­me rei­vin­di­ca­ción de la ama­sa­da que hi­zo Ri­quel­me. Eso es hon­rar la his­to­ria de nues­tro fút­bol sin dis­tin­ción de épo­cas”.

–A ve­ces pa­re­ce que te da lo mis­mo ju­gar en la Bo­ca, en To­kio, con gen­te, sin tri­bu­nas...

–Pa­re­ce no­más. Pe­ro no es lo mis­mo ju­gar con el Real Ma­drid o con Ri­ver que con otros ri­va­les. No di­go que me qui­te el sue­ño o que no pue­da ju­gar por los ner­vios. Pe­ro, co­mo nos di­jo el téc­ni­co an­tes del par­ti­do, una In­ter­con­ti­nen­tal a ve­ces no se jue­ga en to­da una vi­da. Por suer­te, creo que ju­ga­mos bien y la pu­di­mos ga­nar.

–Al­go de eso hu­bo­... Ro­mán, ha­ble­mos de tus fa­vo­ri­tos.

–Por lo pron­to, es­toy muy fe­liz con mis com­pa­ñe­ros. (Un ra­to an­tes ase­gu­ró que el Le­che La Pa­glia se­rá co­mo Bo­chi­ni.) Creo que, re­cu­pe­ra­do, el me­jor de to­dos es Ro­nal­do. Y me en­can­tan Klui­vert, Fi­go y el on­ce del Man­ches­ter Uni­ted (no lo nom­bró pe­ro acla­ra­mos que se tra­ta de Ryan Giggs).

–¿Equi­pos?

–Ho­lan­da... Y de clu­bes, Bar­ce­lo­na, Real Ma­drid y Man­ches­ter Uni­ted.

–Có­mo te lle­vás con los ri­va­les?

–No ten­go pro­ble­mas. Ha­blo po­co y jue­go mu­cho. Ten­go bue­na re­la­ción con ellos y con los ár­bi­tros.

–¿No se te eno­ja al­gu­no cre­yen­do que tus ca­ños o pi­sa­das son de gas­te?

–Por aho­ra no pa­só na­da. Y es­tá bien, por­que no hay tal gas­te. To­do lo que ha­go es pen­san­do en dar­le al­go bue­no al equi­po.

–¿Ima­gi­nás tu vi­da sin ha­ber si­do fut­bo­lis­ta?

–Noooo. Siem­pre voy a ser un ju­ga­dor de fút­bol.

–¿Qué pen­sás de los pe­rio­dis­tas de­por­ti­vos?

–Es un tra­ba­jo. Mi­ro la te­le­vi­sión y ca­da vez veo más pro­gra­mas de fút­bol. No sé si se­rá bue­no, pe­ro de­be ser un buen ne­go­cio por­que ca­da vez hay más. Y no me mo­les­ta pa­ra na­da cuan­do se ha­bla de fút­bol.

Su convivencia con la fama es relativamente tranquila porque no se enrosca. “Creo que no me molestan porque Don Torcuato es lejos.”

Su convivencia con la fama es relativamente tranquila porque no se enrosca. “Creo que no me molestan porque Don Torcuato es lejos.”

–¿Par­ti­ci­pa­rías de uno de es­tos pro­gra­mas de po­lé­mi­cas del fút­bol con téc­ni­cos y ju­ga­do­res?

–No.

–¿Qué más, Ro­mán?

–¿Qué más de qué?

–A ver­... ¿qué ha­cés con tu tiem­po li­bre?

–Cuan­do es­toy con­cen­tra­do, no ha­go na­da. Mi­ro te­le y na­da más. Cuan­do es­toy li­bre co­mo mu­cho asa­do –car­ne sin gra­sa, por su­pues­to–, al­gún pi­ca­do con los ami­gos, me jun­to con la fa­mi­lia... Esas co­sas que ha­ce cual­quie­ra...

–¿Ci­ne? ¿Mú­si­ca? Pa­re­ce que sos el discjóc­key de la pre­via de los par­ti­dos.

–Me gus­tan las vie­jas pe­lí­cu­las de Ol­me­do y Por­cel. No sé qué tie­nen, pe­ro me ha­cen reír. Y de la mú­si­ca, só­lo cum­bia. El Che­lo y el Ne­gro Iba­rra es­tán cho­chos. Y al Ri­fle Pan­dol­fi (ca­si una ban­de­ra del fut­bo­lis­ta roc­ke­ro) mu­cho no le va es­ta on­da. Pe­ro se va a te­ner que acos­tum­brar a Tri­ni­dad, Wal­ter Ol­mos o Da­niel Agos­ti­ni. ¿Sa­bés qué pa­sa? El due­ño del mi­ni­com­po­nen­te soy yo.

Pa­ra­dó­ji­ca­men­te, des­pués de tan­ta in­co­mo­di­dad en la char­la –ca­da vez que al­gu­na pre­gun­ta sa­lía de lo fut­bo­lís­ti­co pa­re­cía res­ba­lar­se en el si­llón–, a la ho­ra de las fo­tos la úni­ca preo­cu­pa­ción fue que no se le ca­ye­ra la pe­lo­ta de la ma­no. Nin­gún sen­ti­do ten­dría, en es­te con­tex­to, ha­blar­le de aque­llo de las jo­yas de la abue­la o bus­car su com­pli­ci­dad eno­ján­do­nos por­que nues­tro fút­bol –aun el re­pre­sen­ta­do por los equi­pos más po­de­ro­sos– no es ca­paz de evi­tar que se lle­ven a nues­tros cracks co­mo los ar­gen­ti­nos de la pla­ta dul­ce nos lle­vá­ba­mos te­le­vi­so­res a co­lor de Mia­mi, en años en que en la Ar­gen­ti­na só­lo se veía en blan­co y ne­gro.

En la Ar­gen­ti­na del des­com­pro­mi­so y de las le­yes elás­ti­cas a fa­vor del de­lin­cuen­te a na­die se le ocu­rri­ría pe­dir una qui­ta en los pre­cios de las en­tra­das por la ven­ta de los cracks. Aun así, ¿us­ted se pre­gun­tó cuán­to me­nos va­le la en­tra­da pa­ra ver a Ri­ver sin Ai­mar? ¿Y cuan­do a él se le su­me Sa­vio­la? ¿Cuán­to me­nos de­be­ría co­brar­se por Cen­tral sin el Equi Gon­zá­lez? ¿Y Ne­well’s sin Man­so? ¿Y Gim­na­sia sin Mes­se­ra? ¿Y San Lo­ren­zo sin Ro­mag­no­li? No ha­ble­mos de Bo­ca y de Ro­mán. Mu­cho me­nos de lo que de­be­rían co­ti­zar nues­tros di­ri­gen­tes en la bol­sa de los inep­tos.

Por es­tos días, los via­jes de Ma­cri a la po­lí­ti­ca y de Bian­chi y Ri­quel­me a Es­pa­ña (aun­que to­do el mun­do se en­car­gue de des­men­tir el su­pues­to acuer­do con el Bar­ce­lo­na) pa­re­cen ser el ho­rós­co­po xe­nei­ze pa­ra el mes de ju­nio. El di­ri­gen­te no ha­bla del te­ma y di­fí­cil­men­te lo de­fi­na has­ta que se re­suel­va su si­tua­ción pro­ce­sal. El téc­ni­co acu­só a la pren­sa de se­guir lle­nan­do pá­gi­nas con fal­se­da­des y tie­ne ra­zón: mu­chos me­dios nos de­di­ca­mos a ha­blar de es­tas in­cer­ti­dum­bres en vez de de­di­car­nos al mal mo­men­to fut­bo­lís­ti­co de Bo­ca. Ro­mán no tie­ne na­da que de­cir so­bre lo que ocu­rrirá des­pués de ju­nio, pe­ro to­dos pa­re­cen es­tar de acuer­do en pri­var­nos de se­me­jan­te lu­jo den­tro de una quin­ce­na de par­ti­dos, con suer­te.

Se­rá, tal vez, el de­sem­bar­co en Eu­ro­pa de la más elo­cuen­te mar­ca lí­qui­da de nues­tro fút­bol des­de Ma­ra­do­na. Y así lo vi­ven quie­nes, des­de Es­pa­ña es­pe­cial­men­te, ma­ne­jan ape­nas el di­ne­ro de los gran­des de ese país.

Atrás ha­brá que­da­do una eta­pa bri­llan­te de una ca­rre­ra que re­cién em­pie­za. Pe­ro tam­bién se­rá re­cuer­do el tiem­po de ser in­só­li­to su­plen­te de un Bo­ca ino­cuo y el del in­sul­to de la tri­bu­na cuan­do, en tiem­pos de Bi­lar­do, la ur­gen­cia era per­ma­nen­te y, con él, la pe­lo­ta via­ja­ba a la ve­lo­ci­dad de la sen­sa­tez y el buen gus­to o des­can­sa­ba ba­jo la sue­la. Ni un mo­men­to ni el otro lo in­mu­ta­ron. Tam­po­co lo in­quie­ta es­to de ser un out­si­der den­tro de la era del mar­ke­ting. Al­go así co­mo un mar­gi­nal de la pe­lo­ta que dis­fru­ta con el ra­ro pri­vi­le­gio de es­tar den­tro del es­ta­blish­ment sin ser par­te de él.

Que­da co­mo in­cer­ti­dum­bre –y a la vez co­mo ilu­sión egoís­ta de nues­tra pa­sión fut­bo­le­ra– el te­ma del de­sa­rrai­go. ¿Se­rá co­mo Bo­chi­ni, que ja­más de­jó a In­de­pen­dien­te? ¿O co­mo el Lo­co Hou­se­man, que cam­bió de ca­mi­se­ta pe­ro man­dó al ca­ra­jo diez trans­fe­ren­cias a Eu­ro­pa? ¿O co­mo el Bu­rri­to Or­te­ga, al cual bas­ta­ba po­ner­le una ca­mi­se­ta ar­gen­ti­na o de Ri­ver pa­ra que ju­ga­ra to­do lo que no pu­do en Es­pa­ña o Ita­lia? Al fi­nal de cuen­tas, ¿qué de­re­cho tie­nen esos es­pa­ño­les pa­ra go­zar con uno nues­tro tan nues­tro co­mo Ro­mán? Cla­ro, al­guien ten­dría que po­ner un bi­lle­te de­ma­sia­do pe­sa­do pa­ra las es­pan­to­sas ad­mi­nis­tra­cio­nes au­tóc­to­nas. Y us­ted sa­be: co­mo en la Ar­gen­ti­na cre­cen de la na­da las va­cas, el tri­go, los co­rrup­tos y los ju­ga­do­res de fút­bol, ya lle­ga­rá otro que se pon­ga la diez y no pi­da tan­ta pla­ta. Ésa, se­gu­ra­men­te, se­rá la ecua­ción más sen­ci­lla pa­ra es­ta his­to­ria.

–No te mo­les­to más Ri­quel­me. ¿No me vas a de­cir que que­rés ha­cer des­pués de ju­nio?

–Ya te lo di­je. Des­pués de ju­nio quie­ro ju­gar con mis ami­gos. En Don Tor­cua­to. Y por la mis­ma gui­ta, je

Román no, Saviola sí

 

Gonzalo Bonadeo (2001)

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