¡Habla memoria!

1983. Verdad y mentira de los grandes del fútbol

Por Redacción EG · 28 de febrero de 2019

Un gran artículo del inimitable Juvenal, reflexionando sobre una tendencia que atravesó la historia del fútbol y todo lo demás: la sobrevaloración de lo viejo y la subestimación de lo actual.

El doctor Raúl Alfonsín, futuro presidente de los argentinos, se ha confesado hincha de Independiente y hace un par de números publicamos una confidencia que le hizo a EL GRAFICO a propósito de esa simpatía futbolística: "Todavía recuerdo muy especialmente el partido de 1938 contra Lanús en que Erico convirtió el gol número 43 de la temporada. Como los cigarrillos 43 le daban un premio al jugador que convirtiese esa cantidad de tantos, él empezó a pasársela a los compañeros... Quería quedarse en ese número para acceder a la recompensa y en ese número se quedó.

Zambullida elegante, giro perfecto de cuello, cabezazo aplicado con justeza, eligiendo el rincón. Golazo del paraguayo Arsenio Erico a Boca en 1940. Un afiche del fútbol viejo. Una estampa cargada de nostalgia y de serena belleza.

Zambullida elegante, giro perfecto de cuello, cabezazo aplicado con justeza, eligiendo el rincón. Golazo del paraguayo Arsenio Erico a Boca en 1940. Un afiche del fútbol viejo. Una estampa cargada de nostalgia y de serena belleza.

Ese recuerdo del presidente electo fija una época, un apellido, un estilo, un ídolo, una forma de vida. Nos íbamos arrimando al '40, el gran goleador se llamaba Arsenio Erico, su juego tenía a la vez plasticidad y contundencia, éramos más jóvenes, más líricos, más abiertos a la belleza, menos analistas del hecho deportivo, más disfrutadores de lo que el fútbol y el país nos ofrecían.

Cuando el paraguayo Erico aparecía en el área penal, llevando la pelota como si estuviera a punto de perderla a cada Paso, zambulléndose para culminar la palomita con un frentazo inatajable o saltando más alto que las manos del arquero (como apoyado en un trampolín invisible, Según lo definiera Félix Daniel Frascara en estas mismas páginas) para peinarla rumbo a la red, quienes sentíamos admiración por ese fútbol acrobático y contundente a la vez, nos limitábamos a gozar del hecho positivo que generalmente terminaba en gol. Nunca se nos hubiera ocurrido preguntar: ¿Por qué lo dejaron avanzar? ¿Dónde estaba el dos? ¿Por qué no cerró el cuatro? ¿Qué hizo el arquero? ¿Cómo lo dejaron cabecear tan solo? Festejábamos el acierto, no acercábamos la lupa al posible error. Sentíamos el impacto en positivo, no le buscábamos peros o contras.

Una palomita pujante y un cabezazo triunfal a cargo de un jugador del fútbol de hoy: la conquista de Jorge Roberto Rinaldi contra Newell's. ¿Vale menos este gol que aquél de Erico? Si medimos grado de dificultad superada, vale más.

Una palomita pujante y un cabezazo triunfal a cargo de un jugador del fútbol de hoy: la conquista de Jorge Roberto Rinaldi contra Newell's. ¿Vale menos este gol que aquél de Erico? Si medimos grado de dificultad superada, vale más.

Todavía hoy nos acordamos de aquel hermoso gol de palomita que Arsenio Erico le marcó a Juan Estrada, arquero de Boca, en la Bombonera, al jugarse el último partido de 1940. Independiente perdió aquella tarde por 5 a 2, Boca se coronó campeón dejando a los rojos en el segundo puesto luego de haber ganado sucesivamente los títulos de 1938 y 1939, y la belleza plástica de ese golazo sigue vigente en la memoria de los hinchas de entonces que viven todavía.

Fue realmente espléndida esa conquista y cada tanto apelamos al testimonio fotográfico para regocijarnos en su contemplación. Erico está cabeceando sin marca, con los zagueros de Boca estáticos y el arquero boquense en la raya del arco. Y me pregunto: ¿tuvo más valor futbolístico —si asimilamos valor a grado de dificultad superado— que el formidable gol de palomita que metió Jorge Rinaldi contra Newell's OId Boys hace un par de domingos? Creemos que no. Que el de Rinaldi, sin el grado de elegancia visual de aquel que siempre se recuerda de Arsenio Erico, fue más difícil de realizar porque prácticamente debió saltar haciendo la comba por encima de un adversario que estaba obstruyendo su llegada hacia ese centro que venía desde la izquierda.

Los dos fueron golazos. Aquel fue más lindo. Este fue igualmente espectacular. Aquel pasó hace 43 años (el mismo número de los goles que hizo Erico para ganar el premio que daba la marca de cigarrillos de igual número) y todavía lo recordamos. Este fue hace dos semanas y posiblemente lo olvidemos muy pronto, como ha sucedido con tantos hermosos impactos que vimos últimamente, protagonizados por jugadores de hoy: Bochini, Burruchaga, Gurrieri, Márcico, Gareca, Sabella, Insúa, Norberto Vega, Víctor Rogelio Ramos, Trobbiani, Norberto Alonso, Bianchi, Morete, Percudani, Amuchástegui, la Pepona Reinaldi, Roberto Cecilio Cabral, Oscar Román Acosta...

Alberto Márcico. Recibiendo de espaldas, con la marca encima, listo para dominarla y girar al revés de lo que espera el defensor, sobre cualquier perfil. Juega en 1983. Podía haberlo hecho en 1960 o en 1950 con igual eficacia.

Alberto Márcico. Recibiendo de espaldas, con la marca encima, listo para dominarla y girar al revés de lo que espera el defensor, sobre cualquier perfil. Juega en 1983. Podía haberlo hecho en 1960 o en 1950 con igual eficacia.

En 1983, el día que River inauguró oficialmente su estadio monumental, Independiente le ganó 4 a 2 y Erico hizo uno de sus goles, después de avanzar casi cuarenta metros hamacando el cuerpo, abriendo rivales, enganchando la pelota que parecía quedar perdida detrás de su avance, para terminar poniéndola en un rincón del arco de Sirni. Un año más tarde, Vicente De la Mata se mandó en ese mismo escenario la gran jugada, pasándose a toda la defensa de River en un largo recorrido con la pelota atada al pie para meterla finalmente entre arquero y poste.

Fueron dos espléndidas conquistas, quién puede negarlo, pero las dos contaron con la oposición de defensas estáticas, que miraban pasar al hombre y no lo perseguían, que se rendían al arte del gambeteador y se dejaban vender el buzón del amague sin recuperación. Si hoy le hicieran esos mismos goles a una defensa, pedimos el fusilamiento en la misma cancha para todos sus integrantes. Además, y a riesgo de ser irreverentes con el pasado, ¿fueron más valiosas, más atractivas, más admirables, más difíciles de realizar y por lo tanto más destacables esas dos conquistas que el golazo marcado por Oscar Román Acosta en ese mismo estadio (y creemos que en el mismo arco) después de haber dejado a cuatro defensores de River en el camino? Ese tanto se produjo en el último Campeonato Nacional y fue concretado por el pibe Acosta en muy poco espacio, frente a defensa escalonada con volante tapón, zaguero que encima, zaguero libre en el fondo y arquero que sale al achique, como es la norma de hoy.

Néstor Rossi. Personalidad, presencia, don de mando. ¿Podría responder en el fútbol de hoy, cuando también hay marca encimada para los defensores que intentan salir jugando desde el fondo? Lo dudamos mucho.

Néstor Rossi. Personalidad, presencia, don de mando. ¿Podría responder en el fútbol de hoy, cuando también hay marca encimada para los defensores que intentan salir jugando desde el fondo? Lo dudamos mucho.

Pretendemos decir que hoy se juega mejor que antes? ¿Que Acosta o Jorge Rinaldi o Ricardo Bochini son más de lo que fueron en su época Erico o De la Mata? De ninguna manera. Pero en todo caso, NO SON MENOS. PORQUE EL GRADO DE DIFICULTAD A VENCER ES MAYOR. EL RITMO DE JUEGO ES MAS INTENSO Y EL JUGADOR DEBE RESOLVER A GRAN VELOCIDAD Y EN MENOS ESPACIO. HAY MAS EXIGENCIA Y HAY MENOS TOLERANCIA PARA EL ERROR. ADEMAS DE CALIDAD, HAY QUE TENER VELOCIDAD DE CONCEPCION Y DE EJECUCION, FUERZA PARA NO DEJARSE SACAR POR EL CONTRARIO QUE INTENTA DESPLAZAR AL HOMBRE CON EL CUERPO, NOCION EXACTA DE TIEMPO Y DISTANCIA, MANEJO EN ESPACIO REDUCIDO, CERTEZA, JUSTEZA, VIVEZA, OPTIMISMO Y POLENTA.

Lo vemos a Víctor Rogelio Ramos, el goleador de Newell's y del Campeonato, y en su olfato para buscar la definición, en su repentización para resolver en el pequeño perímetro de una baldosa, notamos algo de José Francisco Sanfilippo o Angel Amadeo Labruna. No es falta de respeto a un eximio definidor de los años 50/ 60 o un infalible ejecutor de los años 40/50. Es, simplemente, reconocimiento al delantero de cuadro chico, generalmente 11 aplicado a jugar defendiendo o sometido a la iniciativa del adversario, que dispone de cuatro pelotas por partido con un metro de luz o un cuarto de segundo de tiempo y  mete dos en la red, pegadita a la base del palo, buscando la ratonera, allí donde la metían Sanfilippo o Labruna jugando para San Lorenzo o River.

Y fíjense ustedes: de Sanfilippo llegó a decirse que jugaba con la caña de pescar, metido en una casilla de guardabarreras, al acecho de una oportunidad. Ya empezábamos a adoptar posiciones críticas, buscando defectos en lugar de aplaudir virtudes, restándole importancia al jugador que mete goles por considerarlo únicamente oportunista.

Los hinchas de Racing, se amargan la vida ante el pobre espectáculo que les ofrece su formación ctual, y no les falta razón. Pero ese mismo hincha rememora los tiempos de Rubén Bravo, del Tucho Méndez, de Rubén Sosa, de Miguel Angel Adorno. Y a esos grandes jugadores de un pasado que tiene entre 30 y 15 años de antigüedad, la platea racinguista les gritaba de todo cuando no andaban tan bien como pretendía la tribuna. En los tiempos más lejanos, esa misma hinchada festejaba las gambetas del ¨Chueco¨ Enrique García, su llegada hasta cerca del palo para servir el pase atrás, aunque Racing ganaba muy pocas veces y nunca salía campeón.

Diego Armando Maradona. Crack en el fútbol de los años ochenta. Crack en cualquier tiempo del fútbol argentino. Sobre todo en aquellos tiempos de ritmo más pausado, con más espacio para recibir, controlar y poner primera.

Diego Armando Maradona. Crack en el fútbol de los años ochenta. Crack en cualquier tiempo del fútbol argentino. Sobre todo en aquellos tiempos de ritmo más pausado, con más espacio para recibir, controlar y poner primera.

La última vez que la gente de Racing fue feliz, en 1966/1967, su juego tenía vértigo, el torbellino, la potencia para el ida y vuelta constante que exige el juego de hoy. Aquel Racing de Juan José Pizzuti que tenía a Perfumo, Basile, el Panadero Díaz, Bocha Maschio, el Chango Cárdenas, no era un equipo de antes sino un cuadro contemporáneo, de ritmo, fuerza, pujanza, batallador, perseverante, dinámico. Era fútbol de hoy anticipado a su época. En un país más estable, en un medio económico más seguro, en un contexto social más optimista, menos sufrido, pero con los fundamentos, el estilo y la vitalidad que exige el fútbol de hoy. ¿Valía o no valía aquel fútbol de Racing? ¿Puede llegar a valer el fútbol de San Lorenzo actual, si su vértigo, sus ganas, su vitalidad tuvieran el complemento de un mejor ordenamiento táctico y un nivel espiritual más parejo, más estabilizado?

Para quienes lloran por el fútbol que se fue y no aceptan este de hoy, buscándole todos los defectos y retacéandole todas sus virtudes, nos quedan otras preguntas.

¿Podría haber jugado Bochini en el Independiente de antes? Con toda seguridad. ¿Podrían haber alternado Alonso y Juan José López en el River de Labruna, Walter Gómez y Loustau? No tenemos la menor duda. ¿Qué podría haber hecho Ricardo Gareca si hubiera seguido con Diego Maradona a su lado, abasteciéndolo de pelotas para meterlas en la red? Indudablemente, muchísimo.

Y llegamos a la gran pregunta: aunque ahora juegue para el Barcelona y actualmente se encuentre lesionado, ¿alguien puede negar que Maradona es el fútbol de hoy? ¿Y hubo aquí muchos jugadores superiores a Maradona? No lo creemos. Diego podía haber sido figura en cualquier época y en cualquier gran equipo del fútbol argentino o sudamericano. Tiene todo lo que puede exigírsele a un delantero excepcional: manejo, panorama, pegada, concepción, inventiva, seguridad, potencia, velocidad, imaginación, aguante, personalidad, clase. Es de 1940, de 1950, de 1960 y juega hoy, en plena década del '80. Como juegan los jóvenes que citamos en un rápido pantallazo allá por el comienzo, contraponiendo sus goles electrizantes a aquellos goles dibujados por el pincel de Erico o de De la Mata. Ninguno de esos otros jóvenes es Maradona. Como no eran Arsenio Erico los otros centrodelanteros de los últimos años del 30. Pero se mueven dentro de un fútbol que exige más, en intensidad de esfuerzo y en reducción de espacio-tiempo.

Norberto "Tucho" Méndez. Arrancó de pibe en el Huracán de los años cuarenta junto a Masantonio. Alcanzó su apogeo en Racing 1948/50. Un antiguo moderno, un ocho de pique corto, zigzagueante, capaz de clavar puñaladas en el corazón de la defensa rival.

Norberto "Tucho" Méndez. Arrancó de pibe en el Huracán de los años cuarenta junto a Masantonio. Alcanzó su apogeo en Racing 1948/50. Un antiguo moderno, un ocho de pique corto, zigzagueante, capaz de clavar puñaladas en el corazón de la defensa rival.

A los racinguistas de hoy les preguntamos: ¿podría jugar Rubén Sosa dentro del ritmo que exige el fútbol actual? Y citamos a un exquisito del fútbol, a un cabeceador dotado de una plasticidad, una precisión y una elegancia inolvidables.

Hace poco entró Daniel Willington con el equipo de Talleres de Córdoba a la cancha de Vélez y el estadio se vino abajo aplaudiéndolo. ¿Podría jugar Willington hoy , parado y metiendo pelotazos, con toda la genuina admiración que sentíamos por la justeza de su pegada, la finura de sus movimientos y la facilidad con que sacaba sus entregas y sus remates?

Sigamos con los hombres de antes. ¿Podrían jugar actualmente mediocampistas tipo Rattín o Néstor Rossi, con el respeto que nos inspiran esos dos exponentes del clásico centromedio, parado en el centro de la cancha y distribuyendo balones? No negamos —ni locos— el temperamento y la fibra ganadora de un Rattín o la calidad de Pipo Rossi para manejar un equipo a pura voz de mando. Pero el fútbol actual exige una dinámica, un sentido de marca y desmarque, un ir y venir constantes que ellos dos (y muchos hombres de su estilo y de su corpulencia física como Perucca o Grecco) evidentemente no tenían. Los dos necesitaban una rueda de auxilio para cumplir su doble misión defensiva-ofensiva. No marcaban, tapaban o se recostaban sobre un costado, pero exigían la presencia cercana de compañeros dotados de piernas y pulmones para patrullarles los costados. Más Rattín, quien tuvo a Gonzalito y Jorge Solari en el Mundial de Inglaterra, corriendo a todos los rivales y brindándole permanente asistencia. Pipo Rossi actuó en una época de fútbol más pausado, con menos dinámica, y con la clase que tenía compensaba largamente su falta de vitalidad.

Pero en el siempre recordado Sudamericano de Lima, en 1957, necesitó el constante auxilio de un satélite de lujo como era Oreste Omar Corbatta y el respaldo inclaudicable de Pocho Schandlein.

Nos cuesta imaginar a un maestro de la talla de Adolfo Pedernera, con todo lo que sabía, con toda su calirividencia estratégica y su fabulosa pegada con cualquier parte de cualquier pie, metido en el ritmo que exige el fútbol de hoy.

En una de ésas, con su talento y poniéndose al día en cuanto a despliegue, vitalidad, entrega física, capacidad para cubrir mucho más terreno que el reducido perímetro en el que jugaban cuando eran figuras, tanto Adolfo como Pipo, Rattín, Perucca o Grecco podrían funcionar actualmente. Pero es una hipótesis. Y se verían obligados a cambiar, a actualizarse. No es el caso de un Félix Loustau, un Tucho Méndez, un Peucelle, un Antonio Sastre, un Angel Labruna, un René Pontoni o un Mario Boyé, jugadores de antes que tenían todo lo que se requiere para seguir siendo figuras inamovibles dentro de las exigencias del fútbol de hoy. Ellos sí. Pero de los otros, tenemos nuestras grandes dudas...

Hablemos de arqueros. Ubaldo Matildo Fillol y Hugo Orlando Gatti son hombres de hoy, aunque lleven muchos años atajándole penales y centros a ese inexorable adversario que es el tiempo. A la sombra de Gatti y Fillol van creciendo Nery Alberto Pumpido y Luis Alberto Islas. ¿Hubo muchos arqueros superiores a ellos en el fútbol argentino? Amadeo Raúl Carrizo sabía tanto como ellos dos juntos, pero confrontados con un Sebastián Guaico, un Claudio Vacca o un Fernando Bello no tienen mucho que envidiarles. Sobre todo Gatti, auténtico creador de un estilo que mezcla el show con la eficacia, la solidez con la alegría, el estar un segundo antes para evitar un vuelo o una intervención arriesgada un segundo más tarde.

¿Qué otros arqueros del pasado pueden compararse con Hugo Gatti? Aquellos eran voladores, hombres arriesgados, atajadores de pelotas que descolgaban remates con gran espectacularidad, pero no tenían el increíble sentido del anticipo, del achique, de la cobertura de ángulos, de la adivinación de jugadas que van a producirse un rato después, del corte de pelotas que cruzan frente a los palos, que vivimos aplaudiendo desde hace dos décadas en el gran arquero boquense.

No es fácil arremeter contra la nostalgia. Cuesta mucho jugar contra los recuerdos. Pero tenemos la obligación de ser justos, de reconocer que aquel ayer que añoramos no tenía la exigencia de este hoy que criticamos tanto. Aceptar que en este momento del fútbol, a través de todos los ejemplos que fuimos tirando sobre el tapete del análisis, de la duda y hasta de la discusión, hay valores, hay belleza, hay calidad, dentro de un grado de dificultad mayor para los jugadores de hoy porque hay menos tiempo para pensar y menos espacio para maniobrar.

Nos imaginamos que algunos admitirán la cuota de razón con que exponemos el tema y otros nos estarán fulminando a medida que nos leen. Es lo lindo del fútbol. La capacidad de choque y de polémica que genera a cada paso. Y atención que para quienes peinan canas o ya nos hemos olvidado del peine hace rato, esta polémica ya existía antes, hace treinta o cuarenta años. Era más suave, menos lapidaria, pero se hacía sentir. Veíamos jugar a Erico y no faltaban quienes recordaran a Ravaschino. Jugaban Sarlanga y Gandulla en Boca y los notalgiosos evocaban a Cherro, Varallo y Benítez Cáceres. Alfredo Di Stéfano se mandaba esos piques electrizantes en River y los viejos plateístas añoraban los pases al centímetro que metía Adolfo Pedernera. Así fue siempre, así pasa hoy.

Hay una tendencia en el jugador de antes (generalmente el entrenador de hoy) a sobrevalorar lo viejo a subestimar lo actual. También en este caso hay posiciones distintas. Para Vicente De la Mata padre, Capote, el autor de aquel gol histórico a River, el gambeteador de la delantera inolvidable de Independiente '37/40 (Millariño o Maril, De la Mata, Erico, Sastre, Zorrilla) todos los jugadores que vinieron después de su época entraban en la misma bolsa: "¿Qué querés con estos sifones de hoy?". En cambio, ese formidable goleador de todos los tiempos que fue Angel Labruna asumió siempre una actitud más generosa, más abierta, más tolerante: "No me hagan hablar del fútbol de antes. Mi época ya pasó. Los que importan son ustedes, los que juegan hoy. No me hagan sentir viejo hablando del pasado...". Es lo que Angel les contestaba a Juan José López, a Mostaza Merlo, a Fillol cuando querían que les contase cosas del fútbol de antes. Y en eso también, como en tantas otras cosas, Labruna tenía razón.

 

JUVENAL (1983)

 

Lo que fue de ayer a hoy

Norberto Menendez, mediocampista servidor de pelotas para la entrada y el remate de Paulo Valentim en el Boca de 1962/66, no podría alternar dentro del ritmo que exige el fútbol de hoy, necesitado de un número 8 de ida y vuelta constante. El centrodelantero picador y penetrante que fue Menéndez en River; si era jugador de hoy y de siempre.

Norberto Menendez, mediocampista servidor de pelotas para la entrada y el remate de Paulo Valentim en el Boca de 1962/66, no podría alternar dentro del ritmo que exige el fútbol de hoy, necesitado de un número 8 de ida y vuelta constante. El centrodelantero picador y penetrante que fue Menéndez en River; si era jugador de hoy y de siempre.

Fausto Rosello, un interior derecho uruguayo que fue campeón con Boca en 1954, cuando pasó a River tres años más tarde ya no podía jugar. Y eran solo tres temporadas de diferencia. Pero ya hablan cambiado la dinámica del juego y la exigencia de la lucha. Con su calma para esperar la pelota, controlarla y arrancar, su fútbol ya era viejo.

Fausto Rosello, un interior derecho uruguayo que fue campeón con Boca en 1954, cuando pasó a River tres años más tarde ya no podía jugar. Y eran solo tres temporadas de diferencia. Pero ya hablan cambiado la dinámica del juego y la exigencia de la lucha. Con su calma para esperar la pelota, controlarla y arrancar, su fútbol ya era viejo.

Un hombre del pasado reciente, un contemporáneo que ilustra sobre el desgaste que produce el paso del tiempo cuando el jugador se estaciona y frena su evolución. El Mario Kempes del Mundial '78 era delantero para cualquier época. El Mario Kempes del Mundial '82 no estaba para una competencia de ese nivel y tampoco podía resolverle problemas a River.

Un hombre del pasado reciente, un contemporáneo que ilustra sobre el desgaste que produce el paso del tiempo cuando el jugador se estaciona y frena su evolución. El Mario Kempes del Mundial '78 era delantero para cualquier época. El Mario Kempes del Mundial '82 no estaba para una competencia de ese nivel y tampoco podía resolverle problemas a River.

Nicolás Palma. Era zaguero central en Estudiantes y cuando pasó a Racing lo mandaron a marcar punta. Jugador de categoría, defensor de clase, rindió exitosamente en la Academia desde 1948 a 1950. Frente a punteros veloces, capaces de encararlo, tirarla larga y escapar, Palma no podría jugar parado y hacerse entregar la pelota como entonces.

Nicolás Palma. Era zaguero central en Estudiantes y cuando pasó a Racing lo mandaron a marcar punta. Jugador de categoría, defensor de clase, rindió exitosamente en la Academia desde 1948 a 1950. Frente a punteros veloces, capaces de encararlo, tirarla larga y escapar, Palma no podría jugar parado y hacerse entregar la pelota como entonces.

Carlos Lacasia, un cordobés lentón, sapiente, de muy buena pegada, que manejaba a la juvenil delantera roja de Micheli, Cecconato, Grillo y Cruz. Era en la primera mitad de los años cincuenta. Hoy, con todo lo que sabía y lo poco que corría, lo mucho que le costaba darse vuelta y el escaso terreno que cubría, no podría jugar.

Carlos Lacasia, un cordobés lentón, sapiente, de muy buena pegada, que manejaba a la juvenil delantera roja de Micheli, Cecconato, Grillo y Cruz. Era en la primera mitad de los años cincuenta. Hoy, con todo lo que sabía y lo poco que corría, lo mucho que le costaba darse vuelta y el escaso terreno que cubría, no podría jugar.

Armando Benavidez. Tucumano, centrodelantero que pasó de Newell's a San Lorenzo en los años iniciales de la década del 50. Lo llamaban "el Doctor" por la prestancia y fineza de su fútbol. Jugador adaptado a su época, sin la exigencia de marca, dinamismo y vitalidad que reclama el fútbol actual. Jugando como lo hacía entonces, hoy no tendría cabida.

Armando Benavidez. Tucumano, centrodelantero que pasó de Newell's a San Lorenzo en los años iniciales de la década del 50. Lo llamaban "el Doctor" por la prestancia y fineza de su fútbol. Jugador adaptado a su época, sin la exigencia de marca, dinamismo y vitalidad que reclama el fútbol actual. Jugando como lo hacía entonces, hoy no tendría cabida.

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