Las Entrevistas de El Gráfico

2003. Gorosito 100x100

Por Redacción EG · 26 de febrero de 2020

Pipo había llegado hacía poco al banco de su querido San Lorenzo, dice que no ponía en juego su idolatría, además habla de sus inicios en River, su vínculo con Ruggeri y sus experiencias en el fútbol del exterior.

1 ¿Fes­te­jas­te el día que Mie­le per­dió las elec­cio­nes? Sí, me pu­se muy con­ten­to, así pa­gó un po­qui­to to­das las mal­da­des que hi­zo.

2 ¿Sos con­cien­te de que sien­do DT de San Lo­ren­zo po­nés en jue­go tu ido­la­tría con la gen­te? No lo sien­to así. Lo que hi­ce co­mo ju­ga­dor na­die lo po­drá bo­rrar, ¿quién me lo qui­ta? Aho­ra es otra eta­pa. Po­drán pu­tear­me, pe­ro no hay pro­ble­mas, son los ries­gos que uno co­rre. Igual, siem­pre veo po­si­ti­vo, la mi­tad del va­so lle­no, no la va­cía.

Comenzaba su camino como DT de San Lorenzo, dirigió dos temporads, entre 2003 y 2005.

Comenzaba su camino como DT de San Lorenzo, dirigió dos temporads, entre 2003 y 2005.

3 In­sua na­ció en el club, fue ído­lo co­mo ju­ga­dor y lo in­sul­ta­ron bas­tan­te. ¿No te preo­cu­pa? Un cam­peo­na­to no te da na­da por sí mis­mo, só­lo una cha­pa pa­ra afue­ra, pe­ro in­te­rior­men­te, en­tre los ju­ga­do­res, el he­cho de ser un buen DT no pa­sa por un tí­tu­lo. Que me pu­teen me pue­de afec­tar, sin em­bar­go pien­so en có­mo en­ri­que­cer a los ju­ga­do­res.

4 ¿En qué equi­po te hu­bie­ra gus­ta­do ju­gar y no se dio? En un equi­po con mar, con mu­cho ca­lor y mar. Soy un en­fer­mo del sol. No sé, Las Pal­mas, Ma­llor­ca, uno de ésos. Vis­te que to­dos sue­ñan con ju­gar en Real Ma­drid. Bue­no, yo no.

5 ¿Te­nés al­gún vi­cio? Sí, ir to­dos los mar­tes al club So­lís, de Ti­gre, co­sa que ha­go des­de chi­co. Hay una ba­rri­ta, to­dos muy hu­mil­des y tra­ba­ja­do­res, to­dos más gran­des que yo, de 45 pa­ra arri­ba. Te­ne­mos un equi­po de baby muy co­no­ci­do en zo­na nor­te, por­que en los cam­peo­na­tos por pla­ta ga­ná­ba­mos siem­pre. Aun cuan­do es­ta­ba en Ri­ver, me es­ca­pa­ba a ju­gar cam­peo­na­tos de baby. Des­pués del fút­bol, le da­mos a las car­tas. So­mos un po­co an­ti­guos; a la ma­yo­ría le gus­ta el tan­go y hay uno o dos que lo can­tan. Por ahí se da el ca­so de que la hi­ja de uno cum­ple 15 años y co­mo no le pue­den ha­cer la fies­ta, la mu­jer de uno con­si­gue el ves­ti­do de una ami­ga, otro trae un ca­jón de to­ma­tes, otro, de le­chu­ga, otro com­pra 500 gra­mos de ja­món. Y to­dos no­so­tros nos ves­ti­mos con ca­mi­si­ta blan­ca y le ser­vi­mos a la gen­te. En­ton­ces la ne­na fes­te­ja el cum­ple de 15 que no po­dría te­ner. Es muy ra­ro pa­ra la épo­ca. Ahí yo soy uno más, no me de­jan po­ner un pe­so más que el res­to; y tam­po­co soy Go­ro­si­to el téc­ni­co ni el ex ju­ga­dor.

6 ¿De qué ju­gás? An­tes ju­ga­ba arri­ba, pe­ro aho­ra co­mo en­fren­ta­mos a pi­bes de 20 años, jue­go atrás. Los pi­bi­tos di­cen: ¿có­mo no les va­mos a ga­nar a es­tos vie­jos? Y no nos ga­nan. En So­lís les ga­na­mos a to­dos. Apar­te te­ne­mos la ven­ta­ja de que la luz la ma­ne­ja­mos no­so­tros: así que cuan­do va­mos uno arri­ba, chau. La ca­mi­se­ta es ro­ja y blan­ca: Es­tu­dian­tes de So­lís, de Ti­gre. ¡Qué equi­pa­zo!

7 ¿Vos lle­vas­te a Rug­ge­ri, co­mo ju­ga­dor, a San Lo­ren­zo? Sí, ha­blé mu­cho con Mie­le pa­ra que lo tra­je­ra. En ese mo­men­to es­ta­ba sin club, en el Amé­ri­ca, de Mé­xi­co, y se ve­nía el Mun­dial 94. Mie­le me di­jo: “¡Otro sin­di­ca­lis­ta más, no! ¡No te aguan­to a vos y me que­rés traer uno más!”. Y lo tra­jo.

8 ¿Tam­bién re­co­men­das­te a Pe­lle­gri­ni? A Ma­nuel acá no lo co­no­cía na­die, y ha­blé mu­chí­si­mo con los di­ri­gen­tes de San Lo­ren­zo, con Mie­le, con el hi­jo, pa­ra que lo tra­je­ran.

9 Cuan­do Pe­lle­gri­ni fue a Ri­ver, ¿creís­te que te iba a lle­var co­mo ayu­dan­te? Sí, in­clu­so lle­gué a te­ner reu­nio­nes con los di­ri­gen­tes de Ri­ver, pe­ro des­pués op­tó por otros.

10 ¿Que­das­te re­sen­ti­do con él? No soy de te­ner re­sen­ti­mien­tos.

11 ¿Tu­vis­te que es­for­zar­te mu­cho pa­ra con­ven­cer al Be­to Acos­ta de que no se re­ti­ra­ra aho­ra? No, le con­té de nues­tro pro­yec­to: una co­sa sim­ple, sin mis­te­rios. El tie­ne la con­fian­za pa­ra de­cir­nos: “En vez de con­cen­trar dos días, pre­fie­ro dor­mir en ca­sa, hoy”. No hay pro­ble­mas. El tiem­po que él jue­gue, seis me­ses o un año, tie­ne que dis­fru­tar.

Abrazado a su amigo, el Beto Acosta, en 1989. Estuvieron juntos en Chile, Japón y la Selección.

Abrazado a su amigo, el Beto Acosta, en 1989. Estuvieron juntos en Chile, Japón y la Selección.

12 ¿Vos lo ele­gis­te ca­pi­tán? No. A los mu­cha­chos les ha­blé: “No quie­ro uno que me re­pre­sen­te a mí con us­te­des; us­te­des tie­nen que ele­gir un ca­pi­tán que los re­pre­sen­te an­te la gen­te y an­te no­so­tros”. Yo no quie­ro un vi­gi­lan­te mío. El ca­pi­tán, pa­ra mí, lo tie­nen que ele­gir los ju­ga­do­res. Y lo eli­gie­ron a él.

13 ¿A fin de año le vas a ha­cer el ver­so de nue­vo? El pue­de ju­gar has­ta que quie­ra. Co­mo nun­ca tu­vo pro­ble­mas fí­si­cos, de­pen­de de su ca­be­za. Si ha­ce­mos un buen cam­peo­na­to, y él es­tá con­ten­to, y pue­de me­ter go­les y te­ner si­tua­cio­nes, va a es­tar bien. Aho­ra, si ha­ce­mos un cam­peo­na­to ma­lo, van a mer­mar las po­si­bi­li­da­des.

14 ¿Pa­ra dar­le una in­di­ca­ción le ha­blás igual que siem­pre? Yo me sien­to se­gu­ro de lo que ha­go, así que no ten­go por qué an­dar con co­sas ra­ras ni con ma­no du­ra. Esas son in­se­gu­ri­da­des. A mi hi­jo no le doy ga­rro­ta­zos pa­ra que no to­que lo que no tie­ne que to­car en la ca­sa de un ami­go. El sa­be qué co­sas no tie­ne que to­car, por­que lo edu­co en mi ca­sa. Yo nun­ca de­jé de ser ju­ga­dor. Las co­sas que a mí no me gus­ta­ban, co­mo man­dar a pro­fe­sio­na­les a en­tre­nar­se a otra can­cha, no las ha­go aho­ra.

15 Co­mo téc­ni­co, apa­re­cis­te con un dis­cur­so ofen­si­vo. ¿No te­nés mie­do de que por eso mu­chos pe­rio­dis­tas te ba­jen la ca­ña? Es la fal­ta de to­le­ran­cia. Lo no­té des­de el pri­mer día que asu­mí en Chi­ca­go, cuan­do di­je que íba­mos a ju­gar en to­das las can­chas igual, que me da­ría ver­güen­za de­cir­le a un ju­ga­dor que mar­ca­ra hom­bre a hom­bre sin par­ti­ci­par en el jue­go. Sé que hay un par de pe­rio­dis­tas que me tie­nen apun­ta­do. No les gus­ta que opi­nes di­fe­ren­te de ellos. Pa­ra mí no se pue­de aco­mo­dar el re­sul­ta­do a co­mo dé lu­gar, no hay que ga­nar a to­da cos­ta, ha­cien­do tram­pa, y sin im­por­tar el có­mo. No pien­so así. Y lo peor es que no acep­tan que vos pien­ses di­fe­ren­te. Si al fi­nal se ha ga­na­do con 20 ti­pos atrás y tam­bién con 20 ade­lan­te. ¿Qué quie­ren? Que uno di­ga lo que ellos quie­ren es­cu­char. Si de­cís lo que ellos quie­ren es­cu­char, por más que no le ga­nes a na­die, te ha­cen creer que sos Dios. No es así; si el he­cho de que vos opi­nes di­fe­ren­te a mí me ha­ce cre­cer.

16 ¿Nun­ca se per­dió na­da den­tro de tu me­le­na? No sé. Por lo me­nos, si al­go que­dó ahí, yo nun­ca me en­te­ré. An­tes me pei­na­ba y des­pués me sa­cu­día. Ha­ce un tiem­po de­jé el há­bi­to.

17 ¿Pe­lo cor­to ja­más? Una vez, cuan­do na­ció To­bías. Hi­ce la pro­me­sa de que cuan­do na­cie­ra el va­rón, me pe­la­ba. Y cum­plí en 1994. Aho­ra no me lo cor­to por­que mis hi­jos no quie­ren; si fue­ra por mí me pe­la­ría, al­go más acor­de con mi edad.

18 ¿Quién te pu­so Pi­po? Mi ma­má que­ría que me lla­ma­ra Nés­tor, mi pa­pá acep­tó, pe­ro agre­gó: le po­ne­mos Raúl de se­gun­do nom­bre y Pi­po de apo­do. Por Pi­po Ros­si, el cin­co de Ri­ver, al que ad­mi­ra­ba. Des­pués, por esas co­sas de la vi­da, fui a Ri­ver y ju­gué de cin­co. Co­mo Pi­po.

Con la cinco de River, la de Pipo Rossi, y la cara de nene. En las inferiores fue volante central.

Con la cinco de River, la de Pipo Rossi, y la cara de nene. En las inferiores fue volante central.

19 ¿Lle­gas­te a co­no­cer­lo? Sí. Un día oi­go que al­guien gol­pea las pal­mas en la puer­ta de ca­sa, en Ca­ru­pá. No te­nía­mos tim­bre, na­da. Sa­lí a mi­rar quién era, yo te­nía 10 años. “Pi­po Ros­si”, le di­go a mi vie­jo. El se reía. Pi­po ha­bía ido a vi­si­tar a unos ami­gos, se ha­bía en­te­ra­do de mi his­to­ria, por­que ve­nía de sa­lir una no­ta don­de yo con­ta­ba to­do es­to en la re­vis­ta Ri­ver, le co­men­ta­ron que vi­vía cer­ca y vi­no. To­mó unos ma­tes y se fue. ¡Cuán­ta hu­mil­dad de ese se­ñor!

20 ¿Tu pa­pá era fa­na de Ri­ver? Nor­mal, pe­ro ad­mi­ra­ba a Pi­po. Ad­mi­ra­ba a los que ju­ga­ban bien, por eso, de chi­co, a mí me lle­va­ba a ver al Atlan­ta de On­nis y Can­dau, a San Lo­ren­zo, al Hu­ra­cán del 73. Don­de ha­bía un equi­po que ju­ga­ba bien, íba­mos no­so­tros a ver.

21 ¿De chi­co eras de­bi­lu­cho? Era fla­qui­to y de­li­ca­do pa­ra co­mer. Si la so­pa te­nía ver­du­ras, no la co­mía; me la te­nían que co­lar. Era po­bre y pre­ten­cio­so. La cul­pa era de mi ma­má, que me mal­cria­ba en una ca­sa don­de la he­la­de­ra es­ta­ba siem­pre va­cía. Mi pa­pá se vol­vía lo­co. Me lle­va­ban se­gui­do al doc­tor. “Es fla­qui­to, le van a par­tir las pier­nas”, de­cía mi ma­má. Y en­ton­ces me da­ban vi­ta­mi­nas.

22 ¿Có­mo eran los pi­ca­dos en el ba­rrio? En el ba­rrio te­nía siem­pre la pe­lo­ta. Es que el úni­co re­ga­lo que me ha­cían eran pe­lo­tas: pa­ra Re­yes, pa­ra Na­vi­dad, siem­pre la pe­lo­ta. En­ton­ces to­dos me ve­nían a bus­car pa­ra ju­gar.

23 ¿An­dar siem­pre con una pe­lo­ta te ayu­dó a de­sa­rro­llar la téc­ni­ca? Es­ta­ba to­do el día ha­cien­do jue­gui­to. En el pa­tio de ca­sa, de­cía: has­ta que no ha­ga 30 jue­gui­tos no me voy a ba­ñar. Y así se acu­mu­la­ba la mu­gre. No, ja, ja. En la ca­sa de mi abue­la, que te­nía un te­cho de cha­pa, la ti­ra­ba y la per­día, apa­re­cía de re­pen­te y tra­ta­ba de pa­rar­la con el pe­cho. En el ba­rrio era ve­nir del co­le­gio, sa­car­me el guar­da­pol­vo y ju­gar a la pe­lo­ta to­do el día. En el ba­rrio ha­bía chi­cos que asis­tían a ca­te­que­sis, y yo me en­fer­ma­ba por­que los sá­ba­dos a la tar­de iban a la pa­rro­quia. Nun­ca los en­ten­dí.

24 ¿Có­mo lle­gas­te a las in­fe­rio­res de Ri­ver? Ga­na­mos un cam­peo­na­to Evi­ta, y Ri­ver nos de­sa­fió: que­da­mos otro chi­co y yo. Te­nía 7 años. El te­ma es que no po­día ir por­que no te­nía­mos pla­ta, en­ton­ces en­tre la gen­te del club De­por­ti­vo Ti­gre, mis tíos, mi pa­dri­no y mis vie­jos jun­ta­ban al­go de gui­ta pa­ra el tren y un sánd­wich. ¡Qué mi­se­ria!

25 ¿En esos via­jes ima­gi­na­bas que ibas a lle­gar? Nun­ca se me ocu­rrió que pu­die­ra ser otra co­sa que ju­ga­dor de fút­bol. No sa­bía si en Ri­ver o dón­de, pe­ro me te­nía una con­fian­za cie­ga.

26 ¿Tu pa­pá fue ju­ga­dor? Sí, y to­do el mun­do me ha­bla ma­ra­vi­llas de có­mo ju­ga­ba. Era de los po­cos que en esa épo­ca, en el ba­rrio, ha­cía go­les de ti­ro li­bre por arri­ba de la ba­rre­ra. Le pe­ga­ba muy bien a la pe­lo­ta. Al­go ge­né­ti­co de­be ha­ber.

27 ¿Quié­nes fue­ron los ju­ga­do­res que más te acon­se­ja­ron cuan­do em­pe­za­bas? Jo­ta Jo­ta Ló­pez, Alon­so, Mer­lo, Pas­sa­re­lla, Ga­lle­go, Fi­llol, Ta­ran­ti­ni, Mi­lon­gui­ta He­re­dia, Lu­que, Olar­ti­coe­chea.

28 ¿Re­cor­dás al­gún con­se­jo en es­pe­cial? Yo era tí­mi­do, si no me pre­gun­ta­ban no ha­bla­ba, por ahí es­ta­ba pa­ra­do, y ellos me de­cían: “Sen­ta­te, ¿que­rés co­mer al­go?”. Y yo, que te­nía un ham­bre tre­men­do, de­cía que no. El Pa­to me vio que yo es­ta­ba con los del me­dio del plan­tel, ni con los chi­cos ni con los gran­des. Te­nía 15 años, era el más chi­co. El Pa­to me di­jo: “No te jun­tés nun­ca con los del me­dio, por­que ésos son a quie­nes les vas a sa­car el pues­to. O te jun­tás con los gran­des, que por más que la rom­pas no les vas a mo­ver un pe­lo, o te jun­tás con los pi­bes de tu edad, que van a es­tar con­ten­tos si te va bien. Los del me­dio van a tra­tar siem­pre de sa­car­te, por­que vos lo vas a sa­car a ellos”. Otra co­sa que me que­dó gra­ba­da y que des­pués hi­ce de ju­ga­dor fue el te­ma de los pre­mios. Ellos nos de­cían: “No arre­glen has­ta que arre­gle­mos no­so­tros. Es­pe­ren que no­so­tros lle­ve­mos el te­cho bien al­to, así vie­nen us­te­des atrás”. Eso era bo­he­mia, amis­tad, co­sas que hoy se han per­di­do por com­ple­to. El ca­pi­ta­lis­mo hoy ha­ce que to­do sea con­su­mo y que es­tés fren­te a una com­pu­ta­do­ra quin­ce ho­ras y que no ne­ce­si­tés a na­die. En cam­bio, an­tes, pre­ci­sa­bas uno pa­ra ju­gar a las fi­gu­ri­tas, a la bo­li­ta, a lo que sea.

29 ¿En Ri­ver tus com­pa­ñe­ros tam­bién te de­cían Pi­po? Al prin­ci­pio me jo­dían con “Fal­cao”, por­que era un cin­co con su es­ti­lo y, ade­más, usa­ba ru­los co­mo el bra­si­le­ño. Yo ju­ga­ba en mi di­vi­sión y des­pués me iba a dor­mir con los pro­fe­sio­na­les. Me te­nían co­mo mas­co­ta. Cuan­do me man­da­ba una bue­na ju­ga­da en la can­cha au­xi­liar, mi­ra­ba pa­ra arri­ba a la con­cen­tra­ción y pen­sa­ba: “Aho­ra, cuan­do lle­gue, me van a fe­li­ci­tar”. Y al con­tra­rio, me des­tro­za­ban. Pe­ro bien, con ca­ri­ño.

30 ¿Quién te en­se­ñó co­sas en el fút­bol? Ama­deo Ca­rri­zo en­tre­na­ba a los ar­que­ros, y co­mo yo me que­da­ba dán­do­le al ar­co, me en­se­ñó a pe­gar­le el ra­que­ta­zo, a ha­cer jue­gui­tos...

31 ¿Hoy no les fal­ta amor pro­pio a los fut­bo­lis­tas, que ya no se que­dan a pa­tear? Tie­nen amor pro­pio, pe­ro an­tes el en­tre­na­mien­to no era tan exi­gen­te. Hoy se en­tre­na tan­to que es­tán al fi­lo y, si se que­dan, ma­ña­na no pue­den le­van­tar las pier­nas.

32 ¿A quién le pe­días au­tó­gra­fos? Nun­ca pe­dí un au­tó­gra­fo. Ad­mi­ra­ba mu­cho a Jo­ta Jo­ta, al Be­to.

33 ¿Qué te di­jo La­bru­na cuan­do te lle­vó a prac­ti­car con la Pri­me­ra? Nos man­dó a lla­mar, con Gor­di­llo, Ale­gre, Ta­pia y Vie­ta, y nos di­jo que íba­mos a prac­ti­car con ellos. Nos da­ban ca­da pa­ta­da los gran­des… cla­ro, a ver có­mo reac­cio­ná­ba­mos.

34 ¿Có­mo fue de­bu­tar por una huel­ga de los pro­fe­sio­na­les? Tu­vi­mos el apo­yo in­con­di­cio­nal de los ju­ga­do­res de Pri­me­ra, que nos de­cían que ju­gá­ra­mos tran­qui­los, que ellos pe­lea­ban por una co­sa nues­tra a fu­tu­ro. Los ri­va­les nos alen­ta­ban, tam­bién los ár­bi­tros, nos veían pi­bi­tos. Fue una sen­sa­ción ra­ra, di­fí­cil, pe­ro ga­na­mos un par de par­ti­dos.

35 ¿Có­mo pa­sas­te de 5 a 10? Has­ta lle­gar a la Pri­me­ra no ha­bía ju­ga­do en nin­gu­na po­si­ción que no fue­ra cin­co, pe­ro cuan­do La­bru­na me su­bió, ha­bía mu­chos ahí y me pu­so por de­re­cha. No era de qui­tar mu­cho, aun­que sí de pun­tear, de adi­vi­nar, en­ton­ces me las arre­gla­ba de cin­co. En la Pri­me­ra me pu­sie­ron por los ca­rri­les y me la re­bus­ca­ba, pe­ro no me sen­tía ple­no. Pe­der­ne­ra me re­tó: “Us­ted tie­ne que de­cir­le que no jue­ga más de ocho ni de vo­lan­te por iz­quier­da”. ¿Qué le iba a de­cir yo a La­bru­na con 15 años? Cuan­do lle­gué a San Lo­ren­zo, el Bam­bi­no otra vez me pu­so en los ca­rri­les; en­ci­ma acá te­nía­mos me­nos la pe­lo­ta que en Ri­ver y ha­bía que co­rrer más pa­ra re­cu­pe­rar­la. En una prác­ti­ca me pu­so de diez li­bre pa­ra los su­plen­tes y me­tí ocho go­les. Ahí arran­qué co­mo diez: en el equi­po su­plen­te, que ju­ga­ba el tor­neo lo­cal, me­tí 21 go­les y sa­lí go­lea­dor del cam­peo­na­to.

36 ¿Por qué te cos­tó “en­trar” en la gen­te de San Lo­ren­zo? Por­que me po­nían en los cos­ta­dos: ha­bía que co­rrer mu­cho y yo no era de lu­char. El baby me dio eso de que aden­tro del área, en cuan­to me sa­ca­ba a uno, ti­ra­ba bien a los cos­ta­dos. Era di­fí­cil que erra­ra si te­nía una op­ción.

Un guante en el pie derecho, propuso El Gráfico, y Pipo se prendió. Arrancaba en San Lorenzo.

Un guante en el pie derecho, propuso El Gráfico, y Pipo se prendió. Arrancaba en San Lorenzo.

37 ¿Ter­mi­nas­te la se­cun­da­ria? No. Mi ma­má tra­ba­ja­ba lim­pian­do pa­ra que yo pu­die­ra es­tu­diar en el Don Orio­ne. Un día el maes­tro la lla­mó : “Mi­re, es me­jor que su hi­jo no ven­ga más, por­que us­ted se rom­pe el lo­mo la­bu­ran­do, y él es­tá to­do el día ju­gan­do a la pe­lo­ta. Pien­sa en cual­quier co­sa me­nos en es­tu­diar”. Eso fue en ter­cer año. Lo bue­no es que es­tu­dié dos años de car­pin­te­ro eba­nis­ta y pu­de tra­ba­jar en una car­pin­te­ría de 5 de la ma­ña­na a 12 y de ahí me iba co­rrien­do a en­tre­nar­me.

38 El me­jor maes­tro de in­fe­rio­res que tu­vis­te. Mu­chos: Mar­tín Pan­do, Ra­mi­ro Pé­rez, Xe­nón Ruiz, Diez, Peu­ce­lle, Vai­ro, Do­mi­ni­chi y Pe­der­ne­ra. Don Adol­fo me que­ría mu­cho, tal vez por­que yo era me­dio ato­rran­te y siem­pre te­nía a ma­no una res­pues­ta pí­ca­ra o por­que me gus­ta­ba el bi­llar y a él tam­bién. Con to­dos los jue­gos que sean con una pe­lo­ti­ta me las arre­glo bas­tan­te bien.

39 ¿Qué pen­sas­te cuan­do te aga­rró la he­pa­ti­tis en 1980? Mu­chos cre­ye­ron que no iba a po­der ju­gar más. Me iban a pun­zar el hí­ga­do por­que la tran­sa­mi­na­sa se me iba a cin­co mil, ba­ja­ba y otra vez arri­ba. A mi vie­ja le di­je­ron que no iba a ju­gar más a la pe­lo­ta y por los sa­cri­fi­cios que ha­cía, le aga­rró una de­pre­sión. Fue­ron 72 días en ca­ma. Jus­to es­ta­ba en la Se­lec­ción ju­ve­nil.

40 ¿Cuán­do su­pis­te que ibas a ser DT? Por de­can­ta­ción lo sa­bía, siem­pre fui de pre­gun­tar. Un día, en el Hin­dú, no te­nía ga­nas de dor­mir la sies­ta y le di­je a Ti­mo­teo: “Del fút­bol, yo sé to­do”. No sé qué es­ta­ba le­yen­do, pe­ro me acuer­do de que se ba­jó los an­teo­jos, me mi­ró por arri­ba y me di­jo: “¿Qué es lo que sa­bés?”. Le res­pon­dí: “To­do lo que us­ted ha­ce, de la trian­gu­la­ción, si quie­re le ex­pli­co”. El me di­jo: “Bue­no. Si le tu­vie­ras que en­se­ñar a un chi­co de in­fe­rio­res có­mo pe­gar­le a la pe­lo­ta, ¿có­mo le en­se­ña­rías?”. Me ma­tó. “Ves que no sa­bés na­da”, la com­ple­tó Gri­guol. No sa­bía na­da.

41 ¿Cuán­to du­ran tus char­las téc­ni­cas? Son quin­ce mi­nu­tos: un re­fres­ca me­mo­ria de la se­ma­na. To­do lo que vos no ha­cés en la se­ma­na no po­dés in­ven­tar­lo so­bre la ho­ra. Tra­to de po­ten­ciar nues­tras vir­tu­des, des­ta­car las po­si­cio­nes en pe­lo­ta pa­ra­da. Y el 75% de la char­la se re­fie­re a no­so­tros, só­lo el 25% del ri­val.

42 La me­jor char­la téc­ni­ca. Una del Bam­bi­no en Ri­ver: ju­gá­ba­mos con­tra Cha­ca­ri­ta, ti­rá­ba­mos som­bre­ros, so­brá­ba­mos. En­ton­ces aga­rró una ca­mi­se­ta, la mo­jó, la es­cu­rrió y di­jo: “Así quie­ro que que­de ca­da una de las ca­mi­se­tas de us­te­des, ¿en­tien­den?”.

43 ¿Te­nías al­gu­na ob­se­sión co­mo ju­ga­dor? Sí, que me pa­sa­ran la pe­lo­ta fuer­te. No pue­de ser que la pe­lo­ta ca­mi­ne pi­dien­do per­mi­so. Les di­go a mis ju­ga­do­res que la gen­te no se fas­ti­dia cuan­do al­guien da un pa­se pa­ra atrás, si­no cuan­do la pe­lo­ta co­rre len­ta. Mu­chas ve­ces el pa­se pa­ra atrás es ofen­si­vo: te per­mi­te se­guir con la po­se­sión, te­ner más pa­no­ra­ma y po­der cam­biar de fren­te y eli­mi­nar el pres­sing. Pe­ro tie­nen que es­tar to­dos in­vo­lu­cra­dos, por­que si yo ha­go un pa­se por atrás pa­ra lim­piar­la, me gri­tan “Go­ro­si­to, ju­gá pa­ra ade­lan­te”, y el de­fen­sor la re­vo­lea con un pe­lo­ta­zo, en­ton­ces es al di­vi­no bo­tón que me ha­go pu­tear. La ve­lo­ci­dad en el fút­bol es­tá da­da por el pa­se y la re­cep­ción: la re­cep­ción per­mi­te que te que­de pron­ta pa­ra ju­gar, que no ten­gas que tra­bar. Lo di­fí­cil en el fút­bol es gam­be­tear.

44 ¿Cuán­do em­pe­zó tu amis­tad con Za­pa­ta y con Bo­re­lli? A Jor­ge lo co­noz­co de una pre­se­lec­ción ju­ve­nil. Ca­cho de acá, Ca­cho de allá, le em­pe­cé a de­cir, y le que­dó el apo­do. Des­pués vi­no a Ri­ver en el 84 y se afian­zó la re­la­ción. Y a Gus­ta­vo lo co­no­cí en Ri­ver, se creo una quí­mi­ca, yo lo al­can­za­ba con el au­to, por­que es tres años más chi­co. Lo bue­no es que an­te cual­quier cir­cuns­tan­cia, les pue­do de­cir qué ha­rían ellos y vi­ce­ver­sa. Son co­mo una pro­lon­ga­ción mía, y yo soy una de ellos.

45 Si Mie­le hu­bie­ra se­gui­do co­mo pre­si­den­te, ¿se­rías hoy el DT de San Lo­ren­zo? No sé. Nun­ca hu­bie­se acep­ta­do co­sas que otros sí acep­ta­ron. Por más que me di­ga “te­nés que echar a és­te, és­te y és­te”, no, an­dá y echa­los vos, yo no echo a na­die.

46 ¿Cuál fue la peor pe­lea que tu­vis­te con Mie­le? Mie­le nun­ca me en­fren­tó, siem­pre fue to­do por atrás. Cuan­do di­jo que el equi­po ha­bía arru­ga­do, por ejem­plo, fui­mos a la pre­si­den­cia, y él nos ase­gu­ró que no ha­bía di­cho na­da. Des­pués, en la con­fe­ren­cia, un pe­rio­dis­ta di­jo: “¿Quie­ren que pa­se la gra­ba­ción?”. Jus­to apa­re­ció Mie­le, ar­mó un qui­lom­bi­to, que­dó en la na­da, y se fue a Mia­mi. Ahí di­je bas­ta y me fui a Chi­le a ga­nar mu­cho me­nos de lo que ga­na­ba acá, cuan­do te­nía dos años más de con­tra­to. Apar­te, ha­bía ma­ne­jos que no me ce­rra­ban.

47 ¿Qué ma­ne­jos? Que to­dos los días ha­bía una ver­sión que me en­fren­ta­ba con Rug­ge­ri. Y no era Os­car el que pa­sa­ba in­for­ma­ción a los pe­rio­dis­tas, si­no al­guien que es­ta­ba muy cer­ca de él –y que aho­ra no es­tá– pa­ra ar­mar un qui­lom­bo que for­za­ra mi sa­li­da. Yo sé quién era el que ha­bla­ba, en el fút­bol se sa­be to­do, pe­ro ya es­tá. Que­rían eli­mi­nar­me. Y lo con­si­guie­ron.

48 ¿Pen­sás tra­ba­jar con un psi­có­lo­go? Es­ta­mos tra­tan­do de arre­glar, yo quie­ro, por­que me pue­do dar cuen­ta quién es­tá bien y quién no, pue­do dar una pa­la­bra de alien­to, pe­ro no más. Pa­ra al­go los psi­có­lo­gos es­tu­dian un mon­tón de años. Yo pue­do te­ner la ca­pa­ci­dad de la ca­lle, del ves­tua­rio, pe­ro no al­can­za. Lo que pa­sa es que por un psi­có­lo­go que hi­zo las co­sas mal, pa­gan to­dos y se ha­ce di­fí­cil con­ven­cer a los que de­ci­den en el fút­bol.

49 Es­tu­vis­te en dos plan­te­les en los que se sui­ci­da­ron ju­ga­do­res (Rai­mun­do Tup­per y Mir­ko Sa­ric). ¿Con un psi­có­lo­go se po­dría ha­ber evi­ta­do? No sé si cam­bia­ba la de­ci­sión fi­nal, pe­ro por lo me­nos se hu­bie­se ago­ta­do una ins­tan­cia pre­via. Pa­ra eso es­tu­dian los ti­pos. En las in­fe­rio­res son muy im­por­tan­tes, más con las co­sas que vi­ven hoy.

50 ¿Quién fue el com­pa­ñe­ro más jo­dón que tu­vis­te? Con Gus­ta­vo (por Za­pa­ta) éra­mos muy car­ga­do­res los dos. Es­tá­ba­mos siem­pre mi­ran­do to­do. Roly Es­cu­de­ro tam­bién.

51 ¿Rock, cum­bia o tan­go?Rock y tan­go. Go­ye­ne­che, Mo­rán… En­tre los tan­gos, eli­jo “Afi­che”, “Gar­gan­ta con are­na”, “Amor de­so­la­do”.

52 ¿Quién te hu­bie­ra gus­ta­do que te di­ri­gie­ra y no te di­ri­gió? Cruyff, Me­not­ti y Te­lé San­ta­na.

53 Un pe­rio­dis­ta de­por­ti­vo. Me gus­tan Víc­tor Hu­go y Varsky, me en­can­ta có­mo es­cri­bía Ar­diz­zo­ne.

54 El me­jor diez del fút­bol ar­gen­ti­no. Ai­mar. Sa­be ele­gir dón­de cam­biar de rit­mo, sa­be ju­gar a un to­que, ca­be­cea, usa las dos pier­nas, tie­ne gol.

55 ¿Es ca­sua­li­dad que ha­ya tan­tos chi­le­nos en el fút­bol ar­gen­ti­no? No, por­que hay de to­dos los paí­ses en rea­li­dad. Es un año atí­pi­co pa­ra el fút­bol ar­gen­ti­no. Es­ta­mos mu­cho más abier­tos a in­cor­po­rar gen­te de otro la­do. Y el fút­bol ar­gen­ti­no es una gran vi­drie­ra: de afue­ra sa­ben que vie­nen acá pa­ra ir­se a Eu­ro­pa des­pués.

56 El me­jor par­ti­do de tu ca­rre­ra. Al­gu­nos con­tra Bo­ca: un 4-3 en la Bom­bo­ne­ra, a la ma­ña­na. Uno en la Li­gui­lla 89, con­tra Ar­gen­ti­nos y, ya de gran­de, un 1-0 con­tra Fe­rro, con gol de Ro­meo.

57 El me­jor gol. Uno que le hi­ce con Ri­ver a Gat­ti, en Mar del Pla­ta: se la le­van­té de cu­cha­ri­ta. Otra en San Lo­ren­zo, con­tra Bo­ca, en ca­sa. Un 4-0.

58 El día más tris­te en San Lo­ren­zo. Cuan­do per­di­mos con­tra Gim­na­sia, de Ju­juy, de lo­cal: es­tá­ba­mos cer­ca de Bo­ca, con ex­pec­ta­ti­vas. Y ter­mi­nó por ser mi úl­ti­ma chan­ce de ser cam­peón, por­que ahí vi­nie­ron las de­cla­ra­cio­nes de Mie­le y me fui.

59 ¿Có­mo es­tás con Rug­ge­ri? No sa­bría de­cir, por ahí aho­ra no te­ne­mos diá­lo­go, pe­ro no lo con­si­de­ro un mal ti­po. En al­gún mo­men­to ha­bla­re­mos y nos di­re­mos qué pen­sa­mos.

60 ¿Qué in­fluen­cia tu­vo él pa­ra que vos te fue­ras del club? El te­ma era Mie­le más que Rug­ge­ri. Yo no es­ta­ba dis­pues­to a so­por­tar cier­tas co­sas, no hu­bie­se tran­sa­do nun­ca, ni tran­sa­ría aho­ra.

61 Pas­sa­re­lla di­jo que cuan­do pa­só de ju­ga­dor a téc­ni­co, en­tra­ba en las ha­bi­ta­cio­nes y los que ve­nían de ser sus com­pa­ñe­ros se ca­lla­ban de gol­pe. ¿Ya te pa­só? Por aho­ra no. Igual, te­ne­mos un diá­lo­go flui­do con los ju­ga­do­res, ha­bla­mos de to­do, de co­sas co­ti­dia­nas, de un chi­co con su no­via. Eso no im­pli­ca que les di­ga: “Vos pa­ra aden­tro, vos pa­ra afue­ra”. Eso no me qui­ta au­to­ri­dad.

62 ¿Cuál es la pri­me­ra ima­gen que te­nés de la In­ter­con­ti­nen­tal 86? El ves­tua­rio, cuan­do des­pués de ga­nar, el Be­to hi­zo una reu­nión y nos di­jo que de­ja­ba el fút­bol. Es­tu­ve en el ban­co ese día.

63 El mar­ca­dor que más te pe­gó. No me pe­ga­ron mu­cho, por­que lar­ga­ba rá­pi­do la bo­cha.

64 El me­jor DT ar­gen­ti­no hoy. Biel­sa, por­que en­ri­que­ce en for­ma cons­tan­te a los ju­ga­do­res. Des­pués, uno di­rá: más o me­nos vér­ti­go, 2 o 3 pun­tas. Si vos te­nés un au­to que se te rom­pe, ¿a quién con­sul­tás? A un me­cá­ni­co, ¿no? Y bue­no, pa­ra pre­gun­tar quién es el me­jor téc­ni­co, el ideal es un ju­ga­dor. Y no hay un ju­ga­dor que ha­ble mal de él.

65 ¿No te dio bron­ca que te usa­ran co­mo mo­ne­da de cam­bio cuan­do pa­sas­te de Ri­ver a San Lo­ren­zo por Chi­la­vert y Si­vis­ki? No me gus­tó, y en­ci­ma me en­te­ré vien­do la te­le.

66 ¿Qué fue lo que más te im­pre­sio­nó cuan­do pa­sas­te de la opu­len­cia de Ri­ver a la po­bre­za de San Lo­ren­zo? Era una épo­ca du­rí­si­ma. En in­vier­no no ha­bía agua ca­lien­te y en ve­ra­no no ha­bía agua fría. No te­nía­mos ro­pa. Era co­mo un club de ba­rrio con mu­cha gen­te. Y muy de­sor­ga­ni­za­do.

67 ¿Qué te di­jo el Bam­bi­no cuan­do te re­ci­bió? El te co­no­cía de Ri­ver. Me acuer­do y to­da­vía me río. Me di­jo que yo te­nía la tar­je­ta ga­na­do­ra del Pro­de pe­ro que no la ha­bía pa­sa­do a co­brar. Co­mo que te­nía to­das las con­di­cio­nes, pe­ro de­bía mos­trar­lo en la can­cha.

68 ¿Cuál sen­tís que era “tu” mun­dial: 90, 94 o 98? Los del 90 y 94. Pa­ra el 90 ve­nía de ju­gar un año bár­ba­ro en Aus­tria, es­ta­ba en mi me­jor mo­men­to; y en el 94 ve­nía de es­tar en las eli­mi­na­to­rias, pe­ro su­frí un es­guin­ce con­tra Pe­rú y, por que­rer ju­gar, lo hi­ce le­sio­na­do y no an­du­ve bien con­tra Pa­ra­guay. Apar­te es mu­cho más fá­cil ju­gar con­tra los eu­ro­peos que con­tra los su­da­me­ri­ca­nos. Sa­can­do a los ita­lia­nos, los de­más, pa­ra mí, son me­dio tron­cos.

Selección 89, su primera vez. Desde la izquierda, con Lanzidei, Medina Bello, Bilardo y Erbín.

Selección 89, su primera vez. Desde la izquierda, con Lanzidei, Medina Bello, Bilardo y Erbín.

69 Pas­sa­re­lla te lla­mó pa­ra ju­gar con­tra Uru­guay en las eli­mi­na­to­rias pa­ra el 98. ¿Ahí per­dis­te el úl­ti­mo tren? Pue­de ser, pe­ro Da­niel tam­bién ya te­nía en men­te otra co­sa. Igual, no pue­de ser que to­dos se ha­yan equi­vo­ca­do, de­be ha­ber ha­bi­do una fa­lla mía en to­do es­to. Por otro la­do, nun­ca tu­ve la lo­cu­ra de ju­gar en la Se­lec­ción.

70 ¿Sos dis­tin­to a to­dos, que siem­pre di­cen que se mue­ren por la Se­lec­ción? Es una sa­tis­fac­ción, pe­ro nun­ca me vol­vió lo­co. Iba or­gu­llo­so y, si no es­ta­ba en la lis­ta, me do­lía, pe­ro no me en­fer­ma­ba. Siem­pre pre­fe­rí ga­nar un tí­tu­lo con San Lo­ren­zo a ju­gar un Mun­dial con la Se­lec­ción. Yo lo vi­ví así. Cuan­do Re­don­do di­jo que no que­ría ir, a mí me pa­re­ció bien. ¿Por qué tie­ne que ir? Lo que vos sen­tís pue­de no ser lo mis­mo que lo que yo sien­to.

71 An­tes del Mun­dial 94 di­jis­te que ha­bía un ju­ga­dor que se la pa­sa­ba ala­bán­do­se, ¿a quién te re­fe­rías? ¿A Leo Ro­drí­guez? Yo nun­ca fui de ven­der­me ni de lla­mar a los pe­rio­dis­tas. Si me das a ele­gir, pre­fie­ro se­guir así. Nom­bres no voy a dar. Yo soy así, que ca­da uno sea co­mo quie­re.

72 ¿Qué sen­tis­te cuan­do, ha­ce unos años, una en­cues­ta de Olé en­tre los hin­chas te dio co­mo el má­xi­mo ído­lo de San Lo­ren­zo? Un gran or­gu­llo. Si me dan a ele­gir en­tre 20 go­les en la Se­lec­ción o ído­lo en San Lo­ren­zo, me que­do con es­to úl­ti­mo.

73 ¿Có­mo se en­tien­de que te ha­yan ele­gi­do si no ga­nas­te nin­gún tí­tu­lo? Por ha­ber ju­ga­do bas­tan­te bien a la pe­lo­ta y por no ha­ber­me bo­rra­do nun­ca. Si ves los cam­peo­na­tos: de 19 par­ti­dos, ju­ga­ba 18 o 19. He ju­ga­do sa­bien­do que lo iba a ha­cer mal por es­tar le­sio­na­do. A los que pre­go­nan eso del fra­ca­so cuan­do no sa­lís cam­peón, les di­ría una co­sa: a los pe­rio­dis­tas les en­tre­gan un Mar­tín Fie­rro ¿Eso quie­re de­cir que to­dos los otros pe­rio­dis­tas fra­ca­sa­ron? Sa­le cam­peón uno, el que le die­ron el pre­mio, ¿y los otros son fra­ca­sa­dos? Pa­ra mí no.

74 ¿Hu­bie­ras ido a Bo­ca en el 96, con la pi­ca que exis­te con Ri­ver y con San Lo­ren­zo? Bi­lar­do me que­ría lle­var, pe­ro cuan­do sur­gió la po­si­bi­li­dad de San Lo­ren­zo, ni lo du­dé.

75 ¿Gri­guol, Ba­si­le o Vei­ra? Ca­da uno en su fa­ce­ta. La me­to­do­lo­gía de Ti­mo­teo, la per­so­na­li­dad del Co­co y el ca­ris­ma del Bam­bi­no.

76 ¿Có­mo sos co­mo con­duc­tor de gru­po? Me gus­ta dar­les li­ber­tad a mis ju­ga­do­res. La bo­lu­dez del pre­cep­tor pa­ra mí no va. El fút­bol es mu­cho más sim­ple de lo que se ha­ce creer.

77 ¿Los téc­ni­cos te re­ta­ban mu­cho? Sí, so­bre to­do cuan­do era un mo­co­so. Uno que me ca­ga­ba a pe­dos se­gui­do era el Cai Ai­mar, ayu­dan­te de Gri­guol. Un día, en la Ter­ce­ra, yo es­ta­ba car­gan­do, me di­jo: “Ve­ní a dar la char­la vos”. El pen­sa­ba que no te­nía idea de na­da, y cuan­do em­pe­cé a de­cir to­do, se que­dó he­la­do. A mí me gus­ta­ba ha­cer mal­da­des. Un día, en las in­fe­rio­res con­tra Ra­cing, íba­mos ga­nan­do co­mo 3-0, Mar­tín Pan­do se ha­bía ido a las tri­bu­nas y de abu­rri­do que es­ta­ba le di­je a un com­pa­ñe­ro: “Ca­len­tá, que en­trás”. Cuan­do em­pe­zó a co­rrer al la­do de la can­cha, me que­rían ma­tar.

78 El me­jor equi­po que vis­te. El Bar­ce­lo­na de Cruyff, el San Pa­blo de Te­lé San­ta­na y el Ajax de Van Gaal. Tam­bién Ar­gen­ti­nos del 85/86 que nos dio un pe­lu­do en la Co­pa y ca­si nos de­ja afue­ra.

79 ¿Al­gu­na vez te hi­cie­ron fir­mar al­gu­na cláu­su­la lo­ca en un con­tra­to? Sí, en la Ca­tó­li­ca. No­so­tros ve­nía­mos de per­der un tor­neo es­can­da­lo­so con­tra la U de Chi­le, de Sa­las. Nos ha­bían bom­bea­do mal, ellos lle­va­ban 25 años sin ser cam­peo­nes, y yo me des­pa­ché. Fue un ro­bo ver­gon­zo­so. Fi­ja­te que me ex­pul­sa­ron en la fi­nal con­tra ellos, y no me die­ron fe­cha. En el con­tra­to si­guien­te, me hi­cie­ron fir­mar que no po­día ha­cer de­cla­ra­cio­nes con­tra la Fe­de­ra­ción ni con­tra el Tri­bu­nal.

80 ¿Ya se no­ta­ba en esos años que Sa­las era bue­no? Sa­las siem­pre fue di­fe­ren­te: el par­ti­do que te­nían que ga­nar por dos go­les, dos go­les de Sa­las; vol­vía de cua­tro me­ses le­sio­na­do, te­nía que ga­nar 1-0, en­tra­ba y ha­cía el gol. Son ti­pos que es­tán to­ca­dos, no hay vuel­ta de ho­ja.

81 ¿Qué re­cor­dás de tu pa­so por el fút­bol aus­tría­co? El Ti­rol era un equi­pa­zo, con va­rios ju­ga­do­res que es­tu­vie­ron en el Mun­dial 90. Fui­mos cam­peo­nes dos años. Ha­ce po­co fui a esa ciu­dad y me die­ron el pre­mio co­mo el me­jor ex­tran­je­ro de su his­to­ria. Ahí me di­ri­gió Hap­pel, el DT de Ho­lan­da en el Mun­dial 78. Un ti­po es­pe­cial, un arra­ba­le­ro vie­nés, nun­ca me di­jo na­da de esa fa­mo­sa fi­nal.

82 ¿Por qué te vol­vis­te tan rá­pi­do del Yo­ko­ha­ma? Me di cuen­ta el pri­mer día: yo la cla­va­ba en el án­gu­lo y el DT, un ja­po­nés, ni me mi­ra­ba; cual­quie­ra me­tía un gol, y lo fe­li­ci­ta­ba. En el pri­mer par­ti­do, fui­mos al ban­co con Be­to: en­tra­mos y ga­na­mos 3-0 con go­les del Be­to tras pa­ses míos. Y nun­ca más nos pu­so jun­tos, ni en una prác­ti­ca. Pa­ra mí el ti­po le erró el mor­dis­cón a al­go y se la aga­rró con­mi­go.

En el Yokohama duró poco porque el técnico japonés no lo ponía. Toda la plasticidad de Pipo.

En el Yokohama duró poco porque el técnico japonés no lo ponía. Toda la plasticidad de Pipo.

83 ¿Con Cor­do­ne tu­vis­te al­gún diá­lo­go es­pe­cial? Le di­je que lo ne­ce­si­ta­mos. Es un ju­ga­dor de­se­qui­li­bran­te. Y muy buen com­pa­ñe­ro. Apar­te me gus­ta que mi­ra a los ojos cuan­do ha­bla.

84 ¿No fue ra­ro que em­pe­za­ras en Chi­ca­go co­mo DT, un equi­po gue­rre­ro que no re­pre­sen­ta mu­cho tu es­ti­lo co­mo fut­bo­lis­ta? Es que seis téc­ni­cos no ha­bían que­ri­do aga­rrar, y no­so­tros ni du­da­mos: te­nía­mos unas ga­nas es­pec­ta­cu­la­res de de­mos­trar y mu­cha con­fian­za. Acá lo pri­me­ro que te di­cen es que no te­nés ex­pe­rien­cia. Co­mo si la ex­pe­rien­cia fue­ra ga­ran­tía de buen tra­ba­jo. Lo que hay que bus­car es ca­pa­ci­dad, no ex­pe­rien­cia. La ex­pe­rien­cia siem­pre lle­ga tar­de.

85 ¿Cuál fue la ma­yor apre­ta­da que vi­vis­te? La que nos to­có en Chi­ca­go an­tes de ju­gar con Unión, en el ho­tel. Yo es­ta­ba arri­ba, en la ha­bi­ta­ción, pe­ro si hu­bie­se si­do ju­ga­dor, ese par­ti­do no lo ju­ga­ba ni lo­co. Y más fal­tan­do cua­tro días pa­ra que ter­mi­na­ran to­dos los con­tra­tos. Los chi­cos de Chi­ca­go die­ron una gran mues­tra de pro­fe­sio­na­lis­mo. Por­que des­pués de eso, ¿qué? Só­lo fal­ta­ba que te pe­guen un ti­ro. Yo les hu­bie­ra di­cho a los di­ri­gen­tes: “Jue­guen us­te­des”. Yo fui uno de los que los con­ven­cí pa­ra ir y ju­gar con­tra Unión, pe­ro si hu­bie­ra si­do ju­ga­dor, por más que me ha­bla­ra Dios, no iba.

86 ¿En San Lo­ren­zo lle­gas­te a pa­gar suel­dos de tu bol­si­llo? Sí, en 1992. Ha­bía chi­cos que no co­bra­ban, y con Fa­bián Ca­rri­zo y el Fla­co Pas­set les dá­ba­mos y des­pués nos de­vol­vían.

87 La ma­yor lo­cu­ra de Da­lla Li­be­ra, tu com­pa­ñe­ro de in­fe­rio­res. Cuan­do ti­ró a la abue­la a la pi­le­ta y ca­si se le aho­ga; yo es­ta­ba. Otra bra­va de Lo­cu­ra era cuan­do íba­mos a la ca­sa: su abue­lo te­nía Par­kin­son, en­ton­ces le lle­na­ba la ta­za de ca­fé con le­che has­ta el to­pe y, po­bre vie­jo, Faus­to, se que­ma­ba to­da la ma­no. Muy mal­di­to Lo­cu­ra.

88 ¿Te que­das­te con ga­nas de ju­gar en Ita­lia, Es­pa­ña o In­gla­te­rra? No, ya te di­je: me hu­bie­ra gus­ta­do ju­gar en un equi­po con mar pa­ra to­mar sol to­do el día.

89 ¿De qué te nu­tris­te pa­ra ser téc­ni­co? Ade­más de la ex­pe­rien­cia co­mo ju­ga­dor y del cur­so, hi­ce en Chi­le un se­mi­na­rio de li­de­raz­go de gru­po, de di­ná­mi­ca, que se uti­li­za pa­ra em­pre­sas. Tam­bién fui­mos a ver en­tre­na­mien­tos del Ba­yern, de la Ve­ro­na, el Mi­lan, vi­mos la es­cue­la del Ajax.

90 Si tu­vie­ras 100 mi­llo­nes de eu­ros pa­ra gas­tar en re­fuer­zos, ¿a quié­nes traés? Ai­mar, Or­te­ga, Ga­briel Mi­li­to y… a Ed­gar Da­vids.

91 ¿Ha­blas­te con In­sua des­de que se fue? No.

92 ¿Tu­vis­te téc­ni­cos que se cre­ye­ron más im­po­tan­tes que los ju­ga­do­res? Sí. No com­par­to con los que hoy jue­gan con 3, ma­ña­na con 4 y pa­sa­do con 5. Se creen que ga­nan por ellos, no por los ju­ga­do­res. Siem­pre de­bés te­ner una tác­ti­ca y es­tra­te­gia pa­ra un par­ti­do, pa­ra ir a la gue­rra o pa­ra con­quis­tar una chi­ca, pe­ro no es lo pri­mor­dial.

93 ¿Quién fue el me­jor diez que vis­te en tu vi­da? Ri­ve­lin­ho, el Be­to Alon­so, Ma­ra­do­na y Pla­ti­ni. Ca­da uno con lo su­yo: la sim­pli­ci­dad de Pla­ti­ni, el cam­bio de rit­mo de Ma­ra­do­na, la ele­gan­cia de Alon­so y el pa­no­ra­ma y la pe­ga­da de Ri­ve­lin­ho.

94 ¿Se­guís pen­san­do que Ca­nig­gia fue más que Ma­ra­do­na? Siem­pre me im­pre­sio­nó Ca­ni: de­be ser por­que al te­ner yo la fa­len­cia de la ve­lo­ci­dad, al ser él tan ve­loz, me lla­mó más la aten­ción. Ca­ni fue el com­pa­ñe­ro más de­se­qui­li­bran­te que tu­ve.

95 Una vez di­jis­te que es­tu­vis­te a 10 cen­tí­me­tros de ha­cer un ma­ca­na­zo, ¿te re­fe­rías a las dro­gas? To­do el mun­do tie­ne la in­quie­tud de sa­ber qué es la dro­ga, pe­ro es­tá en los va­lo­res de ca­da uno to­mar la de­ci­sión. Yo di­ría: ¿qué es? Pe­ro del otro la­do de la ba­lan­za pon­go a mis vie­jos, mis hi­jos, mis ami­gos, y ter­mi­no di­cien­do: pre­fie­ro no su­cum­bir a la ten­ta­ción pa­ra no de­frau­dar­los.

96 El can­ti­to más crea­ti­vo de la hin­cha­da de San Lo­ren­zo. “Si lo ven­den a Pi­po / no va­mo’ a llo­rar / por­que un día / por­que un día vol­ve­rá”. Me la hi­cie­ron en el 89. Tam­bién la de “olé, olé, olá / es un sen­ti­mien­to, no pue­do pa­rar”. Esa la in­ven­tó San Lo­ren­zo cuan­do ju­ga­mos con­tra Bo­ca ese do­min­go a la ma­ña­na. Los de Bo­ca la can­ta­ban mal, y nues­tra hin­cha­da les re­tru­có: “Así no, bos­te­ro, yo te la voy a en­se­ñar”. Sa­ca­ron to­dos los pa­ñue­los y arran­ca­ron: “Olé, olé, ole, olá”. Im­pre­sio­nan­te.

97 ¿Qué sen­tis­te sal­var a Chi­ca­go del des­cen­so y que la gen­te te des­pi­die­ra con in­sul­tos? Con­ten­to no me pu­so, pe­ro lo te­nía asu­mi­do. Cua­tro fe­chas atrás to­do el es­ta­dio co­rea­ba mi nom­bre. Fue co­mo que los en­ga­ñé con otra mi­na, que me fui con una de 90-60-90, pe­ro en nin­gún mo­men­to se cues­tio­nó el tra­ba­jo, al con­tra­rio. Si cuan­do asu­mí les de­cía “va­mos a ju­gar la pro­mo­ción”, to­da la gen­te de Chi­ca­go de­cía: dón­de hay que fir­mar.

98 ¿No fue des­pro­li­jo el ma­ne­jo? Se­gu­ro. Mi fa­lla fue que se lo di­je a un di­ri­gen­te, y ese di­ri­gen­te es­tá to­do el día con la hin­cha­da. Y mien­tras ga­ná­ba­mos, es­ta­ba to­do bien y se ma­ta­ba pa­ra que nos que­dá­ra­mos en el club; pe­ro a par­tir de que le di­je que me iba, la co­sa cam­bió de un día pa­ra el otro.

99 ¿Qué le pre­gun­ta­rías a Go­ro­si­to que no te pre­gun­ta­mos? ¿Por qué no lle­gué más al­to en el fút­bol?

100 ¿Por qué no lle­gas­te más al­to en el fút­bol? Por­que por ahí me fal­tó ese po­qui­to de egoís­mo que tie­nen mu­chos ju­ga­do­res pa­ra pe­gar el sal­to fi­nal. Nun­ca lo tu­ve y es­toy or­gu­llo­so de ha­ber si­do co­mo fui.

 

 

Por Diego Borinsky (2003).

Fotos: Maxi Caivano y Archivo El Gráfico.

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