¡Habla memoria!

1931. Cañeando contra la corriente

Por Redacción EG · 25 de octubre de 2019

Borocotó pone en valor y diferencia al pescado que se compra en el mercado y el que se gana con sacrificio en el muelle. Habla de supersticiones y también cuenta los diálogos entre pescadores.

El Club de Pescadores edificó  un nuevo muelle a los fondos de la calle Canning. En él los peces tienen su templo. Morirán ensartados en los anzuelos que esconden tentadoras lombrices que forman la carnada, saldrán del agua entre exclamaciones jubilosas, pero merecerán la mayor-cotización del día. Caer en redes y formar parte de la matanza diaria que los pescadores profesionales hacen, es destino amargo para el más miserable de los pejerreyes. Morir en el muelle del Club de Pescadores, significa sacrificar la vida en holocausto a un ideal. El pescador a la caña es un idealista. Solamente la fuerza interior de la emoción que lo anima. Puede hacerlo mantener horas y horas cañeando contra la corriente y con las pupilas dilatadas, en un ansia inefable de advertir la picada sobre las boyas temblorosas. Llega un momento en que, de tanto esperar, la boya se hunde por autosugestión.

Vista parcial del nuevo muelle del Club de Pescadores, que está ubicado a los fondos de la calle Canning. Es una obra admirable y en la que no se escatimaron esfuerzos para brindarles comodidad a los pescadores.

Vista parcial del nuevo muelle del Club de Pescadores, que está ubicado a los fondos de la calle Canning. Es una obra admirable y en la que no se escatimaron esfuerzos para brindarles comodidad a los pescadores.

—Son mojarritas que chupan las carnadas — dice el pescador explicando lo que no aconteció.

Tiene también sus desquites, sus amplios desquites. Cuando Pica y saca mucha pesca, llega a su casa con aire de triunfador después de veinticuatro horas de ausencia. No ha sentido el cansancio, ni el sueño, ni el hambre. Ante las sucesivas picadas se convirtió en un jugador que sobre el tapete verde olvida el rodar de las horas y cuyo cuerpo se mantiene despierto porque la emoción lo apuntala. El pescador a la caña no tiene idea del tiempo que transcurre. Mismo cuando no pica, las horas le son cortas. Colocado en esa situación quien no sea aficionado, se morirá de aburrimiento en una hora de vigilancia sobre las boyas que resbalan con la línea a favor de la corriente. El pescador de calidad se limitará a decir:

—Ahora, cuando comience a bajar... Nadie sabe por qué pica ni por qué no pica, pero todos se creen en el derecho de expresar una opinión al respecto.

—Es que ayer bajó mucho el río...

—Espere a que suba...

—Si sigue bajando va a haber pesca a montones...

No sólo los hombres atisban la picada. También son muchas las damas que lo hacen con verdadero entusiasmo.

No sólo los hombres atisban la picada. También son muchas las damas que lo hacen con verdadero entusiasmo.

Para unos, la esperanza está en la bajante; para otros, en la creciente. La equivocación es colectiva y no se quiere expresar optando por la ostentación de un conocimiento que agregue prestigio. No obstante, los hay quienes, con profunda pena, suelen decir quedamente:

—Pica cuando se le da la gana...

 

SUPERSTICIONES

Existe una creencia: la de que cuando sopla viento noroeste, no hay pesca. Un día sopló ese viento y el río estaba lleno de pejerreyes. Y es que se crea en el aficionado un espíritu supersticioso. Habrá algunos conocimientos, pero mucho obedece al pálpito. Si por dos veces llega a sentir las picadas junto al muelle, allí tirará la línea. Si levantó la caña pinchando al pez, pero sin pescarlo, largará la línea en el mismo lugar en que le ocurrió el accidente, con la infundada esperanza de que el prófugo esté en el mismo lugar.

¿Se acuerdan de esta fisonomía? Es nada menos que Juan José Ritner, el arquero internacional de otros tiempos, convertido hoy en un fervoroso aficionado a la pesca.

¿Se acuerdan de esta fisonomía? Es nada menos que Juan José Ritner, el arquero internacional de otros tiempos, convertido hoy en un fervoroso aficionado a la pesca.

Los hay que se han especializado en un aspecto de la pesca. Juan J. Ritner, aquel arquero internacional de tiempos que se fueron junto con el pantalón a cuadritos, goza de la fama de pescador de bogas, lo que le ha costado muchos años de estudio consciente y reposado. Otros son especialistas en el arte de tirar el espinel, el espinel que parece un aparejo y que, según la ordenanza del club, no puede tener más de veinticinco anzuelos. Se encarnan todos ellos con lombrices... y vienen los dentudos, y se comen las carnadas dejando limpios los espineles. En esas condiciones, son muy contados los pejerreyes que se ensartan, pues los dentudos llegan antes. De ahí la bronca que los pescadores tienen a esos bichos limpiadores de espineles. Es tan grande la bronca que cuando chapan uno lo destinan a carnada.

El hombre se habrá pasado toda la noche esperando que picara; pero, a mediodía, "picó" el sueño y decidió atender más a éste que a los vagabundos e inconsecuentes pejerreyes.

El hombre se habrá pasado toda la noche esperando que picara; pero, a mediodía, "picó" el sueño y decidió atender más a éste que a los vagabundos e inconsecuentes pejerreyes.

 

LOS COMENTARIOS AL PASAR

Aparte de esa explicación sobre las posibilidades de pesca en los días en que no pica, cada uno que pasa ante el paciente que espera con la caña en la mano y la línea en el agua se cree en la obligación de hacer un comentario.

—¿Pica?

—Muy poco.

—Allá, en la punta del muelle, se saca algo.

Al ratito pasa otro que viene de la punta del muelle.

—¿Qué tal ? Cómo eran las cosas por aquí?

—No pica casi nada.

—Allá, en la punta del muelle, pica menos.

Algunos pasan las noches sin preocuparles el frío ni el sueño. Arropados y entumecidos, dejan correr las horas esperando de arrancar al río peces que no han de comer, que regalarán, que constituyen el precio al esfuerzo propio y la estoica habilidad.

Hasta su cantina provisoria tiene el muelle, y pronto contará con el edificio central del club, que va a reunir todas las comodidades. La obra ascenderá a un costo de medio millón de pesos.

Hasta su cantina provisoria tiene el muelle, y pronto contará con el edificio central del club, que va a reunir todas las comodidades. La obra ascenderá a un costo de medio millón de pesos.

Yo los admiré muchas veces y fui corno ellos cuando pibe. Después me alejé de la costa y por muchos años colgué la caña, que recién días pasados empuñé. Volví a sentirme como era entonces, despreocupado, indolente, sin otras ambiciones que la de sacar algunos pejerreyes con los cuales reeditar hazañas que se volvieron legendarias en el tiempo ido. Y me pasó lo que a muchos pescadores les habrá acontecido cuando al volver de la pesca con unos pocos "muertos" en la bolsa, les han dicho:

—¿Y esto traes?

—Sí...; es que no picaba... Esto representa el trabajo de cinco horas...

—Mirá. Mirá los que yo compré a treinta la docena. Mucho más grandes que los tuyos.

—¡Y yo me gasté un peso en lombrices para traer ocho!

No importa que la tarde esté gris ni que no pique. Cuando existe clase de pescador, a la caña, se posee la esperanza necesaria para aguardar en vano, y la resignación cristiana que ayuda a aceptar las veleidades de los peces. Por eso saben sonreír después de muchas horas cañeando contra la corriente, sin pescar ni una mojarrita.

No importa que la tarde esté gris ni que no pique. Cuando existe clase de pescador, a la caña, se posee la esperanza necesaria para aguardar en vano, y la resignación cristiana que ayuda a aceptar las veleidades de los peces. Por eso saben sonreír después de muchas horas cañeando contra la corriente, sin pescar ni una mojarrita.

¿Cómo explicar la diferencia de valores que media entre el pescado que se adquiere a la caña y el que expenden en los mercados? Es imposible. Esta medida la tienen nada más que los aficionados, los estoicos que sacrifican horas de sueño atisbando al pejerrey vagabundo y hambriento que se digne morder la carnada para bien morir sobre el muelle, que es el templo de los pescados.

 

 

Por Borocotó (1931)

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