¡Habla memoria!

1934. Hombres de temple

Por Redacción EG · 18 de octubre de 2019

Ricardo Lorenzo indaga sobre aquellos jugadores de comienzos de siglo pasado que nunca bajaron los brazos y lucharon hasta el final. Máximo Federici y Berbabé Ferreyra son algunos de los nombres que aparecen en estas líneas.

Guillermo Ronzoni

El ex centre half de Independiente. Amarrada a su atlética estampa llegó el recuerdo de su último match, aquel efectuado hace ya un lustro en la cancha de Boca Juniors. Juzgó mala una actitud del referee y, como ya el hombre estaba con la pajarera alborotada, allí produjo un desorden tan mayúsculo que le valió la expulsión. El público conoce a Ronzoni a través de ese triste recuerdo.

 

Orsi y Ronzoni.

Orsi y Ronzoni.

 

La evocación del mismo echa una mancha sobre la recia figura del ex centre half de los rojos; pero quienes lo vieron de cerca, aquellos que son sus amigos de siempre, pueden decir otras cosas. Ronzoni ha sido, para quienes lo han conocido acabadamente, un hombre de temple, un partidario incondicional de Independiente, sobrio, honesto, educado. Desde su puesto de centre half detuvo a los forwards a costa de cualquier sacrificio y sintió más que nadie las derrotas de su equipo. Ese gran amor al club era el que le llevaba a cometer actos reprobables en los cuales ninguna reflexión tenía suficiente fuerza como para detenerlo. Solía enojarse con sus propios compañeros y después, a la terminación del partido, tornaba a ser el muchacho amable, el mismo que iba a la secretaría del club y ayudaba en la oficina a hacer recibos, el mismo que hoy sigue dándole a Independiente toda la enorme voluntad que para la entidad tiene y todo su cuantioso caudal afectivo, el mismo correcto empleado bancario. Fue lamentable que hubiera cerrado así su carrera; cabe la disculpa a ese enceguecimiento que no es otra cosa que un amor profundo e irreflexivo. Llegado el momento en que creyó necesario un procedimiento, no calculó que se hallaba en field visitante ni en las consecuencias que ello podría reportarle. Hubiera dejado su vida en la cancha.

Error fundamental el suyo. No corresponde la justificación de un acto así, pero tiene una explicación hondamente sentimental.

 

Mario Fortunato

Rara vez llegaba Mariulo a las broncas. Prefería no provocarlas; pero tuvo siempre el temple de ese jugador que no sabe de aflojadas, que no se entrega. Parado en el centro de la línea media, en sus momentos de auge se agigantaba en los contrastes para convertirse en una fuerza arrolladora que empujaba a todo su equipo contra la valla adversaria. No le asustaron nunca las performances ni la fama de sus rivales. Cuando más prestigiosos eran, más le interesaba el cotejo. De ahí que frente a los más capaces haya establecido las mejores performances. En su época de Argentinos del Sur tuvo matches en que todo su team fue nada más que él. Gritando, corriendo, ordenando, fue defensa y ataque. Y cuando se trató de defender a un amigo aun contra la verdad, no se detuvo a hacer cálculos. No hubo análisis previos a las determinaciones. Se jugó entero aunque en la jugada peligrara el pan de todos los días.

Truncada su carrera en pleno apogeo, no quiso convencerse. Tal convencimiento habría implicado una aflojada que no podía tolerar su temple de luchador. Ensayó el retorno una y diez veces. Baños de mar, de sol, masajes y hasta adivinas buscó en auxilio de su curación. La rodilla no sanaba. Llegó al hospital Rawson y salió de allí curado, pero sin la capacidad deportiva de antes. La buscó de nuevo con redobladas energías y con renovado optimismo hasta que una larga y triste acumulación de recuerdos le llevó al convencimiento de que aspiraba a un imposible. Pero dentro de la convicción albergó una esperanza que aún conserva. No puede todavía hacerse a la idea de que su vida futbolística como jugador ha terminado. Si mañana Boca le insinuara la posibilidad de darle un puesto en alguno de los equipos, volvería a entrenarse para ensayar una vez más.

 

Mario Fortunato.

Mario Fortunato.

 

Ya lo dije en otra ocasión: es un ejemplo de tenacidad. No obstante, tiene un punto débil: los niños. El camorrero Mariulo, el cinchador Mariulo se entrega dulcemente a las travesuras de los niños. Tengo dos sobrinos que siempre dicen: "Es ir a la casa de Mariulo porque se puede jugar". Y le llaman jugar a pisotearle la cama, a tirarle agua cuando lo ven dormido, a darle un escobazo en la cabeza, a hacerle travesuras q el padre tolera. Por eso Fortunato goza inefablemente con sus hazañas ocurridas en la difunta "laguna dei piguye" y complace recordando aquellos tiempos que, siendo ya internacional, en la mañana del cotejo venían sus amigos del potrero buscarlo para jugar un partido de "a veinte por cabeza". Él debía a la tarde lucir y defender los colores nacionales, disfrazado para que no "vieran que era un hombre", iba con sus purretes amigos a defenderles los veinte guitas que cada uno jugaba en el match.

En los últimos tiempos, cuando solíamos ir a pelotear por noches en unos potreros iluminados cercanos al puerto, me una vez:

—Parate ahí que vamos a dominar. Se paró como años atrás, en su puesto de centre half... los purretes lo pasearon. Sin embargo, aún no ha de estar vencido. Si volviéramos al potrero me diría:

—Parate ahí que vamos a dominar. Y es que su temple de luchador no ha muerto. Sigue animado por ese espíritu que le permitió encajonar los adversarios.

 

El flaco Federici

Durante muchos años fue la gran columna de Huracán y aun hoy, lleno de tatuajes, con una rodilla en falsa escuadra, sigue siendo, por momentos, aquel vigoroso centre half de tantas jornadas memorables..., y de tantas promesas de golpes. Es otro de los que no midió nunca posibilidades y que se perfiló de izquierda en cualquier cancha, aunque supiera que lo achuraban. Fue un día a jugar con yeso en una pierna. No podía caer se porque le era imposible levantarse, por sus propios medios. Sabía Federici que esa determinación suya implicaba un sacrificio y que corría el riesgo de empeorar, pero su cuadro lo necesitaba. El mismo que ha tenido esos gestos es el que en más de una oportunidad se tomó a golpes y que en la casilla de los jugadores apareció con rifas en favor de tal o cual amigo, con suscripciones para enfermos y viudas, con los recibos del club para que sus compañeros pagaran.

 

Máximo Federici.

Máximo Federici.

 

Hoy ya no tiene los bríos que apagaron los años, pero la sangre suele hervir. Y una de las últimas veces que sintió la ebullición fue ante una trastada de un amigo suyo al que le preparó un festejo. El homenajeado, que también era un ídolo suyo como jugador, no aportó por el banquete. Federci sintió hondamente esa deslealtad y con profunda pena decía:

—Si lo veo, lo poco aunque me mate. Y en esa pelea le habrían sacado el pellejo a tiras, antes de que aflojara.

 

Don José Hipólito Fossa

No pegó solamente en su casa y lloró afuera. Fossa defendió a su team en cualquier terreno. Rodeado de chiquilines, cuando alguno de ellos recibía un golpe allá iba Fosa a vengarlo. Alto, fuerte, con estampa varonil, su figura emanaba conformidad para sus numerosos partidarios. Bastaba verlo en la cancha para tener la certeza absoluta de que allí er taba el hombre de confianza de San Lorenzo. Venido desde las divisiones inferiores y siendo el más viejo jugador del equipo, el afecto a su equipo se fue acrecentando año tras año para llegar a que Fossa considerara a San Lorenzo como algo suyo, algo de lo que puede hablar como si se tratara de un familiar. Ese cariño a la institución en cuyas filas formó tantos años lo condujo a tomarse a golpes con su arquero en plena que,", ¿Cómo — se dijo Fossa, — yo aguanto al forward y éste se deja hacer el goal? Eso no podía tolerarlo y suscitó el cambio de palabras con la amenaza de verse en otro lado.

 

José Fossa.

José Fossa.

 

No  pudoesperar la llegada a "otro lado". Allí mismo, en el campo, al sonar el silbato que anunciaba la terminación del partido, se produjo la gresca entre compañeros.

 

Bernabé Ferreyra

Advierto que estas consideraciones que vengo haciendo pueden ser mal interpretadas. Deseo que no se entiendan ellas como justificación a actitudes reprobables, sino como explicación. Mejor aún: es mi propósito el hallar dentro de lo malo algo de bueno, a fin de que quienes han merecido desde estas mismas columnas los brulotes del caso sepan que se ha sabido ver más allá y comprender los motivos que impulsaron a eses gestos antideportivos. Bernabé Ferreyra no los ha tenido, pero igual cabe dentro de la clasificación de los hombres de temple para las luchas. Entrado a la cancha, siempre lo ha hecho dispuesto a jugar. Tesonero y valiente, nunca estuvo para él un partido terminado, sino hasta el silbato final. Recordemos aquel match en el cual River Plate cayó en el 32 batido por Independiente y bajo una verdadera goleada de la cual pudo después desquitarse.

Hasta último momento y con cinco tantos en contra, Bernabé Ferreyra siguió luchando.

 

Bernabé Ferreyra.

Bernabé Ferreyra.

 

Se ha dicho que en las más de las veces la voluntad evidenciada por el citado luchador le ha hecho acreedor a los pesos ganado y que esa condición suya fue la que hizo olvidar otras actitudes. Es bien cierto. No tendrá ahora la efectividad de antes, pero continúa siendo el jugador voluntarioso que no se entrega, que no lo arredran los golpes ni los contrastes.

 

Stagnaro y Spinetto

Puedo continuar enumerando a elementos como los que he citado, pero la lista sería muy larga. La cierro con la mención a dos centre halfs. Stagnaro fue en Racing un jugador de temple. Tiró siempre para adelante, dió golpes, jugó bien, gritó a sus adversarios y hasta a sus compañeros. Su ida trajo en Racing una desorientación. Se sintió la ausencia del futboler que inspiraba confianza, aquel cuya presencia en la cancha, aun en los días en que no actuaba bien, implicaba un aliciente para sus compañeros y parciales. Un elemento semejante es Spinetto, el de Vélez. Valiente, seguidor e irascible, quien lo ve fuera del field no lo conoce. Carece de esos gestos altaneros de prepotente. Es una cosa muy suave, tan profundamente distinta, que es imposible reconocer al futboler. Su tono de voz es persuasivo, su gesto simpático, sus modales serenos.

 

Victorio Spinetto.

Victorio Spinetto.

 

Da la impresión que al dejar el field lo pasan por la piedra de esmeril para pulirlo y que sale convertido en niño bien. Entran ganas de preguntarle:

—¿Usted conoce al jugador Spinetto?

Y se sospecha esta contestación:

—¿Yo al fútbol? ¡Por favor! Usted me ha confundido.

Lo que me extraña, viéndolo tan acicalado y nene bien, que no lleve en la solapa un escudito del Congreso Eucarístico.

 

 

Por Ricardo Lorenzo (1934).

Fotos: Archivo El Gráfico.

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