¡Habla memoria!

1981. ¡Chau, Argentinos! ¡Hola, Boca!

Por Redacción EG · 18 de julio de 2019

Con melancolía, Diego Armando Maradona escribe su despedida del club que lo vio nacer, su traspaso a Boca ya es un hecho, pero el 10 no quería dejar de agradecer y despedirse de La Paternal.

Lo de Boca es un sueño. Un sueño que voy a contárselo después, pero quiero que sepan cómo me siento. Acaso para que me comprendan mejor. Me duele, me duele mucho irme de Argentinos Juniors. Cuando el año pasado llegamos a un acuerdo pensé que no me iría del club hasta el '82 y que entonces tenía tiempo de hacer realidad mi gran ilusión: la de salir campeón con Argentinos. Una ilusión que compartía con compañeros que se hicieron amigos y a los que quiero mucho. Les juro que el jueves pasado, cuando el Negro (Carlos Antonio Carrizo) y el Tabita (Daniel Norberto García) vinieron a mi pieza y se pusieron a Dorar, a mí se me partía el alma. "¡Se hizo, Diego, se hizo! Te vas a Boca...", me decía el Tabita y se le llenaban los ojos de lágrimas. Entonces comprendí que por más dinero que me dieran nunca sería capaz de enfrentarlos en una cancha. Jamás podría jugar contra ellos. Y ésa será una condición indispensable a la que no pienso renunciar cuando llegue el momento de firmar el contrato con Boca. Por ellos, por la gente que siempre me quiso, me duele irme del club y siento una especie de decepción al comprobar que los dirigentes no supieron cumplir con la promesa de retenerme hasta el '82.

Diego en acción. En el suelo el húngaro Caraba. Detrás, más rivales. Es el fin del número 10 en el club que lo vio crecer. Fue el sábado 14, en Mar del Plata.

Diego en acción. En el suelo el húngaro Caraba. Detrás, más rivales. Es el fin del número 10 en el club que lo vio crecer. Fue el sábado 14, en Mar del Plata.

 

Nunca olvidaré mis comienzos

No sé, a veces me parece que lo mío fue distinto a lo de los demás pibes. Yo sé que todos o la mayoría cuando entran a un club sueñan con llegar a jugar en primera, imaginan la tarde del debut. Yo nunca pensé en eso. Con los "Cebollitas" nos divertíamos y cuando nos ficharon en las inferiores de Argentinos Juniors para nosotros seguía siendo todo igual. Tal vez había más formalidad, más seriedad, pero todos jugábamos porque eso nos alegraba y porque nos sentíamos compañe-ros adentro y afuera de la cancha. Qué sé yo, con Luis, con Osvaldo, el Chino, Oscar, Montaña, Hoyos, Pancho, Lucero, Polvorita, los Ferrero jugábamos en serio pero alegremente y lo único que nos importaba era eso: jugar. Pasarán muchos años. Puede que a mí me ocurran cosas buenas y malas pero ese equipo y esos amigos de la infancia estarán siempre en mi recuerdo. Tanto como los consejos de Francis o la ayuda de Yayo Trota —el padre de Pancho—, que era más bueno que el churrasco. Don Yayo nos llevaba a todos lados en un Rastrojero que había pintado con los colores de Argentinos Juniors. A Francis lo quiero mucho y para él será la última camiseta de Argentinos Juniors que vista. Es decir, la última no, porque esa quiero quedármela yo para poder regalársela a mis hijos, pero la penúltima seguro que será para él.

Todas estas cosas las pensaba la semana pasada, encerrado en la pieza del hotel, en Mar del Plata, mientras abajo me esperaban un montón de periodistas que querían saber qué pasaba con mi pase. Yo prefería quedarme encerrado, aferrado a estos recuerdos que pueden ser tristes porque ya pasaron pero que también son lindos porque linda fue toda esa etapa en que jugaba sin importarme si iba a llegar a jugar en primera división alguna vez. Ni yo ni mis compañeros pensábamos en eso. Nos bastaba con entrar juntos a la cancha, con divertirnos haciendo moños y túneles y con ganar, porque también a eso nos habíamos habituado: a ganar siempre. Y de pronto llegó el primer sacudón: me ascendieron de octava a quinta división. Eran otros compañeros, desconocidos para mí. Y recién entonces empecé a preocuparme por los movimientos tácticos. Cambiaron muchas cosas para mí, una de ellas, los resultados. Ya no ganábamos siempre, perdíamos con frecuencia y cuando eso se producía me sentía mal, muy mal porque añoraba a "Los Cebollitas".

 

Diego viste la camiseta de Argentinos, club que lo vio nacer.

Diego viste la camiseta de Argentinos, club que lo vio nacer.

 

Me acuerdo que en 1975 Tino Rey, que falleció pero entonces era el presidente de la Subcomisión de Fútbol Amateur, me dijo una vez: "Vos no querés ir a tercera", y no se equivocaba. Realmente lo que yo quería era volver a "mi equipo". Pero un día me citó y jugué en tercera dos partidos. Era otra cosa, no resistí y volví con los míos, a la séptima división. Vino un partido contra Vélez, me echaron y me dieron cinco partidos por la cabeza. Juan Carlos Montes era el técnico. ¡Casi me mata! Me dijo de todo. Según él ya estaba para la primera y por un capricho había jugado en la séptima y además me había hecho echar. Simplemente sentí la necesidad de volver a la alegría natural que sentía cuando jugaba al fútbol con mis amigos.

Asume el futuro, los colores de Boca, que le acercan sus amigos Carrizo. Pasculli y Tabita García.

Asume el futuro, los colores de Boca, que le acercan sus amigos Carrizo. Pasculli y Tabita García.

 

 

El día del debut

Y ahora me viene a la mente el día del debut en primera división. Fue en el Nacional de 1976, a mediados de octubre, si no me equivoco un miércoles 20... A las 10 de la mañana salí de mi casa vestido con un pantalón blanco, remera blanca, chaleco turquesa y zapatillas. Tenía que estar a las 12 en un restaurante de Jonte, entre Caracas y Bufano, para almorzar con los muchachos de la primera. Por las dudas, por miedo a llegar tarde salí con media hora de tiempo para caminar las siete cuadras de tierra que me llevaban a la estación Fiorito donde tomé el tren de las 10.32. Bajé en Puente Alsina y de allí me fui a La Partenal en el colectivo 44. Cominos y fuimos a la cancha. En el vestuario me cambié tranquilo. La mayoría no me dijo nada, pero Roma y el turco Hallar se acercaron para palmearme. El turco me dijo: "Si te toca entrar jugó tranquilo". Yo le hice caso y apenas entré en el segundo tiempo —con el número 16 en mi espalda—, perdíamos contra Talleres 1 a 0, le hice un caño al Chacho Cabrera, el que ahora está en San Lorenzo. Después metimos un tiro en el palo y Maino, que era el referí, no nos dio un penal que nos hubiera permitido empatar el partido.

Aunque estaba lejos de soñar siquiera lo que vendría después, ese día empezó a cambiar mi vida porque la gente de Argentinos me alquiló una casa para que viviera cerca del estadio. Entonces le dije chau a mi infancia, chau a Fiorito, al tren y al colectivo 44. Me fui a vivir a la calle Argerich, al lado de la casa de Claudia, que era una chiquilina como yo. Hoy somos novios...

El segundo partido en primera fue justamente en Mar del Plata, contra San Lorenzo. El primer tiempo terminó 0 a 0 y Enrico, que era el técnico, me ordenó en el intervalo: "Cámbiese que va a entrar por Giordano". Lucho no quería salir, se puso a llorar. Yo no era amigo de él, casi no lo conocía pero me acerqué, lo palmeé y le dije: "Seguí vos, yo no quiero entrar". Me oyó Enrico y todavía me parece estar escuchando sus palabras:

—¡Yo quiero que juegue usted!

Entré. Hice dos goles, Bartolo Alvarez tres más y ganamos 5 a 0.

 

Y ahora les tengo que decir chau

Sí, ahora le tengo que decir chau a  Argentinos Juniors y siento como un desgarramiento interior. Porque no pude salir campeón como quería, aunque me queda el consuelo de que nunca, por distintas causas, pude jugar en los partidos decisivos. Y porque no voy a poder compartir las horas que pasamos junto al Negro, al Taba, al Guaso (Domenech). Nos vamos a seguir viendo pero no será lo mismo. Aquí quedarán Miguel (Miguel Angel López), el profe (Carlos Kenny), Raúl Gismondi, el kinesiólogo. A Miguel Di Lorenzo, el utilero, me lo llevo a Boca... A ése sí que no lo dejo... y mil recuerdos que se agolpan y no puedo dominar. Por eso, por ahí dicen que voy a jugar un amistoso un tiempo para Argentinos Juniors y otro tiempo para Boca. Yo digo que no, que lo voy a jugar pero con la camiseta de Argentinos los 90 minutos. ¡Y no voy a aflojar en eso!

Me voy de Argentinos. Y cuando uno se va dice chau. Pero yo sé que un día volveré. Volveré. Se los prometo.

 

La transferencia de Diego a Boca es un hecho.

La transferencia de Diego a Boca es un hecho.

 

 

Y entrar en mi nueva casa

De Boca quiero contarles mis sueños. Soñé compartir una habitación con Carlitos Randazzo, conversar con Pernía, conocer La Candela. Me imagino el día del debut. Esa hinchada sensacional que conocí de pibe cuando mi viejo, que es un hincha fanático, me llevaba a la tribuna y que comprendí cuánta grandeza tenía el día que con Argentinos yo le hice cuatro goles en la cancha de Vélez. ¡Le hice cuatro goles a Boca y su hinchada me ovacionó!

De aquellos días en que iba de la mano de mi viejo me quedan la imagen del Pocho Pianetti, de Angelito Rojas, para mí lo más grande que tuvo Boca, del Piqui Ferrero que una vez, cuando yo era un pibe que entregaba las pelotas que se iban afuera me dijo en la cancha de Atlanta:

—Dame la pelota, vago. Eso me dijo. Nunca lo olvidé. De Nicolau, de Rogel, del Conejo Tarantini. A Silvio no recuerdo haberlo visto jugar en la cancha. Sí, en cambio, en películas. Por ejemplo, en aquel partido en el Monumental, que Boca le ganó a River 4 a 0 y Silvio, como capitán, se comió la tarjeta amarilla porque sus compañeros festejaban los goles fuera de la cancha para estar más cerca de la tribuna.

De los muchachos de ahora conozco a varios. Con Carlitos (Randazzo) nos encontramos a veces en el mismo lugar tomando un café. Roberto (Mouzo) me parece un tipo bárbaro. Igual que Pancho (Sá), Brindisi. Con Perotti hicimos juntos una gira con la Selección. Pancho es de Goya, una ciudad que está en Corrientes, a 100 kilómetros de Esquina, donde nació mi mamá...

 

Ya con la azul y oro. Comienza el ciclo de Maradona en Boca.

Ya con la azul y oro. Comienza el ciclo de Maradona en Boca.

 

Todas estas cosas pasan por mi mente como las escenas de una película que todavía no tiene argumento porque el libreto lo tendré que escribir yo. A partir del momento en que pise La Candela o La Bombonera y les diga ¡Hola! a Pancho, a Carlitos, a Pernía... a todos los muchachos, comienza para mí una nueva etapa. Creo comprender todo lo que la hinchada espera de mí. Quiero que sepan que a partir del momento en que me ponga su camiseta daré de mí todo lo que tenga para que lo que ellos esperan yo lo pueda concretar.

No quiero prometer nada. Más todavía, les pido que me comprendan. A los hinchas de Argentinos y a los de Boca les entrego mi corazón y les digo:

—¡Chau, Argentinos! ¡Hola, Boca!

 

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