¡Habla memoria!

1997. Vida, obra y milagros de un Matador

Por Redacción EG · 18 de julio de 2019

Salas fue disputado por Boca y River, finalmente eligió la vereda de Núñez, donde terminó siendo amado por los hinchas a base de goles y títulos, un repaso por su vida.

Qué historia la del cabro humilde de Temuco, la ciudad capital de la Araucanía chilena! José Marcelo Salas Melinao nació allí, 650 kilómetros al Sur de Santiago, en la Nochebuena de 1974. Eran tiempos duros en la Chile cruzada por la hora de los sables, pero la alegría por la llegada del primogénito hizo lagrimear a don Rosenberg y a doña Alicia –la mamá, de ascendencia indígena, más precisamente mapuche–, quienes después completarían la familia con el nacimiento de Claudia, la única hermana del astro.

Posando en la Plaza de Armas de Temuco, su ciudad, con su papá Rosenberg y una india mapuche.

Posando en la Plaza de Armas de Temuco, su ciudad, con su papá Rosenberg y una india mapuche.

 

Don Rosenberg no lanzó frases demasiado originales, como buen papá primerizo que se precie: “¡Linda guagua, ojalá que sea bueno para la pelota y que venga con una marraqueta bajo el brazo!” La traducción del chilenismo es casi obvia: en el hogar de los Salas no faltaba nada, pero el pan era una lucha diaria para el jefe del clan, quien solía estar sentado doce horas en el asiento delantero de un taxi.

La Universidad de Chile, un grande histórico del fútbol trasandino, ya llevaba por entonces un lustro sin títulos y ninguno de sus hinchas habrá siquiera imaginado cómo se atarían los inasibles nudos del destino. Se hubieran desmayado de la bronca, de haber sabido que ese 24 de diciembre, en un pesebre Temuco, respiraba sus primeros aires de vida el muchacho que los liberaría de las frustraciones y les haría dar la vuelta olímpica, de la mano de sus increíbles golazos, ¡veinte años después!

El mundo es un pañuelo pequeño, extraño y circular. Salitas sí que tiene un par de anécdotas para demostrar que su sangre de cruza tiene aguante y lo hizo inmune al dolor de los rechazos.

Lo despreciaron en Colo Colo; el club más popular de esta República extendida a lo largo de una delgada franja de 5.000 kilómetros, entre la cordillera de los Andes y el océano Pacífico; y fue estrella fulgurante y doble campeón –tras 25 años de ayuno– en la también ultra convocante Universidad de Chile.

En el Palacio de la Moneda, con el ex presidente de Chile, Eduardo Frei.

En el Palacio de la Moneda, con el ex presidente de Chile, Eduardo Frei.

 

Pero no fue ése el último desprecio que debió sufrir el Chamelo, como lo llamaban, por causas indescifrables, en su gélida y lluviosa Madre Tierra. En agosto de 1996, quisieron tomarle una prueba en Boca Juniors, disfrazada de insólito préstamo por seis meses.

El doctor Carlos Salvador Bilardo no creyó en sus aptitudes, a pesar de la enfática recomendación de un hombre de su propio riñón pincharrata, el correcto y atildado Miguel Angel Russo, quien era el técnico de Salas en la U y que abandonó su tradicional mesura para alabar al futbolista que hoy asombra a la Argentina futbolera: “¡Lléveselo, Carlos, no dude ni un minuto. Es un goleador que va a hacer época!”

Pero el Narigón prefirió pelar el book de los lugares comunes en el Capítulo 9, Acápite 5, Inciso Extranjería: “¡Hummmmmmm! ¿Cuándo un chileno ha triunfado en la Argentina? El Sapo Livingstone en la década del ‘40, jugó bien en Racing pero duró sólo un año. Basay pasó por Boca como un lirio. ¡Hummmmmmm! Que venga, pero a prueba. Seis meses para ver qué pasa...”

 

En La Bombonera, cuando estuvo a un paso de ser de Boca.

En La Bombonera, cuando estuvo a un paso de ser de Boca.

 

El que no dudó fue ese dirigente de raza llamado Alfredo Angel Davicce, cuando el inquieto empresario Carlos Gustavo Mascardi –a quien nadie podrá negarle buen ojo y audacia para pagar 2.700.000 dólares de su bolsillo y quedarse con los derechos federativos del muchacho de la película– le ofreció su concurso. River Plate puso arriba de la mesa 3.500.000 pesos y se llevó al Matador.

Fue un movimiento certero, preciso, destinado a ser un hecho traumático en el historial del ingeniero Mauricio Macri –porque Bilardo se fue con su olfato futbolístico a otra parte, pero él se quedó intentando explicar lo inexplicable, una fuga de tortuga de aquéllas...– y una nueva medalla que Davicce podrá colgarse en el pecho por largo tiempo.

 

Idolo de la U

Empezó en Temuco, quedó dicho. Desde muy pequeño empezó a destacarse. La rompía como volante creativo en el club Santos, donde le echó el ojo un señor llamado Hernán Luna, quien era empleado de la compañía de buses Lit, propiedad de Humberto Lira, un dirigente de la Universidad de Chile.

Don Luna pasó el dato y don Lira le creyó. Y así llegó José Marcelo a Santiago, con un magro bolsito a cuestas, reiterando el thriller de todo chico modesto del Interior, que quiere hacerse un nombre en la gran ciudad. Salas no necesitó de esperas o de largas antesalas para revelarse como un verdadero genio goleador.

Entrando a la cancha por la U, junto a Sergio Vargas y Leo Rodríguez.

Entrando a la cancha por la U, junto a Sergio Vargas y Leo Rodríguez.

 

Se incorporó inmediatamente a la primera infantil de la U. Era marzo de 1991, tenía 16 años. Debutó oficialmente en esa categoría contra Melipilla y marcó la S de Salas dos veces: un par de conquistas que lo elevaron inmediatamente a la Selección Nacional Chilena Sub–17, que se preparaba para el Sudamericano a jugarse enseguida en Asunción del Paraguay.

Leonardo “Pollo” Véliz, el entrenador de aquel conjunto, lo llevó como un tapado, que terminó transformado en una de las revelaciones del certamen, junto, entre otros, a su compatriota Clarence Acuña y los argentinos Gustavo Lombardi, Claudio Husain, Rodolfo Arruabarrena, Norberto Alonso hijo, Juan Sebastián Verón, Matute Morales y Marcelo Daniel Gallardo.

Tanto la Selección Nacional, dirigida por Reinaldo Carlos Merlo, como la de Chile, pasaron a la ronda final. Pero mientras los nuestros se clasificaron para el Mundial de Italia –fueron terceros en el Sudamericano, detrás de Brasil y Uruguay–, Chile se quedó en la puerta siendo cuarto. Fue el primer golpe duro para Salas, quien, al regreso, comenzó a sentir, después del relumbrón inicial, lo crudo de la partida del terruño.

Pero nunca soltó una mísera lágrima. La dureza de carácter es toda una marca hereditaria. Baste un dato para pintar a la indómita raza materna: los españoles –y más tarde los chilenos, ya independientes– debieron guerrear 400 años con los mapuches para conseguir colonizar el país, desde Temuco al Sur, hasta la isla Chiloé.

José Marcelo se hizo fuerte en la adversidad. Le llevó dos años y medio asomar la cabeza en la Primera División pero, cuando lo hizo, sencillamente mató. En un país dividido mayoritariamente en dos pasiones –el Colo y la U– tirar a un chico provinciano de 19 años a la cancha, equivale poco menos que a arrojar un cristiano a las fieras.

Pero Salas nació para destrozar los moldes. No se le movió un pelo al entrar a la cancha del estadio Nacional. Tenía el recorrido de apenas un par de partidos en Primera como aval, pero igual extendió su tarjeta de presentación. Definió el superclásico con tres golazos, que vulneraron al arquero argentino José Daniel Morón para poner un 4–1 impensado. Fue el 10 de abril de 1994, apenas ayer...

 

Nace el Matador

Muchos pensaron en una casualidad, pero el cabro sureño poco tardaría en demostrar que se trataba de una joya, agreste como su origen. El 15 de mayo de 1994 volvieron a enfrentarse Colo Colo y la U. Cambió el arquero albo y también la víctima. Esa vez le tocó a Marcelo Ramírez, actual arquero de la Selección Chilena, tener que ir a buscar dos veces la pelota al fondo de su arco. Lo obligó Salas, obvio. Ganó otra vez la U y la gente ya deliraba con el nuevo ídolo.

Ese nuevo par de conquistas le valieron el mote de Matador. Así lo bautizó la barra “Los de Abajo”, el sector más radicalizado de la hinchada de la U, inspirada en el éxito discográfico de aquel momento, el tema impuesto en todo el Cono Sur por los Fabulosos Cadillacs.

Si faltaba una prueba de que se trataba de un ser distinto, tocado por la varita mágica de algún hada radicada en este confín planetario, la dio el 18 de mayo de 1994, apenas tres días después de su nueva hazaña. Jugaron, ante un estadio Nacional abarrotado hasta la bandera, Argentina, que se preparaba para su participación en el Mundial de USA ‘94, y Chile.

 

En su selección disputó 71 partidos y convirtió 37 goles.

En su selección disputó 71 partidos y convirtió 37 goles.

 

 

Enfrentando a la dura selección Colombia.

Enfrentando a la dura selección Colombia.

 

Diego Armando Maradona fue uno de los ejes convocantes de la inolvidable noche al pie de los Andes. El otro fue el Matador, quien estrenó apodo, debutando, con la casaca roja sobre el pecho, a lo maestro. La primera pelota que tocó como internacional, la mandó a guardar. Un fenómeno con todas las letras.

Batió a Luis Alberto Islas y puso el transitorio 3–2 a favor de Chile (el juego finalizó 3-3), ganándose el insigne título de profeta en su tierra. Ese 1994 resultó su año de despegue. Fue la figura y el goleador de la U campeona, tras 25 años de infructuosa espera.

Querían levantarle imaginarios monumentos en cada esquina, tal su inmensa idolatría. Era algo así como será, un día de éstos en la Argentina, el crack que pueda llevar de la mano al Racing Club a una nueva y postergada vuelta olímpica. Todos hablaban de él y lo llenaban de loas...

* Sergio Livingstone, legendario arquero ayer y legendario periodista hoy: “Este niño es espléndido. Fue bueno al tiro, no hubo que esperarlo nada. Nunca pasó por el estadío de la promesa. Pasó del desconocimiento de su existencia a gran figura, sin escalas intermedias”.

* Héctor Vega Onesime, ex director de EL GRAFICO, respetada opinión de Radio Agricultura y el Canal Megavisión: “Salas demostró ser un gran jugador y un gran goleador, doble condición que tienen sólo contados futbolistas en el mundo”.

* Sergio Bernabé Vargas, arquero argentino que fue su compañero durante tres años en la U: “Extraordinario. Siempre hacía el 1–0, el 1–1 ó el 2–1. Nació para ser decisivo en los momentos en los que más se lo precisa...”

* Eduardo Frei Ruiz–Tagle, presidente de la República de Chile y gran admirador desde su reconocido fanatismo por la Universidad de Chile: “Es un ejemplo para la juventud de nuestro país. La fama no lo mareó. La tomó con una naturalidad admirable”.

Tras tocar el cielo con las manos, se pegó el habitual par de porrazos al que están expuestos todas las estrellas emergentes. Fracasó en la Copa América de Uruguay ‘95 (inmerso en la mediocridad en la que estaba atrapada aquella Selección de Xabier Azkargorta, que perdió 4–0 contra Argentina en Paysandú), y bajó el rendimiento en su equipo.

Pero lo levantó cuando más hacía falta, como bien lo afirmó Superman Vargas. En el tramo final del Torneo Nacional, fue vital con sus goles –uno a Colo Colo, su cliente preferido– para que la U enhebrara el bicampeonato 1994/95.

Sus tiempos empezaron a acelerarse. Se vinculó con el empresario Carlos Gustavo Mascardi –a quien deslumbró cuando al agente negoció al club azul el pase de Leo Rodríguez, el hombre que más y mejor lo supo explotar–; le puso fecha de matrimonio a su apasionado noviazgo con la bellísima Carolina Messen –sobrina del Keko, jugador de Colo Colo que enfrentara a Independiente en la final de la Copa Libertadores de América de 1973, con la que se casó en enero de 1997–, e irrumpió con luz propia en el gran escenario sudamericano, siendo figura clave de la Universidad de Chile, eliminada por River Plate, recién en las semifinales de la Copa Libertadores del ‘96.

 

El destino dice River

Estaba a punto para dar el gran salto. Era su momento y lo supo aprovechar. Russo se lo recomendó a Bilardo. El doctor le creyó a uno de sus discípulos preferidos. Pero hasta ahí nomás...

Al tiempo que incorporaba a quince futbolistas que no demostraron nada, se puso excesivamente exigente con este chilenito callado y receloso, quien se negó tajantemente a la posibilidad de un préstamo por seis meses, con un inconfundible tufillo a prueba.

Salitas abrió la boca y le dijo a Mascardi: “Tengo una fe ciega en mis condiciones. Yo no voy a préstamo a ningún lado. O se hace definitivo, o me tomo el primer avión a Chile, que en mi país estoy muy bien”. Y cumplió la amenaza, se lo tomó nomás. Pero tuvo que volver a Buenos Aires a la semana.

 

Llegó a River en su época más gloriosa de la década del 90.

Llegó a River en su época más gloriosa de la década del 90.

 

River Plate compró su pase y se inició un tiempo nuevo. El de su explosión a nivel universal; el de los goles decisivos para el logro del Apertura ‘96, y vitales para continuar con la ilusión en el Clausura ‘97; el del impresionante cartelito que le colgaron como rutilante cotización: 20.000.000 de dólares.

Así se escribe la historia. Con los grandes aciertos y con los grandes errores. El Matador Salas se mantiene indiferente. Es un profesional serio, cumplidor, intachable. Hubiera goleado para Boca como golea para River. A él no se le puede hacer ningún cargo.

Es como si dijera, desde esta tierra suya que le rinde permanentes tributos de admiración, y lo pone en un pie de igualdad con la idolatría que despierta el gran Iván Luis Zamorano: “Y bueno, si no me tuvieron fe, ¿qué culpa tengo yo?”

José Marcelo Salas Melinao, el chileno que la rompe en la Argentina. El talento nunca tuvo ni tendrá fronteras.

Se ganó el cariño de los hinchas riverplatenses por goles como este en la final de la Supercopa 1997, la cual levantó el conjunto dirigido por Ramón Díaz.

Se ganó el cariño de los hinchas riverplatenses por goles como este en la final de la Supercopa 1997, la cual levantó el conjunto dirigido por Ramón Díaz.

 

 

River no se chupa el dedo

Telegramas desde Núñez, mientras se palpita con ilusión el posible alumbramiento de un nuevo campeonato en el fútbol argentino, el Nº 26 de la era profesional.

Primero: Alfredo Dávicce le bajó los humos a Ramón Díaz. ¿Por qué? Porque existía un acuerdo para no hablar de refuerzos hasta finalizar el Clausura. Un acuerdo solicitado por el mismo técnico.

“No hay que desconcentrar a los muchachos que están peleando un título”, coincidieron. Pero al Pelado lo invadió la impaciencia. Vio cómo se le escapó por segunda vez en un año Iván Gabrich. Y casi se cae de espaldas cuando se enteró del viaje de Ariel López (primero en su lista de preferencias) a España. El jueves no aguantó más y descargó su bronca ante la prensa: “Estoy mal, muy mal, fastidioso, acá no se hicieron las negociaciones necesarias”. “¡Ramón, no hablés más, callate la boca”, le exigió don Alfredo horas después. “No sé, este contrato no me convence”, les comentaba mientras tanto el Chupa a los dirigentes del Racing de Santander. “¡Volvete, que lo de River va en serio!”, le comunicaba vía telefónica Gustavo Mascardi a su representado.

¿Se puede hacer? River se estira hasta 2 millones de dólares por el 50 % del pase. A Lanús le interesa porque conservaría el restante 50 % para una futura transferencia. Podrían ingresar Medina Bello o Pena en la negociación. Se define esta semana.

Segundo: los dirigentes siguen con la idea de comprar un arquero. No se vuelven locos porque poseen un dato alentador: Burgos estará en Francia ‘98 (y en Núñez tienen buenos contactos). Pero siguen soñando con Oscar Córdoba, el colombiano. Tercero: si River conquista el Clausura, Ramón Díaz apostará todas sus fichas a la Supercopa y disputará el torneo local con pibes y habituales suplentes. Quiere ganar todo lo que no ganaron sus antecesores. Para diferenciarse bien del resto, ¿vio?

 

DIEGO BORINSKY

 

 

Por ALFREDO ALEGRE

Fotos: “DON BALON”, “LA TERCERA” y

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