El último Messi: los ofrendas finales del alegórico genio de la Selección
Chispazos del mejor futbolista del siglo, la razón para asistir a un estadio colmado de privilegiados. Disfrutar del regalo a través de una pantalla; el final que parece no tener final.

Miles de personas empiezan a agolparse. Los controles de la calle Udaondo, con rumbo al estadio Monumental, no dan abasto para darles tránsito a todos los hinchas que se dirigen a ocupar un espacio en el recinto.
Si el cronista tuviera una mirada cenital de la situación los imaginaría como innumerables hormigas cuyo combustible, vaya paradoja, parece no agotarse: el alimento es la gratitud.
Los medios del mundo contarán que la marea de hinchas habrá asistido al estadio de River para disfrutar de la Selección Argentina, la de las alegrías interminables, la de las dos conquistas de América y la de la indeleble proeza en las tierras petroleras de Doha.
En líneas generales acaso las crónicas no estén muy lejos de la realidad. En el fondo, sin embargo, se trata de materializar uno de los atributos más sensibles que ofrece -no siempre, hay que decirlo- la humanidad: la capacidad de agradecer, esa que no se compra ni es un bien que pueda comercializarse. Excede las regalías del mercado, porque representa mucho más.
Los símbolos no son mercantilizables. La gente, en definitiva, habrá asistido a la cancha de River, habrá colmado las 86 mil localidades, para agradecerle a un hombre acostumbrado a personificar los sueños: Lionel Messi.
"Que de la mano de Lionel Messi toda la vuelta vamos a dar", se oye desde las tribunas del Monumental. El partido no empezó y la gente ya agradece. Porque no se trata de fútbol, se trata de sueños, de momentos, de alegrías. Ya habrá tiempo para las penurias. Porque las hubo, las hay y las habrá. Ahora el reloj se detendrá durante poco más de dos horas: no importarán ni el resultado, ni el desarrollo, ni el rival.
Transcurren quince minutos. El capitán lanza una entrega entre líneas. Recibe Tagliafico. La pelota se pierde en el córner. La gente grita. Messi, Messi. Ni siquiera interesa lo que sucede. El punto es, justamente, que sucede. Los privilegiados, que parecen muchos por los miles pero en realidad son pocos -porque el mundo entero querría estar, pertenecer, disfrutar-, sólo quieren recibir un regalo más.
Pasaron 23 minutos. Todo Núñez escucha el grito: recupera Lautaro y convierte Messi. Es más que un gol: es un momento. Es un instante. El mundo corre cada vez más veloz. Varios de los presentes, por no decir la mayoría, ni siquiera lo viven. Prefieren atesorar ese pequeño santiamén para revivir lo que no habrán vivido: no ven el gol de Messi sino la pantalla que graba el gol de Messi.
La mayor porción que toma los teléfonos celulares para interponerlos entre su mirada y el campo de juego está compuesta por hinchas comunes, aunque los hay de otro rubro: son periodistas, están en el estadio para contar lo que ocurre, para aportar una mirada diferente. ¿Cómo cuentan lo que prefieren ver a través de una pantalla? Como sea: cada ofrenda de Messi quedará guardada en el bolsillo.
Son los obsequios finales de una alegoría. Porque Messi, el símbolo de esta generación, aunque a veces no parezca, algún día se terminará. Todo tiene un origen y tiene un final. Incluso Messi. El epílogo está cerca, se dice en el ambiente. Los hinchas, por eso, lo atraviesan de ese modo: cómo pensar en un después si el genio tiene 37 años. Cuánto más. Quiero estar. Quiero vivirlo. Quiero grabarlo para revivirlo. Hoy, sin embargo, no parece que vaya a terminarse.
Lionel Scaloni aporta un plus a la ofrenda: utiliza el tridente de ataque por primera vez desde el arranque. Messi está, arriba, con dos amigos: Lautaro Martínez y Julián Álvarez. Ellos también convierten. La gente, eufórica, también les agradece. Los tres se funden en un ariete imparable para la defensa de Bolivia. Argentina se florea. Messi, con sus destellos, con su esplendor, exhibe pasajes de su versión prime. El reloj está acorralado.
Cada vez que Messi juega en territorio nacional provoca estupor. Las ocasiones son cada vez más esporádicas y el genio, aunque no lo muestre, aunque a veces lo disimule, se consume. La celeridad de su cerebro, los chispazos colmados de magia, son inextinguibles. No hay final en el universo del talento. Sí lo hay, por cierto, en el envase. La lesión del ligamento del tobillo que sufriera en la última final de la Copa América abrió los ojos de muchos: el genio se termina. No ahora, no mañana, pero se termina. Hoy, no obstante, ni el envase parece que fuera a caducar.
Las personas se agolpan. Toman varios dispositivos a la vez para conseguir un ticket. No es para menos: Messi vuelve a jugar en la Argentina después de 333 días. La ocasión más reciente fue contra Ecuador, el día que cumplió el sueño de los niños tras la conquista de Qatar, en el inicio del camino a una nueva Copa del Mundo a la que no sabrá si podrá llegar. Ya no hay un sendero a largo plazo; la vida se consume jornada a jornada. Disfrutar de Messi. Atesorar a Messi.
"Que de la mano de Lionel Messi toda la vuelta vamos a dar", vuelve a entonarse. La melodía ensordece. Tres goles de Messi. Tres ofrendas. Los teléfonos celulares no volverán a ocupar los bolsillos: todo el mundo quiere almacenar aquellos instantes de magia. ¿Cuándo será el último? Nadie sabe. Hoy, por estas horas, por el contrario, habrá que alimentar la incredulidad: Messi ofrece sus últimos regalos, pero el reloj está a sus pies. El último Messi llegará. Pero hoy el tiempo, una vez más, volvió a perder con el mejor.
Imagen de portada: AFP




































