Las Entrevistas de El Gráfico

A solas con Di Stéfano

Por Redacción EG · 26 de noviembre de 2019

Don Alfredo recibe a El Gráfico, en Madrid, donde supo ser héroe de todos los tiempos del Real. Repasa todos los temas, inclusive responde si le gustaría ver a Messi en el Merengue.

–Ho­la, Al­fre­do, soy Die­go Bo­rinsky, lo lla­mé ha­ce unos días de Bue­nos Ai­res.

–Sí.

–Bue­no, ya es­toy en Ma­drid.

– Es­tá bien, ¿qué quie­re que ha­ga?

–Na­da, com­bi­nar la no­ta. ¿Le pa­re­ce ma­ña­na?

–Es­tá bien, yo es­toy a las on­ce en el club, co­mo to­dos los días.

 

Di Stéfano haciendo historia en el Madrid.

Di Stéfano haciendo historia en el Madrid.

 

San­tia­go Ber­na­beu, co­mo buen pre­si­den­te que hi­zo his­to­ria en un club, tie­ne es­ta­ción de me­tro en Ma­drid, ca­lle a dos cua­dras del es­ta­dio y, por su­pues­to, es­ta­dio pa­ra dar­le sen­ti­do al re­co­rri­do que se ini­cia en el me­tro y se pro­lon­ga en la ca­lle que lle­va su nom­bre. Ob­vio.

Al­fre­do Di Sté­fa­no fue un fut­bo­lis­ta que hi­zo his­to­ria y se sa­be que, con suer­te, a los fut­bo­lis­tas –aún los que han he­cho his­to­ria– les des­ti­nan si­tios me­nos tras­cen­den­tes pa­ra bau­tis­mos, co­mo un ves­tua­rio, al­gu­na sa­la, qui­zás un po­li­de­por­ti­vo o una tri­bu­na (no va­ya a ser co­sa de dar­le un es­ta­dio en­te­ro).

Al­fre­do Di Sté­fa­no es tan gran­de, sin em­bar­go, que lo­gró –mal que le pe­se a él mis­mo– di­fe­ren­ciar­se del res­to de sus co­le­gas, a tal pun­to que ya tie­ne es­ta­dio con nom­bre pro­pio en la ciu­dad de­por­ti­va del Real Ma­drid, don­de com­pi­te el Real Cas­ti­lla, se­gun­do equi­po del Ma­drid; tam­bién es­ta­tua de dos me­tros de al­tu­ra que da la bien­ve­ni­da al pre­dio; avión en el que se des­pla­za el pri­mer equi­po (al fin de cuen­tas, La Sae­ta fue fac­tor prin­ci­pal en el des­pe­gue del Ma­drid en la his­to­ria) y qui­zás den­tro de po­co, se­gún ma­ni­fes­tó Ra­món Cal­de­rón, pre­si­den­te ac­tual del club más ri­co del mun­do, apa­rez­ca su ima­gen, ti­po efi­gie, en el es­cu­do del club. Esa es su in­ten­ción, al me­nos.

Es­te 17 de fe­bre­ro, Don Al­fre­do re­ci­bió un ho­me­na­je mun­dial del fút­bol. Por un la­do, la UE­FA y la FI­FA, con Blat­ter, Pla­ti­ni a la ca­be­za, lo dis­tin­guie­ron co­mo “pre­si­den­te UE­FA”, car­go que se le su­ma al de pre­si­den­te ho­no­ra­rio del Real Ma­drid. Más tar­de el club le rin­dió tri­bu­to des­cu­brien­do la im­pac­tan­te es­ta­tua de dos me­tros de su mí­ti­co sal­to tras un gol al Va­sas, de Hun­gría, por la Co­pa de Cam­peo­nes. Mar­ca y As, los dos dia­rios de­por­ti­vos de la ciudad, lo pu­sie­ron a Al­fre­do en sus por­ta­das sá­ba­do, do­min­go y lu­nes, con ofer­ta de su­ple­men­tos es­pe­cia­les de su vi­da y obra. La dis­te­fa­ni­tis im­preg­nó to­dos los rin­co­nes del país y el eco im­pac­tó en to­do el mun­do. Aquí, se lo con­si­de­ra el Nú­me­ro 1 ca­si sin ex­cep­ción. Lo sin­te­ti­za muy bien San­tia­go Se­gu­ro­la, una de las plu­mas más des­ta­ca­das de la pren­sa es­pa­ño­la, con un par de con­cep­tos: “Un mo­men­to de­fi­ne la re­vo­lu­ción en el fút­bol: la rup­tu­ra de los cor­sés que li­mi­ta­ban su es­pon­ta­nei­dad y di­na­mis­mo (...) Eu­ro­pa se rin­dió an­te el ju­ga­dor que sa­có al fút­bol de la fo­to fi­ja y lo trans­for­mó en ci­ne­mas­co­pe. En rea­li­dad, Di Sté­fa­no de­jó pa­ra los su­ce­si­vos as­tros, de Pe­lé a Ma­ra­do­na, la dis­cu­sión so­bre cues­tio­nes re­la­ti­va­men­te me­no­res co­mo la des­tre­za. Pe­ro lo grue­so de la re­vo­lu­ción per­te­ne­cía a Di Sté­fa­no. Eso es lo que cuen­ta”.

Dos días an­tes del ho­me­na­je, el vier­nes 15, in­mer­so en la coc­te­le­ra de sen­sa­cio­nes a la que fue so­me­ti­do sin pie­dad, re­ci­bió en ex­clu­si­va a El Grá­fi­co, co­mo ha­bía pro­me­ti­do. Y pu­di­mos dar cuen­ta, en­tre otras co­sas, de su es­ta­tu­ra de per­so­na­je sin­gu­lar, de ejem­plar úni­co. Y no por sus con­di­cio­nes fut­bo­le­ras.

En el des­pa­cho de la Aso­cia­ción de ex fut­bo­lis­tas del Ma­drid que el mis­mo Don Al­fre­do pre­si­de y que tie­ne su se­de en el Ber­na­beu, hay una boi­na apo­ya­da so­bre una si­lla y un bas­tón en­gan­cha­do en­tre dos mue­bles. Las dos son sus com­pa­ñe­ras in­se­pa­ra­bles de ru­ta.

Va pa­ra 82 años Don Al­fre­do –aquí, en Es­pa­ña, no se lo lla­ma de otro mo­do– y bas­ta pa­rar un po­co la ore­ja en la an­te­sa­la del des­pa­cho, pa­ra com­pro­bar que Di Sté­fa­no no es una sim­ple fi­gu­ri­ta de­co­ra­ti­va pa­ra las fo­tos de los anun­cios ofi­cia­les del club. El hom­bre ejer­ce su car­go en se­rio: va, vie­ne, da ór­de­nes, fir­ma fo­tos, or­ga­ni­za, dis­cu­te. Pien­sa, so­bre to­do, por­que es­tá muy lú­ci­do.

–¿Có­mo se pre­pa­ra pa­ra el ho­me­na­je, Al­fre­do?

–Lo agra­dez­co mu­chí­si­mo pe­ro es in­me­re­ci­do, va­mos. Me dan ver­güen­za es­tas co­sas, me abru­man. No me­rez­co tan­to, no soy pa­la­dín de na­da, siem­pre he di­cho que soy co­lec­ti­vo y no in­di­vi­dual. Re­ci­bo el ho­me­na­je con ca­ri­ño y en­tu­sias­mo y se lo de­di­co a to­dos mis com­pa­ñe­ros.

 

Una charla de genios con Diego.

Una charla de genios con Diego.

 

–Se co­men­tó que ha­bía ve­ta­do a Ma­ra­do­na y Pe­lé pa­ra el fes­te­jo.

–¡No me ha­blés más de eso que ten­go un lío del ca­ra­jo! (Don Al­fre­do co­mien­za a le­van­tar­se de la si­lla, pa­sa del us­ted al vos, del es­pa­ñol al cas­te­lla­no, de Ma­drid a Ba­rra­cas sin es­ca­la, se agi­ta más de la cuen­ta, man­da un men­sa­je ro­tun­do de que si jo­ro­ba­mos con eso, se ter­mi­na la en­tre­vis­ta). ¿Có­mo se pue­de in­ven­tar eso? Me do­lió mu­cho, no he dor­mi­do na­da el otro día por es­te asun­to. Ma­ra­do­na es ami­go mío de to­da la vi­da. Que la gen­te se­pa que cuan­do mu­rió mi mu­jer, Die­go vi­no al ce­men­te­rio a acom­pa­ñar­me y eso no lo ol­vi­do.

–¿Le da pu­dor ir de ho­me­na­je en ho­me­na­je? Ha­ce un tiem­po fue nom­bra­do ciu­da­da­no ilus­tre de Bue­nos Ai­res.

–Eso se lo agra­dez­co mu­cho a Aní­bal Iba­rra. Cuan­do ate­rri­cé, vi los car­te­les con lu­ces en la au­to­pis­ta que me da­ban la bien­ve­ni­da y ahí no­más di­je: “La ma­dre que me pa­rió”. Si me lo avi­sa­ban an­tes, no iba, de la ver­güen­za no iba.

–¿Có­mo es su ru­ti­na ha­bi­tual?

–Al club ven­go to­dos los días, la in­ten­ción de nues­tra aso­cia­ción es ayu­dar a los ju­ga­do­res que es­tán mal, y a mu­chas de sus viu­das, si han muer­to sus ma­ri­dos. Co­bran un suel­do. To­da la gen­te que ha­ya par­ti­ci­pa­do en el Ma­drid y vie­ne, la ayu­da­mos. So­mos on­ce en la di­rec­ti­va de la aso­cia­ción, un equi­po en­te­ro.

–¡¿Le dan ga­nas de ve­nir to­dos los días?!

–Y sí, es mi dis­trac­ción. Tam­bién voy se­gui­do a los par­ti­dos del Ma­drid.

–¿Y có­mo vie­ne al club?

–En ta­xi, so­lo, bien, si ten­go el bas­tón.

–¿Des­de cuán­do lo usa?

–Dos años, pa­sa que es­toy un po­co jo­di­do de la co­lum­na. Mi­re, aho­ra ten­go la fa­ja (se le­van­ta el sué­ter y la mues­tra), es pa­ra sos­te­ner­me.

–Bas­tón sí, si­lla de rue­das...

–Y, si la ten­go que usar, la uso. No es­ca­ti­mo, si hay que usar un ca­rri­to eléc­tri­co, ha­ré una co­lec­ta y me com­pra­ré uno que me lle­ve so­lo.

–Lo que es­tá cla­ro es que no es­tá só­lo pa­ra las fo­tos, us­ted tra­ba­ja...

–¡Que no! (en­fá­ti­co), es­toy en el club, soy par­te de la ins­ti­tu­ción, co­mo son to­dos los mu­cha­chos, ca­da uno tie­ne su mi­sión acá, mi­re a los ve­te­ra­nos ahí sen­ta­dos, es­tán dis­cu­tien­do co­sas de no­so­tros. Con­tra el ta­ble­ro tie­ne to­dos los par­ti­dos de los ve­te­ra­nos, hay que or­ga­ni­zar esas co­sas, los via­jes.

–¿Los ju­ga­do­res ac­tua­les pa­san a ver­lo?

–Al­gu­nos pa­san, sí, Raúl, Ca­si­llas, Mi­chel Sal­ga­do...

–¿Vie­nen a char­lar con us­ted?

–Con­mi­go no, con to­dos (otra evi­den­cia más de que de­tes­ta ju­gar al “yo–yo”, no de­ja pa­sar una el hom­bre). Acá no soy yo so­lo, acá so­mos una ban­da.

–¿Le pi­den con­se­jos los nue­vos?

–No, no, ya no es­toy pa­ra con­se­jos.

–¿Le pre­gun­tan por sus vi­ven­cias?

–No, ba­ta­llas no les po­de­mos con­tar por­que se ca­gan de ri­sa.

–¿Qué co­sas?

–Ba­ta­llas, epi­so­dios, anéc­do­tas, ¿¡có­mo le vas a con­tar esas ba­ta­llas, con to­dos los pro­ble­mas que tie­nen!?

–¿Cuál es el elo­gio que más le lle­ga de la gen­te?

–Al­gu­nos te re­co­no­cen en la ca­lle, se pa­ran y ha­blan con­ti­go, eso es muy agra­da­ble. “Al­fre­do, yo lo vi ju­gar, es­to y lo otro”, me di­ce uno. O pa­sa una se­ño­ra y te di­ce: “¡Al­fre­do, qué gua­po es­tá!”. Y la se­ño­ra tie­ne 80 y yo 81, en­ton­ces le con­tes­to “¡pe­ro cuan­do te­nía 30 no me de­cía na­da!”. A los ni­ños que van al co­le­gio, los pa­dres los man­dan a pe­dir una in­sig­nia, y yo lle­vo siem­pre en el bol­si­llos in­sig­nias del club pa­ra re­par­tir.

–“Di Sté­fa­no pri­me­ro te la­dra y des­pués es en­tra­ña­ble”. ¿Ver­da­de­ro o fal­so?

–Men­ti­ra. La­dro cuan­do vie­nen a trai­ción, si me quie­ren ata­car. Ahí me re­be­lo.

–Yo lo lla­mé a su ca­sa pa­ra la no­ta y lo pri­me­ro que hi­zo fue la­drar...

–Se me­ten en mi ca­sa y ten­go que es­tar la­dran­do, por­que ¿quién le dio el te­lé­fo­no?

–So­mos pe­rio­dis­tas, Al­fre­do.

–No tie­ne na­da que ver, el la­drón tam­bién se me­te en la ca­sa y no di­ce na­da y es la­drón. (Se con­fir­ma la pre­sun­ción: Don Al­fre­do la­dra un po­co, gru­ñe, pe­ro es pu­ra cás­ca­ra, por­que ter­mi­na­rá en­tre­gán­do­se a la char­la una ho­ra con ge­ne­ro­si­dad y ca­li­dez).

 

Puro, cálidamente gruñón, entrañable. Un Di Stéfano auténtico.

Puro, cálidamente gruñón, entrañable. Un Di Stéfano auténtico.

 

–En­ton­ces us­ted no es de la­drar pri­me­ro...

–Que no, que no m'hi­jo.

–¿Si­gue sien­do ca­bu­le­ro? Leí que no le gus­ta ba­jar al cam­po de jue­go los mar­tes...

–Al es­ta­dio, con za­pa­tos de ca­lle, no. Si es un ac­to del club ofi­cial, una fo­to­gra­fía, ahí ha­go el sa­cri­fi­cio. Si no, no ba­jo nun­ca. Da ma­la suer­te eso.

–¿Ba­jar al cam­po?

–Sí, ba­jar con za­pa­tos. La can­cha es­tá pa­ra los que lle­van za­pa­tos de fút­bol, no es­tá pa­ra lle­var za­pa­tos nor­ma­les. Siem­pre pen­sé así: el cam­po de fút­bol, pa­ra los que jue­gan.

–¿Le gus­ta el fút­bol de hoy?

–Siem­pre me gus­ta el fút­bol. El de­por­te en ge­ne­ral siem­pre me gus­tó, atle­tis­mo, el bas­quet... Yo he si­do de­por­tis­ta de pe­que­ño, con el co­le­gio Na­cio­nal te­nía que ir a ha­cer cla­ses de gim­na­sia al la­do de Obras Sa­ni­ta­rias, en Gim­na­sia y Es­gri­ma, dos ve­ces por se­ma­na ha­cía­mos gim­na­sia, co­rría 100 me­tros, 800, de to­do....

–Aho­ra en­tien­do por qué se co­rría to­do en la can­cha...

–El bas­quet tam­bién ayu­da mu­cho pa­ra sal­tar. Y si ha­cés va­llas te­nés que coor­di­nar, el te­nis y el fron­tón eran bue­nos tam­bién, pe­ro ahí te­nés que ser me­di­do, por­que con el fre­na­zo se te pue­de jo­ro­bar la ro­di­lla, y las ro­di­llas son cla­ves.

–¿Qué es lo que más y lo que me­nos le gus­ta del fút­bol ac­tual?

–La ve­lo­ci­dad me gus­ta a mí (¿Y por qué le ha­brán pues­to Sae­ta?). En Ar­gen­ti­na, an­tes de­cían que los que eran rá­pi­dos eran tron­cos. Es al re­vés: a ma­yor ca­li­dad, ma­yor ve­lo­ci­dad.

–¿Us­ted po­dría ju­gar en es­te fút­bol?

–¡Có­mo no voy a ju­gar! Yo po­día ju­gar an­tes y aho­ra, igual que Va­ra­llo, que era go­lea­dor. Apro­ve­cho y le man­do un sa­lu­do des­de aquí a mi ami­go Va­ra­llo, siem­pre me acuer­do de él, yo lo veía de pi­be, aun­que él no me crea. Iba a ver los en­tre­na­mien­tos a la can­cha de Bo­ca, los miér­co­les a la tar­de. Te­no­rio, Va­ra­llo, Be­ní­tez Cá­ce­res, Che­rro y Cu­sat­ti, ca­si más se mue­re Va­ra­llo cuan­do le di­je de co­rri­do esa de­lan­te­ra de Bo­ca.

–¿Iba pa­ra mi­rar y apren­der?

–Mi abue­lo vi­vía a 30 me­tros de la can­cha, en­ton­ces iba a vi­si­tar­lo y des­pués me cru­za­ba a ver las prác­ti­cas.

–Pe­ro us­ted era hin­cha de Ri­ver.

–Mi pa­dre na­ció en la Bo­ca y era de Ri­ver, co­mo yo.

 

Don Alfredo con la banda roja.

Don Alfredo con la banda roja.

 

–Cuan­do us­ted di­ri­gió a Bo­ca en 1969, ¿su pa­dre no se lo re­cri­mi­nó?

–No, yo me sien­to ri­ver­pla­ten­se, pe­ro co­mo te­nía to­da la fa­mi­lia en la Bo­ca, soy me­dio bo­quen­se, y no le ten­go en­vi­dia, ni ce­los, ni odio, ni na­da, es un club ex­traor­di­na­rio.

–¿Sa­be que us­ted es el úni­co DT que sa­có cam­peón a Bo­ca y a Ri­ver?

–Pa­ra ana­les, no voy, no voy. (No le gus­ta, aun­que sea un frío da­to es­ta­dís­ti­co y no una exa­ge­ra­ción).

–Us­ted vio ju­gar a to­dos: Pe­lé, Cruyff, Bec­ken­bauer, Ma­ra­do­na, ¿quién fue el me­jor?

–Mu­ñoz, Mo­re­no, Pe­der­ne­ra, La­bru­na y Lous­tau. De ahí sa­cá el que quie­ras.

–¿Cuál de to­dos?

–Que eli­ja la gen­te. Yo di­go: Mu­ñoz, Mo­re­no, Pe­der­ne­ra, La­bru­na y Lous­tau, La Má­qui­na sí que ju­ga­ba de pu­ta ma­dre.

–¿Us­ted en qué lu­gar del po­dio se po­ne?

–De­trás de ellos, a mí no me van esas co­sas. El “yo–yo” no exis­te pa­ra mí.

 

Una apre­ta­da sin­te­sis de la vi­da de Di Sté­fa­no da cuen­ta que se ini­ció en las in­fe­rio­res de Ri­ver, que de­bu­tó en 1945, lue­go fue un año a prés­ta­mo a Hu­ra­cán, vol­vió a Ri­ver pa­ra ser cam­peón y go­lea­dor en 1947 y en 1949, cuan­do es­ta­lló la huel­ga en el fút­bol ar­gen­ti­no, se em­bar­có rum­bo a la li­ga pi­ra­ta de Co­lom­bia con otros cracks co­mo Pe­der­ne­ra y Pi­po Ros­si. Des­lum­bró en el “ba­llet azul” de Mi­llo­na­rios y en 1952, con mo­ti­vo de cum­plir­se el 50 ani­ver­sa­rio del Real Ma­drid, vi­si­tó Es­pa­ña con el con­jun­to co­lom­bia­no y bai­ló al aga­sa­ja­do por 4–2. San­tia­go Ber­na­beu, el pre­si­den­te que lue­go se­ría me­tro, ca­lle y es­ta­dio, que­dó asom­bra­do con el ru­bie­ci­to de 26 años que co­rría por to­do el cam­po y qui­so con­tra­tar­lo.

Y aquí co­mien­za una no­ve­la que sin du­das vi­no a cam­biar la his­to­ria del fút­bol. Ri­ver y Mi­llo­na­rios se ad­ju­di­ca­ban de­re­chos de per­te­nen­cia so­bre el ju­ga­dor. El Ma­drid ne­go­ció con Mi­llo­na­rios, y el Bar­ce­lo­na, que tam­bién lo que­ría, pac­tó con Ri­ver. La FI­FA res­pal­da­ba una pos­tu­ra; la Fe­de­ra­ción Es­pa­ño­la, la otra. Di Sté­fa­no se en­tre­nó unos me­ses con el Bar­ce­lo­na, pe­ro ja­más ju­gó un par­ti­do. Al fi­nal, una re­so­lu­ción de­ter­mi­nó que el hom­bre ju­ga­ría dos años por el Ma­drid y dos por el Bar­ce­lo­na. Los ca­ta­la­nes, dis­con­for­mes, re­nun­cia­ron a sus de­re­chos.

¿Que pa­só des­pués? Di Sté­fa­no de­bu­tó el 23 de sep­tiem­bre de 1953 con la ca­mi­se­ta me­ren­gue. En ese mo­men­to, el Ma­drid acu­mu­la­ba 20 años sin ga­nar la li­ga. No só­lo eso: has­ta 1953, el Bar­ce­lo­na su­ma­ba 6 li­gas, el Ath­le­tic de Bil­bao 5, el Atlé­ti­co de Ma­drid 4, el Va­len­cia 3 y el Real Ma­drid, 2. O sea: en tí­tu­los era el quin­to equi­po de Es­pa­ña. La Sae­ta mar­có un quie­bre to­tal de un ha­cha­zo: con­quis­tó las dos pri­me­ras li­gas que dis­pu­tó, des­pués otras seis más y 5 Co­pas de Cam­peo­nes de Eu­ro­pa. Con es­tos da­tos se pue­de com­pren­der aque­llo del avión apo­da­do “Sae­ta ru­bia”, de por qué fue fac­tor de­ci­si­vo en el des­pe­gue del Ma­drid.

–¿Es­tu­vo un tiem­po en Bar­ce­lo­na sin po­der en­tre­nar­se, no?

–No se arre­gla­ba el asun­to y en un mo­men­to la Fe­de­ra­ción me pro­hi­bió en­tre­nar en cual­quier cam­po fe­de­ra­do, po­día ha­cer­lo en la ca­lle si que­ría. Cuan­do se re­sol­vió, hi­ce la gran he­roi­ca, ahí sí que me doy cor­te. Sa­lí a la diez de la no­che de Bar­ce­lo­na, lle­gué a la es­ta­ción de Ato­cha a las 10 de la ma­ña­na, lle­vé a mi fa­mi­lia al ho­tel, me fui a ha­cer la re­vi­sión mé­di­ca, de ahí me lle­va­ron a co­mer y a las tres de la tar­de de­bu­té con­tra el Nancy de Fran­cia ¡Va­mos a ver quién ha­ce eso, hay que te­ner co­ra­je, eh! (¡Eso, por fin se per­mi­te una, Al­fre­do!).

–¿Qué hu­bie­ra pa­sa­do con su ca­rre­ra si ju­ga­ba en Bar­ce­lo­na?

–Yo qué sé, pien­so mu­chas ve­ces por qué no me to­ca la lo­te­ría, ¿quién pue­de sa­ber eso?

Una curiosidad: con la del Barcelona, junto a Kubala (era su partido homenaje) y Puskas.

Una curiosidad: con la del Barcelona, junto a Kubala (era su partido homenaje) y Puskas.

–¿Us­ted era ami­go de Fran­co?

–Ami­go, no.

–¿Con­se­je­ro?

–Que no, hi­jo, cuan­do ga­ná­ba­mos un tro­feo, te lo da­ba Fran­co o la se­ño­ra de Fran­co... Y no le iba a de­cir que no lo que­ría­mos. No­so­tros ju­ga­mos al fút­bol y ga­na­mos cam­peo­na­tos con Fran­co, con Adol­fo Suá­rez, Fe­li­pe Gon­zá­lez, Az­nar, Za­pa­te­ro, hay que nom­brar­los a to­dos...

–¿Le mo­les­ta cuan­do se di­ce que el Ma­drid era el equi­po de Fran­co?

–No me mo­les­ta, no­so­tros hi­ci­mos mu­cho en esa épo­ca por los in­mi­gran­tes, un equi­po que fue por to­do el mun­do enar­bo­lan­do la ban­de­ra del Ma­drid y la ban­de­ra es­pa­ño­la, no­so­tros no íba­mos por el asun­to de es­ta­do, por eso es­tá es­te es­ta­dio aquí, que na­die nos ha ayu­da­do ni con un du­ro. Ber­na­beu y com­pa­ñía to­dos los días han pues­to un pi­so más, por eso el es­ta­dio es­tá tan bo­ni­to co­mo es­tá.

–¿Le gus­ta­ría ver a Mes­si en el Real Ma­drid?

–Los ju­ga­do­res bue­nos, en el Ma­drid in­te­re­san siem­pre, sí, pe­ro no voy a ha­blar par­cial­men­te de na­die, no le voy a ha­cer la pro­pa­gan­da a na­die.

–Al­fre­do, ¿se asus­tó mu­cho con el úl­ti­mo in­far­to? (24/12/2005, cuá­dru­ple by pass).

–Tu­ve uno so­lo. (Nue­va evi­den­cia: el ti­po es­tá lú­ci­do, rá­pi­do, y se to­ma la vi­da con buen hu­mor).

–Es­tá bien, ¿se asus­tó mu­cho con el úni­co in­far­to?

–Al prin­ci­pio creí que me mo­ría. Me­nos mal que es­ta­ba en la ca­sa de mi hi­ja. Eran las on­ce y me­dia de la no­che y es­ta­ba le­van­ta­do, o sen­ta­do en rea­li­dad, pe­ro va­mos, es­ta­ba des­pier­to, con el pi­ja­ma. Si te aga­rra en la ca­ma, dur­mien­do, no la con­tás... Ade­más, la cues­tión es que es­ta­ba en una ur­ba­ni­za­ción, con­si­guie­ron una asis­ten­cia del hos­pi­tal de allí, des­pués me lle­va­ron a Va­len­cia y ya no me acuer­do más na­da.

–¿Qué sin­tió, un do­lor en el pe­cho?

–¡No, un do­lor que me ti­ra­ba pa­ra to­dos la­dos, pa­re­cía un mo­no en­jau­la­do!

–Pen­só que era la úl­ti­ma...

–Yo le di­je a mi yer­no: “Me voy a la mier­da”. Es­ta­ba li­qui­da­do, pe­ro bue­no, tu­ve suer­te. Sin exa­ge­rar.

–¿Se asus­tó más con el in­far­to que cuan­do lo se­cues­tró un co­man­do gue­rri­lle­ro en Ve­ne­zue­la (1963)?

–Es­te es di­fe­ren­te, es­ta­ba in­cons­cien­te. La otra tam­po­co pen­sás que te van a se­cues­trar, son co­sas de la vi­da, va­mos, tam­po­co era un jue­go, eh, era de­li­ca­do por­que no sa­bías lo que po­día pa­sar, por ahí te pe­ga­ban un ti­ro. Y aho­ra es­tán di­cien­do que son unos san­ti­tos.

–¿Se cui­da más des­pués de la ope­ra­ción?

–De­jé de fu­mar en el 2000. Y el in­far­to me vi­no igual. La ca­rras­pe­ra que ten­go en la gar­gan­ta el mé­di­co ya me di­jo que era por el ta­ba­co y que se iba a que­dar to­da la vi­da.

–¿Al­gún whis­ki­ci­to?

–Ni de whisky ni de cog­nac. Na­da más un po­co de vi­no con los ami­gos cuan­do voy a co­mer. Me­dia co­pi­ta. Eso sí: to­mo cer­ve­za sin al­co­hol, que ya le es­toy ha­cien­do la pro­pa­gan­da. (Po­ne ca­ra de que no le gus­ta ha­cer­le la pro­pa­gan­da a na­die; ya lo sa­be Mes­si).

–O sea que se cui­da bas­tan­te.

–Y, si no me cui­do me voy al ta­cho.

–¿Con la co­mi­da tam­bién se cui­da?

–Obli­ga­to­ria­men­te. A los gor­dos, cuan­do pa­san por ahí, (se­ña­la un pa­si­llo que si­gue a su ofi­ci­na) les pe­go el gri­to: “¡co­mé sin sal!”. Us­ted me ha­bía pre­gun­ta­do si da­ba con­se­jos...

–¿Tie­ne al­gu­na de­bi­li­dad gas­tro­nó­mi­ca?

–Cual­quie­ra, me da lo mis­mo, el pu­che­ro me gus­ta, tam­bién la piz­za, to­do lo que sea fi­deos, me gus­ta mu­chí­si­mo la fru­ta. Y de lo dul­ce no co­mo na­da.

–¿Co­mi­da ar­gen­ti­na o es­pa­ño­la?

–En ca­sa hay me­dia y me­dia, hay de to­do, en rea­li­dad son bas­tan­te pa­re­ci­das. A ve­ces, en ca­sa, se ha­cen unas bue­nas mi­la­ne­sas. Y si hay ma­ris­cos, ahí le doy con to­do.

–¿Se sien­te bien de sa­lud o tie­ne mu­chas na­nas?

–Bien, sin exa­ge­rar, bien.

–La úl­ti­ma, Al­fre­do, ¿por qué hi­zo el mo­nu­men­to a la pe­lo­ta en la puer­ta de su ca­sa?

–En mi eta­pa del Ma­drid hu­bo una reu­nión en­tre los ju­ga­do­res, an­tes de un par­ti­do. To­má­ba­mos una cer­ve­za, pa­só una mi­na y uno di­jo: “Hay que ha­cer­le un mo­nu­men­to a esa mi­na”. Al ra­to, otro si­guió: “Hay que ha­cer­le un mo­nu­men­to a la ca­ma”. No. No. “A la ca­ma no, que es el fé­re­tro, es­tá jo­di­do ese mo­nu­men­to”. En­ton­ces, ha­blan­do de es­tas co­sas, a mí se me ocu­rrió de­cir: “Hay que ha­cer­le un mo­nu­men­to a la pe­lo­ta, que gra­cias a ella es­ta­mos vi­vien­do to­dos”. Des­pués vi­no la in­dus­tria bri­tá­ni­ca que fue ex­traor­di­na­ria. Esa char­la ha­brá si­do en el 57 o 58. Y ahí le pa­sé to­do a un es­cul­tor ca­ta­lán, que no me acuer­do el nom­bre, la pu­cha, me quie­ro acor­dar y no lo ten­go. Es­tá en la puer­ta de mi ca­sa, pe­ro aho­ra ese cha­let es­tá al­qui­la­do, y con mi hi­ja Nan­net­te, con do­ble ene y do­ble te, que es viu­da, nos fui­mos a vi­vir a un pi­so.

 

Con la albiceleste.

Con la albiceleste.

 

–¿Y la de­di­ca­to­ria del mo­nu­men­to, “Gra­cias, vie­ja”, fue ocu­rren­cia su­ya?

–Sí, se­gu­ro, “Gra­cias, vie­ja” es a la pe­lo­ta y a mi ma­má. A la vie­ja, que me hi­zo na­cer, y a la pe­lo­ta. que me hi­zo cre­cer.

 

JOSEPH BLATTER

Presidente de la FIFA

“A los 14 años, cuando presentó la nueva filosofía del fútbol, yo lo tomé como ídolo. Y sigue siéndolo en los 33 años que llevo en la FIFA. Don Alfredo es una leyenda viva. Su nombre está escrito en letras de oro en la historia del fútbol” l

 

RAUL

 

RaulRaul

 

Jugador del Real Madrid

“El espiritu de Di Stéfano es lo que tenemos que transmitir a los que estamos ahora en la plantilla. Alfredo ha unido a todo el mundo del fútbol. Nos pone la piel de gallina ver el esfuerzo y lo que ha conseguido” l

 

MICHEL PLATINI

Presidente de la UEFA

“Ha sido la personificación del fútbol mundial durante dos decenios, un Dios del balón, un caballero del fútbol, un brujo del balón. Inventó el fútbol moderno en la pantalla de televisión. La historia del fútbol no se puede imaginar sin Di Stéfano” l

 

EMILIO BUTRAGUEÑO

Ex jugador del Real Madrid

 

ButragueñoButragueño

 

“Alfredo Di Stefano introduce en el club unos valores que han perdurado y que han hecho al Real Madrid diferente. El principal de ellos es la resistencia a la derrota. Y esa cultura quedó aquí gracias a él”.

 

HOMENAJE MUNDIAL

El Planeta Fútbol le rindió tributo. Fue nombrado “presidente UEFA“ y el Real Madrid lo inmortalizó en una estatua.

Don Alfredo agradece al Real Madrid, que inauguró una muestra sobre su vida y le ofrendó una estatua espectacular.

Don Alfredo agradece al Real Madrid, que inauguró una muestra sobre su vida y le ofrendó una estatua espectacular.

“Es­te tio es un ge­nio de pu­ta ma­dre, no es nor­mal”.

Los ca­ma­ró­gra­fos de la TV es­pa­ño­la no sa­lían de su asom­bro. Unos mi­nu­tos des­pués de la pri­me­ra par­te del ho­me­na­je mun­dial que le brin­da­ron a Don Al­fre­do el 17 de fe­bre­ro, lue­go de ser nom­bra­do “pre­si­den­te UE­FA” por Mi­chel Pla­ti­ni en el Ber­na­beu, el hom­bre se des­pla­zó a un hall pa­ra dar por inau­gu­ra­da una mues­tra de su vi­da. Le die­ron una ti­je­ra gi­gan­te, cor­tó la cin­ta pa­ra la fo­to, chic, chic, chic, y unos se­gun­dos des­pués, cuan­do los flas­hes par­tían rau­dos a cap­tar otras imá­ge­nes, Don Al­fre­do re­bo­bi­nó sus 81 años en un ins­tan­te y, cual ni­ño en Sa­li­ta Ver­de, si­guió cor­tan­do tro­ci­tos de cin­ta que les fue en­tre­gan­do a sus in­vi­ta­dos co­mo si se tra­ta­ra de un sou­ve­nir de fies­ta. Pla­ti­ni, Blat­ter y com­pa­ñía co­lo­ca­ron esos tro­zos de pa­pel en el bol­si­llo su­pe­rior de sus tra­jes, co­mo si se tra­ta­ra de un pa­ñue­lo.

No fue su úni­ca sa­li­da de li­bre­to. En ese pri­mer ac­to le­yó un dis­cur­so (sin an­teo­jos), pe­ro tam­bién rom­pió la for­ma­li­dad aco­tan­do co­mo si es­tu­vie­ra en un ca­fé de Ba­rra­cas. Le­yó, con evi­den­tes pin­ce­la­das fut­bo­le­ras: “Es­te va a ser un par­ti­do du­ro, ten­dré que po­ner mi ener­gía pa­ra aguan­tar dos tiem­pos... Es­pe­ro que la le­sión más di­fí­cil, la de los sen­ti­mien­tos, me per­mi­ta es­tar a la al­tu­ra y so­bre­lle­var­lo de la me­jor ma­ne­ra po­si­ble... He de re­co­no­cer que lle­vo dos se­ma­nas de pre­ca­len­ta­mien­to. Mi tra­ba­jo se ha con­cen­tra­do en for­ta­le­cer y en­tre­nar mis mús­cu­los de agra­de­ci­mien­to pa­ra po­der trans­mi­tir to­da la gra­ti­tud que sien­to”. En el me­dio, pa­ra de­sar­ti­cu­lar la nos­tal­gia, des­per­tó la car­ca­ja­da del au­di­to­rio. “¿Es­tá bue­no el dis­cur­so, no?”, aco­tó en un mo­men­to. Y si­guió: “Me río por no llo­rar”.

Unos mi­nu­tos an­tes, el que hi­zo reír fue el pre­si­den­te de la UE­FA. “En los pró­xi­mos cin­co mi­nu­tos voy a ase­si­nar la len­gua cas­te­lla­na”, an­ti­ci­pó Pla­ti­ni, con in­so­por­ta­ble acen­to fran­cés y al­go más. Va­ya si cum­plió. Uno de sus elo­gios ter­mi­nó sien­do: “Al­fre­do, tu has si­do un bu­rro del ba­lón”. In­ten­tó de­cir “bru­jo”.

El se­gun­do tiem­po del ho­me­na­je, ya de tin­te  ma­dri­dis­ta, se ju­gó en Val­de­be­bas, en las afue­ras de Ma­drid, don­de tie­ne la ciu­dad de­por­ti­va el equi­po de Schus­ter, que asis­tió en ple­no a la ce­re­mo­nia, al­gu­nos con sa­co y cor­ba­ta co­mo Raúl y Ca­si­llas y otro con ro­pa in­for­mal (a Dia­rra, los me­dios lo ase­si­na­ron por­que fue con la cam­pe­ri­ta de en­tre­na­mien­to). Allí, des­cu­brie­ron del bus­to de aquel sal­to in­mor­tal del gol an­te el Va­sas, que im­pac­ta por­que es­tá en el ai­re, en ple­no ri­to. Es­tu­vie­ron glo­rias del fút­bol co­mo Just Fon­tai­ne, Eu­se­bio, Gen­to, Ko­pa, Zi­da­ne, tam­bién Sil­vio Mar­zo­li­ni, Car­los Pan­dol­fi y Juan Car­los Tou­ri­ño, el pre­si­den­te de Ri­ver, Jo­sé Ma­ría Agui­lar -a quien lo in­vi­ta­ron con seis me­ses de an­ti­ci­pa­ción-, fi­gu­ras de la cul­tu­ra co­mo Plá­ci­do Do­min­go y Al­ber­to Cor­tez y po­lí­ti­cos, co­mo el al­cal­de de Ma­drid y el ex pre­si­den­te Az­nar. Tam­po­co fal­ta­ron los mé­di­cos que le hi­cie­ron el cuá­dru­ple by pass en 2005, los 6 hi­jos, 4 nie­tos y su her­ma­na (la bis­nie­ta no vi­no por­que tie­ne me­ses). Se pro­yec­tó un do­cu­men­tal con unos tan­gui­tos de fon­do (“Mi Bue­nos Ai­res que­ri­do” y “Por una ca­be­za”), tam­bién so­nó la mar­cha del Ma­drid y un tan­go del gru­po es­pa­ñol Ma­le­va­je lla­ma­do “Gra­cias, Vie­jo”

 

 

Por Diego Borinsky (2008).

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