Las Entrevistas de El Gráfico

2009. Mauro Boselli: peligro de gol

Por Redacción EG · 04 de noviembre de 2019

Definidor implacable, subió escalón por escalón y esperó detrás de Palermo hasta que su maduración le dijo basta. Pasó a Estudiantes convencido de no fallar y no falló. Fue fundamental en la Libertadores 2009.

¿Quien no escucho la frase “Todos los caminos conducen a Roma”? El dicho se acuñó en letras de leyenda durante la Edad Antigua y rodó años abajo, hacia la eternidad. No era una cita antojadiza ni grandilocuente, sino el reflejo de la realidad socioeconómica de la época. Para bien o para mal, allí estuvo el ombligo del mundo durante cinco siglos.

Campeón con Barracas, su club de la infancia. Es el primero de la fila de arriba, de izquierda a derecha. Arma letal.

Campeón con Barracas, su club de la infancia. Es el primero de la fila de arriba, de izquierda a derecha. Arma letal.

La vida de Mauro Boselli podría sintetizarse con la paráfrasis de aquella sentencia: “Todos los caminos conducen a Barracas”. El goleador de la última Copa Libertadores y carta brava de Estudiantes para el Mundial de Clubes creció, se desarrolló y vive en ese barrio de ocho kilómetros cuadrados que también arropó los sueños infantiles de cracks como Alfredo Di Stéfano y Alberto Márcico. Allí, en la canchita inexpugnable del club Barracas, tejió las primeras gambetas en el baby, previo paso por la plaza que cuidaba Don Pepe. Allí se quedó pese a exportar su pimienta del gol a Parque y a las Inferiores de All Boys. Allí aprendió a querer colores  de calles vecinas como los de Boca, que luego fueron los suyos. Allí volvió luego de la fugaz experiencia por Málaga y de decenas de viajes con el Boca que era matador en cualquier latitud. Allí vivió con sus padres en una casa confortable de dos plantas. Y allí vive ahora, en tiempos de su gloria con Estudiantes, en un cálido departamento junto a su mujer y a Alfredo, que no es un tercero en discordia, sino un perro eléctrico y juguetón que, para armonizar con su dueño, enloquece cada vez que le acercan una pelota y se pone a gambetear sillas y muebles como si escondiera aspiraciones futboleras para el futuro.

“Nací acá y es difícil que me vaya. No me molesta ir y venir de La Plata todos los días. Acá estoy bien, es mi lugar. El otro día me crucé con Márcico y le pasa lo mismo. Podría vivir en cualquier parte, pero sigue acá. Es difícil despegarse. Yo, por ejemplo, sigo muy cerca de Barracas, mi club de baby. Toda mi familia se siente parte, es nuestra segunda casa. Mi mamá también está vinculada, colabora, hace donaciones. Y el gimnasio lleva el nombre de mi papá, que murió hace un año. Ahí hay un grupo de familias que se conocen desde siempre. Los chicos de mi época ya crecieron y hoy llevan a sus hijos. Y todavía están quienes fueron mis técnicos”, relata Mauro, que antes de esos adiestradores tuvo a una entrenadora muy particular: su abuela Pirucha. “Una fenómena. Yo pasaba mucho tiempo con ella porque mis viejos trabajaban. Siempre me llevaba a la plaza que cuidaba Don Pepe, alguien muy querido por todos. En la plaza había pibes más grandes y ella les pedía que me dejaran jugar a mí, que tenía 5 o 6 años. En ese tiempo, yo ni le pegaba a la pelota, era un desastre, pero tenía un entusiasmo bárbaro. Y ella me bancaba. A veces se ponía en el arco y atajaba. Hacía cualquier cosa con tal de verme contento. Después entré al baby y ya fue otra cosa”.

Boselli no era el típico loquito por el fútbol que se abstrae del resto, empezando por el estudio. Es cierto que se pasaba las tardes de domingo pegado a la radio –“Mientras mi papá dormía la siesta, anotaba el resultado y los goleadores de los partidos y le pasaba el informe cuando se levantaba”-, y que andaba de acá para allá con la pelota. Pero en la escuela también la descosía: “Fui abanderado en la primaria y escolta en la secundaria, aunque merecía ser abanderado. Me faltaron centésimas porque en Gimnasia, materia a la que no iba por los entrenamientos, me ponían nada más que 7. Estudiar no me costaba, leía y me quedaba. Pero si me hubiera costado, hubiera remado para andar bien. A mí nunca me gustó pasar vergüenza”. Cuando terminó el secundario, probó con el periodismo deportivo en la escuela del Círculo. “Lo hice porque tenía relación con lo nuestro, no porque me gustara. Tenía tiempo y quería aprovecharlo. Largué en primer año porque ya entrenaba con la Primera de Boca. Me sirvió para entender cómo se ve la cosa del otro lado, para captar al vuelo si el periodista que se me acerca quiere armar quilombo o viene de buena leche”.

 

En All Boys. En 1994 ya jugaba en cancha grande.

En All Boys. En 1994 ya jugaba en cancha grande.

 

Desde el principio, mamá Viviana se dedicó a encarpetar cada recorte con notas o referencias a Mauro. En el capítulo del baby, aparecen datos impresionantes, como los 177 goles en 34 partidos (ver aparte). La progresión cronológica indica que llegó a jugar paralelamente en Barracas y en el fútbol de once de All Boys, club en el que desembarcó de tanto compartir picados playeros en Punta Mogotes con Darío Stefanatto, cuyo padre integraba la Comisión. En un partido lo vio Ramón Maddoni y le ofreció ir a Boca. “Yo no entendía nada. Habíamos perdido 3-0 y no la había tocado, pero él vio algo que le gustó y llamó a casa. Hizo una práctica para probarme y me salieron todas: ganamos 3-0 y metí un gol de chilena. Ahí pasé a Boca, que preparaba a los pibes en Parque, donde jugué algunos partidos a pedido de Ramón. El tuvo un gesto lindo: me dejaba jugar baby en Barracas porque sabía que sentía esos colores en el alma. Pero si había algún partido chivo, me pedía y jugaba para Parque”.

También vistió la mítica camiseta de Parque. Es el último de los agachados, de izquierda a derecha.

También vistió la mítica camiseta de Parque. Es el último de los agachados, de izquierda a derecha.

En el baby encuentra raíces que nutren el éxito de hoy. “Te da cosas que son importantísimas para un delantero. Por ejemplo, resolver rápido y en espacios reducidos, como sucede en el área, donde casi no hay tiempo. Y otra es la técnica, esa ductilidad para tirar el taco o el caño útil para la jugada, no por el hecho de tirarlo. En Primera se nota mucho la diferencia entre los que jugaron al baby y los que no. Es una ventaja que les sacás a chicos del interior que vienen acostumbrados a la cancha grande de tierra, a tirarla larga y correr”.

Hasta la Séptima fue enganche. Pero un enganche picante, goleador: terminó el 2001 con 27 goles en poco más de 30 partidos. En Sexta lo tomó el Chino Benítez, lo convirtió en centrodelantero y lo enfocó en la ruta hacia Primera. En ese tránsito, el corazón de mamá explotaba de emoción –“Es muy fana de Boca”- y el de papá Horacio experimentaba una inesperada reconversión. “Mi viejo era de River –recuerda con cariño– y empezó a hacer fuerza por nosotros. ‘No puedo creer que esté gritando goles de Boca’, me decía. Hasta compraron un palco en la Bombonera cuando llegué a Reserva. Siempre me respaldaron”.

 

Primer día en Boca, en 1996. Lo llevó Maddoni.

Primer día en Boca, en 1996. Lo llevó Maddoni.

 

Debutó en una pretemporada de Primera a los 16, con el Maestro Tabárez, y los tests bautismales los tuvo de la mano de Bianchi. “Carlos me hacia jugar para los suplentes. Tenía que atacarlos a Burdisso y Schiavi, que te daban de lo lindo. Encima, en las prácticas no hay foul, ni tiro libre, ni amarilla; vale todo. Una mañana estaba solo en el gimnasio y se me acercó Bianchi: ‘Si te bancás tres meses a Schiavi, vas a estar para la Primera’. Me dijo eso solo y se fue. Ahí agarré el mensaje, entendí todo”.

Alcanzapelotas en el 98, junto a Román. En 2007, juntos ganarían la sexta Libertadores de la historia de Boca.

Alcanzapelotas en el 98, junto a Román. En 2007, juntos ganarían la sexta Libertadores de la historia de Boca.

Mas que entender, le costó asimilar lo que vendría después, la lucha titánica por la continuidad. No reniega de que el debut haya sido el 2-7 con Central en Arroyito, la tarde en que los titulares festejaban la Libertadores 03 en la Bombonera: “Me quedo con la satisfacción de haberme puesto la camiseta de Primera a los 18 años”. La cuesta arriba sería otra…

“Cuando llegó Basile supe que iba a jugar poco. Volví del Sudamericano Sub 20 y adelante tenía a cuatro grandes: Guillermo, Palermo, Palacio y Delgado. ¡No había lugar ni en el banco! Me salió la chance del Málaga y no dudé en irme. Fue una linda experiencia, aunque costó. Arranqué en el filial, que juega en Segunda, y cuando me dieron el pasaporte pasé al equipo principal. Al principio me tocó un plantel de muchos pibes y con una mentalidad muy defensiva. Jugábamos con un solo punta y a mí me ponían de doble cinco para no dejarme afuera. Si tocaba dos pelotas por partido era mucho… Después cambió el entrenador, paró un 4-3-3 y jugué en mi puesto. Al año, cuando se venció el préstamo, se fue Basile, agarró La Volpe y me dio varios partidos”.

-La Volpe sí que bancaba a los pibes.

-Tenía tres preferidos: Bertolo, Franzoia y yo. Siempre nos ponía, hasta que se tuvo que ir.

-A los grandes del plantel mucho no les gustaba su manera de ser…

-Qué sé yo, pero a mí me ayudó, aprendí mucho, sobre todo movimientos dentro de un sistema. A nivel estrategia y técnica de juego, me dejó un montón. Incluso me quiso llevar a Monterrey, pero Boca no me transfirió.

-Y ahí empezó la historia: vos querías irte, Boca no aflojaba, tampoco jugabas…

-Nunca quise irme de Boca, jamás me hubiera ido. El tema es que no iba a jugar nunca. Y un jugador no puede empezar su carrera a los 26 años… Necesitaba jugar 30 partidos y se lo dije claramente a Pompilio. “Voy a hacer el esfuerzo porque sos vos, pero quiero que te quedes para que seas el nueve de Boca. Hoy está Martín y no podés entrar seguido”, me dijo Pedro. Es más: seis meses antes de irme a Estudiantes me había firmado un contrato por cuatro años. Fijate si Pedro me tendría confianza… Pedro y todos los demás dirigentes, porque todos me decían en la cara que me querían en el club.

 

Buen pie para manejar la pelota.

Buen pie para manejar la pelota.

 

-¿Estabas muy fastidioso?

-Todo jugador se va caliente a la casa cuando no lo ponen. Trataba de no darme manija, pero era imposible. Hablaba mucho con mis viejos y con José Iribarren, mi representante. Ellos fueron importantes para que no me cayera. Y también traté el tema con Mara, la psicóloga de Boca, con la que todavía tengo contacto. Ella me ayudó un montón. Había momentos en que, sin llegar a sentirme frustrado, no entendía lo que pasaba. En cualquier otro equipo, un tipo que hace goles, juega. Yo hacía goles y no jugaba. Esas charlas me sirvieron para comprender que tenía que focalizarme en el más adelante, porque si pensaba sólo en el día a día me iba a hacer mal. Empecé a asimilar que el domingo no iba a jugar ni aunque metiera cuatro goles en una práctica, cosa que antes no me entraba en la cabeza. Me hice fuerte cuando comprendí que eso no me iba a obligar a abandonar el fútbol.

-¿Hubo algo puntual que te decidió a pedirle a Pompilio que te diera a otro equipo?

-El último empujoncito me lo dio un partido con Arsenal. Metí tres goles y al partido siguiente no entré ni un minuto. ¿Qué más tenía que hacer para jugar? Ahí dije chau, se terminó mi ciclo. En cualquier otro lado, metés tres goles y tenés un hándicap de cinco o seis partidos por delante.

-¿Cuántas ofertas rechazó Boca en ese tiempo en que todos te querían?

-Montones. Mil préstamos y como diez ofertas serias por la compra definitiva. Algunas por mucha plata, de clubes importantes como Lazio o Catania. Pero Boca decía siempre lo mismo: “No está en venta”.

-¿Tenés algún resquemor con Boca?

-No, al contrario. Tengo amigos, voy siempre que puedo, me tratan como si nunca me hubiera ido. Pasó lo que pasó porque adelante estaba un fenómeno como Palermo, no por otra cosa. Porque tengo claro que si en lugar de él hubiera estado otro, jugaba yo. Me lo dijeron los entrenadores y los dirigentes, y lo creo yo mismo. Cualquier otro jugador, ¿eh? Pero con Boca nada, todo bien. Hasta se portaron bárbaro cuando se enfermó mi papá y decidí rechazar ofertas que eran muy buenas para el club. Respetaron mi decisión.

-¿No te sentiste presionado?

-No, sabían que mi papá estaba mal de salud. De Turquía llegaron a ofrecerme un cheque en blanco para que yo le pusiera los ceros, y tampoco quise. Los tipos me miraban y no entendían nada. Pero estaba seguro de lo que quería. Yo les decía: “Mi viejo está jodido, y si va a vivir seis meses más, yo no voy a estar esos seis meses en el exterior para ganar más plata. Si no la gano ahora, la ganaré más adelante. Y si no la gano nunca, no me importa, voy a disfrutar seis meses más a mi viejo. Me da lo mismo que quieran pagarme 10 pesos o 10 millones”. Hice lo que sentía y Boca me respetó eso y que el pase se hiciera a un equipo de acá. Por eso digo que estoy bien con Boca, todo fue consensuado. 

-¿Cómo fue tu relación con Palermo en ese tiempo? ¿Te daba ánimo, te consolaba?

-Una relación normal, de compañeros. No tenía tanto trato porque nos llevamos diez años, pero tampoco había problemas. ¿Y qué me podía decir? No hacía falta, estaba todo bien. Martín era el capitán y cada vez que tuve que hablar algo con él, me trataba fenómeno.

El gimnasio del club Barracas, donde se formó Mauro, se llama Horacio Boselli en honor a su padre.

El gimnasio del club Barracas, donde se formó Mauro, se llama Horacio Boselli en honor a su padre.

-¿Tampoco te molestó que dijera que le gustaría jugar el Mundial de Clubes?

-No, porque lo entendí como la expresión de deseos de un hincha. Si fuera Boca y me lo preguntan, yo contestaría lo mismo. Además, agarrá a cualquier delantero del fútbol argentino y todos te van a decir que quieren jugar ese torneo.

-Te fuiste y Palermo se rompió la rodilla. Entró Viatri y pensamos: “Boselli se debe querer matar”.

-¿Sabés que no? Estaba tranquilo con mi decisión. Me fui a jugar 30 partidos seguidos y demostrar lo que podía. Y el tiempo me dio la razón. Mirá lo que le pasó a Lucas: jugó seis meses, fue goleador del equipo que salió campeón y volvió al banco. En cambio, yo estaba feliz en Estudiantes. ¿Qué iba a pretender, que se rompiera un compañero para jugar? Eso sería muy hijo de puta. Sería no ganarse el puesto como a mí me gusta ganarlo. No me arrepiento: tomé la mejor decisión.

-Y la sombra de Martín te siguió hasta la Selección. Con Ghana fuiste su suplente.

-La Selección no es un club. Ojalá nos citen siempre a los dos. Todo bien con Martín. Si mi mamá todavía tiene en su escritorio una foto nuestra abrazados…

 

Con la piel dorada de la camiseta del Pincha.

Con la piel dorada de la camiseta del Pincha.

 

En el ranking personal de Boselli, el sueco Zlatan Ibrahimovic, del Inter, ocupa el pedestal de mejor delantero del mundo. “Tiene todo, es perfecto. Cabecea bárbaro, define con las dos piernas, sale del área y sabe jugar. También me gusta Van Nistelrooy. Y siempre miré a Crespo, a quien conocí cuando Bielsa me llevó como sparring de la Selección. Son tres tipos de mi estilo, a los que puedo copiarles cosas.” No es casual que elija a “la definición” y al “olfato” como sus principales virtudes. Cuando tamiza en busca de tres características esenciales para un buen centrodelantero, elige “Ser frío a la hora de definir, tener buena técnica con la cabeza y los dos perfiles, y olfato de gol. Olfato es leer la jugada antes, intuir adónde puede ir la pelota o la pifia de un defensor”. Olfato, precisamente, es lo que tuvo al elegir su destino.

-¿Por qué optaste por Estudiantes?

-Por ser un club serio, porque imaginé que la estructura de juego me iba a beneficiar y porque había un fuera de serie como Verón. Necesitaba insertarme en un equipo armado y con ambiciones. Y Estudiantes era ideal. Tuvimos tres momentos muy marcados. Arrancamos mal con Sensini, levantamos con Astrada y llegamos a la final de la Sudamericana y después, cuando empezábamos a decaer, llegó Sabella y explotamos individual y colectivamente.

-¿Qué sirvió de la Sudamericana que se perdió para la Libertadores que se ganó?

-Más vale que nos dolió perder, pero de las derrotas siempre se aprende. En ese vestuario de la Sudamericana había tanta tristeza como tranquilidad por haber dado todo. Nos quedó claro que podíamos jugar de igual a igual en cualquier parte. Y en la Libertadores supimos aprovechar esa experiencia. Nadie creía en nosotros después de empatar en La Plata, pero fuimos a Belo Horizonte y ganamos claramente la final.

-¿Cómo definirías la famosa mística de Estudiantes?

-Yo venía de afuera y no estaba identificado con el club, pero desde que llegó Sabella me identifiqué a fondo. Alejandro nos transmitió que teníamos una camiseta con mucha historia, que defendíamos a un club con gloria pasada y con ambiciones futuras. Siempre lo charlábamos con la Gata Fernández, que venía de otro equipo grande. No sabíamos con qué nos íbamos a encontrar y nos vimos adentro de un club que se mueve al nivel de River o Boca. Sabella nos aportó el estilo de juego y la convicción para jugar igual en La Plata o en el Maracaná. Pero también nos hizo sentir parte del club y de su historia antes de encarar los partidos.

El trofeo que lo consagró como goleador del campeón de la Copa Libertadores 09. También dio la vuelta olímpica con Boca en la edición 07.

El trofeo que lo consagró como goleador del campeón de la Copa Libertadores 09. También dio la vuelta olímpica con Boca en la edición 07.

Abu Dhabi y sus misterios se recortan en el horizonte inmediato. Boselli es el único jugador con experiencia en un Mundial de Clubes –jugó en 2007 para Boca– y extrajo una conclusión: “Hay que mantenerse concentrado al máximo durante diez días, es más difícil que una final que se juega a un partido, como era antes. Si no controlás la ansiedad, fuiste”. ¿Estudiantes puede ganarle al Barcelona de Messi una hipotética final? “En los papeles, ellos son los favoritos. Pero con jerarquía y sacando todo lo que tenemos adentro, Estudiantes le puede ganar. Pero eso habrá que pensarlo en su momento. Antes tenemos que pasar otro partido, no podés jugar uno antes que el otro. El fútbol me enseñó que es bueno respetar las etapas. Yo, por ejemplo, no me quejo por haber jugado 30 partidos en Reserva antes de saltar a Primera. Foguearse ahí era un paso necesario. Siempre pongo los casos de Patricio Pérez y Luna, que son de mi categoría y los pusieron en Primera demasiado rápido, medio que los quemaron. Es lindo pensar en una final con Barcelona, pero cada cosa en su momento. Después, si se da, habrá tiempo para festejar”.

Mauro Boselli, el flaco que siempre la clava en el ángulo.

 

Capello lo fichó

en 2002, Boca fue a jugar un torneo juvenil a España y disputó la final como previa de un amistoso de verano entre Roma y Bilbao. Mauro anduvo bien y antes de irse, mientras elongaba en un costado, vio que se le acercaba Fabio Capello, entonces DT de la Roma. “¿Boselli, vos sos italiano? Ah, argentino, ¿y pasaporte comunitario tenés?”, le preguntó Capello. “Se ve que le gustó cómo jugué. Había uno que pasaba por ahí y le pedí una foto”, recuerda Mauro.

 

 

Por Elias Perugino y Diego Borinsky (2009).

Foto: Alejandro Chaskielberg.

Imagen de 2007. Roña Castro 100x100
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2007. Roña Castro 100x100

Personaje total más allá del boxeo, Locomotora repasa sus momentos sublimes y los otros. Su pasión por la velocidad, una acusación de tongo y aquella obra maestra para poner KO a Jackson.

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1959. Cap habla de fútbol

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2008. El sello Macaya

Su apellido es marca registrada. Desde 1966, cuando debutó en la tele, Macaya Márquez es sinónimo de comentarios de fútbol. Habla de su vida, del deporte y del periodismo, donde es una eminencia.

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