Las Entrevistas de El Gráfico

¨Cóndor¨ Rojas: “Fui un estúpido”

Por Redacción EG · 12 de julio de 2019

Las confesiones de Roberto Rojas, aquel arquero chileno que se hizo un corte para llevar a su país al Mundial 90, fue suspendido de por vida y terminó trabajando en el país al que quiso estafar.

Mal que le pe­se, y aun­que se de­sen­vuel­va con na­tu­ra­li­dad y no le cues­te abor­dar el te­ma, por­que –se­gún ex­pli­ca– ya lo ha su­pe­ra­do to­do, de no exis­tir aque­lla fa­tí­di­ca ben­ga­la del Ma­ra­ca­ná, de­cir Ro­ber­to An­to­nio Ro­jas se­ría re­fe­rir­se a uno de los me­jo­res ar­que­ros de la his­to­ria del fút­bol chi­le­no, si no el me­jor, jun­to a Ser­gio Li­vings­to­ne. Pe­ro la ben­ga­la exis­tió, tam­bién la si­mu­la­ción, la com­pro­ba­ción de la far­sa, la sus­pen­sión de por vi­da, la frus­tra­ción pa­ra to­da una ge­ne­ra­ción de compatriotas que se vio im­pe­di­da de com­pe­tir y el de­sen­ga­ño de mu­cha gen­te que le cre­yó y se sin­tió es­ta­fa­da con la con­fe­sión. A par­tir de 1989, en­ton­ces, Ro­ber­to An­to­nio Ro­jas pa­só a lle­var una eti­que­ta en la fren­te, im­po­si­ble de des­pe­gar, que lo aso­cia en cual­quier par­te del mun­do: es “el de la ben­ga­la”, mal que le pe­se.

“Fui un es­tú­pi­do”, ad­mi­te hoy, fren­te a El Grá­fi­co, ca­tor­ce años des­pués, cuan­do trans­cu­rre sus úl­ti­mos días co­mo en­tre­na­dor in­te­ri­no del San Pa­blo, equi­po al que lo­gró de­vol­ver a la Li­ber­ta­do­res tras nue­ve años de au­sen­cia lue­go de aga­rrar­lo en un mo­men­to crí­ti­co. In­vi­ta­do al par­ti­do des­pe­di­da de Iván Za­mo­ra­no, el Cón­dor se reconcilió con su pueblo ante un Estadio Nacional repleto, que le dedicó la segunda mayor ovación de la jornada, detrás del homenajeado. Era la gran prueba de fuego: ver la reacción de la gente tras catorce años de ausencia. Y la gente lo aplaudió de pie y le robó unas lágrimas. “Esa ovación no tiene precio”, se confesó, aún impactado por el perdón redentor.

En su visita al Monumental, como DT del San Pablo. Ahora volverá allí a ser entrenador de arqueros.

En su visita al Monumental, como DT del San Pablo. Ahora volverá allí a ser entrenador de arqueros.

 

Tras las fies­tas, regresó a San Pa­blo pa­ra retomar su tra­ba­jo co­mo pre­pa­ra­dor de ar­que­ros, car­go que ocu­pa des­de 1993. Pa­ra­dó­ji­ca­men­te, fue Bra­sil el que le abrió las puer­tas, jus­to Bra­sil, el país al que qui­so per­ju­di­car con su en­ga­ño.

 

Cóndor de verdad

Ro­jas de­bu­tó a los 16 años en Avia­ción, un club de las fuer­zas aé­reas chi­le­nas que ce­rró abrup­ta­men­te en 1980. Fue a Co­lo Co­lo. “La pri­me­ra fo­to que me sa­ca­ron fue con un cón­dor al la­do –evo­ca Ro­jas–, un cón­dor de ver­dad, por­que es el sím­bo­lo de la fuer­za aé­rea. Allí me que­dó el apo­do, des­pués se su­mó el he­cho de que me gus­ta­ba vo­lar.”

En Co­lo Co­lo es­tu­vo has­ta el 87, fue tres ve­ces cam­peón, y pa­só al San Pa­blo. En el 89, mien­tras de­fen­día los co­lo­res del con­jun­to pau­lis­ta, de­bió afron­tar la eli­mi­na­to­ria pa­ra el Mun­dial 90. En el par­ti­do de­ci­si­vo con­tra Bra­sil, en el Ma­ra­ca­ná, a Chi­le só­lo le ser­vía la vic­to­ria pa­ra pa­sar. El lo­cal va­pu­lea­ba a Chi­le en el jue­go, se pu­so 1-0 arri­ba y cuan­do fal­ta­ban 21 mi­nu­tos pa­ra el fi­nal ca­yó la ben­ga­la a dos me­tros del ar­que­ro, quien si­mu­ló una le­sión cor­tán­do­se el ros­tro con un bis­tu­rí. La Ro­ja se re­ti­ró del cam­po bus­can­do un triun­fo en los es­cri­to­rios (o al me­nos la re­pe­ti­ción del par­ti­do), pe­ro lue­go se su­po to­da la ver­dad.

Ro­jas fue san­cio­na­do de por vi­da, es­tu­vo más de un año sin tra­ba­jar y le cos­tó recuperarse. Has­ta que Te­lé San­ta­na, a quien só­lo co­no­cía de paso, le ofre­ció a fi­nes de 1993 en­tre­nar ar­que­ros en San Pa­blo, y el hom­bre pu­do re­ha­cer su vi­da.

–Te­lé me dio la gran po­si­bi­li­dad de vol­ver al fút­bol. Yo estuve más de un año sin ha­cer na­da des­pués del in­ci­den­te, has­ta que un ami­go me ofre­ció ir a su em­pre­sa. Al ti­ro le di­je que sí, por­que ne­ce­si­ta­ba la pla­ta y, so­bre to­do, sen­tir­me útil. Te­nía 29 años, me le­van­ta­ba y pen­sa­ba: “¿Qué ha­go hoy día? Lo úni­co que sé ha­cer es ju­gar al fút­bol y no pue­do ha­cer­lo”. Mi ca­be­za fun­cio­na­ba ho­rri­ble. Yo pen­sa­ba lle­gar has­ta los 36 o 37 años co­mo ju­ga­dor ac­ti­vo, y en la edad en que un ar­que­ro es más va­lo­ri­za­do, a los 30, me que­da­ba afue­ra. Re­ti­rar­te es  muy dis­tin­to a que te re­ti­ren. Fui res­pon­sa­ble de una fal­ta, pe­ro fue­ron muy crue­les. El de­por­te tie­ne que rei­vin­di­car a las per­so­nas den­tro de la so­cie­dad, no las tie­ne que ex­tir­par. Por­que si fue­ra por ex­tir­par, el 50% de los atle­tas del mun­do es­ta­rían afue­ra del de­por­te.

Años más tarde de lo sucedido aquella noche en el Maracaná, Rojas y Chilavert.

Años más tarde de lo sucedido aquella noche en el Maracaná, Rojas y Chilavert.

 

–¿Có­mo lo tra­tó la gen­te de Chi­le es­tos años?

–El pue­blo me apo­yó, en­ten­dió que ha­bía co­me­ti­do la fal­ta por los in­te­re­ses de mi país. Y la gen­te que no en­tien­de de fút­bol son los mis­mos es­tú­pi­dos que no per­do­nan a na­die. Pe­ro for­ma par­te del cre­ci­mien­to de uno, el ser hu­ma­no no pue­de vi­vir siem­pre de aplau­sos, tie­ne que apren­der de las crí­ti­cas.

–¿Qué era lo que más le do­lía?

–Lo que pu­bli­ca­ba la pren­sa. Di­je­ron que yo ha­bía te­ni­do in­te­re­ses fi­nan­cie­ros en ha­cer eso. Ab­sur­do, por­que pa­sé mo­men­tos económicos di­fí­ci­les y nun­ca le pe­dí na­da a na­die. Pe­ro lo que más me do­lió fue la fal­ta de so­li­da­ri­dad de mis ex com­pa­ñe­ros. Al­gu­nos me ayu­da­ron y mu­chos otros no; me sen­tí muy so­lo, muy ais­la­do. Gra­cias a Dios tu­ve una fa­mi­lia y unos po­cos ami­gos in­con­di­cio­na­les que me ayu­da­ron a sa­lir, por­que fue di­fi­ci­lí­si­mo.

–Es cu­rio­so, pe­ro ter­mi­nó tra­ba­jan­do en Bra­sil, el país al que us­ted qui­so per­ju­di­car.

–Es que en el San Pa­blo me co­no­cían mu­cho co­mo per­so­na. De re­pen­te es­tás ocho años en una ins­ti­tu­ción co­mo Co­lo Co­lo, y só­lo te co­no­cen co­mo atle­ta, pe­ro no apren­die­ron a va­lo­ri­zar­te co­mo per­so­na. Y vie­ne un equi­po ex­tran­je­ro, en el que es­tu­ve ape­nas dos años, y me co­no­cen no tan­to co­mo deportista, si­no co­mo per­so­na. Y vol­ví, sin pen­sar que era el país al que yo po­dría ha­ber per­ju­di­ca­do un día, pe­ro es así la so­li­da­ri­dad: de don­de me­nos tú es­pe­ras, vie­ne.

–¿Có­mo fue la reac­ción del pú­bli­co bra­si­le­ño?

–Bien, de for­ma na­tu­ral, por­que la pri­me­ra sa­li­da en los mo­men­tos di­fí­ci­les es asu­mir el error. Y yo ha­bía asu­mi­do mis erro­res. Lo di­je en 1990, me de­mo­ré nue­ve me­ses en de­cir­lo, pe­ro lo hi­ce: soy res­pon­sa­ble de es­te ac­to y me­rez­co ser cas­ti­ga­do por es­ta fal­ta, pe­ro no me ha­go car­go de la irres­pon­sa­bi­li­dad de los di­ri­gen­tes chi­le­nos. Por­que hu­bo ne­gli­gen­cia de ellos. Ha­bían pa­sa­do co­sas en otras eli­mi­na­to­rias, y to­do eso se vi­no en­ci­ma de mi ca­be­za, ellos que­rían que yo pa­ga­ra ese pa­to. La FI­FA ya le ha­bía sacado la tar­je­ta ama­ri­lla a Chi­le, cuan­do sus­pen­dió nues­tro es­ta­dio, por eso re­ti­rar al equi­po de la can­cha fue una ne­gli­gen­cia de los di­ri­gen­tes. Y pa­ra no pa­gar ellos el pa­to, me car­ga­ron to­do a mí. Has­ta hoy na­die asu­me na­da.

–¿Le due­le ha­blar de es­to?

–No, no, es­tá su­pe­ra­do ab­so­lu­ta­men­te. Yo pue­do mi­rar a los ojos a cual­quie­ra, por­que asu­mí mis erro­res; hay mu­chos que es­tán ahí atrás de una ima­gen que no te pue­den mi­rar a los ojos.

–¿Qué era lo que más lo ha­cía su­frir?

–No ju­gar fút­bol, no es­tar en una can­cha de fút­bol, que es tu pa­sión, tu vi­da. Mu­cho más que lo que pu­die­ra de­cir la gen­te.

–Se per­dió la me­jor épo­ca de San Pa­blo: dos Li­ber­ta­do­res, dos In­ter­con­ti­nen­ta­les.

–Son las co­sas de la vi­da. En 1989 yo te­nía un pre­con­tra­to por dos años más en San Pa­blo y que­dó en la na­da. Ahí vol­vió Zet­ti, del Pal­mei­ras, y fue el ar­que­ro de ese ci­clo exi­to­so.

–¿Qué pen­só cuan­do es­cu­chó que lo san­cio­na­ban de por vi­da?

–Du­ran­te va­rios me­ses no me ca­yó la fi­cha. “Bue­no, es­to va a pa­sar, se so­lu­cio­na­rá”, pensé. No me da­ba cuen­ta de la mag­ni­tud; des­pués de unos cua­tro me­ses, co­men­zó mi de­ses­pe­ro, mi an­gus­tia. Es co­mo Ma­ra­do­na en el pri­mer cas­ti­go, co­mo de­cir­le: “Tú no jue­gas más”. Te­nía 31 años, hu­bie­se si­do una lo­cu­ra, pe­ro Ma­ra­do­na pudo vol­ver. Y uno a la dis­tan­cia di­ce: “Pu­cha, ¿por qué con­mi­go fue di­fe­ren­te?”. La di­fe­ren­cia es que Ma­ra­do­na era ar­gen­ti­no, no chi­le­no, y tu­vo la po­si­bi­li­dad de una rei­vin­di­ca­ción den­tro de lo que él que­ría. Gra­cias a Dios us­te­des tie­nen a Ma­ra­do­na y a gen­te muy fuer­te en el fút­bol mun­dial. A mí nun­ca me qui­sie­ron de­fen­der. ¿Por qué? Por­que yo era una per­so­na que den­tro del fút­bol chi­le­no ha­cía las co­sas de fren­te, lu­cha­ba por los de­re­chos sin­di­ca­les de los ju­ga­do­res, con­tra los di­rec­ti­vos. Y cuan­do me pu­die­ron pi­sar la ca­be­za, me la pi­sa­ron.

–¿Qué sien­te al ver la fo­to de El Grá­fi­co?

–Na­da, no me ge­ne­ra na­da. Me pre­gun­tan qué sien­to ir al Ma­ra­ca­ná, y na­da, tam­po­co, por­que mi al­ma ya es­tá la­va­da.

La bengala no tocó a Rojas, como muestra esta foto de Ricardo Alfieri (h), que fue usada por la FIFA como prueba. Fue el último partido de Rojas.

La bengala no tocó a Rojas, como muestra esta foto de Ricardo Alfieri (h), que fue usada por la FIFA como prueba. Fue el último partido de Rojas.

 

 

LE­VAN­TA­TE Y VUE­LA

Sue­na con­vin­cen­te el Cón­dor en ese pun­to: el te­ma no pa­re­ce in­co­mo­dar­lo. Si fue su con­fe­sión lo que lo li­be­ró o se ha cons­trui­do una co­ra­za pa­ra ha­cer­le fren­te a lo que ven­ga, só­lo él lo sa­brá. Lo cier­to es que el hom­bre se le­van­tó del lo­do y vol­vió al fút­bol. En el exi­lio, pe­ro vol­vió. En Chi­le, muchos lo en­ten­die­ron y así quedó evidenciado en la despedida a Zamorano; otros to­da­vía no lo per­do­nan: por­que se sin­tie­ron es­ta­fa­dos por ha­ber­le creí­do en un pri­mer mo­men­to, por­que im­pi­dió que el fút­bol chi­le­no par­ti­ci­pa­ra de un Mun­dial y por­que aún man­tie­nen la sos­pe­cha de que esa ac­tua­ción de Ro­jas fue a cam­bio de di­ne­ro.

–¿Có­mo hi­zo pa­ra le­van­tar­se?

–La fuer­za de la fa­mi­lia y la fe en Dios. Cuan­do to­cas fon­do, hay que aga­rrar­se de la úni­ca lu­ce­ci­ta que uno ve. Yo no era cre­yen­te y apren­dí a co­no­cer más lo que Dios ha he­cho en mi vi­da.

Saludo entre los capitanes de las selecciones de Argentina y Chile. Maradona y Rojas.

Saludo entre los capitanes de las selecciones de Argentina y Chile. Maradona y Rojas.

 

–¿Cuán­to tiem­po le cos­tó le­van­tar­se?

–Un año y me­dio. Llo­ré mu­cho de an­gus­tia, de so­le­dad, de la po­ca so­li­da­ri­dad, de los po­cos ami­gos, que yo pen­sa­ba que eran mu­chos, en el fút­bol.

–Si en trein­ta años vie­ne su nie­to y le pre­gun­ta qué pa­só, ¿qué le di­rá?

–Lo mis­mo que les con­té a mis hi­jos. Lo im­por­tan­te fue asu­mir pú­bli­ca­men­te el error y te­ner un cam­bio de ac­ti­tud en la vi­da. En el fút­bol, te ma­la­cos­tum­bras a con­vi­vir só­lo con las co­sas bue­nas, pe­ro hoy he en­con­tra­do un equi­li­brio que an­tes no lo te­nía. Co­mo je­fe de ho­gar, ten­go el de­ber mo­ral de de­cir­les a mis hi­jos: “Us­te­des se van a equi­vo­car en la vi­da, pe­ro le­ván­ten­se, por­que no hay me­jor co­sa que le­van­tar­se”. To­dos los se­res hu­ma­nos co­me­te­mos erro­res.

–¿Por qué lo hi­zo?

–Por Chi­le, por un re­sul­ta­do de­por­ti­vo. Só­lo pen­sa­ba en ga­nar. Que­ría que hu­bie­se un ter­cer par­ti­do, co­sa que ha acon­te­ci­do mun­dial­men­te. Cuan­do Ca­re­ca nos hi­zo el 1-0, la co­sa se pu­so muy di­fí­cil. Era un par­ti­do de vi­da o muer­te, te­nía que con­se­guir­se a co­mo die­ra lu­gar. Y el es­tú­pi­do fui yo.

–¿Sus com­pa­ñe­ros lo sa­bían?

–Na­die sa­bía, me la ju­gué so­lo.

–¿Qué es­pe­ra­ba de la Fe­de­ra­ción chi­le­na?

–Que di­je­ran: “No­so­tros tam­bién fui­mos res­pon­sa­bles”. Des­pués de que sa­lie­ron los cas­ti­gos, to­do el mun­do se la­vó las ma­nos.

–¿En qué fue­ron res­pon­sa­bles los di­ri­gen­tes?

–En la ne­gli­gen­cia de ha­ber acep­ta­do re­ti­rar al equi­po de la can­cha, de no ha­ber de­fen­di­do a la se­lec­ción chi­le­na. Por ejem­plo, el ca­ma­rín ar­gen­ti­no es tu em­ba­ja­da, na­die pue­de en­trar ahí sal­vo los ar­gen­ti­nos, y el ca­ma­rín chi­le­no fue agre­di­do por cen­te­na­res de per­so­nas que no eran chi­le­nas. La pos­tu­ra de­bió ha­ber si­do: acá no en­tra na­die. Y, ade­más, ne­go­cia­ron las san­cio­nes: “Cas­ti­guen a los ju­ga­do­res, pe­ro no nos to­quen mu­cho el fút­bol chi­le­no”. Só­lo un di­ri­gen­te fue san­cio­na­do. Los di­ri­gen­tes nun­ca de­bie­ron acep­tar que el equi­po de­ja­ra la can­cha. Si ellos co­no­cían bien el re­gla­men­to.

–¿Cree que al­gún día tra­ba­ja­rá en Chi­le?

–Me in­te­re­sa tra­ba­jar, no me im­por­ta dón­de. Y lo di­go por­que es­tu­ve ce­san­te mu­cho tiem­po.

–¿No le mo­les­ta la eti­que­ta que le que­dó? Siem­pre que se di­ga Ro­ber­to Ro­jas, se di­rá “aquél de la ben­ga­la”…

–No me in­te­re­sa, no me po­ne mal ni na­da. A los con­tras los de­jo de la­do. Fui un es­tú­pi­do y no quie­ro ser­lo más.

–¿Se arre­pien­te de lo que hi­zo?

–Siem­pre me voy a arre­pen­tir, pe­ro es­tá har­ta­men­te su­pe­ra­do, por eso con­ver­so es­te te­ma de for­ma na­tu­ral. No me due­le más, aun­que en el co­mien­zo do­lía mu­cho y cos­ta­ba ex­pli­car­lo.

 

La Reconciliación

Ocurrió el 22 de diciembre, y el diario chileno Las Ultimas Noticias lo describió así: “El Estadio estalló mucho antes de que Bam Bam apareciera. Una ovación escuchada pocas veces cayó desde los cuatro costados: galerías y tribunas se vinieron abajo y pareció que era otro el dueño del homenaje. Roberto Rojas levantó la mirada sin creer mucho lo que ocurría. Levantó los brazos y agradeció el cariño indulgente del público”. (En la foto, con Chilavert).

 

Esto fue lo que pasó:

13-8-89 En un par­ti­do tu­mul­tuo­so, Chi­le y Bra­sil em­pa­tan 1-1 en San­tia­go por las eli­mi­na­to­rias, en el gru­po que com­par­ten con Ve­ne­zue­la y que otor­ga una so­la pla­za pa­ra el Mun­dial 90. Los in­ci­den­tes de­ter­mi­nan que Chi­le de­ba mu­dar­se a Men­do­za pa­ra en­fren­tar a Ve­ne­zue­la dos se­ma­nas más tar­de.

 

3-9-89 Un cli­ma en­ra­re­ci­do ro­dea al úl­ti­mo en­cuen­tro en­tre Bra­sil y Chi­le, en el Ma­ra­ca­ná. “Si hay pro­vo­ca­cio­nes, no ju­ga­re­mos”, ame­na­za el ca­pi­tán Ro­jas. Chi­le ne­ce­si­ta ga­nar pa­ra cla­si­fi­car; a Bra­sil le al­can­za con el em­pa­te. El lo­cal es muy su­pe­rior y con­vier­te a Ro­jas en fi­gu­ra. An­te 141.072 per­so­nas, Ca­re­ca ano­ta el 1-0 pa­ra Bra­sil a los 15’ del ST; 9 mi­nu­tos des­pués cae una ben­ga­la de­trás del ar­co de Ro­jas, el ar­que­ro acu­sa una le­sión y sa­le en­san­gren­ta­do, junto a sus compañeros. El ár­bi­tro Lous­tau es­pe­ra unos mi­nu­tos, pe­ro el pre­si­den­te de la Fe­de­ra­ción de Chi­le afir­ma que el equi­po no rea­nu­da­rá el par­ti­do.

 

10-9-89 El Co­mi­té Or­ga­ni­za­dor del Mun­dial le da por ga­na­do 2-0 el par­ti­do a Bra­sil, mul­ta a los lo­ca­les con 20 mil fran­cos sui­zos y de­ja el “ca­so Ro­jas” pa­ra que sea juz­ga­do por la Co­mi­sión Dis­ci­pli­na­ria de la FI­FA. To­do Chi­le le cree a su ar­que­ro y acu­sa a la FI­FA de ar­bi­tra­ria.

 

25-10-89 Lue­go de es­cu­char to­dos los des­car­gos, la Co­mi­sión Dis­ci­pli­na­ria da a co­no­cer la san­cio­nes: sus­pen­sión de por vi­da a Ro­jas pa­ra par­ti­dos in­ter­na­cio­na­les y tres me­ses de sus­pen­sión pa­ra tor­neos lo­ca­les. La FI­FA ca­ta­lo­ga el ca­so co­mo “el más gran­de in­ten­to de en­ga­ño de la his­to­ria del fút­bol”.

 

30-11-89 En Chi­le, una co­mi­sión in­ves­ti­ga­do­ra in­te­gra­da por abo­ga­dos, mé­di­cos y di­ri­gen­tes del fút­bol lo­cal con­clu­ye que Ro­jas fue el au­tor de la he­ri­da y que la ben­ga­la no le pe­gó. Gui­ller­mo Weins­tein, nue­vo pre­si­den­te de la Fe­de­ra­ción Chi­le­na, ase­gu­ra: “Fui­mos víc­ti­mas de una es­ta­fa”. Se es­tu­dia una san­ción pa­ra Ro­jas en el ám­bi­to lo­cal. El ar­que­ro in­sis­te con su ino­cen­cia: “No me pro­vo­qué la he­ri­da, ja­más lo ha­ría”.

 

8-12-89 El ju­ra­do de ape­la­cio­nes de la FI­FA con­fir­ma la san­ción con­tra Ro­jas an­te el re­cur­so pre­sen­ta­do por el ar­que­ro. Tam­bién san­cio­na al sub­ca­pi­tán Fer­nan­do As­ten­go, al DT Os­car Ara­ve­na y al mé­di­co por cin­co tem­po­ra­das, ade­más de mar­gi­nar a Chi­le de las eli­mi­na­to­rias pa­ra el Mun­dial 94.

 

26-5-90 Lue­go de nueve me­ses, Ro­jas se con­fie­sa an­te el dia­rio La Ter­ce­ra, de Chi­le, y ad­mi­te por pri­me­ra vez la ver­dad, por­que la con­cien­cia lo es­ta­ba “re­ven­tan­do”, se­gún sus pa­la­bras: “Yo me hi­ce la he­ri­da. El ayu­dan­te del mé­di­co me dio en el ves­tua­rio el bis­tu­rí y, en el se­gun­do tiem­po, me lo pu­se en el pu­ño de la ca­mi­se­ta. La ben­ga­la nun­ca me to­có. Ro­dé has­ta el hu­mo e hi­ce un so­lo cor­te pro­fun­do. Me la ju­gué por Chi­le, no por di­ne­ro”. Tam­bién ad­mi­te que exis­tía un pac­to con As­ten­go pa­ra re­ti­rar al equi­po for­zan­do un es­cán­da­lo que le per­mi­tie­ra ob­te­ner a Chi­le una ven­ta­ja de­por­ti­va.

 

1-5-01 El Co­mi­té de Dis­ci­pli­na de la FI­FA re­suel­ve per­do­nar a Ro­jas y le dic­ta una am­nis­tía gra­cias a la me­dia­ción de la Unión de Fut­bo­lis­tas de Chi­le. La de­ci­sión tie­ne un va­lor más sim­bó­li­co que efec­ti­vo por­que Ro­jas ya tie­ne 43 años. “Se hi­zo jus­ti­cia, al fi­nal ya pa­gué por mis erro­res. A mi edad, di­fí­cil­men­te vol­ve­ré a ju­gar, pe­ro el per­dón es una for­ma de la­var el al­ma y tran­qui­li­zar a la fa­mi­lia”, con­clu­ye Ro­jas.

 

 

Por Diego Borinsky

Fotos: Martín Zabala.

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