¡Habla memoria!

1984. Ramón Jara encontró a su madre

Por Redacción EG · 03 de marzo de 2020

La emotiva historia de un reencuentro. El boxeador Ramón Jara le había concedido una entrevista a El Gráfico donde decía que boxeaba para encontrar a su madre, finalmente cumplió su objetivo.

La doctora Amalia Almirón no logró reprimir un gesto de extrañeza cuando descubrió el contenido del sobre de papel madera que la aguardaba sobre su escritorio: era un ejemplar de la revista EL GRÁFICO. "¿Quién me mandará esto, y por qué?", se preguntó mientras recorría las páginas buscando sin éxito alguna clave.

La respuesta le llegaría apenas un rato más tarde, ese mismo día viernes 31 de agosto, cuando recibió un llamado telefónico en su despacho de jefa del Registro Civil de la ciudad de Vera. Era Oscar Bergesio, corresponsal de EL GRÁFICO en Santa Fe. La voz del periodista recorrió con claridad, aunque con un tono ligeramente intrigante, los 250 kilómetros que lo separaban de su interlocutora: "Sólo le ruego que lea una nota sobre el boxeador Ramón Jara, porque quizás usted pueda hacerle un gran favor a ese muchacho", dijo Bergesio. La doctora Almirón prometió hacerlo, sin saber que se convertiría en personaje principal de una novelesca historia real...

La foto de portada de aquella nota que Jara le concedió a El Gráfico.La foto de portada de aquella nota que Jara le concedió a El Gráfico.

La nota que había aparecido en la revista EL GRÁFICO número 3386, del martes 28 de agosto, se titulaba: "Boxeo para encontrar a mi madre". En ella, el boxeador Ramón Aníbal Jara —23 años, casado, invicto en 10 peleas profesionales, pupilo de Carlos Monzón, 70 en el ranking nacional de los welter juniors— confesaba que había agarrado los guantes por algo más que ambiciones deportivas. "Mis viejos se separaron cuando yo tenía 8 años. Por entonces vivíamos en Estación Toba, un pueblito ubicado a unos diez kilómetros de Vera, en Santa Fe. El juez de Paz le dio la tenencia de los hijos a mi papá —en total, somos seis hermanos— y desde ese momento nunca más la vi a mi vieja. Nosotros nos radicamos en la Capital. Ella se quedó allá, trabajando en el monte, viviendo con un tal Roberto. Ni siquiera conservo una foto, nada. Sólo sé que se llama María Mercedes Martínez, que debe andar por los cuarenta y pico de años y que un día, cuando yo sea famoso como boxeador, cuando todos me conozcan, ella va a aparecer. Ese día será el más hermoso de mi vida, ese día por fin voy a poder decirle que la quiero, que te quiero mucho, vieja, que no me olvidé nunca de vos... "

La doctora Almirón leyó la nota y comenzó a investigar. Viajó varias veces a Estación Toba, buscó en sus propios registros, charló con viejos vecinos, se metió en más de un destacamento policial y paulatinamente fue reconstruyendo una parte de la historia. Una parte aparentemente pequeña, pero de gran importancia.

Porque el lunes 1° de octubre —apenas un mes después de haber leído EL GRÁFICO— llamó a Bergesio para darle un informe: "María Mercedes Martínez convive desde que se separó de su esposo con Roberto Lugo Roméggio. Pero los dos ya no están más en Estación Toba. Lo último que se sabe de ellos es que están en San Pedro, en la provincia de Buenos Aires. Es todo lo que puedo decirle... "

Cuando el ex campeón argentino liviano Lorenzo García se metió en el bar "Plaza", ubicado en pleno centro de San Pedro, se sintió entre confundido y satisfecho. Sentados a una mesa estábamos Ramón Jara, Ricardo Alfieri hijo y yo. En realidad, no lo esperábamos a él. Simplemente habíamos decidido tomar un café y planificar nuestra búsqueda en San Pedro. Eran recién las once de la mañana del miércoles 3 de octubre. No se podía perder tiempo. Le contamos la historia a Lorenzo y su reacción fue instantánea: "Si quieren, yo los ayudo, aquí me conocen casi todos".

 

La casa de la Calle Pueyrredón, en San Pedro. El reencuentro, el abrazo, las lágrimas. Madre e hijo volvían a unirse.

La casa de la Calle Pueyrredón, en San Pedro. El reencuentro, el abrazo, las lágrimas. Madre e hijo volvían a unirse.

El destartalado rastrojero rojo de García le fue abriendo el camino al Ford Falcon conducido por Alberto Suárez y que llevaba a Jara y Alfieri. Empezamos por la comisaría: nada. Seguimos por el Registro Civil: "Sí, hay un Roberto Lugo: nació en 1947, es jornalero y vive en Las Canaletas. Si se animan... ", dijo la empleada. Nos animamos, a pesar de que Las Canaletas es uno de los barrios más grandes de San Pedro, ciudad de 37.000 habitantes desparramados a lo largo de 320 kilómetros cuadrados, distante 160 kilómetros de Buenos Aires. Encontramos a un Lugo, pero no era. Es más: no tenía ni idea de que hubiese alguien más con ese apellido. "Sin embargo... esperen: sí, hay un Lugo por el lado de El Matadero", nos dice el interrogado, ya en la despedida.

Allá vamos. Hay que tragar mucha tierra —El Matadero es un sector en las afueras de la ciudad lleno de quintas, donde todos suelen conocer a todos—, y se desarrolla una tediosa persecución. Nadie recuerda nada. A veces nos da la impresión de que la visión de tanto forastero contribuye a la repentina pérdida de memoria, y es entonces cuando la cara de Lorenzo —el héroe de San Pedro, el mismo que le ganó a Uby Sacco y le disputó el título mundial a Johnny Bumphus en enero de este año en Atlantic City, teniéndolo por el suelo y perdiendo luego por puntos— sirve para abrir puertas, una especie de pasaporte con una remera Adidas y una gorrita a cuadros.

Ya es más del mediodía. Hace mucho calor. Estamos embarrados de meternos en las quintas, transpirados de subir y bajar de los vehículos, sucios de la tierra levantada y —ninguno se atreve a confesarlo— ligeramente decepcionados. Nadie conoce a Lugo y mucho menos a María Mercedes Martínez. Hasta que par fin llegamos al último almacén, en los últimos metros de la última parte del barrio El Matadero, que es también la última posibilidad de una pista. Y también nos dicen que no, que no recuerdan a ningún Lugo, que lo lamentan, pero no...

Y es entonces, en ese almacén ignorado, cuando se nos ocurre comer algo. Son ya como las tres de la tarde. Hay hambre y sed. Descuelgan una morcilla cruda, un chorizo casero, abren un paquete de galletitas. Me acerco a la dueña del almacén. "¿Sabe qué pasa, señora? En realidad a la que buscamos es a una tal María Mercedes Martínez, es la madre de este chico, ¿vio? No la ve desde que tenía ocho años... ". Como uno de esos golpes fantasmas que provocan un nocaut, la mirada de la mujer (¿cómo se llamará usted, señora? Desde aquí, gracias) cambia. Como si al saber el verdadero motivo de nuestras averiguaciones le hubiera despertado súbitamente la memoria. "Si... vea: creo que se quién es; él trabajaba en lo de Artigas, el patrón se llamaba Artigas. ¿Vos sabés dónde queda? (dirigiéndose a Lorenzo García: sí, él sabe). Bueno vayan… " Y es tan imperiosa la sugerencia que vamos. Sin hablar. Cansados. Impacientes. Excitados. Llegamos a un corralón en la esquina de Pellegrini y Cardoni. Preguntamos todos al mismo tiempo. Alfieri, Jara, García, el chofer, yo. "¿Quién, 'Morcilla'?", dice alguien. No sabemos si es "Morcilla". "Ah... sí, vivía por el lado de la fábrica Arco de Oro, pero ya no está más, se fue". ¨¿Y la mujer? Buscamos a la mujer." "Ah, sí, ella está..."

Media hora más tarde —ya son las cinco— volvemos, impacientes: no encontramos nada. ¿Nadie nos guiará hasta la casa?

Ramón Jara se reencontró con su madre luego de quince años. Pasean por San Pedro.

Ramón Jara se reencontró con su madre luego de quince años. Pasean por San Pedro.

¨Yo lo conocía bien, trabajamos como dos años juntos. Sí, me parece que la señora se llamaba así", dice Rubén Darío Videla, un barbudo camionero de 30 años que conoce el camino a la casa. Bajamos del coche una Cuadra antes. Videla nos guía (Lorenzo García se fue a buscar a sus hijos a la escuela: prometió volver). Hay vueltas, revueltas, gente que niega. Mostramos EL GRÁFICO como prueba de nuestras intenciones y de pronto nos dicen: "Es ahí. Ahí" es, a primera vista, una gran cerca de alambres rodeada de árboles. Se distingue una casa, más atrás una casilla, una bomba de agua, una mujer. Nos atiende una señora de unos sesenta años. Preguntamos todos al mismo tiempo. No entiende nada. "A usted la buscamos, señora", grita Vi-dela, dirigiéndose a quien está allá en el fondo, ignorante de tanta impaciencia y revuelo. Se acerca. "Es ella", me digo. "Es ella", dice Alfieri. "Es ella", dice Jara. Se asoma. "¿Qué pasa?" Hablamos todos, alguien empuja al boxeador hacia su madre y él... él entonces toma fuerzas y le dice: "¡Yo soy Ramón, yo soy tu hijo!"

Se abrazaron. Lloraron. Lloramos. Todavía siento la voz quebrada y desgarrante de la madre: "¡Hijito! ¡Ay, hijito mío lo que le pedí a Dios que me permitiera vivir este momento! ¡Ay, Dios mío, gracias!" Hay más besos, abrazos, quejas, suspiros. Tratamos de serenarlos (de serenamos) y los dejamos ir hacia el fondo, hacia la casilla donde vive desde hace apenas unos meses. Luego habrá tiempo de charlar con ella, con él... La dueña de casa —Magdalena Alicia Caldentey, que todavía no entiende absolutamente nada—nos ofrece mate. Regresan madre e hijo.

—¿Y cómo está papá?

—Bien, mamá, bien.

—¿Y los demás chicos?

—Bien mamá, bien, te vas a encontrar un montón de nietos, yo tengo tres hijitos, ¿sabés? Ya te los voy a traer...

—Yo me enteré de que tu padre los trajo a todos a Buenos Aires. Por eso vine a San Pedro, para estar más cerca. Llevo aquí hace como seis años. Me vine con Roberto (por Lugo), y con él tuvimos un hijito, José María Belén: cumplió cinco años el 10 de junio. Pero él se fue, me dejó y se llevó al nene. Yo hago trabajos domésticos, y en una pollería que está acá cerca. Por suerte conocí a Jesús, un hombre bueno, con él estoy viviendo ahora...

—Y aquí estoy yo ahora, mamá, ya va a ver (por momentos la trata de usted, es más fuerte que él) cuando conozca a mi mujer, a mis hijos ¿Sabe? Soy boxeador, me hice boxeador para encontrarla, mamá...

—¿Boxeador? ¡De pibe te la pasabas peleando, diciendo que ibas a boxear, mirá vos!

—Cuénteme algo más, mamá...

—He sufrido mucho, m'hijito. Vos sabés lo que es trabajar en el algodonal, allá en el campo. Aquí trabajé con las naranjas, recolectando naranjas, cargando esos canastos pesadísimos. Siempre le pedí a Dios poder encontrarlos a todos. Tengo guardadita la única foto que nos sacamos juntos, ahora te la voy a mostrar, ¿sabés, negrito? Vos sabés que el lunes pasado (24 de septiembre) cumplí 44 años, y le decía a la dueña de esta casa que quería encontrarlos... La señora me presta la casilla del fondo, porque me había quedado en la calle... Es muy buena, nos queremos mucho, me gusta mucho San Pedro, ¿sabés?

Estación Toba, 1967. María Mercedes y sus hijos. Destacado con un círculo Ramón Aníbal. Esta es la única foto que refleja aquella época.

Estación Toba, 1967. María Mercedes y sus hijos. Destacado con un círculo Ramón Aníbal. Esta es la única foto que refleja aquella época.

 

Llega Lorenzo García y se prende a la ronda del mate. Jara le regala a su madre sus fotos de boxeador. Hacemos un repaso: recorrimos cerca de cien kilómetros alrededor de San Pedro y entrevistamos a unas veinte personas a lo largo de seis horas antes de encontrarla. Se hace difícil explicarle detalladamente nuestra búsqueda a la sorprendida mamá de Jara. Es más: me parece que todavía no se da cuenta cabal de lo que está viviendo, que sólo mañana, cuando despierte, empezará a entender que realmente encontró a su hijo.

Ya es de noche. Hay que regresar a Buenos Aires. Ya Jara sabe dónde está su madre. Ya María Mercedes Martínez dejó de ser un recuerdo. El boxeador planea visitarla lo antes posible, quizás dentro de una semana. En la despedida, menciono la nota de EL GRÁFICO.

—¿No se enteró de nada ,señora, no llegó a verla?

—Ay, señor, yo no sé leer.

 

 

Por CARLOS IRUSTA (1984).

Fotos: RICARDO ALFIERI (hijo).

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