¡Habla memoria!

1929. Rivarola se hizo el sordo ante el cantar de cien "canarios"

Por Redacción EG · 20 de enero de 2020

Por Borocotó. Juan Antonio Rivarola se convirtió, luego de su debut en 1928, en figura destacada de Colón. Su rendimiento lo llevaría a la Selección y a ganar el Sudamericano de ese año.

No fuma, no toma, no juega más que al fútbol y se acuesta a las diez de la noche. ¡Después dicen los viejos que la juventud está perdida! Algunos, pero no todos. Los hay, como Rivarola, que se ajustan a los más severos principios de la higiene. No le atrae la milonga, no le seduce el escolaso, no gusta de esas horas nocturnas que transcurren bostezando envueltas en el humo de los cigarrillos y mojadas de alcohol. No se descarrila ni aunque choque contra un tren. Acaso no haya chocado con esa novia que se nos presenta en la carretera de los veinte años, y que, si no nos obliga a acostarnos tarde, nos impide conciliar el sueño temprano. Pero al pibe Rivarola no le pasa nada de eso, o, mejor dicho, no le ha pasado nada. Tiene los veinte abriles que todos evocamos y una gran pasión que lo domina: el fútbol. Vive con ese horizonte con un amor deportivo: el club Colón. Fuera de los afectos comunes, tiene estos otros. Quisiera seguir jugando por tiempo indefinido, y ama a Colón de verdad. Por eso ha despreciado ofertas tentadoras, por eso se dio el lujo de esquivar a unos diez rail pesos que se le ofrecían a cambio de una firma que implicaba vestir otros colores. "En Colón me crie y seguiré en él"—me ha dicho. Y es posible que cumpla. De lo contrario, ¿cómo no iba a darle beligerancia al maravilloso canto de los cien canarios que se le ofrecieron?

FIEL CUMPLIDOR

No se hace el enfermo, no tiene que recibir citaciones para los partidos. Si durante toda la semana no ha visto a ningún miembro dé comisión ni ha aportado por el local social, cuando llegue el momento del match, Rivarola estará en su puesto. Siempre dispuesto, siempre contento, siempre entusiasta. No necesita llamados, no vive de promesas, no es preciso engañarlo. Cumple con un deber que le loa impuesto su propio sentimiento. Es joven y feliz. Se contenta con lo poco que le ha dado la vida. Ese poco que considera mucho, que, acaso, sea mucho. Posee un inmenso optimismo. "¡Qué más necesito para vivir!—me confesó—Tengo todo lo que preciso. Hasta tuve la suerte de viajar por Europa con Sportivo Barracas. Portándose bien siempre se recibe el pago. Estoy empleado en la Cámara. Podría faltar todos los días, pero no falto nunca. Por eso, porque no soy capaz de hacer papelones a nadie, los dirigentes de Colón me andan buscando un buen empleo. Si me lo dan, bien; si no me lo dan, paciencia. La plata se acaba, y cuando no se es atorrante, siempre se vive." Igual seguiría jugando por Colón. Su anhelo está basado en la duración del privilegio que hoy gozan sus tabas. Si cuando se tiene un hueco en la vida es necesario llenarlo de amor, Rivarola no tiene ningún hueco. Es todo cariño: a los suyos, a los amigos, a Santa Fe, al club y al deporte. Le falta el que la vida le ofrecerá en breve y que, posiblemente, ya se lo haya insinuado.

GUSTA DE LAS APILADAS

Criollo. Como el mate amargo, como la bota de potro, como las nazarenas. Fue un gaucho en sus encarnaciones pasadas. Cree que sus bisabuelos fueron extranjeros, pero todos los parientes que ha conocido fueron y son argentinos. Y él es morocho, bien tostado. Rápido de inteligencia, parece haber heredado algo del indio. Esquiva bien y pasa mejor, y para ser más criollo, gusta del dribbling. Se deleita pasando adversarios, apilándolos en el área. Comprende que es preciso ser más productivo, y, cuando se encuentra con buenos compañeros, sacrifica su deseo de gambetear para buscar la fuerza colectiva. Pero en su club no tiene buenos elementos y es necesario pasar gente, sortear obstáculos para llegar a la raya. De ahí su dribbling. Es una predilección y una necesidad.  Cuando cae en uno de esos potreros en donde chairó sus tabas de niño, el pibe Rivarola apila gente, amontona rivales y se va con la pelota escribiendo en el pasto apellidos alemanes. Es cuando vive más a gusto, cuando se siente más dichoso, cuando la vida le parece más linda. No piensa en que algún día las chiquisuelas van a quedar sin caracú. ¿Para qué se va a adelantar a los acontecimientos? Por ahora los remos responden y hasta contra la corriente. Lo demás será cosa de vivirlo cuando venga. Entonces quedará como un viejo gaucho recostado al arco de sus evocaciones arrancando recuerdos acumulados en la red de los años juveniles.

 

Antonio Rivarola posa para El Gráfico

Antonio Rivarola posa para El Gráfico

 

COMO LO DESCUBRIERON

Jugaba en los terrenos baldíos cercanos al puerto de Santa Fe. Su viejo estrilaba por lo que después se convertiría en un motivo de íntima satisfacción. El pibe Antonio desafiaba las broncas paternas y corría a los campitos. Y un día acertó a pasar por allí el señor Emilio Daneri, viejo dirigente e hincha de Colón. Vio actuar al chico Rivarola y quedó maravillado de su juego. Era el que sobresalía de toda la purretada gambeteadora. Lo llamó:

— ¿Querés jugar por Colón?

—Siempre fui partidario de ese club.

—Venite por el local y yo te voy a meter en la tercera.

Le pareció imposible. No había querido soñar ton esa felicidad porque la consideraba inaccesible. De ahí la emoción experimentada. Cuando llegó a su casa comunicó la buena nueva. Lo dijo con voz temblorosa, como con miedo. Y al domingo apareció de insider derecho en la tercera. Fue la revelación. Tenía diecisiete años. Era tan feliz que el corazón le saltaba fuera de la camiseta, de esa camiseta igual a las que había contemplado largamente en las vidrieras con cariño inefable. Ya la tenía puesta. Ya era jugador oficial. Y la tercera salió campeón. Los dos años que Rivarola actuó en ella logró esa performance. Después el pibe pasó a la primera. Después integró los combinados santafesinos. Después se fue con Sportivo Barracas a apilar gringos por Europa. Después vino lo imposible, lo que no hubiera imaginado nunca en aquellos potreros del puerto cuando hacía moñas con la pelota agüevada: internacional.

Internacional de un campeonato sudamericano. ¡Qué alegría para los suyos, para los muchachos amigos, para Colón, para la misma Santa Fe!

 

Rivarola jugó en Colón, el club de sus amores, también en Huracán, América de Brasil y Rosario Central.

Rivarola jugó en Colón, el club de sus amores, también en Huracán, América de Brasil y Rosario Central.

 

¡Y QUERIAN QUE ESTUDIARA!...

Su viejo, intentando hacerle un bien, le quería torcer el camino. Deseaba que estudiara, que llegara a ser doctor o alguna cosa parecida. No quería verlo de futboler. Mientras tanto, el pibe deseaba trabajar para independizarse. Trabajando lo dejarían jugar al fútbol. Él se pagaría las roturas de los pantalones y los desastres de las capelladas. En cuanto a los machucones, los sufriría resignado. Pero el viejo quería que estudiara, que fuera algo en la vida, que fuera lo que él no había podido ser. Y esa discusión se prolongó hasta que el pibe Antonio llegó a los diecisiete años y lo encontró Daneri. Ahí se definió su camino y comenzó a jugar oficialmente y a ser empleado nacional, que es una cosa muy parecida a la de trabajar. Y lentamente el viejo fue experimentando lo que no había sospechado.

Las primeras crónicas, los primeros ecos de la popularidad del hijo llegaron hasta sus oídos y se hizo esta reflexión: "Hay muchos doctores que nadie los conoce y que son unos burros." En cambio, Antoñito cada vez sonaba más. Y hoy suena como el mejor insider derecho del lugar, y como uno de, los mejores forwards argentinos.

 

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