¡Habla memoria!

1969. Cuente Mario, empiece con la historia…

Por Redacción EG · 16 de enero de 2020

Mario Boyé se junta con los recuerdos de antes… la fortaleza de su exuberante personalidad dentro y fuera de la cancha. Esta es la primera parte de una historia que continuaremos publicando.

La Boca. Dársena Sur... Allá abajo, el lomo espeso y turbio del Riachuelo, siempre manso, siempre inmóvil... Allá arriba, la marcha lenta del humo denso y oscuro, que la brisa va disipando allá a lo lejos... Paz en los mueles. Tregua del mediodía que silencia el incesante rechinar de los guinches, el rumor de los motores... Tregua del almuerzo. Una hora más y volverán los hombres encorvados de Quinquela. Una hora más y otra vez el brazo gigante del guinche volverá a blandir en el aire su gesto de autómata. La estiba espera el tributo de la carga. Así, como hoy, ayer. Así mañana...

La Boca. Dársena Sur... Donde la calle Blanes va a perderse en el río... Allí transcurrió la infancia de Mario. Allí llegó de Colegiales, cuando apenas había cumplido los diez años. ¿Colegiales? Sí..., había vivido en una casa que estaba por Teodoro García y Giribone, pero cuando se tienen esos pocos años, apenas se fijan los recuerdos... Porque su vida, su verdadera vida, es la que empezó allí. Frente a ese paisaje de barcos y muelle, frente a ese río oscuro e inmóvil. Allí se fue criando entre toda esa gente de costumbres iguales, de hábitos modestos, habituando el oído a la música de las sirenas y a la jerigonza portuaria, donde se mezclaban los dialectos meridionales de los inmigrantes italianos con el lunfardo porteño de los rudos estibadores...

El tiempo se fue llevando todo. Apenas queda el testimonio de ese pequeño baldío, en la esquina de la casa natal, frente al Riachuelo.

El tiempo se fue llevando todo. Apenas queda el testimonio de ese pequeño baldío, en la esquina de la casa natal, frente al Riachuelo.

Mario no pertenecía a ese "oscuro" linaje... No llegaba a ser señorito, pero por aquellos duros años del treinta, cuando el jornal de un par de pesos escaseaba, Mario era de clase media... Su padre, don Armando, desempeñaba por aquel entonces una actividad que para aquel medio era distinguida... Guarda de Aduanas. Algo así como doscientos pesos mensuales. Casi una fortuna, cuando en los fondines de la ribera, en ese mismo fondín de la esquina que le sigue peleando al tiempo, un plato de sopa marinera apenas si costaba unas pocas chirolas... Y ese bienestar económico se reflejaba en la figura de Mario... En la ropa limpia y de algún precio. En el aspecto más distinguido. Yo no conocía entonces a Mario, pero sí conocía las calles del barrio, conocía las casas por adentro, conocía la vida que se ocultaba detrás de la chapa y la madera... Al cabo, si allí había nacido Por eso conocía a don Armando. Era un elegante, que despertaba mi admiración con sus trajes siempre bien cortados, el cuello impecable, la corbata fina... Era hombre que tenía centro, que tenía calle Corrientes, cuando todavía era angosta y sonaba a tango... "Un cajetilla", como me dice ahora Mario con orgullo. Vocabulario pulido de funcionario. Maneras finas. Y ahondo en el recuerdo de don Armando porque fue verdadero creador del jugador que después fue Mario... Fue él quien le puso en la sangre toda la entusiasta y apasionada vocación que sentía por el fútbol. Por eso, no obstante su "casa bien", Mario se hizo reo, se hizo chiquilín de la calle y se entreveró con la intimidad del barrio... Por eso, tal vez, se mezcló en los baldíos del puerto, vagó por los terrenos del ferrocarril y se hizo punto habitual en los picados que sólo concluían con la última luz del atardecer, con su secuela de insultos y puñetazos... Eso era lo que don Armando ambicionaba secretamente para su hijo...

Sin embargo, cuando concluyó el sexto grado, quiso que estudiara. Mario eligió comercio, seguramente sin saber si en realidad le gustaba. Colegio Comercial N° 1. Muy cerca de la casa, en Martín García y Montes de Oca, frente al Parque Lezama, donde hasta hace muy poco tiempo todavía funcionaba... ¡Estudiar por aquellos años...! Por el treinta y cinco... Era como pasar a ser el niño bien del barrio... Usar traje y corbata. Vestirse de domingo todos los días. Andar con los zapatos lustrados en el país de las alpargatas... Al cabo, ocurrió lo que estaba casi previsto... "Yo no había nacido para eso", comenta Mario en el relato. La calle, los amigos y el fútbol ya se le habían metido en la sangre. Su vida, la que él quería, estaba en todo eso. En el "Dársena Sur", que ya había comprado camiseta de colores, que ya tenía la sede modesta... ¿Los libros? ¿Las notas? No había concluido el tercer año cuando abandonó. Tenía entonces quince años. Nada de contador ni de perito mercantil. Jugador de fútbol. Eso quería ser. Ardientemente. En todos los actos de su vida, en todas las horas del día, su único pensamiento era ése. El mismo sueño que discretamente alimentaba don Armando... "No abandones el colegio, Mario —le decía—, pe-ro quiero que sigas jugando..." Y en las mañanas del domingo, en los partidos del "Dársena Sur", allí estaba don Armando, espiando cada jugada de su hijo, como un manager, como un técnico privado... Y después el comentario, el elogio, el reproche...

 

El gran cabeceador. El atleta El goleador.

El gran cabeceador. El atleta El goleador.

 

 

SERAS JUGADOR O NO SERAS NADA...

Estamos con Mario en la puerta de la casa de antes... Blanes 40. Tres pisos de mampostería y adentro departamentos. Está tal cual lo era antes, treinta y cinco años antes... ¡Mirá que para aquellos tiempos vivir aquí era de bacanes...! —dice sonriendo—. ¡Hasta los pibes me cargaban!... A lo mejor está viviendo la misma gente... ¿Sabes cuántos años viví aquí, en esta casa...? Más de quince años... Me acuerdo cómo era yo cuando recién cumplí los quince años... Un flaco bárbaro... Alto, ¿sabes? Como ahora. Pero flaco, pecoso y colorado... Ahora sí, fuerte como un roble... Y creo que eso fue lo que más me favoreció en el fútbol... La fuerza y el temperamento que ya tenía de purrete... Porque aquí, si te dejabas llevar por delante, te pi saban... Pero hay algo que me falta... Me estoy olvidando del pobre viejo... ¡Qué viejo tuve yo! ¿Vos te crees que alguna vez me hizo sentir la diferencia...? Así, de padre a hijo... No... Fue un amigo, un amigazo para todo... Era tan vivo que hasta sabía hacerse el otario cuando yo lo quería pasar con una picardía... ¿Vos sabes lo que es acompañarme a todos los partidos, hasta en los baldíos, en Boca, y quedarse allí agarrado del alambrado para verme jugar... Mirá..., te voy a contar una cosa que lo pinta de cuerpo entero... Yo tenía diecisiete años... La vida se me iba agrandando... Los primeros berretines, alguna milonga y ¡qué sé yo!, la necesidad de llevar algún peso de más en el bolsillo... Un día le dije que tenía que hablar con él, pero seriamente... "Mirá, viejo —empecé---, yo necesito que me consigas un laburo, porque ya soy mayorcito y con la mensualdad que vos me das, no me alcanza para nada..." ¿A que no sabes qué me contestó...? Primero me relojeó de arriba a abajo, como si estuviera compadeciéndome... Después, me habló con mucha pausa —como hablaba él—... "¿Trabajo? Usted debe estar loco —porque tenía la costumbre de tratarme de usted—¿Para qué? Ahí tiene un par de trajes para vestirse, zapatos, camisas y algún peso no le falta... ¿Para qué quiere trabajar? Mire, ya que largó el colegio,' preocúpese de una sola cosa... Yo no lo mando a trabajar pero, por sobre todas las cosas, usted me sale jugador de fútbol... No se me olvide... Porque de esa manera va a hacer feliz a su padre..." ¿Te das cuenta? Era un fenómeno. Resulta que a algunos amigos míos los viejos les rompían la cabeza porque jugaban... Conmigo era al revés. Casi me obligaba... Lo sentí mucho cuando se fue... Por suerte vivió para verme jugar en la primera de Boca unos cuantos años..., en Racing y en la selección... Ese fue el sueño grande de su vida y al menos pudo dárselo... ¿Eh? Pero, pucha, ¡qué cambiado está esto! ¿Te fijaste que ya no le quedan más baldíos a los pibes...? Y pensar que hace treinta años aquí se podían hacer cien canchas... ¿Cómo no iban a salir tantos jugadores...?

El cemento de Boca, que se estremeció con las grandes tardes de Mario...

El cemento de Boca, que se estremeció con las grandes tardes de Mario...

 

LA CANCHA DE LOS INGLESES...

Está todavía. Está todavía el lugar donde estaba. Blanes y Ministro Brin. Sólo que de lo de antes y3 no queda nada. Sólo ese inmenso galpón que no sabe nada del pasado, que no conoció a don Nicola, aquel italiano que trabajaba de can-chero, que tal vez estará ya muerto... Esa era la famosa "Cancha de los Ingleses", con arcos, con alambrado, con ese desvencijado vagón de ferrocarril que hacía de vestuario. Arida, sin una mata de pasto, siempre polvorienta... Pertenecía a la Mission Inglesa que sigue teniendo el edificio social en Humberto 1 y Paseo Colón... Y habían arrendado la tierra para que la utilizaran justamente las tripulaciones de los barcos ingleses que amarraban en Puert o Nuevo... Y don Nicola, para que "los yonis" —como dice Mario en su relato— tuvieran partido, los hacía jugar contra un equipo que él mismo formaba con los pibes del barrio... Los yonis eran como gigantes comparados con nosotros... Ya sé que no sabían ni medio con la pelota, pero te mataban a golpes... Mírá cómo era... Ellos con botines que tenían la puntera dura como un fierro y nosotros con zapatillas... Pero, ¿sabés cómo aprendías contra esos tipos? Aprendías a la fuerza porque si chocabas dos veces no te levantabas más... ¡Te mataban! Y eran partidos de tres, cuatro horas, porque terminábamos con un barco y venían los yonis del otro... A veces, también venían los italianos del Augustus, pero esos jugaban bastante bien... ¿Yo? me pasaba el día en la cancha... Era el punto infaltable, porque si no estabas, don Nicola te mandaba a buscar... El pobre se ganaba algún pe-sito con los tipos..."

 

EL FORTIN

El viejo don Nicola no sólo era el canchero. Era también ad-ministrador... Entonces, cuando no iban "los yonis" alquilaba "las instalaciones". El derecho a utilizar la cancha y el vagón. Treinta centavos por cabeza era el costo del arriendo por noventa minutos, y en los domingos no alcanzaban los horarios... ¿Qué importaban entonces los yonis y los italianos? Era el desafío entre el equipo del barrio contra el que llegaba de afuera... A morir. Con gente pegada al alambrado, con árbitro, con jueces de línea... Mario jugaba para El Fortín, ya famoso en la Boca y que tenía hasta sede en la esquina de Blanes y Necochea, un local que todavía existe, por el que entonces pagaban apenas diez pesos de alquiler... Mario entraba como puntero derecho o como centro delantero..., los dos puestos que prefirió toda su vida, aún en los años del fútbol grande... Y allí, en El Fortín ya era lo que fue después, ya insinuaba todos aquellos mismos atributos que lo llevaron a la fama. Guapo, vigoroso... La velocidad del pique, la fuerza para elevarse y la potencia para pegarle a la pelota con las dos piernas y a la carrera... Y la fama de goleador. Esa fama que fue el sino de su vida... "Vos sabes que nunca fui un virtuoso... Sí allí, en los Ingleses, había pibes que la rompían... Y decime una cosa, ¿qué chiquilín no era gambeteador antes, quién no la pisaba? Pero yo tenía lo mío... Que las quería todas, que me gustaban todas, que las corría todas hasta las que no podía alcanzar... Fui siempre veloz. Siempre le pegué fuerte a la pelota. Iba arriba como un fenómeno... Ya sé que muchos me decían "Tronco", pero con eso, con todo eso, a mí me sobraba para ganar... Y para mí ya de pibe era o ganar o dejar el alma... Otra no hay. Ni antes, ni ahora, ni mañana... El fútbol es eso y no le busques más nada. Ganar. Otra no hay, al menos para mí... Y así fui siempre...

Blanes y Necochea. Allá en la Boca. La antigua sede de ¨El Fortín¨. Ya no existe.

Blanes y Necochea. Allá en la Boca. La antigua sede de ¨El Fortín¨. Ya no existe.

Y pienso que no sólo fue "así" tal como él se define, tal como yo lo conocí... "Así" sigue siendo ahora. Conserva la misma imagen de antes. Aquí caminando por las calles de antes, deteniéndose frente a los recuerdos adolescentes, devolviendo el saludo a los viejos vecinos que lo identifican, sigue siendo Mario Boyé. En la simpatía chispeante del carácter, en el vigor de los movimientos, en la fortaleza atlética del andar, en esa respiración que se hace honda, pleno de salud física y espiritual... Así trastornaba a las tribunas... Así inspiraba los versos que le cantaron... Tal vez —como dice el mismo Mario— llegó a pulirse, llegó a madurar sus condiciones de jugador, pero siempre fue eso, siempre conservó eso que fue su verdadera esencia... "¿Sabes cómo llegué a convencer a la gente? ¿A todos los que me gritaban "tronco"...? ¡A fuerza de goles!... Si con ese lenguaje terminas por convencerlos hasta a los que son contra, hasta a los que son hinchas del contrario... Los de tu equipo te quieren porque les haces gritar gol y ganar partidos y los del contrario te tienen miedo, que es una forma de elogiarte... ¿O no es así? Mirá que yo tuve líos en el fútbol... Líos por eso... Porque algunos creyeron y otros no... ¡Calcula que yo nací en la época de los gambeteadores, como te dije antes! ¡Entonces, yo era el "Tronco"...! Pero te voy a contar una anécdota que publicó Borocotó en El Gráfico hace muchos años. Por el cuarenta y tantos... Parece que un tipo de la tribuna me hacía la guerra y a cada momento repetía: "¿Qué le ven a este Boyé?". Y otra vez, al rato: "¿Y qué te ven a este Boyé?" Y a raíz de eso, Borocotó escribió una apilada. Como si fuera un diálogo con ese mismo punto, ¿me entendés? "¿Es veloz Boyé? Sí. ¿Cabecea? Sí. ¿Tiene pique? Sí. ¿Patea fuerte? Sí. ¿Hace goles? Si. ¿Entonces, qué quieren? Si tiene todo eso, entonces lo que le falta es ser madre y chau..."

 

LA LLEGADA A BOCA...

La estampa y el gesto típicos. El rigor que desarmaba defensores y obligaba siempre.

La estampa y el gesto típicos. El rigor que desarmaba defensores y obligaba siempre.

Tena 14 años cuando don Armando lo llevó a Boca... Fue allá por 1936. Era en los tiempos en que la sexta de Baca jugaba con dos punteros derechos... Mario, dentro de la cancha, y don Armando, por fuera... El esfuerzo del hijo y la ambición del padre... Pero, no deslumbraba... La gente, los delegados, sólo le elogiaban el físico, el vigor, pero asociándolo a la corriente de entonces... "¡Sí, es fuerte, tiene pique!", que era como decir: "Pero no es jugador..." Y con ese gesto que no podrá nunca expulsar de la cara, le agrega el comentario... "Pero... ¿vos te crees que yo me iba a entregar, que me iban a hacer bajar los brazos...? Peor. Cada vez le daba más para adelante, cada vez con más amor propio... La mía era ésa, les gustara o no... Y con ésa iba a ganar. Estaba seguro que iba a ganar... Y hacía goles. Y seguí peleando... Pasé a la quinta. Estuve un año. Pasé a la cuarta... Y seguía jugando en El Fortín y también en otro club que se llamaba Brisas del Plata, que también era del barrio... Entonces podía darle dos y tres partidos por día... Al final llegué a la tercera... Ya era alguien, no mucho, pero estaba en el comentario, porque los goles pesaban... ¿El físico? Ya desde la cuarta era grandote como ahora... Me acuerdo que jugaba con Roque Valsechi, ¿te acordás? Y los contrarios creían que teníamos la cédula falsificada... Bueno... Y ya jugaba los domingos en la tercera y los jueves en la reserva... Me faltaba llegar a la primera y ya la estaba viendo fácil... Sabía que me estaba faltando poco para llegar..."

(Continuará…)

 

 

Por Osvaldo Ardizzone (1969).

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