¡Habla memoria!

Arsenal de Llavallol, cenizas del paraiso

Por Redacción EG · 13 de enero de 2020

Fue un club que nació a fines de los 40 para competir en los Juegos Evita y llegó a ser filial de River y de Boca. La historia del otro Arsenal, que en sus veinte años de vida vio crecer a cracks como Rojitas, Maschio y Angelillo.

En­tre esos pas­ti­za­les hay hue­llas, sig­nos de pe­lo­ta y aro­ma a fút­bol. En­ me­dio de esos pas­ti­za­les que al­gu­na vez fue­ron cés­ped es­tán las mar­cas de los bo­ti­nes de An­gel Cle­men­te Ro­jas, del Bo­cha Mas­chio y de tan­tos otros hom­bres que for­ma­ron par­te de la his­to­ria del fút­bol ar­gen­ti­no. En ese te­rre­no que hoy es bal­dío –sin ver­de, sin lí­neas de cal, sin tri­bu­nas de ce­men­to–, en la es­qui­na de Ca­ta­li­na Sur y Li­bres del Sud, es­ta­ba el Club Ar­se­nal de Lla­va­llol, una ins­ti­tu­ción que na­ció con el fút­bol in­fan­til, que fue fi­lial de Ri­ver y más tar­de de Bo­ca y que de­sa­pa­re­ció del ma­pa fut­bo­le­ro en 1968, veinte años des­pués de su na­ci­mien­to.

Dos figuras que crecieron en Arsenal: Rojitas (Boca) y Norberto Shiro (San Lorenzo).

Dos figuras que crecieron en Arsenal: Rojitas (Boca) y Norberto Shiro (San Lorenzo).

Esos yu­yos irra­dian tam­bién his­to­ria. ¿Qué he­cho lle­va a la fun­da­ción de un club? ¿El de­seo de reu­nir­se, de com­pe­tir? ¿Las ga­nas de dar a co­no­cer al ba­rrio, de en­con­trar­se en un pun­to en co­mún? ¿Aca­so un ca­pri­cho sur­gi­do de una char­la en­tre ami­gos, en la pla­za de un lu­gar cual­quie­ra? En es­te ca­so, la his­to­ria de Ar­se­nal na­ce de la vo­ca­ción de un hombre, Aníbal Díaz, por la bús­que­da de ju­ga­do­res.

A fi­nes de los años 40, las ca­lles de tie­rra de la zo­na sur del Gran Bue­nos Ai­res le­van­ta­ban pol­va­re­da con el an­dar del au­to de Aní­bal Díaz, el Gor­do, ese hom­bre so­li­ta­rio que re­co­rría los po­tre­ros, qui­zá mar­can­do el ini­cio de una pro­fe­sión muy co­mún en la ac­tua­li­dad: la de ca­za­ta­len­tos. Ba­jo su idea se eri­ge el Club Ar­se­nal de Lla­va­llol, el 12 de oc­tu­bre de 1948.

“Pi­be, ve­ní. Vos ju­gás bien, sos bue­no. ¿No que­rés que ha­ble con tu pa­pá y te lle­ve a ju­gar a otras can­chas?”. Díaz re­pe­tía y re­pe­tía la fra­se. En si­len­cio, y sin un es­pa­cio fí­si­co fi­jo de en­tre­na­mien­to, fue jun­tan­do a esos chi­cos que ju­ga­rían y se con­sa­gra­rían cam­peo­nes de los Tor­neos Evi­ta, en 1950, re­pre­sen­tan­do al par­ti­do de Al­mi­ran­te Brown. Ese equi­po, en el que se des­ta­ca­ba el Polaco Vla­dis­lao Cap, fue el ga­na­dor en la pro­vin­cia de Bue­nos Ai­res y en el Tor­neo Na­cio­nal.

El re­gla­men­to de esos cam­peo­na­tos le otor­ga­ba al cam­peón un pre­dio pa­ra cons­truir un es­ta­dio. Dos años des­pués, cuan­do Ar­se­nal vol­vía a dis­pu­tar la fi­nal na­cio­nal en el es­ta­dio de Ri­ver an­te Evi­ta, Es­tre­lla de Ma­ña­na (un equi­po de San­ta Fe don­de se des­ta­ca­ba Jo­sé Yu­di­ca), el pre­mio to­da­vía no ha­bía si­do pa­ga­do. “Díaz nos jun­tó a to­dos y nos man­dó al pal­co con una car­ta. Ahí es­ta­ban Juan Do­min­go Pe­rón y Ra­món Ce­rei­jo. A tra­vés de ese tex­to, le pe­día­mos el pre­dio que nos co­rres­pon­día. ‘Ya lo van a te­ner’, nos di­jo Pe­rón. Y no­so­tros le trans­mi­ti­mos eso al Gor­do”, cuen­ta Nor­ber­to Schi­ro, in­te­gran­te de ese equi­po, ex ju­ga­dor de Ar­se­nal y des­pués cam­peón con San Lo­ren­zo en 1959.

En­tre esos chi­cos es­ta­ba tam­bién An­to­nio Valentín An­ge­li­llo, quien des­de Ita­lia re­cuer­da a Ar­se­nal: “Díaz me des­cu­brió en un po­tre­ro en Par­que Pa­tri­cios. Me ha­bía vis­to ju­gar y me vi­no a ha­blar una tar­de en que yo es­ta­ba re­mon­tan­do un ba­rri­le­te. Ahí me ha­bló de Ar­se­nal, de los Tor­neos Evi­ta. Y yo fui y ju­gué. Ahí me for­mé, apren­dí de dis­ci­pli­na. Fue el tram­po­lín de mi ca­rre­ra”.

Angelillo, nació en Arsenal, jugó en Racing, Boca, Inter, Roma y Milan. Crack.

Angelillo, nació en Arsenal, jugó en Racing, Boca, Inter, Roma y Milan. Crack.

Lla­va­llol, esa ciu­dad chi­qui­ta del par­ti­do de Lo­mas de Za­mo­ra, cre­cía por ese en­ton­ces al rit­mo de las fá­bri­cas. Allí es­ta­ban los te­rre­nos que el go­bier­no fi­nal­men­te le ce­dió, don­de el club em­pe­zó a idear su es­ta­dio. Y aun­que no hay una ex­pli­ca­ción cer­te­ra acer­ca de la elec­ción del nom­bre, tan­to Schi­ro co­mo Hum­ber­to Mas­chio coin­ci­den en que pue­de ha­ber in­flui­do en es­to el gus­to de Díaz por el fút­bol in­glés. De ahí sur­ge la de­no­mi­na­ción “Ar­se­nal”.

Lo cier­to es que con esos te­rre­nos en su po­der, el Gor­do tu­vo el lu­gar don­de lle­var a sus chi­cos, el si­tio don­de cons­tru­yó una can­cha con tri­bu­nas de ce­men­to, con ves­tua­rios. El lu­gar en el que tam­bién em­pe­za­ron a ha­cer­se un nom­bre en el fút­bol Na­ta­lio Si­vo y Vla­dis­lao Cap. El lu­gar en el que bro­tó la his­to­ria.

 

LA LLE­GA­DA A LA AFA

Los ha­bi­tan­tes de Lla­va­llol eran tes­ti­gos del cre­ci­mien­to del club e iban acer­cán­do­se al lu­gar. Es­te apo­yo, más la es­truc­tu­ra fí­si­ca e ins­ti­tu­cio­nal, de­ri­va­ron en lo que fue un sue­ño: el pe­di­do pa­ra par­ti­ci­par en el Cam­peo­na­to de Afi­cio­na­dos, una es­pe­cie de Pri­me­ra D, la úl­ti­ma ca­te­go­ría del fút­bol ar­gen­ti­no.

La rea­li­dad lle­gó el 27 de abril de 1952 cuan­do, tras la afi­lia­ción, Ar­se­nal ju­gó su pri­mer par­ti­do, con esa ca­mi­se­ta ma­rrón y ama­ri­lla a bas­to­nes ver­ti­ca­les. El en­cuen­tro del de­but fue du­ro. Brown de Adro­gué, otro equi­po de la zo­na, le ga­nó 7-0.

Es­ta­ba cla­ro que ese club que es­ta­ba a tres cua­dras de la es­ta­ción de tre­n no iba a con­se­guir ré­di­tos de­por­ti­vos fá­cil­men­te. Mien­tras los de­más equi­pos con­ta­ban con plan­te­les ex­pe­ri­men­ta­dos –o con una mez­cla en­tre jó­ve­nes y ma­yo­res–, Ar­se­nal te­nía en­tre sus fi­las a chi­cos que no su­pe­ra­ban los 23 años. Qui­zás eso tam­po­co des­ve­la­ba al Gor­do Díaz, quien ade­más de fun­da­dor, pre­si­den­te, téc­ni­co y des­cu­bri­dor de ju­ga­do­res, ac­tua­ba co­mo em­pre­sa­rio y lle­va­ba a sus cracks a di­fe­ren­tes clu­bes de ma­yor en­ver­ga­du­ra.

Ar­se­nal con­si­guió su­mar 16 pun­tos en su pri­me­ra ex­pe­rien­cia co­mo equi­po ofi­cial, en un tor­neo que tu­vo finalmente co­mo cam­peón a Flan­dria. Y un año des­pués, en 1953, ter­mi­na­ría en el sex­to lu­gar del cam­peo­na­to, en­tre los sie­te par­ti­ci­pan­tes.

Con la original camiseta de Arsenal de Llavallol, a bastones marrones y amarillos, un equipo de 1955. Marcados, valores del fútbol argentino, desde la izquierda: El Polaco Cap, Schiro y Angelillo (abajo).

Con la original camiseta de Arsenal de Llavallol, a bastones marrones y amarillos, un equipo de 1955. Marcados, valores del fútbol argentino, desde la izquierda: El Polaco Cap, Schiro y Angelillo (abajo).

El an­he­lo má­xi­mo de ju­gar al fút­bol ofi­cial­men­te ya es­ta­ba cum­pli­do e iba a te­ner un pre­mio, que se con­si­guió sin la ne­ce­si­dad de ob­te­ner el tí­tu­lo. En 1954 Ar­se­nal cul­mi­nó en el quin­to es­ca­lón del tor­neo, pe­ro pu­do su­bir de ca­te­go­ría jun­to a Sa­ca­chis­pas, que era el má­xi­mo ri­val (un due­lo que se arras­tra­ba des­de aque­llos par­ti­dos por los Tor­neos Evi­ta) y que fue cam­peón en su pri­me­ra tem­po­ra­da en el Cam­peo­na­to de Afi­cio­na­dos.

Por ese en­ton­ces es­ta­ba en vi­gen­cia una nor­ma que es­ta­ble­cía que los clu­bes con de­ter­mi­na­do nú­me­ro de so­cios y co­mo­di­da­des en sus es­ta­dios po­dían so­li­ci­tar ser pro­mo­vi­dos a la Se­gun­da Di­vi­sión, lue­go de­no­mi­na­da Pri­me­ra C. Ar­se­nal, es­ta­ba cla­ro, cum­plía con esos re­qui­si­tos y por eso as­cen­dió, de la mis­ma for­ma que lo hi­cie­ron Brown de Adro­gué y J. J. de Ur­qui­za.

Otro de­but, otra de­rro­ta. En ese pri­mer en­cuen­tro en la nue­va ca­te­go­ría, los jó­ve­nes de Ar­se­nal ca­ye­ron an­te Flan­dria, en Jáu­re­gui, por 3-0. En la Pri­me­ra C pu­do per­ma­ne­cer has­ta 1958, con una irre­gu­la­ri­dad ine­vi­ta­ble: ese año vol­vió a des­cen­der y en 1959 fue de­sa­fi­lia­do de la AFA.

 

DE­SA­FI­LIA­CION, RI­VER Y BO­CA

Des­pués de dis­pu­tar­se 14 fe­chas del tor­neo, la AFA de­ci­dió de­sa­fi­liar al equi­po de Lla­va­llol, sin de­jar mo­ti­vos cla­ros pa­ra tal san­ción. El tes­ti­mo­nio de Schi­ro sir­ve pa­ra tra­tar de ar­mar el rom­pe­ca­be­zas: “En el 59 se des­cu­brió que Díaz fal­si­fi­có la fir­ma de Raúl Co­lom­bo, por en­ton­ces pre­si­den­te de la AFA, pa­ra trans­fe­rir ju­ga­do­res a Eu­ro­pa y evi­tar el pa­go del pa­se in­ter­na­cio­nal, en un ma­ne­jo muy tur­bio. Ade­más, ese mis­mo año, el Gor­do le hi­zo jui­cio a San Lo­ren­zo por el pa­go de mi pa­se. Y más tar­de en­tró en li­ti­gio con la AFA por la de­sa­fi­lia­ción de Ar­se­nal”. Esa fal­si­fi­ca­ción ha­bría si­do el motivo.

Mien­tras tan­to, los chi­cos se­guían en­tre­nán­do­se en el es­ta­dio y ju­ga­ban par­ti­dos amis­to­sos. Díaz continuaba con su ta­rea de di­ri­gen­te to­do ­te­rre­no. En 1961, por ejem­plo, lle­gó a un acuer­do con Ri­ver Pla­te, por el que to­dos los in­te­gran­tes de Ar­se­nal pa­sa­ban a for­mar par­te de la ins­ti­tu­ción de Nú­ñez y se en­tre­na­ban allí. Pe­se a que no hay do­cu­men­ta­ción que cer­ti­fi­que es­to, sí es­tán los car­nets de ju­ga­do­res. Ri­car­do So­te­lo, in­te­gran­te del úni­co equi­po de Ar­se­nal que se con­sa­gró cam­peón años más tar­de, aún lo con­ser­va. Y cuen­ta: “El Gor­do nos lle­vó a to­dos los de las in­fe­rio­res pa­ra Ri­ver. Ahí nos die­ron las cre­den­cia­les y, ade­más, ro­pa y to­das esas co­sas. Los ju­ga­do­res de me­nor ni­vel se­guían en­tre­nán­do­se en Lla­va­llol. Igual el arre­glo du­ró po­co: ha­brán si­do unos ocho me­ses. Des­pués vol­vi­mos a Ar­se­nal”.

Re­cién en 1962 el equi­po volvió a los tor­neos ofi­cia­les, pe­ro esa tem­po­ra­da –y la si­guien­te– tuvo una cam­pa­ña irre­gu­lar, que le im­pi­dió cla­si­fi­car­se pa­ra el Re­du­ci­do por el as­cen­so. Y allí apareció Boca. En la Me­mo­ria y Ba­lan­ce de Bo­ca que per­te­ne­ce al CIHF (Cen­tro pa­ra la In­ves­ti­ga­ción de la His­to­ria del Fút­bol) es­tá la prue­ba do­cu­men­tal. To­do Ar­se­nal pa­sa­ba a ser de Bo­ca. Allí apa­re­cen los 56 ju­ga­do­res in­cor­po­ra­dos al equi­po xe­nei­ze, con ca­rác­ter de­fi­ni­ti­vo, tal el ca­so de Ru­bén Mag­da­le­na. Y la lis­ta de ju­ga­do­res ce­di­dos al equi­po de Lla­va­llol, a prue­ba y sin op­ción, has­ta el 31 de di­ciem­bre de 1962. En­tre esos nom­bres se des­ta­can los de An­gel Cle­men­te Ro­jas y Os­car Pia­net­ti.

Rojitas, otro que arrancó en Llavallol y llegó a ser uno de los máximos ídolos de Boca.

Rojitas, otro que arrancó en Llavallol y llegó a ser uno de los máximos ídolos de Boca.

Es­ta­ba cla­ro, Díaz era rá­pi­do pa­ra los ne­go­cios. El acuer­do con Al­ber­to J. Ar­man­do era be­ne­fi­cio­so. Ar­se­nal se trans­for­ma­ba en una fi­lial del club de la Ri­be­ra, cam­bia­ba su ca­mi­se­ta por la azul y ama­ri­lla y, ade­más, for­ma­ba un equi­po com­pe­ti­ti­vo.

Ro­ji­tas era uno de los que se des­ta­ca­ba en­tre esos mu­cha­chos. “Yo es­ta­ba en Bo­ca y me co­mu­ni­ca­ron que me man­da­ban un año a ju­gar a un tal Ar­se­nal de Lla­va­llol. La ver­dad, mu­chas ga­nas no me des­per­tó: te­nía que via­jar en co­lec­ti­vo des­de Sa­ran­dí... Pe­ro me di­je­ron que iba a co­brar un suel­do. Ima­gi­na­te. Yo ve­nía de una fa­mi­lia hu­mil­de, no lo po­día creer”, cuen­ta hoy el ído­lo bo­quen­se.

Mi­guel Zap­pi­no, pre­si­den­te por en­ton­ces de Ar­se­nal e in­te­gran­te de la Co­mi­sión Di­rec­ti­va de Bo­ca, lo es­ta­ba es­pe­ran­do. “Ahí me em­pie­za a ha­blar de con­duc­ta y me di­ce que me va a pa­gar. Tu­ve un buen ren­di­mien­to, hi­ce go­les y al mes pu­de co­brar. Fui con la pla­ta es­con­di­da en el cal­zon­ci­llo. No po­día sa­lir del asom­bro. Ja­más me voy a ol­vi­dar de ese club. Ahí me pu­se bien, pu­de adap­tar­me y gra­cias a eso arran­có mi ca­rre­ra. Es más: yo me ena­mo­ré del azul y ama­ri­llo cuan­do ju­ga­ba en Ar­se­nal”, ex­pre­sa.

 

EL UNI­CO TI­TU­LO

La glo­ria pa­ra ese equi­po de jó­ve­nes, pa­ra la fi­lial de Bo­ca Ju­niors, lle­gó en 1964, un año en el que con­si­guió triun­fos ru­ti­lan­tes, co­mo la vic­to­ria por 12-1 so­bre Tris­tán Suá­rez. “La es­cue­la de Bo­ca es cam­peo­na”, ti­tu­ló el dia­rio Cró­ni­ca el 23 de di­ciem­bre de ese año. Ar­se­nal pu­do al­zar el tro­feo y gri­tar cam­peón de la di­vi­sión de Afi­cio­na­dos des­pués de ven­cer a Itu­zain­gó. El 12 de di­ciem­bre, en la can­cha de Fe­rro, se im­pu­so por 2-0 y, en el cho­que de vuel­ta, Itu­zain­gó ga­nó 2-1, pe­ro la di­fe­ren­cia de gol le dio el as­cen­so al con­jun­to de Lla­va­llol.

Aquel sue­ño pe­que­ño, aquel an­he­lo de gran­de­za, que­da­ba cum­pli­do con la ges­ta de esos jó­ve­nes que no su­pe­ra­ban los 22 años y que tras la con­sa­gra­ción se ga­na­ron un lu­gar en la Pri­me­ra C. Guia­dos téc­ni­ca­men­te por Ro­ge­lio Mu­ñiz y acom­pa­ña­dos per­ma­nen­te­men­te por Adol­fo Pe­der­ne­ra, los chi­cos de Ar­se­nal dis­pu­ta­ron 29 par­ti­dos: ga­na­ron 20, em­pa­ta­ron 3 y per­die­ron 6 de esos en­cuen­tros.

La son­ri­sa de Ri­car­do So­te­lo se di­bu­ja, ca­si de la mis­ma for­ma que cuan­do al­zó el tro­feo. En­ton­ces sur­gen los re­cuer­dos: “Fue in­creí­ble. For­má­ba­mos un buen equi­po y nos di­ver­tía­mos, por­que éra­mos to­dos chi­cos que re­cién em­pe­zá­ba­mos. Ade­más, es­tá­ba­mos ade­lan­ta­dos a la épo­ca gra­cias a la es­cue­la que ha­bía for­ma­do Aní­bal Díaz, que nos ha­bía en­se­ña­do des­de có­mo ven­dar­nos has­ta có­mo cui­dar­nos en las co­mi­das”, de­ta­lla quien ju­gó en la re­ser­va de Bo­ca y en la Pri­me­ra Di­vi­sión de Tém­per­ley.

En esos años la ima­gen del Gor­do Díaz fue de­sa­pa­re­cien­do. El acuer­do con Bo­ca hi­zo que su fi­gu­ra –su tem­ple, su ca­rác­ter– fue­ra des­di­bu­ján­do­se. Ya to­do es­ta­ba en ma­nos del club de la Ri­be­ra.

Por esos días ya era una cos­tum­bre, ca­si un ri­tual, el ir y ve­nir de la gen­te del lu­gar an­tes de ca­da par­ti­do. Lla­va­llol te­nía un equi­po de fút­bol que que­ría ser gran­de, pe­ro la de 1968 fue la úl­ti­ma cam­pa­ña de Ar­se­nal de Lla­va­llol. Des­pués pa­só a ser só­lo un re­cuer­do. En ese cam­peo­na­to de Pri­me­ra C fi­na­li­zó en el quin­to lu­gar. La úl­ti­ma vez que sal­tó a la can­cha tie­ne fe­cha y re­sul­ta­do: el 12 de oc­tu­bre de 1968 ju­gó su úl­ti­mo par­ti­do y ca­yó an­te Cen­tral Cór­do­ba por 4-2.

Las úl­ti­mas lí­neas de su his­to­ria apa­re­cen con un fi­nal abier­to. No hay un mo­ti­vo fir­me so­bre su de­sa­pa­ri­ción. Só­lo he­chos que coin­ci­den: Bo­ca ha­bía ad­qui­ri­do La Can­de­la en 1962 y de­ci­dió tras­la­dar to­do ha­cia allí y aban­do­nar el pre­dio de Lla­va­llol. Ade­más, el go­bier­no hi­zo un re­cla­mo por las tie­rras don­de es­ta­ba el es­ta­dio. Su de­sa­fi­lia­ción de la AFA fue un he­cho.

Maschio, otro Carasucia que ganó todo con Racing y jugó en Italia.

Maschio, otro Carasucia que ganó todo con Racing y jugó en Italia.

El des­ti­no tu­vo pa­ra el humilde Ar­se­nal de Llavallol una vi­da cor­ta. Vein­te años. Vein­te años de lu­cha, de ilu­sio­nes gran­des y tam­bién de pe­que­ñas frus­tra­cio­nes. Hoy, 59 años des­pués de su fun­da­ción, los pas­ti­za­les do­mi­nan la es­ce­na. Pe­ro tie­nen un imán. Qui­zá son las hue­llas, los sig­nos de pe­lo­ta, el aro­ma a fút­bol… Las mar­cas que de­ja­ron los bo­ti­nes del Bo­cha Mas­chio, de Ro­ji­tas, de An­ge­li­llo, del Polaco Cap, de fi­gu­ras le­gen­da­rias del fút­bol ar­gen­ti­no...

 

Adolfo Sotelo: sus ojos lo vieron todo

Los ojos de Adol­fo So­te­lo se abren y se cie­rran, van del asom­bro a la me­lan­co­lía. Los ojos de Adol­fo –unos ojos de hom­bre bue­no– fue­ron tes­ti­gos de las me­jo­res épo­cas del club pe­ro tam­bién de la des­truc­ción del sue­ño. El, con sus ojos, vio lo que hi­cie­ron sus ma­nos. El fue quien ter­mi­nó de de­mo­ler las tri­bu­nas de ce­men­to que que­da­ban en el lu­gar.

Lla­va­llol era to­do cam­po en ese en­ton­ces y a me­dia cua­dra del es­ta­dio es­ta­ba esa ca­sa de cla­se me­dia, que hoy si­gue exis­tien­do. Ahí vi­ve Adol­fo, jun­to a su es­po­sa Mag­da­le­na y su cu­ña­da, Mar­ga­ri­ta. “Yo me acer­qué al club por­que mi hi­jo Ri­car­do ju­ga­ba ahí. Y co­mo iba siem­pre, Aní­bal Díaz me ofre­ció la uti­le­ría, el cui­da­do de las can­chas. Acep­té y sin que­rer em­pe­zó mi ca­rre­ra. Por­que des­pués fui uti­le­ro de Bo­ca, de Ban­field, de Hu­ra­cán y de De­por­ti­vo Es­pa­ñol”, cuen­ta es­te hom­bre de 86 años, que con­ser­va el car­net del club, don­de fi­gu­ra co­mo vo­cal su­plen­te de la ins­ti­tu­ción.

Unidos por Arsenal, Adolfo, el padre, fue utilero, canchero, dirigente y tuvo que demoler la tribuna. Su hijo, Ricardo, jugó en la reserva de Boca y Temperley.

Unidos por Arsenal, Adolfo, el padre, fue utilero, canchero, dirigente y tuvo que demoler la tribuna. Su hijo, Ricardo, jugó en la reserva de Boca y Temperley.

So­te­lo lle­gó a Lla­va­llol a ocu­par la ca­sa en don­de vi­vían sus sue­gros. Ahí hos­pe­dó en va­rias oca­sio­nes a los chi­cos que iban a prac­ti­car al club y no po­dían vol­ver a sus ho­ga­res. Y tam­bién Ro­ji­tas dur­mió sus sue­ños en una de las ha­bi­ta­cio­nes. Ha­ce es­fuer­zos por re­cor­dar, por res­ca­tar más de­ta­lles, pe­ro no lo­gra en­con­trar el porqué del fin del club, en 1968. “Se fue Bo­ca”, di­ce. Y em­pie­za a na­rrar los días de la des­truc­ción: “Acá se aban­do­nó to­do el pre­dio. Que­da­ban las tri­bu­nas de ce­men­to y las ca­si­llas que ha­cían de ves­tua­rios. El com­pra­dor de esas ca­si­llas me con­tra­tó pa­ra ti­rar aba­jo la tri­bu­na gran­de, la que es­ta­ba de­trás de un ar­co, la que da­ba a la ca­lle San­ta Ca­ta­li­na. Me pa­ga­ba un pe­so por día en aque­lla épo­ca. Y yo lo ha­cía so­lo”.

Adol­fo ha­bla len­to, pau­sa­do. Y res­pi­ra hon­do mien­tras los re­cuer­dos sa­len de su bo­ca. “¿Tris­te­za? Cla­ro que sen­tía tris­te­za. Yo me ha­bía he­cho hin­cha del club. Pe­ro tam­bién era el fin de una eta­pa. Y si eso no iba a exis­tir más, ¿pa­ra qué iba a que­dar el pre­dio? Cuan­do to­do co­men­zó pa­re­cía que iba a cre­cer, que no se ter­mi­na­ría nun­ca. Pe­ro des­pués no cre­ció más. Se ter­mi­nó el acuer­do con Bo­ca y se ter­mi­nó el club”, ex­pli­ca.

An­tes de co­men­zar a des­truir las tri­bu­nas de ce­men­to hu­bo un in­ten­to por tor­cer la his­to­ria, que es­tu­vo en­ca­be­za­do por “Chi­quín” Mag­da­le­na, el pa­dre de Ru­bén. So­te­lo par­ti­ci­pó de esas reu­nio­nes. “Nos jun­ta­mos gen­te del club y ha­bi­tan­tes de la zo­na, pa­ra ver si po­día­mos se­guir, pe­se a to­do. Pe­ro ne­ce­si­tá­ba­mos pla­ta y no la te­nía­mos”, cuen­ta. El di­ne­ro en­ton­ces de­jó mal­tre­chas esas ilu­sio­nes. “Es una his­to­ria tris­te”, di­ce. Es su úl­ti­ma fra­se. No di­ce más y cla­va sus ojos en al­gún pun­to de su ca­sa. Es­tre­cha su ma­no y, aho­ra sí, pes­ta­ñea tran­qui­lo.

 

Anibal Diaz, el creador

Quienes lo conocieron cuentan que Aníbal Díaz era un hombre serio. “Cuando uno lo veía, pensaba: ‘Este no entiende nada de fútbol’. Pero la tenía muy clara y te cantaba siempre la justa”, detalla Ricardo Sotelo.

Si algo destacaba a Díaz, eran sus manías, la obsesión por el cuidado de sus chicos, que llegaba a puntos extremos. “Al principio, nos reuníamos en Constitución. Cuando llegábamos, él nos observaba mucho. Nos preguntaba si habíamos ido a bailar la noche anterior, si fumábamos. Esas cosas estaban terminantemente prohibidas. Un día alguien le dijo que no fumaba. El Gordo le abrió el saco y le encontró tabaco. Le partió la cara de un cachetazo y le dijo que no iba a jugar más en su vida. Nunca más lo vi a ese tal Josecito”, cuenta Norberto Schiro.

 

Anibal Díaz, el creador.

Anibal Díaz, el creador.

 

Antonio Angelillo da más detalles del descubridor de jugadores: “Era muy severo y amante del fútbol inglés. Nos hacía vestir bien, no quería que tuviésemos barba ni el pelo largo. Nos decía cómo teníamos que cabecear, cómo pararla de pecho. Te enseñaba a trabar, cómo perfilarte. Estaba en todos lo detalles, algo que hoy es muy común, pero que en aquella época no lo era”.

El actual emisario del Inter conserva entre sus recuerdos la cédula de identidad de Aníbal Díaz. “Una vez que fui a Buenos Aires, un ex compañero de Arsenal me llamó y me dijo que el Gordo me había dejado ese documento para mí. Eso y una frase: ‘A Antonio no le tuve que enseñar nada. El lo sabía todo’. Se me cayeron las lágrimas. Era un hombre bueno”, narra Angelillo,  Carasucia campeón sudamericano en 1957 y luego figura de la selección de Italia.

Sotelo fue el último que lo vio: “Me lesioné y estaba por dejar el fútbol. Pero él me llevó a Atlético Regina, de Villa Regina, Río Negro. Un día estaba de suplente y pedí el cambio, entré desobedeciendo su orden. Ibamos perdiendo, hice el gol del empate y después ganamos. Se enojó tanto que se fue del club, pero me dejó a mí como técnico. Fue la última vez que lo vi, en el año 1973”. Un año después, en marzo, Aníbal Díaz falleció. Se fue en silencio, de la misma forma en que germinó ese sueño llamado Arsenal de Llavallol.

 

 

Por Ayelen Pujol (2007).

Fotos: Jorge Dominelli y Archivo El Gráfico.

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