¡Habla memoria!

1967. El Gatti que nadie conoce

Por Redacción EG · 17 de octubre de 2019

Hugo Orlando Gatti muestra su lado más íntimo, fuera del personaje pintoresco, visita Carlos Tejedor, pueblo donde nació y se crió. Habla de sus inicios, de su familia y sus costumbres.

A las seis de la mañana el Peugeot 404, color rojo, con rastros de reciente visita al chapista en el tren delantero, deja atrás Liniers. La cabeza romana de Hugo Gatti sólo mira hacia adelante, a esa cinta gris que 360 kilómetros más tarde lo devolverá a Carlos Tejedor, su pueblo, después de ocho meses de ausencia. A su lado viaja su hermano Ernesto Juan ("El Tata"), 30 años, dueño de un taller mecánico y mecánico él en cada frase que larga, en las manos, en todo.

"Tata" empieza a tomar promedios. Fue corredor de fuerza limitada. Todavía sueña con un T.C. en el futuro, y da la sensación de que siempre estuviera en carrera. Clava el cronómetro entre mojón y mojón y anuncia el tiempo: 24 segundos. "Voy a probar en 10 kilómetros, ¿qué te parece?" A Hugo no le parece nada. Los guantes calados se aferran al volante. No hay ningún cambio en la marcha. Pasan los 10 kilómetros y "Tata" da el tiempo: 4 minutos. Andamos a 150. "Tata" lo comprueba en el cronómetro. Nosotros sin necesidad de mirar nada.

El pie se levanta en Junín para un desayuno casi sobre la ruta. Café con leche, medialunas..., reposición de medialunas. Chau.

Al mediodía el tema del alto promedio vuelve en un asado que se sirve en el fondo de la casa paterna. Doña Mercedes Caire, viuda de Pedro Gatti, instaló la parrilla en el fondo. NeIly Edith de Dubra, hermana de Hugo, esposa del intendente de Tejedor, preparó las empanadas. El vino llegó en una damajuana.

Habla "Tata": "Hugo, viniste muy fuerte; no sé por qué andás tan ligero"...

Nacido en Carlos Tejedor, y come este asado en la casa paterna.

Nacido en Carlos Tejedor, y come este asado en la casa paterna.

Hugo hace un guiño y responde: "Si andás despacio te aburrís, así hay emoción, «Tata», quedáte tranquilo". (Nadie se queda tranquilo.) El taller mecánico está al lado. Dos cosechadoras esperan. "Tenemos dos equipos completos para trabajar en el campo. Nos llaman, arreglamos precio y vamos".

Hugo tiene negocio aparte con los otros dos hermanos: Adolfo ("Chon"), de 33 años, y Horacio ("Cuqui"), de 26. Explotan 900 hectáreas, 300 que son propiedad del trío, y las restantes arrendadas. Tienen unas 1.000 cabezas de ganado en la actualidad y por año mandan unas 700 a Liniers, consignadas a Elosú y Fernández Díaz.

El capital de los tres llega a unos 40 millones de pesos. "Chon", el mayor de los hermanos, deja la confidencia: "Hugo no tiene más problemas. Cada peso que gana lo invierte y eso se multiplica solo. No es zonzo... Sabe verle la pata a la sota".

La familia se completa con dos hermanas radicadas en la Capital: Nélida Raquel de Diaz y Celestina Elena de Dávila. Los cimientos del hogar tienen representación en la rueda. La casa está "bien hecha", sin que importe la opinión del constructor.

La visita de Hugo ya corrió por el pueblo de 6.000 habitantes. Llega el contador del banco, llega Ramazzotti, compañero del club Huracán... Los Gatti, gente de trabajo, siempre fueron gente de fútbol y del Huracán local, uno de los dos grandes equipos de Tejedor, rival del Argentino. Las localidades vecinas lo saben: Fortín Olavarría, Villegas, Lincoln, Pehuajó y Trenque Lauquen los conocieron de cerca, cuando defendían con piernas... y puñetazos el resultado de un partido. "Tata" fue el primer arquero de la familia y alcanzó fama en la liga regional del Oeste. Dice que Hugo aprendió de él a jugar adelantado, a salir del área y a meter al "cuatro" bajo el palo para que le protegiera la espalda. "Chon", de gran físico, era el goleador, un tanque sin freno. "Muchas veces daban penal contra nosotros... y terminábamos tirándolo contra el arco contrario". Gente brava, con algunas grescas memorables en el haber, y con revanchas difíciles cuando jugaban de visitantes. Ya están retirados, pero tal vez todavía los estén esperando en algún pueblo vecino. "Cuqui" sigue jugando, y un yeso enorme habla de una colisión reciente.

Y Hugo empezó en el Huracán...

 

Debutó en Atlanta, para luego pasar a River en 1964.

Debutó en Atlanta, para luego pasar a River en 1964.

 

 

"EL CHITA"

La mayor parte del tiempo está en un tímido silencio. Cuando alguien le habla es como si despertara de golpe. Toda respuesta parece estar encuadrada en dos posibilidades: una broma, acompañada de una carcajada y un manotón, o una frase breve, absoluta, cuando se trata de fijar una posición. Y otra vez al silencio, a un brusco silencio.

El exterior no tiene nada que ver con lo que guarda adentro. Los mocasines, el "far west" modernamente gastado a la altura de las rodillas, la campera de gamuza marrón de cuello levantado, la cabellera famosa, siempre despeinada, con resabios de Roma antigua o de "beatie” actual, sólo constituyen el insólito envase de un producto distinto.

"El Chita", el menor de los Gatti, el trapecista precoz del circo infantil de los hermanos Facio, que hacía recordar por su agilidad al simio compañero de Tarzán, es mucho más simple de lo que la mayoría supone. Si la imagen se asociara al común de los muchachos de su edad (cumple 23 años el sábado), con esos mismos mocasines, con ese mismo "far west" y esa misma melena, tendríamos a un aficionado a las noches largas, amigo de las copas y del centro, con algo de liero y con bolsillos para vaciar sin pensar en el mañana, sin previsiones de ningún tipo.

Y Hugo se acuesta temprano, no toma alcohol, es capaz de pasar una hora callado si no le dirigen la palabra, y es uno de los jugadores que más invierte en el fútbol argentino..., un inversor casi obsesivo.

"Tata" le pregunta por el chalé que compró en Martínez: "Sí, está bien, pero lo voy a vender o alquilar. Me voy a comprar un departamento en avenida de Los Incas, cerca de la pensión de la calle Heredia, donde viví con Griguol y Artime. Allá me siento muy solo. Aquí voy a estar más cerca de los amigos".

—¿Cómo anda la pizzería? —requiere "Chon".

—Bien, se pucherea lindo. Y entonces también recordamos que es socio con Artime de una pizzería en Helguera y Mosconi. Y en seguida vemos desfilar las 900 hectáreas pobladas y las 700 cabezas que anualmente llegan a Liniers.

Arquero de un estilo particular, elegante fuera de la cancha y un loco dentro de ella.

Arquero de un estilo particular, elegante fuera de la cancha y un loco dentro de ella.

Salimos a recorrer el pueblo y cada saludo parece achicarlo. No hay arrogancia, no hay "aquí estoy yo". No hay anécdotas para contar en la rueda de truco de la sede de Huracán, ni explicación de goles, ni mención de nombres famosos. No le tira con la fama al pueblo. Deja que el pueblo le tire sus añoranzas

—Chau, "Chita".

—Chau.

—¿Cómo andás?

—Bien, y vos...

Y el diálogo elemental podría calcarse cien veces.

El "playboy" que vende su estampa apenas puede vislumbrarse en su afán por la velocidad (maneja muy bien) y en una confesión que ya nos hiciera meses atrás: "Si River no me multara yo corro el Gran Premio de Turismo Mejorado; lo corro en serio...".

Las tranqueras van quedando atrás. El sol de la tarde parece iluminar el lomo de las liebres escondidas, sólo visibles para los ojos baqueanos de la gente de campo.

"Chon" detiene su Valiant. "Allá hay una... Al lado de aquel yuyo".

Y Hugo saca el rifle, tira y... la liebre dispara. Y se suceden la carcajada y el manotón de paisano.

A las perdices las fusila a diez metros, sin esperar que vuelen. Aparecen por todos lados y los dos pensamos en Cesarini. "¡Si aquí estuviera Renato se queda una semana para acabar con todas!"

Llegamos a las casas. Dionisio Sosa, encargado del campo de los Gatti, más criollo que Martín Fierro, da la bienvenida con un mate.

Se organiza una pequeña yerra, se piala, se anda a caballo y se regresa a media tarde.

"Chon" sigue hablando del campo: "Nosotros no improvisamos. Tenemos praderas permanentes. Aramos... y sembramos. Nunca tenemos problemas para la alimentación del ganado".

Y Hugo asiente con la cabeza, serio, quizá aplaudiendo a su hermano por esa medida que asegura la multiplicación de los millones.

 

EL ARQUERO

Lo encontramos en la tibieza de la casa de sus padres, en el hall dominado por un gran cuadro de Hipólito Yrigoyen que puso don Pedro y que nadie se atrevió a tocar.

Lo encontramos en un mano a mano que sólo pudo concretarse por la noche, en el día de su reencuentro con el pueblo.

"No hay dos arqueros distintos. No hay ningún cambio... Hoy atajo como atajé siempre. Lo que pasa es que la gente me mira de otra manera. Eso es todo. Antes iban dispuestos a silbarme, a silbarme por anticipado, y ahora, por lo menos, esperan lo que hago para decidirse..."

 

Con un look a lo Amadeo Carrizo, con boina.

Con un look a lo Amadeo Carrizo, con boina.

 

Cuando habla del arquero parece transformarse. Allí sí puede estar el "showman" del área, el hombre capaz de levantar una pelota con el pie ante las narices de Rojitas y aprisionarla debajo del brazo con una frialdad de hielo (último partido con Boca, arco de la Colonia). Allí puede estar el indiscutible "gran ganador" que se ríe de los ambientes difíciles y de las canchas "prohibidas". Y recordamos... "

A los 15 años yo debuté en la primera de Huracán, en un partido jugado en Fortín Olavarría. Hice otra temporada en Te-jedor y en febrero del 61 ya estaba practicando en Atlanta... A mí no me enseñó nadie. Tal vez haya aprendido algo del "Tata" en eso de jugar adelantado, pero creo que nací para el arco. ¿Sabe cómo fui a Buenos Aires? Me llevó el "Chon" en un rastrojero. Recuerdo que nos fuimos a la banquina y tuvimos que empujarlo descalzos en medio del barro. Iba con un muchacho Rubén Pérez, puntero izquierdo, de un tiro bárbaro, que también venía a probarse. Practicamos primero en Gimnasia y no fuimos más. Al otro día nos alojamos en el hotel "Oriente", de Rivadavia al 2200, y nos encontramos de casualidad con Antonio Pérez Cruzado, comerciante de Tejedor, que se ofreció para llevarnos a Atlanta. Era amigo de Manuel Strayman, tesorero del club, y consiguió que nos probaran en un partido contra San Telmo, en la Isla Maciel. Pérez no tuvo suerte y volvió para el pueblo. Yo me quedé. Eso fue todo..."

"Chon" recuerda la despedida: "No quería quedarse. Le tenía miedo a la ciudad. Me parece que lo veo llorando contra el paredón de Atlanta cuando arranqué. Se lo había recomendado a Carlos Griguol y a Artime, dos personas de excepción. Por eso me fui tranquilo..."

Y Hugo sigue evocando...

"Muchos hablaron de que yo imitaba a Errea. Y ni lo conocía ni lo veía jugar siquiera. Yo jugaba los sábados en la sexta y después me iba a casa de una hermana en Castelar y allá me quedaba, sin importarme la primera. Eso de jugar adelantado ya era viejo. En una final contar Fortín Olavarría me fui hasta la media cancha esquivando gente y le di un pase al rubio Pérez en la izquierda... y de ese pase vino el segundo gol (2-1) y salimos campeones regionales, ¿me entiende?..."

Toda explicación es sencilla. Todo atributo que quiera ubicarse como producto del trabajo parece estar de más. Gatti habla como si fuera un predestinado, como si desde su traviesa infancia en Carlos Tejedor ya estuviera señalado para este presente. Y, sin embargo, en seguida parece ablandarse de golpe en la mención de tres o cuatro apellidos.

"...Pero es como todo; si usted encuentra mala gente en la Capital agarra para cualquier lado, y yo tuve la fortuna de encontrarme con consejeros sanos, con amigos de verdad, no esos que sólo sirven para tomar un café o tomar una copa, amigos amigos. Carlos Griguol me llevó a la pensión de la calle Heredia y me metió en la cabeza la necesidad de cuidarme en todo, de hacer las cosas bien, de cumplir siempre mis obligaciones profesionales. Al otro día yo estaba en la cama y de pronto noté que alguien encendía la luz. Fue la primera vez que lo traté: "Yo soy Artime, pibe, y tené la seguridad que te voy a ayudar en cuanto pueda. Hay que hacer vida ordenada y cuidar cada peso que se gana. Esto puede durar mucho o poco y hay que aprovechar el tiempo..." Él ya era goleador y yo un desconocido, ¿me entiende? Hoy somos socios... y Artime es el delantero que más me preocupa, a mí como a todos los arqueros. Cuando uno lo ve avanzar con los ojos abiertos, derecho al arco, buscando el gol como un desesperado, le corre un frío por la columna. Pregúntele a todos los arqueros, pregunte... Otro que me ayudó fue Carone. Yo extrañaba el pueblo y no me decidía a quedarme, y "Pichino" me insistía también en que tuviera paciencia. Gandulla me orientó en las inferiores y Zubeldía se jugó por mí. Era hincha del arquero jugador, del arquero zaguero, como Cesarini, y antes de llegar a primera se hartó de proclamar que yo iba a ser un fenómeno. Me llevó, me puso y me mantuvo, ¿cómo puedo olvidarme de Osvaldo?..." "Chon" lo escucha complacido, con cierta actitud protectora, como si hubiera asumido el papel de hermano-padre desde que murió don Pedro, cuando Hugo estaba en gira por Israel ron la primera de Atlanta.

 

Con Marzolini y Pastoriza en Inglaterra, Mundial 1966.

Con Marzolini y Pastoriza en Inglaterra, Mundial 1966.

 

¡La primera de Atlanta!, pensamos. La llegada... y los bautismos de la tribuna. Allí nació "el payaso", "el beatle", "el loco", sobre la base de su vestimenta, de sus pantalones por la rodilla, de su melena que oxida tijeras.

"¿Y yo qué le puedo decir? Que los que me llaman así no me conocen. Yo nunca me burlé de un jugador, nunca lo "cargué", jamás abro la boca en la cancha. Lo que hago es porque me nace, porque me surge espontáneo, porque forma parte de mi repertorio de arquero... ¡Se lo juro por mi familia! Yo no soy sobrador y esto se lo confirman todos los delanteros del fútbol argentino... ¿Qué quiere que le diga? La gente estaba acostumbrada a los arqueros forzudos, y yo no soy forzudo. La gente estaba acostumbrada a los que se tiraban para la tribuna cuando una pelota pasa a medio metro del palo, y yo no me tiro porque sé que va afuera... Y si veía que iba adentro y yo no llegaba, tampoco me tiraba. Ahora cambié en esto, más por la tribuna que por mí... Ahora sé que tengo que tirarme, que es conveniente tirarse, ¿me entiende? Llego a River y el problema se ahonda. No se me perdona una sola. Tengo que luchar contra un arquero que fue excepcional, con un hombre metido en la hinchada como ninguno. Y cada partido que se pierde... lo pierde Gatti. Y cualquier rumor es cierto si Gatti está de por medio. Contra Unión dijeron que yo estaba viendo televisión cuando Carrizo se lesionó y que por ese motivo se demoró la salida de Amadeo. ¿Qué le parece? Y yo estaca en el vestuario, siguiendo el partido por el ventanal, como lo hacemos siempre los que no jugamos. Pero era Gatti... y dale, es cierto. Cualquier cosa vale. Se repite que soy irresponsable, que no me gusta ganar, ¿usted puede concebirlo? A qué jugador no le gusta ganar... y ganar en una institución como River. Cuando gano en la cancha de Boca soy el "gran ganador", igual que cuando atajo un penal en Lima, o cuando continúo mi racha en Rosario sin una sola derrota; pero cuando pierde River y me hacen un gol discutido todos me "apuntan" como el irresponsable, como el que no quiere ganar... En los últimos dos meses la situación ha variado casi totalmente. Ahora empiezan a aplaudirme todas, quizá a comprenderme más o a mirarme de otra manera. Yo sigo siendo el mismo, no lo dude..."

 

Hugo Gatti, el loco.

Hugo Gatti, el loco.

 

Y no, no lo dudamos. Y no dudamos por pensar que Gatti sea la perfección en el arco, un arquero plena mente realizado. Sólo porque reconocemos que jamás hemos visto a un arquero de su edad con tantas condiciones y con tanta CONVICCION en sus propias fuerzas: "Yo he luchado contra las dos tribunas, ¿qué le parece?... Sólo ahora empiezo a reconocer a mis hinchas cuando juego, ¿qué le parece?..."

Llega la hora de la cena. La mesa larga se mantiene en el calor de la amplia cocina. Tal vez sea un día muy especial para doña Mercedes. Allí están los hijos, reconociendo sus lugares junto a la mesa grande. Allí está Hugo, el más chico, aquel que batía records en romper zapatillas a los diez años...

"A River le falta un goleador, un hombre tipo Anime, pero con la vuelta de Ermindo todo va a andar mucho mejor. Atrás tenemos que levantar también, pero ya veo otro espíritu, otra confianza. En Rosario, en el último partido, River fue otra cosa, fue un equipo, un equipo que en el saludo final fue aplaudido por los mismos contrarios cuando Carlos Griguol llamó a sus compañeros a levantar las cabezas, a no lamentarse: «¡Vamos!... hay que aplaudirlos, que nos ganaron bien»". A la medianoche dejamos Tejedor. En la estación del ferrocarril hay una mano en alto y una sonrisa en la despedida. En el andén, cinco minutos antes, nos volvió a soplar al oído su viejo slogan de batalla: "No lo dude. Yo soy un fenómeno... ¡Un fenómeno!".

¡Qué rico tipo este Gatti!

 

 

Por EL VECO (1967).

Fotos: Speranza

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