¡Habla memoria!

2000. Real Madrid gana la Champions con Redondo como pieza clave

Por Redacción EG · 09 de octubre de 2019

De la mano de Fernando Redondo, el Real Madrid derrotó al Valencia y volvió a ganar la Champions League. Una verdadera fiesta del fútbol español.

El concierto de gargantas venía en estéreo. En una de las cabeceras, tapizada de blanco, estaban los del Real Madrid. Enfrente, embadurnando todas las butacas con un naranja furioso, los del Valencia. Se alternaban en los gritos, en los aplausos y en los cánticos.

Eran casi las nueve y media de la noche del miércoles 24 de mayo. A través de la gigantesca visera de 43 metros de altura del Stade de France se divisaba, aún claro y nuboso, el cielo de París. Aunque hubo presagios de lluvia ésta aparecería ya mucho más tarde, cuando todo estaba resuelto. El Valencia ya era un grupo de jugadores vencidos, pero no entregados; se apagó el estéreo, nuestro canal derecho se silenció y sólo se escuchaba el otro, el de los ganadores. Los 150 fotógrafos acreditados al borde de la cancha se prepararon pues el 3-0 ya era inapelable, apenas una especie de introducción a la fiesta.

Fue emocionante. Casi un minuto más tarde del final, los ganadores, haciendo un alto en su alegría, empezaron a cantar: “¡Valeeeenciaaa, Valeeenciaaaa, Valeeeenciaaaa…” Es que, desde el mismo arranque, el anunciador había dicho: “Gane quien gane, hoy gana España. España está al tope del fútbol europeo”.

Y mientras la tribuna naranja iba perdiendo colores, los del Real Madrid corrían hacia su hinchada para tirarse al césped como si fuera una pileta. Entre tanto desborde de alegría, al otro costado de la cancha una imagen previsible: los del Valencia con los ojos clavados en el cielo o en el césped comprendían que no había nada que hacer.

Y en medio de todo ese bullicio de hombres, mujeres, niños, y algunos veteranos, se perfiló la figura delgada de 1,86 m y 75 kilos de uno de los principales astros de la noche. Fernando Redondo, el mismo que había sido enérgico capitán de su equipo, festejaba sin perder ni la calma ni esa extraña altivez que conservan aquellos que nacieron hidalgos y que no es ni soberbia, ni orgullo ni desplante, sino solamente su condición de ganadores y caudillos.

Un rato antes, en la cancha, plantado en el medio, como un riguroso capitán de un barco cuidando todos los detalles, Redondo había sido uno de los pulmones del campeón. Sobre él, el cielo de París. Y en sus brazos levantados el orgullo de su equipo...

Raúl ya eludió a Cañizares y va camino al tercer gol. El Real fue muy superior al Valencia y fue el dueño absoluto de la noche de París.

Raúl ya eludió a Cañizares y va camino al tercer gol. El Real fue muy superior al Valencia y fue el dueño absoluto de la noche de París.

Para el poderoso Real Madrid era necesario el triunfo para mantener su linajuda historia; para el Valencia era el pasaporte a una grandeza nunca vista. Cuando se supo que dos equipos españoles disputarían la Copa, la locura fue general. Cada club puso en venta 25.000 entradas sólo para socios. “Y hubo que esperar el sorteo ante notario público”, decía Roberto Santiago, un abogado del barrio Odonel de Madrid al que paramos junto al Arco de Triunfo. Mientras se acomodaba la gigantesca bufanda, continuó. “En realidad, los tíos del Barça nos hicieron un favor a todos, porque ellos habían reservado la hotelería y se quedaron afuera en semifinales. El equipo está bien, especialmente con Redondo, que es un grande. Antes que él, uno solo y también argentino: Di Stéfano, claro…”, decía Roberto, quien seguía gozando por el descenso del Atlético de París.

Cuando terminó el primer tiempo, con el 1-0 adentro marcado por Morientes de cabeza, se lo veía feliz a don Lorenzo Sanz, presidente del Real. Vestido de traje azul oscuro y camisa blanca, mordisqueando un grueso habano, salió del palco para recibir el aplauso de sus hinchas. Antes del partido había prometido que, en caso de derrota, habría replanteo. ¿Podría haberlo ahora? Aunque recibió buenas ofertas por Redondo y hasta por Anelka, el hombre es claro: “Eso lo resolverá Del Bosque”.

El argentino también cree que los méritos de esta conquista pertenecen a Vicente Del Bosque, técnico madrileño en los últimos seis meses. “Ganemos o perdamos, queremos que siga”, dijo Redondo antes del partido. “Si no fíjense cómo estábamos antes de él y adónde hemos llegado: ha sabido ser la cabeza del equipo”.

En el primer tiempo, y tras un arranque del Valencia, empezó a definirse la lucha en el medio campo. Y allí justamente está Redondo, desarmando cada ataque del equipo de Cúper. “Fernando, con Raúl y Roberto Carlos, son los amos del vestuario”, define Martín Manú, de la cadena SER. “Pero después de lo que hizo ante el Manchester, es Redondo el que se lleva toda la admiración de los hinchas, aunque tal vez no sea demasiado carismático. ¡Pero hombre, lo que vale es lo que hace en la cancha!”.

Aquella jugada ante el Manchester, humillando a Henning Berg con un taco que habilitó a Raúl para el tercer gol, está ya en lo mejor de toda esta competencia. Alex Ferguson, entrenador del equipo inglés, preguntó: “¿Qué tiene en el botín, un imán?”.

Los hinchas se pasearon por todas las calles de París luciendo sus uniformes. En Valencia, se adelantó el horario de la tradicional fiesta de San Felipe Neri (que incluye una procesión) con la anuencia del cura párroco para evitar que el fútbol le ganara a la fe. Hubo una especie de alerta público porque los cajeros automáticos estuvieron parados en España por una huelga, pero gracias a una gestión especial pudieron renovar el dinero. No faltó una cuota de pánico porque hubo quienes llegaron a afirmar que se agotarían los francos franceses en los bancos españoles.

Kily González trata de consolar al Piojo López. El Valencia no pudo concretar su sueño.

Kily González trata de consolar al Piojo López. El Valencia no pudo concretar su sueño.

En la celebración después del partido unas 80.000 personas entraron gratis al estadio del Real. Fue un jolgorio colectivo. Se calcula que unas 20.000 personas se volcaron a la Fuente de la Cibeles, mucho menos que las 200.000 que se juntaron hace dos años, cuando vencieron a Juventus en Amsterdam.

Cuando McManaman metió el segundo gol, a los 22 minutos del segundo tiempo, dio la sensación de que todo se había terminado para el Valencia. Se notó en el grito forzado y declinante de su gente, en el estruendo de los madrileños, en la desesperación de los jugadores anaranjados. “Y en el medio, Redondo”, dijo el periodista Didier Braun, de L’ Equipe. “¿Cómo puede hacerse el fútbol así de simple? Su ciencia es toda una autoridad.”

Al regresar a Madrid, el volante argentino afirmó: “Uno de mis sueños es terminar en este equipo. He recibido muchas ofertas de la Liga italiana, pero aunque me ofrezcan más dinero, quiero terminar mi carrera aquí. Yo no quise darle publicidad al tema: pero cuando renuncié a la Selección Argentina para volcar mis esfuerzos en el Madrid, la gente me entendió. Hace seis años, cuando llegué aquí, sentí que con una Copa ganada habría colmado mis sueños y jamás se me ocurrió que podrían ser dos”.

Redondo se abraza a la Champions League por segunda vez y continúa con la tradición de Alfredo Di Stéfano.

Redondo se abraza a la Champions League por segunda vez y continúa con la tradición de Alfredo Di Stéfano.

Un centenar de hinchas tuvo que salir corriendo mientras unos señores con altoparlantes gritaban que se iba el último tren. La mayoría, en medio de la noche, ni sabía adónde iba, pero se metió igual. La solución era llegar a la Gare Du Nord, una de las estaciones de trenes, y de ahí conectar para dónde fuera. Apretados unos contra otros iban, sacudiéndose, los hombres del Real Madrid y del Valencia, pensando cómo llegar a sus hoteles en la extraña París.

Atrás quedaba la noche largamente esperada. Y en el momento del cierre, cuando un sueño se había hecho realidad y otro se había esfumado bajo tres goles inapelables, los hinchas charlaban entre sí. Al fin y al cabo en una fiesta todos se divierten, aunque a algunos al otro día les duela un poco más la cabeza. Fue una fiesta para todos, sin histerias ni lamentos. Ganó el mejor, ganó España.

 

 

Por CARLOS IRUSTA (2000).

Fotos: Archivo El Gráfico.

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