¡Habla memoria!

1988. Cada equipo tiene su estilo

Por Redacción EG · 09 de agosto de 2019

Hay una identidad con características propias en el fútbol argentino que define claramente el juego de nuestros clubes. Una manera de sentir que, tiene su constante en la historia.

AIfredo Di Stéfano asumió la dirección técnica de Boca en 1969 y cuando le pregunté qué tipo de fútbol iba a jugar su equipo me contestó, con ese tono tajante y definitivo, tan propio de su personalidad.

—El único que conozco: el de ganar partidos.

—Sí, pero ¿de qué manera? ¿Con qué estilo de juego?

—¿Cuál va a ser? El estilo de Boca. Garra, corazón, espíritu de lucha, ir siempre para adelante, directamente al gol...

Di Stéfano lo tenía muy claro. Se había educado en otra escuela futbolística. La de River. La del toque. La del juego armonioso, elaborado, elegante, fino. Pero ahora, su obligación era Boca. Y pensaba en el Boca que conoció de joven. El de la gran pujanza, la constante combatividad, el fervor indomable. El de Vacca, Marante y De Zorzi. El del Leoncito Pescia. El de Severino Varela. El que podía dar ventajas en el aspecto técnico, pero era siempre primero a la hora de regar la cancha con su esfuerzo generoso y vital. Di Stéfano conocía la historia. Y respetaba el valor de los estilos.

Es claro que en su equipo, brillante ganador del Nacional '69, sobraban los exquisitos, los virtuosos, los técnicamente dotados, los que difícilmente podían formar parte de un conjunto de picapiedras: Silvio Marzolini, Julio Meléndez, el Muñeco Madurga, el Tano Novello, Rojitas, Raúl Savoy, Orlando Medina, Mané Ponce. Pero Alfredo valoraba, y mucho, el temperamento de Roberto Rogel y del Chapa Suñé. Era un Boca con mucho más de Jaime Sarlanga y el Nano Gandulla que de Tenorio, Alarcón y Severino Varela. Pero, con nuevos matices, con más pisadas y más gambetas, seguía siendo Boca.

 

Una fidelidad que es tradición

Porque los cuadros mantienen su estilo invariable a través de los años, aunque ocasionalmente cambien el libreto y se enrolen en otra línea de juego. Ese Boca de hace veinte años con Di Stéfano era distinto del Boca de 1962/65, aquel de la gran defensa, donde Rattin, Simeone, Orlando, el Tano Roma, el correntino Silvero y Cacho Silveira sembraban con alambre de púas el camino hacia Antonio Roma. El Boca tradicional reapareció entre 1976 y 1979 de la mano del Toto Lorenzo con Pancho Sá, el Tano Pernía, el Ruso Ribolzi, Rubén Suñé, los pelotazos de Zanabria para Heber Mastrángelo, Hugo Gatti dominando área penal y suburbios.

Suñé y Meléndez, jugadores que pasaron a ser históricos en Boca Juniors.

Suñé y Meléndez, jugadores que pasaron a ser históricos en Boca Juniors.

Tampoco el último River, dirigido por Griguol, seguía la línea tradicional de los grandes equipos de la banda roja, los creadores de la vieja escuela. El último equipo riverplatense del Bambino Veira, sin Enzo Francescoli, con Beto Alonso dedicado a tirar pelotazos para la carrera incontenible de Antonio Alzamendi, con Gallego casi pegado a su línea de fondo, estaba también fuera del estilo histórico. Antes, cuando salió campeón en 1981 dirigido por Alfredo Di Stéfano, lo mismo. Era defensivo y contragolpeador, apoyado en un Tarantini que rechazaba todo y con Mario Kempes al cincuenta por ciento de su estupendo nivel de 1978.

Pero nadie puede negar que hay un definido estilo riverplatense que viene del fondo de la historia. Un estilo hecho de equilibrio, armonía, respeto por la pelota y por el espectáculo, sobriedad y buen gusto. Para los tangueros, que fueron tan felices en el treinta, el cuarenta y el cincuenta, ver River era como escuchar al gordo Troilo. Nunca una variación de más, nunca un acorde forzado, nunca una nota de mal gusto.

 

El espectáculo de "La Máquina"

Ese estilo nació en los tiempos de Bernabé Ferreyra, como una réplica natural y necesaria al culto de la individualidad que trajo consigo el legendario Mortero de Rufino. En 1932, cansado de ser el eterno placé de Racing en el amateurismo, River se lanzó al mercado como una gigantesca aspiradora y compró los mejores jugadores disponibles para armar un cuadro ganador. Ese año fue campeón a través de los cañonazos de Bernabé Ferreyra. Pero en los años que siguieran, aunque continuó la política de incorporar grandes figuras, fracasó. Porque a Bernabé lo marcaban a sangre y fuego. Y porque juntar nombres no significa armar un conjunto.

River comenzó a mirar hacia adentro. Fue injertando valores jóvenes junto a los consagrados. Comenzaba a nacer la escuela. En 1937 fue campeón con un ataque integrado por dos veteranos y tres muchachos de la casa: Peucelle, Vaschetto, Bernabé Ferreyra, Moreno y Pedernera. Estos dos últimos, andando el tiempo, iban a ser las columnas del equipo que pasó a la historia como LA MÁQUINA. En 1942, cuando concretó su segunda goleada consecutiva sobre Boca, al que había derrotado en 1941 por el desusado score de 5-1, Félix Daniel Frascara tituló su comentario de EL GRAFICO con una sugestiva sentencia, 'MILLONARIOS DEL FUTBOL". Y lo explicó recordando que en la década del treinta, el club se ganó ese mote por su espectacular política de compras y diez años después, lo merecía por la calidad de los productos que extraía de sus divisiones inferiores. Esa tarde, el segundo gol de los cuatro que metió en el arco de Estrado, fue la obra asociada de tres jugadores del club: Pedernera, Moreno y Labruna. La sacó Adolfo del medio de la cancha y se vinieron los tres a pases cortos, dejaron en el camino a todo el cuadro boquense y, cuando Angel enfrentó a Estrada, se la cacheteó a un rincón. De entonces para acá, la pared fue el sello de fábrica de muchas conquistas millonarias. Cambiaban los actores pero el libreto era el mismo, rebosante de armonía, precisión y belleza.

La primera versión de La Máquina de River Plate: Cedilla, Vaghi, Moreno, Ramos, Rodolfi, Labruna, Pedernera, Deambrossi, Yácono, Muñoz y Barrios posan para el fotógrafo de El Gráfico.

La primera versión de La Máquina de River Plate: Cedilla, Vaghi, Moreno, Ramos, Rodolfi, Labruna, Pedernera, Deambrossi, Yácono, Muñoz y Barrios posan para el fotógrafo de El Gráfico.

En 1947, River estuvo muy cerca de concretar lo que recién ha logrado Newell's Old Boys cuarenta años después: armar un equipo campeón con jugadores surgidos de las filas del club. Aquel River formaba con Grisetti; Vaghi, Luis Ferreira, Yácono, Pipo Rossi, Ramos; Reyes, Moreno, Di Stéfano, Labruna, Loustau. El único que llegó de afuera era el puntero derecho Hugo Reyes, quien ya había actuado en la primera de Racing...

 

La escuela rosarina

Citamos a Newell's y en el acto pensamos en el estilo de los cuadros rosarinos. Es también algo tradicional, algo que viene de lejos y que se mantiene a través de las décadas como un sello de calidad. También se ha dado el caso de que, transitoriamente, tanto Newell's como Rosario Central hayan cambiado de fisonomía. Así, por ejemplo, aquel Newell's de los años cincuenta cuando lo dirigía el Oso Gerónimo Díaz, tenía muy pocos puntos de contacto con los otros conjuntos rojinegros que recordamos y admiramos. El de René Pontoni, Morosano y José Canteli. El de Armando Benavídez y el Loco Montaño. Aquel otro, más cercano en el tiempo, de Pereira Martins, Montes, el Mono Obberti, Marito Zanabria y Becerra. O el último, el del Tata Martino, Roque Alfaro, Llop y Juan José Rossi. Todos esos que hemos mencionado en una mezcla del cuarenta, el sesenta y el ochenta, han tenido un respeto por la pelota, una disposición hacia el espectáculo, un constante deseo de agradar a las tribunas, dignos de la escuela de Newell's. Aquel otro de Gerónimo Díaz, más aplicado a destruir que a crear, fue la excepción.

Los hinchas de Newell’s llevan en andas a su crack Mario Zanabria, la tarde del zurdazo mágico del empate con Central que consagró a La Lepra campeón por primera vez en el Metropolitano 1974.

Los hinchas de Newell’s llevan en andas a su crack Mario Zanabria, la tarde del zurdazo mágico del empate con Central que consagró a La Lepra campeón por primera vez en el Metropolitano 1974.

Como ha sido también excepcional el estilo batallador, de marca y presión, de fuerza y tenacidad, que tuvo Rosario Central cuando salió campeón de 1973 bajo la conducción de Carlos Timoteo Griguol. En cambio, el que ganó el título de 1986/87 dirigido por Angel Tulio Zof concretando una hazaña espectacular —ascender de Primera "B" y ser campeón de Primera—se entroncó en la vieja historia. La del primer Campeonato que conquistó, en 1971, conducido por Angel Labruna. La que dio a luz jugadores como el Flaco Menotti, el Tato Mur y, mucho antes, el legendario Chueco García.

El Negro Fontanarrosa siempre decía que el gol que más recordaba fue el del Flaco Menotti a Carrizo en un Central - River del 63, desde más de 25 metros.

El Negro Fontanarrosa siempre decía que el gol que más recordaba fue el del Flaco Menotti a Carrizo en un Central - River del 63, desde más de 25 metros.

 

Diablos al ataque

Independiente es otro claro ejemplo de equipo que ha mantenido fidelidad a una línea de fútbol que viene desde los tiempos de Capote De la Mata, Arsenio Erico y Antonio Sastre. Era un estilo vistoso, de gran riqueza técnica, de gambetas, pisadas, caños, taquitos, toques al cuerpo y al claro, todo el repertorio de exquisiteces que alegran el alma de la hinchada.

Vicente de la Mata y el paraguayo Arsenio Erico, cracks eternos de Independiente.

Vicente de la Mata y el paraguayo Arsenio Erico, cracks eternos de Independiente.

Los rojos jugaron así casi toda la vida, salieran o no campeones. Con aquella delantera de Micheli, Cecconato, Lacasia, Grillo y Cruz, que fue íntegra a la Selección Nacional en 1953. Con aquella otra de Bernao, Mura, Luis Suárez, Mario Rodríguez y Savoy. O la posterior de Bernao, Savoy, Artime, Yazalde y Tarabini. Más tarde, en los años setenta, surgieron con la magia de los viejos tiempos Ricardo Bochini y Daniel Bertoni. Los dos llegaron con un fútbol digno de la historia roja como respuesta a un momento en que Independiente cambió su estilo y se hizo más fuerte en defensa que en ataque. Fue cuando Ilegal hasta Santoro significaba pasar por la marca implacable del Zurdo López, el Chivo Pavoni, Pancho Sá, Commisso, Semenewicz, Pastoriza, Perico Raimondo... Independiente siempre se había caracterizado por pensar más en el arco contrario que en el propio. Pero en esos tiempos, estaba para ganar 1-0 o empatar sin goles, acumulando puntos —así fue campeón en 1970 y 1971— y hacer un fútbol utilitario, sin relieve, con oficio, con personalidad, pero sin el brillo que exige siempre el hincha de los rojos.

El gran símbolo de ese estilo ha sido Ricardo Bochini. Cuando los rojos armaron esa media cancha con Giusti, Marangoni, Bochini y Burruchaga, haciendo circular la pelota entre los cuatro con tanta velocidad como precisión, con tanto virtuosismo como eficacia, verlos en acción era un deleite para los ojos y para el espíritu. La hinchada subrayaba sus evoluciones con aquel cantito que decía: "SI ESTE NO ES EL FUTBOL/ ¿EL FUTBOL DONDE ESTA...?!" Y los hinchas tenían razón. Ese era el fútbol. Ese era el clásico estilo de Los Diablos Rojos.

 

Técnica y pujanza

San Lorenzo, en cambio, estuvo fluctuando a lo largo de su historia entre el coraje y la estética. Entre la técnica y la pujanza. Entre el juego y la lucha. Cuando terminaba la época amateur y comenzaba el profesionalismo, recibió el apodo periodístico de «El Ciclón". Era una forma de distinguir el juego arrollador del cuadro azulgrana, apoyado en la reciedumbre de su centro medio Luis Monti, a quien llamaban Doble Ancho por su contextura física, en sus aperturas a las puntas y su llegada al arco contrario en cuatro trancazos. En los años treinta, con la incorporación de jugadores provincianos como Magán, Genaro Canteli y Chividini, los sanlorencistas gana-ron un nuevo apodo: "Los Gauchos de Boedo". Esos apelativos están señalando la tendencia al juego directo, penetrante y sin vueltas de un equipo que, sin embargo, necesitó la inyección de calidad, de finura, de señorial elegancia que le insufló la llegada de Petronilo de Brito. Con el astro brasileño en el centro de la línea de ataque, San Lorenzo salió campeón de 1933 y aunque necesitó que pasaran 13 años para repetir esa conquista, esa mezcla de estilos marcó su futuro durante las próximas cuatro décadas. Incorporó a Waldemar de Brito —hermano menor de Petronilo y más tarde descubridor de Pelé—, al rosarino Gabino Ballesteros, al genial Rinaldo Martino, lo juntó con la potencia del vasco Isidro Lángara y volvió a ganar el título en 1946, cuando armó el terceto central inolvidable: Farro, Pontoni y Martino.

El terceto de oro: Farro, Martino y Pontoni, vitales en el título de que conquistó San Lorenzo en 1946.

El terceto de oro: Farro, Martino y Pontoni, vitales en el título de que conquistó San Lorenzo en 1946.

Debió esperar otros 13 años para repetir la alegría. Apareció el implacable olfato goleador de José Francisco Sanfilippo para recibir esas paredes que Omar Higinio García devolvía con rara precisión y El Ciclón, menos bravío, más pensante y creativo, vivió otra gran alegría. La búsqueda de hombres de calidad apuntó a la adquisición de Oscar Pablo Rossi, un virtuoso notable. El San Lorenzo corajudo y guerrero de antaño dejó paso a 'Los Caras Sucias" del '64/66: el Bambino Veira, el Loco Doval, Victorio Casa, el Nano Aréan, el Oveja Telch. Los alegres muchachos de Boedo se pasaron a la otra alforja: jugaban para divertirse, el resultado los tenía sin cuidado.

La llegada de ese gran entrenador brasileño que fue Elba de Padua Lima, Tim, restableció el perdido equilibrio. San Lorenzo 1968, además de gustar, ganaba. Fue el primer campeón argentino invicto. Fue una de las más acabadas y compensadas mezclas de estilos ese conjunto de Los Matadores. Era sólido en el fondo. Tenía personalidad y fútbol en la media cancha, con Rendo, Telch y Victorio Cocco. LLegaba a fondo con ese terceto ofensivo que integraban Pedro González, Toti Veglio y el Lobo Fischer.

En la década del setenta, con dos técnicos de otra línea, como Juan Carlos Lorenzo y Osvaldo Zubeldía, siguió ganando campeonatos, dándole preeminencia al funcionamiento colectivo por encima de la creatividad individual. Cuando conquistó el título de 1974, logró la última gran fórmula atancante sumando la habilidad de Oscar Alberto Ortiz por la izquierda con los remates fulminantes que despachaba Héctor Horacio Scotta desde la derecha.

Llegaron los años tristes de El Ciclón, cuando perdió todo, su estadio, la primera categoría, el orgullo de haber sido tanto en el fútbol argentino. Resurgió con su viejo estilo, el de Los Gauchos de Boedo, y así está jugando ahora, empujado por la bravura que derrocha Blas Armando Giunta en la media cancha...

 

De Academia

Fue la Academia de fútbol argentino en tiempos del amateurismo. Y aunque su hinchada sigue entonando con orgullo el viejo himno ("BRILLARA BLANCA Y CELESTE/ LA ACEDEMIA RACING CLUB..."), el equipo de Avellaneda no ha mantenido una línea definida de juego a través de los últimos 57 años. Siguió sien-do Academia cuando en los años cuarenta se venía bordando por la raya izquierda el inolvidable Chueco García. Alcanzó la cumbre al reunir en una misma línea a Salvini (luego Boyé), Tucho Méndez, Rubén Bravo, Simes y Sued. Ganó con una propuesta llena de fútbol, electrizante y al mismo tiempo sutil, tres torneos consecutivos: 1949, 50 y 51.

Racing, el campeón de 1951. Parados: Giménez, H. García, G Stábile, Grisetti, Rastelli, García Pérez y Gutiérrez. Agachados: Boyé, Ameal, Bravo, Simes y Sued.

Racing, el campeón de 1951. Parados: Giménez, H. García, G Stábile, Grisetti, Rastelli, García Pérez y Gutiérrez. Agachados: Boyé, Ameal, Bravo, Simes y Sued.

Luego de un eclipse que lo mostró sin aquella misma capacidad ofensiva, produjo la explosión de armar un ataque imaginativo y profundo, manejado por la sagacidad de Tito Pizzuti, con dos punteros creadores como Corbata y la Bruja Belén, con la calidad de Rubén Sosa para el juego de alto y ganó otros dos títulos: 1958 y 1961. A la zaga de esa ofensiva que llegaba al gol con absoluta facilidad, estaba un sangre azul del fútbol: Federico Sacchi.

En 1966, ahora con Pizzuti en la dirección técnica, la Academia se olvidó de las exquisiteces y cambió el toque por el vértigo. Fue una verdadera revolución. Ese juego arrollador, agresivo, pujante y directo necesitó, sin embargo, de una batuta magistral. La del Bocha Maschio, quien se había ido a Italia en 1957 como uno de los tres jóvenes prodigios del fútbol argentino —los otros dos eran Sívori y Angelillo—para volver un década después como un conductor que mostraba intelecto y sacrificio en equilibradas dosis.

Aquel Racing se quedó allá, entre la bruma del recuerdo y la nostalgia. Fue perdiendo identidad. No tuvo un estilo definido. Se fue a Primera "B". Volvió físicamente y además quiere volver en espíritu, que es lo más importante. No es la Academia. No es El equipo de José. Pero conserva, de aquel pasado, un atributo que debemos destacar: piensa más en el arco de enfrente que en el suyo. Así era Racing cuando jugaba Alfio Basile. Así quiere ser ahora, cuando Alfio Basile lo dirige desde más allá de la raya de cal.

 

La era Zubeldía

Entre los cuadros llamados chicos, Argentinos Juniors es un modelo de respeto por el estilo tradicional. Con mayor o menor éxito, sigue la línea que le impuso aquel gran equipo del '60, con Amaciotti y el Chiche Malazzo en la mitad de la cancha, con aquella línea que formaban Cancelo, Martín Pando, Carceco, Hugo González y Sciarra.

Zubeldía ganó en Estudiantes el Metropolitano 67, además de 3 Copas Libertadores, una Interamericana y una Intercontinental.

Zubeldía ganó en Estudiantes el Metropolitano 67, además de 3 Copas Libertadores, una Interamericana y una Intercontinental.

En cambio la historia futbolística de Estudiantes de La Plata quedó cortada en dos por un tajo definitivo en 1967. Hasta ese momento, vivía del recuerdo nostálgico de aquella delantera de Los Profesores que integraban Lauri, Scopelli, Zozaya, Nolo Ferreira y el Indio Guaita en los comienzos del profesionalismo. Jugar lindo, dar espectáculo, manejar la pelota con elegancia y hasta delicadeza, eran exigencias insoslayables para los equipos pincharratas, con Laferrara, Desagastizábal o el Beto Infante como abanderados del viejo estilo. Hasta que apareció Osvaldo Zubeldía con un libreto nuevo. Tuvo discípulos que lo siguieron a muerte: Carlos Bilardo, Carlos Pachamé, Eduardo Luján Manera, Raúl Madero, Oscar Malbernat, el Bocha Flores. Se terminó el fútbol lindo y comenzó el fútbol utilitario. La destrucción del adversario, la línea del offside, el aprovechamiento de las pelotas detenidas, la disciplina táctica, el funcionamiento colectivo por encima del lucimiento individual. En muchos aspectos, Zubeldía fue un innovador. Holanda '74 aplicó algunas de sus estrategias. Y Estudiantes quedó marcado para siempre por su influencia. Ningún técnico que no responda a la línea que inauguró Zubeldía y que tiene en Bilardo un celoso continuador, ha podido trabajar en el club pincharrata. La hinchada no lo aguanta. El equipo no le responde. A su manera, desde 1967 hasta hoy, Estudiantes de La Palta es también un definido exponente de fidelidad a su estilo.

 

 

Por JUVENAL (1988).

Fotos: ARCHIVO "EL GRÁFICO".

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