¡Habla memoria!

Los sobradores

Por Redacción EG · 11 de julio de 2019

En todos los órdenes de la vida existen los fanfarrones, los que cancherean con su éxito, los que te gastan después de ganarte. Borocotó hace un divertido repaso por aquellos antiguos deportista sobradores por definición.

Hace poco me dijo Ernesto H. Blanco:

—La aparición de Riganti como corredor de motos en pista produjo sensación. Como no tenía que conocer el camino...

Hablábamos de esa condición tan característica de Raúl: el desconocimiento de los escenarios por donde debería de competir. Su entrenamiento era escaso y le faltaba retentiva para recordar los caminos. El mismo me ha confesado que en los escasos viajes de reconocimiento efectuados, tomaba apuntes mentales: allá un molino; ¡en aquel viraje un ombú!... ¡más allá una casita colorada!... ¡después una blancal... y al final se hacía tal barullo con los colores, el ombú y el molino que salía doblando en cualquier lado y se perdía. Además, solía ir a la raya con la máquina sin saber bien en las condiciones en que se encontraba. Pero el aire de cobrador no lo perdía nunca. Llegaba para largar, hacía sonar a su motor, miraba a Blanco y le decía muy serio:

—¿Qué querés con esa máquina de coser?

 

Raúl Riganti (GP Internacional, Mendoza 1935)

Raúl Riganti (GP Internacional, Mendoza 1935)

 

Venía al café La Terraza en aquellos mediodías históricos de la barra automovilística, jugaba a los dados, perdía y después de pagar decía muy serio y sobrándose:
—¿Qué querés con estos paparulos?

En 1928, cuando Zatuszek se presentó a correr el Gran Premio, Riganti se quedó mirando al ómnibus y al conductor, a quien no conocía. De pronto, en un arranque muy suyo, le palmeó la espalda al tiempo que le decía:

—Y, amigo...; ¿llegará a Luján?

En los deportes mecánicos no hay tipo de sobrador que aventaje a Raúl, sólo que tiene en su favor la simpatía y la gracia que emana de esos gestos tan suyos, al punto de que el cachado no encuentra más recurso que el sonreír. A quien más gracia le hicieron todas esas salidas fue a Blanco, quien ahora las cuenta para divertirse. En una oportunidad en que Riganti se había ido de farra, apareció a la madrugada sin dormir y dispuesto a correrse una prueba motociclista. De ella, Ernesto me contó lo siguiente:

—Tenía una cara de muerto que daba lástima. Sin embargo, en la raya me miró y me dijo: "¿Pa' qué viniste?"

Esto me hace acordar a una anécdota que se le atribuye al famoso golfer norteamericano Walter Hagen, quien al llegar a un torneo, un poco tarde para impresionar, preguntó:

—¿Cómo va el que va a salir segundo?

 

EL "TAMBERITO"

Siguiendo en la cita a los deportes mecánicos en motociclismo y automovilismo no se halla figura alguna capaz de competir con Riganti. Me voy, pues, a la bicicleta. De buscar tipos cobradores, encontraría un montón, pero he de referirme nada más que a dos y de distintas características. Polet fue un gran corredor en pista. En aquellas jornadas hechas en el motovelódromo de Huracán, cada vez que intervenía en un embalaje y pasaba al frente dominando movía la cabeza de un lado a otro, mirando hacia atrás y como diciendo: "¿Dónde vienen?"

El otro sobrador tampoco compite en la actualidad y no llegó nunca a campeón. Es el "tamberito", ese muchacho que se llama Fermín Hurtado y que gusta de hacer pruebas con la bicicleta en cuanta reunión ciclística se encuentra. Para ser sincero diré que realiza unos ejercicios muy lindos y arriesgados.

 

“El Tamberito” , que hacia pruebas cuando iba en punta y después perdía.

“El Tamberito” , que hacia pruebas cuando iba en punta y después perdía.

 

En su época de corredor militó en las divisiones inferiores y nunca pudo subir porque se equivocaba en el kilometraje y siempre "creía" que la prueba tenía la mitad o la tercera parte de su verdadero recorrido. Salía en pelotón y de inmediato pegaba un fuerte arranque. Marchaba adelante; sus adversarios lo dejaban ir porque lo conocían. Cuando Hurtado tenía a su favor doscientos o trescientos metros, comenzaba a hacer pruebas. Después se cansaba, perdía la ventaja y se sentaba al costado del camino. Se había "equivocado" en el kilometraje.

Recuerdo una vez en que se disputaba una carrera de ida y vuelta a La Plata. Allá por Gutiérrez lo vi pasar cortado del pelotón. En cuanto me distinguió, se paró sobre el asiento, hizo dos o tres pruebas, me saludó con una sonrisa plena de optimismo y que revelaba ese alma de circo que posee el "tamberito". Pasó el pelotón a algunos minutos y reanudé mi interrumpida marcha. A poco de andar encontré al pruebista sentado en el camino.

—¿Qué te pasó?

—Nada... ; estoy filtrado....

Era un ciclista que podría considerarse como el antítesis de Pompey. Este salía último y llegaba a los tres días, pero llegaba; el "tamberito" salía primero y quedaba.

 

KID CHAROL

El boxeo ha tenido grandes sobradores. Gandolfi Herrero era uno. Fue quien le puso el mentón a Luis Rayo preguntándole:

—¿Esto es lo que pegás?

Al terminar de decírselo Gandolfi estaba en el suelo. Rayito lo había volteado de un justo derechazo.

La noche aquella en que Kid Charol se encontró en el ring con Alejandro Trías, hasta entonces el formidable pegador que había derribado aquí cuanto adversario se le presentara, lejos estaba el público de suponer que el cubanito simpático y nunca olvidado tenía consigo el cobrador honesto que saca partido de lo que impresiona, pero que no se burla nunca del rival. Y Trías no se imaginaba que aquel combate lo atemorizaría para siempre, al punto de hacerlo descender más abajo del nivel en que, por sus condiciones, debió haberse mantenido un tiempo. Todo ese proceso tuvo su punto de arranque cuando en plena pelea Kid Charol se agachó a recoger un diente de oro que le había hecho saltar de la boca de su oponente y lo tiró hacia su propio rincón. Si ya Trías había previsto su final, allí tuvo la certeza absoluta de su caída definitiva, y esa idea fue la que lo derribó antes. Cuenta Lectoure, su segundo principal de entonces, que en esa ocasión Trías optó por tirarse, convencido de que el mantenerse parado por más tiempo equivalía a soportar un castigo cada vez más rudo.

 

Kid Charol.

Kid Charol.

 

Aquellos pasesitos de shimmy con que Kid Charol obsequiaba en los minutos de intervalo en los que no se sentaba ni quería que lo auxiliaran en nada; esas sobradas suyas que para unos lo hicieron simpático y para otros lo contrario, si no estaban justificadas, por lo menos tenían su explicación. Aquel hombre era un gran boxeador y poseía la valentía que le permitía esos desplantes. En su último match con Dave Shade, cuando subió al ring afiebrado y presa de la tuberculosis que lo llevaría en breve a la tumba, durante el combate no se sentó. Estuvo parado en su rincón... y con más de 38 grados de fiebre.

 

DOS GAUCHOS

El día que Olivieri debió medirse con Caráttoli se hizo el firme propósito de soportar de pie hasta el final. Para ello apeló a todos los recursos. Con esa cara inexpresiva y seria a la vez, hizo las cachadas más grandes. No pegó, pero tampoco permitió que le pegaran. De tanto en tanto mandaba algún zapallazo a fin de que el platense no fuera a creer que estaba boxeando con la sombra; solía agacharse, revolear un brazo como si en la mano tuviera un lazo y después de mucho... tiraba el ojal.

Siempre así, con su cara seria e inexpresiva, mirando hacia distintos lados, despreocupado de lo que hiciera Caráttoli, escupiendo distraídamente, Olivieri parecía ajeno a lo que él realizaba. Se diría que era otro a quien él observaba. Y mientras eso ocurría, el adversario se enardecía más y más, al punto de no verlo a Olivieri, de no encontrarle un claro para pegarle, de enardecerse en tal forma que se hizo oír el gong final y el platense seguía prendido a aquella presa a la cual no había podido ,hincarle el diente.

 

José "Gaucho" González.

José "Gaucho" González.

 

Y llegamos al "Gaucho" González, al invicto González que dejó de serlo cuando ya estaba acostumbrado a ese título, pero que siguió accionando como tal. En la pelea con Fiermonte, aquel italiano que venía precedido de una fama más larga que la de Santos Vega, y que aun anda haciendo ruido por Norte América, Gonzalito ganó por su sobrada, que desconcertó completamente al adversario. Le miraba los botines y le fajaba un tortazo en la cara; le revoleaba la zurda para un pial y le metía la daga de la derecha en la panza; hablaba con los del ring side, salía corriendo de su rincón rumbo al del rival y cuando estaba cerca pegaba la sofrenada seguida de una marcha atrás. Hizo tantas y tantas cosas raras que el pobre Fiermonte perdió.

Esa es una pelea de Gonzalito. En su carrera tiene muchas cosas raras. Y siempre con esa cara seria de la cual le prestó un gesto a Olivieri para el match con Caráttoli.

 

EN FÚTBOL

En fútbol han habido sobradores y los hay. Porque tiene gracia, recordaré aquí un relato del manco Castro que hiciera en rueda, refiriéndose a un match con los peruanos efectuado aquí en el 29, en ocasión del Campeonato Sudamericano que ganaron los argentinos. En ese partido se produjo una jugada en la cual Castro fue perseguido por un half a lo largo de toda la cancha sin poder quitarle la pelota, por lo que el manco decía:

—Yo me lo agarré de la mano para que no se me perdiera y le dije: "Vení que te voy a presentar unos amigos que tengo en las populares". Después me lo llevé a dar las hurras a la oficial y después seguí hasta la boletería y le dije al boletero: "Descámbiale la entrada que se quiere ir".

  

Armando Nery.

Armando Nery.

  

Armando Nery tiene cosas muy de sobrador, y cuando jugaba en su team aquella línea famosa, eran varios los cachadores. Scopelli y Nolo Ferreira, si agarraban a un half fácil en partido cómodo, en medio del baile le preguntaban: "¿Nada más que esto jugás?" y Nery, al parar a un forward contrario, solía decirle: "¿Quién te mandó venir? Te equivocaste..." Uslenghi, al acertar un goal, le decía a quien tuviera a tiro: "¿Te gustó la albóndiga?" Pero en fútbol he conocido la pareja de más clase en lo que a sobradora se refiere: Paternoster-De Mare. Es cierto que Porta-Sastre hicieron sobradas fantásticas, al punto de que en una oportunidad Baigorria tenía derecho a pegarle un tiro a cada uno, porque se concibe superar al rival, pero nunca tomarle el pelo; sin embargo, esa ala no acusó la clase del binomio constituido por el back y el half de Racing.

—¿Lo cachamos a ese? — preguntaba De Mare.

—Traelo para acá — le contestaba Paternoster si advertía que el "punto" era tomable. Y allí empezaba el titeo. El half al back, éste al half y así seguía teniendo en el medio de cliente al forward. A veces, cuando las cosas venían bien y el elegido merecía la tomadura de pelo, se adelantaban De Mare y Paternoster en busca del half contrario. Y siempre con mucha clase, con suma inteligencia, sin reírse, sin hablar, seriamente, tanto que el cachado no se daba cuenta que había caído en las redes de esos sobradores.

 

De Mare - Paternoster .

De Mare - Paternoster .

 

 

ROBERTO BOIDO

En basket es Boido el más sobrador que conozco. Ahora ha cambiado mucho y es más discreto. Parece dispuesto a portarse bien y lo felicito por su decisión, pero, ¡miró que has hecho líos! Embocar un doble de media cancha y mirar despectivamente a los rivales, decirles algo si venía al pelo y dar su golpecito de gracia todavía, eran cosas muy comunes en Boido, y aún quedan algunos resabios que de tanto en tanto surgen para ponerse a tono con ese andar columpiado, muy riganteano...

 

Roberto Boido.

Roberto Boido.

 

—No des golpes... A estos les ganamos con clase...

Junto con eso una encogida de hombros, unos pasos a tranco pesado, un tiro al arco desde media cancha, un doble, una mirada sobradora y otros trancos más con los hombros levantadas como si estuviera sintonizando un tango. Es Boido el sobrador de basket y, de buscarle algún compañero para pareja, optaría por Pajarito Vivacqua, el de Villa del Parque, ese que después de hacer un doble de gancho tiene que darse una vueltita por debajo del tablero, porque de no hacerlo cree que el goal no vale...

 

Por Ricardo Lorenzo (1934).

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