¡Habla memoria!

1972. Mané Ponce, la vida tendría que durar mil años

Por Redacción EG · 10 de julio de 2019

Se fue de este mundo hace unos días, pero queremos recordarlo cuando tenía 24 años, cuando se le había cumplido el gran sueño que tenía en su Goya natal, cuando Ramón Héctor Ponce era goleador, astro e ídolo de Boca.

Todas las mañanas, junto a la taza de café con leche, encontraba a Rattin, Simeone estaba respetuosamente escondido debajo de la almohada. Marzolini se dejaba espiar durante las distracciones de la maestra de cuarto grado. Y Roma, el dios Roma, volaba de palo a palo en todos los rincones de la casa.

Ramón Héctor Ponce —que por esa época se llamaba Cachito— había juntado a todos sus ídolos en un inseparable álbum de figuritas que era la cumbre de su pasión boquense, eje de su glorioso mundito azul y amarillo, bandera de esa rara, incorruptible, apasionada admiración por aquel manojo de apellidos. En Goya —Corrientes— cuando tenía diez años.

En el Superclásico del 12 de marzo de 1972, Ponce encara al arquero millonario.

En el Superclásico del 12 de marzo de 1972, Ponce encara al arquero millonario.

 

Lo deja desparramado por el piso y marca el segundo gol de Boca. El partido terminó 4 a 0.

Lo deja desparramado por el piso y marca el segundo gol de Boca. El partido terminó 4 a 0.

 

¨..Entonces, Pedernera, que el día anterior me había buscado en casa sin encontrarme y sin dejar dicho para qué quería verme, se enfrenta conmigo en el »estuario. «Vuelva a vestirse que usted no entra con la tercera», dijo. Yo pensé: éste me rala porque durante la semana falté dos días al entrenamiento. «¿Y sabe por qué no juega en tercera?» —don Adolfo volvió al rato—: «...bueno, PORQUE HOY VA A DEBUTAR EN PRIMERA DIVISION». Era como una música, como si yo tuviera un ángel para mí solo, como si lloviera almíbar y alguien hubiese inventado el mundo perfecto. ¡Parecía mentira! Yo, tan insignificante; yo, saliendo a la cancha junto a Roma, a Marzolini, a Simeone, a Rattín. Yo, que todavía los trataba de usted. Yo, que buscaba un rincón para temblar sin que nadie me viera. Esa tarde jugamos contra Argentinos Juniors —era 1966— y a pesar de la emoción anduve bastante derecho..."

 

Ramón Héctor Ponce debutó en Boca en 1966 y jugó allí hasta 1974. Esta imagen corresponde a enero de 1970.

Ramón Héctor Ponce debutó en Boca en 1966 y jugó allí hasta 1974. Esta imagen corresponde a enero de 1970.

 

En la cancha de Boca, cuando apenas habla cumplido los 17.

Ahora se llama Mané, igual que Garrincha. Tanto admiró al wing brasileño, tanto se dejó cautivar por sus gambetas frente al televisor durante el mundial del '62, tanto habló de sus hazañas durante cada entrenamiento, que el sobrenombre se le puso a babuchas para toda la vida. Hoy, a los 24 años, Ramón Héctor Ponce es propietario de la punta derecha en la primera de Boca, goleador, astro, ídolo, material de exportación y por si faltara algo —desde hace poco— titular en el seleccionado, donde sus piques de doce cilindros quedaron automáticamente consagrados, primero en Tucumán, después en Lima.

Y pensar que su familia había decidido despedirse de Goya y poner carnicería en San Antonio de Padua para que Buenos Aíres pudiera ofrecerle a un chico tan inteligente mejores posibilidades de convertirse en doctor. Pero toma la pelota el destino, elude a los sanos propósitos paternos, gambetea a los libros que no muerden y cuando está por salirle al cruce la tentadora posibilidad de tener una chapa atornillada en la puerta de casa, echa centro sobre el Colegio Comercial de Morón.

Ramón Héctor Ponce —estudiante de muy buenas notas, perito mercantil a pesar del potrero— empalma entonces el mejor voleo de su vida... Ya jugaba en la tercera, ya prefería el más dramático entrenamiento a la más pacífica clase de contabilidad, ya ni el más pintón de los mocasines podía borrar de su mente a los ñatos de fútbol. La Candela lo veía entrar con más frecuencia que el colegio, se recibió por esas cosas que tiene la vida, en cada rabona había una pelota picando, chau a la universidad...

Parece que un complaciente celador —furioso hincha de Boca— tuvo la culpa de todo...

Mamá Ponce es hincha de San Lorenzo y no va a la cancha para no sufrir. ¨Lo traje a Buenos Aires para que sea médico y terminó siendo jugador de Boca¨.

Mamá Ponce es hincha de San Lorenzo y no va a la cancha para no sufrir. ¨Lo traje a Buenos Aires para que sea médico y terminó siendo jugador de Boca¨.

 

¨Y también fue la suerte de haber estado siempre cerca de alguna canchita. Allá en Goya, aquí en Padua, a la vuelta de la esquina... Quizá por eso me guste tanto jugar al fútbol. Tanto —digo— que dentro de la cancha jamás me acordé del dinero que podía ganar jugando. Tanto que durante los picados de entrenamiento corro sin orden por donde vaya la pelota y me peleo como un chico... Tanto que jugando en Boca y en la selección daría cualquier cosa para que la vida pudiera durarme mil años. Fijate: yo siempre esperé que alguien se acordara de mí y me diera una oportunidad en el seleccionado Te digo más: hace unos meses presentí que se me iba a dar, pero justo me desgarré jugando contra Rosario Central y tuve que quedarme esperando. Ahora, el telegrama de Sívori me tomó de sorpresa y me cuesta creer que yo —centreforward del Baby Caaguazú en Goya— sea al cabo de un puñadito de años, jugador del equipo argentino. (A propósito: ¡Qué barbaridad de defensa! ¡Qué jugadores importantes son Alonso, Brindisi y Ayala! Mirá, en 1970, dos meses después de que falleciera papá —dan Héctor José Ponce, un gran hincha de San Lorenzo— ya había firmado contrato con el Atlético de Madrid, viví un mes en España preparando todo para llevar a mi familia, llegué a jugar varios amistosos con mucha suerte —uno de ellos contra el ADO de Holanda— y por el dinero que iba a ganar prácticamente tenía el futuro asegurado. Sin embargo, cuando ya estaba todo listo, rechazaron el pase porque yo había jugado en el seleccionado argentino amateur (Winnipeg, varios amistosos, un partido contra los coreanos en Mar del Plata...). Los tiempos cambiaron. AHORA NO QUIERO QUE ME TRANSFIERAN POR NADA DEL MUNDO: superé la angustia que me dio la muerte de papá, en Boca estoy afirmado, juego en la selección... ¿Qué más puedo pedir?"

Pepe lo espera en la puerta cuanta vez vuelve de la concentración, se le sube sin pedir permiso al Dodge 1500 verde, y trabaja de estimado oyente cuando Mané canta boleros —su hobby— o bien cuando imita con un sobresaliente papel carbónico vocal a Muñoz, a Zavatarelli, a Bernardino Veiga, por otra parte gran éxito de Ponce en concentraciones, vestuarios, aeropuertos y gimnasios. Pepe no entiende de fútbol pero sabe que mamá Ponce no va a la cancha para no sufrir, que Ramón Héctor jamás volvió tan contento como después de haberle ganado a River 4-0. ("Fue este año, yo hice dos goles"); que su regreso más triste se produjo después de haber perdido con River 5 a 4 ("Un partido muy raro"), y que actualmente el marcador capaz de enfrentar a Mané con mejores posibilidades es María Fernanda Carrasco (22 años, futura profesora de historia, vicedirectora de un colegio primario y, por supuesto, cero en fútbol). Pepe, como todos los habitantes de la casa, ama a ese prolijo y moderno rincón de San Antonio de Padua donde todavía se pueden encontrar molinos de viento, potreros con arcos de juguete, lejanos silbatos de locomotoras a vapor, esas delicias mínimas pero trascendentales.

El estereofónico, la alfombra espesa, precisas pinceladas verdes en el jardín, tejas rojas, ganas de seguir —junto a Peracca— profesorado de Educación Física, al cine de vez en cuando, sillones esponjosos, desinterés por los negocios, decoración última palabra. Jugar en Boca, vivir allí, pertenecerle al seleccionado... Al fin y al cabo, a veces, el mundo tiene ganas de ser perfecto.

Lo certifica la cola de Pepe, uno de los más distinguidos cachorros de la zona.

Ramón Héctor Ponce, con "Pepe", su perro, uno de los cachorros más distinguidos del barrio. Desde que llegó de Goya, Mané no abandonó San Antonio de Padua...

Ramón Héctor Ponce, con "Pepe", su perro, uno de los cachorros más distinguidos del barrio. Desde que llegó de Goya, Mané no abandonó San Antonio de Padua...

 

• "Me gusta jugar de wing-wing: a desbordar, llegar al fondo, mandar el centro atrás. Me gusta hacer goles y me agarro una bronca bárbara cuando los pierdo. Pero no me molesta hacer la diagonal hacia adentro ni me ofende hacer el pase para que patee un compañero..."

• Lo más importante para tirar un penal es tenerse confianza al llegar a la pelota. Hay muchachos que no le pegan muy bien pero se tienen una fe bárbara y la meten siempre. Este año, Carnevali me atajó un penal y Santoro otro. Ahora los patea Curioni...

• Puedo jurar que todos los técnicos que tuve en Boca —desde la novena a la primera— me enseñaron algo. Además, quien más me apoyó siempre fue don Luis Bortnik...

• Jugar contra River es otra cosa, tiene un sabor distinto, no se puede comparar a nada. A mí no me interesa tanto ganarles a los muchachos de River —que finalmente son compañeros— sino que me obsesiona ganarle a la camiseta que llevan puesta...

Gol de Mané a River en el Monumental. 12.03.1972. Foto: Alfieri.

Gol de Mané a River en el Monumental. 12.03.1972. Foto: Alfieri.

 

• Claro, es posible que la camiseta de Baca impresione a alguno de nuestros contrarios. Pero al mismo tiempo no me podrás negar que cualquier equipo se mata por ganarnos a nosotros. El tema —hasta en el interior— es pasarle a Boca por arriba, aunque después se pierdan todos los partidos...

• Con Novello, Peracca, Peña y Madurga —mientras estuvo aquí— formamos un grupo de amigos que siempre anduvo unido, dentro y fuera del club. De cualquier modo, todos los muchachos del plantel de Boca son mis grandes amigazos...

• No, nunca hablo con el defensor encargado de marcarme. Por lo menos dentro de la cancha...

• Tanto Curioni y Ferrero como yo, somos muy rápidos y fuertes para el contragolpe. No nos importa que el equipo contrario nos dé toque, mientras finalmente la pelota nos llegue y podamos correr unas cuantas veces por partido...

• A veces me pongo algo nervioso en el vestuario, pero salgo a la cancha y me tranquilizo. Es la suerte de haberle caído siempre bien a la hinchada de Boca...

• Cuando salí lesionado contra Banfield y la hinchada empezó a aplaudirme, se me fue el dolor, me dieron ganas de llorar y si hubiera sido por mí hubiese entrado de vuelta para meterme en el partido más agrandado que nunca. ¡El jugador número 12 debe ser una cosa única en el mundo!

• Cada vez que me despide, mi mamá me dice lo mismo: "A ver si ganan, ¿no?". Pero cuando salgo de casa para jugar contra San Lorenzo, no puede con su alma azul y colorada: "Che, un empate y basta, eh?"

En el Xeneize ganó el Nacional de 1969, el de 1970 y la Copa Argentina del 69.

En el Xeneize ganó el Nacional de 1969, el de 1970 y la Copa Argentina del 69.

 

Rattin sigue tirándose un taquito por partido junto al café con leche. El Cholo Simeone rechazando a la tribuna por debajo, de la almohada. Marzolini mezclado con el cuaderno de cuarto grado. Roma pasando un gol frente a la ventana del living: el álbum de figuritas aquel se guarda con cariño en un corner de la casa. Su dueño se pregunta todos los días dónde vive, cómo se llama, quién es el chico que hoy junta en otro álbum al equipo de Boca, pegando con admiración la foto de Ramón Héctor Ponce, soñando con poder jugar algún día de insai al lado de Mane.

 

Por CARLOS MARCELO THIERY.

Fotos: ABACA.

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