¡Habla memoria!

1973. Mirá… te espero a tomar un café en lo de la Tita

Por Redacción EG · 07 de febrero de 2019

Osvaldo Ardizzone nos lleva a la trastienda de Racing a conocer la historia de los Mattiussi, a doña Ida, a don César y a la Tita, “la que sólo aprendió a vivir para los demás, transfiriéndose siempre...“

Es tal el cariño de Racing por Tita que el predio donde entrenan las inferiores lleva su nombre.Es tal el cariño de Racing por Tita que el predio donde entrenan las inferiores lleva su nombre.



Vinieron de Italia, tenían veinte años con un bagayito por toda fortuna..." La figura de doña Ida, la entonación de su relato, me lleva a evocar los versos de Carlos de la Púa... ¡Doña Ida! Pequeña, como a veces se van volviendo pequeños algunos ancianos. Aunque pienso que siempre la conocí así. El batán, el delantal, el pelo encanecido y estirado hasta recogerse en la nuca. Frágil, liviana. Pero con una dinámica singular para andar por la casa, para ocuparse de todo. Con la vivacidad que aún mantiene en los ojos claros y el tono de la voz aguda, como la de esas muñecas con que juegan las chiquilinas... "Vinieron de Italia..." Porque doña Ida es la abuela gringa. Aquella de la inmigración heroica. De la aventura de una América con espigas doradas y una promesa de trabajo y de paz... Los dos son de Udíne, de la Italia rubia del norte. Su familia era propietaria de una chacra. Y allí llegó un día don César a pedir trabajo. Los dos jóvenes, muy jóvenes... "Y no sé cómo vino...", me dice doña Ida con una sonrisa intencionada, "que nos hablamos..." Era por mil novecientos trece, cuando ya Europa presagiaba la inminencia de la guerra. Se casaron un sábado. Se embarcaron al lunes siguiente. América. El sueño de trabajo y sosiego. Esa fue la luna de miel. La panza del Duque de Aosta, en la promiscuidad de aquella tercera de los enormes piróscafos de entonces... Dieciséis días de navegación hasta que aparece el muelle de la Dársena Sur, allá en La Boca. Una valija, unos pocos trastos y la incertidumbre de la tierra nueva, de las caras desconocidas, del idioma distinto... Ni una cara amiga en el puerto. Nadie. Nada. "Me acuerdo que éramos como veinte matrimonios, todos jóvenes, como nosotros... —sigue la voz de doña Ida. "Y no sabíamos qué hacer... El viejo fue a caminar y yo me quedé sola esperándolo... Hasta que volvió con un señor muy bien vestido y muy atento... Buscaba inmigrantes que supiesen trabajar la tierra... Justo el oficio del viejo... Y nos fuimos con él. Cincuenta pesos de sueldo. La casa. Era en un pueblo que se llamaba Elortondo. Una gran estancia de los Alvear, mire si me acuerdo... Sí, esos del presidente... Así empezamos en la Argentina..."

Yo y todos conocimos a los Mattiussi, a doña Ida, a don César, a la Tita, por el fútbol... Por ese hábito de ir a visitarlos siempre allí en Racing. Allí donde siempre hay una cafetera en la hornalla. Donde siempre hay una rueda. Un plato humeante. Una mesa limpia. Un montón de afectos... Por eso estamos aquí con el Tucho Méndez. Con Tito Pizzutti. Con el Coco Basile, el Nene Maidana, Rubén Sosa... Y sé que somos pocos, muy pocos. Que faltan muchos, todos los que pasaron y siguen pasando por aquí. Que dejaron un afecto y se llevaron toda la cálida hospitalidad de estos Mattiussi. Esa de todos los días, la de las cosas simples...

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Don César Mattiussi. Ya le ganó el progreso con las maquinarias... Pero sigue fiel a su guadaña. Seguirá vigilando "su cancha" en el hábito de 60 años... Don César Mattiussi. Ya le ganó el progreso con las maquinarias... Pero sigue fiel a su guadaña. Seguirá vigilando "su cancha" en el hábito de 60 años...



Ahora es don César quien retoma el hilo del relato. Doña Ida ya anda por ahí, ordenando la casa, haciendo funcionar los gigantescos lavarropas... Después de Elortondo se fueron a Villa Ballester —cuenta don César... "Hasta el cinco de marzo de mil novecientos quince, en que me trajeron aquí al club..." Lo llevaron porque era entendido en cultivos, en todo eso que había hecho siempre, desde los años primeros allá en la comarca italiana... Doña Ida se ocupaba del lavado de los equipos de los jugadores y de la limpieza de la secretaria. Don César, de la atención de la cancha... El presidente era don Luis Carbone. "Eso que usted ve ahora es toda obra mía... Yo fui quien empezó todo... Sin ayuda de nadie... Y no me va a decir que Racing no tuvo siempre la mejor cancha... ¿No es cierto, Tuche? Pregúntele a estos que jugaron... Pero, ahora dicen que soy antiguo... Llegaron los ingenieros..., con los sistemas modernos. Y bueno. Será así, qué va a hacer! Ellos son los jóvenes; yo ya hice bastante..., ¿no es cierto?... Hay un sordo reproche al progreso. Hay una queja de sentirse postergado. "Y bueno..., será la vida moderna..." Está todavía vigoroso. La piel bronceada. Ochenta y dos años, me dijo que tenía. Uno menos que doña Ida... Los dos se siguen levantando a las seis de la mañana, junto con la Tita... Porque hay mucho que hacer. Siempre hay algo que queda postergado. Los muchachos de la primera llegan a las ocho para el desayuno. Los chicos de las inferiores. El lavado. La comida. Don César que le echa un vistazo a la cancha, sólo por esa rutina que le impide olvidarla... Don César afirma que él se acuerda de todo... ¡Si se acordará! Los jugadores que pasaron. Las casacas más famosas... ¿Cuál equipo? Y cómo no se va a acordar. Si los muchachos iban a la otra casa, pero era lo mismo que en ésta... Porque siempre hicieron la rueda... Don César se sonríe. Aquel equipo famoso... "Sí... A ver... Arduino; Reyes y Ochoa: Betular, Pepe Olazar y Ricardo Pepe; Canavery, Ohaco —pero Alberto, aclara—, Marcovecchio, Hospital y Perinetti"... La formación clásica. ¡Qué le impartan los números modernos!

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Tita y el rito del café... El Coco Basile, Rubén Sosa, El Nene Maidana. Con Maidana hay un especial afecto. Ahora juega en Armenio. Y allí va Tita, como antes iba a Banfield... Tita y el rito del café... El Coco Basile, Rubén Sosa, El Nene Maidana. Con Maidana hay un especial afecto. Ahora juega en Armenio. Y allí va Tita, como antes iba a Banfield...



Aquí todo va por cuenta de la Tita. Así pueril, así ingenua, así simple... Así amiga. A su manera. Porque siempre es a su manera. Hasta en la sobriedad de su modesto tocado pleno de recato... Uno piensa que la vida produce personas como la Tita. Que sólo aprendió a vivir para los demás. Transfiriéndose siempre. Que nunca duda. Que nunca vacila. Que nunca desconfía. Que nunca oculta sus sentimientos. Que hasta participa de todos los problemas de esos jugadores que pasaron y siguen pasando por ahí... Que conoce cada uno de los acontecimientos de la vida de cada uno... Que sabe de las novias, de los aniversarios de casamiento. Del cumpleaños de los hijos. Que se adhiere al fracaso. Que participa del triunfo... Y comprobó que siente el halago de la visita de los demás y del recuerdo de una llamada telefónica, de una carta que el Pato Pastoriza despacha desde Mónaco. O de Rubén Bravo... "Oiga... Yo le dije muchas veces que no quiero que me saquen en la revista... Soy así, ¿vio? Total, ellos siempre vienen por aquí... El Tito pasa dos o tres veces por semana para saludarme o sino me llama por teléfono... Igual los quiero a todos... A algunos más, a otros menos, pero a todos... ¡Ah! ¿Sabe quién me escribió el otro día? Escalante. ¿Se acuerda de ese chico?... ¡Pobre! Anda solo allá por Guatemala... Se van, ¿vio? Esa es la pena que me da... Y todo por la maldita plata a veces... Pero no es culpa de los muchachos... Usted también los conoce... Uno es joven y quiere ganar... Quiere triunfar... A mí nunca me interesó la plata..., ¿por qué será?... Como mi papá... Soy igual que él... Siempre trabajando... Pero estoy contenta, igual estoy contenta... Solo me enojo y me pongo triste cuando algunos no me escriben ni me hablan o no me vienen a visitar... ¿Le dije  quién pasa siempre por aquí? Belén... ¡Pobre! Nunca se olvida... ¿Vio que recién le pregunté a Sosa por Pedro? ¿Por Mansilla? Son muy amigos con Sosa... Y con Pizzutti... Algunos siguen siendo amigos, ¿vio? Otros se alejan...

El testimonio del tiempo... El Tucho Méndez por 1950. Tito Pizzutti por el 60. Maidana, por 1964. El Coco Basile, de los más recientes.

El testimonio del tiempo... El Tucho Méndez por 1950. Tito Pizzutti por el 60. Maidana, por 1964. El Coco Basile, de los más recientes.



Cien recuerdos. Cien nombres. Parlotea incansablemente de toda la gente que quiere, de todos los que alguna vez pasaron por Racing... "Ahí tiene... Muchos decían que Onega era un muchacho hosco..., ¿vio? Y no es cierto. Me habla todas las semanas... ¿Y cuánto estuvo aquí? Ni un año... Y no me falla nunca. Pero el más atorrante que pasó por aquí fue el Pato... ¡Qué tipo ése! Tendría que haber subido al gobierno... Todo lo arreglaba riendo... Como en el sesenta y cuatro, cuando los muchachos no cobraran, ¿se da? ¡Las reuniones que había aquí...! ¡Humm! Yo estaba siempre con ellos... La maldita plata, como le dije antes... Y el Pato siempre componía todo... Me contaba todo. ¡Bah! Todos me contaban todo... Pero él tenía esa alegría, ¿vio? ¿Le escribió a usted? A mí me mandó una postal para fin de año... ¡Qué loco lindo!... Cuando estaba él en la rueda siempre había alegría. Cosas de muchachos, ¿vio? En cambio, Federico siempre serio...

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"La pena es que se van, ¿vio?", se lamenta la Tita. Y junto con doña Ida y ella coco Basile... "La pena es que se van, ¿vio?", se lamenta la Tita. Y junto con doña Ida y ella coco Basile...



Yo la vi a Tita allá en Londres... La vi con ese aire de barrio que nunca podrá expulsar de sus maneras. De la sencillez de sus maneras... por el bullicio multicolor de Carnaby Street con el Coco, el panadero Díaz, mirando las vidrieras, asombrándose ante el descaro de las modas... "¿Se acuerda cuando el Coco Basile me hizo hablar con esos muchachos en el hotel de Escocia? me dijo que eran ingleses... Y yo decía yes... ¡Bah!, ¿qué sé yo qué decía...? Resulta que eran jugadores de rugby argentinos... ¡Qué regalo me hicieron los muchachos aquella vez...! Traje cosas, regalos. Después fuimos a Montevideo, en la final... ¡Si usted estaba! No me olvido más del viaje en micro desde Ezeiza... Pasan las cosas, ¿vio? Eso es lo que duele... Pero sigo contenta... Vivo como siempre... Me levanto a las seis... Compro las cosas para el desayuno de los muchachos... Después lavo... Preparo algunas cosas para cuando termina el entrenamiento... A la tarde salgo otra vez a comprar... Pero me acompañan los chicos nuevos, porque los paquetes pesan...

La simpatía de doña Ida. El trabajo de sesenta años. El lavado de las casacas de Racing. Las de todos los jugadores que pasaron. Abuela de todos. Ochenta y tres años en la sonrisa...La simpatía de doña Ida. El trabajo de sesenta años. El lavado de las casacas de Racing. Las de todos los jugadores que pasaron. Abuela de todos. Ochenta y tres años en la sonrisa...



Doña Ida... Don César... ¿Por qué vine aquí? Hace un tiempo que lo habíamos pensado en "El Gráfico"... Los Mattiussi... Y esta Tita, esta hija de la abuela gringa... Esta que ahora nos va despidiendo a todos. A su manera... Recién me di cuenta que se había compuesto para la foto... Así, como se viste la Tita. Como la vi allá en Carnaby del brazo del Panadero, de Coco, de Perfumo, del Yaya Rodríguez... Con ese recato sobrio y femenino... Así como se viste con esa sonrisa que usa siempre... Esa que tiene ahora, allí en la puerta de su casa en Racing... "Oigan, no se pierdan, ¿eh?"... No, Tita, no se pierde nadie... Aquí vienen todos. Todos los que estuvieron alguna vez... Para que uno se habitúe a repetir como todos: "Mirá... nos vemos en lo de la Tita... Tomamos un café allá..." Y uno piensa, sigue pensando, que la vida nos trae gente como ésta. Como esta Tita...

Allá adentro queda la otra rueda. La nueva. Las caras de dieciocho años. La historia sigue, En todo caso, nada más que para que "la Tita" siga distribuyendo afectos.

 

OSVALDO ARDIZZONE (1973)

Fotos: RODRIGUEZ
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