Argentinos en el exterior

"Ya estoy listo para volver"

Por Redacción EG · 08 de septiembre de 2009

Gabriel Viglianti salió de su Córdoba natal para pasar el fútbol boliviano. Soportó la altura del altiplano, se hizo famoso con el Bolívar, y se prepara para disfrutar de una nueva temporada en la liga rumana.




















Atiende el teléfono con su inconfundible tonada cordobesa. No nos quedan dudas, Gabriel Viglianti está del otro lado de la línea, mientras su hija Martina también quiere ser protagonista e intenta tomar el teléfono para esbozar algunas palabras. En charla con elgrafico.com.ar, el ex jugador de Racing de Córdoba, que pasó por el modesto Agrario de Río Tercero, y luego recaló en el fútbol boliviano nos cuenta acerca de su experiencia en el Oţelul Galaţi de Rumania. 

-¿Cómo fue la transición del fútbol argentino al boliviano?
-En el 2004, me fui a Tarija, cerca de la frontera con la Argentina. Al año ya estaba en Oruro, jugando para San José a 3800 metros de altura. Los primeros quince días, hasta que me adapté y le tomé la mano, lo sentía mucho. Fue bastante duro. Después, me adapté y es distinto. Me pasó que las veces que me volvía a Córdoba y me sentía mal, como cansado y con sueño. Volvía a Bolivia y me sentía bien otra vez, ya estaba acostumbrado. Después de un año y medio, me compró el Bolívar y me fui para La Paz, que es otra cosa. Es como Santa Cruz de la Sierra y Cochabamba, como cualquier ciudad grande de la Argentina. Porque Oruro, es como un pueblo, no tenía ni supermercado. Por la cantidad de gente que vive parece una ciudad, pero es un pueblo.

EN PLENA ACCION, Viglianti intentando eludir la marca de un rival.EN PLENA ACCION, Viglianti intentando eludir la marca de un rival.


-¿Cómo te trató la gente?
-El San José es un club muy especial, el más grande de la ciudad. A cada partido asistían 15 mil personas como mínimo. Y, cuando se jugaba un clásico, iba mucha más gente. Además, en Oruro, no existen hinchas que no sean de San José. Por eso, a donde iba, me reconocían, me pedían autógrafos y me sacaba fotos con los chicos. Si uno va allí como turista, piensa que no podría vivir nunca en el altiplano. Pero la gente es muy cálida. Los campesinos, como le llaman allá, muestran mucho los rasgos y las costumbres de la cultura boliviana. Me hice muchos amigos allí, también en La Paz. Es más, quedó una muy buena relación con los dirigentes. Puedo decir que me he ido en buenos términos de todos los clubes por los que estuve.
-¿Qué te sorprendió de los hinchas bolivianos?
-Fue muy loco. Cuando me compró el Bolívar, los hinchas del San José me vinieron a felicitar a mi casa. Me daban las felicitaciones no sólo por el logro económico, sino también por el crecimiento en lo deportivo. Eso marca la diferencia con un club de la  Argentina. Nadie te va a desear suerte en otro equipo, al contrario. Acá la gente lo vive bastante diferente que allá. Me ha pasado de jugar partidos importantes contra The Strongest, y salía con el auto o caminando entre los hinchas del equipo rival, y cuanto mucho te dirían algo, pero nunca nada de violencia.

-¿Y qué pasó cuando se terminó el contrato con el Bolívar?
-Tenía chances para irme a otro club boliviano. Entonces, volví a Córdoba, donde se había quedado mi esposa Romina con mi hija Martina (1 año y 10 meses). Justo antes de firmar con ese equipo, surgió la posibilidad de viajar a Rumania. Tuvimos que regresar a Córdoba, para venir a Europa. Se dio todo muy rápido.

-¿Cómo dieron con vos?
-Me vieron cuando disputamos la Copa Sudamericana y la Copa Libertadores. En ese momento, se me acercó mucha gente y un agente FIFA argentino que vive en Suiza me contó acerca de esta propuesta y arreglamos.

-¿Cuál fue la primera impresión?
-Apenas llegué, tuve que ir directamente a Chipre, donde el equipo estaba haciendo la pretemporada. A pesar de que me estaba esperando mi representante, no conocía a nadie. Para peor, no había argentinos, ni sudamericanos, nadie que hablase español. Se manejaban todos en rumano. El técnico les daba las indicaciones a mis compañeros, pero yo no entendía nada. Los primeros tres meses fueron bastante duros, no por el tema del entendimiento, porque el técnico me daba la camiseta, y no me decía qué hacer. El problema es que no socializaba con los compañeros y la gente.

-¿Y, ahora, después de un año y medio, cómo te las arreglás con el rumano?
-Es un idioma difícil. Cuando uno lo escucha, parece todavía más complicado. Pero tiene una similitud con el italiano y deriva del latín, por eso se hace más fácil para nosotros. Me hago entender, aunque a veces se me salen algunas palabras en español, pero comprendo más de 90 por ciento de lo que me dicen.


-¿Y con las comidas?
-Acá, obviamente, no hay buena carne de vaca. Hay muy poca. Se come mucha carne de chancho. Acá se come sarmales, que se parecían a los niños envueltos que hacía mi abuela. Pero los futbolistas no los comen mucho porque el cerdo es muy pesado. Como a mí me gustan, le metía como loco a eso. Mis compañeros me miraban como si estuviera loco. Después, en casa comemos mucha pasta. También preparamos alguna comida boliviana. Hay variedad en el menú familiar y siempre trato de cuidarme. 
-En tu grupo hay rumanos, cameruneses, macedonios, serbios, búlgaros y bosnios, ¿cómo se llevan entre todos?
-El trato es muy distinto en los vestuarios de Europa. En la Argentina y en Bolivia, hay más amistad, compañerismo, hay más lugar para los chistes, podés poner música. Acá el técnico no nos dejaba, yo le pregunté de poner música en el vestuario y me dijo que no. Son mucho más serios, no son chacoteros como los argentinos o como los cordobeses que tiramos chistes a cada rato. Me llevo muy bien con todos y he hecho muchos amigos. 
-¿Suelen juntarse? ¿O tienen un vínculo más distante?
-Sí. Una vez a la semana, salimos todos los compañeros de equipo con nuestra familia. Es más, mañana vamos a comer cerca del río a pasar un buen rato. Es curioso porque en la mesa se ve a un africano, un lituano y un serbio, conversando en rumano. Pero las mujeres la tienen más fácil…
-¿Por?
-Las mujeres de mis compañeros ven muchas telenovelas argentinas y mexicanas. Entonces, conversan en español. Nosotros, los nabos, tenemos que hablar en rumano.
 
-¿Qué lugares recomendás para visitar?
-Cuando tengo uno o dos días libres, vamos con la familia al Mar Negro donde está Constanza, el puerto más grande del país. Un lugar bellísimo en verano. Nosotros estamos en Galaţi, a tres horas de la capital, mucho más cerca de la ex Unión Soviética. Un lugar impactante porque la gente gente vive en edificios en block, departamentos todos iguales, que se hicieron bajo el régimen comunista. Genera una impresión rara. Acá todos los autos se estacionan en las calles, no existen ni los estacionamientos ni los garajes. Eso no podría pasar nunca en la Argentina. También fuimos a Bucarest, la capital es muy linda. Hemos recorrido el norte, el castillo de Drácula en Transilvania. Visitamos algunos castillos y monasterios increíbles.
-¿Cuáles son las aspiraciones del FC Oţelul Galaţi para este campeonato?
-El año pasado quedamos en mitad de tabla, la idea es remontar esa situación. Queremos clasificar a las competiciones europeas. Recién empieza el campeonato y todavía no pude jugar porque me estaba reponiendo de una lesión en la rodilla. Gracias a Dios, la recuperación fue bastante buena. ¡Ya estoy listo para volver!
 
Alejandra Altamirano Halle
 



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