(sin categoría)
Alexis Ferrero, defensor de categorías
Jugó en la B Nacional, B Metro, Liga Regional; y a los 28 años inició su carrera en el fútbol grande. Las insólitas peripecias de un muchacho que persiguió un gallo para comer en la pensión de Racing, que vendió calzoncillos a sus compañeros de Atlanta, que jugó partidos por 50 pesos en Olavarría y que empuja a River desde el fondo.
Nota publicada en la edición octubre 2010 de la revista El Gráfico.
ALBERTO DEMIDDI es considerado el remero argentino más importante de la historia. Campeón argentino, sudamericano y mundial, ganó la medalla de bronce en los Juegos Olímpicos de México 68 y la de plata en Munich 72.
Alberto Demiddi, al lado de Alexis Javier Ferrero, un poroto.
Lo que tuvo que remar el defensor de River para llegar adonde llegó, verdaderamente no tiene nombre. Aunque al aproximarse a la sala de prensa del Monumental no da pistas por sus bíceps de grosor normal, su ojo izquierdo morado oficia como certificado de garantía de marcador central que se precia.
La historia que comienza a continuación, y que relatará nuestro protagonista acompañando cada remada con un tono de satisfacción y orgullo, no es de ficción. Es bien real. Apenas un dato a modo de anticipo permite espantar cualquier exageración: Ferrero debutó en la Primera División del fútbol grande, con la camiseta de Ferro en julio del 2000. Su tercer partido en dicha categoría lo jugó 7 años más tarde.
En el medio, pasó de todo. Nació en Calchaquí, norte de Santa Fe, pero se crió en Cañada de Gómez. Empezó a jugar en el Club Atlético América. No era lo que se dice un derroche de destrezas pero en tenacidad nadie le ganaba. Así granizara o el sol rajara la tierra, se subía a la Zanella 50 familiar para que su madre lo depositara en el club.
“Mi viejo laburaba un montón, era policía y tenía un taller de chapa y pintura –evoca Alexis-, y entonces mi vieja nos llevaba a mi hermano y a mí a los entrenamientos. Había días de frío polar, y tengo la imagen de ella envolviéndonos a los dos en una frazada, poniéndonos adelante y llevándonos 40 cuadras hasta el club. Pasara lo que pasara, tenía que ir. Para mí era sagrado. Y si no había práctica, corría solo alrededor de la cancha. Era un enfermo. Ya más grande tuve una bici e iba solo”. ¿Si se destacaba? “Era muy malo. Decían que jugaba porque era el hijo del presidente... Y tal vez tenían razón, recién a los 15 años hice el click. A esa edad debuté en la primera en la liga cañadense”.
Botines propios no existían. “Me los prestaban; allá terminaba de jugar una categoría y el técnico decía: necesito un 42, un 41 y un 40 y así se pasaban los botines. Es bastante común en los pueblos. Mi viejo no nos hizo faltar nada, pero los botines era un artículo de lujo”, se sincera y destaca que también aportaba a la economía familiar. “Trabajaba en el mercadito del Tato y la Ana, unos amigos. Era repositor y también preparaba las milanesas. Agarraba la cuadrada que traían del frigorífico, la cortaba, preparaba el menjunje y hacía las milangas”, detalla, y por un segundo parece sentir otra vez el delantal sobre su cuerpo.
El fútbol de la gran ciudad marcó como primera escala Racing de Avellaneda. Lo probaron y quedó. Vivía en la pensión, que no era la del estadio. Bah, la pensión. Hablamos de un club de barrio con cancha de pádel y un par de habitaciones, detrás de la sede de Independiente. Esa era la pensión de Racing. Ahí vivía con Bastía, Lux y otros valientes: “Le decía a mi papá que estaba todo bien pero la verdad es que comíamos mal. ¿Un ejemplo de cena? Un chorizo con una papa hervida. Después, está la famosa historia del gallo. Apareció por los fondos y lo hicimos pasar a mejor vida. Necesitábamos carne para el guiso. No había agua caliente. Un día mi viejo cayó en la pensión, me vio hecho un palo y me sacó del club en dos minutos”. Alexis no cuenta si su padre apoyó el arma reglamentaria sobre algún escritorio, pero sí se acuerda bien de la frase que utilizó para que le den la carta de libertad a su hijo: “Me das el pase o te prendo fuego la sede”. En total estuvo dos años, quinta y sexta división. De allí rumbeó para Ferro.
SI LAS PERIPECIAS en La Acadé llaman la atención, las de Oeste no tienen desperdicio. Con un contacto se presentó a la prueba en Pontevedra junto a otros 800 chicos. No quedó. Un par de meses después reincidió. Y ahí le abrieron las puertas. Debutó en la fecha 17 del Clausura ‘00, con el equipo ya descendido. Fueron cuatro minutos ante Gimnasia, en Jujuy. La semana siguiente entró a los 45‘ en el 0-3 contra River, la tarde en que se consagró el equipo de Gallego. “No podía creer enfrentar a Saviola, Aimar y Berizzo, con la cancha llena, al menos me llevé la camiseta de Lombardi”.
Se afianzó en el Nacional B y su primer gol fue digno de Palermo. Jugaba de marcador de punta izquierdo, se tiró a los pies del delantero de Argentino de Quilmes en la mitad de cancha, sobre un costado, la pelota le rebotó, recorrió 40 metros y se le metió por arriba al arquero. “Lo bautizaron el golchazo, mezcla de gol y rechazo”, revive como si hubiera sido ayer. Se lo dedicó a su compañero Cristian Tula, flamante padre ese día inolvidable (29/9/2001).
En pleno desmadre institucional, Ferro bajó un escalón más y Alexis jugó en la B Metro. Se afianzaba como titular, pero en el momento menos pensado, ¡zas, apareció Gustavo Mascardi con su gerenciadora y sus jugadores, y ahora sí, a remar que se viene el tsunami!
“Nos colgaron a varios chicos. Nos daban la ropa pero no nos dejaban entrenarnos con el equipo. No podíamos ni pelearla. Y por supuesto, no nos pagaban. Vivía en un departamento alquilado por el club con tres chicos. Un día nos cortaron el gas, otro el agua, otro la luz hasta que un día llegamos y había un camión de mudanzas. Nos rajaron. Nadie daba la cara. No teníamos adónde ir. Terminamos en la pensión de los juveniles, aunque éramos profesionales y eso estaba prohibido”.
Un desastre. Ese era el cuadro de situación. Debía esperar que se cumplieran los dos años para irse. Pero mientras tanto, ¿cómo sobrevivir? Consiguió que Ferro lo cediera a préstamo seis meses a Racing de Olavarría, para jugar en la liga local. Ni siquiera un Argentino B. ¿Los rivales? Deportivo Hinojo, Ferrocarril Sud... Estamos en el segundo semestre del 2002. Alexis vivía cuatro días allá y tres acá, en la casa de los padres de Jessica, entonces novia y hoy esposa. Le pagaban 50 pesos por partido y a veces cambiaba el pasaje en micro por uno de tren para quedarse con la diferencia. Si hay miseria, que no se note.
“Terminaba de jugar y la gente de fútbol del club pasaba por el hotel y me pagaba. Hablaba por teléfono con mi novia con una sola moneda de un peso, hasta donde alcanzara. Siempre se cortaba. Y en Buenos Aires me bancaban en su casa”. Jessica merecería la santificación. “Me daba plata para comprarme desodorante, shampoo, medias. No me gustaba, pero al mismo tiempo sabía que había hecho grandes sacrificios y no se me daban las cosas. Iba a perseverar hasta que me echaran”.
-Digamos que Jessica no se enamoró de tu glamour de futbolista, precisamente.
-Seguro, cuando hablan de botineras, ella se ríe.
BIEN, TODAVIA NO LLEGAMOS ni a la mitad de la carrera. Los últimos dos partidos en Olavarría no los jugó porque surgió la chance de probarse unos días en Brown de Adrogué para regresar a la B Metro. Pero el bueno de Alexis perdió por partida doble: Racing fue campeón en la Liga y no pudo disfrutarlo, y el técnico de Brown le explicó que no era la clase de jugador que buscaba.
-¿Y qué buscaba?
-No sé... a Nesta buscaba (risas).
Rebotado en Brown, se entrenó en los bosques de Palermo con otros muchachos que no tenían club para mantenerse en estado. Por un contacto se enteró de que Atlanta buscaba un central. Fue a la prueba y 10 minutos le bastaron a Salvador Pasini (¡nunca mejor el nombre!) para pedirles a los dirigentes que le hicieran firmar un contrato. “El Tano es un personaje clave en esta historia, fue el tipo que me reinsertó en el fútbol cuando estaba fuera del sistema. Sabe que lo quiero mucho y que le agradezco la mano enorme que me dio”, relata con emoción.
Ojo: tampoco estaba salvado. Volvía a la B Metro y con los 900 pesos por mes al menos le alcanzaba para el desodorante. “De 0 a 900 era un paso importante, pero igual me las tenía que rebuscar con otras cosas. Iba al Once, compraba calzoncillos boxer Dufour y remeras al por mayor y los vendía en el club a compañeros y conocidos, y así me hacía unos pesos extra”, admite sin vergüenza.
En Atlanta jugó dos años. En el primero fue campeón invicto pero no pudo ascender. Caruso Lombardi le echó el ojo, lo llamó y le propuso ir a Tigre. “Caruso es así, le preguntás quién es el 4 de Villa San Carlos y lo sabe. Está una tarde sin hacer nada, agarra el auto y se va a la provincia a ver un partido del Argentino B, por eso descubre jugadores. A mí me conoció por enfrentarlo, me dijo que Tigre se preparaba para ascender, pero yo rechacé la propuesta porque tenía la ilusión de jugar con mi hermano en Atlanta. Fui un visionario: Tigre ganó los dos torneos con récord de puntos y ascendió a la B Nacional”.
Sin embargo, Caruso sabía que Ferrero era de los buenos e insistió al año siguiente. Y Alexis, que le había encontrado el gustito al remo pero ya andaba con ganas de ver la luz al final del túnel, y sabía que de última igual podía jugar un cabeza-cabeza con su hermano en la plaza, esta vez aceptó. Fue a Tigre, pasó a cobrar 2.500 pesos por mes, se compró su primer auto, un Ford Ka en “cuatrocientas cuotas” y terminó ascendiendo a Primera, con Cagna en el banco. A mediados del 2007, siete años después de aquel bautismo con Ferro, el fútbol grande le habilitaba su rentreé.
A 400 METROS para el disco, relatarían los cronistas burreros, habría aún más peripecias por superar. Seis meses en la primera de Tigre le abrieron la puerta de Brasil. Alexis quiso asegurar su futuro y se sumó al Botafogo. Los primeros 6 meses anduvo todo bárbaro, pero después el club entró en crisis económica y dejaron de pagarle: “No pegaba una, pensaba por qué no me había quedado en Tigre. Me debían tanta plata que al final rescindí el contrato a cambio de la deuda”.
Lo sondeó Colón pero no se concretaba nada, el tiempo pasaba y Ferrero seguía sin club. Quiso volver a Tigre pero no lo necesitaban. Arregló todo con los Red Bull de la MLS de EE.UU. pero el mismo día que viajaba lo llamó Pablo Blasco, su representante, y le avisó que Mohamed lo quería en Colón. “Ni lo dudé, quería tener otra posibilidad acá”, reconoce. En el Sabalero explotó, tuvo un año impresionante: fue el mejor promedio del tercer mejor equipo de la temporada, y Maradona lo convocó para la Selección local que enfrentó a Panamá en Santa Fe. Esa noche fue titular.
Un año más tarde, en conflicto porque Colón no se decidía a comprar el pase, Leo Astrada se interesó por él y le pidió consejos a su amigo, el Chino Garcé. “Llevátelo con los ojos cerrados”, fueron las palabras de Mister 23 de la Lista. De regreso de la pretemporada con Colón en Mar del Plata, Blasco lo esperó en Aeroparque y de ahí fueron directo al Monumental. Ferrero quería tres años de contrato; Passarella ofrecía la mitad. “Fue un tira y afloje que duró siete horas. Sí: estuvimos reunidos en presidencia siete horas. Yo quería una mínima seguridad. A la medianoche llamamos a mi abogado y firmamos todos los papeles. En casa me estaban esperando, pero no llegué ni a los postres”.
Y, la verdad, repasando un poquito su hoja de ruta, el hombre tenía argumentos para sostener con fuerza sus pretensiones.
CURTIDO EN LAS DURAS batallas del ascenso, habituado a la supervivencia de adentro y de afuera, repasando los 68 puntos que debió cosechar con Colón en 2009 para escaparle al descenso, Alexis Ferrero debe ser hoy el futbolista de River que mejor capta la delicadísima amenaza de los promedios.
Asegura que Cappa no le fijó una cuota máxima de bartoleos y mostró su entereza y temperamento en el torneo pasado cuando jugó varios partidos con el tabique de su nariz roto. Habitante del barrio de Mataderos, cuenta que no tiene ninguna vergüenza en agarrar las dos sillitas, el mate, la perra y salir a sentarse a mirar los pajaritos con la beatificada Jessica porque al fin de cuentas, el 6 de River no puede ser ese que está sentado ahí en la sillita, como escucha susurrar a quienes pasan a su lado y creen reconocerlo. “No, nada que ver, te equivocaste de persona“, les suelta. Y mientras dibuja una sonrisa por usar el mejor disfraz posible para mimetizarse con el hombre común en pleno Mataderos, alcanza a mirar por el espejito retrovisor...
-¿Qué ves, Alexis?
-Miro para atrás y digo: ¡la pucha! Me doy cuenta de que el embudo es muy chico, que de miles y miles apenas llegan 2 o 3, pero con perseverancia, constancia y sacrificio se puede llegar. No hay otra salida. Hay que tener condiciones, seguro, pero sin perseverancia no conseguís nada de nada.
Firmado: Alexis Javier Ferrero, con la autoridad de quien algo en la vida ha remado.
Por Diego Borinsky / Fotos: Jorge Dominelli

EL OJO MORADO, señal inconfundible de todo central que se precie. Fue por un codazo contra Argentinos.
Alberto Demiddi, al lado de Alexis Javier Ferrero, un poroto.
Lo que tuvo que remar el defensor de River para llegar adonde llegó, verdaderamente no tiene nombre. Aunque al aproximarse a la sala de prensa del Monumental no da pistas por sus bíceps de grosor normal, su ojo izquierdo morado oficia como certificado de garantía de marcador central que se precia.
La historia que comienza a continuación, y que relatará nuestro protagonista acompañando cada remada con un tono de satisfacción y orgullo, no es de ficción. Es bien real. Apenas un dato a modo de anticipo permite espantar cualquier exageración: Ferrero debutó en la Primera División del fútbol grande, con la camiseta de Ferro en julio del 2000. Su tercer partido en dicha categoría lo jugó 7 años más tarde.
En el medio, pasó de todo. Nació en Calchaquí, norte de Santa Fe, pero se crió en Cañada de Gómez. Empezó a jugar en el Club Atlético América. No era lo que se dice un derroche de destrezas pero en tenacidad nadie le ganaba. Así granizara o el sol rajara la tierra, se subía a la Zanella 50 familiar para que su madre lo depositara en el club.
“Mi viejo laburaba un montón, era policía y tenía un taller de chapa y pintura –evoca Alexis-, y entonces mi vieja nos llevaba a mi hermano y a mí a los entrenamientos. Había días de frío polar, y tengo la imagen de ella envolviéndonos a los dos en una frazada, poniéndonos adelante y llevándonos 40 cuadras hasta el club. Pasara lo que pasara, tenía que ir. Para mí era sagrado. Y si no había práctica, corría solo alrededor de la cancha. Era un enfermo. Ya más grande tuve una bici e iba solo”. ¿Si se destacaba? “Era muy malo. Decían que jugaba porque era el hijo del presidente... Y tal vez tenían razón, recién a los 15 años hice el click. A esa edad debuté en la primera en la liga cañadense”.
Botines propios no existían. “Me los prestaban; allá terminaba de jugar una categoría y el técnico decía: necesito un 42, un 41 y un 40 y así se pasaban los botines. Es bastante común en los pueblos. Mi viejo no nos hizo faltar nada, pero los botines era un artículo de lujo”, se sincera y destaca que también aportaba a la economía familiar. “Trabajaba en el mercadito del Tato y la Ana, unos amigos. Era repositor y también preparaba las milanesas. Agarraba la cuadrada que traían del frigorífico, la cortaba, preparaba el menjunje y hacía las milangas”, detalla, y por un segundo parece sentir otra vez el delantal sobre su cuerpo.
El fútbol de la gran ciudad marcó como primera escala Racing de Avellaneda. Lo probaron y quedó. Vivía en la pensión, que no era la del estadio. Bah, la pensión. Hablamos de un club de barrio con cancha de pádel y un par de habitaciones, detrás de la sede de Independiente. Esa era la pensión de Racing. Ahí vivía con Bastía, Lux y otros valientes: “Le decía a mi papá que estaba todo bien pero la verdad es que comíamos mal. ¿Un ejemplo de cena? Un chorizo con una papa hervida. Después, está la famosa historia del gallo. Apareció por los fondos y lo hicimos pasar a mejor vida. Necesitábamos carne para el guiso. No había agua caliente. Un día mi viejo cayó en la pensión, me vio hecho un palo y me sacó del club en dos minutos”. Alexis no cuenta si su padre apoyó el arma reglamentaria sobre algún escritorio, pero sí se acuerda bien de la frase que utilizó para que le den la carta de libertad a su hijo: “Me das el pase o te prendo fuego la sede”. En total estuvo dos años, quinta y sexta división. De allí rumbeó para Ferro.

CON LA 6 de Ferro, en un partido de Nacional B contra Tigre de la temporada 2000/01.
Se afianzó en el Nacional B y su primer gol fue digno de Palermo. Jugaba de marcador de punta izquierdo, se tiró a los pies del delantero de Argentino de Quilmes en la mitad de cancha, sobre un costado, la pelota le rebotó, recorrió 40 metros y se le metió por arriba al arquero. “Lo bautizaron el golchazo, mezcla de gol y rechazo”, revive como si hubiera sido ayer. Se lo dedicó a su compañero Cristian Tula, flamante padre ese día inolvidable (29/9/2001).
En pleno desmadre institucional, Ferro bajó un escalón más y Alexis jugó en la B Metro. Se afianzaba como titular, pero en el momento menos pensado, ¡zas, apareció Gustavo Mascardi con su gerenciadora y sus jugadores, y ahora sí, a remar que se viene el tsunami!
“Nos colgaron a varios chicos. Nos daban la ropa pero no nos dejaban entrenarnos con el equipo. No podíamos ni pelearla. Y por supuesto, no nos pagaban. Vivía en un departamento alquilado por el club con tres chicos. Un día nos cortaron el gas, otro el agua, otro la luz hasta que un día llegamos y había un camión de mudanzas. Nos rajaron. Nadie daba la cara. No teníamos adónde ir. Terminamos en la pensión de los juveniles, aunque éramos profesionales y eso estaba prohibido”.
Un desastre. Ese era el cuadro de situación. Debía esperar que se cumplieran los dos años para irse. Pero mientras tanto, ¿cómo sobrevivir? Consiguió que Ferro lo cediera a préstamo seis meses a Racing de Olavarría, para jugar en la liga local. Ni siquiera un Argentino B. ¿Los rivales? Deportivo Hinojo, Ferrocarril Sud... Estamos en el segundo semestre del 2002. Alexis vivía cuatro días allá y tres acá, en la casa de los padres de Jessica, entonces novia y hoy esposa. Le pagaban 50 pesos por partido y a veces cambiaba el pasaje en micro por uno de tren para quedarse con la diferencia. Si hay miseria, que no se note.
“Terminaba de jugar y la gente de fútbol del club pasaba por el hotel y me pagaba. Hablaba por teléfono con mi novia con una sola moneda de un peso, hasta donde alcanzara. Siempre se cortaba. Y en Buenos Aires me bancaban en su casa”. Jessica merecería la santificación. “Me daba plata para comprarme desodorante, shampoo, medias. No me gustaba, pero al mismo tiempo sabía que había hecho grandes sacrificios y no se me daban las cosas. Iba a perseverar hasta que me echaran”.
-Digamos que Jessica no se enamoró de tu glamour de futbolista, precisamente.
-Seguro, cuando hablan de botineras, ella se ríe.
BIEN, TODAVIA NO LLEGAMOS ni a la mitad de la carrera. Los últimos dos partidos en Olavarría no los jugó porque surgió la chance de probarse unos días en Brown de Adrogué para regresar a la B Metro. Pero el bueno de Alexis perdió por partida doble: Racing fue campeón en la Liga y no pudo disfrutarlo, y el técnico de Brown le explicó que no era la clase de jugador que buscaba.

DE VISITA en el Monumental jugando para Colón, en 2009. Marca a Mauro Díaz.
-No sé... a Nesta buscaba (risas).
Rebotado en Brown, se entrenó en los bosques de Palermo con otros muchachos que no tenían club para mantenerse en estado. Por un contacto se enteró de que Atlanta buscaba un central. Fue a la prueba y 10 minutos le bastaron a Salvador Pasini (¡nunca mejor el nombre!) para pedirles a los dirigentes que le hicieran firmar un contrato. “El Tano es un personaje clave en esta historia, fue el tipo que me reinsertó en el fútbol cuando estaba fuera del sistema. Sabe que lo quiero mucho y que le agradezco la mano enorme que me dio”, relata con emoción.
Ojo: tampoco estaba salvado. Volvía a la B Metro y con los 900 pesos por mes al menos le alcanzaba para el desodorante. “De 0 a 900 era un paso importante, pero igual me las tenía que rebuscar con otras cosas. Iba al Once, compraba calzoncillos boxer Dufour y remeras al por mayor y los vendía en el club a compañeros y conocidos, y así me hacía unos pesos extra”, admite sin vergüenza.
En Atlanta jugó dos años. En el primero fue campeón invicto pero no pudo ascender. Caruso Lombardi le echó el ojo, lo llamó y le propuso ir a Tigre. “Caruso es así, le preguntás quién es el 4 de Villa San Carlos y lo sabe. Está una tarde sin hacer nada, agarra el auto y se va a la provincia a ver un partido del Argentino B, por eso descubre jugadores. A mí me conoció por enfrentarlo, me dijo que Tigre se preparaba para ascender, pero yo rechacé la propuesta porque tenía la ilusión de jugar con mi hermano en Atlanta. Fui un visionario: Tigre ganó los dos torneos con récord de puntos y ascendió a la B Nacional”.
Sin embargo, Caruso sabía que Ferrero era de los buenos e insistió al año siguiente. Y Alexis, que le había encontrado el gustito al remo pero ya andaba con ganas de ver la luz al final del túnel, y sabía que de última igual podía jugar un cabeza-cabeza con su hermano en la plaza, esta vez aceptó. Fue a Tigre, pasó a cobrar 2.500 pesos por mes, se compró su primer auto, un Ford Ka en “cuatrocientas cuotas” y terminó ascendiendo a Primera, con Cagna en el banco. A mediados del 2007, siete años después de aquel bautismo con Ferro, el fútbol grande le habilitaba su rentreé.
A 400 METROS para el disco, relatarían los cronistas burreros, habría aún más peripecias por superar. Seis meses en la primera de Tigre le abrieron la puerta de Brasil. Alexis quiso asegurar su futuro y se sumó al Botafogo. Los primeros 6 meses anduvo todo bárbaro, pero después el club entró en crisis económica y dejaron de pagarle: “No pegaba una, pensaba por qué no me había quedado en Tigre. Me debían tanta plata que al final rescindí el contrato a cambio de la deuda”.

CELESTE Y BLANCO. Único partido en la Selección, contra Panamá en Santa Fe (entre Pozo y Otamendi).
Un año más tarde, en conflicto porque Colón no se decidía a comprar el pase, Leo Astrada se interesó por él y le pidió consejos a su amigo, el Chino Garcé. “Llevátelo con los ojos cerrados”, fueron las palabras de Mister 23 de la Lista. De regreso de la pretemporada con Colón en Mar del Plata, Blasco lo esperó en Aeroparque y de ahí fueron directo al Monumental. Ferrero quería tres años de contrato; Passarella ofrecía la mitad. “Fue un tira y afloje que duró siete horas. Sí: estuvimos reunidos en presidencia siete horas. Yo quería una mínima seguridad. A la medianoche llamamos a mi abogado y firmamos todos los papeles. En casa me estaban esperando, pero no llegué ni a los postres”.
Y, la verdad, repasando un poquito su hoja de ruta, el hombre tenía argumentos para sostener con fuerza sus pretensiones.
CURTIDO EN LAS DURAS batallas del ascenso, habituado a la supervivencia de adentro y de afuera, repasando los 68 puntos que debió cosechar con Colón en 2009 para escaparle al descenso, Alexis Ferrero debe ser hoy el futbolista de River que mejor capta la delicadísima amenaza de los promedios.
Asegura que Cappa no le fijó una cuota máxima de bartoleos y mostró su entereza y temperamento en el torneo pasado cuando jugó varios partidos con el tabique de su nariz roto. Habitante del barrio de Mataderos, cuenta que no tiene ninguna vergüenza en agarrar las dos sillitas, el mate, la perra y salir a sentarse a mirar los pajaritos con la beatificada Jessica porque al fin de cuentas, el 6 de River no puede ser ese que está sentado ahí en la sillita, como escucha susurrar a quienes pasan a su lado y creen reconocerlo. “No, nada que ver, te equivocaste de persona“, les suelta. Y mientras dibuja una sonrisa por usar el mejor disfraz posible para mimetizarse con el hombre común en pleno Mataderos, alcanza a mirar por el espejito retrovisor...
-¿Qué ves, Alexis?
-Miro para atrás y digo: ¡la pucha! Me doy cuenta de que el embudo es muy chico, que de miles y miles apenas llegan 2 o 3, pero con perseverancia, constancia y sacrificio se puede llegar. No hay otra salida. Hay que tener condiciones, seguro, pero sin perseverancia no conseguís nada de nada.
Firmado: Alexis Javier Ferrero, con la autoridad de quien algo en la vida ha remado.
Por Diego Borinsky / Fotos: Jorge Dominelli







































