Mundial 2026

Detrás de la gloria: las historias más insólitas que marcaron las finales de los Mundiales

La cita máxima del fútbol esconde mitos, descuidos logísticos, amnesia en pleno partido y estrictas reglas de protocolo que forjaron la mística del torneo durante casi un siglo.

Por Silvio Maverino ·

19 de julio de 2026

Cada cuatro años, el planeta se detiene para presenciar el partido más importante del fútbol mundial. Este acontecimiento, que cuenta con casi un siglo de existencia, ha aportado historias increíbles y situaciones insólitas que quedaron grabadas a fuego en los libros de historia, mucho más allá del resultado deportivo.

El nacimiento de la competición ya estuvo marcado por las disputas materiales. La final de 1930 se jugó con dos balones, uno argentino y otro uruguayo, debido a que ninguna de las dos selecciones finalistas admitía jugar con el esférico de su rival. Cada pelota estaba fabricada con el cuero de su respectivo país y contenía una vejiga inflable en su interior. Para resolver el conflicto, el árbitro belga John Langenus ingresó al campo con ambos balones y realizó un sorteo con una moneda al aire para decidir con cuál se jugaría en cada tiempo.

El azar determinó que la primera mitad se disputara con la pelota argentina, período en el cual el conjunto albiceleste logró marcharse al descanso con una ventaja de 2-1. En la segunda parte se utilizó el balón uruguayo, el cual era aparentemente un poco más grande y pesado, permitiendo la remontada de los locales para quedarse con el título por 4-2.

En aquella misma época se dio otra de las grandes curiosidades históricas: el argentino Luis Monti jugó dos finales consecutivas con selecciones distintas. El mediocampista es el único futbolista en toda la historia que ha disputado el partido decisivo representando a dos países diferentes, haciéndolo con Argentina en 1930 y repitiendo la experiencia como ciudadano italiano en 1934.

Lo más llamativo de su caso es que en ambas ocasiones debió actuar bajo severas amenazas. En la primera edición, fueron los aficionados uruguayos quienes lo amenazaron si lograba la victoria, mientras que cuatro años más tarde sufrió la extrema presión del dictador Benito Mussolini para conseguir el triunfo de la escuadra europea.

Años más tarde, la tensión del partido definitivo conmovió incluso a las máximas autoridades de este deporte. El mismísimo presidente de la FIFA, Jules Rimet, bajó del palco dispuesto a darle la copa a Brasil en el maracanazo, sin imaginar el desenlace de la historia. Sintiendo un profundo desconcierto, el dirigente abandonó el sector de autoridades con el tiempo suficiente para prepararse para la ceremonia de premiación sobre el césped.

Al momento de retirarse del palco, el seleccionado brasileño ganaba el encuentro, pero cuando logró pisar el campo de juego, Uruguay ya había concretado su mítica remontada. La leyenda urbana cuenta que Rimet tardó un largo tiempo en comprender lo que verdaderamente había sucedido porque se topó con una escena dantesca llena de futbolistas brasileños y aficionados llorando desconsoladamente. Finalmente, alguien debió acercarse al mandatario para aclararle que Uruguay se había consagrado campeón del Mundial de 1950.

Los imprevistos extrafutbolísticos continuaron en las ediciones posteriores. Brasil ganó el título en Suecia '58 con camisetas compradas en una tienda sueca debido a un conflicto de indumentaria. Como ambos finalistas vestían remeras de color amarillo, se organizó un sorteo para definir qué equipo debía modificar su uniforme titular. Los responsables de la delegación sudamericana, molestos por la situación, decidieron no asistir al acto por considerar que obligarlos a cambiar era un gesto de descortesía hacia los visitantes.

Sin su presencia, el sorteo se realizó y Suecia resultó ganadora, lo que obligó a los dirigentes brasileños a salir de urgencia a comprar indumentaria nueva, dado que las casacas azules de su segunda equipación ya habían sido utilizadas en la última práctica.

Tras la compra de apuro, los colaboradores tuvieron que coser los números y el escudo sobre la marcha en las nuevas prendas de color azul. El resto del trabajo quedó en manos de Pelé, quien brilló en la cancha para coronar por primera vez en su historia al conjunto brasileño.

Las polémicas arbitrales tampoco faltaron en estas citas de honor, al punto de que el juez de línea de la jugada más polémica tiene un estadio con su nombre. Tofiq Brahramov, un azerbaiyano que en 1966 representaba a la Unión Soviética, pasó a la posteridad como el famoso "juez de línea ruso". Su nombre quedó eternamente ligado al único título mundial que posee Inglaterra por haber validado el gol fantasma más discutido de la historia: un disparo de Geoff Hurst que pegó en el larguero, botó sobre la línea y salió hacia el campo de juego.

Aunque ninguna imagen televisiva o fotográfica de la época pudo demostrar que el balón hubiera traspasado por completo la línea de gol, Brahramov no dudó en convalidar la acción. De esa manera, Inglaterra se colocó en ventaja por 3-2 durante la prórroga y encarriló el triunfo definitivo que se selló con otro tanto de Hurst para el 4-2 final.

Luego del fallecimiento del juez de línea en 1993, las autoridades de Bakú renombraron el estadio más importante de dicha ciudad como el Estadio Republicano Tofiq Bahramov, e incluso se erigió una estatua en su memoria en las afueras del recinto, a cuya inauguración asistió el propio delantero inglés Geoff Hurst.

En el plano estrictamente táctico y de juego, se registran récords que parecen imposibles de superar. Por ejemplo, Alemania comenzó a jugar con un gol en contra en la final de 1974, experimentando el poderío del "fútbol total" de los Países Bajos. La máxima expresión del juego asociado neerlandés se vio reflejada en el saque inicial de aquel encuentro: realizaron un total de 16 pases consecutivos sin que ningún futbolista de Alemania Occidental pudiera tocar el balón, jugada que derivó en un penalti cometido por Uli Hoeness sobre la estrella Johan Cruyff a los 53 segundos de iniciado el partido. El encargado de ejecutarlo fue Johan Neeskens, quien transformó la falta en gol a los 88 segundos de juego, marcando así el tanto más rápido en la historia de las finales.

A pesar de la hazaña inicial, la ventaja no les alcanzó para alzar el trofeo: Paul Breitner empató el trámite también desde el punto de penalti en el minuto 25, y Gerd Müller decretó el 2-1 definitivo a favor de los alemanes en el minuto 43.

Por otra parte, la gloria de consagrarse campeones del mundo no siempre requiere haber sumado minutos dentro del campo de juego. Grandes leyendas de la historia como Passarella, Baresi y Ronaldo fueron campeones del mundo sin jugar. Aunque la lista de futbolistas que ganaron el torneo sin disputar un solo minuto es amplia y está conformada en su mayoría por porteros suplentes, también abarca a estrellas de renombre mundial que solo pisaron el césped a la hora de levantar la copa.

El defensor argentino Daniel Passarella había sido el gran capitán del equipo que conquistó la Copa del Mundo en 1978; ocho años después, fue convocado con 33 años por el entrenador Carlos Bilardo para formar parte de la delegación en México '86, pero no pudo disputar ningún encuentro tras verse afectado primero por una fuerte infección intestinal y luego por un desgarro muscular.

Franco Baresi integró con apenas 22 años el plantel de la selección italiana que se coronó en España 1982, pero el director técnico Enzo Bearzot decidió no utilizarlo en todo el certamen. Curiosamente en 1994, tras recuperarse en tiempo récord de una rotura de meniscos, Baresi fue el capitán en la final que Italia perdió por penales contra Brasil en el Rose Bowl, fallando su propio remate y quedándose sin la chance de celebrar en cancha el título que ya poseía en su palmarés desde doce años atrás.

El caso de Ronaldo Nazario se asemeja, ya que formó parte del plantel brasileño en Estados Unidos '94 como un juvenil acompañante bajo las órdenes de Carlos Alberto Parreira. "El fenómeno" arribó a la cita con la misma edad con la que Pelé había asombrado al mundo en 1958, respaldado por una increíble marca de 59 goles en 57 partidos con la selección sub-17. A pesar de las fuertes críticas del público hacia el entrenador para que le diera rodaje a la nueva joya, Parreira nunca lo mandó a la cancha. Ronaldo tendría su revancha definitiva en el año 2002, consagrándose campeón en el terreno de juego y como el máximo artillero de ese torneo.

Uno de los sucesos médicos y psicológicos más impactantes ocurrió en la historia reciente, cuando el alemán Kramer le preguntó en pleno partido al árbitro si estaban jugando la final. Christoph Kramer protagonizó uno de los episodios más singulares de la era moderna en la final de Brasil 2014 entre Alemania y Argentina en el mítico Maracaná. El volante fue incluido a último momento en la alineación titular debido a la lesión sufrida por Sami Khedira durante el calentamiento previo, pero su participación efectiva se redujo notablemente.

En el minuto 16 de juego, Kramer recibió un fuerte golpe tras chocar con el defensor argentino Ezequiel Garay, lo que le provocó una conmoción cerebral inmediata. Durante el siguiente cuarto de hora, el futbolista deambuló por el terreno de juego totalmente desorientado, al extremo de acercarse al árbitro principal, el italiano Nicola Rizzoli, para consultarle si verdaderamente se estaba disputando la final del torneo.

Sus extraños comportamientos no terminaron allí: intentó quitarle la cinta de capitán a su compañero Philipp Lahm y confundió al delantero Thomas Müller con el histórico goleador Gerd Müller. Finalmente, el cuerpo técnico advirtió la situación y lo reemplazó en el minuto 31 por André Schürrle. Si bien Kramer formó parte activa de las celebraciones posteriores con el trofeo en sus manos, luego de ser trasladado al hospital perdió por completo la memoria de los hechos debido al traumatismo recibido, al punto de no recordar absolutamente nada de lo sucedido en la final.

Además de los hechos concretos, el misticismo que rodea al partido final incluye supersticiones de larga data. Históricamente, tres maldiciones han afectado a todas las finales sin excepción durante casi un siglo de competencia:

Ningún director técnico de nacionalidad extranjera ha logrado consagrarse campeón de un Mundial.

Jamás pudo levantar el trofeo el futbolista que había ganado el Balón de Oro de ese mismo año.

Nunca ha conseguido el título la selección que inició la competencia oficial ocupando el puesto número uno del 'ranking' de la FIFA.

Esta última estadística negativa afectaría directamente a la selección de Argentina en la actualidad, aunque la albiceleste busca romper la racha amparándose en otras dos cábalas menos difundidas del fútbol europeo: ningún entrenador mayor de 60 años ha ganado la Copa del Mundo (el técnico Luis de la Fuente cuenta con 65 años) y ninguna selección logró proclamarse campeona del torneo tras finalizar la fase de grupos sin encajar goles en su propia valla (situación que atravesó España).

Finalmente, el respeto sagrado hacia el galardón principal demuestra que la frase "la copa no se toca" no es sólo por superstición, el protocolo FIFA lo impide formalmente. La extendida tradición del fútbol indica que, por mera cábala, el trofeo original que premia al ganador no debe ser tocado por los protagonistas antes de disputar el encuentro, lo que lleva a muchos jugadores a evitar incluso mirarlo fijamente cuando realizan la caminata oficial hacia el terreno de juego.

Sin embargo, esta práctica excede la simple superchería popular: las normativas institucionales de manejo y seguridad de la FIFA prohíben estrictamente que cualquier individuo toque el trofeo original con las manos descubiertas, limitando ese derecho de forma exclusiva a quienes ya se hayan consagrado campeones del mundo, a los jefes de Estado de las naciones y al presidente de la entidad madre del fútbol mundial.

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