Las Crónicas de El Gráfico

1988. Racing campeón de la Supercopa

Por Redacción EG · 16 de septiembre de 2019

Luego de más de veinte años, la Academia volvía a dar una vuelta internacional, se quedó con la Supercopa luego de empatar en Brasil frente al Cruzeiro. La crónica de un partido dramático.

El viejo grito, costumbre de otros tiempos, vigilia de ahora, emoción de hoy. El viejo grito que dormía confuso, golpeado y agraviado desde aquel del Chango Cárdenas en 1967. Tanto tiempo, ¿no? El grito de campeón extrañado o desconocido, según los hombres y sus edades.

Los vi reunidos, el grito y los hombres. Coco Fernández, que trajo como cábala el gorrito desteñido que se compró en el '66, cuando mandaba en las canchas el equipo de José; Gustavo Costas, mascota entonces, que se acercó al uruguayo Cardellino y le imploró al oído la frase que, envolvía a todos los de Racing en la noche fría de Belo Horizonte: ¨Termineló, referí, termineló... Hace veinte años que estamos esperando esto..."

Y Cardellino pitó el final a los 46 minutos 42 segundos, quizás conmovido por lo que oyó, quizás engañado por su reloj generoso con este equipo que entró en la historia. Pitó el final, parapetó su cuerpo entre los policías que lo escudaban de la ira mineira, pensó probablemente que, rencilla más, rencilla menos, acababa de dirigir un partido importante. Se equivocaba y se entiende, él no es de Racing. Lo que acababa de dirigir era el telón de una larga angustia, el final de un sueño torvo y desgarrante, el hito entre el silencio y la explosión, la comunión de chicos inexpertos y veteranos de tantas batallas ganadas y tantas y recientes batallas perdidas.

 

Los once que salieron aquella noche del 18 de junio al Mineirao.

Los once que salieron aquella noche del 18 de junio al Mineirao.

 

Algo unió entonces a Perico Pérez con los hombres canosos que lo arroparon con su bandera. Algún hilo invisible ató las lágrimas de Fabbri o Walter Fernández con las lágrimas distintas del descenso. Algo tienen que ver el Negro Ludueña y Palito Balay. Colombatti con Rubén Sosa, Catalán con el Loco Corbatta y Basile consigo mismo. Porque aquí se encontraron, en esta noche entrañable de la Vuelta Olímpica, en los brazos del Pato Fillol que abarcan todo, en los ojos mojados y asombrados de Rubén Paz o Chupete Vázquez, en el placer incontable de sentirse capaces, de ser los mejores, de ser campeones. Racing ha vuelto, la interminable amargura no era tal. Terminó. Ellos lo hicieron posible creyendo desde afuera, ellos lo hicieron posible con los piques de Medina Bello, la solidez de Olarán, el esfuerzo de Acuña, la misteriosa fe. Ha vuelto Racing y están juntos los que juegan, los que saltan, los que lloran, los que adivinaron la resurrección en los goles del Toti Iglesias, los que ya disfrutaron otras voces, los que saben más, los que saben menos...

Racing ha vuelto, quien no entienda su epopeya, no entiende nada; quienes sí la entendemos pasamos muchas horas temblando de emoción.

Había que ganar, y empatar era ganar. Pero el Coco Basile nació aquí, conoce el espíritu y ha sabido trasladarlo. ¿Empatar? Está bien, alcanza para empezar la vida nueva, pero será mejor si es a lo Racing. Con dignidad absoluta. Con respeto y cuidado por ese fenómeno que es Careca, pero también con respeto y cuidado por la pelota. Ludueña bien nítido de volante tapón y con obligación en los relevos, Ludueña al mismo tiempo para aquietar y comandar la circulación desde su base; Colombatti y Rubén Paz atentos a la obstrucción en la salida y el medio juego brasileños, pero también dispuestos al arranque en contraataque. Con precauciones y con honestidad deportiva. Sin golpes. Sin exagerar la actitud dilatoria. Pensando en la conveniencia pero también pensando en lo que está bien para la imagen y el festejo completo.

43 minutos del primer tiempo. Catalán pone el 1 a 0 que le daba el título a Racing.

43 minutos del primer tiempo. Catalán pone el 1 a 0 que le daba el título a Racing.

Así lo pensó, así quiso ejecutarlo. No pudo en la media hora inicial. Fillol la tiraba larga desde el arco tal vez intentando el pressing de sus compañeros lejos de sus dominios, pero la cancha del Mineirao es enorme, siempre quedan espacios y entonces no funcionaba: no llegaban, o llegaba uno solo que es todavía peor.

Cruzeiro con la pelota, el reloj —al menos me pareció— aliado de los azules, quieto, indolente. Balú que complicaba por la derecha, Ademir patrón del medio. Anderson libre, Careca arrastrando la marca alternada de Costas y Fabbri. Una llegada, dos, tres... Un arranque, dos, cien... Un centro, dos, diez... La torcida —el estadio no se llenaba así desde 1985—, empujando  con sus banderas multiformes y su canto monótono, ululante, mientras quinientos argentinos exprimían sus gar-gantas y unos doscientos hinchas del Atlético Mineirao —el equipo de siempre— gozaban con cada oportunidad desperdiciada. Pero eso terminó con el gol de Catalán, los doscientos entre un cordón policial que los salvó de ser masacrados.

Racing sufría, no manejaba el juego, lo aguantaba y apenas. Hasta que poco a poco... Paz se tiró unos metros atrás a ofrecerse como salida, Acuña y Colombatti a encontrarlo un poco más, el cordobés Ludueña a trasladarle al partido su propio ritmo. Hubo un tiro libre de Walter, un contraataque mal definido por Catalán… El equipo empezaba a mejorar y el rival a desequilibrarse. Entonces ocurrió. Walter la trajo desde el medio, vio la diagonal de Catalán, la puso, falló Vladimir, era mano a mano, fue cambio de perfil, toque suave de zurda, arquero vencido, gritos dispersos, multitud callada...

El gol. Sabríamos un rato más tarde que fue el gol de la Supercopa. Terminante. Motivador. Decisivo —lo sabríamos, claro, un rato más tarde.

Fillol fue la bandera de este equipo. Sus compañeros lo llevan en andas, mientras él acaricia la copa.

Fillol fue la bandera de este equipo. Sus compañeros lo llevan en andas, mientras él acaricia la copa.

Nos habían asustado un poco. Apenas llegados al aeropuerto Tancredo Neves, pasado el mediodía del viernes 17, ciento sesenta personas entre jugadores, cuerpo técnico, hinchas y periodistas, nos conmovió un título en azul del Diario Da Tarde: "Cruzeiro já stá pronto para a guerras. ¿Hace falta traducirlo? Había dos posibilidades: o un titulero poco feliz de la página deportiva, o un ambiente amenazante y desmesurado esperando por nosotros.

Pedro era el guía del ómnibus que nos llevó hasta el hotel Real Palace. Nos habló de Belo Horizonte, capital brasileña del acero y capital política del estado de Minas Gerais, dos millones y medio de habitantes, sin vida nocturna. Dijo. `Si salen del hotel vayan a la izquierda, a la derecha no es bueno, está el Mercado Central. Hasta ahí, con ir a la izquierda... Pero dijo enseguida, «Brasil está viviendo un momento económicamente difícil, la gente va a la cancha para explotar un poco, sacarse de encima las tensiones. No le pido que no griten pero moderado, moderado. Por las dudas, no nos gustaría que hubiera accidentes'.

Hubo un largo y notorio silencio que reconozco no duró demasiado. Al ratito volvieron a asomar las banderas —contando el de los jugadores, los micros eran cuatro—, los cantos y las bromas, mientras desde la calle llegaba alguna amenaza, mucha curiosidad y un par de huevos estrellados en la carrocería.

En la cancha tampoco pasó nada, salvo el incidente del minuto 85', agresión de Heraldo a Colombatti, una trompada de Eder cuando Miguel no se había levantado, remolino general y expulsión de Colombatti y el central brasileño aunque al principio el árbitro había insinuado echar también a Eder. Beneficiado Racing por la demora que Cardellino redujo de cuatro minutos a menos de dos. Y también por el enfriamiento y la pérdida de ritmo. Aunque al final, ¿se acuerda?, el gol del Cruzeiro rondó tres veces en la misma jugada. Tres veces, para que este empate tuviera el dramatismo que fue signo de toda la conquista: Fabbri sobre la hora a River, Colombatti sobre la hora a Cruzeiro en Avellaneda, nada sobre la hora esta vez, porque Racing tenía que ser campeón. Por su historia, digo. Por su penuria evocada. Por su hombría de hoy.

Los jugadores dan la vuelta olímpica en el emblemático estadio de Cruzeiro.

Los jugadores dan la vuelta olímpica en el emblemático estadio de Cruzeiro.

Si el uno a cero se produjo en el momento justo, psicológicamente justo, el empate de Robson fue compensación para el Cruzeiro, que en ese tramo no preocupaba, exiliado Careca en la raya izquierda y ahogado por la ineptitud de sus compañeros, su propio desconsuelo y el anticipo fiero de Chupete Vázquez.

Todo parecía en orden, dominado, controlado. Ludueña acurrucando la pelota, Fabbri crecido en seguridad, el Pato infalible cuando se acercaban. Costitas bastoneando con precisión la jugada del off side. Todo en calma. No era previsible el dos a cero pero tampoco el empate, y coincidía la gente que empezó a bajar de las tribunas rondando la media hora.

Pero... ¿Podía este Racing del sacrificio y la humildad, este Racing erguido en sus viejas penas, convaleciente de las lesiones de Paz y el pibe Fabbri, sin el gol que insinúa siempre el Toti Iglesias...? Pienso, ¿podía este Racing de las aristas deportivas heroicas alzar en sus brazos los cincuenta y cuatro kilos que pesa la Supercopa sin un sobresalto final?

No, no podía. Y en medio del desquicio del Cruzeiro, cuando sus volantes sólo atinaban a pelotazos inconexos que salían por los costados o caían mansos en las manos de Fillol, un córner —la mejor atajada del Pato—, un breve revuelo en el área, un rebote, dos, y el remate de Robson que sorprende al arquero tapado y viaja a la red. Para que el estadio reviviera y los momentos tristes también, pero de nuestro lado. Suele decirse, los fantasmas.

No pudieron entrar, esta vez no pudieron. Once hombres decididos en el campo y quinientos alrededor resolvieron evitarlo, supieron, sin decírselo uno a otro, que había llegado la hora de la felicidad absoluta. Confiaron en eso, por supuesto, pero ayudaron a la confianza con el último resto de vocación redentora. Ahora o nunca, gritaron para adentro. Ahora, Racing, el destino lo escribimos nosotros. Ahora, por favor, ahora. Si no, quién sabe cuándo...

Será difícil olvidar cómo lo hicieron, con cuánto amor. Será más fácil repetir que ha vuelto Racing, que el fútbol tiene fiesta en las esquinas. Porque esta vez las lágrimas no duelen. Ha vuelto el viejo. Racing.

 

 

Por JOSE LUIS BARRIO (1988).

 Fotos: RICARDO ALFIERI (hijo) y FABIAN MAURI.

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