¡Habla memoria!

Carlos Peucelle: Humilde y Millonario

Por Redacción EG · 09 de julio de 2013

Después de jugar el Mundial de 1930, fue responsable del nacimiento del apodo de River, que lo compró por una altísima suma de dinero. La rompió durante una década, pero siempre apostó al perfil bajo, al punto que en su etapa de entrenador se ponía en el buzo una M de masajista.

  Nota publicada en la edición de julio de 2013 de El Gráfico

HOMBROS bajos, camiseta con botones, escudo sobre el bolsillo, botines sin cordones: la esencia del Peucelle jugador.

HOMBROS bajos, camiseta con botones, escudo sobre el bolsillo, botines sin cordones: la esencia del Peucelle jugador.

Cualquier parecido de Guardiola con Peucelle es pura coincidencia... Cracks, aunque en distintas posiciones y en diferentes momentos del universo. Apasionados por el juego. Didácticos para formar y enseñar. “Egocentrismo cero” a la hora de recibir elogios. Mojones ineludibles en la historia de la pelota, Pep y Carlitos habrían pasado mil horas juntos si se hubiesen conocido. Pero el destino no quiso que compartieran información: en 1990, cuando el catalán dejaba las divisiones inferiores del Barcelona para debutar en la Primera, Carlos Desiderio Peucelle subía a los cielos para sentarse a la derecha de Dios Padre con 81 años y el título de Maestro del fútbol bajo el brazo.

Ancho de talento y docencia, Peucelle fue un verdadero fenómeno de un lado y del otro de la línea de cal. Jugó en River entre 1931 y 1941, década en la que brilló como wing derecho y en otras posiciones: aunque aún no existía la palabra en el diccionario futbolero, fue el primer polifuncional de estas tierras. Lo llamaban “Barullo” por la manera en que desordenaba a los rivales, apareciendo por sorpresa en cualquier sector. De pantalones cortos, era el mejor estratega: empezaba pegado a la raya, se retrasaba, cambiaba de lado, se movía con inteligencia y, claro, visitaba el área: sus 113 goles en el club lo ubican como el noveno máximo goleador de River. Ya como hombre de buzo llevar y silbato tocar, fue uno de los padres de La Máquina, aquella maravillosa delantera que tuvo River en los años 40. La última parte de su legado fue como formador de jugadores en varios clubes. Sin embargo, aclaraba: “Yo no hago jugadores: sólo capacito y oriento...”.

Peucelle nació el 13 de septiembre de 1908 en Barracas, 63 años antes de que Guardiola llegara al mundo y a 10.480 kilómetros de distancia de Sampedor, la ciudad natal de Pep. Pese a la distancia temporal y geográfica, uno y otro entendieron el fútbol de la misma manera. “El fútbol es de los jugadores”, dijo el DT de un Barcelona sublime. Se lo oyó decir eso en el Gran Rex, a pocas cuadras del Obelisco, cuando vino a Buenos Aires a dar una charla. Tal vez Pep no conozca demasiado la obra de Peucelle, quien editó en 1975 su biografía Fútbol Todotiempo. En ese momento, escribió algo muy parecido: “Yo estuve dentro de la cancha 17 años y nunca vi que lo que se produce como juego dentro de un partido viniera de un maestro de afuera. Siempre salió de los jugadores”.

A Peucelle lo llamaban Maestro muy a su pesar, ya que él no se consideraba así: humildad pura. Como la del ahora DT del Bayern Munich, quien dice haber aprendido más de Messi que lo que Messi aprendió de él. Para uno y para otro, el fútbol es de todos y nadie tiene la verdad. Avalaba Peucelle una anécdota de Bernabé Ferreyra: en 1935, durante un viaje en barco a Río de Janeiro con River, el DT húngaro Emérico Hirschl le pidió al Mortero de Rufino que lo llamara Maestro. Y el gran Bernabé respondió: “Yo al único maestro que conozco es al de la panadería, al maestro de pala”.

UNA IMAGEN de las que no se encuentran en Google: Carlos en Montevideo, durante el Mundial de 1930, rodeado de "botijas" y un fonógrafo.UNA IMAGEN de las que no se encuentran en Google: Carlos en Montevideo, durante el Mundial de 1930, rodeado de "botijas" y un fonógrafo.

Curiosamente, el primer club de Peucelle fue Boca, allá por 1924, cuando tenía 16 años. Una huelga lo llevó –simultáneamente– a San Telmo y a Sportivo Barracas, ya que integraban distintas asociaciones. Jugó también en Nacional de Adrogué, en Sportivo Buenos Aires y disputó un par de amistosos para Estudiantes de La Plata e Independiente. A los 19 años ya era “internacional” y en su currículum sobresale la actuación en el Mundial de 1930, cuando metió un gol en la final ante Uruguay. A esa primera Copa del Mundo viajó como delantero de Sportivo Buenos Aires y, en el Centenario, fue parte del equipo argentino que cayó 4-2: Botasso; Della Torre, Paternoster; Juan Evaristo, Monti, Arico Suárez; Peucelle, Varallo, Stábile, Manuel Ferreira y Mario Evaristo. Barullo metió el primer gol argentino.

Al recalar en River en 1931, al club empezaron a decirle “Millonario”. Peucelle relató la ruta del dinero: “Esos 10 mil pesos fueron para mí. Yo me quedé con 7 mil, y los otros 3 mil se los devolví espontáneamente a Sportivo Buenos Aires, que me había pagado esa suma por un año”. Fue de los jugadores mejor pagados en la década del 30, pero que quede clara una cuestión: de tan generoso que era con el prójimo, fue económicamente pobre pudiendo haber sido rico. Al legar su sabiduría en las páginas de Fútbol Todotiempo, tampoco cobró un peso: lo recaudado fue para el Instituto de Cirugía Profesor Luis Güemes, de Haedo, “en agradecimiento a los médicos que le devolvieron la salud a mis piernas”.

Para tomar una real dimensión de lo que significó aquel Peucelle-jugador, vale citar al periodista Dante Panzeri, amigo personal de Barullo: “Como jugador de fútbol no fue el mejor, que debe estar entre José Manuel Moreno, Antonio Sastre, Adolfo Pedernera y Félix Loustau. Pero me animo a discutir su inclusión entre los más completos que se hayan visto, junto a Alberto Ohaco (Racing) y el uruguayo Angel Romano”. Lo dijo en algunas de sus santas escrituras el mismísimo Panzeri, quien resumía la sabiduría de Peucelle con una simple frase: “Montón de fútbol”. Exactamente lo que ahora se piensa de Guardiola...

Su puesto original era por la derecha del ataque, pero su capacidad para leer los partidos y su talento técnico lo llevaban a un estado de movilidad permanente. Cuando veía que la cosa se ponía brava, era capaz de bajar al mediocampo e incluso terminar en la defensa. En River, donde vivió su etapa más fructífera y conocida, jugó 307 partidos, hizo 113 goles y obtuvo cuatro títulos: 1932, 1936, 1937 y 1941. Dos de sus tantos se los hizo a Boca en 17 superclásicos: convirtió en el 1-1 de 1931 (fue el primer gol de River a Boca en el profesionalismo) y también abrió la cuenta en el 3-2 de visitante, en 1936.

Como jugador, entrenador o formador de juveniles, Peucelle nunca apoyó el individualismo: fue, como decía Panzeri, “un colectivista por antonomasia”. Creía en la amalgama de muchos aportes para un mismo fin. Todos para uno y uno para todos: oh casualidad, Guardiola señala que “líder es el que hace mejor al otro”. El muchacho de Barracas creía poco y nada en los “esquemas con números” del tipo 2-3-5 o 4-4-2. El hablaba de 1-10; es decir, el arquero y 10 al centro. De esos 10, “todos suben, todos bajan, todos entran, todos salen”. Línea retomada –entre otros– por Pep, afirma que el desequilibrio de un partido se producirá a favor del que ponga más jugadores en la jugada. Peucelle patentó un concepto que, con pocas palabras, decía mucho: “todotiempo” y “todacancha”.

PEUCELLE revalidando su apodo de Barullo durante la temporada de 1941.PEUCELLE revalidando su apodo de Barullo durante la temporada de 1941.

“Fue director técnico mientras jugaba”, confió alguna vez Adolfo Pedernera, compañero y luego dirigido por Peucelle, a quien no le gustaba que lo llamaran “director técnico”. Para él, “DT” era “Decí, Tonto”. Y cuando debía identificar su buzo para dirigir la Primera –algo que tampoco le agradaba demasiado– se hacía poner la M de masajista. Mientras jugó, llegó a darles órdenes a sus propios entrenadores. En el Sudamericano de 1937, Argentina y Brasil jugaron una final que terminó a las dos de la mañana. Peucelle estaba de suplente y le dijo al DT Seoane en pleno partido: “Haceme entrar de insider izquierdo (él jugaba por derecha) porque lo van a bailar a Lazzatti y vamos a perder. Y ponelo a De la Mata (16 años) por derecha para que gane en velocidad”. Seoane le hizo caso: el partido lo ganó De la Mata con dos golazos.

Potenció ese ojo clínico cuando fue formador/entrenador. Néstor Rossi le dijo un día “Usted fue mi maestro. Me enseñó a pararme en una cancha”. Y Peucelle respondió: “No, nooo. Yo no soy maestro de nadie. ¡Qué te voy a enseñar a pararte, tamaño grandote, si lo que te sobran son los pies! Yo nunca di una indicación. Las únicas indicaciones del fútbol las da el juego mientras se está jugando”. Palabras más, palabras menos, es lo que dijo Guardiola en la calle Corrientes... Bonus track: por contrato, cuando un jugador “formado” por Peucelle llegaba a Primera, le correspondían mil pesos en concepto de “formador”. Pasó, entre otros, cuando Pipo Rossi subió a Primera. El DT cobró esa suma y la gastó toda en ropa. Ropa que le regaló a Pipo...

Retirado en River, comenzó en 1942 a trabajar en las divisiones inferiores del club, tarea que desarrolló hasta 1949. En el medio, estuvo la irrupción de La Máquina, aquella delantera con Juan Carlos Muñoz, José Manuel Moreno, Adolfo Pedernera, Angel Labruna y Félix Loustau. Peucelle dirigió la Primera del club en 1945 y 1946 (e interinamente en 1964). En esa década del 40 agarró a los “caballeros de la angustia” de La Máquina en su esplendor. Hizo apenas unos retoquecitos que fueron clave, como mandar a Loustau de wing izquierdo y, fundamentalmente, sacar de la punta a Pedernera y tirarlo al medio, como eje del ataque.

“-Maestro, ¿usted fue el padre de La Máquina?
-No, nooo... Esas cosas se dan por muchos, nadie las prepara. Yo no hice nada. Lo hizo Doña Rosa...

-¿Doña Rosa?
-Sí, Doña Rosa Pedernera, la mamá de Adolfo...”, dijo alguna vez dando muestras de humildad.

Formó ejércitos de buenos futbolistas en Colombia, San Lorenzo (dirigió 18 días a la Primera y se fue sin cobrar un peso), Huracán, Perú, Costa Rica, Racing, River (1962/1965), Paraguay, México y nuevamente River. Imposible que dijera en algunos de esos lugares “a tal jugador lo hice yo”. Guardiola tal vez llene otros 20 Gran Rex, pero suena utópico escucharlo decir “yo inventé a Messi y al mejor equipo de la historia”. Lo dicho: cualquier parecido es pura coincidencia...

Por Miguel Bossio. Fotos: Archivo El Gráfico
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