Memoria emotiva

A 50 años de Alí-Frazier, la pelea que llevó el boxeo al límite de lo humano

Fue el 1° de octubre de 1975 en el Coliseo Araneta de Manila, la capital de Filipinas.

Por Redacción EG ·

01 de octubre de 2025

LA HISTORIA habitaba allí, en Manila, el 1° de octubre de 1975. El sol apretaba con una furia despiadada sobre la capital de Filipinas. En las entrañas del Coliseo Araneta de Quezon City el calor, entonces, resultaba asfixiante: se sentían más de 40 grados bajo las luces que iluminaban el ring.

Muhammad Alí y Joe Frazier se preparaban para disputar la tercera y última entrega de una rivalidad que ya se había convertida en una leyenda para todas las épocas. Los tiempos recordarían aquel último capítulo como el “Thrilla in Manila”, en lo que fuera acaso la pelea más feroz, dramática y brutal de la historia del boxeo.

La expectativa ascendía al nivel planetario. El presidente de facto Ferdinand Marcos, que había iniciado su dictadura en 1965, había transformado el combate en una vidriera política para Filipinas. La atención estuvo puesta en un total de 62 países, entre los que se encontraba por primera vez la Unión Soviética. El mundo entero seguía por televisión vía satélite la continuidad de una saga que había comenzado en 1971 en el Madison Square Garden de Nueva York, con el fallo por decisión unánime que enterraría el invicto de Alí, y seguido en 1974 con la revancha que había quedado en manos de Alí, también por decisión unánime. Ya había escritas dos páginas doradas, pero no habría pagangón con lo que estaba por ocurrir en Manila.

Imagen Alí y Frazier, frente a frente en la capital de Filipinas.
Alí y Frazier, frente a frente en la capital de Filipinas.

Desde la génesis de combate, el desarrollo exhibió un choque brutal de estilos, de voluntades, de formas y de instinto de supervivencia. Con la característica velocidad todavía intacta, Alí apostaba a mantener en el límite a Frazier con un arma permanente: el jab. El campeón, mientras combatía con el cuerpo, lanzaba provocaciones con la lengua. “¡Es el gorila en Manila!”, repetía para ridiculizar a su rival. En las conferencias de prensa ya había promocionado la pelea con golpes a un hombre disfrazado de mono. Frazier, en silencio, respondía con las únicas herramientas que conocía para defenderse: avanzar, agachar la cabeza, sostenerse en el ring y castigar con la típica zurda demoledora.

El calor era extremo. Con la temperatura en llamas, el publico acompañaba cada golpe del dramático combate con repetitivos rugidos. La gente se sentía parte. Alí comenzó la pelea en claro dominio, pero a medida que avanzaban los asaltos el castigo físico y la exigencia del cuerpo empezaron a reconvertir la pelea en un verdadero suplicio. En el centro del ring ya no había elegancia deportiva. En el epicentro del boxeo internacional, por aquellos instantes, sólo prevalecían la resistencia, el orgullo, la furia. La confesión de Alí reflejaría, años después, la profunda esencia de aquel combate: “Fue lo más cercano a la muerte que he sentido”.
 

Imagen Expectativa planetaria: 62 países siguieron el combate por televisión.
Expectativa planetaria: 62 países siguieron el combate por televisión.

El 14° round fue, para definirlo en pocas palabras, una carnicería. Frazier, con los ojos hinchados hasta casi no ver, no dejaba de lanzar sus puños en forma de ráfagas. Exhausto, Alí se apoyaba en las cuerdas y golpeaba con lo último que le quedaba. El combustible se agotaba. Entonces sonó la campana. Eddie Futch, entrenador de Frazier, tomó una decisión que pasaría a la historia: no dejó volver al ring a su boxeador para el 15°. Y le dijo, con el corazón en la mano: “Nadie olvidará lo que hiciste hoy”.

Después de haber pensado también en abandonar, Alí se desplomó en su esquina. Era nocaut técnico. La tarjeta de El Gráfico le daba el triunfo a Alí por 69-66. Pero el número no alcanzaba para mostrar lo que acababa de ocurrir. Alí fue incapaz de celebrar. La victoria le pertenecía pero la gloria fue compartida: ambos habían entregado más de lo que el cuerpo humano parecía soportar.

Finalizado el combate por el campeonato del mundo de los pesos pesados, la prensa internacional reaccionó con admiración y asombro. The New York Times describió el combate de manera brillante: “Una guerra en cámara lenta, librada bajo el sol filipino”. Por otro lado Sports Illustrated tituló: “El infierno de Manila”. Para muchos cronistas aquel acontecimiento, impulsado por el promotor mítico Don King, el hombre que se entusiasmaba por entonces con Carlos Monzón y Víctor Galíndez, representó el combate que mostró la grandeza y la crudeza del boxeo en sus formas más puras.

Cincuenta años después, “The Thrilla in Manila” permanece en el tiempo como el punto culminante de una de las rivalidades más intensas de la historia del deporte. No sólo definió a Muhammad Alí como el más grande de todas las épocas, sino que también elevó a Joe Frazier a la categoría de héroe trágico. Aquella mañana en Filipinas, ante los ojos del planeta entero, dos hombres pelearon como si se tratara de la vida misma. Dejaron, entonces, una lección indeleble: el boxeo, en su esencia, configura la épica de la resistencia.