Maradona y El Gráfico

De la cima del mundo al corazón de la patria: la historia definitiva de Maradona en la Selección Argentina

El recorrido definitivo por su trayectoria con la camiseta celeste y blanca: su consagración eterna en México 86, los mundiales juveniles y de mayores, el histórico operativo retorno, la espina de la Copa América y el nacimiento de una leyenda que marcó para siempre la historia del fútbol argentino.

Por Silvio Maverino ·

30 de octubre de 2026

La historia de Diego Armando Maradona con la camiseta de la Selección Argentina es la cronología de un futbolista excepcional y un relato atravesado por la gloria infinita, las lágrimas más profundas, la rebeldía inagotable y un amor incondicional que trascendió cualquier frontera.

Desde sus primeros destellos de pibe en La Bombonera hasta su abrupto adiós en Estados Unidos, la vida de Pelusa con la Albiceleste abarcó 87 partidos oficiales con un registro de 32 goles y 26 asistencias entre 1977 y 1994, transformándose para siempre en el máximo símbolo de la identidad futbolera del país.

La consagración celestial: el Mundial de México 1986

Aquel torneo en tierras aztecas significó el registro de una influencia estadística y artística casi imposible de repetir en la historia del deporte. Maradona participó directamente en el 71% de los goles de Argentina en ese Mundial: de los 14 tantos que convirtió el equipo para levantar el trofeo, el "10" anotó cinco y brindó cinco asistencias, completando los 7 partidos sin perderse un solo minuto de los 630 disputados.

El camino hacia la gloria tuvo paradas inolvidables. En la fase de grupos, el 5 de junio de 1986 en el estadio Cuauhtémoc de Puebla, firmó una exquisitez ante la entonces campeona Italia: picó habilitado al vacío tras un pase larguísimo de Jorge Valdano y, sin dejar caer la pelota, le metió un sutil e imparable toque de zurda por encima de Giovanni Galli mientras el legendario Gaetano Scirea solo atinaba a mirar cómo el balón viajaba a la red.

Pero el punto de inflexión absoluto llegó el 22 de junio de 1986 en el estadio Azteca, en los octavos de final frente a Inglaterra. Aquella tarde quedó grabada a fuego por ser el escenario de una actuación extraterrestre donde Diego firmó las dos caras de la genialidad en apenas cuatro minutos: la picardía sagrada con la mano y la obra cumbre del fútbol universal.

Partiendo desde su propio campo, el 10 recorrió sesenta metros a pura velocidad, dejando en el camino a cuanto rival se le cruzó en una apilada histórica que culminó gambeteando a Peter Shilton para gritar el gol del siglo.

Años más tarde, el propio protagonista se encargaría de recordarlo: "El Negro Enrique me la da lejos del arco... Fenwick me quiere meter la mano pero yo venía a 100 por hora... lo veo a Shilton que me tapa todo el arco, entonces le amago, se la juego cortita... y la empujo".

La vorágine continuó en semifinales frente a Bélgica con un memorable doblete para el 2-0: el primero eludiendo al arquero Jean-Marie Pfaff con un sutil enganche, y el segundo coronando una diagonal imparable con un zurdazo seco y esquinado.

Su torneo se coronó con el pase maestro a Jorge Burruchaga para el 3-2 definitivo en la final contra Alemania. En total, remató 30 veces al arco, dio 209 pases exitosos (132 en los últimos 30 metros), realizó 53 gambetas con éxito y sufrió 53 infracciones, firmando la influencia más absoluta de la historia de los mundiales.

El bautismo celestial: cuando Diego conquistó el mundo por primera vez en Japón 1979

Mucho antes de tocar el cielo con las manos en México, Diego Armando Maradona ya sabía lo que era salir campeón del mundo. El 6 de septiembre de 1979, la Selección se consagró campeona del Mundial Sub 20 en Japón, obteniendo el primer título de menores en la historia de la Albiceleste gracias a su magia inagotable y a los goles de Ramón Díaz.

Para aquella gesta, César Luis Menotti armó un plantel equilibrado y dejó una frase para la posteridad en el vestuario antes de la final ante la Unión Soviética: "Señores, ustedes ya son campeones, no me importa el resultado de este partido, ya han demostrado que son los mejores del mundo. Vayan, jueguen y me divierten a los 35.000 japoneses que están en las tribunas".

En el país del sol naciente, los locales asociaron rápidamente el fútbol a un solo apellido: Maradona. Diego se alzó con el Balón de Oro al mejor jugador del torneo, mientras que Ramón Díaz se llevó el Botín de Oro. La campaña fue demoledora: goleada 5-0 a Indonesia, 1-0 a Yugoslavia, 4-1 a Polonia, 5-0 a Argelia en cuartos, 2-0 a Uruguay en semis y un categórico 3-1 a la URSS en la final, ratificando la sentencia del DT: "Salió campeón del mundo el mejor fútbol del torneo".

El amargo bautismo y el rombo belga: España 1982

Luego de su ausencia en 1978, el debut de Maradona en un Mundial fue en España 1982. Con 21 años y días después de su millonaria transferencia de Boca a Barcelona, el 13 de junio pisó el Camp Nou ante más de 90 mil espectadores en la sorpresiva derrota por 1-0 ante Bélgica en el partido inaugural.

Aquel contexto estuvo marcado por la tensión de la defensa del título y el peso ineludible de la Guerra de Malvinas. Además, Patricio Hernández, su compañero de habitación, reveló la anécdota de la camiseta número 10: por el orden alfabético impuesto por Menotti, a Hernández le tocaba la 10 y a Diego la 12, hasta que el mediocampista de Estudiantes le cedió gustoso la mítica dorsal al enterarse de su inquietud. Por su parte, el entrenador belga Guy Thys había ideado un rombo asfixiante con Ludo Coeck, Frank Vercauteren, Erwin Vandenbergh y Jan Ceulemans para encerrarlo permanentemente.

Tras un debut con poco brillo y una profunda amargura inicial, Diego se recuperaría cinco días después marcando sus primeros dos goles en Mundiales en el 4-1 a Hungría. Sin embargo, la participación del equipo terminó en decepción al quedar eliminados en la segunda fase tras caer ante Italia (2-1) y Brasil (3-1), este último encuentro marcado por la recordada expulsión de Maradona tras un planchazo que reflejó toda la impotencia de aquella prematura despedida.

La selección de los milagros: el subcampeonato heroico en Italia 1990

Siempre cuesta arriba. Así fue Italia 90 para la Selección, un Mundial bombardeado de dificultades y marcado por el dedo gordo del pie derecho de Maradona, destrozado por los pisotones en Europa y una uña clavada que le impedía entrenar con normalidad. Recibido con hostilidad en el norte italiano, el equipo debutó cayendo 1-0 ante Camerún en Milán, lo que motivó una descarnada reunión grupal impulsada por Carlos Bilardo para despertar al plantel.

El traslado a Nápoles, la segunda casa de Diego, trajo alivio en el San Paolo frente a la Unión Soviética, pero la tragedia física golpeó duro: un choque dejó a Nery Pumpido con fractura de tibia y peroné, obligando al ingreso de Sergio Goycochea. En el mismo partido, Maradona salvó un gol con la mano —"Fue la otra mano de Dios"— antes de que Burruchaga cerrara el 2-0. Ante Rumania, con los dos tobillos inflamados y la sugerencia de preservarlo, Diego sentenció: "Ni muerto me sacan de la cancha. Yo sigo". Con el empate, Argentina entró por la ventana como mejor tercero.

Para los octavos de final contra Brasil en Turín, Bilardo decretó el aislamiento absoluto. Maradona, caminando descalzo con los tobillos destrozados, le confesaba a su amigo Careca: "Mañana me infiltro hasta el alma". Los primeros 55 minutos fueron un bombardeo brasileño con tres pelotas en los palos, hasta que a los 79 minutos el genio escapó de la lámpara: salió como un relámpago, apiló rivales y metió el estiletazo exacto para la maravillosa corrida de Claudio Caniggia, quien eludió a Taffarel para decretar el histórico 1-0.

En cuartos de final frente a Yugoslavia, tras el empate sin penales, Goycochea le cumplió la promesa a un devastado Diego tras atajarle su remate: "Quedate tranquilo, yo atajo dos". En semifinales, el cruce ante la Italia anfitriona en Nápoles se definió por penales tras el empate con la histórica palomita de Caniggia, donde Goyco agigantó su figura y Maradona convirtió el suyo para dejar afuera al dueño de casa.

La final ante Alemania en el Olímpico de Roma llegó con un plantel diezmado, sin suspendidos clave y con los referentes lesionados. En medio de un clima hostil donde los silbidos insultaron el Himno Nacional —generando el recordado "¡Hijos de puta!" de Diego ante las cámaras—, el arbitraje de Edgardo Codesal condicionó el desenlace al expulsar a Pedro Monzón, ignorar un claro penal a Calderón y sancionar a seis minutos del final un inexistente penal de Sensini que Andreas Brehme transformó en el 1-0. En el podio, ante las lágrimas de Maradona y la silbatina europea, Bilardo ordenó taparlo: "Esta gente no se merece las lágrimas de Maradona". De regreso en el país, fueron recibidos como héroes indiscutidos.

La última pincelada y el abrupto final: Estados Unidos 1994

Diego Armando Maradona dejó su última huella imborrable con la camiseta de la Selección Argentina en una Copa del Mundo el 21 de junio de 1994, en el Foxboro Stadium de Boston.

Aquella tarde en el debut ante Grecia, el equipo de Alfio Basile se impuso por 4-0 y el Diez rubricó su último grito sagrado con la Albiceleste a su entera manera: tras una jugada colectiva perfecta a puro toque con Claudio Caniggia y Fernando Redondo, recibió en la medialuna del área y sacó un violento y sutil zurdazo al ángulo, coronándolo con su alocado grito de desahogo directo a la cámara de televisión. Tras el posterior triunfo ante Nigeria, llegaría la catástrofe institucional: el control antidoping positivo que decretó su inmediata desafectación y el doloroso final de su idilio mundialista.

El operativo retorno y el repechaje agónico de 1993

Previamente, la debacle del 0-5 ante Colombia el 5 de septiembre de 1993 desató un cisma nacional que exigió el regreso urgente de Maradona. Escuchando el clamor popular del Monumental y tras superar cortocircuitos previos con Alfio Basile —sellados en una reunión privada en septiembre—, Diego encaró una transformación física radical: bajó de 87 a 72 kilos en tres semanas supervisado por Daniel Cerrini, mientras era anunciado como flamante refuerzo de Newell's Old Boys.

Tras el desembarco en Sídney y el único ensayo formal de fútbol, el 31 de octubre de 1993, la Argentina capitaneada por Diego saltó a la cancha del Sydney Football Stadium ante 45.000 personas. A los 36 minutos del primer tiempo, Maradona fabricó la jugada clave: robó una pelota sobre la banda y mandó un centro quirúrgico que Abel Balbo transformó en el 1-0 parcial (con el valor doble del gol de visitante), antes del empate transitorio australiano. La serie se abrocharía semanas después en Buenos Aires, sellando la clasificación a Estados Unidos.

La gran espina: la historia de un desencuentro eterno con la Copa América

A pesar de ser el emblema histórico de la Selección, Diego Armando Maradona nunca pudo ganar la Copa América, convirtiéndose en la gran deuda y la espina clavada de su trayectoria. Disputó apenas 12 partidos repartidos en tres ediciones (1979, 1987 y 1989), con cuatro goles y solo cuatro victorias.

Su historia en el torneo comenzó de manera insólita en 1979 cuando, convocado por Menotti en un equipo alternativo, debutó ante Brasil en el Maracaná luciendo la camiseta número 6 porque la 10 ya había sido usada por Juan Carlos Bujedo. Su único gol de aquella edición fue ante Bolivia.

Tras ausentarse en 1983, su segunda participación llegó en la Copa América de Argentina 1987. Consagrado ya como campeón del mundo, el equipo de Bilardo era amplio favorito en condición de local, pero la ilusión se derrumbó al caer en semifinales ante Uruguay en el Monumental y perder el tercer puesto con Colombia, pese a los tres goles aportados por Diego.

La revancha asomó en Brasil 1989, donde la Selección alcanzó el tercer puesto del cuadrangular final, aunque con la gran frustración de haber sido la única edición en la que Maradona no pudo convertir goles, en un certamen sumamente mezquino en lo ofensivo. Posteriormente, las suspensiones por doping en 1991 y la decisión de Basile de no convocarlo en 1993 impidieron nuevas presencias, sellando un desencuentro estadístico que en nada empañó su condición de mito viviente.

El origen de la leyenda: el debut absoluto en la Mayor y la primera vez con la 10

Mucho antes de la gloria continental y mundial, el camino de Diego con la Mayor comenzó el 27 de febrero de 1977, en un amistoso ante Hungría disputado en la Bombonera. Con 16 años y cinco meses de edad, Menotti lo mandó a la cancha a los 20 minutos del segundo tiempo en reemplazo de Leopoldo Luque, en medio de una goleada por 5-1 y ante el pedido ferviente de las tribunas. La crítica especializada no tardó en destacar su atrevimiento y picardía, calificándolo con un 7 a pesar de jugar apenas 25 minutos.

Meses más tarde, el 31 de agosto de 1977, Pelusa se calzó por primera vez la camiseta número 10 de la Selección Argentina en el partido de vuelta de la Copa Félix Bogado ante Paraguay en Asunción. Con 16 años, 10 meses y un día, aquel estreno absoluto como titular —en una derrota por penales tras el 2-0 abajo— estableció un récord de precocidad con dicha dorsal que se mantiene vigente hasta nuestros días, marcando el kilómetro cero oficial del viaje eterno del D10s de la pelota.

 

Imagen Diego y la primera vez con la 10 en la mayor
Diego y la primera vez con la 10 en la mayor