Las Crónicas de El Gráfico

1999. Cuando River ataca es un ballet… Cuando defiende es una murga

Por Redacción EG · 03 de marzo de 2020

Recordado partido entre River y Belgrano, fue triunfo para los de Núñez por 4 a 3. La lluvia y el golazo de taco de Juan Pablo Ángel fueron los protagonistas de la tarde.

Atacando, River es un ballet


Si no, que lo digan los 20.000 riverplatenses que empezaron a empalagarse con el mejor fútbol que viene desde el fondo de la historia de la casa, cuando el colombiano Mario Alberto Yepes metió un centro medido desde la izquierda, se la puso precisa a su compatriota Juan Pablo Angel y éste produjo un gesto técnico de aquéllos, cuando metió un Do de pecho fenomenal que dejó a Javier Pedro Saviola solo de cara al arquero César Orlando Labarre.

El Conejo se puso tan poco nervioso como siempre, para cruzar el zurdazo contra el segundo palo y salir gritando. Era 1-0 a los 9 minutos. Era 1-0 y la amenaza cierta de un festival adornado con goleada. Era 1-0 y un Belgrano atónito que no sabía dónde estaba parado, todavía contracturados sus jugadores, después de las doce horas arriba de un micro para llegar al Monumental, en este país con huelga de aviones. Pero no de talentos.

Porque Pablo César Aimar se estaba haciendo una festín con las espaldas de Javier Villarreal, y River tenía todo servido para subirse al techo de la tabla amparado en la misma contundencia feroz que fue jalonando su tránsito leve y goleador por el Apertura –nunca se bajó del par de conquistas, le hizo tres a Instituto, dos a Central, dos a Colón, cuatro a Estudiantes y cuatro a Belgrano, a un promedio espectacular de tres gritos cada noventa minutos–.

La perfecta definición de Saviola para el primer gol del partido. Se la había bajado Angel de pechito y el Conejo, de zurda, no perdonó.

La perfecta definición de Saviola para el primer gol del partido. Se la había bajado Angel de pechito y el Conejo, de zurda, no perdonó.

El escenario del Colón futbolero estaba armado para que el ballet se luciera; para que  humillara a un rival que parecía entregado desde el mismo arranque y sellara una diferencia contundente para alcanzar a San Lorenzo en la cima, y dejar atrás a Boca por primera vez en lo que va del ’99, una barrera psicológica que en la vida de los Millos es fundamental. En ellos, en el interior del plantel que quiere ganar el Apertura, más allá de lo que rece la tabla, el rival a vencer es Boca y no San Lorenzo.

Pero cuando la coreografía estaba perfectamente armada –incluidos los pesados bailarines enemigos, que superan los 180 centímetros de altura, como Diego Alarcón y Esteban Medina, y no se afirmaban bien en el escenario, incapaces de poder detener a los livianitos Saviola y Aimar, verdaderos expertos en el arte de bailar de punta, sobre todo el Payaso, que se desliza sobre el campo como si lo hiciera sobre una nube invisible– surgió el River que su hinchada no querrá volver a ver nunca más.

 

Golazo de taco de Juan Pablo Ángel

 

Porque la proyección de esta tarde lluviosa y poblada de luces y sombras es sencillamente inquietante para las ilusiones de la Banda. Si este Belgrano raquítico, con un conductor como José Luis Villarreal, pasado en años, lesiones y lentitudes por el paso inexorable de sus transitados 33; y dos puntas como Leo Torres y Josemir Lujambio, incapaces de generar una sola situación durante los noventa minutos –los goles los hicieron los volantes Ariel Montenegro y el propio Villita y la otra llegada seria de la B fue un cabezazo del defensor Medina–, fue capaz de meterle tres goles, ¿de qué será capaz el Boca en el que dibuja Riquelme y factura Palermo? El fútbol es matemáticas, y en él no funciona el carácter transitivo, pero después de ver al equipo del Pelado Díaz contra Belgrano, la conclusión surge inequívoca.

 

Defendiendo, River es una murga

Y lo comprobó en carne propia, en seis minutos de la desorientación más absoluta. A los 18, cuando los cordobeses metieron dos cabezazos y una chilena en el área millonaria sin tener la más mínima oposición –frentazo de Testa, acrobacia de Medina, y certero golpe de parietal izquierdo de Montenegro– para aprovecharse de la floja respuesta del debutante Gastón Sessa y poner el 1-1.

Y a los 24, cuando el anunciado centro de Sergio Raúl Castillo desde la derecha fue empalmado de primera por Villita para reventar la red del Río de la Plata, antes de unir sus palmas abiertas y manifestarle a la hinchada local, en una suerte de rezo pagano, que no se olvida de su paso por Núñez y que no gritaba su golazo por respeto.

Pablo César Aimar semeja un bailarín con su fútbol etéreo que lo lleva a transitar el campo en puntas de pie o elevado en un pedestal imaginario. Jugó muy bien, metió dos pases gol y sigue amenazando con transformarse en un talento de época.

Pablo César Aimar semeja un bailarín con su fútbol etéreo que lo lleva a transitar el campo en puntas de pie o elevado en un pedestal imaginario. Jugó muy bien, metió dos pases gol y sigue amenazando con transformarse en un talento de época.

Esos mismas hinchas de River que también estaban entregados a la oración, porque ya se estaban dando cuenta de que su equipo, en apenas sesenta metros de terreno, pasaba fantasmagóricamente de la Scala a la Avenida de Mayo. Sin paradas intermedias, con la insolencia de un contraste brutal. River encendió luces rojas individuales y colectivas. Porque es cierto que mientras haga cuatro, mucho no interesará que le metan tres. Pero algún día, Saviola y Aimar pueden tomarse un feriado de genialidad y a River se le van a notar las arrugas de un fondo en llamas.

 

Sessa sintió el peso del debut

Fue como si se le hubiera caído encima toda la responsabilidad de cumplir con el sueño que tanto le costó concretar: jugar como titular en River. “Yo no vine al club de relleno, ni a sentarme en el banco para cobrar un premio. Quiero pelearle la titularidad mano a mano a Bonano, porque me siento capacitado. Claro que la única forma de dar batalla por el puesto va a ser jugando. A mí siempre las cosas me costaron mucho, así que no me voy a dar por vencido así nomás. Fue una pena que no me hayan podido inscribir para la Copa Mercosur, porque esa competencia me hubiera dado la posibilidad de jugar con más continuidad”. Claro que después de la presentación, la impresión brindada no fue precisamente la mejor. Nunca entregó sensación de seguridad, más allá de que lo dejaron solo ante Montenegro en el primer gol, que Sarabia desvió levemente el tiro de Villarreal en el segundo y que un error del propio paraguayo lo dejó indefenso ante Montenegro en el tercero. No gritó ni impuso autoridad a su defensa en ningún momento. Los arqueros tímidos nunca han hecho carrera. En el segundo tiempo dio una cabal muestra de que todavía no tiene la confianza para imponerse cuando Gerardo Solana metió un centro desde la derecha, que cayó en el área chica, y Sarabia, totalmente solo, la depositó en el corner. Sessa no le gritó que estaba libre para hacer lo que quisiera. Para completarla, no salió bien en los envíos aéreos.

 

Trotta y Yepes son una invitación a encararlos

Lentos, irresolutos, inconexos y sin trabajo conjunto, fueron una puerta abierta para que los atacaran. Claro que enfrente estaba Belgrano y sus miedos, porque si no podría haber sido una catástrofe. El Cabezón prefirió mirar para otro lado a la hora de repartir responsabilidades: “No podemos regalar un par de goles como lo hicimos hoy. En el primero, nos cabecearon dos veces dentro del área. Y en el tercero, es la clásica ocasión en la que hay que reventarla en vez de querer salir jugando”. Pero no se lo ve firme; sigue muy lejano de sus tiempos de oro en Vélez Sarsfield, y aún de la correcta temporada que realizó en Unión. Claro que el Fortín y el Tate siempre le brindaban una protección defensiva que nunca lo hizo jugar a la descubierta. River es otra cosa. Muchas veces tendrá que bancarse una estancia él solo, cuando sus compañeros se vayan al ataque, y no parece que, a los 30 años, le vaya a resultar fácil. Yepes sigue con el ritmo colombiano en la sangre. Acostumbrado a un fútbol más lento, prolijo y anunciado, denuncia una lentitud por momentos alarmante. Si su compatriota Iván Córdoba es uno de los defensores más veloces del mundo, Yepes, por ahora, ofrece la contracara. En ciertas oportunidades, y salvo en casos excepcionales como el zaguero de San Lorenzo, una estación intermedia entre el Caribe y las Pampas sería buena para aumentar gradualmente la caja de velocidades. Como Jorge Bermúdez, que pasó del América de Cali al Benfica de Portugal, antes de desembarcar en la Boca.

Yepes va al cruce fuera de tiempo y distancia, obligado a foulear a Solana. El colombiano muestra una lentitud preocupante.

Yepes va al cruce fuera de tiempo y distancia, obligado a foulear a Solana. El colombiano muestra una lentitud preocupante.

     

Los laterales extrañan a sus titulares 

Por el lado derecho, no hay definiciones al respecto. Sarabia jugó mal, y su improvisación en el puesto seguramente habrá llegado a su fin. Con Lombardi defenestrado y el pibe Ariel Horacio Franco fuera de los concentrados, el Pelado Díaz está ante la muy buena oportunidad de introducir a Leo Ramos en la posición en la que se destacara inicialmente en Estudiantes de La Plata. Lo del paraguayo es lapidario. Fracasó de marcador central y tampoco anda bien por afuera. Decididamente y sin eufemismos, no está a la altura de River. El que sí demostró en un momento que daba el pinet, y ahora se ha desvanecido en una extraña caída vertiginosa de ánimo y juego es Diego Placente. Es un problema solucionable a corto plazo. Contra Independiente, vuelve Juan Pablo Sorín.

Después de los tambores y redoblantes, volvieron los instrumentos de viento

Y los bailarines de punta. Y la fiesta. Y el fútbol. Y River. Y el gol. Ese pequeño monstruo que anida en el cuerpo pequeño de Aimar –“El único jugador argentino que tiene un televisor en la cabeza, porque ve todo, aunque esté de espaldas”, según la peculiar definición del Puma Morete, ex jugador y actual empresario, que gustaría de tener en su corral a semejante fenómeno– inventó una jugada impar: apretado contra la raya de fondo metió un centro atrás que Saviola reventó contra la parte baja del travesaño antes de que picara adentro del arco. Fue el 2-2 que cerró un primer tiempo increíble. River, potencial y moderadamente situado tres goles arriba de Belgrano, sufrió para no irse perdiendo al descanso. Sólo explicable en el Doctor Jekyll and Mister Hyde, de los que atacan y los que defienden, separados escasamente por media cuadra de distancia y enormemente por un abismo futbolero.

Minuto 89, una postal de la desorientación defensiva de River. Sarabia quiso salir jugando y se la robó Montenegro, quien puso el 4-3.

Minuto 89, una postal de la desorientación defensiva de River. Sarabia quiso salir jugando y se la robó Montenegro, quien puso el 4-3.

Sufrimiento de doble personalidad que duró hasta que a los talentos encendidos de los enanos terribles –como los bautizó Sven Goran Eriksson, el técnico de la Lazio– se sumó un Juan Pablo Angel celestial. Para meter otros dos gestos técnicos brillantes y terminar con la insólita duda de si River le iba a ganar a Belgrano.

Un cabezazo asesino, mortífero y brutal. Para poner el 3-2 a los 53 minutos. Un taco a lo Crespo, definiendo con lujo un desborde housemanesco de Saviola. A los 88, cuando ya en el arco de los celestes estaba atajando el improvisado Alarcón, ante la expulsión del arquero Labarre.

Angelito no tiene escalas en su fútbol. O hace cosas que debieran proyectarlo al calcio o se interna en océanos tan profundos que no se sabe si es un jugador o un submarino. Contra la B, tuvo una jornada doble A. Aunque aún debe una asignatura pendiente, cruel en su enunciación pero también muy realista. Estos mismos golazos que mete contra los Belgrano, Estudiantes o Instituto, ¿alguna vez los estampará contra las redes de Boca, San Lorenzo, Racing, Vélez y otros grandes en plenitud o no tanto, pero grandes al fin?

La gente de River se fue eufórica e ilusionada. Como siempre, como todos los públicos del planeta, priorizó el final de la función sobre las angustias de un desarrollo variado y gratuitamente complicado por un equipo de dos caras.

Atacando, River es un ballet.

(Mientras no lo ataquen, es un regalo para los ojos. Si se le animan, es un regalo para los rivales...)

¿Ballet o murga?

That is the question.

 

El Jefe no larga el timón

River brilló contra Belgrano con el talento y los lujos de Aimar, Saviola y Angel. Pero sufrió con los desaguisados defensivos de una línea final que ofreció muchas ventajas. En el medio, equilibrando al equipo entre los lujos y el dispendio, se paró, como hace una década, Leonardo Rubén Astrada. Para cortar los circuitos de Belgrano y dárselas redondita a los que más saben. E impedir que la pelota llegue sobre los que no estaban en una buena tarde. Astrada cumplió, como siempre. Un relojito para quitar, relevar y ayudar a compañeros en dificultades. Con la autoridad de sus años en Primera para poner bien fuerte. Y para opinar sin ataduras. De este River que quiere volver a ser.

–¿Te costó elaborar el duelo de los compañeros que se fueron y recibir a los nuevos?

–Tuve que volver a armar una amistad con gente nueva. Es doloroso, pero hay que adaptarse y saber que la carrera de uno sigue.

–De todos los que se fueron, ¿a quién extrañas más como persona?

–A Sergio Berti.

–La Bruja dice que en el fútbol argentino te usan y te tiran, ¿coincidís?

–El fútbol es como cualquier otro trabajo. Cuando rendís te explotan, te aprovechan. Y cuando dejás de hacerlo, sos uno más o quedás relegado.

–¿Nunca le planteaste al técnico que reviera su posición con Berti?

–No, nunca, no me corresponde. Mi lugar es el de un jugador.

–En el fútbol, ¿hay que ser un hipócrita para que no te borren?

–Muchas veces tenés que morderte la lengua, callarte, hasta pasar por b..., todo por conveniencia propia. Hay cosas que se pueden decir y otras no.

–¿Te tocó hacerle un planteo al Pelado?

–Sí, una sola vez. Fue el día en que me comunicó que la camiseta número cinco sería para Almeyda y no para mí. Le dije que a pesar de no estar de acuerdo, respetaba su decisión. Inclusive, le jugué un par de partidos de ocho, pero me di cuenta de que no era lo mío. Y volví a hablarle: “De volante derecho, yo puedo rendir lo que viste y nada más. Prefiero ir al banco a esperar mi oportunidad”. Pero cuando estuve de suplente me agarró la locura y quería irme a cualquier lado para volver a jugar. En ese momento, casi me compra el Logroñés. Pero la bronca pasó enseguida. El Sevilla contrató a Almeyda y volví a mi lugar.

–¿En algún momento te sentiste apuntado por el técnico? Porque Ramón tenía en mente terminar con todos los históricos y rodearse de gente nueva. Vos mirabas para los costados y todos los días caía un compañero distinto: Hernán Díaz, Berti, Berizzo, Burgos, Gallardo...

–No, nunca me sentí apuntado.

–¿Te sentís inmune a estas depuraciones?

–No, pero tampoco me doy por borrado por lo que puedan decir por ahí.

–Está bien que no te dejes llevar por los rumores pero, ¿en el diálogo con el entrenador, Ramón se abre a la charla o se encierra en una cúpula y no hace participar a los jugadores?

–No, se habla. Nos ha llamado varias veces a conversar. Después del partido contra Once Caldas, cuando perdimos 4-1 en Manizales, nos convocó para intercambiar opiniones a Burgos, Berizzo, Hernán Díaz, Berti y a mí.

–Qué casualidad. Pasaron seis meses y el único que queda sos vos.

–Eso no quiere decir nada.

–¿El Pelado convoca a reuniones cuando se está por hundir el barco, como en aquella circunstancia que mencionás, o también en momentos como el actual, con River puntero del Apertura y la gente contenta?

–Las reuniones generalmente se hacen después de alguna derrota y esa es una mala costumbre. Pienso que habría que hacerlas habitualmente.

–Como persona, queda claro que extrañás a Berti más que a nadie. Como jugador, ¿a quién extraña más el equipo?

–Indudablemente, de esta última sangría, también a Berti. Como, en su tiempo, sentimos la partida de Salas y de Francescoli. Enzo era el apoyo para los momentos difíciles. Se la tirábamos a él y resolvía.

Astrada aferrado al timón de la corbeta Uruguay, amarrada en Puerto Madero. Una postal de su hoy: tras el retiro de Francescoli, la manija del grupo la tiene él.

Astrada aferrado al timón de la corbeta Uruguay, amarrada en Puerto Madero. Una postal de su hoy: tras el retiro de Francescoli, la manija del grupo la tiene él.

–¿Aimar y Saviola no están todavía para reemplazar a monstruos como Enzo o el Matador?

–No, son muy jóvenes. Aunque a pesar de tener 19 y 17 años ya nos están salvando. Entre ellos resuelven una jugada en décimas de segundo y son capaces de ganar un partido. Los dos goles de Saviola contra Belgrano son una muestra, las asistencias de Aimar en el segundo y el tercer gol, también. Pero todavía les falta. Más si los comparamos con el chileno Salas, que no sólo era un excelente definidor sino que trabajaba mucho para recuperar la iniciativa. Nos entregaba a los defensores rivales mansitos, a los volantes nos era mucho más fácil robarles la pelota. Pero, de todas formas insisto en que Berti es el jugador al que más va a costar encontrarle un reemplazo. En el fútbol argentino no hay un volante por izquierda como él, con su ida y vuelta.

–¿Sorín no podría ser una alternativa en ese lugar, en el que no se afirmaron ni Escudero, ni Gancedo, ni Damián Alvarez?

–No. Si bien Juampi es más técnico que la Bruja, no tiene el despliegue por todo el lateral que tenía Berti. Y Gancedo es más lento. Y a Escudero se le va a complicar encontrarle la mano al puesto, porque está acostumbrado a jugar por la derecha.

–¿Advertís un crecimiento de Ramón Díaz?

–Sín dudas. Es que él asumió como técnico inmediatamente después de abandonar su carrera de jugador; y hacer la transición de un trabajo a otro no debe ser fácil para nadie. Y más aún, cuando los dirigidos son los ex compañeros. El mismo caso le ocurrió a Passarella.

–Passarella impone respeto con su sola presencia, el Pelado no tanto. ¿Tuvo que ver en su consolidación como un líder del grupo que el plantel le haya jugado a favor?

–Los planteles siempre juegan a favor. O casi siempre, por una lógica conveniencia propia. Si yo volteo a un entrenador haciendo una mala campaña, cuando abren el libro de pases me voltean a mí. El único grupo en el mundo que conozco que le haya hecho una cama a un técnico, fue el de la Roma con Carlos Bianchi. Eso me lo contó Trotta. Pero es raro, muy raro que se dé en la Argentina. En Europa, los celos son muy comunes. Cuando un extranjero no rinde maravillosamente de entrada, se lo ponen entre cejas. Acá eso no pasa. Pregúntenle a Salas, a Angel, a Yepes. El jugador argentino es muy solidario, lo único que quiere es ganar, nunca va a perjudicar adrede a un técnico o a un compañero.

–Cuando Ramón estaba en la cresta de la ola, con los cinco títulos a cuestas, Francescoli declaró: “Este River se hizo solo”,  relativizando la tarea del Pelado.  ¿Este River demoledor de Saviola, Aimar y Angel también nació por generación espontánea?

–Ese equipo del que habla Francescoli se formó porque Ramón se propuso contar con esos jugadores. Este también.

–La importancia que tiene Bianchi en el éxito de Boca, ¿es la misma que tuvo el Pelado en la época de oro de River?

–Sí. El hecho de tener jugadores desequilibrantes como tiene River no desmerece el trabajo del técnico, que es el que los pone.

–Saviola es uno de ellos, ¿cómo lo definís?

–Es completo. Tiene rapidez, puede salir indistintamente por los dos perfiles y define con gran precisión. Como hizo contra Belgrano, de zurda y abajo en el primero; y de derecha y arriba, en el segundo. No tiene inconvenientes, con una u otra pierna. Al principio, me hacía acordar a Ortega, pero me equivoqué. Javier es más completo, tiene más gol.

–¿Y Aimar?

–Es muy complicado de marcar porque es liviano. Los adversarios, muchas veces, piensan que no llega a  la pelota y, sin embargo, siempre la puntea antes. Da la impresión de que va en el aire. Es el diez clásico, la manija de un equipo.

–¿Quién es más difícil de anular, Riquelme o Aimar?

–Aimar. Porque nunca se lo puede agarrar. En cambio, Riquelme es como si jugara en dos tiempos, brinda otra posibilidad de robarle el balón. Es un poco más lento.

–Más allá de la tabla de posiciones, ¿River ya está al nivel de Boca?

–La diferencia que hubo entre River y Boca el año pasado fue que nosotros jugábamos miércoles y domingo y ellos no. Boca es un buen equipo y nada más. El River del ’97 sí que fue un equipazo.

–Pero ni con ese gran conjunto le pudieron ganar. ¿Hablan en el grupo de la paternidad de Boca?

–Claro que lo hablamos. Pero no hay vuelta, al momento de convertir el gol, fallamos; cosa que con otros equipos no nos sucede. Y ellos, cuando nos llegan, es muy raro que se equivoquen en la definición. Pero no jugamos condicionados contra Boca. Si no, seríamos un desastre y nosotros, en el desarrollo de la mayoría de los clásicos, fuimos superiores en el juego.

–¿Pierden por giles?

–Sí, pero no sólo con Boca. Lo que pasa es que, por la rivalidad, el impacto se amplifica mucho más.

–¿Por qué creés que el hincha no les factura tantas derrotas frente a Boca?
–Porque ganamos otras cosas, pero siempre nos dicen que a Boca hay que ganarle sí o sí. Trataremos de darles el gusto el 17 de octubre, en el Monumental. Porque si se acumula un tiempo largo sin títulos, empezarán a llegarnos las facturas.

–A vos, en esta etapa, ya te mandaron alguna. No compraron a Marcelo Gómez en 3.500.000 dólares para sentarlo en el banco. Te querían reemplazar.

–No sólo a Marcelo Gómez me trajeron. Podría mencionar a Maisterra y a muchos más. Siempre vienen a pelear un lugar y yo les doy batalla. Voy a jugar tres años más al fútbol y de titular. Ya lo dije: me fastidia muchísimo ir al banco. Fui un par de partidos y casi me vuelvo loco.

 

 

Por ALFREDO ALEGRE (1999).

Notas: RODOLFO CEDEIRA

Fotos: ALEJANDRO DEL BOSCO, ALEJANDRO PAGNI, EDUARDO FARRE

Y LEONARDO CAVALLO.

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